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jueves, 31 de diciembre de 2009

La neurociencia del suicidio

La neurociencia del suicidio

Carol Ezzell

Nuevas investigaciones sobre la desgarradora pregunta que queda cuando alguien le pone fin su propia vida.

En 1994, a dos días de haber vuelto de unas felices vacaciones con la familia, mi madre, de 57 años, encañonó una pistola contra su pecho izquierdo y disparó. El impacto perforó limpia y letalmente su corazón y, metafóricamente, el de toda nuestra familia.

Era cerca de la medianoche de una noche de julio, mes en el que anualmente se registra el mayor número de suicidios en el Hemisferio Norte. Su esposo no oyó el disparo porque se estaba duchando en el otro extremo de la casa. Cuando volvió a la recámara, la encontró agonizante sobre la alfombra. Ella trató de decirle algo antes de morir, pero él no entendió nada. Los paramédicos llegaron para atender al paciente, pero no al que esperaban: mi padrastro por poco fallece también pues la hiperventilación causada por la impresión casi derrotó a sus debilitados pulmones, disminuidos ya por un enfisema.

Mientras tanto, yo dormía en mi apartamento, a 300 kilómetros de allí. A las 2 a.m. me avisaron de la portería que mi cuñada estaba en el vestíbulo del edificio y deseaba subir. Las primeras palabras que le dije al abrir la puerta fueron: “Se trata de mamá, ¿no es cierto?”

Anualmente, 30,000 estadounidenses se quitan la vida. ¿Por qué lo hacen? Mi madre, al igual que un estimado de 60 a 90 por ciento de los suicidas en los Estados Unidos, sufría de depresión maníaca, también llamada trastorno bipolar. A menos que estén tomando los medicamentos adecuados y respondiendo bien a ellos, los maníaco-depresivos oscilan entre abismos de desesperación y cumbres de alegría o agitación. La mayoría de quienes atentan contra su vida tienen un historial de depresión o depresión maníaca, pero las personas con depresión severa difieren en cuanto a su propensión a suicidarse.

Los científicos han comenzado a descubrir aspectos conductuales y a buscar diferencias anatómicas y químicas, así como sus causas, entre los cerebros de los suicidas y los de quienes mueren por otras causas. Si estas diferencias pudieran detectarse mediante análisis de sangre u otro tipo de estudios, algún día los médicos podrían identificar a las personas más propensas al suicidio para tratar de evitar la tragedia. Por desgracia, muchas personas con tendencia suicida acaban con sus vidas a pesar de los esfuerzos por impedirlo.

El legado de mi madre

Son pocos los días en que no me atormenta la obsesión por entender qué orilló a mi madre a suicidarse y me invade un abrumador sentimiento de culpa al pensar en lo que pude o debí haber hecho para detenerla. Pero lo más duro para mí es vivir con la certeza de que nunca sabré la respuesta.

Quizá en el futuro, algunas partes de la historia de mi madre sean menos misteriosas Al menos, la antigua interrogante sobre si la tendencia a suicidarse es innata o se debe a la acumulación de malas experiencias está más cerca de resolverse. Aunque en algunos círculos psiquiátricos aún se debate si es una o la otra, la mayoría de quienes estudian el tema adoptan una posición intermedia. “Hace falta que varias cosas vayan mal al mismo tiempo”, explica Victoria Arango del Instituto Psiquiátrico de Nueva York,. En su opinión, en el fenómeno intervienen tanto las experiencias de la vida y el estrés agudo como factores fisiológicos. Pero en el fondo del misterio está un sistema nervioso cuyas líneas de comunicación se han enredado en nudos insoportablemente dolorosos.

Arango y su colega en Columbia, J. John Mann, encabezan un esfuerzo por desentrañar esos nudos y aclarar la neuropatología del suicidio. Han reunido la mejor colección en los Estados Unidos de cerebros de víctimas de suicidio. Los investigadores están examinando esos cerebros —200 en total— en busca de alteraciones neuroanatómicas, químicas o genéticas que podrían ser características de quienes se pusieron fin a sus propias vidas. Cada uno de los cerebros viene acompañado de su “autopsia psicológica”, es decir, un compendio de entrevistas con los familiares y conocidos íntimos de la víctima que atestiguaron su estado mental y conducta en los últimos días previos a su acto final. Cada uno de los cerebros procedentes de suicidas se compara con el de una persona del mismo sexo, fallecida aproximadamente a la misma edad por causas distintas del suicidio pero que sufrió una depresión semejante.

En la masa gelatinosa del cerebro humano están las células y moléculas que estuvieron inseparablemente ligadas a lo que la persona alguna vez pensó y, por supuesto, a lo que fue. Parte de las investigaciones de Mann y Arango se centran en la corteza prefrontal, es decir, la parte del cerebro cercana al hueso de la frente. Ésta es la sede de las llamadas funciones ejecutivas del cerebro, entre ellas el censor interno que impide que las personas exploten y digan lo que realmente piensan en una situación difícil, o que obedezcan a impulsos potencialmente peligrosos.

Arango y Mann están especialmente interesados en esa función moderadora de impulsos que desempeña la corteza prefrontal. Durante décadas, los científicos han considerado la impulsividad como un factor muy importante. Aunque algunas personas planean cuidadosamente su muerte y dejan notas, testamentos e incluso planes funerarios, para muchos—entre ellos mi madre— el suicidio parece ser espontáneo: una muy mala decisión en un día muy aciago. Por ello, Arango y Mann escudriñan esos cerebros buscando pistas sobre la base biológica de la impulsividad. En particular, están interesados en las diferencias de disponibilidad de serotonina pues de acuerdo con los resultados de algunas investigaciones anteriores, la impulsividad está relacionada con una escasez de esa sustancia química cerebral.

La serotonina es un neurotransmisor, es decir, una de esas moléculas que cruzan las minúsculas brechas que hay entre las neuronas —llamadas sinapsis— para transmitir señales de una a otra. De cada una de las neuronas emisoras de señales, conocidas como presinápticas, surgen unas pequeñas burbujas membranosas, llamadas vesículas, que liberan serotonina hacia la sinapsis. Los receptores de las neuronas que reciben la señal, o postsinápticas, se unen al neurotransmisor y registran cambios bioquímicos en la célula, los cuales pueden alterar su capacidad para responder a otros estímulos o para activar y desactivar genes. Un instante después, las células presinápticas reabsorben la serotonina mediante unas esponjas moleculares denominadas transportadores de serotonina.

Se sabe que la serotonina tiene un efecto calmante sobre el cerebro. El Prozac y otros fármacos antidepresivos semejantes se unen a los transportadores de serotonina para evitar que las neuronas presinápticas la absorban demasiado rápido y ésta pueda permanecer un poco más en la sinapsis ejerciendo su influencia calmante.

Rastros del dolor

Durante más de dos décadas, la depresión, la conducta agresiva y la tendencia a la impulsividad se han asociado con niveles cerebrales bajos de serotonina. En el caso del suicidio, no se ha podido establecer dicha relación de manera concluyente pues los resultados son confusos. Algunos estudios han detectado niveles bajos serotonina en los cerebros de los suicidas, pero otros no. Algunos han observado carencia de serotonina en ciertas partes de los cerebros pero no en el resto. Otros más han descrito encontrado un incremento en la cantidad de receptores de serotonina o déficits en la cadena de eventos químicos que transmiten la señal de la serotonina desde los receptores hacia el interior de una neurona.

No obstante las incongruencias, la mayoría de las evidencias sugiere que en los cerebros de los suicidas hay un problema asociado con el sistema de la serotonina, hipótesis que se ha reforzado a la luz de los recientes hallazgos de Arango y Mann.

Los científicos dividen los cerebros en sus hemisferios izquierdo y derecho, y después seccionan cuidadosamente cada hemisferio, desde el frente hacia atrás, en un total de 10 a 12 bloques. Después de congelarlos, con una máquina llamada microtomo cortan cada bloque en unas 160 rebanadas cuyo grosor es menor al de un cabello humano. Las láminas de tejido congelado se coloca sobre portaobjetos y se derriten con el puro calor de las manos. El principal de esta técnica es que permite realizar varias pruebas bioquímicas distintas a la misma rebanada de cerebro y conocer la exacta ubicación anatómica de las variaciones que se vayan detectando. Al reubicar cada rebanada en la posición que ocupaba en el cerebro con ayuda de una computadora, Mann y Arango obtienen un modelo virtual que les permite analizar cómo podrían interactuar las anormalidades encontradas para generar alguna conducta compleja.

En la conferencia de la Sociedad de Neurociencias celebrada en noviembre de 2001, Arango reportó que los cerebros de las personas deprimidas que se habían suicidado contenían menos neuronas en la corteza prefrontal orbital, región del cerebro que se ubica justo encima de los ojos. Es más, en los cerebros de suicidas, esa área tenía sólo un tercio de los transportadores presinápticos de serotonina que la misma región de los cerebros del grupo control, pero aproximadamente 30 por ciento más receptores postsinápticos de serotonina.

Los resultados anteriores sugieren que los cerebros de los suicidas intentaban aprovechar al máximo cada una de sus moléculas de serotonina incrementando sus equipos moleculares para detectar al neurotransmisor y disminuyendo la cantidad de transportadores que la reabsorbían. “Creemos que hay una deficiencia en el sistema serotonérgico de las personas que se suicidan”, concluye Arango. Inhibir la reabsorción de la serotonina, como lo hace el Prozac, no siempre es suficiente para evitar el suicidio, como no lo fue para mi madre, quien murió a pesar de que tomaba diariamente 40 miligramos del fármaco.

Actualmente, Mann y sus colegas trabajan en el diseño de una prueba basada en la técnica de tomografía por emisión de positrones (TEP) que algún día pueda ayudar a los médicos a determinar quiénes, dentro de su grupo de pacientes con depresión, presentan mayores anomalías en el sistema serotonérgico y, por tanto, son más propensos al suicidio. Este tipo de tomografías retratan la actividad cerebral mediante el registro de las regiones del cerebro que absorben más glucosa de la sangre. La administración al paciente de sustancias que causan la liberación de serotonina, como la fenfluramina, podrían ayudar a los científicos a detectar con precisión las áreas activas del cerebro que utilizan serotonina.

En la edición de agosto de 2000 de Archives of General Psychiatry, Mann y sus colaboradores reportaron una relación entre la actividad en la corteza prefrontal de personas que habían intentado suicidarse y la peligrosidad potencial del intento. Quienes habían usado los medios más peligrosos —como tomar la mayor cantidad de pastillas o saltar desde el punto más alto— presentaban el menor grado de actividad relacionado con la serotonina en su corteza prefrontal. “Mientras más letal era el intento de suicidio, mayor era la anormalidad”, observa Mann.

Ghanshyam N. Pandey de la Universidad de Illinois conviene en que el sistema serotonérgico del cerebro es clave en la comprensión del suicidio. “Hay un cúmulo de evidencias que sugieren que hay deficiencias de serotonina en los casos de suicidio, pero éstas no se presentan de manera aislada sino en concierto con otros déficits”, dice. “Todo el sistema parece estar alterado.”

Sin embargo, la hipótesis de la serotonina no niega la importancia de las contribuciones de otros neurotransmisores. La serotonina es sólo una de las moléculas de la intrincada red bioquímica llamada eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), en el cual el hipotálamo y la pituitaria se comunican con las glándulas adrenales. El eje HPA es el responsable de la respuesta al estrés, caracterizada, entre otras cosas, por la aceleración del pulso y el sudor en las palmas de las manos. El factor liberador de corticotrofina, segregada por el hipotálamo en momentos de estrés, hace que la pituitaria anterior produzca la hormona adrenocorticotrópica, la cual a su vez hace que la corteza adrenal secrete glucocorticoides como el cortisol. El cortisol prepara al cuerpo para el estrés elevando la concentración de azúcar en la sangre, acelerando los latidos del corazón e inhibiendo una sobrerreacción del sistema inmune.

La serotonina se adapta al eje HPA porque modula el umbral de estimulación. Charles B. Nemeroff de la Escuela de Medicina de la Universidad Emory y sus colegas han descubierto que las experiencias adversas en etapas tempranas de la vida —como el abuso infantil— pueden desequilibrar el eje HPA. Este trastorno deja huellas bioquímicas en el cerebro, las cuales lo hacen reaccionar de manera exagerada al estrés, por lo que la persona se vuelve vulnerable a la depresión

En 1995, el grupo de Pandey reportó señales de que las anormalidades en los circuitos de la serotonina presentes en quienes tenían tendencia al suicidio podían detectarse mediante una prueba sanguínea relativamente sencilla. Cuando compararon la cantidad de receptores de serotonina en las plaquetas de la sangre de personas que habían considerado el suicidio con la de los individuos no suicidas, encontraron que era mucho mayor en los primeros. (En las plaquetas hay receptores de serotonina, aunque aún no se sabe por qué.)

Pandey comenta que su grupo concluyó que el marcado aumento de la cantidad de receptores reflejaba una respuesta similar en los cerebros de los posibles suicidas: un fútil intento de reunir la mayor cantidad posible de serotonina. Para comprobar su hipótesis, Pandey desearía determinar si dicha relación se cumple en las personas que acaban suicidándose. “Queremos saber si las plaquetas pueden usarse como marcadores para identificar a pacientes suicidas. Estamos avanzando, aunque lentamente”, comenta.

Maldición por generaciones

Mientras no se desarrollen pruebas para identificar a quienes tienen mayor propensión al suicidio, los médicos podrían dirigir sus esfuerzos hacia los parientes biológicos de los suicidas. En el número de septiembre de 2002 de Archives of General Psychiatry, Mann, David A. Brent del Instituto y Clínica Psiquiátrica Western de Pittsburgh y sus colegas reportaron que los hijos de quienes han intentado suicidarse tienen seis veces más propensas a la misma conducta que las personas cuyos padres nunca intentaron quitarse la vida. La correlación parece ser parcialmente genética, pero la tarea de descubrir al gen o grupo de genes responsable de la predisposición no es fácil. A principios de los noventa, A. Roy del Departamento del Centro Médico para Veteranos en Nueva Jersey observó que 13 por ciento de los gemelos idénticos de personas que se habían suicidado, también acababan haciéndolo, mientras que apenas el 0.7 por ciento de los gemelos fraternos repetían la acción de sus hermanos suicidas.

Las estadísticas anteriores son una advertencia para mí y para otras personas vinculadas biológicamente con el suicidio. En un frasquito conservo un cartucho de la misma caja que contenía el que mató a mi madre. La policía se llevó el arma tras su muerte, y yo misma tiré a la basura las demás balas cuando estaba limpiando su armario. Sin embargo, guardo ese único y helado trozo de metal para que me recuerde lo frágil que es la vida y que una acción impulsiva puede tener enormes consecuencias. Tal vez algún día la ciencia comprenda mejor las razones del suicidio y con ello libere del sufrimiento a familias como la mía.

Referencias

Night Falls Fast: Understanding Suicide. Kay Redfield Jamison. Vintage Books, 2000.

Reducing Suicide: A National Imperative. Institute of Medicine. Edited by Sarah K. Goldsmith, Terry C. Pellmar, Arthur M. Kleinman and William E. Bunney. National Academies Press, 2002.

Information and education materials on preventing suicide can be obtained from the National

Mental Health Association (www.nmha.org), the American Foundation for Suicide Prevention (www.afsp.org) and the American Association of Suicidology (www.suicidology.org). The group also have support materials for the survivors of loved ones who died by suicide.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

CRUMTUAR Y LA DIOSA

ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ
CRUMTUAR Y LA DIOSA
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La amplia pradera aparecía cubierta de una suave bruma azulada. El amanecer
teñía de púrpura el metal de los guerreros irlandeses: cascos repujados,
espadas, escudos tachonados de bronce, hachas dobles, mazas y cuchillos largos
como medio brazo. El ejército de los Hijos de Dana, al servicio del rey Nuada
Mano de Plata, fijaba sus ochocientos pares de ojos sobre las huestes de los
firbolgs, a unos quinientos metros de distancia. No seria una gran batalla,
como la de Moytura, pero allí, en aquel páramo de hierba rabiosamente verde,
velada por la niebla decadente, muchos hombres morirían y muchos otros ganarían
un pedazo de gloria.
Uno que destacaba entre los danaanos era Crumtuar, un hijo de Erín con
veintitrés primaveras sobre sus robustas hombros. Su mayor alegría residía en
la lucha. Resultaba tan grande su amor por la guerra que, en los tiempos de
paz, abandona las zonas prósperas en busca de nuevos conflictos. Ya cuando era
un niño, el druida de su condado natal le miró directamente a los ojos y
profetizó su futuro:
- Debes dedicarte a la guerra, hijo mío, pues la gran Madre Dana te ha dotado
de fuerza y coraje. Sólo servirás para luchar. En la lucha serás feliz. Morirás
joven, pero tu vida habrá sido mas intensa que la de cincuenta que te
sobrevivan.
Desde entonces, Crumtuar habíase dedicado a manejar la espada y el hacha, con
resultados terribles para sus enemigos. Había probado la dulzura de las mujeres
bellas, vinos y licores selectos, yantares jugosos y la riqueza propia de los
triunfadores. Mas todo esto no era nada en comparación a la sensación exultante
de luchar para matar o morir.
Era alto, de hombros anchos y cintura esbelta, con poderosos músculos que
resaltaban contra los anillos, brazaletes, muñequeras y el torque. Sobre la
piel lucía tatuajes caprichosos. Se cubría con pieles de lobo y oso. Tenía el
cabello de color rojo claro, casi naranja, ligeramente ondulado. Las greñas le
caían sobre los hombros y la frente. Igual de caótica resultaba su barba, que
descendía hasta el pecho como una cascada de serpientes entrelazadas. No gozaba
de rostro agraciado: su nariz era chata y ancha, y bajo ella unos labios
gordezuelos. Aún así, algo en sus ojos de color verde cristalino atraía a las
mujeres con mayor éxito que muchos varones de mayor belleza. Del cinto pendían
varias dagas y cuchillos, algunos de tamaño descomunal. Tenía embrazado un
escudo circular con tachones y su diestra empuñaba un enorme hacha de doble
hoja, con mango largo y metálico, que cuando era manejada a dos manos parecía
la guadaña de un segador sobre el trigal de cuerpos enemigos.
Un compañero le pasó un pellejo y Crumtuar trasegó vino durante varios segundos.
Aquella espera resultaba terrible. Los luchadores de Erín estaban ansiosos por
comenzar.
No había cosa más agradable para un joven celta que una contienda brutal. Y,
aunque en principio los más tímidos sintieran miedo, pronto se hallarían
contagiados inexorablemente por el furor de las masas armadas.
Varios druidas paseaban entre las filas repartiendo bendiciones y armas mágicas,
capaces de rajar las piedras o tornar invisible a su dueño. Algunos incluso
empuñaban espadas y escudos, dispuestos para unirse a los guerreros en la
batalla.
Conel, el jefe de la horda danaana, pasó a caballo entre las primeras filas,
compuestas por los más audaces. Muchos llevaban encima sólo el torque, los
brazaletes y las armas.
Pelearían desnudos para demostrar su valor. Conel sopló el cuerno de batalla.
La orden era de "carga".
Un rugido abrumador, compuesto de ochocientas rabiosas voces masculinas,
explotó sobre la planicie. Desde la lejanía les llegó un murmullo similar. Era
el rugir de los firbolgs.
Los Hijos de Dana echaron a correr en busca del enemigo. Crumtuar marchaba en
vanguardia. Descubrió a Iedur, Cochtann y Finntaugh, tres de sus mejores amigos.
Volaban sobre la hierba, chillando insultos a los firbolgs hasta desgañitarse.
Desde atrás un grupo numeroso comenzó a vitorear a Cuchulainn, el guerrero mas
famoso de Erín. Aquello enloqueció aun más a los combatientes.
Crumtuar vio venir la masa de firbolgs. Eran morenos la mayoría, algunos
castaños. Muy altos. Vestían de parecida forma a los danaanos. Sus armas
también resultaban formidables.
Grumtuar rugió una maldición y aumentó la velocidad de su carrera. Su escudo
chocó contra tres enemigos de la vanguardia, derribándolos por los suelos. Alzó
el hacha y lo hundió en la boca del más cercano. El filo apareció por la nuca.
Un guerrero descargó su mazo de piedra, pero Crumtuar lo paró con el escudo. El
choque levantó una vibración tremebunda. Crumtuar se separó y golpeó con el
hacha. La hoja perdió filo, pero la maza saltó en pedazos. Un segundo golpe
abrió en dos el abdomen del firbolg.
Aquéllos eran los primeros combates, en parejas o grupos de tres a lo sumo,
protagonizados por los escapados de cada vanguardia.
Mas las dos mareas, compuestas por el grueso de los ejércitos, se acercaban a
toda velocidad, como dos gigantescas sombras que bullían bajo la luz del Sol
naciente.
Un fragor espantoso se alzó por los aires cuando chocaron. Muchos murieron en
el encontronazo, aplastados por los que llegaban desde atrás. El momento de
compresión dio paso a otro de distensión, cuando los más enérgicos de cada
bando comenzaron a abrirse paso repartiendo fugaces golpes que cercenaban
cabezas, brazos y piernas.
Crumtuar, con los ojos desorbitados y el mirar de una bestia peligrosa,
hacía volar el hacha en todas direcciones, levantando nubecillas de sangre y
pedazos de carne desgarrada.
Pronto, a su alrededor se abrió un hueco. Pisoteo los primeros muertos
y heridos, muchos de éstos escapando a cuatro patas mientras contenían con una
mano las entrañas.
El choque de cientos de metales resultaba ensordecedor. Lograba eclipsar las
voces de los hombres. Todo era locura, muerte y destrucción. El que se
arredraba moría. La única forma de mantener el pellejo sobre el cuerpo era ser
mas audaz y sanguinario que los demás.
Pronto el suelo se llenó de muertos, sobre los que los luchadores se empujaban
y lanzaban tajos y estocadas. La sangre derramada hacía resbalar a muchos, e
instantáneamente el enemigo más cercano aprovechaba la ocasión para desmembrar
o degollar al caído.
El aire hedía a muerte, dulzona y metálica. Estaba cargado de energía
arrasadora, vibrante en cada músculo, en cada mirada, en cada garganta.
Pronto se abrieron claros en el mapa de la batalla. Crumtuar, cuando se quedaba
solo, buscaba un nuevo tumulto sobre el que lanzarse. Mostraba todo el cuerpo
manchado de sangre; el líquido vital tintaba su rostro, su torso, sus brazos
y piernas y apelmazaba sus cabellos, tornándolos pesados y pegajosos.
En un momento determinado, observo que el aire se espesaba y los colores y
formas de la batalla fluctuaban ligeramente, como si la contienda ocurriese
bajo el agua. Algunos dioses gustaban de pasar al plano terrenal durante el
transcurso de la batalla, rasgando el tapiz entre las dimensiones. En este
caso, Crumtuar observó, anonadado, que se abría un jirón en la realidad, cerca
de su posición. A través del agujero surgió un gigantesco lobo gris. La bestia
mordió a varios combatientes de ambos bandos, arrancándoles la yugular. Su
forma fluctuó fantasmalmente, hasta devenir en mujer, más alta que el mayor de
los danaanos o firbolgs. Vestía cota de mallas y pantalones y botas de cuero.
En la mano derecha sostenía una espada fantástica de oro y bronce. La cascada
de cabello negros caía sobre su espalda, y verde brillante resultaban sus ojos,
rebosantes de cólera. Poseía un bellísimo rostro, no dulce, sino fiero y
sanguinario. Era Morrigan, la Diosa de la Guerra, que a veces gustaba de
visitar a sus combatientes y mezclarse con ellos.
Crumtuar siempre había poseído el extraño don de descubrir a los elementales
del bosque, las dríadas y nereidas, los duendes y los gnomos, allá donde los
demás sólo veían ramas o piedras. Por ello, ahora distinguía el cuerpo de
Morrigan. Para la gran mayoría, la diosa era invisible.
Ella reía a carcajadas, mientras decapitaba y ensartaba con su espada a cuantos
sin quererlo se le acercaran.
Su risa traía la locura y el furor a la mente de los luchadores, quienes al
oírla, o percibirla, redoblaban sus esfuerzos asesinos. La intrusión en este
mundo había provocado una alteración en las leyes naturales, así que algunos
combatientes, atacados por la demencia guerrera, la locura del berserkr
escandinavo, mataban por doquier, tanto a amigos como a enemigos, sin caer,
a pesar de recibir serias heridas. Tal y como le ocurriera al héroe Cuchulainn,
sus figuras se deformaban fantasmalmente: los brazos se alargaban, los ojos
colgaban del rostro y los cuellos se engrosaban hasta la parodia. Eran
monstruos destructores, los Hijos de la Diosa de la Guerra.
- ¡Morrigan! -aulló Crumtuar.
La diosa le miró. Sus ojos eran llamaradas verdosas. Sin saber por qué, el
guerrero corrió hacia ella alzando el hacha. Morrigan rió. Paró fácilmente el
arma del irlandés, con tal fuerza que del choque entre los metales surgieron
chispas incandescentes. La diosa lo lanzó al suelo. Allá quedó el hombre,
subyugado por el poder de los sus divinos ojos. Morrigan se le acercó y cayó
sobre él hincando las rodillas en el suelo, junto a las costillas del guerrero.
- Me gustan los hombres con valor en el pecho -dijo la diosa. Tenia ronca la
voz, pero muy femenina. Crumtuar experimentó cruda fascinación-. Los demás
huyen de mi y me temen. Pero tú me atacaste. ¡Por eso, hoy serás invencible!
Se inclinó y le besó con pasión. Crumtuar sintió un dolor explosivo que rayaba
en el éxtasis. Morrigan le acercó un dedo al rostro ensangrentado y le tocó la
frente. De pronto, la diosa se alejó, como un jirón de luz y color que volaba
sobre los combatientes, susurrándoles palabras que hacían estallar la locura
en sus mentes.
Crumtuar sintió también una furia brutal, intempestiva, como si por las
arterias le corriera fuego en lugar de sangre.
Se levantó de un salto, con los ojos desorbitados, jadeando roncamente. Corrió
hacia un firbolg y le golpeó con tal fuerza que el hacha atravesó el escudo, el
antebrazo y la cota de mallas. Extrajo el arma de la herida ya sin filo. Aún
así, descargó un nuevo hachazo, en el rostro del moribundo. Después se volvió
en derredor, buscando más adversarios para destruir.
Halló un lugar propicio para sus fines: un tumulto en el cual se habían
enzarzado treinta firbolgs y quince danaanos. Abandonó el escudo y echó a
correr.
Escucharon su grito desgarrador y le vieron llegar, como una bestia sin freno.
Saltó y cinco hombres cayeron al suelo con él. Sobre tales repartió hachazos,
movido por una demoniaca energía. La sangre saltaba y salpicaba su rostro, se
le metía en los ojos y la boca, la inspiraba tras cada jadeo. Su cuerpo sufrió
la mutación propia de los Servidores de Morrigan: la carne del cuello, al igual
que arcilla seca, se le desparramó por el pecho, sus caballos crecieron hasta
la cintura, un brazo se le alargó y proyectó hacia el frente, la espalda se
ensanchó imposiblemente. Surgían bultos de su costado y la mano izquierda
ardía, envuelta en brillantes llamas azuladas.
Al poco, había disuelto al grupo enemigo, cuyos integrantes estaban muertos,
escapaban conteniéndose las tripas o se arrastraban penosamente. Ya corría en
busca de más rivales. Amigos y enemigos le huían por igual, ya que su horroroso
aspecto desmenuzaba el valor hasta de los más veteranos.
Un monstruosos firbolg le vio y se le aproximó. También había mutado
increíblemente: sus miembros estaban desparejos, la carne bullía, como si bajo
la piel hubiera mil criaturas anhelantes de libertad, los ojos crecían en el
rostro, como si estuviesen a punto de saltar desde las cuencas. Aulló
brutalmente y todo él creció, agigantándose, duplicando su estatura. Ambos, los
Hijos de Morrigan, pelearon febrilmente mientras goblins y fuegos fatuos
correteaban y chillaban a su alrededor. De las armas saltaban chispas y briznas
de metal. Ellos hacían y sufrían cortes terribles, pero seguían pugnando con
igual vigor. En un lance, Crumtuar le tajó el cuello. Aún sin cabeza, el
firbolg continuaba repartiendo tajos con la espada. Su testa, en el suelo,
mordía y desgarraba un cadáver. Por fin, al decapitado le fallaron las fuerzas
y se desplomó en. el suelo, donde inmóvil quedó.
Crumtuar experimentó un espantoso dolor, porque su cuerpo volvía a la
normalidad. Se desplomó, gritando hasta quebrársele la voz. Al cabo de una
fugaz y rojiza infinitud, el sufrimiento se tornó soportable y la cordura
volvió a su torturada mente. Miró en torno suyo. Había cadáveres hasta donde
alcanzaba su vista, arracimados unos sobre otros o sobre la hierba teñida de
sangre. Los irlandeses supervivientes alzaban gritos de triunfo y daban gracias
a Dana, Lugh y Morrigan. Habían vencido. Crumtuar buscó con la vista a la
diosa, mas no la encontró. El fuego del triunfo le insuflaba un júbilo
arrasador. Estaba vivo. Había vencido a los enemigos. Había vencido a la muerte.
No había palabras capaces de describir la intensidad de aquel éxtasis.
De pronto, la euforia se marchó, tan pronto como vino, y le asaltó la debilidad.
Cayó de rodillas al suelo y se desplomó de bruces sobre un charco de sangre.
Le despertaron arrojándole agua helada sobre el rostro. Se hallaba entre los
heridos. Tenía medio cuerpo cubierto por vendas. Iedur, su amigo, tiró el cubo
y le sonrió de oreja a oreja.
- ¡Ya despierta, el cerdo dormilón!
- ¡Vencimos, Crumtuar! -rugió Cochtann, otro de sus más broncos compañeros. Se
sujetaba una larga tira de piel sobre el rostro, pues le faltaba la piel de la
mejilla derecha y parte del mentón. Donde estuviera la oreja había ahora una
masa de vendas y cabello sucio y apelmazado. Por lo demás, parecía indemne como
el resto.
- Sí, lo sé -gruñó Crumtuar. Miró fijamente a sus colegas-. ¿La visteis?
¿Visteis a la diosa Morrigan?
- No -contestó Iedur-. Te vimos a ti transformado, como Cuchulainn cuando
peleó contra Ferdia. Repartías tajos como un auténtico loco. ¡Qué batalla,
amigo mío! ¡Realmente, eres un tipo peligroso!
Crumtuar sonrió. Las tripas le gruñían escandalosamente.
- ¿Dónde están la comida y el vino? -bramó.
- ¡Toma, maldito, y cállate ya de una vez! -era Conel, el líder de las
hordas danaanas. Le tiró un enorme muslo de carnero y un pellejo lleno de
cerveza agria. El veterano, al mirarle, no pudo disimular la sonrisa y el
respeto que brillaban en sus ojos- El cachorro está convirtiéndose en hombre,
¿eh?
Por toda respuesta, Crumtuar mordió un trozo de carnero tan grande que hubo de
empujarlo con la palma de la mano para que entrara en la boca. Y aún así, logró
regar la vianda con un chorro de cerveza. Sonrió, mientras masticaba con fuerza.

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