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viernes, 25 de abril de 2008

La Arcilla de Innsmouth -- H.P. Lovecraft y August Derleth

LA ARCILLA DE INNSMOUTH
H. P LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

(terminado por derleth, sobre apuntes de lovecraft,postumamente)

* * *
Los acontecimientos relacionados con el extraño destino de mi
amigo el fallecido escultor Jeffrey Corey —si es que el término
«fallecido» se ajusta a la verdad— se iniciaron a su regreso de
París cuando, en el otoño de 1927, decidió alquilar una casita en la
costa, al sur de lnnsmouth. Corey procedía de una familia de prosapia
que estaba lejanamente emparentada con los Marsh de Innsmouth, si
bien dicho parentesco no le imponía obligación alguna de mantener
relaciones con estos sus parientes. En todo caso, existían ciertos
rumores sobre los solitarios y retraídos March que todavía vivían en
aquella ciudad portuaria de Massachussetts, y lo que en ellos se decía
no era lo más adecuado para inspirar a Corey ningún deseo de
anunciar su presencia en los alrededores.
Fui a visitarle un mes después de su llegada, acaecida en
diciembre de aquel año. Corey era un hombre relativamente joven, pues
todavía no había cumplido los cuarenta, y medía seis pies de estatura.
Tenía un cutis fino y lozano, exento de todo ornamento capilar, pero
llevaba el pelo bastante largo, según era entonces costumbre entre los
artistas del Barrio Latino de París. Poseía unos ojos azules muy
enérgicos y un rostro anguloso de mandíbula prominente que destacaba
en cualquier grupo de gente, y no sólo por su penetrante mirada, sino
también por el hecho insólito de que, debajo de la barbilla y de las
orejas y en la zona adyacente del cuello, tenía la piel anormalmente
gruesa y surcada de arrugas duras y entrelazadas. No era feo y sus
correctas facciones poseían una extraña cualidad hipnótica que solía
fascinar a quienes lo conocían por primera vez. Cuando fui a visitarle,
estaba bien instalado y había empezado a trabajar en una estatua de
Rima, la Mujer-Pájaro, que prometía convertirse en una de sus mejores
obras.
Tenía almacenadas provisiones para un mes, que habla ido a
comprar en Innsmouth, y le encontré más locuaz que de costumbre,
sobre todo acerca de sus lejanos parientes de esta ciudad, donde se
hablaba no poco de ellos, aunque tampoco abiertamente, en tiendas y
establecimientos públicos. Por reservados e insociables, los Marsh
despertaban cierta curiosidad natural en sus convecinos, y como esta
curiosidad nunca había quedado satisfecha del todo, se habla ido
formando en torno a ellos un cúmulo impresionante ‘de leyendas y
habladurías que se remontaban hasta cierta generación pasada, notable
esta por haberse dedicado al tráfico marítimo con las islas del Pacífico
meridional. Lo que se comentaba de ellos era demasiado vago y no
significaba nada para Corey, pero contenía tales insinuaciones sobre
horrores desconocidos que mi amigo confiaba en poder algún día
enterarse más a fondo. No es que él estuviera obsesionado con el tema,
sino que ——según explicó— se hablaba tanto de ello en el pueblo que
era prácticamente imposible ignorarlo.
Me dijo también que pensaba hacer una exposición para tantear
el mercado, hizo referencia a varios amigos de Paris y a sus años de
estudio en dicha capital, disertó brevemente sobre el vigor de las
esculturas de Epstein y comentó la alborotada situación política del
país. Cito estos temas de conversación para dejar patente que Co-rey
estaba perfectamente normal cuando le visité por primera vez tras su
regreso de Europa. Por supuesto, en Nueva York le había visto
fugazmente cuando llegó, pero no había hablado con él largo y tendido
como en aquel diciembre de 1927.
Antes de volver a verle, o sea, en el mes de marzo siguiente, recibí
una carta suya bastante asombrosa, cuyo meollo iba contenido en el
último párrafo, al cual parecía conducir, como a una apoteosis final, el
resto de la misiva.
«Quizá te hayas enterado por la prensa de ciertos hechos que han
ocurrido aquí en Innsmouth hace un mes. No tengo una información
clara de lo sucedido, pero tiene que haberse publicado en algún
periódico, aunque no desde luego en los de Massachussetts, que lo han
silenciado por completo. Lo único que he podido averiguar del asunto es
que se presentó en la ciudad un nutrido grupo de oficiales federales de
algún tipo y se llevaron a varios ciudadanos, entre ellos a algunos de
mis parientes, aunque no te sé decir a quiénes, pues todavía no me he
preocupado de enterarme ni siquiera de cuántos son. O eran, que
también puede ser. Lo que he podido averiguar en Innsmouth se refiere
a ciertos negocios montados con las islas del Pacífico, a los que
evidentemente se dedicaba todavía alguna compañía naviera de la
ciudad, por muy raro que esto pueda parecer, ya que los muelles están
prácticamente abandonados y además ya no sirven para los barcos de
ahora, que suelen tocar en puertos mayores y más modernos. Aparte
las razones que hayan motivado esa acción federal, está el hecho
indiscutible —y de mayor importancia para mí, como pronto verás— de
que, coincidiendo con la operación de Innsmouth, aparecieron varios
buques de guerra no muy lejos de la costa, en las cercanías del llamado
Arrecife del Diablo, y allí ¡arrojaron numerosas cargas de profundidad!
Las explosiones removieron de tal manera los fondos marinos que poco
después las mareas fueron trayendo a la orilla toda clase de residuos,
entre ellos una arcilla azul muy especial. A mí me recuerda mucho a
una arcilla de ese color que se podía encontrar en algunas zonas del
interior del país y que solía usarse para hacer ladrillos, sobre todo hace
años, cuando todavía no había métodos más modernos de fabricación.
Bueno, lo que importa es que cogí toda la arcilla que pude, antes de que
el mar se la volviera a llevar, y que me he puesto a modelar con ella una
figura completamente distinta de otras esculturas mías. La titulo
provisionalmente «Diosa Marina» y estoy entusiasmado porque promete
mucho. Cuando vengas la semana que viene, estoy seguro de que te
gustará todavía más que mi Rima.
Contrariamente a sus suposiciones, sin embargo, la nueva
estatua de Corey me produjo una extraña repulsión desde el primer
momento que la vi. Representaba una figura esbelta, excepto en su
estructura pélvica, que a mí me pareció demasiado pesada, y Corey
había decidido dotarla de membranas entre los dedos de los pies.
—¿ Por qué? — le pregunté.
—Pues no sé bien por qué —contestó-. La verdad es que no lo
tenía planeado, pero me salió así.
—-¿Y de esas especies de grietas en el cuello? ——me refería a
una zona que parecía haber sido retocada recientemente.
Se rió con cierto embarazo y asomó a sus ojos una extraña
expresión.
—También a mi me gustaría poder darte una explicación
satisfactoria de esas señales — dijo— La verdad es que ayer por la
mañana, al levantarme, descubrí que había debido levantarme en
sueños y ponerme a trabajar, pues ahí en el cuello, debajo de las orejas,
en ambos lados, había como unas grietas que parecían..., bueno, que
parecían branquias. Ahora estoy arreglando el estropicio.
—-Quizá le vayan bien las branquias a una «diosa marina» —
opiné.
—Yo creo que se las he debido poner en sueños por lo que oí
anteayer en Innsmouth, que fui a comprar algunas cosas que me
hacían falta. Nuevas habladurías sobre el clan de los Marsh. Según se
decía, parece que algunos miembros de la familia vivían encerrados por
propia voluntad a causa de ciertas deformidades físicas relacionadas
con una leyenda que también tenía que ver con ciertos indígenas de las
islas del Pacífico. Es el típico cuenta fantástico que la gente ignorante se
apropia y embellece a su gusto, aunque reconozco que éste es distinto
de casi todos, pues lo normal es que se ajusten a un esquema moral
judeo-cristiano. Por la noche soñé con esas historias y evidentemente
me levanté sonámbulo y plasmé parte del sueño en mí «Diosa Marina».
Aunque me pareció bastante extraño, no hice más comentarios sobre el
incidente. Lo que decía Corey parecía lógico y me interesaban mucho
más las tradiciones populares de Innsmouth que los desperfectos
sufridos por la «Diosa Marina».
Además me desconcertó un tanto la visible preocupación que
advertí en Corey. Mientras charlábamos del tema que fuera, se le veía
animado y normal, pero no pude por menos de observar que, en cuanto
se hacía un silencio en la conversación, él se quedaba pensativo y
ausente, como si tuviera algo in mente de lo que no se atrevía a hablar;
algo que le producía una angustia indefinida, pero de lo cual no sabía
nada a ciencia cierta, o por lo menos tan poco que prefería no
expresarlo verbalmente. Pero la preocupación se le manifestaba de
diversos modos: en la mirada distante, en expresiones fugaces de
desconcierto, en furtivas miradas a la lejanía del mar, en que al hablar
paseaba inquieto de un lado a otro, en su forma de eludir el tema, como
si aún le quedara mucho que reflexionar sobre él.
Luego he pensado que debería haber tomado entonces la
iniciativa de explorar esta su preocupación que tan manifiesta me
resultaba, pero no lo hice. Me pareció que no era asunto mío y que
hacerle más preguntas sobre el tema equivaldría a invadir su intimidad.
Aunque éramos amigos desde hacía mucho tiempo, pensé que yo no
tenía ningún derecho a meterme en una cuestión que sólo le incumbía a
él. Además, él no me dio pie para hacerlo.
Como supe más adelante, cuando Corey ya había desaparecido y
yo tomado posesión de sus bienes -según él mismo había dejado
dispuesto en un documento redactado al efecto—, fue por esta época
cuando él empezó a garabatear extrañas anotaciones en un diario que
llevaba y que hasta entonces sólo le había servido para apuntar ideas y
detalles relativos a su trabajo. Cronológicamente, es en este punto de la
secuencia de hechos acaecidos durante los últimos meses de Jeffrey
Corey donde deben insertarse dichas extrañas anotaciones.
«7 marzo. Esta noche, sueño rarísimo. Algo me impulsó a bautizar
a la “Diosa Marina”. Esta mañana me encuentro la pieza húmeda en
cabeza y hombros, como si lo hubiera hecho yo. Arreglo el desperfecto
como si no tuviera más remedio que hacerlo, aunque tenía pensado
embalar a Rima. Me preocupa lo compulsivo del asunto. »
«8 marzo. Sueño que voy nadando en compañía de hombres y
mujeres qué parecen sombras. Cuando les he visto las caras me han
parecido demasiado familiares, como si las hubiera visto alguna vez en
un álbum antiguo. Hoy, en el drugstore de Hammond, escucho taimadas
insinuaciones y sugerencias grotescas sobre los March, como
siempre. Cuentan que el bisabuelo Jethro vive en el mar. ¡ Y tiene
branquias! Lo mismo dicen de algunos Waite , Gilman y Elliot. Me
acerco a la estación de ferrocarril a preguntar una cosa y oigo la misma
historia. Los nativos llevan decenios alimentándose del tema.»
«10 marzo. No cabe duda de que me he vuelto a levantar en
sueños, pues han aparecido unas leves modificaciones en la “Diosa
Marina”. También tiene señales como de que alguien la hubiera rodeado
con los brazos. Ayer la estatua estaba seca y esas señales habría que
haberlas hecho con un cincel. Pero parece como si las hubieran
imprimido en arcilla blanda. Toda la obra estaba húmeda esta mañana.»
« 11 marzo. Experiencia nocturna realmente extraordinaria. Quizá
el sueño más intenso de toda mi vida, por lo menos el más erótico. Casi
no puedo todavía acordarme de él sin excitarme. He soñado que una
mujer desnuda se me metía en la cama, cuando yo ya estaba acostado,
y se quedaba allí hasta el amanecer. Ha sido una noche de amor (o tal
vez sea más correcto decir de lujuria) como no había conocido desde
Paris. ¡Y tan real como aquellas noches del Barrio Latino! Quizá
demasiado real, porque me he levantado exhausto. Además, he debido
tener un dormir muy inquieto, porque la cama estaba completamente
deshecha.»
«12 marzo. Idéntico sueño. Exhausto.»
« 13 marzo. Vuelvo a soñar que nado. En las profundidades del
mar. Al fondo del abismo, una ciudad. ¿Ryeh, R’lyeh? ¿Algo llamado
“Gran Thooloo”? »
De estos sueños, de estos extraños asuntos, apenas habló Corey
cuando estuve visitándole en marzo. Yo le había encontrado un poco
tenso y él lo achacó a que no dormía muy bien. Dijo que no descansaba,
por pronto que se acostara. También me preguntó entonces si había
oído alguna vez las palabras «Ryeh» o «Thooloo» y yo, naturalmente, le
contesté que no. Sin embargo, al segundo día de estar allí tuve ocasión
de volverlas a oír.
Habíamos ido a Innsmouth, lo cual suponía un paseíto en coche
de unas cinco millas, y no tardé en darme cuenta de que el verdadero
motivo de ir no era comprar provisiones, como me había dicho Corey.
Estaba clarísimo que Corey iba de caza. Sin duda había decidido
averiguar todo lo que pudiera de su familia y, con esta finalidad,
recorrió diversos puntos de la población, desde el drugstore de Ferrand
hasta la biblioteca pública, cuyo anciano bibliotecario mostró una
extraordinaria reserva en lo tocante a las viejas familias de Jnnsmouth
y alrededores. Sin embargo, mencionó los nombres de dos viejos de la
localidad que habían conocido a algunos Marsh, Gilman y Waite de su
época. Era posible encontrarlos a cualquier hora en cierto bar de
Washington Street.
Por muy deteriorado que estuviese, Innsmouth es la clase de
pueblo que fascina inevitablemente a todo el que se interesa por la
arqueología y la arquitectura, pues tiene más de cien años y la mayoría
de sus edificios —exceptuando los del barrio de los negocios— datan de
muchos decenios antes del cambio de siglo. Aunque muchos de ellos
estaban desiertos y algunos incluso en ruinas, los rasgos
arquitectónicos de las casas reflejan una cultura desaparecida hace ya
tiempo de la escena americana.
A medida que nos acercábamos a la zona portuaria, por
Washington Street, se veían más pruebas evidentes de la reciente
catástrofe. Había edificios en ruinas -«dinamitados por los federales,
según me han contado», dijo Corey—— y nadie se había esforzado
mucho en arreglar los desperfectos, pues todavía quedaban bocacalles
totalmente bloqueadas por los escombros. Ya en los muelles, parecía
que habían destruido una calle entera, por lo menos toda una fila de
viejos edificios que en su día habían servido de almacenes del puerto,
aunque hacía mucho tiempo que estaban abandonados. Al acercarnos a
la orilla del mar, todo lo invadió un hedor empalagoso y nauseabundo
de claro origen marino. Era más intenso que el olor a pescado podrido
que se produce a veces en las aguas estancadas de la costa, o también
del interior.
Según Corey, la mayoría de los almacenes volados había sido
propiedad de Marsh; se había enterado en el drugstore de Ferrand. En
realidad, los miembros de las familias Waite, Gilman y Llliott habían
sufrido muy pocas pérdidas. Casi toda la fuerza de la expedición federal
había recaído sobre las propiedades de los Marsh. Sin embargo, había
sido respetada la Marsh Refining Company, que se dedicaba a
manufacturar lingotes de oro y todavía daba empleo a algunos de los
lugareños que no vivían de la pesca. Pero la Marsh Refining Company
ya no dependía directamente de ningún miembro del clan Marsh.
El bar — cuando por fin llegamos—— era del siglo pasado y
resultaba evidente que en él no se había introducido ninguna mejora
desde entonces. Detrás del mostrador había un individuo desaliñado
leyendo el Arkham Advertiser, y en la barra, al fondo, había un par de
viejos sentados, uno de ellos dormido.
Corey pidió una copa de brandy y yo otra.
El hombre del mostrador no disimuló su cauto interés hacia
nuestras personas.
—¿Seth Akins? —preguntó Corey.
El hombre señaló con la cabeza a su parroquiano dormido.
-¿Qué suele beber? ——volvió a preguntar Corey.
-De todo.
Póngale otro brandy.
El tabernero sirvió el brandy en una copa mal lavada y la depositó
en el mostrador. Corey la llevó hasta donde estaba el viejo dormido, se
sentó junto a el y le despertó.
—Bébase una copa conmigo —le invitó.
El viejo levantó la vista, revelando un rostro hirsuto y unos ojos
legañosos bajo la mata de pelo enmarañado y cano. Vio el brandy, lo
cogió, con sonrisa incierta, y se lo bebió.
Corey empezó a interrogarle como si sólo pretendiera charlar un
rato con un viejo habitante de Innsmouth. Al principio se refirió en
términos generales al pueblo y a la comarca que se extendía a su
alrededor entre Arkham y Newburyport. Akins habló con entera
libertad. Corey le invitó a otra copa y luego a otra.
Pero la locuacidad de Akins desapareció en cuanto Corey le
mencionó a las antiguas familias, especialmente a los Marsh. El viejo
adoptó una actitud claramente cautelosa y de vez en cuando lanzó
fugaces miradas a la puerta, como si le hubiera gustado escapar de la
situación. Corey, sin embargo, le apretó bien las clavijas y Akins
terminó por ceder.
—Bueno, supongo que ya no importa hablar ——dijo por fin—.
Casi todos los Marsh se han ido desde que vinieron los federales hace
un mes. Y nadie sabe adónde, pero no han vuelto. ——El viejo empezó a
irse por las ramas, pero por fin, después de muchos circunloquios,
abordó el tema del comercio con las Indias orientales——: El que
empezó el negocio fue el capitán Obed Marsh, que algo se traía entre
manos con aquellos indios orientales. Se trajeron algunas mujeres de
allí y las tenían en la casa grande que había construido. Y después, a
los jóvenes Marsh, se les puso esa pinta extraña y les dio por irse
nadando al Arrecife del Diablo y se estaban allí horas enteras y no es
normal pasar tanto tiempo bajo el agua. El capitán Obed se casó con
una de esas mujeres y los jóvenes Marsh se fueron a las Indias
orientales y trajeron más. El negocio de los Marsh no se vino abajo
como otros. Los tres barcos del capitán Obed, que eran el bergantín
Columbia, el pailebote Sumatra Queen y otro bergantín, el Hetty,
navegaron por los océanos sin sufrir un solo accidente. Y esa gente, o
sea, los orientales y los Marsh, empezaron una especie de religión nueva
que la llamaban Orden de Dagón. Y se hablaba mucho de ellos en
voz baja y de lo que pasaba en sus reuniones, y los jóvenes, bueno, a lo
mejor se perdieron, pero el caso es que nadie los volvió a ver. Y luego, ya
sabe, pues por entonces se habló mucho de sacrificios, o sea humanos,
pero no desapareció ningún Marsh ni Gilman ni Waite ni Ellioth, o sea,
que ninguno de ellos se perdió o lo que fuera. Y también se
murmuraban cosas de un sitio llamado «Ryeh» y de algo llamado «Thooloo
», que para mi tienen que ver con ese tal Dagón....
Al llegar a este punto, Corey le interrumpió para aclarar este
particular, pero el viejo no supo contestarle y yo no comprendí hasta
después el motivo del súbito interés de Corey.
Akins prosiguió:
-La gente no quería tener que ver con los Marsh ni con los otros
tampoco. Pero a los Marsh es a los que más se les había puesto esa
pinta extraña. Algunos se pusieron tan terribles que no los sacaban de
casa sino de noche, y se pasaban todo el tiempo nadando en la mar.
Nadaban como peces, según decían, que yo no lo vi. Ya la gente, de
estas cosas ni hablaba, porque vimos que el que hablaba demasiado
desaparecía como aquellos jóvenes y nunca se volvía a saber de él.
El capitán Obed aprendió muchas cosas en Ponapé, que se las
enseñaron los canacos, y eran cosas sobre unos que los decían «los
profundos», que vivían debajo del agua. Y se trajo toda clase de
figurillas y tallas que representaban peces y otras cosas marinas que no
eran peces y que Dios sabe lo que eran.
—¿Qué hizo con esas tallas? —intervino Corey.
—Las que no llevó al Templo de Dagón, las vendió. Y a buen
precio, que ya lo creo que se las pagaron bien. Pero ya no quedan. Y
tampoco hay ya Orden de Dagón y no se ha vuelto a ver a los Marsh por
estos alrededores desde que dinamitaron los almacenes. Y no los arrestaron
a todos, no señor. Dicen que los Marsh que quedaban se fueron a
la orilla de la mar y se metieron en el agua y se ahogaron —-el viejo
soltó una carcajada áspera——, pero nadie ha visto ningún cadáver de
los Marsh, ningún cuerpo ha aparecido en la orilla.
Al llegar a este punto de la narración, ocurrió un incidente
verdaderamente singular. De pronto, el viejo se fijó en mi compañero,
abrió los ojos desmesuradamente, dejó caer la quijada y le empezaron a
temblar las manos. Durante unos instantes quedó como congelado en la
misma postura. Pero al momento se bajó del taburete, giró y corrió
tambaleándose a la calle con un grito largo y desesperado que pronto
fue barrido por el viento invernal.
Decir que quedamos asombrados seria poco. La súbita huida de
Seth Akins había sido tan inesperada que Co-rey y yo nos miramos
atónitos. No fue sino algún tiempo después cuando se me ocurrió que la
supersticiosa mente de Akins debía haber flaqueado al ver las extrañas
arrugas que tenía Corey en el cuello, debajo de las orejas. En el curso
del diálogo con el viejo, la gruesa bufanda con que Corey se protegía del
frío viento de marzo se había ido aflojando y, por fin, se había escurrido
del todo, dejando a la vista esa zona de piel espesa y como agrietada
que siempre había formado parte del cuello de Jeffrey Corey dándole
cierta apariencia de vejez.
No se me ofreció ninguna otra explicación, pero no se la mencioné
a mi amigo por no alterarle más, que bastante lo estaba ya.
¡Vaya galimatías! -exclamé cuando nos vimos de nuevo en Washington
Street.
Corey afirmó con la cabeza, pero me di cuenta de que algunos
aspectos de la narración del viejo le habían impresionado, y no
gratamente por cierto. Consiguió sonreír sin ningún entusiasmo y,
como respuesta a mis ulteriores comentarios, se limitó a encogerse de
hombros, como si no quisiera hablar de lo que habíamos oído contar a
Akins.
Durante toda la velada estuvo llamativamente silencioso y
preocupado. Recuerdo que me sentí algo molesto al notar que no quería
compartir conmigo la carga secreta que le abrumaba. Pero,
naturalmente, sospecho que sus propios pensamientos le debían
parecer tan fantásticos e increíbles que prefirió no comunicármelos por
si hacía el ridículo ante mí. Así, pues, tras hacerle varias preguntas de
tanteo y comprobar que las eludía, no volví a tocar el tema de Seth
Akins y las leyendas de Innsmouth.
A la mañana siguiente regresé a Nueva York.
Nuevas citas textuales del Diario de Jeffrey Corey
« 18 marzo. Esta mañana me despierto convencido de que no he
dormido solo. Señales en almohada y cama. Habitación y cama muy
húmedas, como si una persona empapada se hubiera acostado junto a
mí. Sé intuitivamente que era una mujer. ¿Pero cómo? Me asusta
pensar que la locura de los Marsh se esté empezando a apoderar de mí.
Pisadas en el suelo.»
«19 marzo. ¡Ha desaparecido la “Diosa Marina”! La puerta está
abierta. Durante la noche ha debido entrar alguien y llevársela. El
dinero que le puedan dar por ella no compensa el riesgo. No se han
llevado nada más.»
«20 marzo. Me he pasado la noche soñando todo lo que dijo Seth
Akins. ¡He visto al capitán Obed en el fondo del mar! Ancianísimo. ¡Con
branquias! Buceaba hasta muy por debajo de la superficie del Atlántico,
más allá del Arrecife del Diablo. Muchos más, hombres y mujeres. ¡El
aspecto inconfundible de los Marsh! ¡Oh, el poder y la gloria! »
«21 marzo. Noche del equinoccio. Un dolor pulsátil en el cuello
durante toda la noche. No he podido dormir. Me he levantado y he dado
un paseo hasta el mar. ¡Cómo me atrae el mar! Nunca me había dado
cuenta como ahora. Y, sin embargo, recuerdo que ya de niño — ¡y en
mitad del continente! — me gustaba jugar a que oía el sonido del mar,
el romper de las olas, el silbido del viento sobre las aguas. Todavía me
queda una sensación tremenda de que algo va a pasar.»
Con esta misma fecha —21 de marzo— me escribió Corey su
última carta. En ella no decía nada de los sueños, pero sí del dolor del
cuello:
«No es de la garganta, eso está claro. No me cuesta tragar. Parece
que el dolor se localiza en esa zona de piel gruesa, o rugosa, o agrietada,
como quieras llamarla, que tengo debajo de las orejas. Pero no te lo
puedo describir. No es como el dolor de una tortícolis, o de una
rozadura, o de un golpe. Es como si la piel se me fuera a romper hacia
fuera, pero al mismo tiempo llega hasta muy hondo. Y, además, no
puedo quitarme de la cabeza que esta a punto de pasarme algo. Algo
que temo y deseo a la vez. Me obsesiona un concepto que yo denomino,
a falta de otras palabras, conciencia ancestral. »
Le contesté aconsejándole que fuera a un médico y prometiéndole
que iría a visitarle a primeros de abril.
Pero para entonces Corey había desaparecido.
Había pruebas de que había bajado a la orilla y penetrado en el
océano, aunque no era posible determinar si su intención había sido la
de nadar o la de quitarse la vida. Se descubrieron huellas de sus pies
desnudos en lo que quedaba de aquella extraña arcilla arrojada en
febrero por el mar, pero no había pisadas de vuelta. No había dejado
ningún mensaje de despedida, pero sí instrucciones para mí sobre la
forma de disponer de sus efectos. Me nombraba administrador de sus
bienes, lo que parecía indicar que tampoco él debía tenerlas todas
consigo.
Se buscó el cuerpo de Corey —aunque sin gran entusiasmo— a lo
largo de la costa, lo mismo a un lado que a otro de Innsmouth, pero la
búsqueda resultó infructuosa. Al presidente del comité de encuesta no
le fue difícil dictaminar que Corey había hallado la muerte por
imprudencia.
La reseña de los hechos que parecen relacionados con el misterio
de esta desaparición no debe finalizarse sin añadir un sucinto relato de
lo que vi en el Arrecife del Diablo el día 17 de abril, al atardecer.
Era un crepúsculo apacible. El mar parecía un espejo y no corría
ni un soplo de viento. Yo estaba terminando de arreglar los asuntos de
Corey y me apeteció remar un rato en el mar. Las habladurías relativas
al Arrecife del Diablo me llevaron inevitablemente hacia lo que quedaba
de él: unas pocas rocas melladas y rotas que sobresalían de la
superficie, cuando la marea estaba baja, a una milla larga del pueblo.
El sol se había puesto, por el cielo de occidente se extendía un
suave resplandor y el mar tenía un color cobalto profundo hasta donde
alcanzaba la vista.
Acababa de llegar al arrecife cuando se produjo un gran alboroto
en el agua. La superficie marina se quebró en muchos lugares. Me
detuve y permanecí inmóvil, esperando que una escuela de delfines
emergiera de un momento a otro y disfrutando anticipadamente del
espectáculo.
Pero no eran delfines. Eran ciertos moradores del mar de cuya
existencia yo no tenía conocimiento. Realmente, a la menguante luz del
crepúsculo, los escamosos nadadores parecían peces humanos. Excepto
una pareja, los demás permanecieron alejados del bote donde yo estaba.
Aquella pareja —una hembra de extraño color arciloso y un
macho— llegaron a acercarse bastante al bote, desde donde yo los
miraba con una mezcla de sentimientos a la que no era ajena esa clase
de terror que hunde sus raíces en un profundo temor a lo desconocido.
Pasaron nadando cerca de mí, emergiendo y sumergiéndose, y cuando
se alejaban, el más claro de piel se volvió hacia mí y me dirigió una
mirada deliberada mientras emitía un extraño sonido gutural que no
dejaba de guardar cierta semejanza con mi nombre: « ¡Jack! » Me quedé
con la clara e inconfundible convicción de que aquella criatura marina
con branquias tenía la cara de Jeffrey Corey.
Todavía sueño con ella.

domingo, 20 de abril de 2008

ACCIDENTE --AGHATHA CRISTIE

ACCIDENTE


Agatha Christie
___

—Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un Hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida.
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí?
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció.
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto.
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto.
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo.
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

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