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jueves, 23 de julio de 2009

TROTAMUNDOS

Trotamundos







El trotamundos decidió concluir su caminata por las callejuelas de aquella ciudad de puerto. Y con ello puso fin a su viaje por los barrios bajos y palacios de todas las demás ciudades, por los pueblos, campamentos y ermitas, por todos los desiertos y selvas de la tierra. Se sentó en los sucios escalones de piedras que conducían a la puerta de una casa estrecha y alta -un burdel chino, a juzgar por el farolillo que había encima de la puerta-, cruzó las manos sobre el puño de su bastón, apoyó la barbilla encima y miró fijamente, sin ver nada, los automóviles y tranvías que pasaban haciendo un ruido estruendoso. De un segundo a otro había perdido toda la curiosidad, todas las ganas de continuar su gran viaje. No se prometía ya lo más mínimo de ello.
Había visto todas las maravillas y misterios del mundo. Conocía la columna flotante de adularia del templo de Tiamat y las torres de cristal de Manhattan; había bebido del geiser de sangre de la Isla de Hod y hablado sobre la naturaleza del destino con el caballero ciego de la biblioteca de Buenos Aires; había llevado en el dedo el anillo de la reina Mrabatan, que confiere poder sobre la memoria de la Humanidad, y había caminado por las calles en llamas de la ciudad de Eldis, cuya entrada jamás había sido permitida a ningún extranjero; le habían llevado en su litera de acero por las naves de maquinaria de Detroit y había logrado pasar la noche en el laberinto de la Cloaca Máxima de Roma sin perder la razón ante las apariciones del pasado y del futuro que libran allí todas las noches sus espectrales batallas. Había visto una infinidad de cosas, pero todos aquellos misterios no le importaban. El suyo no había estado entre ellos. Y como no lo había encontrado, todos los demás permanecieron mudos.
Si no hubiese empezado nunca ese viaje, al menos le habría quedado el sueño de que en algún lugar del mundo existía la señal que estaba dirigida a él, que le hablaba en un idioma que sólo él comprendía, que era la clave del enigma de su propia existencia. Pero ahora tenía que admitir que no existía nada semejante. Si era verdad que esta tierra sólo reflejaba las infinitas fuerzas y formas del universo como una esfera de plata pulida, entonces era un error creer que la patria del hombre era el universo, ya que no había nada que uniese su naturaleza con éste. Pero si desde un principio y para siempre era un extraño en él, entonces el universo era muy pequeño, ¡demasiado pequeño!
El viajero se asustó un poco y miró hacia atrás porque una muchacha asiática de piel oscura, que llevaba un sencillo vestido azul gris, le preguntó en voz baja y humilde si le permitía pedir al distinguido caballero que aceptase los deficientes servicios de su indigna persona. Al mismo tiempo señaló con un gesto obsequioso a un pequeño vehículo plano que ella había empujado a través de la puerta de la casa hasta cerca del borde superior de los peldaños de piedra. El viajero estaba un poco apurado, también enojado por el susto que le había dado la muchacha y explicó, brusco, que no era su intención visitar un prostíbulo.
La muchacha, muy pequeña y de delicadeza infantil, le miró fijamente con ojos de luna nueva, pero no pareció comprender, se inclinó profundamente y permaneció así mientras seguía señalando con gesto tímido y obsequioso los cómodos cojines bellamente bordados de su cochecito. El viajero, que lamentaba ya haber ofendido tal vez a la muchacha, tomó asiento en el vehículo y se dejó empujar al interior de la casa.
Primero se movieron por una nave alargada cuyos suelos, techos y paredes estaban revestidos con una piedra pulida de vetas multicolores. Las piezas elegidas parecían escogidas cuidadosamente según un carácter común, pues las finas vetas invitaban por todas partes a la imaginación del contemplador a ver en las formas casuales rostros y caras grotescas, ornamentos vegetales, dioses y demonios, animales zancudos, bailarinas en llamas, jinetes sobre insectos en larga procesión, paisajes enteros de cuerpos, mares agitados llenos de barcos y monstruos, palacios de flores de escarcha y ciudades en ruina invadidas por musgos gigantes. Pero la atención del viajero seguía paralizada aún por aquella profunda desgana. Todavía no veía nada.
En las siguientes salas, sin embargo, su mente cerrada en sí misma fue despertándose poco a poco e indeciso y todavía incrédulo empezó a descifrar el alfabeto de los signos que él creaba y al mismo tiempo no creaba. Las formas hasta entonces planas adquirieron progresivamente un carácter plástico y espacial. Por todas partes había extravagantes formas rocosas, estalactitas y estalagmitas, raíces, troncos de árboles, lava solidificada y trozos informes de metal fundido que las fuerzas fortuitas de la naturaleza habían convertido, con perfección cada vez mayor, en las formas más sorprendentes y al mismo tiempo más convincentes. Costaba creer que todas aquellas cosas pudiesen ser sólo el fruto de los juegos arbitrarios del azar, sin embargo, no era ninguna otra fuerza, sino la que actuaba en el propio contemplador, la que de aquellas formas casuales creaba las obras de arte más sorprendentes. Más y más se le borraron al viajero las fronteras entre su interior y el exterior, entre lo que creaba y lo que había realmente delante de sus ojos, hasta que finalmente no pudo distinguir lo uno de lo otro y vivió su propio espíritu como algo externo y los objetos como su interior. De pronto tuvo la sensación de verse a sí mismo, su propia figura sentada allí en el cochecito, por dentro y por fuera al mismo tiempo, como si ella tampoco fuese otra cosa que una forma surgida casualmente, en la que su espíritu creador veía un ser. Pero precisamente de esta manera aquel ser se volvía realidad. Aquello le asustó, pero fue un susto placentero.
A partir de ese momento, cuando por fin empezó a ver, no hubiese podido decir si lo que veía dependía aún de lo que tenía delante. Le pareció más bien que de una sala a otra los objetos externos se volvían más sencillos y generales, pero ahora que la fuerza secreta había desplegado sus alas, se elevaba más y más transformando el aspecto de todas las cosas. De una hoja marchita, de un huevo blanco, de una pluma de ave salían mundos a su encuentro. Y él estaba profundamente unido a todos ellos, era su creador y su criatura al mismo tiempo. Comprendió que ahora que abandonaba del todo lo que había llamado hasta entonces realidad, empezaba a acercarse a la realidad.
Cuando su silenciosa acompañante le llevó ante una pared de un azul lapislázuli oscuro, casi negro, tuvo la siguiente visión: a través de innumerables cortes de diverso tamaño que había en aquella pared vio espacialmente el mismo número de distintos paisajes en miniatura de indescriptible gracia y delicadeza. Allí había montañas, lagos y cascadas como sedosas bandas azules, cuyos saltos y espumas veía en movimiento. Las diminutas cascadas caían y corrían sobre rocas, a la misma escala, es decir, muy despacio. También parecía cambiar la iluminación de las escenas. Luz lunar que las nubes que pasaban oscurecían y aclaraban, amaneceres y atardeceres violetas. Y donde la luz del sol caía sobre la neblina del agua pulverizada, aparecían los juegos del arco iris.
Por fin el viajero se dio cuenta de que oía incluso el fragor y el estrépito de los saltos de agua, aunque muy delicada y lejanamente. Cuanto más intensamente escuchaba ese sonido, con mayor claridad percibía una especie de música dulce y cristalina.
- ¿Qué es esto? -preguntó asustándose de nuevo un poco, esta vez de su propia voz, que le había sonado alta y burda.
La muchacha sonrió y respondió dulcemente:
- Lo que percibe el distinguido señor son los delicados brotes de su propia existencia futura.
El viajero no comprendió esa respuesta, pero no sintió la necesidad de seguir preguntando, sino que se abandonó de nuevo a los sonidos etéreos. De una manera completamente nueva para él su corazón se llenó de una ternura casi dolorosa, incluso de voluptuosidad.
- Así que -murmuró- ¿sólo yo puedo oír esta música?
- Excepto tú, señor, y yo, ningún mortal -contestó la muchacha con los labios muy cerca de su oído.
Él la miró.
- ¿Cómo que tú también?
- Yo -dijo la muchacha tan quedo que apenas pudo oírla, y bajó la mirada- no soy nadie.
Mucho más tarde se detuvieron delante de una pared amarilla clara, casi blanca, sobre la que se encontraban cuatro discos, tres de ellos en fila, juntos, el cuarto un poco más alto.
El primero de estos discos transmitía al contemplador la impresión de mirar desde arriba verticalmente sobre una superficie de agua movida. Ininterrumpidamente pasaban como líneas blancas irregulares crestas de olas plateadas. Éstas eran atravesadas en oblicuo por una anguila negra que parecía avanzar culebreando y que, sin embargo, permanecía siempre en el centro de la imagen. El viajero contempló asombrado el espectáculo siempre cambiante y, sin embargo, siempre igual. Quiso volverse hacia el siguiente disco, pero entonces sonó del primero una voz susurrante no verdaderamente humana, sino como si del fragor de las olas se formasen algo así como palabras:
- A mí me creó el mar.
Este mensaje inesperado volvió a sobresaltar de nuevo al viajero. Sintió que algo en su fondo había comprendido su sentido, sin embargo, no logró alcanzar consciencia de esa comprensión. Se volvió con cara interrogante a su acompañante, pero ésta sólo inclinó sonriente la cabeza. Intuyó que no obtendría respuesta a una pregunta directa, por eso permaneció también en silencio y centró su atención en el segundo disco, que estaba colgado junto al primero.
Primero distinguió sobre él algo así como una cumbre nevada que desaparecía hacia abajo en una neblina cada vez más densa. Sólo tras una larga contemplación descubrió que la montaña era más bien una cabeza humana vuelta hacia él, pero con el rostro ligeramente inclinado hacia abajo. La parte superior de la cabeza era extraordinariamente alta y de ella caía por ambos lados pelo blanco como la nieve. Sin embargo, el rostro en sí parecía el de un niño, aunque no se distinguía si era de un niño o de una niña. La calma que emanaba ese rostro era tan profunda que el contemplador ni siquiera quiso interrumpirla parpadeando. Así permaneció inmóvil, hasta que oyó casi sin voz las palabras:
- Yo soy niño-anciano.
Otra vez a la derecha y a la misma altura colgaba el tercer disco. Cuando el viajero se volvió hacia él, le pareció como sí contemplase a través de una pared vertical de cristal un paisaje submarino dorado-crepuscular con plantas ondulantes. En un primer plano vio la cabeza de un castor que avanzaba del lado inferior izquierdo al lado superior derecho expulsando de cuando en cuando perlas de aire por los orificios de su hocico como si estuviese a punto de emerger. Después de contemplar absorto esta escena durante mucho tiempo, el viajero percibió del ancestral crepúsculo dorado las palabras:
- Yo crearé el lago.
Durante el tiempo que había pasado ya en aquella casa, al parecer infinitamente grande, el viajero había sufrido una transformación que sólo empezaba a notar ahora. Lo que había experimentado varias veces ya y experimentaba también ahora ante aquellos discos-imágenes como una especie de susto delicado, se había convertido mientras tanto en un estado permanente de ligero ensimismamiento. Esta sensación era completamente nueva e insólita para él, y sin embargo no dudó en entregarse a ella sin reservas, pues sintió que algo en su interior se ajustaba y equilibraba suavemente.
El cuarto disco estaba colgado a la derecha, pero un diámetro entero por encima de los demás. Su borde tampoco era redondo, sino ondulado desigualmente y con un movimiento irregular como una piedra lavada. Sobre la superficie misma no se veía nada, estaba vacía.
El viajero la contempló con la misma atención que había dedicado a las tres anteriores, pero lo único que pudo percibir al cabo de un rato fue un cambio quieto indefinible, como si se elevase y desplomase humo. Al mismo tiempo le sobrevino una cierta ansiedad, pues sintió que precisamente aquella fuerza recién despertada dentro de él era absorbida por el vacío de esa imagen que la arrastraba a una especie de abismo sin fondo, sin causar nada. No obstante, resistió y esperó paciente a que también ese disco le hablase, pero en vano. Finalmente cogió la mano de la muchacha como si quisiese sujetarla y susurró:
- ¿Por qué permanece en silencio?
- Ya ha hablado -contestó ella.
- ¿Por qué no lo he oído?
- Sí que lo has oído, señor. Pero sólo lo encontrarás en tu recuerdo.
- ¡Pero deseo oírlo ahora!
- Señor -dijo la muchacha en voz muy baja-, ¿cómo podría suceder eso mientras lo deseas? No desear nada significa no haber diferencias. No haber diferencias significa mirar lo invisible y oír lo callado. ¿Por qué quieres hacerme desgraciada?
El viajero se avergonzó entonces sin saber bien por qué.
- Sabes mucho -dijo él-. ¿De dónde?
La muchacha sonrió.
- Porque inmerecidamente se me considera la indigna propietaria de esta colección de cosas poseíbles.
El viajero permaneció callado y la miró largo tiempo de soslayo. Ella dejó que la mirase o no se dio cuenta, pues mantenía los ojos bajados. El admiró la línea extraordinariamente noble de su frente, de su nariz y de sus labios. Sólo entonces descubrió la rara belleza de sus rasgos. Al cabo de un rato ella se tapó la cara con la manga y le rogó que le permitiera mostrarle por fin sus verdaderos tesoros, pues lo anterior apenas había sido digno de la atención del señor. A continuación el viajero se levantó del pequeño vehículo, se inclinó, aunque un poco torpe, tan profundamente ante ella como lo había hecho ella antes y contestó que si la bondadosa señora de los signos y milagros condescendía a mostrarle a él, bárbaro inculto, tesoros más secretos, aceptaría ese ofrecimiento con respeto y agradecimiento, aunque tendría que insistir en no ser llevado por ella sino que, ahora que sabía cuán noble dama le invitaba, consideraría la máxima aunque inmerecida distinción poder ir detrás o a lo mejor al lado de ella.
La muchacha protestó inclinándose, el viajero se inclinó a su vez e insistió y por fin impuso su voluntad. Dejaron el pequeño vehículo, y la muchacha cogió delicadamente con las puntas de los dedos la mano del invitado, que era mucho más alto que ella, y así caminaron en silencio uno al lado del otro hacia las salas interiores, al encuentro de continentes vírgenes y océanos del alba.


miércoles, 22 de julio de 2009

EL ABISMO


EL ABISMO
Robert A. Lowndes



Sacamos el cuerpo de Graf Norden envueltos por la noche de noviembre, bajo las estrellas que resplandecían con un brillo tan terrible que resultaba insoportable, y condujimos el auto enloquecidos, frenéticamente, por la carretera que subía hacia lo alto de la montaña. El cadáver debía ser destruido a causa de los ojos que no querían cerrarse, sino que parecían mirar fijamente algún objeto situado detrás del observador; el cadáver que había perdido toda la sangre sin que presentara la más ligera traza de una herida; el cadáver cuya carne estaba cubierta de marcas luminosas, de arabescos que se desplazaban y cambiaban de forma ante nuestros ojos. Encajamos el rígido cuerpo que había sido Graf Norden tras el volante, pusimos una mecha en el tanque de gasolina, la encendimos y luego empujamos el vehículo hasta el borde del camino, desde donde se precipitó envuelto en llamas hacia la ruta principal: un meteorito flamígero
No fue hasta el día siguiente que nos dimos cuenta de que todos habíamos estado bajo el poder hipnótico de Dureen... hasta yo lo había olvidado. De no ser así, ¿cómo hubiéramos podido actuar tan alocadamente? A partir del instante en que se encendieron las luces de nuevo, y vimos lo que, un momento antes, había sido Graf Norden, fuimos como vagas, irreales figuras deambulando por un sueño. Lo olvidamos todo salvo las mudas órdenes que nos fueron impartidas mientras contemplábamos cómo el auto llameante se estrellaba contra el asfalto inferior, mientras observábamos su destrucción, y luego nos dirigíamos con paso incierto cada cual a su casa. Cuando, al día siguiente, recobramos parcialmente la memoria y buscamos a Dureen, éste había desaparecido. Y, como sea que apreciábamos nuestra libertad, no contamos a nadie lo que había sucedido, ni tratamos de averiguar hacia qué ignotos dominios se había esfumado Dureen. Sólo deseábamos olvidar.
Pienso que yo probablemente hubiera olvidado si no hubiese vuelto a echar una ojeada a la Canción de Ysté. Los demás, con interés creciente, han tendido a considerarlo como una ilusión, pero yo no puedo. Una cosa es leer libros como el Necronomicón, el Libro de Eibón o la Canción de Ysté, y otra muy distinta cuando la propia experiencia nos confirma algunas de las cosas que en ellos se relatan. Encontré uno de tales párrafos en la Canción de Ysté y no seguí leyendo. El volumen, junto con los demás libros de Norden, aún está en mi biblioteca; no lo he quemado. Pero no creo que lo vuelva a leer jamás...

Conocí a Graf Norden en 193..., en la universidad Darwich, en la clase de historia medieval y del Renacimiento temprano del doctor Held, que era más bien un estudio del pensamiento metafísico y el ocultismo.
Norden demostraba un gran interés; había realizado más de una incursión en las ciencias ocultas; en especial, le fascinaban los escritos y documentos de una familia de adeptos llamada Dirka, cuyo linaje se remonta a los días de la era preglacial. Ellos, los Dirka, vertieron la Canción de Ysté de su forma legendaria a las tres grandes lenguas de las culturas primigenias, y luego al griego, latín, árabe e inglés medio.
Le dije a Norden que deploraba el ciego desdén con que el mundo consideraba a las ciencias ocultas, pero que nunca había investigado el tema en profundidad. Me contentaba con ser un espectador, dejando que mi imaginación vagara a voluntad por las principales corrientes de ese oscuro río; deslizarme por la superficie era suficiente para mí... raras veces realizaba una inmersión ocasional hacia las profundidades. Como poeta y soñador, ponía buen cuidado en no perderme entre las tinieblas de las pozas donde retozaba... uno siempre podía emerger para encontrar un cielo azul y calmo y un mundo que no creía en esas realidades.
En el caso de Norden, era diferente. El ya comenzaba a tener dudas, según me comentó. Se trataba de un camino difícil de recorrer; había peligros espantosos, ocultos a lo largo de todo el recorrido; a menudo eso era tan cierto que el caminante no los descubría hasta que ya era demasiado tarde. Los terráqueos no habían avanzado mucho por la vía de la evolución; muy inexpertos aún, su falta de conocimiento, como raza, constituía una poderosa valla contra los pocos de sus congéneres que buscaban adentrarse por desconocidos caminos. Norden hablaba de mensajeros del más allá y citaba oscuros pasajes del Necronomicón y la Canción de Ysté. Se refería a seres extraños, entidades terriblemente inhumanas, imposibles de comprender de acuerdo con los cánones humanos o de ser combatidos de manera efectiva por la humanidad.

Dureen hizo su aparición en esa época. Un día entró en el aula durante el curso de una conferencia; más tarde, el doctor Held nos lo presentó como un nuevo miembro de la clase, procedente del extranjero. Había algo en Dureen que despertó inmediatamente mi interés. No logré determinar a qué raza o nacionalidad podía pertenecer... era lo que podría decirse bello, cada uno de sus movimientos poseía gracia y ritmo. Sin embargo, bajo ningún aspecto podía considerarse afeminado.
El hecho de que la mayoría de nosotros le eludiera, no le perturbaba en absoluto. Por mi parte, ello se debía a que no me parecía real, pero, en el caso de los demás, probablemente se debiera a su carencia total de sentimiento. Hubo una vez, por ejemplo, en que, estando en el laboratorio, le estalló una probeta ante la cara, y varios fragmentos se le clavaron en la piel. Él no dio la más leve muestra de dolor, rehusó todas las expresiones de atención de parte de algunas jóvenes y procedió a continuar con su experimento en cuanto el médico terminó de atenderle.
El acto final comenzó una tarde, cuando conversábamos acerca de la sugestión y el hipnotismo, y discutíamos las posibilidades prácticas de la materia. Colby presentó un argumento extraordinariamente ingenioso en contra, consideró ridículo asociar los experimentos en transmisión de pensamiento o telepatía con la sugestión y llegó a la conclusión final de que el hipnotismo (al margen de los medios mecánicos de inducción) era imposible.
Fue al llegar a este punto cuando Dureen intervino. Lo que él dijo, no puedo recordarlo, pero todo concluyó con un desafío directo a Dureen para que demostrara sus asertos. Norden permaneció callado durante el curso de este debate; estaba más bien pálido y trataba, según pude notar, de hacerle una señal de advertencia a Colby.

Esa noche fuimos cinco los que nos reunimos en casa de Norden: Granville, Chalmers, Colby, Norden y yo. Norden fumaba un cigarrillo tras otro, se mordía las uñas y hablaba solo en voz baja. Sospeché que algo anormal estaba sucediendo, pero de qué se trataba, no tenía la menor idea. Luego llegó Dureen, y la conversación, si así puede llamarse, cesó.
Colby repitió su desafío, diciendo que había convocado a los demás para asegurarse de que no se utilizarían trucos de escenario. No se podían utilizar espejos, luces ni cualquier otro tedio mecánico para provocar la hipnosis. Debía basarse por completo en la fuerza de voluntad. Dureen asintió, corrió la cortina, y luego, volviéndose, dirigió su mirada a Colby.
Nosotros le observábamos, esperando que hiciera algunos movimientos o pases con sus manos y pronunciase alguna orden: él no hizo ni lo uno ni lo otro. Fijó su mirada en Colby, y éste se puso rígido como si hubiese sido fulminado por un rayo; acto seguido, con la mirada perdida en el vacío ante él, se puso lentamente en pie, permaneciendo en la angosta franja negra que corría en diagonal a través del centro de la alfombra.
Mi memoria regresó al día en que había sorprendido a Norden en el acto de destruir unos papeles y aparatos, éstos construidos, con toda la ayuda que pude brindarle, en un lapso de varios meses. Sus ojos poseían una terrible expresión, y no pude vislumbrar la sombra de una duda en ellos. Poco tiempo después de este evento, Dureen había hecho su aparición: me pregunté si ambos hechos podían tener alguna relación.
Salí bruscamente de mi ensimismamiento al oír el sonido de la voz de Dureen, al ordenarle a Colby que hablara, que nos dijese dónde se hallaba y qué veía a su alrededor. Cuando Colby obedeció, fue como si su voz nos llegase de una gran distancia.

Se encontraba, dijo, en un estrecho puente tendido sobre un pavoroso abismo, tan vasto y profundo que él no podía distinguir el fondo ni sus límites. Detrás de él este puente se extendía hasta perderse en una neblina azulada; al frente, continuaba hasta lo que parecía una meseta. Colby no se atrevía a moverse debido a la angostura de la senda, pero comprendía que debía tratar de llegar a la planicie antes que el vértigo que le causaban las profundidades que se abrían debajo de él le hiciera perder el equilibrio. Experimentaba una extraña pesadez, y hablar le demandaba un gran esfuerzo.
Al enmudecer la voz de Colby, todos mirábamos fascinados la estrecha franja negra en la alfombra azul. Aquello, pues, era el puente sobre el abismo... pero ¿qué podía causar la ilusión de profundidad? ¿Por qué su voz parecía venir de tan lejos? ¿Por qué sentía aquella pesadez? La planicie debía de ser la mesa de trabajo situada en el otro extremo de la habitación: la alfombra llegaba hasta una especie de tarima sobre la cual estaba colocada la mesa de Norden, cuya superficie se levantaba a unos dos metros del suelo. Colby ahora comenzó a caminar con lentitud por la franja negra, moviéndose con extremo cuidado, al igual que una figura proyectada con cámara lenta. Sus miembros parecían pesados; respiraba agitadamente.
Entonces Dureen le ordenó que se detuviera y mirase al fondo del abismo con precaución, y que nos contara lo que allí viese. En aquel momento, nosotros examinábamos de nuevo la alfombra, como si jamás la hubiésemos visto y no supiéramos que no presentaba motivo decorativo alguno, salvo aquella única franja negra en la que ahora Colby se encontraba de pie.

Escuchamos de nuevo su voz. Dijo, al principio, que nada veía en el abismo bajo sus pies. Luego se le cortó la respiración, se tambaleó y casi perdió el equilibrio. Vimos que el sudor le cubría la frente y el cuello, empapando su camisa azul. Había cosas en el abismo, nos contó con roncos acentos en la voz, grandes formas que eran como burbujas de absoluta negrura, pero que estaba seguro de que tenían vida. De la masa central de su ser, Colby veía surgir tentáculos fibrosos, increíblemente largos. Se movían hacia delante y hacia atrás... en sentido horizontal, pero, aparentemente, no podían desplazarse en dirección vertical.
Pero las cosas no estaban todas en el mismo plano. Cierto era que sus movimientos se producían sólo horizontalmente en relación con su posición, pero algunas se encontraban en sentido paralelo a él y algunas en diagonal. A lo lejos podía distinguir cosas en posición perpendicular. Ahora parecía haber muchas más que las que él suponía. Las primeras que había visto estaban muy lejos, en el fondo, ajenas a su presencia. Pero éstas le percibían y estaban tratando de alcanzarle. Ahora se movía más rápidamente, nos dijo, pero para nosotros aún caminaba con lentitud.
Miré de soslayo a Norden; él también sudaba profusamente. Entonces se levantó y, acercándose a Dureen, le habló en voz baja para que ninguno de nosotros pudiera oírle. Comprendí que se refería a Colby y que Dureen no quería acceder a lo que Norden le pedía. Luego me olvidé momentáneamente de Dureen al escuchar de nuevo la voz de Colby, que temblaba de espanto. Las cosas extendían sus tentáculos hacia él. Se elevaban y caían por todas partes; algunas muy alejadas; otras horriblemente cercanas. Ninguna había encontrado el plano exacto en que él pudiera ser capturado; los ávidos tentáculos no le habían tocado, pero aquellos seres ahora sentían su presencia, estaba seguro de ello.
Y temía que tal vez pudiesen alterar sus planos a voluntad, aunque parecía que actuaban a ciegas, pues aparentemente eran seres bidimensionales. Los tentáculos que se proyectaban hacia él eran fibras totalmente negras.
Una terrible sospecha se despertó en mí, al recordar algunas de las primeras conversaciones con Norden, y rememoré ciertos pasajes de la Canción de Ysté. Intenté levantarme, pero mis miembros carecían de fuerza: sólo podía permanecer irremediablemente sentado y mirar. Norden todavía seguía hablando con Dureen, y vi que estaba muy pálido. Pareció retirarse... luego se volvió y se dirigió a un armario, extrajo un objeto y se acercó a la franja de la alfombra sobre la que Colby estaba de pie. Norden hizo un movimiento de asentimiento a Dureen, y entonces vi lo que tenía en la mano: era un poliedro de aspecto cristalino. Poseía, sin embargo, un resplandor que me causó un sobresalto.
Desesperadamente traté de recordar la significación del objeto... pues yo sabía... pero mis pensamientos eran interrumpidos, según parecía, por alguna fuerza y, cuando Dureen posó su mirada en mí; hasta la misma habitación pareció oscilar.
Una vez más se hizo audible la voz de Colby, esta vez preñada de desesperación. Temía no poder llegar nunca a la planicie. (En rigor, se encontraba a un metro y medio escaso del final de la franja negra y de la tarima sobre la cual descansaba la mesa de trabajo de Norden.) Las cosas, decía Colby, estaban más cerca ahora: una masa de tentáculos entretejidos acababa de rozarle el cuerpo.
Entonces nos llegó la voz de Norden; también parecía provenir de muy lejos. Llamó mi nombre. Aquello era algo más, dijo, que mero hipnotismo. Se trataba... pero entonces su voz se debilitó y percibí el poder de Dureen ahogando el sonido de sus palabras. De cuando en cuando, lograba distinguir una frase o unas pocas palabras inconexas. Pero, de todo ello, pude colegir lo que estaba sucediendo. Se trataba en realidad de un viaje transdimensional. Nosotros sólo nos imaginábamos que veíamos a Norden y a Colby de pie en la alfombra..., o quizás era mediante la influencia de Dureen.
La dimensión sin nombre era el hábitat de aquellos seres de sombra. El abismo, y el puente sobre el cual se encontraban los dos, eran ilusiones creadas por Dureen. Cuando lo que Dureen había planeado hubiera concluido, nuestras mentes serían exploradas, y nuestros recuerdos condicionados de tal manera que sólo rememoraríamos lo que Dureen quisiera que recordáramos. Norden había conseguido llegar a un acuerdo con Dureen, acuerdo que él debería respetar; como consecuencia, si ambos llegaban a la planicie antes que les tocaran aquellos seres, todo estaría en orden. Si no... Norden no especificó qué sucedería, pero dio a entender que les perseguirían al igual que el cazador persigue a su presa. El poliedro contenía un elemento que repelía los extraños seres de sombra.
Norden estaba a corta distancia detrás de Colby; nosotros podíamos verle apuntando con el poliedro. Colby habló de nuevo, diciéndonos que Norden se había materializado a sus espaldas, y que había traído consigo una especie de arma con la cual podía mantener a distancia a los extraños seres.
Entonces Norden me llamó por mi nombre, pidiéndome que me hiciese cargo de sus pertenencias si no regresaba y que buscara lo que decía sobre los adumbrali la Canción de Ysté. Con lentitud, él y Colby avanzaron hacia la tarima y la mesa. Colby iba a pocos pasos delante de Norden; luego se trepó a la tarima y, con la ayuda de su compañero, logró ganar la mesa. Después trató de dar una mano a Norden, pero, cuando éste subía a la tarima, súbitamente se puso rígido, y el poliedro se desprendió de sus manos. Frenéticamente intentó arrastrarse hacia la mesa, pero una fuerza extraña le atrajo hacia atrás, y yo supe que estaba perdido...
Oímos un solo grito de angustia, y luego las luces de la habitación palidecieron y se apagaron. Sea cual fuere el poder que nos tenía dominados, en aquel instante perdió su fuerza; dimos vueltas por la estancia como enloquecidos, tratando de encontrar a Norden, a Colby y el interruptor de la luz. Luego, de pronto, las luces se encendieron de nuevo, y vimos a Colby sentado en la mesa, como mareado, mientras que Norden yacía en el suelo. Chalmers se inclinó sobre su cuerpo, en un intento de resucitarle, pero al constatar el estado de los restos de Norden, se puso tan histérico que tuvimos que dejarle desvanecido de un golpe para que se callara.

Colby nos siguió como un autómata, aparentemente sin saber lo que había sucedido. Sacamos el cuerpo de Graf Norden envueltos por la noche de noviembre y lo destruimos con el fuego; más tarde le explicamos a Colby que había sufrido un ataque cardíaco mientras conducía por la ruta de la montaña; el auto se precipitó al vacío, y el cadáver de Norden se incineró en el holocausto.
Posteriormente, Chalmers, Granville y yo nos reunimos con el fin de buscar una explicación racional a cuanto habíamos visto y oído. Después de recobrar el conocimiento, Chalmers permaneció sereno y nos ayudó a llevar a cabo la espeluznante misión en lo alto de la montaña. Ninguno de los dos, según pude averiguar, había oído la voz de Norden después que se unió a Colby en el supuesto estado hipnótico. Tampoco recordaban haber visto objeto alguno en la mano de Norden.
Pero, en menos de una semana, aun esos recuerdos se habían desvanecido de sus mentes. Creían a pies juntillas que Norden había muerto en un accidente luego de un intento frustrado de parte de Dureen de hipnotizar a Colby. Con anterioridad, su explicación había sido que Dureen mató a Norden, por razones que no conocían, y que nosotros fuimos, inconscientemente, sus cómplices. El experimento hipnótico había servido de pretexto para reunirnos a todos y contar con un medio para deshacerse del cadáver. Que Dureen había logrado hipnotizarnos, ellos no lo dudaban entonces.
Hubiera sido inútil contarles lo que descubrí unos pocos días más tarde, lo que llegué a extraer de las notas de Norden, en las que explicaba la llegada de Dureen. Tampoco hubiera servido de mucho leerles fragmentos de la Canción de Ysté, traducidos a un inglés comprensible para ellos.

«...Y éstos no eran sino los adumbrali, las sombras vivientes, seres de increíble poder y malignidad, que moran fuera de los velos del espacio y el tiempo tal como nosotros los conocemos. Su diversión consiste en atraer a sus dominios a los habitantes de otras dimensiones, con quienes practican horribles juegos y múltiples engaños...»
«...Pero más horrendos que ellos son los inquisidores que envían a otros mundos y dimensiones, seres que ellos mismos han creado, otorgándoles la apariencia de aquellos que residen en cualquier dimensión o en cualquiera de los mundos a donde se les manda...»
«...Estos inquiridores pueden ser identificados tan sólo por los adeptos, para cuyos avezados ojos la extraordinaria perfección de su forma y movimientos, su rareza y el aura de extranjería y de poder que les envuelve constituyen un sello infalible...»
«...El sabio Jhalkanaan nos habla de uno de esos inquiridores que engañó a siete sacerdotes de Nyaghoggua, al desafiarles a un duelo en las artes del hipnotismo. Más adelante nos cuenta cómo dos de ellos cayeron en la trampa y fueron entregados a los adumbrali; sus cuerpos fueron devueltos una vez que los seres de sombra hubieron terminado con ellos...»
«...Lo más curioso de todo fue el estado en que se encontraban los cadáveres: a pesar de haberles sido extraído todo fluido, no presentaban trazas de herida alguna, ni siquiera la más leve. Pero lo más horroroso eran los ojos, que no podían cerrarse, y parecían mirar fijamente, con desasosegada expresión, más allá del observador, y las extrañamente luminosas marcas en la carne muerta, los curiosos arabescos que parecían moverse y cambiar de forma ante los ojos del testigo...»


FIN

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