-

*

www

.

-

Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de mayo de 2008

DOS CUENTOS DE MUERTE *** ENRIQUE ANDERSONT IMBERT



Enrique Anderson Imbert
Aleluya del moribundo
El fantasma



* * *
ALELUYA DEL MORIBUNDO
_
Isaac Kornblit visitó a Rodrigo Alvarez, que acababa de salir del hospital. Lo encontró demacrado pero muy contento de vivir otra vez en su casa.
-! No me diga! ¿ Así que usted pudo verlo y oírlo hasta el último momento? -le preguntó-. ! Que privilegio, aunque triste, estar junto al insigne Jacobo Stein a la hora de su muerte! ¿Qué decía, qué decía? Porque supongo que Stein conservó su lucidez hasta el último momento.
-Sí, claro -contestó Alvarez-, pero no crea que comnigo fue muy profundo. Eso sí, sabía contar.
-¿ Contar qué? ¿ La historia de Israel?
-No. Un cuento.
-¿ Cómo es eso?
-Y bueno... Ya le dije. Cuando me internaron en el hospital me pusieron en la misma sala en que atendían a Stein. Una mesa de luz separaba nuestras camas. El estaba mucho peor que yo pero yo estaba mucho más deprimido que él. Probablemente él sabía que iba a morir y que yo no sufría de nada grave. Si es así, su conducta fue de veras piadosa porque se sobrepuso a sus propias dolencias y, para animarme, me daba conversación. Yo no tenía ganas de conversar y para que me dejara tranquilo... (perdóneme, sé que para ustedes Jacobo Stein es una gran figura del Sionismo pero para mí no era nadie; yo ni recordaba que Stein había sido profesor de historia en Israel)... le avisé que si quería hablar que hablase pero que yo no iba a contestarle porque me sentía mal y además porque, igualito que Azorín cuando tengo algo que decir lo escribo y no necesito hablar. Ahí no más Stein se pusó a filosofar sobre o oral y lo escrito. Supongo que para un judío la Biblia ha de significar algo ¿no? Bueno, me extranó que Stein, siendo judío, dijera que el Libro daña al hombre. Repetía el argumento del egipcio Ammon en aquel cuentito que Platón, en el Fedro, puso en boca de Sócrates: la escritura, a diferencia de la palabra viva, debilita la memoria de los lectores y los hace mentalmente perezoso. Me limité a contestarle, creo que de mal modo, que a mi los ojos me sirven más que las orejas y que lo que me estaba afligiendo en ese hospital era que yo pudiera cerrar los ojos pero no las orejas. No se dio por aludido y siguió provocándome para obligarme a conversar. Por ahí se me escapó que yo había escrito uno que otro cuento. Stein me preguntó si yo estaba seguro de que esos cuentos escritos por mí no seguían una tradición oral. Porque, agregó, él había localizado la fuente folklórica de muchos cuentos de hoy que pasan por ser de escritura novísima. ! Bah! Ganas de hacerme dudar de la originalidad de mis propios cuentos... Sobre la mesa de luz había un libro. Stein me lo mostró. Estaba escrito en caracteres hebreos. Lo hojeó. Yo sabía !tan ignorante no soy! que el hebreo se lee al revés pero de todos modos se me anojó un poquito ridículo que un hombre tan viejo hiciera pasar las páginas de atrás para adelante como un chico que no sabe leer. "Es", me dijo con un retintín burlón, "una antología de cuentos israelíes. Ya ve: están escritos; así que, según usted, deben ser buenos". Se sonrió con picardía y me miró con ojitos irónicos.
"¿Por qué diablos se sonríe y me mira así"?, pensé. Agregó: "Si quiere le resumo uno". Sin esperar respuesta empezó a resumirme un cuento que desde entonces no puedo olvidar, por la vivacidad con que lo cont6. Cuando al día siguiente me desperté, la cama de Stein estaba vacía. Me explicaron que Stein se había descompuesto a medianoche y ya en la madrugada estaba muerto. De veras lo sentí. Pensé en el cuento que me había contado, el, el moribundo, para aliviarme a mí, que no sufría de nada grave, y eché una mirada sobre la mesa de luz. Sí. Allí había quedado el libro en hebreo. Como nadie lo reclamó me lo traje. Esta ahí. Komblit suspiró:
-! Pobre Stein! Y dígame ¿cómo era ese cuento que tanto lo impresionó?
-Era un cuento sobre dos soldados en la guerra de 1967 entre Israel y Egipto.
-A ver, cuéntemelo.
-En una sala del hospital militar hay dos camas: una al lado de la ventana y la otra en un rincón. Cuando traen al soldado David ya la cama de la ventana está ocupada por el soldado Samuel. Este, a pesar de la gravedad de sus heridas, es un optimista. Saluda a su nuevo compañero en desgracia y, viéndolo decafdo, procura aniamarlo y aun divertirlo. Como desde su cama puede mirar por la ventana, Samuel le describe a David todo lo que ve: un capitán que resbala en una cáscara de banana y se cae, un perro que no quiere devolverle la pelota a un niño, enfermeras bonitas que atraviesan el jardín con las faldas levantadas por el viento... David oye la relación del interminable desfite de escenas. Pasan días. La salud de David mejora. Por lo contrario, Samuel empeora y muere. Esa noche trasladan a David a la cama que ocupaba Samuel y en cambio la de David es ocupada por un nuevo herido.
David espera con impaciencia toda la noche para que, a la mañana siguiente, corran la persiana y pueda asomarse por la ventana, ver las cosas interesantes que ocurren en el jardín y animar al nuevo soldado como Samuel lo animó a él. La enfermera abre la ventana. David, ansioso, mira y ve que no hay tal jardín: a dos metros de la ventana un gran muro oblitera toda la vista. ¿ Y cómo va a animar ahora al nuevo herido si él, David, no tiene la imaginación de Samuel?
Hubo un largo silencio del que salió Komblit con un zumbido:
-!Humm! !Qué casualidad! Los dos soldados del cuento, heridos en un hospital... Stein y usted, también en el hospital, enfermos... Bastante simétrico ¿no te parece? Discúlpeme que sea tan suspicaz pero ¿me deja ver el libro del que Skin sacó ese cuento?
-Sí. Allí Lo tiene, sobre la cómoda. Komblit se levantó, fue a buscarlo, lo examinó y soltó una carcajada.
-¿De qué se rie?
-Este libro, querido Alvarez, no es una antología de cuenteos, es un tratado arqueológico titulado El Tercer Muro de Jerusalén.
-¿ Quiere decir que ese cuento que Stein me contó no estaba ahí?
-Sospecho que ni ahí ni en ninguna parte. Posiblemente Stein quería entretenerlo a usted. Y sabiendo que usted respeta más el libro que la conversación fingió que el cuento que le contaba estaba escrito. ¿Se ha fijado en la curiosa coincidencia? Samuel, el soldado que dice mirar por una ventana tapada y alivia con mentiras a David, su camerada, es el "doble" del Jacobo Stein que lo divirtió a usted mintiéndole que narraba un cuento de un mamotreto arqueológico. Improvisó el cuento de los dos soldados especialmente para que coincidiera con la situación de ustedes dos, tendidos en una sala de hospital.
!Vaya a saberse con qué propósito!
Alvarez murmuró:
-Es posible...
Y en seguida, en voz alta -no fuera que Komblit lo creyese molesto porque lo habían engañado- afirmó:
-Como quiera que sea, el cuento me gustó. Sigo gozando del jardín tal como Samuel se lo describió a David. Puedo ver a las lindas enfermeras con las piernas al viento como si me las estuvieran mostrando en este mismo instante. Lástima que ese cuento oral no exista literalmente.
-¿Por qué lamentarse de que no exista? Si usted lo gozó, aunque sea una sola vez, ya es suficiente ¿no? No existe como literatura... Bueno ¿y qué? Razón de más para que usted lo haga existir. Escríbalo. En el juego de paralelas que Stein estableció, él era Samuel y usted David. Escriba el cuento que le contó siquiera para probar que usted no se ha quedado inhibido como David, tan poco imaginativo que fue incapaz de consolar al prójimo como Samuel lo había consolado a él. El cuento podría comenzar así: "Isaac Kormblit visitó a Rodrigo Alvarez, que acababa de salir del hospital. Lo encontró demacrado pero muy contento de vivir otra vez en su casa".
Komblit y Alvarez rompieron a reí como chicos.

_
El fantasma

_
Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver - jaula vacía - y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
- ¡No entres! - gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
- ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre. Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural !
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas.
Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.

lunes, 17 de marzo de 2008

EL ENTIERRO -- LORD BYRON



LORD BYRON

El entierro



En el año de 17..., después de haber meditado por algún tiempo sobre la posibilidad de viajar por países que hasta ahora los viajeros no frecuentan mucho, partí en compañía de un amigo, a quien me referiré como August Darvell.

Era unos años mayor que yo, un hombre de fortuna considerable y familia de prosapia. Ventajas que él ni devaluaba ni sobreestimaba gracias a su gran capacidad. Algunas circunstancias singulares en su historia personal lo habían convertido para mí en objeto de atención, interés y hasta de estimación, que no disminuían ni sus modales reservados ni las ocasionales muestras de angustia que a veces le acercaban a la enajenación mental.

Yo era todavía un joven y había empezado a vivir temprano; pero mi intimidad con él era reciente: asistimos a las mismas escuelas y universidad; mas su paso por ellas me había precedido, y él ya se había iniciado a fondo en lo que se ha llamado el mundo, mientras yo estaba todavía en el noviciado. Durante ese tiempo, escuché detalles en abundancia tanto de su vida pasada como de la presente y, aunque en estas narraciones había muchas e irreconciliables contradicciones, podía yo inferir que él no era un ser común, sino alguien que, aun cuando se esforzara por no ser conspicuo, seguía siendo notable.

Había trabado conocimiento con él e intenté conquistar posteriormente su amistad, pero parecía que ésta era inalcanzable; los afectos que pudiera haber sentido aparentaban para entonces o haberse extinto o concentrarse en él. Tuve suficientes oportunidades para observar que sus sentimientos eran intensos; pues aún cuando los podía controlar, le era imposible encubrirlos por completo; sin embargo, tenía la facultad de dar a una pasión la apariencia de otra, de modo que resultaba difícil definir la naturaleza de lo que sucedía en su interior; y las expresiones de su rostro podían variar con tal rapidez, aunque ligeramente, por lo que resultaba inútil tratar de escudriñar su origen.

Era manifiesto cómo lo dominaba una angustia incurable; pero nunca pude descubrir si era a causa de la ambición, el amor, el remordimiento o la pena, de uno solo o de todos estos, o sencillamente por un temperamento mórbido, semejante a una enfermedad. Existían circunstancias supuestas que habrían podido justificar su atribución a cualquiera de estas causas; pero como antes dije, éstas eran tan contrarias y contradictorias que ninguna podía considerarse definitiva.

Se supone generalmente que donde hay misterio existe también la perversidad: no sé cómo pueda ser esto, pero es un hecho que en él existía el primero aunque no podría atestiguar los alcances de la segunda —y estaba poco dispuesto, en lo que a él se refería, a creer en su existencia. Recibía mi proximidad con bastante reserva; mas yo era joven y difícil para el desaliento; y, con el tiempo, tuve éxito al entablar, hasta cierto punto, ese vínculo común y esa confianza moderada de los intereses mutuos y cotidianos que crean y cimentan la comunión de empeños, y la frecuencia de encuentros que se llama intimidad o amistad según las ideas de quienes utilizan esas palabras para su expresión.

Darvell había viajado ampliamente; me dirigí a él para que me aconsejara respecto al viaje que pretendía realizar. Era mi deseo secreto que se dejara persuadir para acompañarme; además, era una perspectiva improbable; basada en la vaga inquietud que había observado en él y a la cual daban renovada fuerza el entusiasmo que parecía sentir hacia tales temas y su aparente indiferencia por todo lo que lo rodeaba muy de cerca.

Al principio insinué mi deseo y después lo expresé abiertamente: su respuesta, aun cuando yo la esperaba en alguna medida, me dio todo el placer de una sorpresa: aceptó; y, al término de los preparativos necesarios, comenzamos nuestra travesía.

Después de viajar por varios países del sur de Europa, volvimos la atención hacia el Este, de acuerdo con nuestro destino original; y fue en nuestro recorrido a través de estas regiones que ocurrió el incidente que da ocasión a mi relato.

La complexión de Darvell, que, dada su apariencia, debía haber sido en su juventud más robusta de lo normal, estaba decayendo gradualmente desde algún tiempo atrás, sin que mediara ninguna enfermedad manifiesta: no tenía tos ni tisis; sin embargo, cada día se debilitaba más; sus hábitos eran moderados, no admitía ni se quejaba de fatiga; no obstante, era evidente que se estaba consumiendo: se volvía cada vez más y más silencioso e insomne y, por fin, se alteró de tan notable manera que mi preocupación aumentó de manera proporcional al peligro que yo consideré le amenazaba.

A nuestra llegada a Esmirna, nos habíamos propuesto ir a una excursión a las ruinas de Éfeso y Sardis, de la cual intenté disuadirlo debido a su indisposición —pero en vano: parecía existir una opresión en su mente, y una solemnidad en sus modales que no correspondían con su ansiedad para seguir con lo que yo consideraba un simple viaje de placer, totalmente inadecuado para una persona delicada; pero no me opuse más, y unos días después partimos en compañía únicamente de un guía y un cargador.

Habíamos recorrido la mitad del camino hacia los vestigios de Éfeso, dejando atrás los contornos mas fértiles de Esmirna y nos adentrábamos en esa región inhóspita y deshabitada a través de los pantanos y desfiladeros que llevan a las pocas chozas que aún subsisten sobre las destrozadas columnas de Diana —las paredes sin techo de la cristiandad expulsada y la aún más reciente pero total desolación de las mezquitas abandonadas— cuando la súbita y vertiginosa enfermedad de mi compañero nos obligó a detenernos en un cementerio turco, cuyas lápidas coronadas de turbantes eran el solo indicio de que la vida humana había morado alguna vez en ese yermo. La única caravana que vimos había quedado unas horas atrás; no se podía ver ni esperar vestigio alguno de pueblo o cabaña siquiera, y esta "ciudad de los muertos" parecía ser el único refugio para mi desafortunado amigo, quien se veía próximo a convertirse en su siguiente morador.

En esta situación, busqué por los alrededores un lugar en el que pudiera reposar con más comodidad: al contrario del aspecto usual de los cementerios mahometanos, los cipreses de éste eran escasos, esparcidos sobre toda la superficie; la mayoría de las tumbas estaban derruidas y desgastadas por los años: sobre una de las más grandes y bajo de uno de los árboles más frondosos, Darvell se apoyó, inclinándose con gran dificultad. Pidió agua. Yo dudaba que pudiéramos encontrarla, aunque me dispuse ir a buscarla a pesar de mi desaliento: pero él deseaba que yo permaneciera con él; y volviéndose hacia Suleiman, nuestro cargador, que fumaba con gran tranquilidad, le dijo:

—Suleimán, verbena su— ( o sea, trae un poco de agua) y continuó describiéndole con gran detalle el punto donde podría encontrarla. Era un pequeño pozo para camellos, algunos cientos de yardas a la derecha. El jenízaro obedeció.

Dije a Darvell:

—¿Cómo supo esto?

—Por nuestra posición— repuso —usted debe notar que el lugar estuvo habitado alguna vez y no podría haberlo estado sin manantiales. Además, ya he estado aquí antes.

—¡Usted ya ha estado aquí! ¿Como nunca me lo mencionó? Y ¿qué hacía usted en lugar semejante donde nadie puede permanecer un momento más sin pedir ayuda?

A esta pregunta no recibí respuesta alguna. Mientras tanto, Suleimán regresó con el agua y dejó al guía y a los caballos en la fuente. Parecía que al mitigar su sed Darvell revivió por un momento; y albergué la esperanza de que pudiese continuar, o por lo menos regresar, y lo exhorté a intentarlo.

Él guardó silencio. Parecía poner orden en sus pensamientos antes de esforzarse al hablar.

—Éste es el fin de mi jornada —comenzó— y de mi vida; vine hasta aquí para morir; pero tengo una súplica que hacer: una orden que dar, pues tales deben ser mis últimas palabras. ¿La cumplirá?

—Desde luego; pero tengo mejores intenciones.

—Yo no tengo esperanzas, ni deseos, sino éste: oculte mi muerte a todo ser humano.

—Espero que no se presente la ocasión; usted se recuperará y...

—¡Silencio!, así debe ser: prométalo.

—Sí.

—Júrelo por lo más— aquí pronunció un juramento de gran solemnidad.

—No hay razón para ello, yo cumpliré con su petición; y dudar de mi es...

—No puedo evitarlo, debe usted jurar.

Pronuncié el juramento y eso pareció aliviarlo. Se quitó del dedo un anillo de sello, que tenía grabados algunos caracteres arábigos, y me lo dio.

—En el noveno día del mes — continuó—, precisamente al mediodía (el mes que usted guste, pero el día debe ser ése) usted deberá arrojar este anillo a la fuentes de agua salada que alimentan la bahía de Eleusis. Al día siguiente, a la misma hora, deberá dirigirse a las ruinas del templo de Ceres y esperar una hora...

—¿Para qué?

—Ya lo verá

—¿Dice usted que el noveno día del mes?

—El noveno.

Cuando hice la observación de que el presente era el noveno día del mes, su semblante cambió e hizo pausa. Mientras estaba sentado, debilitándose visiblemente, una cigüeña con una serpiente en el pico se posó sobre una tumba cercana a nosotros; y, sin devorar su presa, daba la impresión de observarnos fijamente. No sé lo que me impulsó a espantarla, pero el intento fue inútil; hizo algunos círculos en el aire y regresó exactamente al mismo lugar. Darvell la señaló y sonrió. Habló —no sé si para sí mismo o para mí— pero las palabras sólo fueron:

—Está bien.

—¿Qué es lo que está bien? ¿Qué quiere decir?

—No importa; usted deberá enterrarme aquí esta noche, y en el punto exacto en que está parada esa ave. Ya conoce usted el resto de mis mandatos.

Entonces procedió a darme algunas instrucciones sobre cómo podría ocultar mejor su muerte. Cuando terminó, dijo:

—¿Ve usted esa ave?

—Desde luego.

—¿Y la serpiente que se retuerce en su pico?

—Sin duda: no hay nada raro en ello; es su presa natural. Pero resulta extraño que no la devore.

Se rió de una manera espectral y dijo lánguidamente:

—Todavía no es el momento.

Mientras hablaba, la cigüeña emprendió el vuelo. La seguí con los ojos un instante: no pude haber tardado más que en contar diez. Sentí aumentar el peso de Darvell, por poco que fuese, sobre mi hombro y, al volver a verlo a la cara, vi que había muerto.

Me impresionó la repentina certeza inconfundible: en pocos minutos su semblante se tornó casi negro. Hubiera podido atribuir ese cambio tan rápido a la acción de algún veneno, si no hubiera estado consciente de que no tuvo oportunidad alguna de tomarlo sin que yo me diera cuenta. El día se acercaba a su final, el cuerpo se descomponía con rapidez. No quedaba nada más que cumplir su petición. Con ayuda del yatagán de Suleimán y de mi propio sable, excavamos una tumba poco profunda en el sitio que Darvell había indicado: la tierra cedió con facilidad: tiempo atrás había recibido un ocupante mahometano.

Cavamos lo más profundo que el tiempo permitió y, arrojando la tierra seca sobre todo lo que quedaba del ser tan singular que acababa de partir, cortamos algunos bloques del césped más verde que crecía en la tierra menos desgastada que nos rodeaba y lo pusimos sobre su sepulcro.

Entre el asombro y la pena, no podía derramar una lágrima.

-

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME