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jueves, 10 de abril de 2008

EL MIEDO -- GUY DE MAUPASSANT

El miedo
Guy de Maupassant

Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el
Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una
gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo,
que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás
de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque,
golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de
luna burbujeando.
Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista
vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante,
que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el
vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco
carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos
hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio
de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su
profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que
uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice,
comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la
palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo
ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es
otra cosa.
El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve
miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame
explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es
algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un
espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca
estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un
ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro:
ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas
frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los
terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina
ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso
horror.
«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo
experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.
«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que
parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui
condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la
cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e
inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.
«Pero el miedo no es eso.
«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como
una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se
resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías
preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde
se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.
«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:
«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más
extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables
playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en
arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas
de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes,
totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y
estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol
devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas
láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin
descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan
al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.
«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus
camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed
como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un
grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un
inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba
un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más
vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.
«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está
sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano,
se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor
inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e
incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el
odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre
cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas
leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra
ocasión...
El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor?
¿Qué era?
El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo
sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado,
multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una
lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de
hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca
de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.
«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es
todo. Pero no lo supe hasta más tarde.
«Sigo con mi segunda emoción.
«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo
estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un
campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de
abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía
correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un
espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el
mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi
paso ligero y mi ropa pesada.
«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya
no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!"
Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un
cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como
atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las
ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor.
Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos
contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una
voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un
cuadro inolvidable.
«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la
mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados
con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres
arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.
«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó
que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo
bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El
año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con
un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche,
y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí
tranquilizarles a casi todos.
«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que
se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.
«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un
estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto
todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de
grandes relámpagos.
«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se
había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos
escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a
pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo
su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí
está! ¡Le oigo!
«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el
rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra
vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza,
tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de
esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el
campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre
las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo
invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de
Punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo
maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.
«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal
en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba
espantoso.
«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de
angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué?
¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.
«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso,
aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se
puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo.
¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se
abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una
puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.
«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más
terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se
deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la
puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más
durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre
rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de
pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con
ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido
indistinto, un murmullo quejumbroso.
«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había
disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando
la gran mesa que sujetaron con el aparador.
«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal
angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de
morir de miedo.
«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una
palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.
«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un
sobradillo, un fino rayo de día.
«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico
destrozado por una bala.
«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.
El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí
ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me
enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre
la cabeza barbuda de la mirilla.

F I N

(23 de octubre de 1882)

miércoles, 2 de abril de 2008

ACCIDENTE -- AGATHA CHRISTIE

ACCIDENTE


Agatha Christie


-Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. "Hay que actuar según la información recibida"... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
-Nunca pude olvidar una cara -repetía satisfecho-. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
-Ha pasado mucho tiempo -dijo con voz débil.
-Nueve años -replicó Evans con la precisión de siempre-. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
-Vagamente.
-Anthony resultó ser un consumidor de arsénico -dijo Evans-, y por eso la absolvieron.
-Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
-Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
-Entonces -replicó Haydock-, no veo por qué ha de preocuparse.
-¿Quién se preocupa?
-Yo creía que usted.
-En absoluto.
-El caso pasó a la historia -continuó el capitán-. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
-Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto -intervino Evans.
-Ya sabe a lo que me refiero -dijo el capitán Haydock irritado-. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
-Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
-Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
-Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
-¡Hola, hola, hola! -dijo-. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
-Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
-Bien -dijo tranquilo-; no es asunto nuestro.
-No estoy tan seguro.
-Pero, seguramente...
-Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
-Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
-Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
-Y desde luego no lo sabrá por mí -dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
-Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. "H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas."
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
-Bueno, ¿y qué?
-Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
-¿Y bien?
-Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
-Es una idea horrible.
-¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
-Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
-Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
-No pensará...
-Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
-Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
-Ni yo tampoco -repuso Evans con pesar.
-Yo de usted dejaría las cosas tal como están -dijo el capitán Haydock-. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un Hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
-He hecho algunas inversiones poco acertadas -le explicó-, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
-¿Ella no se opuso? -preguntó Evans-. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
-¡Oh!, Margarita es muy práctica -repuso Merrowdene sonriendo-. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
-...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
-¿Eh...? ¿Qué es eso? -preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
-Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
-Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
-Sí.
-En ese caso -dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta-, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. "Deje las cosas como están", le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida.
-Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene -dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
-Estoy buscando a mi esposo -dijo tranquila-. ¿Le ha visto por aquí?
-La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
-¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció.
-Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto.
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
-Tenemos un té chino muy especial -explicó-. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto.
-Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
-Lo siento, querida -dijo el profesor disculpándose-. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
-Cualquier día nos envenenarás a todos -dijo su esposa sonriendo-Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo.
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
-Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
-Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el "accidente"? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el "accidente" él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser "demasiado pronto". Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
-Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
-Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
-¿Y bien? -dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
-Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
-Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
-A su salud y a la de su esposo -brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
-Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
-Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

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