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viernes, 8 de agosto de 2008

LA VENTANA EN LA BUHARDILLA -- H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH


H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
LA VENTANA EN LA BUHARDILLA


I
Me trasladé a casa de mi primo Wilbur cuando aún no había pasado un mes desde su inesperada muerte. Lo hice no sin cierto recelo, pues no me agradaba demasiado la soledad del valle entre montañas del Aylesbury Pike. Pero me parecía bastante lógico que esa propiedad de mi primo favorito hubiese recaído sobre mí. Cuando aún no era propiedad de los Wharton, la casa había estado sin habitar durante mucho tiempo. No había sido utilizada desde que el nieto del campesino que la había construido se marchó a la ciudad de Kingston, en la costa, y mi primo la compró a aquel heredero disgustado con el tipo de vida que llevaba en esa triste y agotada tierra. Fue algo imprevisto, como solían hacer las cosas los Akeley: impulsivamente.
Wilbur había sido estudiante de arqueología y antropología durante muchos años. Se había licenciado en la Universidad de Miskatonic, en Arkham, e inmediatamente después pasó tres años en Mongolia, Tíbet, Sinkiang, y otros tres en América del Sur, América Central y la parte suroeste de Estados Unidos. Había venido personalmente a dar la respuesta a una proposición que le hicieron para formar parte del profesorado de la Universidad de Miskatonic, pero en lugar de eso, se compró la vieja finca de los Wharton y se dedicó a repararla: tiró todas las alas con excepción de una, y dio a la estructura central una forma todavía más extraña que la que había adquirido a lo largo de las veinte décadas de su existencia. Pero ni siquiera yo tuve plena conciencia del alcance de estas reformas hasta que tomé posesión de la casa.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Wilbur sólo había dejado sin alterar uno de los laterales de la casa, había reconstruido por completo la fachada y la parte posterior, y había acondicionado una habitación en el desván del ala sur de la planta baja. La casa había sido en principio de una planta, con un enorme desván, que sirvió en su época para llenarse de todo tipo de bártulos de la vida rural de Nueva Inglaterra. En parte había sido construida con troncos; y ese tipo de construcción lo había dejado Wilbur tal cual, lo que demostraba el respeto de mi primo por la artesanía de nuestros antepasados de estas tierras: la familia Akeley llevaba en América cerca de doscientos años cuando Wilbur decidió dejar sus viajes y asentarse en su lugar de origen. El año, si mal no recuerdo, era 1921: no vivió allí más que tres años, de modo que fue en 1924 -el 16 de abril- cuando me trasladé a la casa para hacerme cargo de ella según disponía el testamento.
La casa estaba más o menos como la había dejado. No concordaba con el paisaje de Nueva Inglaterra, ya que a pesar de las huellas del pasado en sus cimientos de piedra y en los troncos, lo mismo que en la chimenea, había sido tan renovada que parecía fruto de varias generaciones. La mayor parte de estas reformas las había hecho Wilbur para su mayor comodidad, pero había un cambio que me causó extrañeza, y del que Wilbur nunca había dado ninguna explicación: era la instalación en la zona sur de la buhardilla, de una gran ventana redonda, con un curioso cristal opaco, del que simplemente había dicho que era una antigüedad muy valiosa, descubierta y adquirida durante su estancia en Asia. Se refirió a ella en una ocasión como «el cristal de Leng» y en otra habló de que «su origen posiblemente se deba a las Híadas». Ninguna de las dos referencias me aclaraba nada, pero, si he de ser sincero, tampoco estos caprichos de mi primo me interesaban lo suficiente como para averiguar más.
Pronto deseé, sin embargo, haberlo hecho. En seguida descubrí, una vez instalado en la casa, que toda la vida de mi primo parecía desenvolverse, no en las habitaciones centrales del piso de abajo, como sería de esperar, puesto que eran las más acondicionadas en cuanto a comodidades, sino en torno al cuarto abuhardillado. Aquí era donde tenía sus pipas, sus libros favoritos, sus discos, y los muebles más cómodos. Era también aquí donde trabajaba, donde estudiaba los manuscritos relacionados con su profesión y donde le sorprendió -mientras consultaba unos volúmenes de la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic- la enfermedad coronaria que acabó con su vida.
O adaptaba mi forma de vida a sus cosas, o adaptaba sus cosas a mi forma de vida. Decidí esto último. Como primera medida, tenía que restablecer la disposición adecuada de la casa y vivir de nuevo en las estancias de la planta baja, ya que, a decir verdad, sentí desde el principio que la buhardilla me repelía. En parte, cierto, porque me recordaba la presencia de mi primo muerto, quien nunca mas ocuparía su lugar favorito de la casa, pero también porque la habitación me resultaba totalmente extraña y fría. Me sentía rechazado como por una fuerza física que no podía comprender, aunque posiblemente aquel rechazo se correspondía con mi actitud hacia la habitación a la que no comprendía, como nunca pude comprender a mi primo Wilbur.
Las reformas que deseaba hacer no eran del todo fáciles. Pronto me di cuenta de que la vieja ‘guarida’ de mi primo imprimía carácter a toda la casa. Hay quien piensa que las casas asumen algo del carácter de sus dueños; si la vieja casa había adquirido algo del carácter de los Wharton, que habían vivido en ella durante tanto tiempo, sin duda mi primo lo había borrado con sus reformas, pues ahora parecía hablar fielmente de la presencia de Wilbur Akeley. No era tanto una sensación opresiva como la molesta convicción de no estar solo, de ser observado minuciosamente por algo que me era desconocido.
Quizá la responsable de estas fantasías era la propia soledad de la casa, pero me daba la impresión de que la habitación favorita de mi primo era algo vivo, que esperaba su regreso, como un animal que no se ha dado cuenta de que la muerte ha hecho acto de presencia y el dueño a quien espera no volverá jamás. Quizá debido a esta obsesión presté a aquel cuarto más atención que la que de hecho merecía. Había retirado de allí algunas cosas, como, por ejemplo, una cómoda silla; pero algo me impulsó a devolverla a su lugar, como una obligación emanada de convicciones diversas, y a menudo conflictivas: que esta silla, por ejemplo, pudiera estar hecha para alguien con diferente constitución a la mía, y por ello resultaba incómoda a mi persona, o que la luz no fuera tan buena abajo como arriba, por lo que también devolví a la buhardilla los libros que había retirado de sus estantes.
Sin lugar a dudas, las características de la habitación eran totalmente diferentes a las del resto de la casa. La casa de mi primo era en general bastante vulgar, si se exceptúa esa habitación. La planta baja estaba llena de comodidades, pero parecía haber sido poco utilizada, con excepción de la cocina. La habitación, en cambio, estaba bien amueblada, pero de un modo diferente, difícil de explicar. Era como si la habitación, sin duda un estudio construido por un hombre para su propio uso, hubiese sido utilizada por innumerables personas, cada una de las cuales hubiese dejado algo de sí misma dentro de esas paredes, pero sin ninguna huella identificadora. Sin embargo, yo sabía que mi primo había llevado una vida de ermitaño, con la excepción de sus salidas a la Universidad de Miskatonic de Arkham y a la Biblioteca Widener de Boston. No había viajado, ni recibía visitas. En las pocas ocasiones en que paré en su casa -por razones de trabajo muchas veces me encontraba en los alrededores-, aunque siempre se portó cortésmente, parecía estar deseando que me marchase. Y eso que nunca permanecí allí más de quince minutos.
A decir verdad, el ambiente que flotaba en la buhardilla me hizo olvidar el deseo de cambiarla. El piso de abajo era suficiente para mí; me proporcionaba un hogar agradable, y no me fue difícil prescindir de la buhardilla y de las reformas que pensaba hacer allí, hasta casi olvidarme de ello y considerarlo sin importancia. Además, con frecuencia pasaba fuera varios días y varias noches, y no tenía prisa alguna por reformar la casa. El testamento de mi primo había sido refrendado oficialmente, y la casa registrada a mi nombre, de modo que nada amenazaba mi propiedad.
Iodo habría ido bien, puesto que ya me había olvidado de los incumplidos planes para la buhardilla, de no haber sido por los pequeños incidentes que empezaron a turbarme. Al principio, sin ninguna consecuencia; eran cosas sin importancia que casi pasaron inadvertidas. Creo recordar que la primera de ellas sucedió al mes escaso de estar allí, y fue tan insignificante que, hasta pasadas varias semanas, no se me ocurrió relacionarla con acontecimientos posteriores. Escuché el ruido una noche, mientras leía cerca de la chimenea en la planta baja, y no era probablemente nada más que un gato o algún animal similar arañando la puerta para que le dejase entrar. Pero se oía con tanta claridad que me levanté a mirar en la puerta principal y en la puerta posterior, sin encontrar rastro de ningún gato. El animal había desaparecido en la noche. Le llamé varias veces, pero no obtuve respuesta ni escuché el menor ruido. No me había dado tiempo a sentarme, cuando empezó de nuevo a arañar la puerta. Lo intenté por lo menos media docena de veces, pero no logré ver al gato, hasta que me molestó tanto aquello que, de haberlo visto, probablemente lo habría matado.
Por sí solo, este incidente era trivial, y nadie pensaría dos veces en él. ¿Sería un gato que conocía a mi primo, y que al no conocerme a mí se había asustado? Pudiera ser. No pensé más en ello. Sin embargo, no había pasado una semana cuando ocurrió un incidente similar, pero con una acusada diferencia respecto al primero. Esta vez, en lugar de arañazos de gato, el sonido era algo que se deslizaba a tientas, y que me provocó un escalofrío, como si una serpiente gigante o la trompa de un elefante rozase en las ventanas y en las puertas. Tras el sonido, mi reacción fue idéntica a la vez anterior. Oí, pero no vi nada; escuchaba y no descubría nada, sólo los sonidos inaprensibles. ¿Un gato? ¿Una serpiente? ¿O qué?
Aparte del gato y de la serpiente, que no tardaron en volver, sucedieron otros nuevos incidentes. En ocasiones escuchaba lo que parecía el sonido de las pezuñas de una bestia, o las pisadas de un gigantesco animal, o los picotazos de pájaros en las ventanas, o el deslizamiento de un gran cuerpo, o el sonido aspirante de unos labios. ¿Qué podía deducir de todo esto? Consideré que eran alucinaciones mías y descarté que existiera una explicación, puesto que los sonidos aparecían en cualquier momento, a todas horas de la noche y del día. De haber habido algún animal de cualquier tamaño en la puerta o en la ventana, tendría que haberlo visto antes de que desapareciese en el bosque de las colinas que rodeaban la casa (lo que había sido campo se hallaba ahora cubierto de álamos, abedules y fresnos).
Este ciclo misterioso quizá no bahía sido interrumpido, de no ser porque una noche abrí la puerta de las escaleras que conducían a la buhardilla de mi primo, debido al calor que hacía en la planta baja; fue entonces cuando los arañazos del gato empezaron otra vez, y me di cuenta de que el ruido no venía de las puertas, sino de la misma ventana de la buhardilla. Subí escaleras arriba, sin dudarlo, sin pararme a pensar que tendría que tratarse de un gato muy especial para poder trepar hasta el segundo piso de la casa y llamar para que le dejasen entrar por la ventana redonda, única abertura al exterior de la habitación. Y puesto que la ventana no se abría, ni siquiera parcialmente, y como se trataba de un cristal opaco, no pude ver nada. Pero sí me quedé allí escuchando el ruido producido por los arañazos de un gato, tan cerca como si viniese del otro lado del cristal.
Bajé corriendo, cogí una potente linterna y salí a la calurosa noche de verano para iluminar la pared en que estaba la ventana. Pero ya había cesado todo ruido, y ya no había nada que ver excepto la pared de la casa y la ventana, tan negra por fuera como blanca y opaca por dentro. Pude haber seguido desconcertado durante el resto de mi vida y muchas veces pienso que indudablemente eso habría sido lo mejor, pero no fue así.
Por esta época recibí de una vieja tía un gato, llamado «Little Sam», que se había llevado un premio y que había sido mascota mía hacía cosa de dos años, cuando aún era pequeño. Mi tía había acogido con cierta alarma mis intenciones de vivir solo, y finalmente me había mandado uno de sus gatos para que me hiciese compañía. «Little Sam», ahora, desafiaba su nombre: tendría que haberse llamado «Big Sam». Había engordado mucho desde la última vez que lo vi, y se había convertido en un felino fiero y negro, todo un ejemplar de su especie. «Little Sam» me demostraba con arrumacos su afecto, pero mostraba una gran desconfianza hacia la casa. A veces dormía cómodamente a los pies de la chimenea; en otros momentos parecía un gato poseído: aullaba para que le dejara salir afuera. Y cuando sonaban aquellos extraños sonidos que parecían de animales que pretendían entrar en la casa, «Little Sam» se volvía loco de miedo y de furia, y tenía que dejarle salir de inmediato para que pudiera refugiarse en una vieja dependencia que no había sido afectada por las reformas de mi primo. Allí dentro se pasaba la noche -allí o en el bosque- y no volvía hasta el amanecer, cuando le entraba hambre. A lo que se negaba siempre rotundamente era a entrar en la buhardilla.
II
Fue el gato, en realidad, el que me impulsó a profundizar en los trabajos de mi primo. Las reacciones de «Little Sam» eran tan anómalas que no me quedó otro remedio que rebuscar entre los revueltos papeles que había dejado mi primo, a ver si encontraba alguna explicación al fenómeno ya habitual de la casa. Casi en seguida me tropecé con una carta sin terminar, en el cajón del escritorio de una habitación de la planta baja; estaba dirigida a mí, y parecía evidente que Wilbur era consciente de su enfermedad, puesto que la carta parecía contener instrucciones en caso de muerte. Pero lo más probable también era que Wilbur ignorase la inminencia de su muerte, pues la carta había sido empezada tan sólo un mes antes de que le sobreviniese aquélla y aguardaba a medio acabar en un cajón, como si mi primo hubiera pensado que le quedaba tiempo de sobra para terminarla.
«Querido Fred -había escrito-, los mejores médicos me dicen que me queda poco tiempo de vida, y como ya he dicho en mi testamento que serás mi heredero, quiero añadir a ese documento unas cuantas disposiciones últimas que te ruego recuerdes y lleves a cabo fielmente. Hay en especial tres cosas que debes hacer sin falta, y del modo que te indico:
l. Todos los papeles que están en los cajones A, B y C de mi armario deben ser destruidos.
2. Todos los libros de los estantes H, I, J y K han de ser devueltos a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic de Arkham.
3. La ventana redonda que está en el cuarto abuhardillado de arriba tiene que ser rota. No se trata de quitarla simplemente, debe ser hecha añicos.
Has de aceptar mi decisión sobre estos tres puntos y si no lo haces puedes ser responsable de enviar un terrible azote sobre el mundo. No quiero hablar más de esto. Hay otras cosas de las que quiero hablar mientras puedo hacerlo. Una de éstas es la cuestión... »
Aquí se interrumpió y dejó su carta.
¿Qué hacer con tan extrañas instrucciones? Comprendía que esos libros se devolviesen a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Yo no tenía ningún interés especial en ellos. Pero ¿por qué destruir los papeles? ¿Por qué no llevarlos también allí? Y respecto al cristal... Destruirlo era sin duda una tontería; tendría que comprar una ventana nueva, y esto representaría un gasto superfluo. Esta parte de la carta produjo el desgraciado efecto de despertar más y más mi curiosidad, y me propuse mirar entre sus cosas con mayor atención.
Esa misma noche fui a la habitación abuhardillada del piso de arriba y empecé con los libros de las estanterías indicadas. El interés de mi primo por los temas de arqueología y antropología se reflejaba claramente en la selección de sus libros: textos referentes a las civilizaciones polinesias, mongólicas y de varias tribus primitivas, y obras acerca de las migraciones de pueblos, el culto y los mitos de las religiones primitivas. Estos, sin embargo, sólo podían considerarse los primeros de los libros destinados a ser entregados a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Muchos de ellos parecían ser muy viejos, tan viejos que ni siquiera se indicaba fecha alguna, y a juzgar por su apariencia y su letra deduje que provenían de la Edad Media. Los más recientes -ninguno era posterior a 1850- habían sido recibidos de diversos lugares: algunos habían pertenecido al padre de mi primo, Henry Akeley, de Vermont, que se los había dejado a Wilbur ; otros llevaban el sello de la Biblioteca Nacional de París, lo que inducía a sospechar que Wilbur se los había llevado de allí.
Estos libros en varios idiomas llevaban títulos como: los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R’lyeh, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el Libro de Eibon, los Cánticos de Dhol, los Siete Libros Crípticos de Hsan, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, el Libro de Dzyan, una copia fotostática del Necronomicon, de un árabe llamado Abdul Alhazred, y muchos otros, algunos aparentemente en forma de manuscritos. Confieso que estos libros me sorprendieron, puesto que estaban llenos -aquellos que leí- de ciencias ocultas, de mitos y de leyendas relativos a las creencias antiguas y primitivas de las religiones de nuestra raza... Y si no había leído mal, también de razas desconocidas. Por supuesto, no podía enjuiciar debidamente los textos en latín, francés y alemán; ya era bastante difícil descifrar el inglés antiguo de algunos de sus manuscritos y libros. De cualquier forma, pronto se acabó la paciencia: los libros mantenían unos postulados tan extraños que sólo un antropólogo con gran vocación podía coleccionar tal cantidad de literatura de ese tipo.
Aquellas obras no carecían de interés, pero todas trataban más o menos del mismo tema. Era el viejo credo del poder de la luz contra el poder de las tinieblas, o por lo menos así lo interpreté yo. No importaba que se denominasen Dios y Demonio, o los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, el Bien y el Mal o nombres como los Nodens, el Señor de los Abismos, el único nombrado, el Dios Arquetípico, o éstos de los Primigenios: el dios idiota, Azathoth, amorfa plaga de la confusión de los mundos abismales que blasfema y parlotea en el centro del infinito; Yog-Sothoth, el todo en uno, el uno en todo, no sujeto ni a las leyes del tiempo ni del espacio, coexistente con el tiempo y co-aniquilante con el espacio; Nyarlathotep, el mensajero de los Primordiales: el Gran Cthulhu que, mantenido en un estado letárgico mágico, espera surgir otra vez de la cósmica R’lyeh, sumergida en las profundidades del océano; Hastur, señor del espacio interestelar; Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques y sus mil crías. Y así como las razas de los hombres que adoraban varios dioses conocidos llevaban nombres de sectas, así también ocurría con los adeptos de los Primordiales, que incluían a los Abominables Hombres de las Nieves del Himalaya y de otras regiones montañosas de Asia; los Profundos, que merodeaban en las profundidades del océano, bajo las órdenes de Dagon, para servir al Gran Cthulhu; los Shantaks; el Pueblo Tcho-Tcho; y otros muchos. Según constaba, algunos de ellos habían surgido de aquellos lugares a los cuales los Primordiales fueron desterrados -como Lucifer, que fue desterrado del Paraíso- después de su rebelión contra los Dioses Arquetípicos; eran lugares tales como las distantes estrellas de las Híadas, Kadath la Desconocida, la Meseta de Leng, o incluso la ciudad hundida de R’lyeh.
A través de esos textos, dos elementos preocupantes sugerían que mi primo se había tomado todo esto de las mitologías más en serio de lo que yo pensaba. Las repetidas referencias a las Híadas, por ejemplo, me recordaban que Wilbur me había hablado del cristal de la ventana y de que «su origen posiblemente se deba a las Híadas». Y más específicamente como «el cristal de Leng». Es cierto que estas referencias podían ser meras coincidencias, y me tranquilicé por un momento diciéndome a mí mismo que «Leng» podía ser algún comerciante chino en antigüedades, y la palabra «Híadas» podía provenir de una errónea interpretación. Pero esto era un mero pretexto por mi parte, pues todo indicaba que para Wilbur estas mitologías desconocidas habían significado algo más que un entretenimiento temporal. De no haber sido suficiente su colección de libros, sus anotaciones no habrían dejado lugar a dudas.
Las anotaciones contenían algo más que misteriosas referencias. Había dibujos toscos pero significativos que me causaron una extraña y desagradable impresión: alucinantes escenas y criaturas extrañas, seres que no hubiese podido imaginar en mis peores sueños. En su mayor parte estas criaturas eran imposibles de describir; eran aladas, semejantes a murciélagos del tamaño de un hombre; vastos y amorfos cuerpos, llenos de tentáculos, que parecían a primera vista pulpos, pero definitivamente más inteligentes que un pulpo; seres con garras, mitad hombres, mitad pájaros; cosas horribles, con cara de batracio, que caminaban erectas, con brazos escamosos y de un color verde claro, como el agua del mar. Había seres humanos más reconocibles, aunque distorsionados; hombres con rasgos orientales, atrofiados y enanos, que vivían en lugares fríos a juzgar por sus ropas, y había una raza nacida de repetidos cruces, con ciertos caracteres de batracios, aunque indiscutiblemente humanos. Nunca pensé que mi primo tuviese tanta imaginación; sabía que tío Henry admitía como ciertas las que no eran sino fantasías de su mente, pero nunca, que yo supiese, había demostrado Wilbur esta misma tendencia; veía ahora que había escamoteado lo esencial de su verdadera naturaleza, y este hallazgo me dejaba atónito.
Ciertamente, ningún ser vivo podía haber servido de modelo para estos dibujos, y no había tales ilustraciones en los manuscritos y libros que había dejado. Movido por la curiosidad, busqué más a fondo en sus anotaciones. Finalmente, separé aquellas de sus referencias crípticas que parecían, aunque muy remotamente, encerrar lo que buscaba, y las ordené cronológicamente, cosa fácil, pues estaban fechadas.
«15 de octubre,’21. Paisaje más claro. ¿Leng? Parece el suroeste de América. Cuevas llenas de bandadas de murciélagos -como una densa nube- que empiezan a salir justo antes del ocaso, y tapan el sol. Arbustos y árboles torcidos. Un lugar venteado. A lo lejos, hacia la derecha, montañas con nieve en las cimas, a la orilla de la región desértica.»
«21 de octubre,’21. Cuatro Shantaks en medio del paisaje. Estatura media mayor que la de un hombre. Peludos. Cuerpo similar al de los murciélagos, con alas que se extienden tres pies sobre la cabeza. Cara picuda, como de buitres. Por lo demás se parecen a un murciélago. Cruzaron el escenario en vuelo. Se pararon a descansar en un risco a mitad de camino. No enterados. ¿Iba alguien montado encima de uno de ellos? No puedo estar seguro.»
«7 de noviembre,’21. Noche. Océano. Una isla parecida a un arrecife, en primer plano. Profundos junto con humanos de origen parcialmente similar. blancos híbridos. Los Profundos, escamosos, caminan con movimiento semejante al de las ranas, un andar intermedio entre el salto y el paso, algo encogidos, también como casi todos los batracios. Otros parecían estar nadando hacia el arrecife. ¿Innsmouth? No se veía la costa, ni luces de un pueblo. Tampoco barcos. Salen del fondo, al lado del arrecife. ¿El Arrecife del Diablo? Incluso los híbridos no pueden nadar muy lejos sin pararse a descansar. Posiblemente la costa no se veía.»
«17 de noviembre,’21. Paisaje totalmente desconocido. No de la tierra, por lo que vi. Cielos negros, algunas estrellas, peñascos de pórfido o sustancia similar. En primer plano un profundo lago. ¿Hali? A los cinco minutos el agua empezó a burbujear en el lugar de donde algo acababa de surgir. Mirando hacia adentro. Un ser acuático gigantesco, con tentáculos. Pulpo, pero mucho más grande, diez, veinte veces más grande que el gigante Octopus apollyon de la costa oeste. El cuello medía fácilmente unas quince varas de diámetro. No podía arriesgarme a ver su cara y destruí la estrella.»
«4 de enero,’22. Un intervalo de nada. ¿El espacio? Acercamiento planetario, como si estuviese mirando a través de los ojos de algún ser acercándose a un objeto en el espacio. Cielo negro, pocas estrellas, pero la superficie del planeta cada vez más cercana. Al aproximarme vi parajes arrasados. Sin vegetación, como en la estrella negra. Un círculo de fieles alrededor de una torre de piedra. Sus gritos: ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!
«16 de enero,’22. Región bajo el mar. ¿Atlantis? Lo dudo. Un edificio grande y cavernoso semejante a un templo, destruido por cargas de profundidad. Piedras monumentales, similares a las de las pirámides. Escalones que descendían al negro fondo, Profundos al fondo de la escena. Movimiento en la oscuridad de las escaleras. Un enorme tentáculo empezó a subir. A gran distancia de éste, dos ojos líquidos, separado el uno del otro por muchas varas. ¿R’lyeh? Temeroso del acercamiento de la cosa de abajo. destruí la estrella.»
«24 de febrero,’22. Paisaje familiar. ¿La región de Wilbraham? Casas de campo destrozadas, familia encerrada en sí misma. En primer plano, un viejo escuchando. Hora: la noche. Chotacabras llamando muy alto. Una mujer se acerca con una réplica de la estrella de piedra. El viejo huye. Curioso. Debo buscar referencias.
«21 de marzo,’22. Experiencia enervante la de hoy. Debo tener más cuidado. Construí la estrella y pronuncié las palabras: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn. Se abrió inmediatamente con un enorme shantak en primer plano. Shantak enterado y en seguida se movió hacia adelante. Llegué incluso a oír sus garras. Pude romper la estrella a tiempo.
«7 de abril,’22. Ahora sé que lo atravesarán si no tengo cuidado. Hoy el paisaje tibetano, y los Abominables Hombres de las Nieves. Otro intento. ¿Pero y sus amos? Si los sirvientes intentan trascender el tiempo y el espacio ¿qué será del Gran Cthulhu, Hastur, Shub-Niggurath? Pretendo abstenerme por algún tiempo. Profundo shock.»
No volvió a abordar su extraño intento hasta primeros del otro año. O por lo menos eso indicaban sus notas. Una abstinencia en su obsesiva preocupación, seguida una vez más por un período de breve indulgencia. Su primera anotación era casi de un año después.
«7 de febrero,’23. No hay duda, están enterados ya de la existencia de la puerta. Muy arriesgado mirar dentro. Excepto cuando el paisaje está despejado. Y como uno nunca sabe sobre qué escena se posará la vista, el riesgo es aún más grave. Sin embargo, me resisto a cerrar la entrada. Construí la estrella, como de costumbre, dije las palabras, y esperé. Durante un rato sólo vi el paisaje familiar del suroeste americano al anochecer: murciélagos, búhos, ratas y gatos salvajes. Entonces salió de una cueva un Habitante de la Arena, de piel áspera, ojos grandes, orejas grandes; su rostro guardaba un horrible y distorsionado parecido con el oso koala, y el cuerpo tenía un aspecto consumido. Se arrastró hacia adelante, con evidente intención. ¿Es posible que la puerta abierta les permita ver este lado del mismo modo que me deja ver a mí el suyo? Cuando vi que se dirigía directamente a mí, destruí la estrella. Todo desapareció, como de costumbre. Pero después, la casa se lleno de murciélagos. ¡Veintisiete en total! ¡Y yo no creo en la mera coincidencia!»
Vino después otro paréntesis, durante el cual mi primo escribió notas crípticas sin referencia a sus visiones o a la misteriosa «estrella» de la que tanto había hablado. No me cabía duda de que fue víctima de alucinaciones, producto probablemente del intenso estudio del material de aquellos libros procedentes de todos los rincones del mundo. Estos párrafos eran como una especie de justificación de racionalizar lo que había «visto».
Todas aquellas notas estaban mezcladas con recortes de periódicos, que mi primo sin duda intentaba relacionar con las mitologías a las que era tan aficionado: relatos de extraños acontecimientos, objetos desconocidos en el cielo, desapariciones misteriosas en el espacio, revelaciones curiosas referentes a cultos desconocidos, y otras noticias por el estilo. Era dolorosamente patente que Wilbur había llegado a creer con intensidad en ciertas facetas de credos primitivos: en especial que había supervivientes contemporáneos de los endemoniados Primordiales y de sus adoradores y adeptos, y era esto, más que nada, lo que trataba de probar. Era como si hubiese tomado los escritos impresos en los viejos libros que poseía y, tras aceptarlos como verdades literales, intentase añadir a la evidencia del pasado el peso de la evidencia de su época. Cierto, había un elemento de similitud, que resultaba inquietante, entre aquellos relatos antiguos y muchos de los que mi primo había recortado, pero sin duda podía explicarse como simple coincidencia. Aun siendo convincentes, los envié a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic para la Colección Akeley, sin copiar ninguno. Pero los recuerdo vívidamente, tanto más por el desenlace inolvidable que siguió a mis investigaciones, un poco inciertas, respecto a lo que había obsesionado a mi primo.
III
Nunca habría sabido de la «estrella» de no haberme encontrado accidentalmente con ella. Mi primo había escrito repetidamente acerca de «hacer», «romper», «construir» y «destruir» la estrella, como algo necesario para sus visiones, pero esta referencia carecía de sentido para mí, y posiblemente continuaría sin sentido de no haber tenido oportunidad de fijarme en el suelo, a la tenue luz de la buhardilla de la ventana redonda: las marcas en el suelo formaban una estrella de cinco puntas. Esto no había sido visible previamente, ya que una gran alfombra cubría el suelo; pero la alfombra se había desplazado durante el traslado de libros y papeles a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, y por pura casualidad quedó el suelo al descubierto.
Incluso en aquel momento no caí en que aquellas marcas pudiesen representar una estrella. Hasta que acabé mi trabajo con los libros y papeles y moví del todo la alfombra, quedando al descubierto el centro de la habitación, no se me apareció el diseño entero. Vi entonces que era una estrella de cinco puntas, decorada con dibujos ornamentales, de un tamaño que permitía dibujarla desde el interior de la buhardilla. Me di cuenta en seguida de que ésta era la razón por la que había en el cuarto de mi primo una caja de tizas cuya utilidad no había comprendido antes. Empujé libros, papeles y todo lo demás a un lado. Fui a buscar una tiza y me puse a dibujar el contorno de la estrella y todas las ornamentaciones del interior. Se trataba sin duda de un diseño cabalístico, y no cabía otra opción, para quien lo dibujaba, que sentarse en su interior.
De modo que tras completar el dibujo, de acuerdo con las marcas dejadas por frecuentes reconstrucciones, me senté dentro. Muy posiblemente esperaba que algo ocurriese, aunque estaba confundido con las anotaciones de mi primo referentes a la destrucción del diseño cada vez que se veía amenazado. Recordaba que en los rituales cabalísticos era la destrucción de esos diseños la que traía el peligro de invasión física. Sin embargo, no ocurrió nada. Sólo pasados unos minutos recordé «las palabras». Las había copiado, y me levanté a buscarlas. Regresé y las pronuncié;
«Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.»
De repente se produjo un extraordinario fenómeno. Con la mirada fija en la ventana redonda de la pared sur, pude ver todo lo que pasó. El cristal opaco de la ventana se volvió transparente y me encontré, sorprendido, contemplando un paisaje bañado por el sol, aunque era de noche, algunos minutos después de las nueve de una noche de finales de verano en el Estado de Massachusetts. Pero el paisaje que apareció en el cristal no podía encontrarse en ningún sitio de Nueva Inglaterra: una tierra árida de piedras arenosas, de vegetación desértica, de cavernas y, en el fondo, montañas con nieve en las cimas. Ese mismo paisaje había sido descrito más de una vez en las notas crípticas de mi primo.
Dirigí mi vista fascinada hacia este paisaje, con la mente confusa. Parecía haber vida en el paisaje que yo miraba, y aprehendí uno a uno sus aspectos: la serpiente de cascabel que trepaba sinuosamente y el halcón de ojos rasgados que comenzaba a elevarse. Esto me permitió observar que no era mucho antes de la puesta del sol, ya que el reflejo de la luz en el pecho del halcón así lo indicaba. Todos los caracteres prosaicos -el monstruo del Gila, el correcaminos- del suroeste americano componían lo que estaba presenciando. ¿Dónde se desarrollaba, entonces, la escena? ¿En Arizona? ¿En Nuevo Méjico?
Pero continuaron produciéndose acontecimientos, sin ningún punto de referencia, en la desconocida tierra. La serpiente y el monstruo del Gila desaparecieron, el halcón cayó como un plomo y volvió a subir con una serpiente entre sus garras, el correcaminos se unió a otro. La luz del sol se iba, y la escena toda se convertía en un paisaje de gran belleza. Entonces, de la boca de una de las mayores cavernas emergieron los murciélagos, Venían volando desde la oscura cueva miles de murciélagos, en bandada, y me parecía oírles. No sé cuánto tiempo les llevó volar y volar hacia el crepúsculo. Acababan de desaparecer cuando surgió algo, una especie de ser humano, de ser humano de piel áspera, como si la arena del desierto se le hubiese incrustado en la superficie de su cuerpo, con los ojos y orejas anormalmente grandes. Tenía un aspecto escuálido, con las costillas marcadas a través de la piel, pero lo más repelente era su rostro, parecido al del osito australiano llamado koala. Y al verlo recordé que mi primo había llamado a esta gente -pues aparecieron otros detrás del primero, algunos de ellos hembras- los Habitantes de la Arena.
Procedían de la caverna. Guiñaban sus grandes ojos. Pronto aparecieron en mayor número, y se repartieron por todas partes detrás de los arbustos. Entonces, parsimoniosamente, un monstruo increíble hizo su aparición: primero un tentáculo, o algo así, luego otro, y ahora media docena de ellos que exploraban cautelosamente el exterior de la cueva. Y luego, desde la oscuridad del pozo de la caverna, emergió a medias una terrible cabeza. De pronto, al impulsarse hacia delante, casi grité de horror. La cara era una desfiguración monstruosa del mundo conocido: se elevaba de un cuerpo sin cuello que era una masa de carne gelatinosa -a la vista parecía goma-, y los tentáculos que la adornaban salían de una parte del cuerpo que podía ser la mandíbula inferior o un aparente cuello.
Además, aquella cosa tenía una percepción inteligente, pues desde el principio parecía haberse percatado de mi presencia. Arrastrándose desde la caverna, fijó sus ojos en mí, y empezó a moverse con increíble rapidez en dirección a la ventana sobre el cada vez más oscurecido paisaje. Supongo que no me estaba dando cuenta del verdadero peligro que corría, puesto que observaba absorto, y sólo cuando la cosa empezó a cubrir todo el paisaje, cuando uno de sus tentáculos alcanzaba la ventana -¡y la atravesaba!-, sólo entonces experimenté la parálisis del miedo.
¡La atravesaba! ¿Era ésta, entonces, la alucinación culminante?
Recuerdo haber roto la gelidez del miedo durante el tiempo suficiente para quitarme un zapato y lanzarlo con todas mis fuerzas hacia el cristal de la ventana. Al mismo tiempo, recordaba las frecuentes citas de mi primo relativas a la destrucción de la estrella. Me incliné hacia adelante y borré parte del diseño. Y mientras oía el ruido de los vidrios al romperse, me sumergí en una bendita oscuridad.
Sabía ahora lo que sabía mi primo.
Si no hubiera esperado tanto, podía haberme evitado el conocimiento de todo aquello, podía haber seguido pensando en ilusiones o alucinaciones. Pero ahora sé que la ventana redonda era una potente puerta hacia otras dimensiones, a un espacio y un tiempo desconocidos, una entrada a algún paisaje que Wilbur Akeley deseaba encontrar, la llave de esos lugares secretos de la tierra y del espacio, de las estrellas en que los súbditos de los Primordiales -¡y los propios Primigenios!- se esconden para siempre, esperando resurgir otra vez. El cristal de Leng -que quizá provenía de las Híadas, pues nunca supe de dónde lo había sacado mi primo- podía girar dentro de su marco; no estaba sujeto a las leyes físicas excepto en el hecho de que su dirección variaba al compás del movimiento de la tierra sobre su eje. Y de no haberlo roto, habría dejado caer sobre la tierra el azote de esas otras dimensiones, a causa de mi ignorancia y mi curiosidad.
Y ahora sé que los modelos de los dibujos hechos por mi primo, entre sus anotaciones, por muy toscos que fueran, representaban a seres que existían y no eran producto de su imaginación. La culminante prueba final lo demuestra. Los murciélagos que encontré en la casa cuando recuperé el conocimiento pudieron haber entrado por la ventana rota. Que el cristal opaco se hubiese vuelto translúcido podía explicarse como una ilusión óptica. Pero yo sabía algo más. Sé, sin lugar a dudas, que lo que vi allí no era producto de una fantasía, porque nada podría destruir esa prueba terrible que encontré cerca de los cristales rotos en el suelo de la buhardilla: un trozo de tentáculo, de diez pies de largo, que se había quedado atrapado entre las dimensiones cuando la puerta se cerró contra el monstruoso cuerpo al que pertenecía. ¡El tentáculo que ningún científico hubiese podido identificar como perteneciente a criatura conocida alguna, viva o muerta, en la superficie o en las profundidades subterráneas de la tierra!

lunes, 28 de abril de 2008

El Libro Negro De Alsophocus -- H.P. Lovecraft y Martín S. Warnes

El Libro Negro De Alsophocus
(H.P. Lovecraft y Martín S. Warnes)

Mis recuerdos son muy confusos, Apenas si sé cuando empezó todo; es como si, en determinados momentos, contemplase visiones de los años transcurridos a mi alrededor, mientras que, otras veces, parece que el presente se difumina en un punto aislado dentro de una palidez informe e infinita. Ni tan siquiera sé a ciencia cierta cómo expresar lo sucedido. Mientras hablo, tengo la vaga sensación de que necesitaré sostener lo que voy a decir con ciertas pruebas extrañas y, posiblemente, terribles. Mi propia identidad parece escabullirse. Es como si hubiese sufrido un fuerte golpe; producido, quizá, por el advenimiento de algún proceso monstruoso que tuvo lugar en los hechos que me acontecieron.
Estos ciclos de experiencia tienen sus inicios en aquel libro carcomido. Recuerdo el lugar donde lo encontré; apenas si estaba iluminado, escondido al lado del río cubierto de brumas por donde fluyen unas aguas negras y aceitosas. El edificio era muy viejo, las enormes estanterías atesoraban cientos de libros decrépitos que se acumulaban sin fin en habitaciones y corredores sin ventanas. Había, además, masas informes de volúmenes amontonados descuidadamente por el suelo; y fue en uno de estos montones donde encontré el tomo. Al principio no sabía cómo se titulaba ya que le faltaban las primeras páginas; pero lo abrí por el final y ví algo que enseguida llamó mi atención.
Se trataba de una especie de fórmula -una pequeña lista de cosas que hacer y decir - que sonaban como algo oscuro y prohibido; pero seguí leyendo y descubrí ciertos párrafos en los que se mezclaban la fascinación y la repulsión, ocultos en las amarillentas páginas, antiguas y extrañas, poseedoras de los secretos del universo que yo ansiaba conocer. Era una ¡ave -una guía - a ciertas puertas y entradas que los magos y,¡ habían soñado y musitado cuando el hombre era joven, y que conducían a lugares más allá de las tres dimensiones conocidas, a regiones de extrañas vidas y materias. Durante años los hombres no habían sabido reconocer su esencia vital, ni sabían dónde encontrarla, pero el libro era realmente antiguo, No estaba impreso; había sido escrito por la mano de algún monje loco que había comunicado a aquellas palabras latinas ciertos conocimientos prohibidos de horripilante antigüedad.
Recuerdo que el viejo vendedor temblaba asustado, e hizo un curioso gesto con sus manos cuando me lo llevé. Se negó a aceptar dinero por el libro, pero hasta mucho después no descubrí el porqué. Mientras me escurría por los estrechos callejones portuarios, laberintos cubiertos de bruma, tenía la vaga sensación de ser seguido por unos pies invisibles que se arrastraban tras de mí. Las casas decrépitas y antiguas que se erguían a mi alrededor parecían animadas de una vida malsana, como si una ráfaga de maligno entendimiento las hubiese animado. Sentía como si aquellas abombadas paredes y buhardillas, hechas de ladrillo y cubiertas de musgo -con redondas ventanas que parecían espiarme-, tratasen de cerrarme el paso y aplastarme... aunque sólo había leído una pequeña porción de los oscuros secretos que contenía el libro, antes de cerrarlo y salir con él bajo el brazo.
Recuerdo con qué ansiedad leí el libro, pálido, encerrado en la habitación del ático que me servía de refugio en mis extraños descubrimientos. La enorme casona permanecía caldeada, pues había salido pasada la medianoche. Creo que vivía con algún familiar -aunque los detalles son inciertos- y sé que tenía muchos sirvientes. No sé exactamente qué año era; desde entonces he conocido muchas edades y dimensiones, y mi noción del tiempo ha terminado por desvanecerse. Estuve leyendo a la luz de las velas - recuerdo el incesante gotear de la cera derretida-, y mientras me llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de cuando en cuando. Prestaba una atención especial al sonido de aquellas campanas, como si temiera escuchar algo muy lejano, un son extraño y especial.
Y entonces se produjo una especie de golpear y arañar en la ventana abuhardillada que se abría sobre un laberinto de tejadillos. Sucedió nada más acabar de pronunciar en voz alta el noveno verso de un conjuro primordial, y supe, aterrorizado, cuál era su significado. Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra consigo, y ya nunca vuelve a estar solo. Yo la había evocado; el libro era realmente todo lo que había sospechado. Aquella noche atravesé la puerta que conduce a un abismo de tiempo y dimensiones cruzadas, y cuando el amanecer me sorprendió en el ático descubrí en las paredes v anaqueles de la habitación aquello que nunca antes había visto.
Desde entonces el mundo no era para mí lo mismo que antes. Mezclado con el presente, siempre había un poco del pasado y un poco del futuro, y todos los objetos que alguna vez me parecieron familiares me resultaban ahora extraños bajo la nueva perspectiva que tenían mis enfebrecidos ojos. Desde aquel momento me ví envuelto en un fantástico sueño poblado de formas desconocidas y medio recordadas, y cada vez que cruzaba un nuevo umbral me costaba más reconocer los objetos de la estrecha esfera a la que tanto tiempo había pertenecido. Lo que descubrí sobre mi propio yo, nadie puede saberlo; cada vez hablaba menos y permanecía más tiempo solo, y la locura rondaba mi alrededor. Los perros me re huían, pues captaban la sombra que me acompañaba. Pero seguí leyendo, adentrándome en libros ocultos y prohibidos, en manuscritos y fórmulas que ahora ansiaba conocer, y atravesaba puertas espaciales y existencias y regiones que s(abren más allá del universo conocido.
Recuerdo bien la noche que tracé los cinco círculos concéntricos de fuego en el suelo, y canté, erguido en el círculo central, aquella monstruosa letanía que invocaba al mensajero de Tartaria. Las paredes se difuminaron mientras era arrastrado por un tenebroso viento a través de abismos fantasmagóricos y grises, en los que relucían, a infinidad de metros por debajo de mí, los picos crueles de desconocidas montañas Después hubo un momento de total oscuridad y luego la luz de millones de estrellas que dibujaban extrañas constelaciones. Por fin descubrí una verdosa llanura en la lejanía, debajo de mí, y vislumbré las empinadas torres de una ciudad cuya mampostería es totalmente ajena a la tierra. Según me iba acercando a la ciudad, distinguí un enorme edificio hecho a base de piedras en mitad de un paraje desolado, y sentí que el miedo se apoderaba de mí, atenazándome. Grité, debatiéndome aterrorizado y, después de un lapsus de oscuridad, me encontré de nuevo en mi buhardilla, tirado en el suelo sobre los cinco círculos concéntricos de fuego. El vagabundeo de aquella noche no había sido más fantástico que los de muchas, otras; pero había sentido más terror debido a la certeza de saber que me había acercado más a aquellos abismos y mundos exteriores. Desde entonces fui más cauteloso con mis conjuros, pues no quería perderme, separarme de mi cuerpo, del mundo, y vagar por abismos desconocidos de los que jamás podría volver.
De cualquier forma, y en la situación en la que me encontraba, mi capacidad para reconocer los objetos y escenas normales iba desapareciendo poco a poco según adquiría nuevos conocimientos, haciendo que mi visión de la realidad se tomase inesacta, geométrico y distorsionada. Mi sentido del oído también se vio afectado. El tañido de las distantes campanas me parecía más ominoso, terroríficamente etéreo, como si el son me Regase a través de extraños golfos y lejanas regiones, donde las almas atormentadas gritan eternamente su pena y dolor. Según pasaban los días me iba alejando más y más de lo que me rodeaba, los eones se separaban de los cánones terrestres, ocultándose entre lo innominable. El tiempo se convirtió en algo incierto, y mis recuerdos de acontecimientos y gentes que había conocido antes de adquirir el libro se desvanecieron en una neblina de irrealidad que evitaba todos mis desesperados intentos de recuperar.
Recuerdo la primera vez que escuché las voces; voces inhumanas, sibilinas, que parecían provenir de las regiones más exteriores del tenebroso espacio, donde seres amorfos se inclinan y bailan ante un ídolo fétido y monstruoso creado por el devenir infinito de los siglos. Con el advenimiento de estas voces comencé a tener unos sueños de espantosa intensidad, pesadillas mortales en las que soles negros y verdes brillaban sobre grotescos monolitos y ciudades malignas que se elevan, torre sobre torre, como queriendo escapar de sus condicionantes terrestres. Pero todos estos sueños y pesadillas no eran nada comparados con el terrorífico coloso que más tarde emergió de mi consciencia; incluso ahora me es imposible recordar aquel horror en toda su magnitud, pero cuando pienso en ello siento una sensación de vastedad, de una enormidad desconocida, y veo tentáculos que ondulan y se contraen, como si estuviesen dotados de inteligencia propia y de una maligna vileza. Y alrededor del coloso danzaban monstruosidades deformes, cuyas voces entonaban un canto salvaje y cacofónico:
«Mwlfgab pywfg)btagn Gh’tyaf nglyf lgbya. »
Estos horrores me acompañaban siempre, al igual que la sombra del más allá.
Y aun así continuaba estudiando los libros y manuscritos, y seguía atravesando las oscuras puertas que conducen a des conocidas dimensiones, donde unos seres tenebrosos me instruían en artes tan infernales que incluso la más prosaicas de las mentes sería incapaz de soportar.
Recuerdo la forma en que descubrí el título del libro; la no che estaba muy avanzada y yo hojeaba las polvorientas páginas cuando descubrí un párrafo que arrojó cierta luz sobre el origen del misterioso volumen:
"Nyarlathotep reina en Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su palacio de ébano espera su segundo advenimiento y, en compañía de sus siervos Y acólitos, celebra impíos festines en lo más profundo de la noche.
Que nadie se interponga con conjuros y encantamiento,,, que le conciernen, pues quedaría atrapado sin remedio. Que cuide el ignorante, lo dice el Libro Negro, pues terrible es en verdad la ira de Nyarlathotep."
Yo ya había encontrado referencias al Libro Negro en secretos manuscritos: este legendario tomo fue escrito hace siglos por el gran hechicero Alsophocus, que vivía en las tierras de Erongil antes de que los antiguos hombres dieran sus primeros pasos inseguros sobre la tierra.
El misterio había quedado aclarado; realmente me hallaba ante el blasfemo Libro Negro. Con este conocimiento comence a devorar verazmente todas las enseñanzas que contenía e1 volumen; aprendí fórmulas para ocultar, invocar y crear seres, y me sentía poderoso por el dominio de tales fuerzas. Descubrí nuevas entradas y puertas, los demonios de las más oscuras regiones estaban bajo mi poder; pero aún había barreras que no podía atravesar, los negros abismos del espacio que se extienden más allá de Fomalhaut, donde el horror último acecha, rodeado de sibilantes blasfemias más viejas que las estrellas. Buceé en el De Vermis Mysteriis, de Ludvig Prinn, y en Cultes des Goules, de Comte d’Erlette, en busca de más antiguos secretos, pero todos aquellos misterios primigenios eran nada comparados con las enseñanzas que contenía esotérico Libro Negro. Este volumen mostraba ciertos encantamientos de tan terrible poder que incluso el mismísimo Alhazred habría temblado ante su sola contemplación: la llamada de Boromir, los oscuros secretos del Trapezoedro resplandeciente - aquella ventana abierta al espacio y al tiempo- y la invocación de Cthulhu desde su palacio oceánico la acuática ciudad de R’Iyeh; todos aquellos secretos estaban allí guardados, esperando al valiente, o loco, que fuera lo suficientemente temerario para utilizarlos.
Me hallaba en la cima de mi poder; el tiempo se expandía o se contraía a mi voluntad, y el universo no encerraba ningún secreto que yo no conociese. Mis ataduras con los acontecimientos mundanos se quebraron a causa de mis estudios secretos, y mi poder se hizo tan grande que llegué a intentar imposible, el paso de la última y terrorífica puerta, el umbral que se abre a los oscuros secretos del más allá, donde los Primigenios aguardan prisioneros, planeando su próximo retorno a la tierra, de la cual fueron expulsados por los Dioses Antiguos. Lleno de vanidad supuse que yo -una diminuta mota de polvo en mitad de un vasto cosmos de tiempo- podría atravesar los negros abismos del espacio que se extienden más allá de las estrellas, donde reina la anarquía y el caos, volver con la mente intacta y libre de los horrores de cientos de eones de antigüedad que allí moran.
De nuevo tracé los cinco círculos concéntricos de fue sobre el suelo y me situé en el centro, invocando a los pode inimaginables con un hechizo tan inconcebiblemente terrible que mis manos temblaban mientras hacía los misteriosos si nos y símbolos. Las paredes se disolvieron y un poderoso viento oscuro me arrastró a través de abismos sin fondo y grises regiones de materia informe. Viajaba más rápido que el pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y desconocidas regiones que bullían a inconmensurable distancia; las estrellas discurrían con tanta rapidez que parecían regueros de luz entremezclándose en el espacio, haces luminosos resaltando contra la oscuridad etérea más negra que las fabulosas profundidades de Shung.
Trascurrió un minuto -o un siglo- y aún seguía volando vertiginosamente. Las estrellas escaseaban cada vez más; agrupadas en montoncitos, parecían buscar compañía en toda aquella desolación; todo lo demás permanecía igual. Me sentía terriblemente solo en aquel viaje; colgando suspendido en el espacio y el tiempo, como si no avanzase, aunque la velocidad debía ser increíble, y mi espíritu se revelaba ante la soledad horrible, la quietud y el silencio de la nada; era como un hombre sepultado en vida en un sepulcro inmenso y oscuro. Pasaron los eones y vi cómo se desvanecía el último grupo de estrellas, las últimas luces en un espacio milenario; más allá no había nada excepto una oscuridad impenetrable, el fin del universo. De nuevo volví a gritar horrorizado, mas en vano; mi búsqueda interminable siguió a través de corredores silenciosos y muertos.
Continué viajando durante una eternidad interminable, y nada cambiaba excepto el ritmo de los latidos de mi corazón. Y entonces empezó a hacerse visible una tenue luz verdosa; había pasado a través de una ausencia de tiempo y materia; había atravesado el Limbo. Ahora me encontraba más allá del universo, a inconcebible distancia del cosmos conocido; había cruzado el último umbral, la última puerta que se abría al olvido. Delante brillaban los dos soles de mis visiones, entre los que fui conducido a lo que ahora parecía una velocidad lentísima; alrededor de estos prodigios de colores negros y verdes, rotaba un solo planeta; adiviné su nombre: Shamoth.
Floté suavemente alrededor de esta negra esfera y, mientras me aproximaba, pude contemplar la verdosa llanura que se extendía debajo de mí, sobre la que descansaba la gigantesca y laberíntico ciudad de mis primeras pesadillas, y que
parecía deforme y desproporcionado bajo la luz antinatural. Fui guiado sobre los tejados de la muerta ciudad, contemplando los desvencijados muros y erosionados pilares que resaltaban como cuchillos contra la oscura línea del cielo. No se movía nada, pero tenía la sensación de que allí habitaba algo vivo, un ser corrompido y lleno de maldad que conocía mi presencia.
Mientras descendía a la ciudad recobré mis sentidos físicos; sentí frío, un frío helador, y mis dedos estaban entumecidos. Descendí al borde de un espacio abierto, en cuyo centro se erguía un gigantesco edificio con una puerta enorme y abovedada que bostezaba tenebrosa como las fauces de algún terrible animal primigenio. De este edificio emanaba un aura de palpable malevolencia; me quedé petrificado por la sensación de terror y desesperación que me invadió, y, mientras permanecía inmóvil ante el monstruoso edificio, recordé aquel pequeño párrafo del Libro Negro:
«En un espacio abierto en el centro de la ciudad se yergue el palacio de Nyarlathotep. Aquí se pueden aprender todos los secretos, aunque el precio de tales conocimientos es verdaderamente horrible.»
Supe sin ningún género de dudas que aquél era el cubil del taimado Nyarlathotep. Aunque el pensamiento de entrar en aquella estructura me asqueaba, caminé descuidadamente atravesando la puerta, como si una mente que no era la mía guiara mis piernas. Atravesé aquel enorme portalón metiéndome en una oscuridad tan profunda como la que había soportado en mi largo viaje espacial. Poco a poco la impenetrable oscuridad fue dando paso a la verdosa luz que iluminaba la superficie del planeta; y en aquella tétrica luminosidad con. templé lo que nadie debería ver nunca.
Me hallaba en una larga sala abovedada sostenida por pilares de ébano; a ambos lados se delineaban unas criaturas con formas de pesadilla. Allí estaba Khnum, y Anubis, con cabeza de zorro, y Taveret, la Madre, horriblemente obesa. Grotescos seres encorvados, espiando, y tenebrosas existencias que me observaban con malignidad; entre todas estas criaturas amorfas e infernales, mi cuerpo luchaban contra mi alma. Unas garras me asieron por brazos y piernas, y mi estómago se revolvió de asco ante el contacto de la carne putrefacto. El aire estaba Heno de gritos y aullidos mientras las figuras danzaban con obscenidad a mi alrededor, deleitándose en un ritual blasfemo y depravado; y al final de la enorme sala, perdido en la distancia, se ocultaba el horror último, el terrible coloso negro de mis visiones, el amo del palacio, Nyarlathotep.
El Primigenio me observó atentamente, su mirada quemaba mis entrañas, llenándome de un horror tan espantoso que cerré los ojos para evitar aquella visión de infinita maldad. Bajo aquella mirada mi ser se contrajo, desvaneciéndose, como si estuviese siendo absorbida por una fuerza irresistible. Perdí la poca identidad que me quedaba; mis poderes necrománticos que, ahora lo sabía, no eran nada comparados con los del habitante de este oscuro mundo, desaparecieron, perdiéndose en el ignoto universo para no ser jamás recuperados.
Bajo aquella mirada, mi mente y mi alma se llenaban de ' un espanto aterrador; no podía hacer nada mientras él absorbía mi existencia, quitándome la vida poco a poco. La desesperación hizo presa en mí, pero estaba indefenso, y era incapaz de hacer frente a la irresistible fuerza que me apresaba. Apenas sin sentirlo, algo se iba esfumando de mi ser, algo insustancial, pero totalmente necesario para mi futura existencia; no podía hacer nada, había ido demasiado lejos y ahora estaba pagando el error. Mi visión se nubló con miles de rayos; imágenes de mi casa y mi familia flotaban ante mis ojos y luego se desvanecían como si nunca hubiesen existido. Y entonces, lentamente, sentí cómo cambiaba, disolviéndome en la no
existencia.
Me elevé, sin cuerpo, escurriéndome sobre las cabezas de aquella hueste de pesadilla, a través de la fría mampostería de piedra de aquel palacio que ya no era un obstáculo para mi avance, hasta que salí a la diabólica luz verdosa de la superficie del planeta. No estaba vivo ni muerto, aunque la muerte hubiese sido mucho mejor. La ciudad se desparramaba debajo de mí, mostrándome todo su esplendor y malignidad, y sobre aquel tétrico edificio que era el palacio de Nyarlathotep vi una masa amorfa que salía, extendiéndose por toda la ciudad. Se fue agrandando poco a poco hasta que ocultó la ciudad de mi vista, y cuando había cubierto toda la región que podía contemplar, se contrajo de nuevo, transformándose en el negro coloso de mis visiones. Comencé a temblar aterrorizado, pero según me iba alejando de la ciudad, ganando altura, la escena se fue reduciendo de tamaño y contemplé la escena con un poco menos de miedo.
Poco a poco, la masa de tierra que se extendía debajo de mí fue tomando el aspecto de una esfera mientras me alejaba, introduciéndome en las negras profundidades del espacio. Colgando sin sentido, mientras nada se movía a mi alrededor, o en las regiones del Primigenio, me aterrorizaba pensar en el último acto del drama que yo había desatado. De la superficie del planeta surgió un rayo de luz o energía, que cruzó el espacio, perdiéndose en su infinidad, dirigiéndose, estaba seguro, al planeta que me había visto crecer. A partir de entonces todo estuvo en calma, y quedé totalmente solo en aquel universo más allá de las estrellas.
Mis recuerdos se desvanecían; pronto no me quedaría ninguna memoria de mi pasado, pronto todos los vestigios de mi humanidad se esfumarían. Y mientras permanecía suspendido en el espacio y el tiempo por toda la eternidad, sentí algo difícil de explicar. Una sensación de paz, de una paz que ni la muerte podría dar; aunque esa paz era perturbado por un recuerdo, un recuerdo que yo esperaba que pronto se borrase de mi mente. No recuerdo cómo sabía esto, pero estaba más seguro de ello que de mi propia existencia. Nyarlathotep ya no volvería a pisar la superficie de Sharnoth, jamás se reuniría con su corte en aquel enorme palacio negro, pues aquel rayo de luz que viajaba en el espacio tenebroso llevaba consigo algo más.
En una pequeña buhardilla, débilmente iluminada, un cuerpo se estiraba, poniéndose en pie. Sus ojos eran dos trozos de carbón al rojo, y una diabólica sonrisa cruzaba su rostro; y mientras observaba los tejadillos de la ciudad a través de la pequeña ventana, sus brazos se elevaron en un gesto de triunfo.
Había atravesado las barreras creadas por los Dioses Antiguos; estaba libre, libre para caminar por la tierra una vez más, libre para manejar la mente de los hombres y esclavizar sus almas. Era aquel al que yo había dado la oportunidad de escapar, yo que, a causa de mis ansias de poder, le había procurado los medios para volver a la tierra.
Nyarlathotep caminaba por la tierra con la forma de un hombre, pues cuando me robó mis recuerdos y mi ser, también retuvo mi aspecto físico. En mi cuerpo moraba ahora la esencia inmortal de Nyarlathotep el Terrible.

viernes, 25 de abril de 2008

La Arcilla de Innsmouth -- H.P. Lovecraft y August Derleth

LA ARCILLA DE INNSMOUTH
H. P LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

(terminado por derleth, sobre apuntes de lovecraft,postumamente)

* * *
Los acontecimientos relacionados con el extraño destino de mi
amigo el fallecido escultor Jeffrey Corey —si es que el término
«fallecido» se ajusta a la verdad— se iniciaron a su regreso de
París cuando, en el otoño de 1927, decidió alquilar una casita en la
costa, al sur de lnnsmouth. Corey procedía de una familia de prosapia
que estaba lejanamente emparentada con los Marsh de Innsmouth, si
bien dicho parentesco no le imponía obligación alguna de mantener
relaciones con estos sus parientes. En todo caso, existían ciertos
rumores sobre los solitarios y retraídos March que todavía vivían en
aquella ciudad portuaria de Massachussetts, y lo que en ellos se decía
no era lo más adecuado para inspirar a Corey ningún deseo de
anunciar su presencia en los alrededores.
Fui a visitarle un mes después de su llegada, acaecida en
diciembre de aquel año. Corey era un hombre relativamente joven, pues
todavía no había cumplido los cuarenta, y medía seis pies de estatura.
Tenía un cutis fino y lozano, exento de todo ornamento capilar, pero
llevaba el pelo bastante largo, según era entonces costumbre entre los
artistas del Barrio Latino de París. Poseía unos ojos azules muy
enérgicos y un rostro anguloso de mandíbula prominente que destacaba
en cualquier grupo de gente, y no sólo por su penetrante mirada, sino
también por el hecho insólito de que, debajo de la barbilla y de las
orejas y en la zona adyacente del cuello, tenía la piel anormalmente
gruesa y surcada de arrugas duras y entrelazadas. No era feo y sus
correctas facciones poseían una extraña cualidad hipnótica que solía
fascinar a quienes lo conocían por primera vez. Cuando fui a visitarle,
estaba bien instalado y había empezado a trabajar en una estatua de
Rima, la Mujer-Pájaro, que prometía convertirse en una de sus mejores
obras.
Tenía almacenadas provisiones para un mes, que habla ido a
comprar en Innsmouth, y le encontré más locuaz que de costumbre,
sobre todo acerca de sus lejanos parientes de esta ciudad, donde se
hablaba no poco de ellos, aunque tampoco abiertamente, en tiendas y
establecimientos públicos. Por reservados e insociables, los Marsh
despertaban cierta curiosidad natural en sus convecinos, y como esta
curiosidad nunca había quedado satisfecha del todo, se habla ido
formando en torno a ellos un cúmulo impresionante ‘de leyendas y
habladurías que se remontaban hasta cierta generación pasada, notable
esta por haberse dedicado al tráfico marítimo con las islas del Pacífico
meridional. Lo que se comentaba de ellos era demasiado vago y no
significaba nada para Corey, pero contenía tales insinuaciones sobre
horrores desconocidos que mi amigo confiaba en poder algún día
enterarse más a fondo. No es que él estuviera obsesionado con el tema,
sino que ——según explicó— se hablaba tanto de ello en el pueblo que
era prácticamente imposible ignorarlo.
Me dijo también que pensaba hacer una exposición para tantear
el mercado, hizo referencia a varios amigos de Paris y a sus años de
estudio en dicha capital, disertó brevemente sobre el vigor de las
esculturas de Epstein y comentó la alborotada situación política del
país. Cito estos temas de conversación para dejar patente que Co-rey
estaba perfectamente normal cuando le visité por primera vez tras su
regreso de Europa. Por supuesto, en Nueva York le había visto
fugazmente cuando llegó, pero no había hablado con él largo y tendido
como en aquel diciembre de 1927.
Antes de volver a verle, o sea, en el mes de marzo siguiente, recibí
una carta suya bastante asombrosa, cuyo meollo iba contenido en el
último párrafo, al cual parecía conducir, como a una apoteosis final, el
resto de la misiva.
«Quizá te hayas enterado por la prensa de ciertos hechos que han
ocurrido aquí en Innsmouth hace un mes. No tengo una información
clara de lo sucedido, pero tiene que haberse publicado en algún
periódico, aunque no desde luego en los de Massachussetts, que lo han
silenciado por completo. Lo único que he podido averiguar del asunto es
que se presentó en la ciudad un nutrido grupo de oficiales federales de
algún tipo y se llevaron a varios ciudadanos, entre ellos a algunos de
mis parientes, aunque no te sé decir a quiénes, pues todavía no me he
preocupado de enterarme ni siquiera de cuántos son. O eran, que
también puede ser. Lo que he podido averiguar en Innsmouth se refiere
a ciertos negocios montados con las islas del Pacífico, a los que
evidentemente se dedicaba todavía alguna compañía naviera de la
ciudad, por muy raro que esto pueda parecer, ya que los muelles están
prácticamente abandonados y además ya no sirven para los barcos de
ahora, que suelen tocar en puertos mayores y más modernos. Aparte
las razones que hayan motivado esa acción federal, está el hecho
indiscutible —y de mayor importancia para mí, como pronto verás— de
que, coincidiendo con la operación de Innsmouth, aparecieron varios
buques de guerra no muy lejos de la costa, en las cercanías del llamado
Arrecife del Diablo, y allí ¡arrojaron numerosas cargas de profundidad!
Las explosiones removieron de tal manera los fondos marinos que poco
después las mareas fueron trayendo a la orilla toda clase de residuos,
entre ellos una arcilla azul muy especial. A mí me recuerda mucho a
una arcilla de ese color que se podía encontrar en algunas zonas del
interior del país y que solía usarse para hacer ladrillos, sobre todo hace
años, cuando todavía no había métodos más modernos de fabricación.
Bueno, lo que importa es que cogí toda la arcilla que pude, antes de que
el mar se la volviera a llevar, y que me he puesto a modelar con ella una
figura completamente distinta de otras esculturas mías. La titulo
provisionalmente «Diosa Marina» y estoy entusiasmado porque promete
mucho. Cuando vengas la semana que viene, estoy seguro de que te
gustará todavía más que mi Rima.
Contrariamente a sus suposiciones, sin embargo, la nueva
estatua de Corey me produjo una extraña repulsión desde el primer
momento que la vi. Representaba una figura esbelta, excepto en su
estructura pélvica, que a mí me pareció demasiado pesada, y Corey
había decidido dotarla de membranas entre los dedos de los pies.
—¿ Por qué? — le pregunté.
—Pues no sé bien por qué —contestó-. La verdad es que no lo
tenía planeado, pero me salió así.
—-¿Y de esas especies de grietas en el cuello? ——me refería a
una zona que parecía haber sido retocada recientemente.
Se rió con cierto embarazo y asomó a sus ojos una extraña
expresión.
—También a mi me gustaría poder darte una explicación
satisfactoria de esas señales — dijo— La verdad es que ayer por la
mañana, al levantarme, descubrí que había debido levantarme en
sueños y ponerme a trabajar, pues ahí en el cuello, debajo de las orejas,
en ambos lados, había como unas grietas que parecían..., bueno, que
parecían branquias. Ahora estoy arreglando el estropicio.
—-Quizá le vayan bien las branquias a una «diosa marina» —
opiné.
—Yo creo que se las he debido poner en sueños por lo que oí
anteayer en Innsmouth, que fui a comprar algunas cosas que me
hacían falta. Nuevas habladurías sobre el clan de los Marsh. Según se
decía, parece que algunos miembros de la familia vivían encerrados por
propia voluntad a causa de ciertas deformidades físicas relacionadas
con una leyenda que también tenía que ver con ciertos indígenas de las
islas del Pacífico. Es el típico cuenta fantástico que la gente ignorante se
apropia y embellece a su gusto, aunque reconozco que éste es distinto
de casi todos, pues lo normal es que se ajusten a un esquema moral
judeo-cristiano. Por la noche soñé con esas historias y evidentemente
me levanté sonámbulo y plasmé parte del sueño en mí «Diosa Marina».
Aunque me pareció bastante extraño, no hice más comentarios sobre el
incidente. Lo que decía Corey parecía lógico y me interesaban mucho
más las tradiciones populares de Innsmouth que los desperfectos
sufridos por la «Diosa Marina».
Además me desconcertó un tanto la visible preocupación que
advertí en Corey. Mientras charlábamos del tema que fuera, se le veía
animado y normal, pero no pude por menos de observar que, en cuanto
se hacía un silencio en la conversación, él se quedaba pensativo y
ausente, como si tuviera algo in mente de lo que no se atrevía a hablar;
algo que le producía una angustia indefinida, pero de lo cual no sabía
nada a ciencia cierta, o por lo menos tan poco que prefería no
expresarlo verbalmente. Pero la preocupación se le manifestaba de
diversos modos: en la mirada distante, en expresiones fugaces de
desconcierto, en furtivas miradas a la lejanía del mar, en que al hablar
paseaba inquieto de un lado a otro, en su forma de eludir el tema, como
si aún le quedara mucho que reflexionar sobre él.
Luego he pensado que debería haber tomado entonces la
iniciativa de explorar esta su preocupación que tan manifiesta me
resultaba, pero no lo hice. Me pareció que no era asunto mío y que
hacerle más preguntas sobre el tema equivaldría a invadir su intimidad.
Aunque éramos amigos desde hacía mucho tiempo, pensé que yo no
tenía ningún derecho a meterme en una cuestión que sólo le incumbía a
él. Además, él no me dio pie para hacerlo.
Como supe más adelante, cuando Corey ya había desaparecido y
yo tomado posesión de sus bienes -según él mismo había dejado
dispuesto en un documento redactado al efecto—, fue por esta época
cuando él empezó a garabatear extrañas anotaciones en un diario que
llevaba y que hasta entonces sólo le había servido para apuntar ideas y
detalles relativos a su trabajo. Cronológicamente, es en este punto de la
secuencia de hechos acaecidos durante los últimos meses de Jeffrey
Corey donde deben insertarse dichas extrañas anotaciones.
«7 marzo. Esta noche, sueño rarísimo. Algo me impulsó a bautizar
a la “Diosa Marina”. Esta mañana me encuentro la pieza húmeda en
cabeza y hombros, como si lo hubiera hecho yo. Arreglo el desperfecto
como si no tuviera más remedio que hacerlo, aunque tenía pensado
embalar a Rima. Me preocupa lo compulsivo del asunto. »
«8 marzo. Sueño que voy nadando en compañía de hombres y
mujeres qué parecen sombras. Cuando les he visto las caras me han
parecido demasiado familiares, como si las hubiera visto alguna vez en
un álbum antiguo. Hoy, en el drugstore de Hammond, escucho taimadas
insinuaciones y sugerencias grotescas sobre los March, como
siempre. Cuentan que el bisabuelo Jethro vive en el mar. ¡ Y tiene
branquias! Lo mismo dicen de algunos Waite , Gilman y Elliot. Me
acerco a la estación de ferrocarril a preguntar una cosa y oigo la misma
historia. Los nativos llevan decenios alimentándose del tema.»
«10 marzo. No cabe duda de que me he vuelto a levantar en
sueños, pues han aparecido unas leves modificaciones en la “Diosa
Marina”. También tiene señales como de que alguien la hubiera rodeado
con los brazos. Ayer la estatua estaba seca y esas señales habría que
haberlas hecho con un cincel. Pero parece como si las hubieran
imprimido en arcilla blanda. Toda la obra estaba húmeda esta mañana.»
« 11 marzo. Experiencia nocturna realmente extraordinaria. Quizá
el sueño más intenso de toda mi vida, por lo menos el más erótico. Casi
no puedo todavía acordarme de él sin excitarme. He soñado que una
mujer desnuda se me metía en la cama, cuando yo ya estaba acostado,
y se quedaba allí hasta el amanecer. Ha sido una noche de amor (o tal
vez sea más correcto decir de lujuria) como no había conocido desde
Paris. ¡Y tan real como aquellas noches del Barrio Latino! Quizá
demasiado real, porque me he levantado exhausto. Además, he debido
tener un dormir muy inquieto, porque la cama estaba completamente
deshecha.»
«12 marzo. Idéntico sueño. Exhausto.»
« 13 marzo. Vuelvo a soñar que nado. En las profundidades del
mar. Al fondo del abismo, una ciudad. ¿Ryeh, R’lyeh? ¿Algo llamado
“Gran Thooloo”? »
De estos sueños, de estos extraños asuntos, apenas habló Corey
cuando estuve visitándole en marzo. Yo le había encontrado un poco
tenso y él lo achacó a que no dormía muy bien. Dijo que no descansaba,
por pronto que se acostara. También me preguntó entonces si había
oído alguna vez las palabras «Ryeh» o «Thooloo» y yo, naturalmente, le
contesté que no. Sin embargo, al segundo día de estar allí tuve ocasión
de volverlas a oír.
Habíamos ido a Innsmouth, lo cual suponía un paseíto en coche
de unas cinco millas, y no tardé en darme cuenta de que el verdadero
motivo de ir no era comprar provisiones, como me había dicho Corey.
Estaba clarísimo que Corey iba de caza. Sin duda había decidido
averiguar todo lo que pudiera de su familia y, con esta finalidad,
recorrió diversos puntos de la población, desde el drugstore de Ferrand
hasta la biblioteca pública, cuyo anciano bibliotecario mostró una
extraordinaria reserva en lo tocante a las viejas familias de Jnnsmouth
y alrededores. Sin embargo, mencionó los nombres de dos viejos de la
localidad que habían conocido a algunos Marsh, Gilman y Waite de su
época. Era posible encontrarlos a cualquier hora en cierto bar de
Washington Street.
Por muy deteriorado que estuviese, Innsmouth es la clase de
pueblo que fascina inevitablemente a todo el que se interesa por la
arqueología y la arquitectura, pues tiene más de cien años y la mayoría
de sus edificios —exceptuando los del barrio de los negocios— datan de
muchos decenios antes del cambio de siglo. Aunque muchos de ellos
estaban desiertos y algunos incluso en ruinas, los rasgos
arquitectónicos de las casas reflejan una cultura desaparecida hace ya
tiempo de la escena americana.
A medida que nos acercábamos a la zona portuaria, por
Washington Street, se veían más pruebas evidentes de la reciente
catástrofe. Había edificios en ruinas -«dinamitados por los federales,
según me han contado», dijo Corey—— y nadie se había esforzado
mucho en arreglar los desperfectos, pues todavía quedaban bocacalles
totalmente bloqueadas por los escombros. Ya en los muelles, parecía
que habían destruido una calle entera, por lo menos toda una fila de
viejos edificios que en su día habían servido de almacenes del puerto,
aunque hacía mucho tiempo que estaban abandonados. Al acercarnos a
la orilla del mar, todo lo invadió un hedor empalagoso y nauseabundo
de claro origen marino. Era más intenso que el olor a pescado podrido
que se produce a veces en las aguas estancadas de la costa, o también
del interior.
Según Corey, la mayoría de los almacenes volados había sido
propiedad de Marsh; se había enterado en el drugstore de Ferrand. En
realidad, los miembros de las familias Waite, Gilman y Llliott habían
sufrido muy pocas pérdidas. Casi toda la fuerza de la expedición federal
había recaído sobre las propiedades de los Marsh. Sin embargo, había
sido respetada la Marsh Refining Company, que se dedicaba a
manufacturar lingotes de oro y todavía daba empleo a algunos de los
lugareños que no vivían de la pesca. Pero la Marsh Refining Company
ya no dependía directamente de ningún miembro del clan Marsh.
El bar — cuando por fin llegamos—— era del siglo pasado y
resultaba evidente que en él no se había introducido ninguna mejora
desde entonces. Detrás del mostrador había un individuo desaliñado
leyendo el Arkham Advertiser, y en la barra, al fondo, había un par de
viejos sentados, uno de ellos dormido.
Corey pidió una copa de brandy y yo otra.
El hombre del mostrador no disimuló su cauto interés hacia
nuestras personas.
—¿Seth Akins? —preguntó Corey.
El hombre señaló con la cabeza a su parroquiano dormido.
-¿Qué suele beber? ——volvió a preguntar Corey.
-De todo.
Póngale otro brandy.
El tabernero sirvió el brandy en una copa mal lavada y la depositó
en el mostrador. Corey la llevó hasta donde estaba el viejo dormido, se
sentó junto a el y le despertó.
—Bébase una copa conmigo —le invitó.
El viejo levantó la vista, revelando un rostro hirsuto y unos ojos
legañosos bajo la mata de pelo enmarañado y cano. Vio el brandy, lo
cogió, con sonrisa incierta, y se lo bebió.
Corey empezó a interrogarle como si sólo pretendiera charlar un
rato con un viejo habitante de Innsmouth. Al principio se refirió en
términos generales al pueblo y a la comarca que se extendía a su
alrededor entre Arkham y Newburyport. Akins habló con entera
libertad. Corey le invitó a otra copa y luego a otra.
Pero la locuacidad de Akins desapareció en cuanto Corey le
mencionó a las antiguas familias, especialmente a los Marsh. El viejo
adoptó una actitud claramente cautelosa y de vez en cuando lanzó
fugaces miradas a la puerta, como si le hubiera gustado escapar de la
situación. Corey, sin embargo, le apretó bien las clavijas y Akins
terminó por ceder.
—Bueno, supongo que ya no importa hablar ——dijo por fin—.
Casi todos los Marsh se han ido desde que vinieron los federales hace
un mes. Y nadie sabe adónde, pero no han vuelto. ——El viejo empezó a
irse por las ramas, pero por fin, después de muchos circunloquios,
abordó el tema del comercio con las Indias orientales——: El que
empezó el negocio fue el capitán Obed Marsh, que algo se traía entre
manos con aquellos indios orientales. Se trajeron algunas mujeres de
allí y las tenían en la casa grande que había construido. Y después, a
los jóvenes Marsh, se les puso esa pinta extraña y les dio por irse
nadando al Arrecife del Diablo y se estaban allí horas enteras y no es
normal pasar tanto tiempo bajo el agua. El capitán Obed se casó con
una de esas mujeres y los jóvenes Marsh se fueron a las Indias
orientales y trajeron más. El negocio de los Marsh no se vino abajo
como otros. Los tres barcos del capitán Obed, que eran el bergantín
Columbia, el pailebote Sumatra Queen y otro bergantín, el Hetty,
navegaron por los océanos sin sufrir un solo accidente. Y esa gente, o
sea, los orientales y los Marsh, empezaron una especie de religión nueva
que la llamaban Orden de Dagón. Y se hablaba mucho de ellos en
voz baja y de lo que pasaba en sus reuniones, y los jóvenes, bueno, a lo
mejor se perdieron, pero el caso es que nadie los volvió a ver. Y luego, ya
sabe, pues por entonces se habló mucho de sacrificios, o sea humanos,
pero no desapareció ningún Marsh ni Gilman ni Waite ni Ellioth, o sea,
que ninguno de ellos se perdió o lo que fuera. Y también se
murmuraban cosas de un sitio llamado «Ryeh» y de algo llamado «Thooloo
», que para mi tienen que ver con ese tal Dagón....
Al llegar a este punto, Corey le interrumpió para aclarar este
particular, pero el viejo no supo contestarle y yo no comprendí hasta
después el motivo del súbito interés de Corey.
Akins prosiguió:
-La gente no quería tener que ver con los Marsh ni con los otros
tampoco. Pero a los Marsh es a los que más se les había puesto esa
pinta extraña. Algunos se pusieron tan terribles que no los sacaban de
casa sino de noche, y se pasaban todo el tiempo nadando en la mar.
Nadaban como peces, según decían, que yo no lo vi. Ya la gente, de
estas cosas ni hablaba, porque vimos que el que hablaba demasiado
desaparecía como aquellos jóvenes y nunca se volvía a saber de él.
El capitán Obed aprendió muchas cosas en Ponapé, que se las
enseñaron los canacos, y eran cosas sobre unos que los decían «los
profundos», que vivían debajo del agua. Y se trajo toda clase de
figurillas y tallas que representaban peces y otras cosas marinas que no
eran peces y que Dios sabe lo que eran.
—¿Qué hizo con esas tallas? —intervino Corey.
—Las que no llevó al Templo de Dagón, las vendió. Y a buen
precio, que ya lo creo que se las pagaron bien. Pero ya no quedan. Y
tampoco hay ya Orden de Dagón y no se ha vuelto a ver a los Marsh por
estos alrededores desde que dinamitaron los almacenes. Y no los arrestaron
a todos, no señor. Dicen que los Marsh que quedaban se fueron a
la orilla de la mar y se metieron en el agua y se ahogaron —-el viejo
soltó una carcajada áspera——, pero nadie ha visto ningún cadáver de
los Marsh, ningún cuerpo ha aparecido en la orilla.
Al llegar a este punto de la narración, ocurrió un incidente
verdaderamente singular. De pronto, el viejo se fijó en mi compañero,
abrió los ojos desmesuradamente, dejó caer la quijada y le empezaron a
temblar las manos. Durante unos instantes quedó como congelado en la
misma postura. Pero al momento se bajó del taburete, giró y corrió
tambaleándose a la calle con un grito largo y desesperado que pronto
fue barrido por el viento invernal.
Decir que quedamos asombrados seria poco. La súbita huida de
Seth Akins había sido tan inesperada que Co-rey y yo nos miramos
atónitos. No fue sino algún tiempo después cuando se me ocurrió que la
supersticiosa mente de Akins debía haber flaqueado al ver las extrañas
arrugas que tenía Corey en el cuello, debajo de las orejas. En el curso
del diálogo con el viejo, la gruesa bufanda con que Corey se protegía del
frío viento de marzo se había ido aflojando y, por fin, se había escurrido
del todo, dejando a la vista esa zona de piel espesa y como agrietada
que siempre había formado parte del cuello de Jeffrey Corey dándole
cierta apariencia de vejez.
No se me ofreció ninguna otra explicación, pero no se la mencioné
a mi amigo por no alterarle más, que bastante lo estaba ya.
¡Vaya galimatías! -exclamé cuando nos vimos de nuevo en Washington
Street.
Corey afirmó con la cabeza, pero me di cuenta de que algunos
aspectos de la narración del viejo le habían impresionado, y no
gratamente por cierto. Consiguió sonreír sin ningún entusiasmo y,
como respuesta a mis ulteriores comentarios, se limitó a encogerse de
hombros, como si no quisiera hablar de lo que habíamos oído contar a
Akins.
Durante toda la velada estuvo llamativamente silencioso y
preocupado. Recuerdo que me sentí algo molesto al notar que no quería
compartir conmigo la carga secreta que le abrumaba. Pero,
naturalmente, sospecho que sus propios pensamientos le debían
parecer tan fantásticos e increíbles que prefirió no comunicármelos por
si hacía el ridículo ante mí. Así, pues, tras hacerle varias preguntas de
tanteo y comprobar que las eludía, no volví a tocar el tema de Seth
Akins y las leyendas de Innsmouth.
A la mañana siguiente regresé a Nueva York.
Nuevas citas textuales del Diario de Jeffrey Corey
« 18 marzo. Esta mañana me despierto convencido de que no he
dormido solo. Señales en almohada y cama. Habitación y cama muy
húmedas, como si una persona empapada se hubiera acostado junto a
mí. Sé intuitivamente que era una mujer. ¿Pero cómo? Me asusta
pensar que la locura de los Marsh se esté empezando a apoderar de mí.
Pisadas en el suelo.»
«19 marzo. ¡Ha desaparecido la “Diosa Marina”! La puerta está
abierta. Durante la noche ha debido entrar alguien y llevársela. El
dinero que le puedan dar por ella no compensa el riesgo. No se han
llevado nada más.»
«20 marzo. Me he pasado la noche soñando todo lo que dijo Seth
Akins. ¡He visto al capitán Obed en el fondo del mar! Ancianísimo. ¡Con
branquias! Buceaba hasta muy por debajo de la superficie del Atlántico,
más allá del Arrecife del Diablo. Muchos más, hombres y mujeres. ¡El
aspecto inconfundible de los Marsh! ¡Oh, el poder y la gloria! »
«21 marzo. Noche del equinoccio. Un dolor pulsátil en el cuello
durante toda la noche. No he podido dormir. Me he levantado y he dado
un paseo hasta el mar. ¡Cómo me atrae el mar! Nunca me había dado
cuenta como ahora. Y, sin embargo, recuerdo que ya de niño — ¡y en
mitad del continente! — me gustaba jugar a que oía el sonido del mar,
el romper de las olas, el silbido del viento sobre las aguas. Todavía me
queda una sensación tremenda de que algo va a pasar.»
Con esta misma fecha —21 de marzo— me escribió Corey su
última carta. En ella no decía nada de los sueños, pero sí del dolor del
cuello:
«No es de la garganta, eso está claro. No me cuesta tragar. Parece
que el dolor se localiza en esa zona de piel gruesa, o rugosa, o agrietada,
como quieras llamarla, que tengo debajo de las orejas. Pero no te lo
puedo describir. No es como el dolor de una tortícolis, o de una
rozadura, o de un golpe. Es como si la piel se me fuera a romper hacia
fuera, pero al mismo tiempo llega hasta muy hondo. Y, además, no
puedo quitarme de la cabeza que esta a punto de pasarme algo. Algo
que temo y deseo a la vez. Me obsesiona un concepto que yo denomino,
a falta de otras palabras, conciencia ancestral. »
Le contesté aconsejándole que fuera a un médico y prometiéndole
que iría a visitarle a primeros de abril.
Pero para entonces Corey había desaparecido.
Había pruebas de que había bajado a la orilla y penetrado en el
océano, aunque no era posible determinar si su intención había sido la
de nadar o la de quitarse la vida. Se descubrieron huellas de sus pies
desnudos en lo que quedaba de aquella extraña arcilla arrojada en
febrero por el mar, pero no había pisadas de vuelta. No había dejado
ningún mensaje de despedida, pero sí instrucciones para mí sobre la
forma de disponer de sus efectos. Me nombraba administrador de sus
bienes, lo que parecía indicar que tampoco él debía tenerlas todas
consigo.
Se buscó el cuerpo de Corey —aunque sin gran entusiasmo— a lo
largo de la costa, lo mismo a un lado que a otro de Innsmouth, pero la
búsqueda resultó infructuosa. Al presidente del comité de encuesta no
le fue difícil dictaminar que Corey había hallado la muerte por
imprudencia.
La reseña de los hechos que parecen relacionados con el misterio
de esta desaparición no debe finalizarse sin añadir un sucinto relato de
lo que vi en el Arrecife del Diablo el día 17 de abril, al atardecer.
Era un crepúsculo apacible. El mar parecía un espejo y no corría
ni un soplo de viento. Yo estaba terminando de arreglar los asuntos de
Corey y me apeteció remar un rato en el mar. Las habladurías relativas
al Arrecife del Diablo me llevaron inevitablemente hacia lo que quedaba
de él: unas pocas rocas melladas y rotas que sobresalían de la
superficie, cuando la marea estaba baja, a una milla larga del pueblo.
El sol se había puesto, por el cielo de occidente se extendía un
suave resplandor y el mar tenía un color cobalto profundo hasta donde
alcanzaba la vista.
Acababa de llegar al arrecife cuando se produjo un gran alboroto
en el agua. La superficie marina se quebró en muchos lugares. Me
detuve y permanecí inmóvil, esperando que una escuela de delfines
emergiera de un momento a otro y disfrutando anticipadamente del
espectáculo.
Pero no eran delfines. Eran ciertos moradores del mar de cuya
existencia yo no tenía conocimiento. Realmente, a la menguante luz del
crepúsculo, los escamosos nadadores parecían peces humanos. Excepto
una pareja, los demás permanecieron alejados del bote donde yo estaba.
Aquella pareja —una hembra de extraño color arciloso y un
macho— llegaron a acercarse bastante al bote, desde donde yo los
miraba con una mezcla de sentimientos a la que no era ajena esa clase
de terror que hunde sus raíces en un profundo temor a lo desconocido.
Pasaron nadando cerca de mí, emergiendo y sumergiéndose, y cuando
se alejaban, el más claro de piel se volvió hacia mí y me dirigió una
mirada deliberada mientras emitía un extraño sonido gutural que no
dejaba de guardar cierta semejanza con mi nombre: « ¡Jack! » Me quedé
con la clara e inconfundible convicción de que aquella criatura marina
con branquias tenía la cara de Jeffrey Corey.
Todavía sueño con ella.

viernes, 7 de marzo de 2008

HONGOS DE YUGGOTH y OTROS POEMAS FANTASTICOS -_- LOVECRAFT H. P.


HONGOS DE YUGGOTH
Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos

***

I
EL LIBRO

El lugar era oscuro y polvoriento, un rincón perdido
En un laberinto de viejas callejuelas junto a los muelles,
Que olían a cosas extrañas traídas de ultramar,
Entre curiosos jirones de niebla que el viento del Oeste dispersaba.
Unos cristales romboidales, velados por el humo y la escarcha,
Dejaban apenas ver los montones de libros, como árboles retorcidos
Pudriéndose del suelo al techo... ventisqueros
De un saber antiguo que se desmoronaba a precio de saldo.
Entré, hechizado, y de un montón cubierto de telarañas
Cogí el volumen más a mano y lo hojeé al azar,
Temblando al leer raras palabras que parecían guardar
Algún secreto, monstruoso para quien lo descubriera.
Después, buscando algún viejo vendedor taimado,
Sólo encontré el eco de una risa.
II
PERSECUCIÓN

Llevaba el libro apretado bajo el abrigo,
Escondiéndolo como podía en semejante lugar,
Mientras apretaba el paso por las viejas calles del puerto
Volviendo con recelo la cabeza a cada instante.
Ventanas sombrías y furtivas de tambaleantes casas de ladrillo
Espiaban extrañamente mi paso apresurado,
Y al pensar en lo que cobijaban ansié violentamente
Una visión redentora de puro cielo azul.
Nadie me había visto cogerlo... y sin embargo
Una risa hueca seguía resonando en mi aturdida cabeza,
Dejándome adivinar qué mundos nocturnos de maldad
Acechaban en aquel volumen que había codiciado.
El camino se me hacía extraño, los muros demenciales...
Y a mi espalda, en la distancia, se oían pasos invisibles.
III
LA LLAVE

No sé qué vericuetos en la desolación
De aquellas extrañas callejuelas portuarias me llevaron a casa,
Pero en mi porche temblé, lívido con la prisa
Por entrar y echar el cerrojo a la pesada puerta.
Tenía el libro que indicaba la vía secreta
Para atravesar el vacío y las pantallas suspendidas en el espacio
Que mantienen a raya a los mundos sin dimensiones
Y confinan a los eones perdidos en su propio dominio.
Al fin era mía la llave de aquellas vagas visiones
De agujas contra el sol poniente y bosques crepusculares
Que se ciernen borrosas sobre los abismos, más allá de las precisiones
De esta tierra, acechando como Memorias de infinitud.
La llave era mía, pero mientras estaba allí sentado, musitando,
Vibró la ventana del desván bajo una leve presión.
IV
RECONOCIMIENTO
Había vuelto el día en que de niño
Vi una sola vez aquella hondonada cubierta de viejos robles
Grises por la bruma que sube del suelo y envuelve y ahoga
Las formas abortadas que la locura ha profanado.
Volví a verlo: la hierba tupida y salvaje
Ciñendo un altar cuyos signos tallados invocan
A Aquel Que No Tiene Nombre, hacia quien ascienden
Mil humaredas, eones emanados, desde altas torres impuras.
Vi el cuerpo tendido sobre aquella piedra húmeda
Y supe que aquellas cosas celebrantes no eran hombres;
Supe que aquel extraño mundo gris no era el mío,
Si no el de Yuggoth, más allá de los abismos estelares...
Y entonces el cuerpo me lanzó un grito de agonía
Y supe demasiado tarde que era yo!
V
VUELTA A CASA
El demonio dijo que me llevaría a casa,
A la tierra lívida y sombría que recordaba vagamente
Como un lugar elevado con escaleras y terrazas
Rodeadas de balaustradas de mármol que peinan los vientos del cielo,
Mientras muchas millas más abajo, a la orilla de un mar,
Se extiende un laberinto de torres y torres y cúpulas superpuestas,
Una vez más, me dijo, volvería a quedar embelesado
Ante aquellas viejas colinas, y oiría el lejano rumor de la espuma.
Todo esto prometió, y por las puertas del ocaso
Me arrastró a través de lagos de llamas lamientes
Y tronos de oro rojo de dioses sin nombre
Que gritan de miedo ante un destino ominoso.
Después, un negro abismo con ruido de olas en la noche:
Aquí estaba tu casa, se burló, cuando aún veías!

VI
LA LÁMPARA

Encontramos la lámpara dentro de aquellos acantilados huecos
Cuyos signos cincelados ningún sacerdote de Tebas podría descifrar,
Y los espantosos jeroglíficos de aquellas cavernas
Eran una advertencia para toda criatura viva de origen terrenal.
Nada más había allí: sólo aquella lámpara de latón
Con restos de un aceite extraño en su interior,
Adornada con volutas de oscuro diseño
Y símbolos que sugerían vagamente pecados desconocidos.
Los temores de cuarenta siglos no significaron nada
Para nosotros cuando nos llevamos nuestro escaso botín,
Y cuando luego lo examinamos en nuestra tienda oscura
Encendimos una cerilla para probar el aceite antiguo.
Ardió, ¡Dios Santo!... Pero las formas gigantescas
Que entrevimos en aquella furiosa llamarada
Abrasaron para siempre nuestras vidas con temor reverencial.
VII
LA COLINA DE ZAMÁN


La gran colina se alzaba junto al viejo pueblo,
Una mole contra el final de la calle mayor;
Verde, alta y boscosa, dominaba sombríamente
El campanario del recodo de la carretera.
Doscientos años antes corrían rumores
Sobre lo que ocurría en aquella ladera evitada por el hombre...
Historias de ciervos o pájaros extrañamente mutilados
O de niños perdidos cuyos padres habían abandonado toda esperanza.
Un día el cartero no encontró el pueblo donde solía
Y nadie volvió a ver sus habitantes ni sus casas;
La gente venía de Aylesbury y se quedaba mirando...
Pero todos decían al cartero que a buen seguro
Estaba loco por contar que había alcanzado a ver
Los ojos glotones de la gran colina y sus fauces abiertas de par en par.
VIII
EL PUERTO


A diez millas de Arkham había encontrado el sendero
Que bordea el acantilado sobre Boynton Beach,
Y esperaba alcanzar a la hora del crepúsculo
La cresta que domina Innsmouth en el valle.
Hacia alta mar se alejaba una vela
Blanca como los duros años de vientos antiguos podían blanquear,
Pero que me pareció un presagio adverso e indecible;
Por eso no agité la mano ni le grité adiós.
Veleros zarpando de Innsmouth! Ecos de famas antiguas,
De épocas muertas hace tiempo; pero ahora se acerca
Una noche demasiado rápida, y he llegado a la cumbre
Desde la que tantas veces oteé la ciudad lejana.
Agujas y tejados siguen allí... pero ¡mirad! ¡Las tinieblas
Se abaten sobre las lóbregas callejuelas, más oscuras que la tumba!
IX
EL PATIO


Era la ciudad que había conocido antaño,
La antigua ciudad leprosa donde multitudes mestizas
Cantan en honor de extraños dioses y golpean gongos impíos
En criptas bajo infectas callejuelas cercanas a la orilla.
Las casas carcomidas con ojos de pescado me miraban de reojo
Inclinándose a mi paso, ebrias y medio animadas,
Mientras sorteaba inmundicias hasta franquear la puerta
Del patio negro donde debía estar el hombre.
Las oscuras paredes se cerraron sobre mí, y empecé a blasfemar
A gritos por haber entrado en aquel antro,
Cuando veinte ventanas de repente estallaron
En una luz salvaje y se llenaron de hombres que bailaban:

¡Locas piruetas mudas de la muerte les arrastraban,
Pues ningún cadáver tenía manos ni cabeza!
X
LAS PALOMAS MENSAJERAS


Me llevaron a los barrios bajos, donde un mal viscoso
Pandeaba las descarnadas paredes de ladrillo,
Y una hedionda multitud de caras torcidas
Mandaba mensajes por guiños a extraños dioses y diablos.
Un millón de fuegos ardían en las calles,
Y unos seres furtivos enviaban desde las azoteas
Pájaros manchados de barro hacia el cielo abierto,
Mientras tambores ocultos batían con un ritmo acompasado.
Sabía que aquellos fuegos anunciaban cosas monstruosas,
Y que aquellas aves del espacio habían estado en el Exterior...
Adivinaba hacia qué criptas de oscuros planetas habían volado,
Y lo que traían de Thog bajo las alas.
Los otros reían... hasta que se quedaron repentinamente mudos
Al vislumbrar lo que llevaba uno de los pájaros en su pico maldito.
XI
EL POZO


El granjero Seth Atwood tenía más de ochenta años
Cuando intentó ahondar aquel profundo pozo junto a su puerta
Con la sola ayuda de Eb para cavar y perforar.
Al principio nos reímos, y esperamos que pronto recobraría el juicio,
Pero en vez de ello también el joven Eb se volvió loco
Hasta tal punto que se lo llevaron al manicomio del condado.
Entonces Seth cegó con ladrillos la boca del pozo...
Y luego se cortó una arteria de su nudoso brazo izquierdo.
Después del entierro algo nos hizo encaminarnos
Hacia aquel pozo y arrancar los ladrillos,
Pero sólo vimos una hilera de asideros de hierro
Que se perdía en un negro agujero de hondura incalculable.
Así que volvimos a poner los ladrillos en su sitio, pues el agujero
Nos había parecido demasiado profundo
Para que ninguna plomada pudiera sondearlo.
XII
EL AULLADOR


Me dijeron que no fuese por el sendero de Brigg's Hill,
Que había sido antaño la carretera de Zoar,
Pues Goody Watkins, ahorcado en mil setecientos cuatro,
Había dejado allí algún vástago monstruoso.
Pero cuando desobedecí, y tuve ante mí
La quinta cubierta de hiedra junto a la gran ladera rocosa,
No pensé en olmos ni en sogas de cáñamo,
Si no que me pregunté por qué la casa parecía aún tan nueva.
Me había detenido a contemplar el crepúsculo
Y oía débiles aullidos que parecían venir del piso superior,
Cuando la hiedra que cubría los cristales dejó pasar
Un rayo de sol poniente que cogió por sorpresa al aullador.
Llegué a verlo... y huí frenéticamente de aquel lugar
Y de aquella criatura con cuatro patas y rostro humano.
XIII
HESPERIA

La puesta de sol invernal, refulgiendo tras las agujas
Y las chimeneas medio desprendidas de esta esfera sombría,
Abre grandes puertas a algún año olvidado
De antiguos esplendores y deseos divinos.
Futuras maravillas arden en aquellos fuegos
Cargados de aventura y sin sombra de temor;
Una hilera de esfinges indica el camino
Entre trémulos muros y torreones hacia liras lejanas.
Es la tierra donde florece el sentido de la belleza,
Donde todo recuerdo inexplicado tiene su fuente,
Donde el gran río del Tiempo inicia su curso descendiendo
Por el vasto vacío en sueños de horas iluminadas por las estrellas.
Los sueños nos acercan... pero un saber antiguo
Repite que el pie humano no ha hollado jamás estas calles.
XIV
VIENTOS ESTELARES

Es la hora de la penumbra crepuscular,
Casi siempre en otoño, cuando el viento estelar se precipita
Por las calles altas de la colina, que aunque desiertas
Muestran ya luces tempranas en cómodas habitaciones.
Las hojas secas danzan con giros extraños y fantásticos,
Y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea
Siguiendo las geometrías del espacio exterior,
Mientras Fomalhaut se asoma por las brumas del Sur.
Ésta es la hora en que los poetas lunáticos saben
Qué hongos brotan en Yugoth, y qué perfumes
Y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres
Jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon.
¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos
Nos arrebatan una docena de los nuestros!
XV
ANTARKTOS


En lo hondo de mi sueño el gran pájaro susurraba de forma extraña
Hablándome del cono negro de los desiertos polares,
Que se alza lúgubre y solitario sobre el casquete glaciar,
Azotado y desfigurado por los eones de frenéticas tormentas.
Allí no palpita ninguna forma de vida terrestre;
Sólo pálidas auroras y soles mortecinos
Brillan sobre ese peñón horadado, cuyo origen primitivo
Intentan adivinar a oscuras los Ancianos.
Si los hombres lo vieran, se preguntarían simplemente
Qué raro capricho de la Naturaleza contemplan;
Pero el pájaro me ha hablado de partes más vastas
Que meditan ocultas bajo la espesa mortaja de hielo.
¡Dios ayude al soñador cuyas locas visiones le muestren
Esos ojos muertos engastados en abismos de cristal!
XVI
LA VENTANA

La casa era vieja, con alas caprichosamente enmarañadas
Cuya disposición nadie conocía a ciencia cierta,
Y en una pequeña estancia hacia la parte trasera
Había una extraña ventana cegada con piedra antigua.
Allí, en una infancia atormentada por los sueños, solía ir
Siempre solo cuando reinaba la noche vaga y negra,
Apartando telarañas con una curiosa falta de miedo
Y sintiéndome cada vez más maravillado.
Más tarde llevé allí a los albañiles
Para descubrir qué vista habían rehuido mis lejanos antepasados,
Pero cuando perforaron la piedra entró impetuosa
Una ráfaga de aire del vacío ignoto que se abría al otro lado.
Entonces huyeron... pero yo me asomé y encontré desplegados
Todos los mundos salvajes que me habían revelado mis sueños.
XVII
UN RECUERDO

Había grandes estepas y mesetas rocosas
Que se extendían casi ilimitadas en la noche estrellada,
Con fuegos de campamento que iluminaban débilmente
Manadas velludas de animales con esquilas tintineantes.
Al sur, en la distancia, la llanura se ensanchaba y descendía
Hacia una oscura muralla tendida en zigzag
Como una enorme pitón de la edad primigenia
Que el tiempo infinito hubiera helado y petrificado.
Tiritaba extrañamente en el aire frío y enrarecido,
Y me preguntaba dónde estaba y cómo había llegado allí,
Cuando una figura envuelta en una capa junto a una hoguera
Se levantó y se acercó, llamándome por mi nombre.
Y al mirar aquella cara muerta bajo la capucha
Perdí la esperanza... pues había comprendido.
XVIII
LOS JARDINES DE YIN


Al otro lado de la muralla, cuya antigua mampostería
Llegaba casi al cielo con torres cubiertas de musgo,
Debía haber jardines colgantes, llenos de flores
Y aleteos de pájaros, mariposas y abejas.
Debía haber paseos, y puentes sobre cálidos estanques
Sembrados de lotos donde se reflejaban cornisas de templos,
Y cerezos de ramas y hojas delicadas
Contra un cielo rosado donde se cernían las garzas.
Todo debía estar allí, pues ¿no habían mis viejos sueños
Franqueado la puerta de aquel dédalo de linternas de piedra
Donde arroyos somnolientos trazan sus cursos sinuosos
Guiados por verdes sarmientos de parras colgantes?
Corrí hacia allí... pero al llegar a la muralla, sombría e inmensa,
Descubrí que ya no había ninguna puerta.
XIX
LAS CAMPANAS

Año tras año oí aquel tañido débil y lejano
De graves campanas traído por el viento negro de media noche;
Extraños repiques, que no venían de ningún campanario
Que pudiese descubrir, sino como de más allá de un gran vacío.
Busqué una pista en mis sueños y recuerdos,
Y pensé en todos los carillones que albergaban mis visiones;
Los de la apacible Innsmouth, donde las blancas gaviotas planeaban
En torno a una aguja que conocí antaño.
Siempre perplejo seguí oyendo caer aquellas notas lejanas
Hasta una noche de marzo en que la lluvia fría y desapacible
Me hizo franquear de nuevo las puertas del recuerdo
Hacia las viejas torres donde tañían badajos enloquecidos.
Tañían... pero desde las corrientes sin sol que fluyen
Por valles profundos hasta verter al lecho muerto del mar.
XX
BESTEZUELAS NOCTURNAS

No sabría decir de qué criptas salen arrastrándose,
Pero cada noche veo esas criaturas viscosas,
Negras, cornudas y descarnadas, con alas membranosas
Y colas que ostentan la barba bífida del infierno.
Llegan en legiones traídas por el viento del Norte
Con garras obscenas que cosquillean y escuecen,
Y me agarran y me llevan en viajes monstruosos
A mundos grises ocultos en el fondo del pozo de las pesadillas.
Pasan rozando los picos dentados de Thok
Sin hacer el menor caso de mis gritos ahogados,
Y descienden por los abismos inferiores hasta ese lago inmundo
Donde los shoggoths henchidos chapotean en un sueño dudoso.
Pero ¡ay! ¡Si al menos hicieran algún ruido
O tuvieran una cara donde se suele tener!
XXI
NYARLATHOTEP

Y al fin vino del interior de Egipto
El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;
Silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo
Y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.
A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,
Pero al marcharse no podían repetir lo que habían oido;
Mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia
De que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.
Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;
Tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;
Se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron
Sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.
Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,
El Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.
XXII
AZATHOTH

El demonio me llevó por el vacío sin sentido
Más allá de los brillantes enjambres del espacio dimensional,
Hasta que no se extendió ante mí ni tiempo ni materia
Sino sólo el Caos, sin forma ni lugar.
Allí el inmenso Señor de Todo murmuraba en la oscuridad
Cosas que había soñado pero que no podía entender,
Mientras a su lado murciélagos informes se agitaban y revoloteaban
En vórtices idiotas atravesados por haces de luz.
Bailaban locamente al tenue compás gimiente
De una flauta cascada que sostenía una zarpa monstruosa,
De donde brotaban las ondas sin objeto que al mezclarse al azar
Dictan a cada frágil cosmos su ley eterna.
"Yo soy Su mensajero", dijo el demonio,
Mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.
XXIII
ESPEJISMO

No sé si existió alguna vez
Ese mundo perdido que flota oscuramente en el río del Tiempo,
Pero lo he visto a menudo, envuelto en una bruma violeta
Y brillando débilmente al fondo de un sueño borroso.
Había extrañas torres y ríos con curiosos meandros,
Laberintos de maravillas y bóvedas llenas de luz,
Y cielos llameantes cruzados por ramas, como los que tiemblan
Ansiosamente momentos antes de una noche invernal.
Grandes marismas llevaban a costas desiertas con juncales
Donde revoloteaban aves inmensas, y en una colina ventosa
Había un pueblo antiguo con un blanco campanario
Cuyos repiques vespertinos resuenan aún en mis oídos.
No sé qué tierra es ésa... ni me atrevo a preguntar
Cuándo o por qué estuve, o estaré allí.
XXIV
EL CANAL
En algún lugar del sueño hay un paraje maldito
Donde altos edificios deshabitados se apiñan a lo largo
De un canal estrecho, sombrío y profundo, que apesta
A cosas horrendas arrastradas por corrientes grasientas.
Callejones con viejos muros que se tocan casi en lo alto
Desembocan en calles que uno puede conocer o no,
Y un pálido claro de luna arroja un brillo espectral
Sobre largas hileras de ventanas, oscuras y muertas.
No se oyen ruidos de pasos, y ese sonido suave
Es el del agua grasienta deslizándose
Bajo puentes de piedra y por las orillas
De su cauce profundo, hacia algún vago océano.
Ningún ser vivo podría decir cuándo arrastró esa corriente
Del mundo de arcilla su región perdida en el sueño.
XXV
SAN TOAD

"¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!", le oí gritar
Mientras me internaba por aquellas callejuelas demenciales
Que serpentean en laberintos sombríos e indefinidos
Al sur del río donde sueñan los siglos antiguos.
Era una figura furtiva, encorvada y harapienta,
Y en un instante desapareció tambaleándose,
Así que seguí hundiéndome en la noche
Hacia nuevas líneas de tejados, dentadas y malignas.
Ninguna guía habla de lo que acechaba allí...
Pero entonces oí chillar a otro viejo:
"¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!" Y cuando sintiéndome desfallecer
Me detuve, oí a un tercer anciano graznar de miedo:
"¡Cuidaos del carillón cascado de San Toad!" Huí espantado
Hasta que de pronto surgió ante mí aquel negro campanario.
XXVI
LOS FAMILIARES
John Whateley vivía como a una milla de la ciudad,
Allí donde las colinas empiezan a apiñarse;
Nunca habíamos pensado que tuviese mucho juicio,
Viendo cómo dejaba echar a perder su granja.
Pasaba el tiempo leyendo unos libros extraños
Que había encontrado en el desván de su casa,
Hasta que unos surcos chocantes le arrugaron la cara
Y todo el mundo dijo que no le gustaba su aspecto.
Cuando empezó con aquellos aullidos nocturnos decidimos
Que sería mejor encerrarle para evitar algún daño,
Así que tres hombres del manicomio de Aylesbury
Fueron a buscarle... pero volvieron solos y espantados:
Le habían encontrado hablando a dos seres agazapados
Que al oír sus pasos echaron a volar con grandes alas negras.
XXVII
EL FARO DEL ANCIANO


De Leng, donde los picos rocosos se yerguen sombríos y pelados
Bajo frías estrellas ocultas a los ojos humanos,
Brota al anochecer un único haz de luz
Cuyos lejanos rayos azules hacen gemir y rezar a los pastores.
Dicen (aunque nadie ha estado allí) que procede
De un faro alojado en una torre de piedra,
Donde el último Anciano vive solo
Hablando al Caos con redobles de tambores.
La Cosa, cuchichean, lleva una máscara de seda
Amarilla, cuyos extraños pliegues parecen ocultar
Una cara que no es de esta tierra, aunque nadie se atreve
A preguntar qué rasgos abultados hay debajo.
Muchos, en la primera juventud del hombre, buscaron ese faro,
Pero nadie sabrá jamás lo que encontraron.
XXVIII
EXPECTACIÓN

No sabría decir por qué algunas cosas me producen
Una sensación de maravillas inexploradas por venir,
O de grieta en el muro del horizonte
Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.
Es una expectación vaga, sin aliento,
Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,
O de aventuras salvajes, incorpóreas,
Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.
La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,
En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,
En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,
En viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna.
Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida
Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.
XXIX
NOSTALGIA
Cada año, al resplandor melancólico del otoño,
Los pájaros remontan el vuelo sobre un océano desierto,
Trinando y gorjeando con prisa jubilosa
Por llegar a una tierra que su memoria profunda conoce.
Grandes jardines colgantes donde se abren flores
De vivos colores, hileras de mangos de gusto delicioso
Y arboledas que forman templos con ramas entrelazadas
Sobre frescos senderos...todo esto les muestran sus vagos sueños.
Buscan en el mar vestigios de su antigua costa,
Y la alta ciudad blanca, erizada de torres...
Pero sólo las aguas vacías se extienden ante ellos,
Así que al fin dan media vuelta una vez más.
Y mientras tanto, hundidas en un abismo infestado de extraños pólipos,
Las viejas torres añoran su canto perdido y recordado.
XXX
PAISAJE DE FONDO

Nunca he podido apegarme a las cosas nuevas y crudas,
Pues vi la primera luz en una ciudad antigua,
Donde los tejados apiñados descendían desde mi ventana
Hacia un puerto pintoresco, rico en visiones.
Calles con puertas cinceladas donde los rayos del sol poniente
Bañaban viejos montantes de abanico y pequeñas vidrieras,
Y campanarios georgianos rematados con veletas doradas...
Tales fueron las vistas que modelaron mis sueños infantiles.
Estos tesoros, heredados de épocas de prudente fermento,
Desdibujan la presencia de las débiles quimeras
Que se agitan en vana mudanza y con fe confusa
Entre los muros inmutables de la tierra y el cielo.
Cortan las cadenas del instante y me dejan libre
Para erguirme en solitario ante la eternidad.
XXXI
EL HABITANTE

Ya era viejo cuando Babilonia era joven;
Nadie sabe el tiempo que llevaba durmiendo bajo aquel montículo
Cuando nuestras palas inquisidoras encontraron al fin
Sus bloques de granito y los sacaron a la luz.
Había inmensos pavimentos y cimientos de muros,
Y losas y estatuas cuarteadas, donde el cincel representó
A seres fantásticos de alguna edad remota,
Más allá de la memoria del mundo humano.
Entonces vimos aquellos escalones de piedra que descendían
Por una puerta obstruida de dolomita grabada
Hasta un sombrío refugio de noche eterna
Donde amenazaban signos antiguos y secretos primigenios.
Abrimos un sendero... pero huimos en loca desbandada
Al oír aquellos pasos pesados que subían.
XXXII
ALIENACIÓN

Su carne material nunca se había alejado,
Pues cada aurora le encontraba en su lugar habitual,
Pero su espíritu amaba vagar cada noche
Por abismos y mundos distantes del día ordinario.
Había visto Yaddith y conservado empero el juicio,
Había vuelto indemne de la región ghoórica,
Hasta que una noche tranquila atravesó el curvo espacio
Aquella llamada apremiante que venía del vacío exterior.
Por la mañana despertó convertido en un anciano,
Y desde entonces nada ha vuelto a parecerle igual.
Los objetos flotan a su alrededor, nebulosos e indistintos,
Como fantasmas engañosos que ejecutan un plan más vasto.
Su familia y sus amigos son ahora una multitud extraña
A la que lucha en vano por pertenecer.
XXXIII
SIRENAS PORTUARIAS

Por encima de viejos tejados y agujas desconchadas
Las sirenas del puerto cantan durante toda la noche;
Gargantas venidas de puertos extraños, de blancas playas lejanas
Y océanos fabulosos, concertadas en coros abigarrados.
Ajenas unas a otras, no se conocen entre sí,
Pero todas, por obra de alguna fuerza oscuramente concentrada
Desde abismos ensimismados más allá del curso del Zodiaco,
Se funden en un misterioso zumbido cósmico.
A través de vagos sueños organizan un desfile
De formas aún más vagas, insinuaciones y visiones;
Ecos de vacíos exteriores e indicios sutiles
De cosas que ni ellas mismas pueden definir.
Y siempre en ese coro, tenuamente entreveradas,
Captamos algunas notas que ningún buque terrenal emitió jamás.
XXXIV
RECAÍDA
El camino descendía por un oscuro brezal ralamente arbolado
Donde piedras grises de musgo sobresalían del mantillo,
Y unas gotas curiosas, inquietantes y frías,
Salpicaban desde arroyos invisibles que corrían a mis pies.
No hacía viento, ni se oía el menor ruido
Entre los arbustos enmarañados y los árboles de extrañas formas,
Y ninguna perspectiva se extendía ante mí... hasta que de pronto
Vi un túmulo monstruoso en medio del camino.
Sus lados escarpados se erguían amenazantes contra el cielo,
Cubiertos de hiedra tupida y hendidos por una escalera en ruinas
Que ascendía hasta la altura pavorosa con escalones de lava
Demasiado grandes para cualquier pie humano.
Di un grito... ¡y supe qué estrella y qué año primigenios
Me habían vuelto a arrebatar de la esfera humana de sueños efímeros!
XXXV
ESTRELLA VESPERTINA

La vi desde aquel lugar escondido y silencioso
Donde el viejo bosque oculta a medias la pradera.
Brillaba a través de los esplendores del crepúsculo... pálida
Al principio, pero con una cara que poco a poco se encendía.
Llegó la noche, y aquel fanal solitario, teñido de ámbar,
Hirió mi vista como nunca lo había hecho antaño;
La estrella vespertina, pero mil veces aumentada,
Encandilaba aún más en aquella quietud y aquella soledad.
Trazaba extraños dibujos en el aire estremecido...
Recuerdos borrosos que siempre habían llenado mis ojos...
Inmensas torres y jardines, curiosos mares y cielos
De alguna vida imprecisa... no sé de dónde.
Pero entonces supe que a través de la bóveda cósmica
Aquellos rayos me llamaban desde mi lejano hogar perdido.
XXXVI
CONTINUIDAD

Hay en algunas cosas antiguas una huella
De una esencia vaga... más que un peso o una forma,
Un éter sutil, indeterminado,
Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio.
Un signo tenue y velado de continuidades
Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;
De dimensiones encerradas que albergan los años idos,
Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.
Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente
Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina,
Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles
Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos.
Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos
De la masa inmutable cuyos lados son las edades.



OTROS POEMAS FANTÁSTICOS
Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos

I
EL LAGO DE LA PESADILLA
Existe un lago en la lejana Zan,
Más allá de las regiones frecuentadas por el hombre,
Donde se consume solitario en un estado espantoso
Un espíritu inerte y desolado;
Un espíritu viejo y atroz,
Agobiado por una terrible melancolía,
Que respira los vapores cargados de pestilencia
Que emanan las aguas densas y estancadas.
Sobre los bajíos, de cieno arcilloso,
Retozan criaturas ofensivas por su degeneración,
Y los extraños pájaros que merodean por sus orillas
Jamás han sido vistos por ojos mortales.
Durante el día luce un sol crepuscular
Sobre regiones vidriosas que nadie ha contemplado,
Y por la noche los pálidos rayos de la luna penetran
Hasta los abismos que se abren en su fondo.
Sólo las pesadillas han podido revelar
Qué escenas tienen lugar bajo estos rayos,
Qué visiones, demasiado ancestrales para la mirada humana,
Yacen sumergidas en su noche sin fin;
Pues por aquellas profundidades sólo deambulan
Las sombras de una raza silenciosa.
Una noche, saturada de olores malsanos,
Llegué a ver aquel lago, dormido e inerte,
Mientras en el cárdeno cielo bogaba
Una luna creciente que brillaba y brillaba.
Pude contemplar la extensión pantanosa de las orillas,
Y las criaturas ponzoñosas deslizándose por las ciénagas;
Lagartos y serpientes convulsos y moribundos;
Cuervos y vampiros descomponiéndose;
Y también, planeando sobre los cadáveres,
Necrófagos que se alimentaban de sus restos.
Y mientras la terrible luna se elevaba en lo alto,
Ahuyentando a las estrellas de los confines del cielo,
Vi que las oscuras aguas del lago se iluminaban
Hasta que aparecieron en el fondo las criaturas del abismo.
Más abajo, a una profundidad incalculable,
Brillaron las torres de una ciudad olvidada;
Vi domos sin lustre y paredes musgosas;
Agujas cubiertas de algas y estancias desiertas;
Vi templos desolados, criptas de espanto,
Y calles que habían perdido su esplendor.
Y en medio de aquel escenario vi aparecer
Una horda ambulante de sombras informes;
Una horda maligna que se agitaba
Ejecutando lo que parecía una danza siniestra
En torno a unos sepulcros viscosos
Cerca de un camino jamás hollado.
Un remolino surgió de aquellas tumbas
Quebrando el reposo de las aguas dormidas
Mientras las sombras letales del nivel superior
Aullaban al rostro sardónico de la luna.
Entonces el lago se hundió en su propio lecho,
Tragado por las profundas cavernas de la muerte,
Y de la nueva y humeante tierra desnuda
Se elevó una espiral de fétidos vapores de origen malsano.
Sobre la ciudad, casi al descubierto,
Revoloteaban las monstruosas sombras danzantes,
Cuando, de pronto, abrieron con repentino estruendo
¡Las lápidas de los sepulcros!
Ningún oído ha podido escuchar, ninguna lengua contar
El horror innombrable que sobrevino a continuación.
Vi que el lago... la luna gesticulante...
La ciudad y las criaturas que moraban en ella...
Al despertarme, rogué que en aquella orilla
¡El lago de la pesadilla no volviera a hundirse nunca más!
II
A PAN
Sentado en una cañada entre bosques
A orillas de un arroyo bordeado de juncos
Meditaba yo un día, cuando adormeciéndome
Me vi sumido en un sueño.
Del riachuelo surgió una figura
Medio hombre y medio cabrío;
Tenía pezuñas en vez de pies
Y una barba adornaba su garganta.
Con un rústico caramillo de caña
Tocaba dulcemente aquel ser híbrido,
Y yo olvidé todo cuidado terreno
Pues sabía que era Pan.
Ninfas y sátiros se congregaron
Para gozar del alegre sonido.
Demasiado pronto desperté con pesar
Y volví a las moradas de los hombres,
Pero en valles campestres yo querría vivir
Y escuchar de nuevo la flauta de Pan.
III
LA CIUDAD

Era dorada y espléndida
Aquella ciudad de la luz;
Una visión suspendida
En los abismos de la noche;
Una región de prodigios y gloria, cuyos templos
Eran de mármol blanco.
Recuerdo la época
En que apareció ante mis ojos;
Eran los tiempos salvajes e irracionales,
Los días de las mentes embrutecidas
En los que el Invierno, con su mortaja blanca y lívida,
Avanzaba lentamente torturando y destruyendo.
Más hermosa que Zión
Resplandecía en el cielo
Cuando los rayos de Orión
Nublaron mis ojos,
Y me sumieron en un sueño lleno de oscuros recuerdos
De vivencias olvidadas y remotas.
Sus mansiones eran majestuosas,
Decoradas con bellas esculturas
Que se erguían con nobleza
En magníficas terrazas,
Y los jardines eran fragantes y soleados,
Y en ellos florecían extrañas maravillas.
Me fascinaban sus avenidas
Con sus perspectivas sublimes;
Las elevadas arcadas me confirmaban
Que una vez, en otro tiempo,
Había vagado en éxtasis bajo su sombra,
En el benigno clima de Halcyón.
En la plaza central se alineaba
Una hilera de estatuas;
Hombres solemnes de largas barbas
Que habían sido poderosos en su día...
Pero una estaba rota y mutilada,
Y su rostro barbado había sido destrozado.
En aquella ciudad esplendorosa
No vi a ningún mortal,
Pero mi imaginación, indulgente
Con las leyes de la memoria,
Se demoró largo tiempo contemplando aquellas figuras
De la plaza, cuyos pétreos rostros observó con temor.
Avivé el débil rescoldo
Que aún permanecía encendido en mi espíritu,
Y me esforcé por recordar
Los eones de pasado;
Por atravesar libremente el infinito,
Y poder visitar el insondable pasado.
Entonces la horrible advertencia
Cayó sobre mi alma
Como el ominoso amanecer
Que asciende en su roja aureola,
Y huí, lleno de pánico, antes de que los terrores
Ya olvidados y desaparecidos me fueran revelados.
IV
A MR. FINLAY, POR SU ILUSTRACIÓN PARA EL CUENTO
DE MR. BLOCH: "EL DIOS SIN ROSTRO"

En lóbregos abismos laten las formas de la noche,
Hambrientas y tenebrosas, coronadas con extrañas mitras;
Negras alas se agitan en fantástico vuelo, de orbe
A orbe, a través de simas despojadas de la luz del sol.
Nadie osa llamar cosmos al lugar de donde proceden,
O suponer una expresión en cada rostro informe,
O pronunciar las palabras que con fuerza irresistible
Las atraerán de los infiernos del espacio exterior.
Sin embargo, aquí, sobre una página nuestra mirada horrorizada
Encuentra formas monstruosas que ningún ojo humano debería ver;
Reminiscencias de aquellas blasfemias cuya presencia
Derrama la muerte y la locura a través del infinito.
¿Quién es el ilustrador que desafía solitario los negros abismos
Y sobrevive para revelar sus horrores sin nombre?
V
MADRE TIERRA
Una noche, paseando, descendí por el talud
De un valle profundo, húmedo y silencioso,
Cuyo aire estancado exhalaba un tufo de podredumbre
Y una frialdad que me hacían sentir enfermo y débil.
Los árboles numerosos a cada lado
Se cernían como una banda espectral de trasgos,
Y las ramas contra el cielo menguante
Tomaban formas que me daban miedo, sin saber por qué.
Seguí avanzando, y parecía buscar
Alguna cosa perdida como la alegría o la esperanza,
Pero pese a todos mis esfuerzos no pude encontrar
Más que los fantasmas de la desesperación.
Los taludes se estrechaban cada vez más,
Hasta que pronto, privado de la luna y las estrellas,
Me vi comprimido en una grieta rocosa
Tan vieja y profunda que la piedra
Respiraba cosas primitivas y desconocidas.
Mis manos, explorando, intentaban rastrear
Los rasgos del rostro de aquel valle,
Hasta que en el musgo parecieron encontrar
Un perfil espantoso para mi mente.
Ninguna forma que forzando los ojos
Hubiera podido ver, habría reconocido;
Pues lo que tocaba hablaba de un tiempo
Demasiado remoto para el paso fugaz del hombre.
Los líquenes colgantes, húmedos y canosos,
Me impedían leer la antigua historia;
Pero un agua oculta, goteando tenuemente,
Me susurraba cosas que no habría debido saber.
"Mortal, efímero y osado,
En gracia guarda para ti lo que cuento,
Pero piensa a veces en lo que ha sido,
Y en las escenas que han visto estas rocas desmoronadas;
En conciencias ya viejas antes de que tu débil progenie
Apareciese en una magnitud menor,
Y en seres vivientes que todavía alientan
Aunque no parezcan vivos a los humanos.
Yo soy la voz de la madre tierra,
De la que nacen todos los horrores."
VI
DESESPERACIÓN

Llorando sobre los páramos tenebrosos,
Suspirando a través de los bosques de cipreses,
Volando insensatamente en brazos del viento de la noche,
Formas infernales con cabellos ondulantes;
Crujiendo en las estériles ramas,
Susurrando en las ciénagas estancadas,
Gritando más allá de los acantilados del litoral,
Demonios malditos de la desesperación.
Recuerdo confusamente que en otro tiempo,
Antes de los grises cielos de noviembre,
Apagadas las llamas de mi juventud ambiciosa,
Existía en esta tierra algo parecido al éxtasis;
Cielos hoy oscurecidos refulgían en lo alto,
Oro y azur, aparentemente espléndidos,
Hasta que aprendí que todo era un sueño...
Un mortal ensueño del Hades.
Pero el Tiempo, que transcurre vertiginosamente,
Engendra el tormento de la semiconsciencia...
Se precipita turbulento, avanza a ciegas,
Más allá de las praderas transitadas;
Y el viajero, doliente, observa
El lúgubre resplandor de las hogueras de la muerte,
Escucha el aciago graznido del pretel
Mientras deriva hacia el mar, desamparado.
Alas funestas baten en el éter;
Buitres sombríos roen el espíritu;
Engendros sin nombre que se agitan eternamente,
Negras siluetas contra el obsceno cielo.
Pálidas sombras de la alegría pasada,
Demonios desgarrados de la tristeza venidera,
Confundidos en una nube de locura,
Para siempre incrustados en el alma.
Así el viviente, aislado, víctima de la incertidumbre,
Se debate en medio de estremecimientos de angustia,
Mientras las nauseabundas furias le despojan
Noche y día de paz y descanso.
Pero, más allá de los lamentos y pesares
De esta Vida detestable, espera
El dulce Olvido, culminación
De tantos años de búsqueda infructuosa.
VII
OCEANUS
A veces me detengo en la orilla
Donde las penas vierten sus flujos,
Y las aguas turbulentas suspiran y se quejan
De secretos que no se atreven a contar.
Desde las simas profundas de valles sin nombres,
Y desde colinas y llanuras que ningún mortal conoce,
La mística marejada y el hosco oleaje
Sugieren como taumaturgos malditos
Un millar de horrores, henchidos por el temor
Que ya contemplaron épocas hace tiempo olvidadas.
¡Oh vientos salados que tristemente barréis
Las desnudas regiones abisales;
Oh pálidas olas salvajes, que recordáis
El caos que la Tierra ha dejado tras de sí;
Una sola cosa os pido:
Guardad por siempre oculto vuestro antiguo saber!
VIII
EL EIDOLON

Sucedió en la hora innombrable de la noche
Cuando las fantasías en su delirante vuelo
Giran en torno al inmóvil durmiente
Y se deslizan en sus visiones inconscientes;
Cuando la carne yace en su lecho terrestre
Como un cuerpo muerto y deshabitado...
Abandonado por el alma que vuela libre
A través de mundos nunca vistos por ojos carnales.
Por encima de la torre la luna cornuda
Se elevaba a las alturas con gracia siniestra,
Y en su pálido e inquietante fulgor
Revivía recuerdos de antiguos sueños.
Arriba, en el firmamento, los signos de las estrellas
Centelleaban fantásticos y malignos,
Y unas voces surgidas del inmenso abismo
Me persuadieron para que olvidara mis penas en el sueño.
Tuve esta revelación una fría noche de noviembre
Y perdurará en mi memoria a través de los años.
Otra luna había cuando contemplé
Una región árida y desolada
Por la que reptaban oscuramente sombras espectrales
Sobre túmulos pantanosos donde dormían cosas muertas.
La siniestra luna proyectaba su luz mortecina
Sobre formas insólitas y deformes,
Formas aéreas procedentes de extraños dominios
Que se desplazaban de acá para allá
Revoloteando como si buscaran angustiadas
Un remoto lugar lleno de luz y de paz.
En medio de aquel oscuro tropel mis ojos descubrieron
Seres que habitan el espacio etéreo;
Un caos viviente se había reunido allí
Venido de inmemoriales esferas,
Pero con el mismo objetivo y el deseo común
De encontrar el Eidolon llamado VIDA.
La sombría luna, como ojo demoníaco
Parpadeando ebrio en el cielo,
Se elevó más y más sobre la llanura
Y arrastró a mi espíritu tras su estela.
Vi una montaña, coronada
Por grandes y populosas ciudades
Cuyos habitantes yacían en su mayor parte
Sumidos en un profundo sueño nocturno
Mientras la luna vigilaba aviesa durante largas y oscuras
Horas las calles solitarias y las torres silenciosas.
La montaña se erguía con una belleza indescriptible
Sobre un bosque que circundaba su base;
Ladera abajo fluía un arroyo cristalino
Que zigzagueaba bajo la luz espectral.
Todas las ciudades que engalanaban su cima
Parecían ansiosas por destacar sobre las demás,
Con sus imponentes columnas, cúpulas y templos
Que resplandecían magníficos y fascinantes por encima de las llanuras.
Entonces la luna se quedó inmóvil en el cielo
Como si fuera el símbolo de un mal presagio,
Y, al contemplarla, el tropel aéreo supo
Que la VIDA al fin estaba ante sus ojos;
Que la hermosa montaña que contemplaban
Era la VIDA, ¡el Eidolon tanto tiempo buscado!
Pero, de pronto... ¿qué son esos rayos que iluminan la escena
Como una aurora que disipa las tinieblas?
El oriente resplandece horriblemente con una luz
Del mismo color que la sangre... una luz deslumbrante...
Y la montaña adquiere una gris palidez,
El terror de las tierras vecinas.
El abominable bosque de árboles retorcidos
Agita sus horribles garras azotado por la brisa,
Y el arroyo, fluyendo ladera abajo,
Refleja el día con brillo restallante.
En lo alto avanza lentamente la luz del conocimiento
Salpicando los agrietados muros de las ciudades
Por los que reptan en torpes cuadrillas
El fétido lagarto y el gusano.
Mientras el mármol leproso expone a la luz
Esculturas que producen repulsión y espanto
Muchos templos revelan el pecado
Y la blasfemia que reina en su interior.
"¡Oh poderes de la Luz, del Espacio y la Sabiduría!
¿Está la VIDA tan llena de infames horrores?
Os ruego que no ocultéis más la maravillosa creación,
Y nos mostréis la gloria viviente... ¡El Hombre!"
Entonces las casas vomitaron a la calle
Una nauseabunda pestilencia, una caterva
De criaturas que no puedo, que no me atrevo a describir,
Cuya forma era tan vil como negra su infamia.
Y en el cielo, la perversa mirada del sol
Se burla de la devastación que ha producido,
Despiadado con las vagas formas que huyen
De regreso a la Noche eterna.
"¡Oh claro de luna, Pantano de los Túmulos de la MUERTE!
¡Vuelva a nosotros tu reino! El soplo letal
Es un bálsamo delicioso para el alma
Que ve la luz y conoce el absoluto."
Quise unirme al cortejo alado
Que se sumía de nuevo en la oscuridad,
Pero el horror devoraba mi mente
Y paralizaba mis pobres pasos vacilantes.
De buena gana habría huido del día en mi sueño...
Demasiado tarde: ¡he perdido la pista!
IX
EL PUESTO DE AVANZADA
Cuando el anochecer enfría el río amarillo
Y las sombras avanzan por los senderos de la jungla,
El palacio de Zimbabwe permanece iluminado
Pues un gran Rey teme abandonarse al sueño.
Porque sólo él entre todos los hombres
Vadeó el pantano que las serpientes rehuyen;
Y luchando por alcanzar el sol poniente,
Se internó en la meseta que se extiende al otro lado.
Ningunos otros ojos se han aventurado por aquella tierra
Desde que los ojos les fueron dados a los hombres...
Pero allí, a la hora en que el ocaso se torna en noche,
Descubrió la guarida del Antiguo Secreto.
Más allá de la planicie se alzan extraños torreones,
Murallas y bastiones se despliegan alrededor
De los lejanos domos que envilecen el suelo
Como hongos descompuestos después de la lluvia.
Una luna mezquina se retuerce en el cielo iluminando
Vastas extensiones donde la vida no puede tener cobijo;
Cada domo, cada torre, palidecen en la lejanía
Y revelan sus estructuras cerradas y malignas.
Entonces, aquél que en su infancia deambuló
Sin miedo entre ruinas cubiertas de enredaderas
Se estremeció ante lo que sus ojos descubrieron...
Porque allí no se levantaban los vestigios de una morada de los hombres.
Formas inhumanas, medio vistas, medio adivinadas,
Medio sólidas y medio engendradas del éter,
Surgieron de vacíos sin estrellas abiertos en el cielo,
Y descendieron hasta estas pálidas murallas de pestilencia.
Y desde esta zona de demente ponzoña, hordas amorfas
Regresaron misteriosamente hacia el vacío,
Con sus mórbidas garras cargadas con los despojos
De cosas que los hombres han soñado y conocido.
Los antiguos Pescadores del Exterior...
¿Acaso no revelaban las historias del sumo sacerdote
cómo descubrieron los mundos de otros tiempos
Y capturaron el botín que su imaginación codiciaba?
Sus puestos de avanzada secretos, rodeados de espanto,
Urden planes sobre un millón de mundos en el espacio;
Aborrecidos por toda raza viviente,
Y sin embargo, preservados en su soledad.
Sudando de miedo, el hombre que vigila se arrastró
Por el pantano que rehuyen las serpientes,
Para encontrarse, a la salida del sol,
A salvo en el palacio donde dormía.
Nadie le vio partir, o regresar al alba,
Ni su carne revela ninguna huella
De lo que descubrió en aquella tiniebla infame...
Sin embargo, la paz ha huido de su sueño.
Cuando el anochecer enfría el río amarillo
Y las sombras avanzan por los senderos de la jungla,
El palacio de Zimbabwe permanece iluminado
Pues un gran Rey teme abandonarse al sueño.
X
PROVIDENCE
Allí donde el río y la bahía se unen mansamente
Y se extienden laderas frondosas,
Las agujas de Providence ascienden
Hacia los cielos antiguos,
Y en los estrechos senderos sinuosos
Que trepan por pendientes y crestas
Todavía se puede encontrar
La magia apacible de días olvidados.
Un destello de abanico, un golpe de aldaba,
La visión fugaz de una vieja casa de ladrillo...
Imágenes y sonidos de tiempos pasados
Donde se refugian las quimeras.
Unas escaleras con barandilla de hierro,
Un airoso campanario,
Una aguja esbelta de clara piedra tallada,
El muro de un jardín cubierto de musgo.
Un cementerio oculto, ruinas que son pruebas
De la mortalidad del hombre,
Un muelle podrido donde agudos tejados
Hacen guardia sobre el mar.
Una plaza y un paseo, cuyos muros
Han contemplado quince décadas enteras,
Junto a caminos empedrados que los árboles cobijan
Y desdeña la multitud.
Puentes de piedra sobre lánguidos arroyos,
Casas encaramadas en la colina,
Y patios donde el alma pensativa
Se deja invadir por sueños y misterios.
Tramos en cuesta de un callejón emparrado
Donde pequeños rombos de ventanas
Brillan en el crepúsculo sobre un sembrado
Que el azar ha dejado al fondo.
¡Mi Providence! ¡Qué huestes etéreas
Hacen girar aún tus veletas doradas!
¡Qué vientos embrujados pueblan todavía
Con fantasmas grises tus viejas callejuelas!
Como antaño las campanas vespertinas
Resuenan sobre tu valle,
Mientras tus severos fundadores en sus tumbas
Siguen bendiciendo tu tierra sagrada.
XI
EL BOSQUE
Talaron los árboles y, en el corazón del bosque,
Cuya noche perpetua oculta secretos eternos,
Elevaron a los cielos torres y pabellones de mármol:
Una ciudad para el disfrute de sus placeres.
Aquel magnífico esplendor de domos y torreones se alzaba
Resplandeciente para asombro de las tierras colindantes;
Cristal y marfil, coronados por sublimes pináculos
Que cubrían nieves perennes.
Y en sus salas resonaba la flauta y el sistro,
Mientras el vino y la orgía dejaban sus huellas
escarlatas;
Jamás una voz cantó a las antiguas maravillas,
Ni una sola mirada recorrió las colinas y las llanuras.
Así pasaron los años, hasta que una noche purpúrea
Un trovador ebrio recitó en sus desatinados versos
Las abyectas palabras que nunca debieron ser pronunciadas,
Conjurando las sombras de una antigua maldición.
Los bosques pueden desaparecer, pero nunca las tinieblas que albergan;
Por eso, en el lugar donde se asentaba aquella arrogante ciudad,
El estremecedor amanecer no encontró ni una sola piedra,
Pero sí tuvo que evitar la negrura de un bosque primitivo.
XII
EL HORROR DE YULE

Hay nieve en el campo
Y los valles están helados,
Y una profunda medianoche
Se cierne sombría sobre el mundo;
Pero una luz entrevista en las cumbres
Revela festines profanos y antiguos.
Hay muerte en las nubes,
Hay miedo en la noche,
Pues los muertos en sus mortajas
Celebran la puesta del sol,
Y entonan cantos salvajes en los bosques mientras danzan
En torno al altar de Yule, fungoso y blanco.
Un viento que no es de este mundo
Recorre el bosque de robles,
Cuyas mórbidas ramas se ahogan
En una maraña de delirante muérdago,
Porque éstos son los poderes de las tinieblas, que perviven
En las tumbas de la raza perdida de los Druidas.
XIII
CAMPANAS

Escucho las campanas de aquella torre majestuosa;
Las campanas del esplendor de Yule en una noche turbulenta;
Repicando con sorna en una hora lúgubre
Sobre un mundo sacudido por la codicia y el espanto.
Sus melodiosos tonos resuenan en miríadas de tejados;
Un millón de almas insomnes asiste al juego de los carillones;
Sin embargo su mensaje cae sobre un suelo pedregoso...
Su espíritu es cercenado por la espada del Tiempo.
¿Por qué suenan, remedando los años felices
Cuando la paz y el sosiego reinaban en la plácida llanura?
¿Por qué sus acordes familiares provocan las lágrimas
De aquellos que tal vez no vuelvan a conocer la dicha?
Hace años os conocía bien... hace muchos años...
Cuando el antiguo pueblo dormía en la ladera;
Entonces vuestras notas resonaban sobre la nieve iluminada por las estrellas
En medio de la alegría, la paz y la esperanza eterna.
Mi imaginación evoca el modesto chapitel;
El tejado puntiagudo, negra sombra contra la luna;
Los góticos ventanales, ardiendo con un fuego
Que presta la magia a los cínicos tonos.
Venerable cada seto cubierto de nieve bajo los rayos
Que añadían plata a la plata del valle;
Encantadora cada choza, cada vereda, cada arroyo,
Y alegre el espíritu del aire perfumado por los pinos.
Los pastores profesaban un simple credo;
Vivían en inocente beatitud entre las montañas;
Sus corazones joviales, sus almas honestas en paz,
Animados por las sencillas alegrías de los mortales.
Pero una horrible plaga aparece en escena;
Un fantástico nimbo se cierne sobre la tierra;
Formas demoniacas flotan por encima de los bosques,
Y ante cada puerta se alzan sombras malignas.
El Tiempo, siniestro bufón, avanza por la pradera;
Bajo su paso la alegría se extingue.
Corazones joviales se desangran con angustia inexpicable,
Y almas atormentadas proclaman su influencia funesta.
Conflicto y cambio acosan al mundo vacilante;
Pensamientos salvajes y quimeras ciegan la razón;
La confusión se apodera de una raza senil
Y el crimen y la locura merodean impunemente.
Escucho las campanas... las campanas burlonas y malditas
Que despiertan recuerdos que obsesionan y paralizan;
Suenan y resuenan sobre un millar de infiernos...
Demonios de la noche... ¿por qué no permanecéis tranquilos?
XIV
NÉMESIS
A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,
Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
He vivido mis vidas sin número,
He sondeado todas las cosas con mi mirada;
Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
Arrastado con horror a la locura.
He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos,
Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;
He visto bostezar al oscuro universo,
Donde los negros planetas giran sin objeto,
Donde los negros planetas giran en un sordo horror,
Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.
He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,
Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises
Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,
Que resuenan con histéricos alaridos,
Con gemidos de demonios invisibles
Que surgen de las aguas verdosas.
Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda
De la inmemorial espesura originaria,
Donde los robles sienten la presencia que avanza
Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse,
Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente
Entre las ramas que se extienden en lo alto.
He deambulado por montañas horadadas de cavernas
Que surgen estériles y desoladas en la llanura,
He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas
Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;
Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas
Que me guardaré de no volver a ver.
He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra,
He hollado sus estancias deshabitadas,
Donde la luna se eleva por encima de los valles
E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;
Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente
Que no soporto recordar.
Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales
Las macilentas praderas del entorno,
El pueblo de múltiples tejados abatido
Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;
Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo
Ansiosamente la erupción de un sonido.
He frecuentado las tumbas de los siglos,
En brazos del miedo he sido transportado
Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;
Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías,
Y en reinos donde el sol del desierto consume
Aquello que jamás volverá a animarse.
Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron
Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;
Yo era viejo en aquellas épocas incalculables,
Cuando yo, sólo yo, era astuto;
Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba
En la gloria de la lejana isla del Ártico.
Oh, grande fue el pecado de mi espíritu,
Y grande es la duración de su condena;
La piedad del cielo no puede reconfortarle,
Ni encontrar reposo en la tumba:
Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas
De las despiadadas tinieblas.
A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,
Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
He vivido mis vidas sin número,
He sondeado todas las cosas con mi mirada;
Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
Arrastado con horror a la locura.
XV
EL MENSAJERO
El Engendro, dijo, vendría esa noche a las tres
Desde el viejo cementerio que se extiende al pie de la colina;
Pero yo, acurrucándome al benévolo calor de un fuego de roble,
Intenté convencerme a mí mismo de que era imposible.
Seguramente, reflexioné, se trata de una broma macabra
Urdida por alguien que no conoce el verdadero
Signo de los Antiguos, legado de tiempos pretéritos,
Que libera las perversas formas de las tinieblas.
Él no había querido decir eso... no... pero yo encendí
Otra lámpara mientras el constelado León surgía
Por encima del Seekonk, y resonaba un campanario...
Las tres... y el resplandor del fuego se apaga poco a poco.
Entonces, aquel augurio vino a golpear la puerta...
¡Y la delirante verdad me devoró como una llama!
XVI
POR DÓNDE UN DÍA PASEÓ POE
Divagan eternamente las sombras en esta tierra,
Soñando con siglos que se fueron para siempre;
Grandes olmos se alzan solemnes entre lápidas y túmulos
Desplegando su alta bóveda sobre un mundo oculto de otro tiempo.
Una luz del recuerdo ilumina todo el escenario,
Y las hojas muertas hablan en susurros de los días idos,
Añorando imágenes y sonidos que ya no volverán.
Triste y solitario, un espectro se desliza a lo largo
De los paseos por donde sus pasos le llevaban en vida;
Pero no es visible a los ojos de cualquiera, a pesar de que su canto
Resuena a través del tiempo con una extraña fascinación.
Sólo los pocos que conocen el secreto de su magia
Pueden encontrar entre estas tumbas la sombra de Poe.


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