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domingo, 28 de septiembre de 2008

HISTORIAS DE MOSTRUOS -- JUAN JACOBO BAJARLIA

Juan Jacobo Bajarlía
Historias
de monstruos


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ADVERTENCIA
Algunas páginas de las Historias de monstruos aparecieron en Los Andes, de
Mendoza, en 1966 y 1967. Posteriormente (en 1967) se dieron a conocer por
Radio Nacional. El lector debe adjudicar a esta circunstancia la reiteración de
ciertas connotaciones. La segunda versión de Neferkeptah, referida al papiro
de Satni Khamois, se halla en el apéndice de The White Lizard (1735). Burton
la considera como la más exacta. Las historias del Golem han sido analizadas
en el From the World of the Cabballáh (1693), de Ben Bokser. De él he tomado
sus elementos anecdóticos. La máquina genética mencionada por Norbert
Wiener en God and Golem, Inc (1964), es sólo la posibilidad de convertir a una
andreida en un ser mecánico-reproductor, idea que no alcanzó a desarrollar
Villiers de L'Isle-Adam. Las páginas dedicadas a Los selenitas de Luciano de
Samosata y Nota a los seres imaginarios, no deben interpretarse como una
crítica a Jorge Luis Borges, sino como una prolongación de su concepto sobre
el zoon fantástico. La Leyenda de Cyrano de Bergerac nació por oposición a la
Noticia histórica sobre Cyrano de Bergerac, difundida por Garnier en 1902. El
sueño de Mary Connally en Micromegas y otros xenoides, lo refiere Anthony
Holland en The Tempest (1784). La parte I de Sobre el fin de los tiempos,
apareció como prólogo de mi Canto a la destrucción (1968). La parte II (El ciclo
de las destrucciones) retoma algunas notas del mismo libro.
El trabajo sobre Rampsinito, Arquímedes y el absurdo gratuito, es parte de mi
estudio preliminar a los Cuentos de crimen y misterio (1964). Salvo alguna
corrección no fundamental, agregué la verificación completa de Arquímedes en
el caso de la corona falsificada. En cuanto a la parte II de mi estudio sobre
Jekyll y Jack el Destripador, no he podido hallar bibliografía que haga
referencia al In Memorión: Jekyll the Ripper (1894). Mi investigación es un tanto
forzada e intuitiva. Y adolece (es posible) de muchas fallas que el lector
advertirá en seguida.
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POST SCRIPTUM
En las historias de monstruos no podía faltar el humor. Es el otro lado de la
tragedia, tan pródiga e imprevisible en las páginas de este libro. Sin embargo, a
riesgo de recibir esa ira beneplácita con que suelen regalarnos los críticos de
cuya familia no formamos parte, incluyo también aquellas historias que el
hombre ha reverenciado sin analizar sus consecuencias. Las dedico a los tres
únicos seres que me hubieran aplaudido: a Jean-Jacques Rousseau, a Voltaire
y a Swift.
J. J. B.
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LOS ASESINOS ("ASHASHIN")
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A la secta herética de los ismaelitas, en el siglo xi, correspondió el "honor" (o
la felonía) de acuñar la palabra asesino, nombre que derivó del hashish o
haxix, droga extraída del opio que se administraban sus integrantes, como lo
da a entender Marco Polo (Líber milionis, XXXI). Entre las víctimas de esta
secta, se hallan Conrado, rey de Jerusalén, Abdul Jorasat el Inmaculado,
Malabel el Silencioso, Raimundo de Trípoli, dos califas de Bagdad, el Gran Visir
de Egipto, un Sha de Persia y otros prohombres del medioevo. Su jefe se llamó
Aloadín, o sencillamente el Viejo de la Montaña, como lo menciona el
aventurero veneciano. Pero su nombre verdadero es posible que fuera el de
Hasan Ibn Al Sabbah, según anotan J. B. Nicolás (Les quartains de Kheyarn,
1867) y el erudito cordobés José E. Guráieb. (Este último nos dice, en la
Introducción a las Nuevas Rubaiyát, 1959, que "Ese Hasan Ibn Sabbah, fue
aquel famoso Caudillo de la Montaña, llamado erróneamente por el Viejo de la
Montaña, o "Cheik Al Yabal", jefe de la secta de los ismaelitas").
Aloadín (digámoslo así para abreviar) ejercía, como jefe de la secta,
funciones de califa. Había sido condiscípulo de Omar Al Jayyam y Nizam Al
Mulk, en Nisapur, donde los tres estudiaban el Qorán, según constancias de
este último en la Wasíah que escribió para celebrar los acontecimientos más
memorables de su vida. El fue el primero que testimonió sobre el carácter de
Aloadín: un hombre pendenciero e intrigante, contra el cual debió luchar a
pesar de haberlo protegido siendo visir. Conspiró, por tanto, contra Nizam Al
Mulk, y al ser descubierto por éste, Aloadín se refugió en la fortaleza de Alamut,
en Rudbar, sobre las montañas cercanas al mar Caspio. De ahí la
denominación impropia de Viejo de la Montaña.
En esa fortaleza enclavada en un valle de difícil acceso, Aloadín tenía un
paraíso terrenal, donde sus iniciados muchachos de 12 años, se drogaban con
el hashish que él ofrecía mientras impartía su enseñanza. "Matar a un malvado
–decía– es una bendición de los cielos, porque ellos, los malvados, están en la
tierra para usurpar el derecho de los seres bondadosos". (Acaso fue ésta la
primera norma sobre el regicidio que Maquiavelo y el Padre Mariana habrían de
exaltar siglos después). Cuando los heréticos estaban ebrios por el opio,
Aloadín introducía un conjunto de falsas huríes, muchachas no menos jóvenes
que los iniciados, y comenzaba una danza fascinante, mientras las cañerías del
palacio-fortaleza, suministraban miel y vino (Liber, XXXI; Ibn Al Levy, II, 21). Los
goces terrenales del Alamut, eran semejantes al paraíso de Mahoma. Después,
Aloadín les mostraba los muros del palacio, con murales excitantes, donde la
desnudez y los alimentos se concretaban en un sueño insaciable. En uno de
estos muros, el que daba hacia el valle y sus jardines diabólicos, había una
inscripción del poeta persa Abulkasim Firdusí (Libro de los reyes, c. IV), que
decía:
Todas las noches su cocinero [el de Zohak] mataba a dos jóvenes y
les extraía los sesos con los que luego cocinaba un alimento para las
serpientes del monarca.
Cuando los heréticos, también llamados hashashin o asesinos (Baudelaire
refuerza el concepto en Le poéme du haschisch, II), regresaban del efecto del
hashish y se hallaban entristecidos por haber perdido las visiones del paraíso,
resolvían la eliminación del enemigo más próximo de Aloadín. Era el único
recurso para volver a los goces terrenales y a las delicias de los jardines diabólicos.
Entonces echaban la suerte, y el elegido salía del Alamut para
confundirse, disfrazado, entre aquellos donde el sentenciado por Aloadín,
habría de perecer. A la vuelta del asesino, cumplida la misión, el paraíso volvía
a concretarse, y el héroe imponía su voluntad al juego de las huríes. Era un
privilegio que duraba 24 horas. Después, en otro ciclo semejante, se resolvía el
próximo asesinato.
Fue tan temido el Caudillo de la Montaña, que no hubo príncipe que no
buscara su protección. Conocían su ira y el efecto de su fanatismo. Pero su
imperio fue sofocado por la deserción de El-Haddar, uno de los ashashin.
Denostado por Aloadín, huyó un día de la fortaleza y se unió a las huestes de
Hulagu. Éste lo recibió con desconfianza. Su relato fue tan verídico y atroz, tan
detallado, que el gran guerrero acabó por admitir la sinceridad del desertor.
Hulagu llevó a sus hombres hacia el Alamut y le intimó la rendición al Gran
Asesino. Éste desoyó las amenazas, y el guerrero estableció un cerco que duró
tres años, al cabo de los cuales casi todos los defensores del Alamut
perecieron por hambre. Entonces Hulagu ordenó la embestida final, y la
fortaleza fue destruida en 1135. (Ibn Al Levy, II, 23, dice en 1265). Cuando el
libertador entró en el reducto de Aloadín, éste, asesinado por su propia mano
(autoasesinado) yacía con un puñal que le atravesaba la yugular. Se supone
que quiso morir lentamente, ocho siglos antes de que Krafft-Ebing acuñara la
palabra infamante extraída del nombre de Sacher-Masoch.
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HISTORIA DE UNA BLASFEMIA
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Es posible que esta historia no sea original. No recuerdo si la leí o si acaso la
concebí. Sólo puedo asegurar que no tiene semejanza con ese relato anónimo
de la History of the Black Door, del siglo XVH, en el cual el protagonista le pide
al Innominado el secreto para destruir el mundo. El blasfemo quedó fulminado.
El Innominado apenas había esbozado una sonrisa. El indicio de un posible
rictus.
En esta historia se invierten groseramente las actuaciones. El Innominado
dialoga y hasta se muestra interesado por el protagonista. (Los griegos habrían
dicho el agonista). Cuando llega Cun-Tai-Go le sonríe, pero el futuro blasfemo
no queda fulminado.
–Sé que eres un hombre sabio –le dice el Innominado–. Pero no puedo
quebrantar la ley. Todos nacen con un número determinado de palabras, cuyo
guarismo invisible queda impreso en el paladar. Pronunciada la última palabra,
el ser queda vaciado de su número vital y perece.
–Tú has impreso –responde Cun-Tai-Go– distintos guarismos. Algunos
mueren al primer día de nacidos porque sólo has puesto en su paladar un
número insuficiente de palabras. Otros, en plena juventud. Y algunos que no
necesitan vivir porque no tienen nada que realizar, prolongan injustamente por
años y años su vejez, su inútil permanencia en el mundo. Creo que eres
injusto.
–¿Y qué es lo que te preocupa, Cun-Tai-Go, para modificar el número de
palabras impreso en tu paladar?
–Sé que me faltan mil palabras y que después moriré.
Por eso vine a pedirte mil más para terminar un libro imperecedero. Las
palabras que me das las he de ahorrar para decir lo necesario en mi vida
vegetativa mientras me encierro para dar fin a la obra.
El Innominado pensó que se le pedía muy poco (mil palabras, acaso un
instante). Y al pensarlo el Innominado, Cun-Tai-Go sintió que su paladar se
llenaba de fuego. Sus ojos, de nuevas visiones.
El hombre sabio llegó a su casa. Pero tres días después regresó al recinto
del Innominado. Estaba desorbitado, enloquecido. Más desnudo que el primer
día. –¿A qué has venido, Cun-Tai-Go? –Mi paladar se está secando. El número
de palabras que le has impreso está llegando a su fin y necesito, para terminar
mi obra, que se concedan mil y una palabras más.
El Innominado observó esa ruina que declinaba vertiginosamente. Quebrantó
la ley por segunda vez, y Cun-Tai-Go sintió que su cuerpo era un signo de
sangre que ardía en el espacio. Entonces, con las mil y una palabras puso fin a
su obra. Y cuando aquéllas se agotaron, quedó con los ojos rígidos. Nadie le
oyó morir. Sólo el espacio. Acaso el aire desleído que bajaba de una zona
nocturna bordada absurdamente por la luz de las galaxias.
Cuando Cun-Tai-Go compareció al juicio, el Innominado quiso saber por qué
había pedido primero mil palabras y después mil y una.
Cun-Tai-Go, arrodillado, murmuró:
–Escribí un libro sobre tu naturaleza enigmática. Las primeras mil palabras
me sirvieron para demostrar tu dimensión imprevisible. Las mil que siguieron,
refirmaron tu ceguera y tu arbitrariedad. La última palabra que seguía a la
número 1000 sólo contenía una voz: Perdón, porque sé que mi blasfemia
necesitaba de tu magnanimidad y que al fin me perdonarías para justificar tu
inconsistencia.
Así terminó la historia del blasfemo. Pero en un segundo avatar otro
blasfemo sostuvo que Cun-Tai-Go fue el primer ángel de la rebelión, y que
enfurecido el Innominado, aquél fue arrojado al infierno en el que después
gobernó como Señor de las Tinieblas. Porque Cun-Tai-Go son tres palabras
simbólicas que significan:
El-Que-Reina-Después-De-La-Luz-En
La-Luz-En-La-Profundidad-Inquebrantable-Del-Caos.
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EL ÚLTIMO LIBRO DE LA SIBILA
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Podría volver a contar lo que Fray Benito Jerónimo Feijóo nos dijo acerca de
los nueve libros de la Sibila de Cumas en un texto escrito hacia 1712 con el
título de Magia y leyenda, que luego modificó cuando redactaba sus Carta
eruditas. Pero pensándolo bien, conviene transcribirlo como prueba
irrefragable, aligerando levemente su estilo, el más directo y descriptivo del
siglo XVIII. He aquí la constancia:
La historia romana cuenta que habiendo llegado a Roma la Sibila de Cumas,
en tiempos de Tarquino el Soberbio, aquélla le presentó nueve libros, y pidió
por ellos trescientos escudos. El príncipe se burló por parecerle excesivo el
precio, y la Sibila quemó tres, y por los seis restantes pidió la misma cantidad;
despreciando Tarquino nuevamente tan extravagante demanda, quemó otros
tres, insistiendo en que por los tres que quedaban le diese la misma suma, y
amenazando con arrojarlos al fuego como los demás en caso de ofrecerle
menor precio. En fin: concibiendo el príncipe, en tan extraña resolución, algún
alto misterio, dio los trescientos escudos por los tres libros que, como cosa
sagrada, colocó bajo la custodia de dos patricios en el Capitolio1 , y estos libros
eran consultados por los romanos cuando la República se veía ante algún
peligro; hasta que incendiándose el Capitolio en tiempos de Sila, ochenta y tres
años antes del nacimiento de Cristo, tuvieron los tres libros la misma desgracia
que los otros seis.
Lo que no nos dice Fray Benito Jerónimo Feijóo es que, en realidad, uno de
los tres libros que habían quedado, se salvó del incendio. Era el último (y lo
refiere Ajlajarilbj en el siglo XVII). Abierto por Sila, el libro sólo contenía estas
líneas:
La escritura fue inventada para que los hombres perdieran la memoria.
1 Estos dos patricios o sacerdotes, los duumviri sacris faciendis (que Feijóo no nos
cuenta por olvido o por no creerlo necesario) fueron aumentados a diez, los decemviri,
en el año 367 a. J. C. Posteriormente, a quince, los quindecemviri, por decreto de Sila.
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LOS PECES QUE
ENGENDRABAN HOMBRES
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En el siglo xvi circularon en Europa algunos libros heréticos, cuyos posibles
autores perecieron en la hoguera. De uno de ellos, L´origine de la magie
(1583), (redactor no precisado todavía), se extrajo una fábula que aterrorizó a
los inquisidores. Según este relato, sólo las aguas y los peces existieron en el
origen de la vida. Pero los peces eran de distintos tamaños, y su dimensión posibilitaba
una inteligencia peculiar que faltaba en los más pequeños,
condenados, a su vez, a ser el alimento de los otros. Uno de esos grandes
peces, llamado Incitant (incitante, promovedor de vida) de enormes aletas, voló
un día hacia la superficie terrestre y arrojó su semen desaprensivamente. La
parcela en que cayó el líquido se cubrió de una extraña tonalidad ambarina, y a
los pocos meses un ser alongado y virtuoso comenzó a saltar sobre las piedras
hasta que le crecieron alas en vez de aletas. Este ser alongado fue el primer
pájaro que cruzó la atmósfera del planeta. Se alimentó de hierbas y gusanos y
buscó refugio en las grutas cuando la altura lo cansaba.
La fábula no se detiene ahí. Relata las peripecias ulteriores del "hijo" alado
de Incitant y concluye en la apertura hacia una ontogenia en cuyo origen los
pájaros habían iniciado la vida humana.
No se sabe si esa fábula influyó o no en el religioso Lucilio Vanni, quien
apenas vivió 35 años. Pero se conoce su historia de sabio inconformista
dedicado a los estudios esotéricos. Fue el autor de una hipótesis demoledora
según la cual el semen de los peces podía engendrar seres dotados de
inteligencia, El primer hombre habría sido el producto del líquido espermático
derramado por un pájaro divino, llegado de otro mundo. La respuesta de los
Tribunales Inquisitoriales advino rápidamente. Lucilio Vanni fue encarcelado y
condenado a muerte en el patíbulo. Lo ejecutaron en Tolosa, en 1619,
arrancándole la lengua con una tenaza y estrangulándolo a continuación para
que nunca más pensara ni repitiera esa "tremenda herejía".
Un siglo después, en 1748, se publicó el Telliamed, de Benoit de Maillet, que
vivió entre 1656 y 1738. El libro había sido escrito en 1724. Pero el autor que
conocía a sus contemporáneos y sabía cuál era la dimensión asombrosa de
sus teorías, prefirió el anonimato al enfrentamiento de la ira. La tesis que
desarrollaba tenía conexiones con la leyenda y las ideas del religioso
cercenado y estrangulado en Tolosa. El también afirmaba en el Telliamed que
en el origen de la vida los peces voladores habían engendrado a los pájaros.
No reconocía ningún poder divino. Sólo el poder del semen de los peces, caído
en una tierra virgen donde ya se habían, dado todas las posibilidades de la
germinación. No sabemos qué habría sucedido si Benoit de Maillet hubiera
sobrevivido a la publicación de su libro. Los sabios del siglo xx lo habrían
recibido con una sonrisa, Pero esto no le quita ninguna importancia. La historia
de la ciencia es la historia de la libertad de pensamiento.
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JEKYLL Y JACK EL DESTRIPADOR
1. La serie sangrienta
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El 6 de agosto de 1888 comienza la historia criminal más desconcertante del
Londres de fin de siglo. Es una historia con su ciudad de maldita: el distrito de
Whitechapel, con sus calles obscuras, sus casas miserables, sus prostitutas, el
hampa agazapada, a la espera del primer desconocido. Transitar entonces por
Whitechapel era aventurarse en la ciudad de Dite, descrita en el Infierno del
Alighieri. Sólo tenían cabida el azar y los impulsos demoníacos.
Ese día, 6 de agosto, alguien, no importa quien, descubre el cadáver de una
mujer que todos conocían en Whitechapel. Era una prostituta, Emma Smith,
que solía recorrer sus callejuelas tenebrosas adivinando miradas. Estaba
degollada de oreja a oreja, y su vientre seccionado verticalmente desde el
ombligo hacia abajo. Al lado de ella, de sus trenzas revueltas, sobre el
pavimento de la maldita callejuela, se hallaban los intestinos, manoseados y
dispuestos como un símbolo sinusoidal. Detrás de este dibujo macabro
aparecían unas huellas de sangre que se perdían en una acequia. Ahora
hubiéramos dicho que un ser incorpóreo, fantasmal, había cometido un crimen
para desaparecer en el líquido turbio de una ciénaga que comunicaba con el
más allá. El criminal se había diluido como si la acequia lo hubiera devorado.
Examinado el cadáver por la policía, se advirtió en seguida que le faltaba una
oreja. Se pensó por un instante que podía tratarse de una muerte por libídine
seguida de antropofagia. Krafft-Ebing ya la había descrito en su Psychopathia
sexualis (c. VIII). Pero no se trataba de esto, porque al día siguiente, entre la
correspondencia anónima del correo, apareció una cajita con destino a
Scotland Yard. En el interior de ella, envuelta en papel de seda, el criminal
había colocado la oreja que le faltaba al cadáver de la Smith. Asesinato y
desafío que comenzó a inquietar a todo Londres. Las características del hecho
probaban ya que el desconocido manejaba el bisturí y tenía excesivos
conocimientos de anatomía. Probaba, inclusive, que una vez degollada y
destripada la víctima, el asesino se había recreado con los intestinos hasta
disponerlos sobre el pavimento como si buscara un ordenamiento determinado.
Por último, con el envío de la oreja a Scotland Yard, habría que pensar en un
humorista macabro. (Probablemente es el padre de ese humor negro que luego
exaltarían los surrealistas encabezados por André Bretón).
El envío de la oreja, por otra parte, incluía un desafío a continuar. El reto de
las tinieblas contra la policía.
El segundo crimen acaeció en el mismo mes: el 31 de agosto de 1888. La
víctima fue Martha Traban, una prostituta de 35 años, de larga cabellera rubia y
ojos azules. Degollada y destripada. Y también en Whitechapel, a poco trecho
del lugar en que había sucumbido la Smith. Pero esta vez los intestinos no
habían sido ordenados simbólicamente. Estaban desparramados. Tampoco
faltaba una oreja. El desconocido había extirpado un riñon como si hubiera
trabajado sobre una mesa de operaciones.
Londres comenzó a temblar. Las puertas y ventanas comenzaron a cerrarse
muy temprano. Las calles se volvieron solitarias. Alguna vez, en la neblina
densa y deletérea sólo se oía el ritmo de unos cascos que avanzaban hacia el
misterio. Después se supo de la humorada macabra del asesino. De la
reiteración obsesiva. Éste había enviado el riñon a la policía en otra cajita
similar a la primera. Scotland Yard quedó escarnecida. Todo Londres se
convirtió en una protesta contra su imbatible cuerpo de seguridad. Conan
Doyle, que un año antes había creado a Sherlock Holmes en su A Study in
Scarlei (1887), sintió lástima por los investigadores de Londres.
El 8 de setiembre se reanudó la serie sangrienta. La víctima, otra muchacha
que vendía su cuerpo al primero que pasara, se llamaba Mary Anne Nichols.
Murió de la misma manera que las anteriores, con las vísceras sobre el suelo o
estampadas sobre las viejas paredes de Whitechapel. Pero hora aconteció una
variante totalmente nueva. El asesino se retiró con una parte de las vísceras.
Posiblemente para conservarla y recrearse con su contemplación, como lo
hicieron mucho antes, en la historia del crimen, Gilles de Rays y el Asesino de
la Medianoche que aterrorizaba en Notting Hill. O bien aquel otro que se llamó
Vicenzo Vernezi, tan estudiado por Lombroso (L'huomo delinquenti, II, 168 y
ss.), el cual se llevaba la ropa y las vísceras de la víctima para palparlas
secretamente.
La cuarta prostituta asesinada fue hallada el 30 de setiembre en Hamburry
Street. Se llamaba Annie Chapmann, acaso un nombre falso para ocultar la
miseria y el delito. Y a ésta también le faltaba un riñon que tampoco fue a
Scotland Yard. El asesino se había vuelto coleccionista (un coleccionista
infernal para otros demonios del más allá). O bien se había desayunado con
esa parte del cuerpo humano. Es una hipótesis posiblemente humorística que
hubiera entusiasmado a Thomas de Quincey cuya definición del delito (On
murder considered as one of the fine arts, I, II) no deja de tener una idea
obsesiva sobre la importancia de la bolsa como instrumento para la
conservación y el desayuno. Y como hipótesis no era una mera suposición,
sino algo terminante, incuestionable. El asesino había cometido el crimen entre
la medianoche y la madrugada. La antropofagia pudo haber sido estimulada
por la hora, en un amanecer neblinoso, lleno de signos imprevisibles. Ahora, sin
embargo, hay un hecho insólito. Sobre la pared, a poco trecho del cadáver,
escrito con tiza (la letra es impecable), hay un mensaje que incluye un desafío
a todas las policías del mundo:
Esta es la cuarta y mataré muchas más antes de
desaparecer.
Jack the Ripper
El asesino, insistiendo en su desafío a Scotland Yard se autodenomina para
mayor escarnio. Ahora es sencillamente Jack el Destripador.
Y el Destripador se burla de las reglas. Y también del Comité de Vigilancia,
formado ante la indignación de la reina Victoria y la impotencia del jefe de
policía Sir Charles Warren. En los primeros días de octubre, en una plaza, al
oeste de Whitechapel, da cuenta de la quinta prostituta, Catherin Eddowers.
Ahora, en un nuevo alarde de disección, le extrae los ovarios. (Cien años
después un argentino recluido en Sierra Chica, realizará idéntico trabajo de los
ovarios, "cazando" mujeres en la Pampa). El 9 de octubre, en Berner Street,
siempre al filo de la medianoche, fue hallado el cadáver de Elizabeth Stride. Era
la sexta prostituta. La séptima fue una muchacha de 20 años, asesinada en
Dorset Street 26, en la misma casa en que recibía a su clientela. Se llamaba
Mary Jane Kelly, y tenía fama de mujer hermosa. El Times, en una transcripción
de Alan Hynd (Sleuths, Slayers and Swinclers, 1954) decía:
La infeliz estaba echada de espaldas sobre la cama, totalmente despojada de
sus ropas. Tenía la garganta seccionada de oreja a oreja, pero éstas y la nariz
habían sido arrancadas par el asesino. Lo mismo sucedía con los pechos,
colocados a su vez, en una mesita. El estómago y el abdomen estaban
abiertos. El rostro mutilado, irreconocible en sus rasgos. Los riñones y el
corazón, extirpados y puestos en la. mesita, junto a los pechos. El hígado, también
extirpado, sobre el muslo derecho. El útero había desaparecido. Los
muslos, por último, estaban lastimados. No puede imaginarse una visión más
espantosa.
El asesinato de la Kelly fue el único hecho del monstruo en un lugar cerrado.
Y acaeció cuando el Comité de Vigilancia había reforzado sus cuadros.
Indudablemente, Jack el Destripador seguía puntualmente las reacciones de
sus crímenes. Al advertir que las calles de Londres estaban vigiladas, optó por
cambiar de táctica. Inclusive la que iba a ser su víctima creyó que estaba
protegida esperando a la clientela en su propia casa. Aquí termina o se
interrumpe la historia de Jack el Destripador. Y es aquí donde comienza otra
historia memorable que me propongo relatar.
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2. Las huellas del doctor Jekyll
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Nunca se supo quién había sido Jack the Ripper. Conan Doyle, su
contemporáneo, creador un año antes de Sherlock Holmes, en A Study in
Scarlet (1887), aventuró la posibilidad de su presencia mediante la aplicación
de los estudios dactilares emprendidos por Francis Galton en 1886. (El
argentino Juan Vucetich no había publicado aún su Dactiloscopia comparada,
que data de 1904). Pero nadie siguió sus consejos. Scotland Yard, adherida al
sistema de las fichas antropométricas del criminalista francés Alphonse
Bertillon, perdió definitivamente las huellas del Destripador. Al llegar a Londres
en 1963, una circunstancia imprevista me hizo entrever la identidad del
asesino. Transitaba yo por las calles del Soho cuando de pronto me detuve
ante la vidriera de cierta extraña librería que semejaba el escaparate de un
anticuario Un título borroso sobre fondo amarillo, sin indicación de autor, decía
sencillamente: In Memorian: Jekyll the Ripper. A su izquierda se veía la primera
edición de The strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, de 1886, y a su
derecha las Some college memories (1886), también de Stevenson. Sobre el
primer libro, a una distancia de medio centímetro, había una estatuilla de
madera que representaba, según averigüé después, una deidad demoníaca de
Samoa, lugar en el que Robert Louis Stevenson falleciera a los cuarenta y
cuatro años, como consecuencia de un derrame cerebral.
El título del primer libro (In Memorian: Jekyll the Ripper) me dejó fascinado,
pegado a la vidriera. El apelativo, the Ripper, el Destripador, no correspondía al
doctor Jekyll, el personaje de Stevenson, sino a Jack, el famoso asesino que se
burló de Scotland Yard. Había una confusión deliberada, agravada por la falta
de indicación autoral. Cuando entré por fin, el librero sonrió. Me dijo que el libro
lo había escrito el mismo Stevenson en 1894, año de su muerte en Samoa,
pero sin aditarle su nombre. Posteriormente sus herederos lo declararon
apócrifo. No obstante, él, bibliólogo más que bibliófilo, creía en la paternidad
stevensoniana de la obra. El estilo de ésta y su enfoque sicológico eran similares
a los de El extraño caso del doctor Jekyll y del señor Hyde. No discutí
con el bibliólogo. Adquirí el In Memorian por un precio muy elevado, y compré
también las Some College memories.
Después volví a la habitación del hotel. Me senté junto a la estufa con mi
pipa, una botella de whisky y los libros. Afuera, golpeando la ventana, el viento
más frío de Londres paralizaba todo fervor. Cuando comencé a leer el In
Memorian: Jekyill the Rípper, tuve un estremecimiento premonitorio. Stevenson
había conocido a Jack el Destripador mucho antes de que éste aterrorizara a
Londres. Inclusive había permanecido indiferente cuando Conan Doyle
buscaba una solución por medio de las huellas dactilares. La razón de todo
esto podría estar, sin embargo, en que al publicar El extraño caso del doctor
Jekyll y del señor Hyde, Stevenson ya daba por muerto al doctor Jekyll cuando
en realidad seguía viviendo. El capítulo I del In Memorian: Jekyll the Ripper,
estaba dedicado a la descripción del doctor Jek ("alto, de ojos azules, de fina
sensibilidad") especialista en incisiones anatómicas, según una expresión de la
época. El capítulo II describía los efectos de una droga inventada por éste para
obtener la duplicidad del ser: "Mezcló los elementos. Vio cómo hervían y
humeaban en la copa. Esperó el punto final de la ebullición y bebió la droga.
Entonces sintió dolores desgarradores, como si todo el esqueleto se le
descoyuntara. Tuvo náuseas. Su rostro, en el espejo, comenzó a
ennegrecerse, como si un segundo ser, el yo profundo que llevaba oculto,
pugnara por salir. Luego, aterrorizado, el doctor Jek se contempló distinto. Ya
no era Jek. Era un desconocido con una mirada siniestra, llena de fuego, y un
ímpetu que le recorría por la sangre y lo hacía estremecer. Espantado ante esa
imagen del mal, volvió a tomar la droga y se recuperó en un instante". Pero el
doctor Jek (cap. III) volvió al experimento, y cierta noche, convertido en una
encarnación demoníaca, se lanzó hacia las callejuelas tenebrosas de
Whitechapel, iluminadas apenas por los languidecientes mecheros de gas. Este
segundo ser, el espíritu del. mal, o Mr. Hyde en El extraño caso . . ., fue
haciéndose más necesario para el doctor Jek. Más imprescindible. Sin
embargo, sus fechorías estaban signadas extrañamente por cierta tendencia a
eliminar el mal en los otros, algo así como si la parte buena de Jek se lo
impusiera en el desdoblamiento de la personalidad.
En Whitechapel, donde el doctor Jek se hacía pasar por Jekyll (In Mem., IV y
VII), asesinó a dos prostitutas, una de las cuales ejercía de proxeneta entre los
burgueses adinerados. Y en ambos casos las víctimas presentaron la misma
incisión en el vientre: un tajo desde el ombligo hacia abajo, en una línea
vertical, casi perfecta, y los intestinos dispuestos en un símbolo sinusoidal. Stevenson
(o el supuesto Stevenson) no decía que también estuvieran degolladas
de oreja a oreja. Pero no había duda de que Jek era ya el que luego habría de
llamarse Jack el Destripador, modificando el Jek en Jack. Lo más arbitrario y
obscuro de esta historia, es que la policía no investigó los hechos. Jamás supo
de nadie que se llamara Jekyll the Ripper. Sólo hay una referencia perdida en
capítulo VIL un abogado de nombre Patterson (Utterson en El extraño caso ...)
se dedicó a investigar por su cuenta la historia del doctor Jek en el barrio del
Soho, a mucha distancia de Whitechapel.
La botella de whisky estaba ya por la mitad y el viento seguía arremetiendo
contra el vidrio. Los relojes borraban la noche de Londres. Cuando dejé el In
Memoriam: Jekyll the Ripper, pensé que todo estaba claro. Jek, convertido en
Jekyll el Destripador, segundo Yo obtenido por retroversión de la personalidad,
proceso esquizofrénico no muy estudiado entonces, era el mismo que luego
habría de volver a su estructura demoníaca en el Londres de 1888. Pero ya no
sería Jekyll el Destripador sino Jack el Destripador. En El extraño caso del
doctor Jekyll y del señor Hyde, la segunda persona, el segundo Yo, habría de
llamarse Hyde. Stevenson, indudablemente, tenía interés en ocultar la
verdadera identidad del sujeto para convertirlo en personaje de su novela. No
hubo mala fe. Incluso, cuando pudo haber aclarado los asesinatos de Jack el
Destripador, ya estaba en camino de Samoa, en donde se recluyó hacia 1889,
en el instante en que todavía parecía seguir actuando el asesino. Otra hipótesis
que no deriva de la lectura del In Memoriam, es la de que el doctor Jek y Jack
el Destripador eran expertos en el manejo del bisturí. Utilizaban el mismo
procedimiento para las incisiones y desparramaban las vísceras formando
extrañas figuras. Además, el título completo de la obra In Memoriam: Jekyll the
Ripper, anunciaba implícitamente que se trataba de la misma persona. Pero,
¿por qué fue escrita en 1894 y no antes? Creo sin lugar a dudas, que el
sentimiento de culpabilidad llevó a Stevenson a confesar tardíamente una
realidad que antes había callado o había visto como posibilidad creadora. Y
para que nada se le imputara, negó inclusive la paternidad de la obra. Porque
al negarla quedaba a cubierto de toda sospecha, pero con la tranquilidad, para
su conciencia, de haberse confesado.
Para mayor confusión, en las Some College Memories había una frase según
la cual Stevenson estaría dispuesto a modificar la realidad. ¿Tendría esto algo
que ver con la historia de Jek-Jekyll-Jack? Las memorias y el caso del doctor
Jekyll databan de 1886, y el asesino, dos años antes de aparecer en
Whitechapel, ya se dedicaba a iguales víctimas que las enumeradas por
Scotland Yard en 1888. La confusión se hizo más acuciante con un tercer
elemento que por lo ridículo he dejado para el final. El bibliólogo del Soho me
mostró un pantalón azul, muy obscuro, que él había adquirido en Portland
Street (a poco trecho de un hotel donde se alojara Mr. Hyde) que tenía dos
iniciales tejidas con el "hilo peculiar" de la época: J.J. Estas iniciales respondían
a la manía del doctor Jek de inicialarse toda su ropa. Cuando le observé por
qué dos veces la inicial del apellido, me respondió: "Un desafío a Scotland Yard
para que descubriera sus crímenes. Jek, como Jekyll en El extraño caso…,
también se llamaba Henry".
Con esa contestación incoherente di por terminada en Londres mi
investigación de Jack el Destripador. Al regresar a Buenos Aires, revisando mi
archivo de crímenes, tuve una evidencia sobre la cual no me atrevo a escribir
todavía. Jack el Destripador, desaparecido de Londres, había muerto en
Buenos Aires, a los 75 años, en un hotel de la calle Leandro N. Alem, frente a la
plaza Mazzini, hoy Roma, una mañana lluviosa de octubre de 1929.
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LOS ÁRBOLES PARLANTES
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Hay árboles que hablan y hay árboles que formulan enigmas. En mi
cuaderno de apuntes tengo algunos ejemplos que probarían esta
monstruosidad. Pierre Desvignes, canciller de Federico II (siglo XIII) acusado
injustamente de traición, fue condenado a perder sus ojos. Sobrevivió al
suplicio. Pero ya en la prisión, golpeó su cabeza contra los muros hasta
quitarse la vida. Con éste hablará el Alighieri en un bosque cuyos árboles eran
las estructuras de los que un día eligieron el suicidio. Metamorfosis de los
violentos contra sí mismos (Inf. 33/ 151). Los que creen que esto es una ficción,
no han podido explicar por qué Charles Sorel en el siglo XVII habló con su
hermano suicida dirigiéndose a un árbol tres días después del fallecimiento.
Este árbol le reveló el secreto del suicida y de la traición que acechaba al
mismo Charles Sorel si no mataba en duelo a su propio padre, casado
incestuosamente con su hermana, y de los cuales descendían ellos.
El duelo se realizó. Pero Charles Sorel fue vencido y murió decapitado. El
padre lo había traicionado denunciándolo a los "cazadores de brujas". Pero al
día siguiente el progenitor fallecía envenenado con arsénico. La madre
incestuosa sobrevivió un año y después murió de cierto "ataque a la sangre"
cuando atravesaba un puente. Nadie pudo descifrar el misterio de estas
muertes imprevisibles. Pero el árbol suicida siguió emitiendo extraños sonidos
hasta que los vecinos de Fontembleau resolvieron prenderle fuego y acabar
con lo que denominaban "el hechizo del siglo".El segundo ejemplo está
extractado de las primeras líneas del Hay Benyocdán (siglo XII) de Abentofail.
Es una cita de Almasudí en la que se habla de un árbol de la India que en vez
de frutos producía mujeres a las que éste llama las niñas del Uac Uac. Los
escoliastas, siguiendo el árabe Albiruní, nos informan, en cambio, de un árbol
que crecía en la isla de Uac Uac, cuyo fruto tomaba la forma de una cabeza de
mujer que se expresaba a través de un grito monosilábico en que repetía su
uac uac. Otra leyenda árabe posterior (siglo XIII) aseguraba que la cabeza era
la Esfinge arbórea que interrogaba sobre el misterio de la vida en la esperanza
de que alguien advirtiera la vacuidad de los instintos. Nadie pudo contestar el
enigma, y el fruto con cabeza de mujer no pudo ser fecundado y se marchitó.
Por la misma fecha, cuando las Abil Leylah wa leyhh (Las mil noches y una
noche) llegaban a su redacción definitiva entre 1475 y 1525 (habían arrancado
del Hezar Efmmeh o Mil cuentos, en el siglo VIII) hallamos, en la historia de
Scheherazada, otro ejemplo de árboles parlantes. Es el relato en el que la vieja
dice a Farizada que su vivienda admirable carecía de tres cosas importantes: el
pájaro que habla, el agua de oro y el árbol que canta. Bachman, hermano de
Farizada, sale en busca de estas tres maravillas, internándose en un sendero
escalofriante, sembrado de piedras y voces amenazadoras, por cuya línea hay
que avanzar sin retroceder para no petrificarse. Cuando halla el árbol que canta
confirma lo que la vieja le había dicho a Farizada. Las hojas del árbol eran
otras tantas voces que producían "armonías incomparables".
El cuarto ejemplo pertenece a la ciencia-ficción. Alguna vez lo he
mencionado al referirme a los sueños interplanetarios. Lo vivió en la
imaginación Cyrano de Bergerac al escribir Les voyages aux États de la Lune
et du Soleil (1643). La obra fue escrita cuando éste tenía veintitrés años y
ningún rival que pudiera oponérsele a lo que él llamaba la hoja centelleante al
aludir a su espada. Describió sus viajes oníricos a la Luna y el Sol. Describió el
primer solnizaje del hombre demostrando que el Sol estaba poblado de
manchas donde era posible detenerse sin temor al fuego. Pero advirtió que en
ese astro existía algo así como la memoria del mundo que se manifestaba a
través de estructuras arbóreas inverosímiles cuya voz era semejante a la del
hombre. Cyrano, lleno de asombro, midiendo su propia finitud, habló con ellos.
Dialogó sobre el misterio que persigue al hombre. Formuló preguntas y obtuvo
las respuestas. Pensó posiblemente que el ser humano era un árbol parlante
que en vez de crecer y morir en profundidad, crecía y se perdía en las alturas.
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LOS CASOS CRIMINALES DEL JUEZ TI
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Un manuscrito anónimo del siglo XVIII reveló la existencia de Ti Yent-Tsie, el
juez Ti, como se le dice para abreviar, ministro y hombre singular de la dinastía
Tang en el siglo VII. Este manuscrito relata tres casos criminales en los que
aquél había intervenido cuando ejercía la magistratura y desempeñaba
simultáneamente funciones policiales. Son los que luego le servirán de base al
holandés Robert Van Gulik para escribir su Fantoom in Foe-Lai (1959). En la
primera de estas historias (El caso del juez asesinado) el juez Ti debe intervenir
en la muerte por veneno de Huang Te-Hwa, jefe de distrito en Foe-Lai, cuyo
cuerpo es hallado en su biblioteca. El hecho acontece en Foe-Lai, lugar que
desde la más remota antigüedad es perturbado por vampiros que se convierten
en hombres-tigres, los cuales encarnan en las víctimas después de
asesinadas.
El juez Ti, estudia minuciosamente el lugar del hecho. Interroga a los que
estuvieron en contacto con la víctima. Conversa con sus ayudantes. Los
acontecimientos siguen la línea del tiempo, como en los mejores relatos
occidentales. De pronto aparece el fantasma del magistrado asesinado. Hung
interpreta la aparición: "Es el juez que no hallará descanso hasta que la ley no
dé con el homicida. Los muertos suelen aparecer en la proximidad de sus
cadáveres en tanto éstos no se hallen en avanzado estado de
descomposición". El fantasma de Huang Te-Hwa aparece dos veces. Ti
reconstruye una de estas apariciones en la esperanza de interpretar algún
mensaje de la víctima. Se anticipa a Shakespeare en un procedimiento similar,
cuando Hamlet acude ante el fantasma de su padre, asesinado por el hermano
para heredar el trono de Dinamarca (Hamlet, I, 4). Después investiga sus libros,
sus notas, la manera en que tomaba o realizaba la ceremonia del té antes de
caer fulminado por el veneno. Su trabajo es tranquilo, sin pausas. Sabe que al
fin va a descubrir al asesino, al que puso el tósigo en la infusión.
Entre el modo de investigar del juez Ti y el ideado por Edgar Allan Poe (The
Murders in the Rué Morgue, 1841) al echar las bases científicas del relato
policíaco, no hay ninguna diferencia. O al menos existe una: la introducción,
por parte del juez chino, de un elemento fantástico, como es la aparición del
fantasma de Huang Te-Hwa, cuyas posibilidades escapan al autor por falta de
pericia en la narración. En todo caso, la instancia fantástica no es decisiva en la
investigación.
Los relatos del juez Ti ya circulaban en Europa en el siglo pasado.
Correspondería a los chinos la paternidad del moderno relato policíaco, tal
como después lo estructuró Poe en Occidente. Lo que no sabemos es si éste
conocía las historias criminales del juez Ti. La hipótesis es fascinante.
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SUEÑOS INTERPLANETARIOS
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Dos sueños interplanetarios preceden al Somnium (1634) de Kepler. El
primero fue el del aventurero Claudius Veronesis del siglo X. Soñó que se
elevaba hacia la Luna donde unos monstruos alados lo colgaban de otra Luna
más pequeña que a su vez quedaba suspendida diabólicamente en el vacío,
como sostenida por un hilo invisible. Recuérdese la cita de Verne sobre la
Luna: "Simplicio la creyó inmóvil y colgada de una bóveda de cristal" (De la
terre á la Lune, 5). El segundo sueño está contenido en un documento fraguado
del siglo XIII que tomó el título del libro imperecedero que un siglo antes
había escrito Abentotail: Hay Benyocdán (el viviente hijo del que vigila). El
protagonista, metido en una esfera transparente y luminosa, aluniza en la
superficie fantasmal del satélite y salta luego, dentro de la misma esfera, al
planeta Marte. Aquí, unos monstruos alados rompen la envoltura luminosa. El
protagonista despierta cuando lo van a devorar. Inferencia: no llegar más allá
del misterio. Se repite el simbolismo de Luciano de Samosata.
El tercer sueño interplanetario es el del inmortal Johann Kepler cuya madre
fue sometida a proceso de brujería en Württemberg, en 1620. Está expresado
en el Somnium (1634), en cuya obra, tomando el nombre de Duracotus, se
presenta como hijo de pescadores. Su madre, a la que llamará Fiolxhilda, era
una bruja que solía vender bolsitas mágicas a los marinos. Un día Duracotus,
insuflado por el misterio, abre una de estas bolsitas. La madre, para castigarlo,
lo entrega al marino a quien iba destinada la bolsita. Éste lo lleva al astrónomo
Tycho Brahe, quien lo introduce en el enigma de las estrellas y los epiciclos de
los planetas. Cuando regresa a su casa, después de muchos años, Fiolxhilda le
revela que en la luna (Levania en el sueño) donde vive su maestro aéreo, los
espíritus pasan a la Tierra (es decir a Volva) a través de un puente de sombras
proyectado por nuestro planeta. La Tierra se coloca entre la Luna y el Sol y se
produce el eclipse. Duracotus, valiéndose de los espíritus, cruza el puente de
sombras. Pero toma algunas precauciones porque sabe que en esas alturas
falta el aire y es necesario administrarse un soporífero. Y llega así a la
intersección en que se equilibran las fuerzas de atracción lunar y terrestre.
Duracotus, entonces, experimenta un efecto inusitado: los miembros se le
contraen. Se le pliegan al cuerpo. Y comienza el descenso a la Luna. Moore
(Science and fiction, 2), comentando este fenómeno dice: "Más claro imposible.
Kepler nos está hablando de la fuerza de gravedad". Y yo agrego: el
descubridor de las leyes del movimiento de los planetas elabora las primeras
hipótesis del hombre en el espacio orbital. Ya en la Luna, Duracotus observará
que sus habitantes, los endimionitas (no olvidemos que la Luna de Luciano
estaba gobernada por Endimión), llevan algo así como aletas, con excepción
de los que tienen forma de serpiente. Algunos se arrastran en "cuatro patas".
No caminan erectos. Se protegen con gruesas pieles contra el frío. El Somnium
de Johann Kepler es, acaso, el sueño de la humanidad.

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LA MÁQUINA-POETA DE JENÓCRATES
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El hombre quiso sobrevolarse, elevarse por encima de su dimensión. Sintió,
posiblemente, esta necesidad el día en que miró hacia las estrellas para
entrever su propia imagen en los mundos desconocidos, inalcanzables. Observó
su luz y vio, asimismo, la blancura de la Luna donde ya transitaban los
seres espectrales. El hombre quiso entonces emular a los dioses, y comenzó
por lo más sencillo, por los instrumentos mecánicos. Mediante ellos, dotándolos
de poderes extraordinarios, estaría preparado para alcanzar las cimas de la
creación. Estos instrumentos le conducirían por las rutas de lo desconocido.
Es posible que una filosofía similar haya preocupado a Jenócrates de Efeso
en el siglo iv a. de J. C, Era un hombre distraído, cuyos datos se han perdido.
La única referencia intelectual que se tiene de él, está contenida en un
documento del siglo ni de nuestra era, que algunos consideran una fabulación.
Y esta referencia dejaba constancia de un Tratado hiperbólico (The Hyperbolical
book, en inglés, posiblemente un título aproximado) que también se
perdió. Lo que se sabe, en cambio, es que sus contemporáneos lo acusaron de
misántropo porque rehuía el trato con los demás. Aseguraban que vivía solo y
dejaba transcurrir los días monologando de modo insólito. Otros
contemporáneos fueron más crueles con él. Afirmaron que en su casa se
refugiaba un daimón con el cual tenía trato cotidiano. Este daimón rugía todas
las noches, cuando las estrellas accedían al misterio y nadie se atrevía a
desafiar los signos invisibles. Un día, Jenócrates de Efeso fue citado al
Areópago a fin de que diera cuenta de su conducta y se defendiera de las
acusaciones de impiedad que se le formulaban. Entonces Jenócrates negó que
tuviera trato con los seres demoníacos. Dijo que su casa estaba abierta a todos
los ciudadanos de Atenas, donde se dedicaba al estudio de los astros y a la
fabricación de una máquina en cuya virtud habría de sustituir la facultad de los
filósofos y poetas para elaborar hexámetros. Nadie entendió estas palabras.
Los poetas y los filósofos escribían sus obras en hexámetros. Pero que lo
hiciera una máquina, ya era algo así como una herejía, un acto de
insubordinación a las leyes causales del orden natural. Es posible que los
jueces se miraran entre sí y hasta creyeran en el daimón que había imaginado
la maledicencia. Pero se limitaron a pedir una descripción del extraño mecanismo,
en la seguridad de que Jenócrates se condenaría por sí mismo. Los
juristas, según Leclercq (Les lois diaboliques, I, 77), dirían después
injustamente que nadie puede alegar su propia torpeza (nemini licet alegare
turpitudinem), pero que el investigador puede valerse de ella.
La máquina de Jenócrates era sencilla. Se supone que estaba dispuesta de
un teclado con distintos fonemas agrupados por familias. Lo que no se sabe
estrictamente es cómo funcionaba, o de qué manera se imprimían los fonemas
para obtener un verso en la medida del hexámetro. La historia de Jenócrates la
borró el tiempo, a tal punto que hasta se ignora cuál fue la conducta de los
jueces del Areópago ante sus afirmaciones. Pero hay algo imperecedero en
esa vida. Y es que el hombre que compareció acusado de misantropía, había
inventado la primera máquina de poetizar para hablar con el hombre
mecánicamente.
Sin embargo, por la misma época en que Jenócrates es llevado al Areópago,
otro obscuro ciudadano de Atenas, es condenado porque en su casa se oían
voces desagradables "dictadas por un daimón". Anthony Walsh, en su libro
hermético, The Last Serpent, del siglo XVIII, supuso que este desconocido era
Jenócrates de Efeso. El enigma no ha sido resuelto aún. Y nadie puede afirmar
con fundamento científico que el primer inventor de la máquina de poetizar sea
otro que en realidad se dedicaba a la magia. Para nosotros, Jenócrates de
Efeso merece el respeto de los grandes precursores que pusieron al hombre en
el camino de las estrellas.
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LA SERIE DEL TIEMPO
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El Tiempo se sueña a sí mismo y se ve a través del soñante. El soñante,
entonces, que sólo está hecho de tiempo, viéndose a sí mismo en un
movimiento hacia el futuro, ve lo que ha de acaecer en ese futuro. No es esto lo
que pensó John William Dunne en su An Experiment with Time (1927), que
luego ratificó en The Serial Universe (1934). Para explicarlo, sin embargo,
convendría recordar algunos sueños cuya precognición sigue siendo un enigma
no aclarado todavía.
Sabemos cómo muere el mago de The Mugirían (1530): sentado en el suelo
y de espaldas a un muro. Pero no sabemos qué trámite sigue su trayectoria
onírica. Voy a referirlo en pocas líneas. El mago oye en el sueño algunas voces
acusadoras que lo amenazan de muerte. Se halla de pronto en un páramo que
está sembrado de un número asfixiante de sepulturas. Una de éstas es la suya
propia, y se acerca a ella para ver su propio cadáver, pensando (es posible)
que pudiera resucitarlo. Lo toca, lleno de angustia, le abre los ojos y lo mira
fijamente. Los ojos del cadáver reproducen los suyos. Pero al soltar sus
párpados el cadáver sigue incólume. Se niega a despertar y aun pareciera que
se pone más rígido, más frío en ese páramo lleno de tumbas. El mago,
entonces, con espanto incontenible, huye por el espacio, se introduce en una
"zona curva" del Tiempo. Después, lo hallarán, sin vida contra un muro. El
mago había "visto" su muerte en el sueño un instante antes de morir. El
proceso de precognición se repite en el sueño de Ed Samson, relatado por
Frank Edwards en su Stranger than Science (1959). Ed Samson era un
periodista del Globe, de Boston, en 1883. Cierto día despierta repentinamente
(estaba solo en la redacción del diario), toma papel y lápiz, y escribe, casi febril,
lo que había visto en el sueño. Describe el hundimiento de la isla "Pralape" en
las proximidades de Java, la destrucción de vidas y embarcaciones, el efecto
devorador de las aguas, ni más atemperado ni más fuerte que aquellas otras
que arrasaron la Atlántida. Terminado el trabajo, Ed Samson pone las cuartillas
en un sobre, en el que traza la palabra Importante. Se va. Pero al día siguiente,
hallada la crónica, el jefe de redacción se deja impresionar por el relato y
creyéndolo "verdadero", lo pasa a la Associated Press, la cual, lo transmite a
todas sus agencias (29 de agosto de 1883). A los pocos días, cuando se
descubre que era un sueño y no un "acontecimiento", comienzan a llegar las
noticias de una tragedia irreparable. Krakatoa, isla del Estrecho de Sonda, se
hundía definitivamente el día 29. Después se averiguó que "Pralape", en el
sueño de Ed Samson, era el nombre primitivo de Krakatoa. Supongo que el
Globe, confirmados cada uno de los hechos descriptos en el sueño, asignó un
papel importante a ese periodista que solía dormitar en su mesa de trabajo
después de unos tragos de whisky.
En An Experiment with Time, Dunne nos relata un sueño suyo, muy parecido
al de Ed Samson. Vislumbra la erupción del Mont Pelie, en la Martinica,
algunos detalles escalofriantes y hasta el número de víctimas que en el sueño
llegan a 4.000. Poco después (el 8 de mayo de 1902) estalla el volcán y se
repiten todos los detalles de la visión. Sólo hubo de corregirse el número de los
que perecieron en la tragedia. Fueron 40.000 y no 4.000. Posiblemente se
deslizó una equivocación o un olvido. (La conciencia del soñante tiende
siempre a borrar la precognición onírica). Pero este detalle no tiene
importancia. La premonición coincidió con la parte principal, casi absoluta, de la
tragedia.
Dunne estudió el mecanismo precognoscitivo. Si el Tiempo se mueve,
imaginó que debe haber otro tiempo para obtener la medición de ese
movimiento-tiempo. Intentar esta medición, significa tener un tiempo 2. Pero el
Tiempo 2 se mueve a su vez y requiere otro Tiempo para medir el tiempo de
ese movimiento. Esto nos lleva al Tiempo 3, y así sucesivamente. Para llegar a
esta concepción del tiempo serial (la serie del tiempo, diría yo), es
imprescindible un observador imaginario que en el sueño se convierte en algo
concreto (el soñante), el cual puede observar, como Observador 2, lo que el
Observador 1 está realizando en el futuro del Tiempo 1 que está en
movimiento. La precognición se explica, por lo tanto, como un mecanismo en el
que el observador se coloca en la serie del tiempo para ver el futuro siguiendo
el movimiento del Tiempo. Pero yo digo que el Tiempo se sueña a sí mismo y
se ve per se ipsum porque estamos hechos de tiempo. Y somos tiempo en
movimiento que se proyecta hacia el futuro (o hacia el pasado). Cuando
soñamos nos sumergimos, pues, en ese movimiento y vemos el acontecer que
se desplaza hacia adelante o hacia atrás. Recordemos el pensamiento de
Shakespeare: "Estamos hechos de la sustancia de que están tejidos los
sueños" (The Tempest, IV, 1, 156-158). Es decir, somos Tiempo y participamos
del tejido de los sueños, que sólo son tiempos singulares en la serie del Tiempo
que nos toca vivir. Luego, el soñante se ve a sí mismo cuando desconectado
de sus tres dimensiones cae en la cuarta dimensión que es el tiempo vivo en
movimiento.
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EL DIENTE DE BUDA
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Cautivo en Génova, Marco Polo dictó a Rustichello de Pisa, compañero de
celda, su Líber Milionis. Éste lo escribió en un francés no muy elegante, entre
1296 y 1299. El cautiverio y el libro, después advino la libertad, se concretaron
en tres años. Pero las aventuras de Marco Polo sólo circularon en copias
imperfectas. Se calculan en ciento veinte manuscritos disímiles en distintos
idiomas los que entonces se tuvieron por auténticos. El libro finalmente, y más
o menos completo, fue publicado por Ramusio en 1559. En uno de sus capítulos,
Marco Polo, enviado especial de Kublai Khan en la isla de Ceilán, adquiere
para éste, en 1284, mediante el pago de una suma fabulosa, el diente de Buda
a quien se veneraba con los nombres de Sergamoni Borchan y Sakia-Muni.
Pero la venta resultó fraudulenta. Los sacerdotes de la pagoda donde se
custodiaba el hueso sagrado, habían entregado a Marco Polo, un colmillo de
elefante.
Rustichello de Pisa, que era un obscuro novelista, y redactor de los episodios
de la Mesa Redonda, pero un hombre de ingenio, festejó la superchería y
volvió a describir el fraude imaginando el final y la ira de Kublai Khan. Según
Rustichello, el Khan mandó, con posterioridad a Marco Polo, cuatro embajadas
sucesivas para adquirir el famoso diente de Buda que "brillaba en 3a Gran
Pagoda de Ceilán". Las cuatro comitivas regresaron, también "sucesivamente",
con cuatro dientes distintos, pero esta vez de ser humano, "a razón de un
colmillo por vez", de manera que con el colmillo de elefante eran cinco los
colmillos adquiridos cuando, en realidad, un ser humano sólo poseía cuatro
dientes de esta clase.
Enfurecido, el Khan fue a la isla y reprochó el fraude al Gran Sacerdote. Éste
lo dejó hablar y le respondió con la siguiente reflexión: "Él hombre tiene treinta
y dos dientes, entre los cuales se destacan sus cuatro colmillos. Pero como
Buda se reencarnó cuatro Veces, tuvo cuatro dentaduras sucesivas. De ahí los
cuatro colmillos que hemos entregado a tus embajadores, uno por cada vida de
Buda". Kublai Khan preguntó: "Pero ... ¿Y el colmillo de elefante que vendieron
a Marco Polo?". "Es muy sencillo –dijo el Gran sacerdote–. En. una de sus
vidas anteriores, antes de las cuatro reencarnaciones humanas, Buda, que era
un animal (el Gran Sacerdote se hincó y miró al cielo), combatió con un
elefante y luego se durmió. Cuando despertó, advirtió que en el lugar donde le
faltaba uno de sus dientes, tenía ahora el colmillo del elefante. Era la prueba de
su victoria." El Gran Sacerdote acometió sus últimas palabras con una sonrisa.
Kublai Khan también sonrió. Pero antes de que los demás sacerdotes y los
miembros de la comitiva sonrieran a su vez, desenvainó un chuzo de medio
metro y atravesó por el ombligo al Gran Sacerdote. "Este chuzo –expresó el
Khan– es la gran dentellada con el colmillo del elefante que Buda te envía por
mí intermedio para festejar tu ingenio."
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DESDE LA OBSCURIDAD
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–Se acercan.
La frase se propagó como un flujo de electrones. El primer hombre hubiera
tenido ya dos mil años. El segundo, mil. El tercero que la pronunció, apenas si
fue escuchado.
Dos puntas galácticas, lechosas, avanzaban. Hacía más de dos mil años que
se movían y desaparecían, y luego volvían de la obscuridad.
Se acostumbraron. El cosmos era un instrumental preciso, de relojería, un
mecanismo perfecto, demoníaco. El choque jamás se produciría. Sobre esta
idea el hombre había elaborado toda su ciencia.
A los que veían algo más que dos puntas galácticas se les consideraba
enfermos. El planeta era una esfera. Se lo podía recorrer en un instante. Las
estrellas no dejarían de brillar desde el otro lado, en esa misma zona obscura
en que aparecían y desaparecían las puntas galácticas.
Los hombres se movían imperturbables. Que unos murieran y otros nacieran,
significaba muy poco en la Tierra. Los cementerios tenían menos posibilidades
de existencia que las nurserys. Pero de este lado se alzaba el amor, se
construían ciudades y nuevos seres poblaban la superficie. Del otro lado, las
guerras parían monstruos, proyectaban una gangrena que erosionaba la
certeza terrestre. De pronto sentían un temblor, un extraño choque
subterráneo. "Es un terremoto cuyo epicentro está en NN". Los que se atrevían
a contradecir esa verificación científica, pasaban a categoría de alienados.
Un día Sussy se desnudó y esperó a Roberto. Un espejo sobre el lateral
izquierdo proyectaba su imagen hacia otro espejo en frente del cual éste
trabajaba tecleando en su máquina de escribir. Roberto miró la desnudez de
Sussy y se levantó para cruzar las habitaciones. En ese instante oyó un
susurro, una voz cautelosa que se acercaba al cuerpo de Sussy. Extrañas
ideas le sacudieron la sangre. Había llegado el momento de medir su lealtad.
Aseguró la puerta y miró detenidamente el espejo para descubrir al invasor. La
voz seguía susurrando y el cuerpo de Sussy, en reposo un minuto antes,
comenzaba a retorcerse sobre el lecho. Temblando, Roberto corrió a la
habitación de su mujer y observó que ante su presencia ella comenzaba a
recuperar el equilibrio.
La habitación estaba intacta, con sus puertas y ventanas cerradas
herméticamente. No siendo ellos dos, nadie había entrado, nadie había llegado
al lecho de Sussy. Pero Roberto también había observado que al aproximarse a
Sussy el susurro se apagaba lentamente mientras ella se recuperaba.
–Sentí como un fuego –dijo Sussy–. Atravesó el vidrio. Fue una mancha que
me envolvía.
Roberto abrió la ventana sobre la avenida. La noche estaba obscura, cruzada
por las constelaciones. La cerró. –Se acercan –murmuró.
Mil años después, en otra escena similar, con otra Sussy y otro Roberto, se
repitieron los mismos hechos. Y Roberto pensó: "Los ángeles tuvieron
comercio carnal con las mujeres." Y subrayó el versículo 2 del capítulo VI del
Génesis: "Viendo los hijos de Dios la hermosura de las hijas de los hombres,
tomaron de entre todas ellas por mujeres las que más les agradaron." Lo
mismo hizo con el 4: "En aquel tiempo había gigantes sobre la Tierra; porque
después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres y ellas
concibieron, salieron a luz estos valientes de la antigüedad que fueron varones
de nombre." Luego anotó: "Estoy seguro. Son los Grandes Antiguos de
Lowecraft (Ai the Mountaines of Madness, cap. VII)."
En otro avatar, Roberto abrió la ventana y miró hacia las estrellas. "Si los
ángeles eran seres asexuados –pensó en voz alta–, no podían tener acceso
carnal con las mujeres. Luego, esos ángeles eran seres extraterrestres."
–Se acercan.
Transcurrieron siete mil años. Los edificios habían crecido como termómetros
hacia las galaxias. Los hombres se desplazaban por el espacio con eyectores
atómicos ajustados a la espalda. Las mujeres, desnudas, se controlaban
mediante píldoras de colores. Cada color significaba una función distinta. Roja
la del amor. Azul la del alimento. Los cementerios también crecían bajo las
luces calcinadas. Las ciudades se sumergían y buscaban espacios
subterráneos. Nadie leía. Nadie sabía nada. Pero tenían una computadora
portátil que les suministraba la sabiduría, la inteligencia de los siglos. (Había
una limitación: los pobres no podían adquirir su computadora. Se hacinaban en
los portones, en frente de los comercios electrónicos, para intercambiar ideas y
detectar noticias lejanas).
Para escribir, Roberto utilizaba una máquina de micro-circuitos. Hablaba y la
voz quedaba inscripta, dibujada en el papel. Un día, sobre la lámina del espejo,
vio el cuerpo desnudo de Sussy, una imagen que se retorcía, Corrió hacia el
dormitorio y abrió la puerta. El susurro no había desaparecido. Se hacía más
intenso. Sussy gritaba. Cuando quiso avanzar giraron los objetos y dos puntas
lechosas, aceradas, penetraron en el edificio.
–¡Se acercan! ¡Se acercan!
Apenas pudo pensarlo. El susurro era tan fuerte como una carcajada. Acaso
fuera una carcajada y no un susurro. Después giró todo, el edificio, las calles,
las estaciones subterráneas. El mundo comenzó a resquebrajarse y las
computadoras enmudecieron. Después se sintió una explosión y el planeta se
hizo añicos. Pero un segundo antes, desde ese mismo susurro (posiblemente
dentro de esa carcajada), alguien dijo:
–Se multiplicaban y se devoraban dentro de una cabecita de alfiler. En siete
millonésimas de segundo pusieron piedra sobre piedra, construyeron ciudades
y otros juguetes microscópicos por donde subían y bajaban. Después
aprendieron a volar. Cuando tuvieron alas y penetraron los secretos de la
materia, se "arrojaron hacia arriba . Entonces apreté con mis dos uñas la
cabecita de alfiler.
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DOS LEYENDAS SOBRE EL TIEMPO
Hipótesis de los siglos VI al XVI
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Kepler (Mysterium cosmographicum, 1586) fue terminante: lo curvo ha de
representarnos a Dios. Esta afirmación, contenida en el capítulo II, es posible
que haya quitado el sueño, cien años después, al mismo Newton, cuando éste
explicaba el concepto absoluto del tiempo en su Philosophiae naturalis principia
mathematica (1687): el tiempo fluye uniformemente, sin relación con nada
externo. Leibniz negó esta connotación por creerla excesivamente metafísica.
Habrá que llegar al relativismo de Einstein para poder hablar de la curvatura del
tiempo, algo así (argumento contrario sensu) como una aproximación a la idea
de lo curvo expresada por Kepler.
Mucho antes, sin embargo, en The Magician (1530), libro sin autor conocido,
se cuenta una leyenda del siglo vi, vinculada a los conceptos de tiempo y
curvatura. Nos describe la vida de un mago que juega con la cuarta dimensión
sin tener conciencia de sus límites. Se ubica en cualquiera de las
"dimensiones", hacia arriba o hacia abajo, hacia el futuro o el pasado. Pero un
día "pierde ¡a receta" (acaso su lucidez mental) y queda inmerso en una zona
curva del Tiempo, de la que nunca más regresará a su mundo cotidiano.
Cuando lo van a buscar, lo hallan sentado en el suelo, de espaldas a un muro,
con una sonrisa aterradora, siniestra. El mago ya está muerto, "perdido en el
tiempo", como dice el exégeta.
Otra leyenda (siglo XIII) nos da una versión distinta del tiempo. Es la de
Johannes Hulm. Acusado éste de una violación que no había cometido, fue
emparedado en el castillo de Bredher. Allí esperó la muerte entre dos muros
donde sólo había un espacio de cincuenta centímetros para mover la cabeza.
El cuerpo, incluidas sus extremidades, quedó inmovilizado. Bredher sabía que
en esa concavidad de cincuenta centímetros, los gritos sofocados de Hulm
harían más penosa su asfixia. Aconteció, sin embargo, que al tercer día,
enterado de la falsa acusación, ordenó derribaran los muros y extrajeran el
cuerpo del ajusticiado para darle sepultura. La orden fue cumplida extremando
las providencias. Cuando echaron abajo la última piedra, Hulm cayó de rodillas,
pero no estaba muerto. Su cabello rubio había encanecido. Su rostro joven
había adquirido las arrugas de la senectud.
En tres días había envejecido treinta años. Breher, aterrorizado, cayó
también de rodillas y formuló el interrogante. Fue una sola palabra: "¿Cómo?".
Hulm le contestó: "Para llegar a la muerte debía recorrer una distancia igual a
un tiempo de treinta años y perecer a los sesenta, puesto que tenía treinta
cuando me condenaste a morir. Pero esa distancia de la juventud a la vejez,
fue acelerada por el suplicio de una asfixia inacabada y la recorrí en tres días.
La siento ya en mi corazón debilitado, y ahora no tengo treinta años sino
sesenta. El tiempo se alarga cuando se vive plenamente, y se contrae en el
vértigo y el suplicio. Pero este tiempo que se alarga y se contrae, no se mide
por la sucesión de los días y las noches, sino por la distancia invisible que se
nos entra por los ojos y la boca."
Acaso la respuesta de Hulm indique un tiempo psicológico, no "material" ni
cronológico. En todo caso es distinto del concepto desarrollado en The
Magician Ambos, sin embargo, plantean una hipótesis sobre la contracción del
tiempo que sólo Einstein habría de resolver científicamente en 1916.
Ouspensky, sin concretar el problema de la recurrencia del tiempo que tanto le
afligía, nos plantea, en la Strange Life of Ivan Osokin (1947), la posibilidad de
un tiempo cuyo ciclo se repite a pesar de un retorno para evitar la caída. Es el
caso del protagonista que en el relato le pide a un mago le haga vivir
nuevamente los 12 últimos años que dejó transcurrir inútilmente. Piensa
reivindicarse y borrar las lagunas que le impidieron vivir plenamente. El mago
se lo concede y le borra la conciencia para que no recuerde el pasado ya
vivido. Pero Iván Osokin, sin advertirlo, incurre en la misma serie de errores ya
cometidos en su vida anterior.
Priestley (Man and Time, 1959) nos recuerda el argumento de The Devil in
Crystal (1944) de Louis Marlow. El protagonista retrocede 21 años en el tiempo,
pero tiene que volver a vivirlos con plena conciencia de que su vida cronológica
se halla ubicada, momentáneamente paralizada en 1943, instante en que
retrocede.
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GILGAMESH Y NEFERKEPTÁH
La muerte es un miedo cíclico que aterroriza al hombre. Acaso la lucha por la
felicidad sea una evasión de este sentimiento. Para obtener su inmortalidad el
hombre ha inventado la guerra y la rebelión contra los dioses, poseedores del
secreto de la materia. Ha convalidado situaciones demoníacas. La impulsión de
Fausto está en la raíz de todas las derrotas.
En el egipcíaco Libro de los muertos (1.550 a. de J.C.) los habitantes de las
tinieblas se dirigen a Toth con estas palabras: No queremos ser borrados ante
tus ojos (c. 175). El concepto es evidente. Quieren vivir aún en la muerte
porque les aterroriza la idea de una nada absoluta. Pero los sumerios,
preocupados por esta inmortalidad, escribieron la Epopeya de Gilgamesh
(2.000 a. de J.C), en la que éste le manifiesta a Enkidu su deseo de alcanzar el
"país de la Vida". Es una idea que le obseda ante las muertes reiteradas del
hombre cuyo "corazón abatido" le señala su insaciable finitud. Pero en el "país
de la Vida" hay también una hierba de la vida inaccesible, oculta en los abismos
del mar de la muerte. Gilgamesh quiere extraerla para salvar a Enkidu que
algún día ha de morir. Piensa que éste y todos los mortales están condenados
de antemano a perecer en una larga, imprevisible enfermedad que se llama
nacimiento. Entonces se arroja a esos abismos que nunca nadie superó, y
después de luchar contra fuerzas desconocidas obtiene la hierba de la vida y
regresa con ella a las orillas del mundo. En ese instante una serpiente le roba
la hierba y huye orno impulsada por un extraño mecanismo. Deja su antigua
piel. Desaparece. Gilgamesh se lamenta. Llora. Comprende que ha perdido la
inmortalidad que buscaba. Los hombres perecerán. Pero a cambio de esa
muerte inalienable, medita sobre el símbolo de la piel que la serpiente le ha
comunicado al despojarse de ella. Ahora sabe que el hombre puede renovarse.
Que puede perder su. envoltura y adquirir otra para rehacerse en su acción.
El deseo de la inmortalidad (y también la primer historia de la ciencia ficción)
está contenida en el papiro de Satni Khamois (siglo ni a. de J.C.). Es el relato
de la rebelión del egipcio Neferkeptáh, escrita por un escriba en la época de
Tolomeo II. Se trata de una historia obscura, modificada en el siglo vi de
nuestra era por dos versiones sucesivas, la segunda de las cuales completa el
esquema primitivo de la leyenda.
Según esa segunda versión, Neferkeptáh, dormido un día a la orilla del Nilo,
es visitado por una "altísima sombra" de formas imprecisas que le dice: "Sé lo
que piensas Neferkeptáh. Pero nunca dejarás de ser un montón de carne
corruptible y perecedera si no te apoderas de un libro escrito por Toth en cuyas
fórmulas mágicas hallarás la inmortalidad." Neferkeptáh quiso responder. Su
lengua era un signo muerto pegado al paladar. Cuando despertó, sudoroso,
jadeante, como si hubiera sido castigado, vio una segunda sombra que se
alejaba hacia el norte por el Nilo. "Esa visión quiere decir, pensó Neferkeptáh,
que el libro de Toth se halla en los confines del mundo." Y a partir de ese día
equipó un barco para combatir contra todos los oleajes. Pero nadie quiso
embarcarse. Temían la maldición de los dioses porque la empresa significaba
un desafío al misterio impenetrable de la vida y la muerte. Entonces
Neferkeptáh creó setenta muñecos, y los ubicó en el barco. Después,
invocando a la "altísima sombra", les infundió movimiento y los dotó de habla.
Fueron los primeros robots de la historia, porque esos muñecos se movían
mecánicamente y tenían una voz metálica y desagradable. La magia de
Neferkeptáh espantó a los egipcios. Pero el barco, impulsado por sus muñecos
humanoides, se lanzó a la conquista de ese lugar secreto en el que se ocultaba
el libro mágico de Toth. Cuando llegaron, Neferkeptáh se sintió más poderoso
que los dioses. Sin embargo, éstos, que habían observado la lucha demoníaca
de aquél, decretaron su muerte y lo borraron de todos los reinos de ultratumba.
Disolvieron su cuerpo y su espíritu como si nunca hubiese tenido un origen. El
deseo de inmortalidad se convirtió en la nada absoluta. Neferkeptáh fue, desde
entonces, el símbolo prometeico de los que buscaron el secreto de la materia
para igualarse a los dioses.
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LA CIUDAD PARASICOLÓGICA PERDIDA
Es posible que la Atlántida haya sido devorada por las aguas, en frente de las
Columnas de Hércules, 9.000 años antes de Solón, según afirma el autor del
Tímeo. O bien, 1.500 años antes de nuestra era, como lo establece Nikolai
Lednev. También es posible que existiera Mu, un continente ubicado en el
Océano Pacífico, contemporáneo de la Atlántida y perdido para siempre en otra
tragedia geológica, similar a la primera. Pero nadie, hasta Edwards Conroy, nos
había hablado de la ciudad de Djibah, en el corazón del África, desaparecida
2.000 años a. de J.C.
Conroy realizó un estudio minucioso. Estableció su grado de civilización, sus
gustos, la posible religión y, especialmente, lo que llama el "índice mental
medio". El libro (The Lost City, 1934) en el que expuso su tesis, es fascinante y
conmovedor. Pero los hombres de ciencia (entonces no se creía en la
parasicología) lo eliminaron del elenco de los libros fundamentales a causa de
la tendencia del autor a adjudicar esa civilización al desarrollo de las facultades
mentales. Los djibehses, decía Conroy, leían el pensamiento y se manejaban
por premoniciones en plena vigilia. Realizaban efectos de levitación y
consideraban que las paredes podían ser traspasadas por un espíritu adicional
que en aquella civilización sustituía al alma de los occidentales. Esto tenía
relación con la hiloclastia. Conocían, asimismo, la ectoplasmia u objetivación
de formas a través de una sustancia producida por ciertos elegidos (los
médiums) en estado de exaltación o trance. En Djibah no había guerras. Todo
pensamiento agresivo era detectado por una conformación específica que
producía malestar a la distancia. Los djibehses interpretaban los estados de
patognación (desviaciones de la mente). Y esto era suficiente para intervenir y
aislar al enfermo. En el amor acontecía algo similar. Si una joven perdía el
sueño o contraía una anemia no condicionada por causas naturales del
organismo, es que alguien se había enamorado de ella, sin habérselo
manifestado. Realizada la denuncia, el Comité de la Familia, según afirma
Conroy, ordenaba una investigación entre los más allegados. El sospechoso no
podía ocultar sus sentimientos. Los integrantes del Comité de la Familia,
mediante la percepción extra sensorial, como admitimos ahora, leía las
intenciones del enamorado, y resolvía el problema obligando al culpable a una
unión inmediata según las costumbres de los djibehses. En esta ciudad perdida
de Djibah, sólo había tres mandamientos en el siguiente orden:
1. No matarás.
2. No robarás.
3. Sólo creerás en la Omnipotencia.

No existían otras normas. La Omnipotencia era un término colectivo que
incluía la divinidad, la sabiduría y el poder. De cada uno de estos conceptos se
desglosaban las distintas categorías en que residían las creencias de los
djibehses. La Omnipotencia, a su vez, encerraba todas las virtudes que ahora
diríamos parasicológicas. Y a mayor creencia en esa Omnipotencia, mayor
dimensión en la plenitud de todos los conceptos incluidos en el siquismo. Pero
lo más notable es que creían en la existencia del tercer ojo, ubicado detrás de
la frente, que el hombre había perdido por una especie de impiedad que
consistía en volverse incrédulo. Para recuperar la visión de este tercer ojo y el
privilegio de leer y ver a la distancia a través de los obstáculos, era
imprescindible el ascetismo, la solidaridad como ejercicio permanente, aun
contra los intereses materiales de uno mismo.
Un día, sin embargo, el fuego devoró a Djibah. Comenzó como una llama
que se expandía circularmente a ras de tierra. Pero esta llama circular generó
otra mucho más grande, suspendida en el aire. Después quedaron unidas y
Djibah quedó inmersa como en un cilindro de fuego que se fue estrechando
hasta desaparecer. Nadie pudo explicarse tan extraño cataclismo. Se pensó, inclusive,
en seres espaciales que se habían abatido sobre Djibah, en xenoides
atraídos por los mismos djibehses, a los que vigilaban desde el espacio orbital
para aniquilarlos. Así pereció esta ciudad, de la cual sólo han quedado diversos
objetos, uno de los cuales ( cierta estatuilla) contiene una estructura similar a la
de las tectitas.
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EL GOLEM
El primer tratado de la kabbala fue escrito entre los siglos VII y VIII. Llevaba
un título irrebatible: Sepher Yetsirá (Libro de la creación). Cinco siglos después,
basándose en la misma revelación (la potencia creadora de la palabra divina)
Yehudá ha-Levy, al escribir el Kitab al huyya wal-dalil fimusr al-din al-dalil
(1135), más conocido por El Kuzarí, repetirá la misma fórmula: la relación entre
palabra y escritura que en la divinidad es una misma cosa, y la relación entre
escritura y obra que en el hombre se convierte en acción creadora. Pero
Yehudá ha-Levy, al exponer su teoría cabalística, agrega una segunda
inferencia: el vínculo entre la palabra y el número. La palabra crea fundada en
una virtud numérica que tiene potencia nominativa, la cual es recibida de la
divinidad. Este principio, contenido en el Génesis (II, 19) fue utilizado por
Yehudá Liva Ben Becalel, también llamado Yehudá Leib y Yehudá Lów, rabino
de Praga, muerto hacía 1609.
Origen de esa meditación del gran rabino fue el Golem, el primer hombre
manufacturado, el cual aterrorizó a Praga en el siglo xvi. Karel Capek aún no
había escrito su R. U. R. (Rossums Universal Robots) (1902) ni había
divulgado la palabra Robot. Tampoco Norbert Wiener había inventado la
cibernética (del griego kubernetes, piloto de barco, arte de pilotear) ni había
imaginado la relación entre Dios y el Golem, tema de uno de sus trabajos
posteriores. Pero el rabino de Praga, frecuentador de la callejuela de los
Alquimistas, cerca de la catedral de San Vito, donde también habría de vivir el
angustiado Kafka, se había anticipado a todos al crear el primer robot que él
llamó Golem por considerar que la arcilla de que lo había formado era una
masa torpe, sin sentido, acaso demoníaca. Y el rabino Lów construyó sus
extremidades, su estatura agigantada. Formó sus ojos y su boca. Pero debajo
del paladar, escrito sobre un papel, puso el nombre numérico, impronunciable:
Yahvé. Y lo dotó de automatismo. El automatismo provenía del nombre
sagrado. Y el Golem se lanzó sobre Praga. Cuando el rabino le retiraba el
papel, el robot descansaba. Quedaba sumido en su vacuidad inacabable.
Pero el Golem era bueno. Aún no había pensado por sí mismo, ni el rabino
había creído que alguna vez este monstruo pudiera rebelarse contra su propio
creador. Le ordenó algunos trabajos. Uno de éstos lo relata Ben Zion Bokser en
su From the World of the Cabbalah The Philosophy of Rabbi Judah Loew of
Fragüe (1963). Perseguían a los judíos inventándoles el asesinato ritual.
Entonces Rabí Lów se acercó al Golem, le introdujo el nombre sagrado, y le
dijo: "Mis hermanos son víctimas de la impiedad. Tú llevas la chispa que yo te
he transmitido. Muchos son los asesinos. Pero tú debes descubrir al principal."
Y el Golem, guiado por el número, por la palabra numérica que yacía bajo su
paladar, se lanzó a las calles de Praga. Y vio a un hombre que introducía el
cadáver de un cristiano en la casa de un judío. "Tú quieres acusarlo de
asesinato ritual", –le dijo el Golem. Luego lo levantó vertiginosamente, como
una brizna, y lo llevó con el cadáver ante las autoridades donde el culpable
confesó su impiedad.
Un día, sin embargo, el Golem cumplió a medias las órdenes de Rabí Low.
La bondad del monstruo se fue modificando. Su naturaleza rígida, automática,
comenzó a rehacerse por sí misma. Los reflejos se generaban en él y no desde
afuera. El rabino advirtió el peligro demoníaco que encerraba esa arcilla que
podía autodeterminarse en cualquier momento. Entonces lo despojó del
nombre numérico, creador, y lo destruyó. Tres siglos después, en una ficción
premonitoria, el monstruo de Mary G. Wollstonecraff Shelley (Frankestein of the
Modern Prometheus, 1817) adquiere conciencia de su artificio y anula a su
propio creador hasta precipitarlo en las tinieblas.
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VILLIERS Y LA EVA MECÁNICA
Felipe Villiers de L'Isle Adam. Un nombre largo en una vida breve. Un punto
en un cosmos en expansión. Su biografía cabría en veinte líneas. O en mucho
menos. Su comentario, en un libro prodigioso, inacabable.
Nació en Saint-Brieuc, el 7 de noviembre de 1840. Vivió una vida paralela
con sus fantasmas. Murió en un hospital de París el 18 de agosto de 1889.
Tenía 48 años, la edad en que comienza el conocimiento del mundo. Fue
admirador de los misterios de Edgard Allan Poe, lector de sus Tales of the
Grotesque and Arobesque (1839-1840) y amigo de Wagner, cuyas notas de La
Valkyria lo hicieron llorar en unas gradas de Munich. Se decía descendiente del
gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén (Beauvais, 1464-Malta,
1534) que tenía exactamente cada uno de sus apelativos y apellidos. En
nombre de esa ascendencia fantasmal entabló acción contra Inglaterra cuando
ésta se apoderó de Malta. También se sintió descendiente del rey Otón de
Grecia, a cuyo trono aspiró en 1867. Los fantasmas y la crueldad del mundo se
refugiaron en sus libros: Fantaisies nocturnes (1883), Contes cruels (1883), Le
secret de Téchafaud (1888), Histoires insolites (1888) y Nouveaux contes
cruels (1888). O en sus dramas, estrenados obscuramente y sin éxito: La
revolte (1870) y Le nouveau monde (1880). Por ese tiempo adhería
frenéticamente a la doctrina mágica de Jacob Boehme.
Creía que los objetos no eran válidos en sí mismos. Decía que sólo eran la
apariencia de otras verdades que ocultaban al hombre. Pensó como el
caballero de la Triste Figura. Cada carnero, cada aspa de molino, eran la
envoltura de seres ocultos que acechaban al hombre. La profundidad de su
estilo lo puso en pugna con su tiempo.
A los 9 años afirmó que una piedra era capaz de llorar. A la misma edad, pero
600 años antes, Dante Alighieri, al ver a Beatriz, tuvo la visión de su
inmortalidad. A los 22 años, Villiers de L'lsle-Adam pensó que todos los hombres
eran fantasmas de sus propias pasiones. Pero necesitó 20 años más para
desarrollar esta idea en sus Contes cruels. El hombre necesitaba el rigor y la
impiedad.
Acostumbrado a replegarse sobre sí mismo, a desdoblarse, imaginó una
mujer mecánica, su andreida de L'Eve Future (1886), con personajes que se
llamaban Edison y lord Ewald. Cuando escribió esta novela, plagada de
filosofía vulgar, (novela que desagradó a su amigo Huysmans) estaba seguro
de que la idea podía fusionarse en un connubio perfecto con lo puramente
mecánico. El doble con la máquina. Era el futuro sueño de la humanidad.
Creada la máquina femenina, la andreide (yo, como acabo de hacerlo, diría la
andreida), y puesto lord Ewald en frente de ella, Villiers le hará decir a Edison
estas palabras: "¿Qué importa si asegura la realidad de nuestro sueño?" (lib. V,
I). Si sólo basta una palabra, y esta palabra puede ser pronunciada por la andreida
para que el hombre se llene de felicidad, ¿a qué más? "Es lo mismo que
tratáis de hacer con la mujer viviente", prosigue Edison. Después vendrá la
lógica pesimista y la necesidad de este robot femenino: "Ya os he probado que
en el amor todo es ilusión, vanidad, inconstancia, espejismo. ¡Amar a cero!
¿Qué importa, entonces, si sois la unidad colocada delante del cero, como
delante de todos los ceros de la vida si ese cero es lo único que no os
desencanta ni traiciona?"
Cuando Hadaly, la andreida, la Eva Futura, comienza a razonar, Lord Ewald
ya está derrotado. Esa máquina puede ser superior a su propia Alicia de carne
y hueso. Al menos tiene la posibilidad de una repetición infinita de la ilusión.
Lord Ewald lo verifica. Se acuesta con ella.
Es posible también que la Eva Futura de Villiers sea la máquina genética de
Norbert Wiener (God and Golem, Inc., 1964), o la estatua con la que luego
yace Pigmalión (Las Metamorfosis, lib. X, III). Pero la Eva Futura, aunque
perezca en un naufragio devorada por las llamas, será siempre el amor de la.
humanidad hacia sus seres fantasmales. Porque la magia de la máquina es la
raíz del hombre.
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HISTORIA VERDADERA DE ULISES
Ajiaparilbj, el último hereje del siglo XVII, de quien jamás se logró saber cómo
escapó al Tribunal de la Inquisición, nos dejó una obra, el Odiseus Tertium
Librii, en la que nos relata la verdadera historia de Ulises. Es posible que
Ajiajarilbj conociera la doctrina del religioso Lucilio Vanni, según la cual el
semen de los peces voladores (evolucionados hacia las formas corpóreas del
pájaro) había engendrado a los seres dotados de inteligencia. Es posible
también que hubiera leído el The Death of a Beautiful Wornan (1637) del anglo
francés John Bathar-lianey, en cuyas no menos obscuras páginas se nos dice
que el esperma de los tiburones originó la raza de las sirenas (mitad mujer y
mitad pez con coda sinuosa, convertible). Pero lo cierto es que Ajiajarilbj,
fundando su relato en fuentes canónicas, nos dice que la Odisea fue falsificada
por Pisístrato en muchos pasajes que tomó por indecorosos. Y así fue como
nos ha llegado a nuestro tiempo.
Uno de esos pasajes mutilados por Pisístrato, nos relata el encuentro final de
Circe y Ulises de modo totalmente diverso. Cuando la maga previene al héroe
sobre las sirenas y los temibles monstruos Escila y Caribdis, sumergidos a
medio cuerpo sobre la profundidad del mar, le notifica también que Melpómene
("tu dulce y paciente esposa") es en realidad una sirena que atrae a los
pretendientes para elegir "al más inconstante, al que más tenga semejanza con
las aves marinas".
Transcribo el párrafo revelador: "Las sirenas, aves marinas con rostro de
mujer, interceptarán, noble hijo de Laertes, la estela de tu barco y entonarán
sus himnos lúbricos y desafiantes para retenerte y someterte a sus designios.
Pero tú y los tuyos deberán eludir esos cánticos engañosos, y si lo lograseis, os
aparecerán otros peligros que también deberéis eludir, porque más allá del
islote en que reposan las sirenas, os esperarán Escila y Caribdis. La primera,
más grande que dos islas, fue la madre de las sirenas, que Zeus enclavó en la
profundidad del mar, de cuya superficie emergen su rostro y sus seis colas.
Pero cada cola de Escila tiene una cabeza monstruosa, un ojo único como
Polifemo, y tres hileras de dientes. Estas seis colas se convierten en una coda
con su agujero en las mujeres que descienden de las sirenas. Y tu esposa,
divino Ulises, la tiene en la espalda, en la línea invisible en que la mujer pierde
sus formas humanas para convertirse en una curva animal. Te digo, pues,
noble hijo de Laertes, que sorteados esos peligros, y llegado a Itaca, debéis
verificar este hecho induciendo a Penélope a que se desnude contigo."
Siguen los consejos de Circe y por fin la partida da Ulises. Al llegar a Itaca, ya
sabemos cuál es la suerte de los que aspiraban a la mano de Penélope. Ulises
mata a los pretendientes, hace lavar el piso, tinto de sangre, pone zahumerios
contra la pestilencia desparramada y lleva a Penélope hacia el lecho ayudado

por la misma Euriclea, su vieja nodriza. Ella se desnuda (la fuerza, en realidad,
según Ajiajarilbj, el amor simulado de Ulises). Pero se niega a las caricias del
héroe cuya mano recorre sorpresivamente el torso de Penélope. He aquí el
diálogo del Odiseus Tertium Librii:
–¿Qué haces, divino Ulises?
–Nada, querida esposa. Estoy buscando algo que ha perdido.
–Es que... donde tú tocas ...
–Es verdad, pero nadie sabe cuál es el ojo en que la noche y el día se
pierden y se confunden.
Y Ulises tocó la rabadilla de Penélope "y el sudor perló su frente". La
rabadilla era más larga que las que aquél había experimentado con otras
matronas en sus veinte años de ausencia. El héroe, lleno de ira, saltó del lecho,
descolgó su espada y degolló a Melpómene. Luego, satisfecho ante este acto
de "estricta justicia", murmuró para sí mismo: "Tenía razón la cautivante Circe, y
ahora me explico por qué Telémaco, mi condenado hijo, chillaba como los
peces gordos cuando era niño."
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LOS SERES EXTRATERRESTRES
Hubiera dicho sencillamente "los seres extraños". O bien, "los ángeles".
Ambas nominaciones serían discutibles. De los primeros se ocupó Merimée al
describirnos en Lokis (1876) la misantropía del conde Szémioth, cuya madre,
recién casada, fue interceptada por un oso. De los segundos, Santo Tomás de
Aquino, cuyo Tratado de los ángeles (Summa Theologica, I, De angelis, qq. 50-
64) ha servido, inclusive, para estudiar la naturaleza demoníaca de los seres
corruptibles.
Lo cierto, sin embargo, es que en el Génesis (VI, 2) hay seres extraterrestres:
"los hijos de Dios" que los exégetas antiguos interpretaron (creo que
erróneamente) por seres angélicos. Transcribo: "Viendo los hijos de Dios la
hermosura de las hijas de los hombres, tomaron de entre todas ellas por
mujeres las que más les agradaron." Si fueran ángeles, como se creía, serían
seres asexuados y no podrían unirse con las mujeres. El concepto está claro (o
se reitera) en el siguiente versículo: "En aquel tiempo había gigantes sobre la
Tierra; porque después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los
hombres y ellas concibieron, salieron a luz estos valientes de la antigüedad que
fueron varones de nombre" (Génesis, VI, 4). Es decir, los "hijos de Dios" no son
ángeles, sino lo que ahora llamamos seres extraterrestres o xenoides,
habitantes de mundos paralelos o superpuestos imaginados ya por Giordano
Bruno (y por esto mismo quemado en la hoguera) en el siglo xvi. Estos seres
extraterrestres, serán los que han de destruir a Sodoma y Gomorra con una
explosión atómica, como pueden interpretarse, con criterio actual, los capítulos
XVIII y XIX del libro I del Génesis. Esta tesis fue desarrollada en Literaturnaya
Gazeta (1959) por el físico soviético M. Agrest, sobre el estudio directo de los
Rollos del Mar Muerto. Los redactores de la destrucción, al carecer de datos
precisos referidos al hecho, realizaron una redacción confusa, a pesar de lo
cual es fácil conjeturar que los "hermanos" que hablan con Lot no son los
ángeles sino los seres extraterrestres ("llegados en una cosmonave", según
imagina M. Agrest), dispuestos a terminar con ambas ciudades. Además, la
descripción de la columna de fuego y humo del relato bíblico, y la prevención
de que la Tierra quedará inhabitable (¿debido a la radiactividad?) están
indicando una explosión de tipo atómico.
En el Leabhar Gabhála (siglo xvi) (Libro de las Invasiones) de los irlandeses,
al describirse el origen de la "inigualable Erinn", se nos habla de ciertos seres
divinos, los Tuatha Dé Datnann, llegados del oeste, para enfrentarse con los
monstruos gigantescos que poblaban la región. Algunos de estos monstruos
tenían un solo ojo, una sola mano o un solo pie. Otros tenían cabeza de animal
con cuernos. Se les llamaba Fomóíre (de jo, bajo, y moiré o mahr, demonio
femenino, que en inglés se convierte en nightmare para significar pesadilla). En
el mismo texto nos enteramos de una mano articulada, toda de plata. Es la que
el hechicero Diancecht le fabrica al rey Nuada, para sustituirle la que ha
perdido en la batalla contra los invasores. La falta, sin embargo, de su mano
natural, es motivo incoercible para que le pidan la destitución. Nuada se
resigna. Pero acontece que los invasores divinos llegados del oeste, se unen
en matrimonio con las hijas de los monstruos. Se produce una situación
semejante a la del Génesis.
En una etapa posterior, Nuada recobra su mano natural mediante la magia de
Miach. Su integridad le lleva nuevamente al poder. La leyenda no termina. Pero
hay en ella un eco lejano que nos remite confusamente a la existencia de seres
extraterrestres atraídos por los habitantes del planeta. Por último, Erinn
(Irlanda), genitivo de Eriu, diosa local, dará su nombre a la, región. Indudablemente
esta interpretación que realizo del Leabhar Gabhála se opone a la
exégesis corriente. Creo, sin embargo, que contribuye, provisoriamente, a la
explicación de los ovnis.
Hay también un texto muy importante de Charles Fort, Le livre de damnés
(París, 1955) (la primera edición apareció en Nueva York, en 1919), donde se
nos habla de las marcas de ventosas, todas ellas similares, que signan las
montañas en distintas regiones del planeta. Charles Fort, obscuro (fascinante)
periodista, un introvertido de Bronx, fue el primero en registrar las apariciones
de ovnis. Y el primero también que creyó "racionalmente" en los habitantes de
mundos paralelos ("tendremos pruebas concluyentes en lo atinente a visitas
subrepticias a este planeta, llevadas a cabo antes y muy recientemente, y a los
viajeros emisarios llegados quizás de otro mundo que trataron de evitarnos").
La ciencia y la ficción científica podrían proclamarlo como a uno de sus genios
tutelares. La extraña figura del Marciano (el "Gran dios de los orantes", de 6
metros de altura y escafandra espacial en la cabeza), descubierta por Henri
Lothe en el Sahara, en 1956, sería la culminación de sus anticipaciones.
Si a todo eso agregáramos la hipótesis de la explosión atómica de una nave
interplanetaria, acaecida en la taiga del Tunguska en 1908, según el relato de
Alexandr Kazantsev (Vorkrug Sveta, núm. 1, 1946) concluiríamos en que los
seres extraterrestres no pueden ser desdeñados. Ellos constituyen la apertura
hacia un cosmos de más de cuatro dimensiones, todavía muy obscuro en la
conciencia de los hombres.
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EL TORO SAGRADO
Sabemos cómo nació el Minotauro. Pasífae, oculta en una falsa vaca, había
esperado al toro sagrado. La consecuencia también la conocemos. El
Minotauro, engendrado en esa unión monstruosa, tuvo como cárcel el
Laberinto. Pero Pasifae quedó insatisfecha. Mandó llamar a Dédalo y le habló
de su locura por el toro. Quería que la ayudara nuevamente. Dédalo apoyó su
escudo sobre un árbol para poder descansar y mirando, lleno de cariño, a la
reina, le respondió: "La primera vez te advertí que se trataba de un juego
peligroso y que su consecuencia podría ser la destrucción de Creta. ;Pero tú
insististe y no tuve otra alternativa. Traicioné a Minos construyendo una vaca
cuyo maleficio se está cumpliendo ya con la sublevación de los reinos
tributarios. Una segunda vaca para engañar al toro significaría el derrumbe de
la civilización. Además, el toro es imbatible y temo por ti misma."
Pasífae insistió. Sabía que sus lágrimas eran el arma propicia para doblegar
a Dédalo. Y Dédalo, al verla llorar, fabricó una segunda vaca, introdujo a la
reina en ella, y la dejó en el bosque por donde el toro paseaba diariamente su
desesperación.
A las pocas horas el toro, bufando, se acercó a la vaca y comenzó a olería.
Pasífae, cansada de esperarlo en una postura tan poco femenina, le dijo:
"Estoy ansiosa. He contado las horas y los minutos." Pero esta vez el toro
sagrado, sacudiendo sus narices, contestó: "Me das asco. Nunca te bañaste.
En vez de un toro necesitas un chancho."
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MONSTRUOS DE TRES CABEZAS
El primer viaje interplanetario de la ciencia-ficción lo realizan los personajes
del Aletés o Historia verdadera, de Luciano de Samosata, en el siglo II. El
segundo lo lleva a cabo Icaromenipo en el relato homónimo del mismo Luciano.
El tercero le pertenece a Cyrano de Bergerac en Les Voyages aux États de la
Lime et du Soleil (1643). En esta historia ya se describen las máquinas
parlantes, antecesoras del robot, y la utilización del aire caliente para ascender
en el espacio. Se anticipa en cien años a los globos de Montgolfier. Construye,
asimismo, el primer paracaídas, ya entrevisto por Leonardo Da Vinci. El cuarto
viaje se puede leer en una obra escrita por John Atterley en 1827: Voy age to
the Moon, ya inhallable. En el quinto, Edgar Allan Poe (The Unparalleled
Adventure of Hans Pfaall, 1835) pone a su personaje sobre un globo y lo
proyecta hacia la Luna. El sexto, el más científico de todos, lo describe Julio
Verne en De la Terre á la Lune (1865). Intuye la imponderabilidad y nos habla
de la velocidad impulsora del proyectil para vencer la fuerza de gravedad. Los
miles de kilómetros se calculan en segundos. El séptimo y el octavo
corresponden a dos obras de H. G. Wells: The War of the Worlds (1898) y The
First Men in the Moon (1901). En ambos casos, más que ciencia-ficción, hay
una idea militante para salvar al hombre de su destino individualista. En esta
última obra, Los primeros hombres en la Luna, ya tenemos conceptos
esclarecedores de la ingravidez.
En la Historia verdadera (siglo n) un huracán eleva a los terresianos hasta la
Luna en un viaje que dura siete días. Cuando llegan, la Luna, gobernada por
Endimión, está en guerra con el Sol cuyo rey es Faetón. Los terresianos
observan la vida de los selenitas, totalmente asexuados, que hablan de pureza
y mueren convertidos en una columna de humo. Pero los terresianos, introducidos
en el ejército lunar, por orden de Endimión, observan unos monstruos de
tres cabezas, con rostros afilados, mitad buitres y mitad caballos. Son seres
que simbolizan la traición y la fuerza. Esta inferencia no es de Luciano. Pero
bien podría admitirse cuando la guerra iba dirigida hacia el Sol.
Al lado de esos seres teriomórficos había pulgas gigantescas montadas por
guerreros, y otros pájaros enormes con camouflage de hojarasca. Esta
reiteración ornitiforme bien podría indicar la creencia antigua de que el hombre,
al morir, abandona su estructura corporal para convertirse en un espíritu alado.
Este concepto no es tan inverosímil como parece. En el siglo I de nuestra era
ya circulaba un manuscrito de autor anónimo, el De viris, en el que se afirmaba
que los seres humanos eran pájaros aprisionados en una "pasión corporal" que
luchaban contra su envoltura para ganar el espacio. La expresión pasión
corporal hay que tomarla en el sentido de estructura corpórea. O bien, de
envoltura carnal.
Por último, los recién llegados observaron otros monstruos mitad caballos y
mitad hormigas. Vieron también arañas imprecisas, pero enormes como islotes.
Cuando los terresianos abandonaron la Luna y acuatizaron con su barco en
el mar, fueron tragados por una serpiente marina de doscientos setenta
kilómetros de longitud. Ya en sus entrañas, nuevo símbolo de las tinieblas
creadoras, los viajeros realizan la proeza de escapar a la bestia. Por fin,
triunfadores definitivos de esa ferocidad, llegan a lo que podríamos llamar un
prelimbo dantesco poblado por los espíritus de los héroes y filósofos ya
fallecidos que buscaron la gloria y la verdad. Cuando Jonás se salva de la
ballena en el relato bíblico, queda inmerso en un complejo de culpa que le hace
buscar su expiación. Los viajeros de Luciano, en cambio, tienen conciencia de
que han triunfado sobre el mal y han destruido la mentira (premisa colocada en
la cabecera del Aletés).
En el Icaromenipo (siglo n) Luciano pone a su personaje un ala de águila y
otra de buitre. Se reitera el simbolismo de la fuerza y la traición. El protagonista
llega a la Luna. Pero Hermes lo conduce a Tierra y, por orden de los dioses, lo
priva de las alas. Queda concreta una idea de pecado y su sanción: la de
impedir que el hombre alcance el misterio de la creación.
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LOS SELENITAS DE LUCIANO
DE SAMOSATA
Para ampliar el texto sobre la Historia verdadera (siglo II ), conviene recordar
que Luciano de Samosata, en esta obra, describe a los selenitas como
hipogrifos (del griego hippos, caballo y gryps, grifo). Es decir, mitad caballos y
mitad grifos con alas. Borges y Margarita Guerrero (Manual de zoología
fantástica, 1957) aventuran esta explicación: "Para significar la imposibilidad o
incongruencia, Virgilio habló de ancastar caballos con grifos. Cuatro siglos
después, Servio el comentador afirmó que los grifos son animales que de
medio cuerpo arriba son águilas, y de medio abajo, leones." Lo que no dicen
los autores es que, transcurrido un siglo más, Servando el gramático aseguró
que la parte inferior no era de león sino de caballo. Y así quedó fijada la etimología.
Al lado de los hipogrifos, Luciano recuerda otros monstruos (seres normales
en la Luna) y nos habla de su carácter. He aquí esta versión del libro I que yo
extraigo de la edición inglesa:
Los selenitas nacen de varones. No conocen la existencia de mujeres. Los
descendientes no se conciben en el vientre sino en la pantorrilla que va
ampliándose hasta el nacimiento del nuevo ser. El embarazo termina con una
incisión en esta pantorrilla, y el niño nace muerto. Pero se le infunde la vida
poniéndolo con la boca abierta contra el viento. Conjeturo que a este modo de
parir los griegos han llamado gastroknemia. Hay además una raza de hombres
denominados dentrites1 que nacen de la manera siguiente: se les corta el
testículo derecho que luego se planta. De este sembrado surge un árbol de
carne, semejante a un falo, con ramas y hojas, cuyos frutos son verdaderas
bellotas de un codo de largo. La zona sexual, es postiza y de marfil para los
ricos. De madera para los pobres.
Cuando los selenitas envejecen, no mueren. Se disuelven como el humo y se
reabsorben en el aire. Se alimentan del olor de las ranas asadas, y beben aire
prensado en una copa, que se convierte en un líquido semejante al rocío. Los
selenitas no tienen orificios corporales. No expelen ni orina ni excrementos. Los
adolescentes, o falta de estos orificios, se entregan a sus amantes utilizando el
tobillo por debajo de la pantorrilla, lugar en el que presentan una hendidura
peculiar.
1 Denutrites, arborescentes. Hombres en forma de árboles. A Luciano siempre le
obsedía el mundo vegetal. Es el primer surrealista de la historia.
La hermosura reside en la calvicie. Odian a los seres pilosos. La barba les
crece por debajo de las rodillas. Sus pies sólo tienen un dedo enorme y gordo,
sin uña. Sobre las nalgas les crece una cola en forma de col que no se
desintegra cuando caen de culo. Los ricos visten trajes de cristal que se pliegan
fácilmente. Los demás, tejidos de cobre.
Tienen ojos postizos que sacan y ponen a voluntad cuando tienen necesidad
de ver. Si los llegan a perder, piden prestados los ojos del vecino. Pero los ricos
tienen muchos de reserva. Sus orejas son de hojas de plátano. Sin embargo,
los hombres que han nacido de bellotas, las tienen de madera.
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DESCENSO DE ENEAS AL INFIERNO
(Glosa sobre las lenguas)
Entre los tratados que dejó Ajiajarilbj, hay una glosa sobre el descenso de
Eneas al Infierno. Según ella, la Sibila le había aconsejado al héroe troyano
dos cosas importantes para evitar, en las tinieblas, la ira de Proserpina. La
primera: descubrir el tallo de hojitas de oro que se ocultaba en un bosque, para
ofrecérselo a la reina. La segunda: no distraerse con las almas del Infierno. La
primera condición fue cumplida. La segunda no le fue explicada a Eneas,
distraído en ese instante cuando escuchaba (distracción por atención)
atentamente a la Sibila. (Repito en parte el no menos distraído lenguaje de
Ajiajarilbj).
Comenzó pues el descenso con los ladridos de costumbre (los cancerberos
del Infierno), vino Caronte, demasiado alegre a pesar de su oficio de cargador
de muertos, y el obsequio a Proserpina del ramito de oro. (La reina sólo
coleccionaba objetos valiosos para la vejez). De pronto se le cruza la sombra
de la hermosa Dido, muerta por él en la pira. Pero Eneas no hace nada por
detenerla, porque en ese instante se encuentra con Ángelo Pietrafeltri (o
Pieráceas, como le decían en Troya) y distraído le pregunta, lleno de asombro,
por qué se hallaba en Tas regiones infernales si aún no había muerto en la otra
vida: "Eras el héroe más prudente de Ilion –le dice Eneas–. Tu mujer te
admiraba y los niños troyanos te aplaudían."
Pietrafeltri le responde: "Son muchos los castigos que he de soportar en las
tinieblas. Radamonte, un juez excesivamente refinado, me trata con todo lujo
de detalles.
Me pone en la parrilla y me dora por ambos lados mirándome con ojos llenos
de ternura. A veces me tuerce una pierna o un brazo, o me atraviesa la lengua
con una aguja enrojecida al fuego. Otras, me coloca en la rueda y me
descuartiza. Después manda venir a Castrofides y le da un látigo para que se
cebe sobre cada uno de mis miembros separados. Yo no me quejo, no
protesto. Y cuando Radamanto me pregunta acerca del dolor que he padecido,
le respondo que todo ese castigo sólo me produce indiferencia, a lo sumo un
pequeño cosquilleo que sólo se resuelve en una sonrisa diabólica. Después de
esto Radamanto redobla conmigo sus refinamientos, y yo le contesto con las
mismas palabras."
Eneas, asombrado, le pregunta a Pietrafeltri el porqué de tanta capacidad
para la absorción del castigo. Y éste, animándose por primera vez, con los
"ojos fulgurantes", agrega: "Tú lo has dicho, Eneas. Tuve una mujer que me
admiraba y muchos amigos que festejaban mi prudencia. Pero mi suegra, la
santa Periclea, tenía una lengua inextinguible. Se ubicaba en mi alcoba al

levantarme, y me hablaba de su divina hija, de mi afición a sacar la espada y
otros vicios. De mi manera de abrir la boca, sentarme, ponerme rígido y mirar la
luna. Luego me seguía, me recordaba historias pasadas, las fábulas de Esopo,
como aquélla del lobo con la piel de cordero, la primera noche nupcial, las que
siguieron, la última y las que siguieron a la última. Después, noche y día y a
todas horas y hasta detrás del baño. Y su lengua hablaba, hablaba, silbaba
como un pito y seguía hablando sin tomar aliento. Y un día seguía al otro y una
lengua a la otra. Durante el sueño sólo veía lenguas, lenguas fantasmales que
cruzaban el Erebo y se erguían sobre rocas encendidas que estallaban,
lenguas azules, rojas, amarillas, que formaban el arco iris y terminaban
tragándose al planeta. En esa situación, perdido el juicio, viendo lenguas arriba
y abajo, hacia atrás y hacia adelante, lenguas en el aire y en los platos, en la
silla en que me sentaba y en el lecho en que yacía, decidí acabar con mi vida
terrena."
Eneas comprendió. Pietrafeltri, para descansar de su suegra, prefirió las
torturas del Infierno. Pero Eneas, olvidado de la recomendación de la Sibila,
sintió de pronto un lengüetazo sobre las nalgas y salió disparando por los aires.
Cuando se detuvo, muy lejos del infierno, y ya perdida la ocasión de visitar sus
vericuetos, una serpiente, proyectando su lengüetilla como un estilete, le dijo:
"En el principio de los tiempos, las lenguas que se arrastraban sobre la tierra
húmeda, adquirieron una extraña flexión y comenzaron a modular sonidos.
Luego se alzaron y así se originó la vida. Pero de su etapa primitiva
conservaron dos características: crear nuevas condiciones y distraer a los
hombres. La primera la vas a encontrar en los poetas. La segunda, en los
críticos, de cuya metamorfosis nacieron todas las suegras."
No se sabe si Ajiajarilbj quiso burlarse de las suegras o los críticos. Pero
también es cierto que Jean-Jacques Boudrieux, en sus Dissertations sur les
apparitions des Esprits (1765), dijo que esta confusa historia sobre las lenguas,
planteaba definitivamente el problema de las dualidades y el de la evolución del
hombre como proyección del cambio en el habla. Cincuenta años después
estas apreciaciones fueron confirmadas por Charles Bedel en su Histoire des
formes elémenbaires (1815).
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RAMPSINITO, ARQUÍMEDES
Y EL ABSURDO GRATUITO
Muchas son las hipótesis sobre el origen del relato policíaco. Autores ilustres
arrancan del Edipo rey, de Sófocles. Ven en la búsqueda del monarca
incestuoso la primera indagación para descubrir la causa de la peste sobre
Tebas. Pero la interpretación es arbitraria. No hay una verdadera detectíon,
porque el culpable es Edipo, el mismo que ordena la investigación de la causa,
el cual previamente se había condenado a sí mismo sin saberlo. Afirmar que
éste sea el origen es como admitir que el cadáver siga creciendo o que la
habitación se llene de muebles hasta tapar el mundo, como lo quería Ionesco
(Le nouveau locataire, 1956). (Macedonio Fernández ya lo había anticipado en
El zapallo que se hizo cosmos, 1929).
Creo, sin embargo, que los orígenes debemos buscarlos en el libro de Daniel
(XIV, 1-21) y en Heródoto (2, CXXI). Considero que la tesis es más verificable.
En el primer caso aparece ya el detective, que es el propio Daniel, el cual, para
descubrir a los farsantes que aseguran que Bel es un dios vivo y no un ídolo de
yeso, cubre el suelo con una finísima capa de ceniza. El rey coloca sobre el
altar los manjares que ha de comer el dios. Cierra herméticamente la puerta y
la sella con su anillo. Al día siguiente, verificada la cerradura que sigue intacta,
el rey y Daniel penetran en el recinto. Los manjares (incluidas las ofrendas del
sacrificio) han desaparecido. Pero sobre la invisible capa de ceniza hay una
multitud de huellas. Son las pisadas de los sacerdotes que han entrado por un
pasaje secreto que conducía hasta el altar. El falso dios es expulsado. Los
sacerdotes, ejecutados. Daniel resuelve de esta manera el primer delito en
recinto cerrado, antes de que Gastón Leroux imaginara Le mystére de la
chambre jaune (1908) o que Edén Phillpotts, en oposición al cuarto amarillo,
ensayara la misma hipótesis en El cuarto gris.
En el segundo caso, la extraña aventura del rey egipcio Rampsinito –el de las
estatuas de 25 codos–, relatada por Heródoto (2, CXXI), se anticipa la
estructura de acción de la hard boiled novel de un Raymond Chandler (The
Simple Art of Murder, 1950) o un Mickey Spillane (Kiss me deadíy, 1952), que
multiplican, a su vez, a Dashiell Hammet (The Maltese Falcan, 1930). Se trata
de una fábula milesia, adaptada acaso por el gran historiador, según la cual,
Rampsinito, para guardar sus tesoros, mandó construir cierto erario de piedra,
una de cuyas paredes daba al exterior del palacio. El arquitecto que lo
construyó, reveló a sus dos hijos el secreto de una piedra levadiza que el rey
ignoraba, mediante la cual podía llegarse a su interior. Muerto aquél los hijos
entraron en el erario. El rey comprobó un día que sus caudales menguaban
misteriosamente. Y como esto se repitiera, hizo colocar una trampa de lazos

para prender al ladrón. Y así cayó uno de los depredadores. El hermano, entonces,
a pedido del que estaba atrapado, le cortó la cabeza para impedir el
reconocimiento, y se fue con ella. Al día siguiente, el rey halló el cuerpo y lo
hizo colgar en un muro, esperando que alguien se condoliera traicionándose a
sí mismo. El hermano, aconsejado por la madre, se disfrazó de vinero. Puso los
odres en una recua de jumentos y se allegó al muro de la infamia. Los centinelas
comenzaron a beber, hasta que el sueño remplazó al vino. Y así
desapareció el cuerpo decapitado. El hermano, sin embargo, quiso dejar un
mensaje para el monarca. Aprovechó la ebriedad de las centinelas para
afeitarles la mejilla derecha. La ira de Rampsinito fue más grande que esa
parra de Ciro tapando el cielo. Ordenó que su hija se prostituyera y se
entregara al más audaz que hubiera cometido el mayor atentado. Y llegó el
más audaz al lupanar en que se ofrecía semejante cortesana. Dijo que había
cortado la cabeza de su hermano, atrapado en el erario, y que había sustraído
su cuerpo emborrachando a los centinelas. Cuando la princesa quiso prenderlo,
se halló con el brazo de otro cadáver que el audaz llevaba oculto en sus
vestiduras. El rey estaba derrotado. Pero conquistado por tanta audacia,
publicó un bando prometiéndole impunidad y ciertas recompensas si se
presentaba ante él. Y así pudo conocerlo. El premio que otorgó Rampsinito fue
su misma hija.
Podríamos seguir con los ejemplos a riesgo de caer en la leyenda de los
granos de trigo exigidos por el griego Palamedes, inventor del ajedrez.
Comenzando por uno que se duplica hasta llegar a los 64 escaques, la suma
de casos sería tan grande que no cabría en un número ilimitado de volúmenes.
En uno de estos casos podríamos citar a Arquímedes, el primer detective
histórico, que se vio forzado a inventar la ley del peso específico cuando
Gerón, rey de Siracusa, le obligó, según Vitrubio (II, De architectura) a
establecer en qué medida se le había falsificado la corona utilizando menos oro
que el entregado, aunque en la práctica la corona tuviera el mismo peso que el
metal entregado. La posteridad sólo recuerda el famoso baño de Arquímedes y
su exclamación: ¡eureka! ¡eureka! Pero han olvidado que este baño y estas
palabras lo llevaron a la detection de la plata que había servido para sustituir
una parte del otro metal. He aquí los hechos. Arquímedes, bañándose, observó
que al sumergirse en el agua desalojaba una cantidad de líquido proporcional
al volumen de su cuerpo. Esta circunstancia le llevó a fabricar dos coronas de
igual peso que la cuestionada: una de oro y otra de plata. Después llenó hasta
el borde un recipiente de agua. Introdujo la corona de oro y midió la cantidad de
agua desalojada. Volvió a llenar el recipiente e introdujo la otra corona, la de
plata. Esta vez el líquido desalojado (a pesar de la igualdad del peso de las
coronas) era mayor que el agua liberada al introducir la corona de oro. Es decir,
la medida era proporcional al volumen y no al peso. Arquímedes tomó entonces
la corona que le había entregado Gerón y la introdujo en el recipiente.
Comprobó entonces que la cantidad del agua desalojada era mayor que la de
la corona de oro. La corona falsificada tenía menos oro. El resto había sido
sustituido por otro metal. Así quedó verificada la denuncia de que el artífice
había empleado plata para defraudar una parte del oro entregado por el rey.
Este ejemplo no pasaría de ser un falso indicio en la denominación de Alberto
del Monte (Breve storia del romanzo poliziesco, 1961, II).
Algunos prefieren arrancar del mismo Voltaire (Zadig ou la destinée, III).
Sugiero, a pesar de todo, que nos atengamos a los dos primeros ejemplos para
establecer el origen, aun con la posibilidad de que el segundo sea ya lo
heterodoxo o lo imaginario en lo policíaco. Ratificaría una hipótesis de
Macedonio sobre Cristóbal Colón: "Es absolutamente éste el número de viajes
de Colón: dos que hizo y uno que no hizo, y que viene a ser el segundo"
(Papeles de recien venido, 1929).
No dudo que el público se enternece por las historias de bandidos. A los
artistas les acontece lo mismo. Siempre hay un hecho ilógico opuesto a las
leyes causales. El siglo XVIII, tan ilustrado y tan estúpido, dedicó la mitad de su
fuerza a devorar historias de bandidos. John Gay se dejó tentar en 1728 (The
beggers opera) anticipando igual argumento de Bertolt Brecht. Lo mismo
sucedió con Thomas Middleton que hizo llorar al público de Londres con The
Roaring girl, (1721), escenificando la vida de Mary Frith, famosa ladrona que
había nacido en la cárcel de Newgate, tiranizada y explotada, a su vez, por otro
delincuente. O con Henry Fielding cuando noveló a Jonathan Wild, ejecutado
en 1725 (History of the Life of the Late Mr. Jonathan Wild the Great, 1742). O
con el autor anónimo de Les Nuits de Satán (1740) que hacía la apología de los
bandidos y la magia. Es el siglo en que los alemanes comienzan los extractos
de la Practica forensis, jurisprudencia a la que recurrieron criminalistas como
Fuerbach y Zachariae. Los Extractos alimentaron a los novelistas y
promovieron una nueva metáfora: la lucha entre el bien y el mal. En ese
instante aparece, en Francia, el Pitival, colección de los más feroces casos
criminales, que se multiplica en Europa en busca de la otra cara de la ley.
La Practica forensis contiene ya, técnicamente, el principio de investigación y
certidumbre. Los escritores prefirieron, sin embargo, la razón abstracta, la
simple logicidad del lenguaje. Lo que ha de ser la detection es entonces
zadiguismo o serendipidad. (Recordemos el Pereregrinaggio di tre giovani
figliuli del re di Serendippo, de Cristoforo Armeno, publicado en Venecia en
1557. Recordemos que fue Horace Walpole, en 1754, quien propuso utilizar
serendipity por investigación). Paralelamente, en la misma estructura que da
nacimiento al relato criminal, aparece un nuevo elemento: el terror, que halla en
Ann Radcliffe la primera novelista –digamos el primero– que sabe aterrorizar a
sus lectores, como sucedió en su The italian (1797).
En el siglo siguiente comienzan a nacer los grandes maestros de la novela
policial: Edgar Alian Poe (The Murders in the rué Morgue, 1841), Emile
Gaboriau (L'affaire Lerouge, 1863), Wilkie Collins (The Moonstone, 1868),
Robert Louis Stevenson (The New Arabian Nights, 1879-1882), Arthur Conan
Doyle (A Study in Scarlet, 1887), y algunos que han de intentarla sin regresar a
ella, como Eca de Queiroz y Ramalho Ortigao, autores en colaboración de O
mysterio da estrada de Cintra (1870). Son obras con elementos fantásticos y la
definitiva detection que infiere la solución de un estudio minucioso de los
indicios. En algunos casos tienen un sentido inverso al de la historia universal,
según la opinión de S. S. Van Diñe (El crimen del escarabajo, X).
Después vendrán las definiciones. ¿Qué es un asesinato? ¿Por qué ha
matado el asesino? El absurdo y el enigma se objetivan en un símbolo
verificable. El asesinato, dirá Thomas de Quincey (On Murder Considered as
One of the Fine Arts, 1827, I, II), es un hecho en el que intervienen algo más
que dos imbéciles: uno que es el homicida, otro que es la víctima, un cuchillo,
una bolsa y una encrucijada. Todo esto (esquematizado) sería un asesinato
considerado estéticamente. Pero el absurdo se convierte a veces en un hecho
gratuito, más allá de la moral, como el crimen de Lafcadio en Les caves du
Vatican (1914), de André Gide. Podríamos recordarlo. Lafcadio se halla en el
tren rápido que atraviesa la noche, con otro individuo que no conoce. Un
empujón y el desconocido podría precipitarse en el abismo. La idea que lo
asalta comienza a fascinarlo. Pero contará hasta doce, y si entretanto no
aparece ninguna luz a lo lejos, le dará el empujón para levantarlo por la
portezuela. Si aparece la luz, le perdonará la vida. Y Lafcadio, inconsciente,
perdido en la gratuidad, comienza la cuenta en una instancia lúdica,
irrefrenable. Al llegar a doce, la obscuridad sigue densa. Se acerca al pasajero
y empuja. El crimen se ha cometido y Lafcadio vuelve a sus pensamientos.
Está impávido, tranquilo. El absurdo crece en la noche como la voz al borde del
precipicio.
En lo policíaco se verifica la idea más inquietante del hombre: la lucha contra
el mal. El autor de un relato policial asume la defensa del bien. La premisa ya
estaba en Chesterton (A defense of detective stories, 1901). Sabe que un
hecho criminoso es hijo del demonio de la arena y el viento. (No olvidemos que
los romanos difamaron al terrible Atila con esta denominación). Sabe también
que el mal se objetiva en estructuras fantasmales, en trasgos que introduce la
crueldad para perder al investigador. Pero en la lucha del bien y el mal, el
hombre introyecta su fervor inabolible, y termina siendo el héroe. Escribe, de
esta manera, la Odisea de nuestro tiempo.
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NOTA A LOS SERES IMAGINARIOS
Hay un libro de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero que les ha servido a
sus autores para divertirse. Apareció en 1957: Manual de zoología fantástica.
Diez años después, en 1967, reiteran el divertimento y vuelven a reeditarlo con
un nuevo título: El libro de los seres imaginarios. Agregan unos cuantos
anímales más. Entre ellos los Eloi y los Morlocks, a los que ya me he referido al
hablar de The Time Machine (1895), de H. G. Wells. Pero Borges, que según
parece, conocía a Luciano de Samosata (lo cita en el prólogo a Crónicas
marcianas, de Ray Bradbury, edición Minotauro, 1959) olvidó para su lista de
seres imaginarios, los siguientes que aparecen en el libro I de la Historia
verdadera (siglo n):
Los lachanópteros, pájaros gigantescos, cubiertos de legumbres, cuyas alas
son de hojas de lechuga. Estos monstruos combatían en las filas de Endimión,
en la Luna, que entonces estaba en guerra contra el Sol, gobernada por
Faetón. Al lado de ellos, en la misma línea de combate, formaban los
kenchoroboles o lanzadores de mijo, y los scorodomakes que combatían con
dientes de ajo. Les seguían los psillitoxotes que cabalgaban en pulgas del
tamaño de "doce elefantes", según consigna Luciano, y los anemodromos que
luchaban a merced de las corrientes aéreas, mediante túnicas que les llegaban
a los talones. Estas túnicas eran henchidas por el viento a fin de posibilitar el
desplazamiento. También existían unas arañas más grandes que las Cíclades.
En las filas enemigas Faetón contaba con los hipomirmekes que les servían de
escudo. Eran mitad caballos y mitad hormigas. Algunos de estos animales
medían hasta dos pletros (como sesenta metros). Los comentaristas han visto
en este pasaje del Metes o Historia verdadera, una burla a Heródoto el cual
había dejado constancia de ciertas hormigas, habitantes del desierto, tan
grandes como perros. A la derecha de los hipomirmekes, se hallaban los
aerokonopes, mosquitos enormes que lanzaban nabos de extremada longitud
que al impactar mataban a su víctima "a causa del olor nauseabundo que
exhalaba la herida". Indudablemente (Luciano no lo afirma categóricamente)
estos nabos-dardos estaban impregnados de veneno de malva. Después
estaban los caulomiketes que se servían de champiñones como escudos y de
espárragos como lanzas.
Por último, Luciano menciona a los kinobalahes, hombres con cara de perro,
que cabalgaban sobre bellotas aladas. Es posible que este monstruo lo haya
imaginado el autor del Metes para replicar a Heródoto, el cual nos refiere (lib.
IV, CXCI) que en Libia se ven hombres cinéfalos (o kinéfalos), es decir,
hombres con cabeza de perro. En el mismo pasaje nos habla también de hombres
o monstruos acéfalos, sin cabeza, y de otros seres que tienen los ojos en
el pecho. Indudablemente, estas afirmaciones, según Heródoto, corren por
cuenta de los habitantes de Libia.
De Erna Schlesinger (versión supervisada por Alfredo Cahn) es la siguiente
descripción del gusano Shamir:
Existe, desde el principio de la Creación, un gusano llamado Shamir, que
posee fuerza suficiente como para romper piedras, por duras que sean. Moisés
utilizó el Shamir para grabar el nombre de las doce tribus en el pectoral de
Aarón. Pero únicamente Asmodai, el rey de los demonios, sabe en qué lugar se
encuentra este gusano.
En La isla afortunada, de Iámbulos, tan citado por Diodoros (II, 55), nos
hallamos con otro zoon fantástico, habitante de cierta región "hacia la línea de
Arabia", cuya lengua está dividida en la raíz (a modo de dos lonjas sobre la
misma base). Con esta lengua escindida el monstruo se maneja en dos
direcciones. Habla simultáneamente con dos seres, sin interferirse en las
respectivas conversaciones. Esta lengua (o este órgano) podría conjuntarse
con los ojos movibles que vio Luciano en los selenitas, para formar la imagen
de un monstruo futuro al que podría añadírsele la facultad de manejarse postizamente
con todos sus miembros y sus reservas.
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UNA NOVELA DE FRANCIS GODWIN
Francis Godwin vivió 71 años, entre 1562 y 1633. Su novela Man in the
Moone, publicada en 1638, mucho después de su muerte necesitó 200 años
para perecer. Arrasó sucesivamente con Luciano de Samosata, Kepler y
Cyrano de Bergerac. Fue imitado por muchos novelistas y saqueado
temáticamente por algún comediógrafo. (Thomas d'Urfey le tomó el argumento
en 1705 y no en 1706, como se ha dicho). Su Hombre en la Luna maravilló por
un estilo brillante que no habían tenido los que se ocuparon de indagar en la
superficie fantasmal del satélite. Pero Francis Godwin no era un hombre de
ciencia. Fue hijo de un obispo que también llegó a obispo de Llandaff en
tiempos de la reina Isabel. Escribió sobre teología y combatió a Copérnico cuyo
heliocentrismo le irritaba. Esto no le impidió un saqueo de Kepler, a quien
tampoco entendía.
Sin embargo, hay algo que no se ha dicho. Francis Godwin es posible que
leyera el Tratado de los espíritus (De spiritus, 1537), atribuido a un ignorado
obispo de Oxford (algunos creen que fue Jacob Sackeville). En esta obra
curiosa, ya inhallable, el autor nos describe a los espíritus alados, con cuerpo
de pájaros y rostro humane. Van y vienen de la Luna, trayendo el bien para
evitar el pecado carnal y otros males que pierden al hombre de la tierra
prometida en el más allá. Es la misma idea de Godwin (aunque también lo fue
de Luciano) cuando nos dice que los habitantes de la Luna sólo concebían el
bien y la pureza del espíritu. Repasemos ahora el argumento de Man in the
Moone. El protagonista es un español (espadachín e iracundo) que estudia en
la Universidad y se llama Domingo González. Cierto día atraviesa con su
espada a uno de sus contendores y huye a las Indias Occidentales. Pero ya de
regreso, cuando cree que todo se ha olvidado, enferma y es abandonado en la
isla de Santa Elena con su criado, el negro Diego. Repuesto de su malatía, se
le ocurre domesticar a las gansas que pueblan la isla. Les enseña a llevar
pequeños objetos en vuelo, y un día construye una plataforma haciéndose
llevar a una roca desde la orilla opuesta de un río. Posteriormente, tres navíos
anclan en la isla, y embarcan en ellos. Pero ya de regreso, las embarcaciones
son atacadas en alta mar por los ingleses. Domingo González acudió a sus
gansas, les ajustó la plataforma y emprendió el ascenso para ponerse a salvo
de la batalla. Las gansas ganaron altura con alguna dificultad. Luego, ya en las
capas más exteriores de la atmósfera, el protagonista observó que los "pájaros"
volaban con menor esfuerzo. (Godwin que había leído a Kepler, sabía que la
gravedad se hacía ilusoria en tanto se alejaba mucho más de la Tierra). Pero
las gansas siguieron ganando altura y ya no pudo dominarlas. En ese instante
se dirigían a su invernadero en la Luna. Cuando quiso reflexionar, se halló en el
monte Pisgah del satélite y hubo de comparecer ante el príncipe Irdonzur que
gobernaba ese mundo de colores indescriptibles, jamás vistos. (Godwin no lo
dice con claridad). El príncipe ordenó la agasajaran, y el español permaneció
dos años en la Luna.
Para Luciano de Samosáta los selenitas eran puros y morían convertidos en
una columna de humo. Godwin le plagió el concepto. Reiteró su pureza y su
moral incoercible, porque Domingo González observó que los lunáticos
detectaban la maldad de los recién nacidos, de los cuales se desembarazaban
para remitirlos a la Tierra, el planeta del pecado en acto. Había tres clases de
lunáticos: los que medían hasta 9 metros, los que medían de 3 a 4 y los más
bajos. Estos eran los bastardos, que apenas vivían mil meses y se dedicaban a
las tareas más repudiables. Los de la primera clase podían enfrentar los rayos
solares. Los de la segunda sólo podían hacerlo cuando la Tierra estaba
mortecina. Entre unos y otros la moral ascendía de estatura. Se mantenía, a
pesar de todo, la pureza y en ningún caso se llegaba a la abyección de los
terresianos. Al describir a esos seres extraordinarios, el obispo Godwin sugería
que aún era posible la salvación. Había que volverse lunático. El protagonista
toma nota de esas maravillas. Pero al advertir que ya se le han muerto tres
gansas, resuelve retornar a la Tierra con las que quedan, ayudado por un
objeto mágico, de insigne estirpe lunática, el cual evita la caída en tirabuzón
cuando aterriza en China. Y Domingo González sigue viviendo sus aventuras,
pensando que Marco Polo sólo es un espécimen para mentes calenturientas.
Lo peor de todo es que en esa brillantez soporífera de Godwin, se estrella
Cyrano de Bergerac para tomarle a Domingo González y convertirlo en el guía
de su viaje a la Luna. Esto irritó al conde de Fontainebleau, quien acuñó (Les
ardoises, 1648) un juicio inapelable que pasó a categoría de frase hecha: Metió
tanto las narices y en tanto agujero que acabó por perder el olfato. Voltaire solía
repetirla cada vez que recibía un libro desagradable.
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ESPÍRITUS APRISIONADOS EN LA LUNA
Ludovico Ariosto imaginó en el siglo xvi que todo lo que se perdía en la Tierra
quedaba depositado en la Luna. Al satélite iban a dar los suspiros de los
enamorados, la esperanza, las jerarquías que el tiempo arrastraba, las
coronas. Todo caía en la Luna fantasmal, con excepción de la locura que
quedaba para siempre en la Tierra. Pero los que se volvían locos perdían el
espíritu. Y el espíritu transmigraba a la Luna y quedaba depositado en una
redoma con el nombre de su dueño. La redoma lo comprimía en un líquido muy
fácil de volatilizarse. Si ésta no estaba bien cerrada, el espíritu se perdía
definitivamente.
Cuando Ariosto comienza su historia, nos dice que Astolfo, montado en su
hipogrifo, llega un día al Paraíso terrenal, en la cima de una montaña, y se halla
con San Juan. Está preocupado por su amigo Roldan, el cual se ha trastornado
porque Angélica, enamorada de Medoro, le ha dejado para siempre. Para curar
esa locura sólo hay una solución, responde el santo. Hallar la redoma de
Roldan en la Luna. Y ambos, en un carro de fuego, devoran el espacio y
alunizan en el satélite.
Astolfo observa la Luna que no difiere mucho de la Tierra. Allí también hay
ríos, montañas, bosques, y se ve a las ninfas que cazan el misterio entre los
árboles. Pero sólo le interesa la locura de Roldan, curar la herida que Angélica,
al elegir a Medoro, ha dejado en la razón del amigo. Rusca las redomas, y
halla, inclusive, la suya propia. Porque él, el valiente Astolfo, también tiene su
espíritu aprisionado en una redoma, que recupera al instante por mediación del
santo. Después, toma la de Roldan, realizando un esfuerzo mucho mayor. Pues
las redomas son más o menos pesadas según contengan o no la totalidad del
espíritu constituido por el líquido volátil.
Una historia similar ya era conocida en el siglo XIII. Fue la del Caballero de la
Esperanza. Se llamaba Lionell y estaba enamorado de Miriam. Pero Miriam lo
rechazaba. Le obligaba a realizar trabajos que luego desaprobaba. Un día le
dijo a Lionell: "No puedo amarte. Me falta el amor, y el que tú me das no puede
suplir el mío". Lionell consultó a un mago. Y éste le respondió: "El amor es ?!
airo extremo de la esperanza. Si quieres hallarlo tendrás que ir a la Luna. En
ella, envuelto, casi oculto en los velos que suelen verse en la superficie del
satélite, todos los seres de la Tierra tienen el suyo aprisionado. A veces se
liberan de esos velos y bajan hacia el ser para que éste pueda amar. Otras
veces... Es necesario ir a buscarlo. Si pudieras ascender hasta ella, podrías
hallar al amor que aún no ilumina el espíritu de Miriam."
Lionell entristeció. Pero un águila lo llevó a la Luna, y desde entonces se le
llamó el Caballero de la Esperanza. Allí hurgó, ayudado por la luz fantasmal.
Todos los objetos parecían idénticos. Era el efecto de la luz lunar. Extraños
esqueletos se apilaban para formar símbolos alucinantes. La Luna parecía un
cementerio donde caían los seres desaparecidos en la Tierra. Pero al lado de
esos esqueletos había una bolsita transparente, llena de aire azulado. Y cada
bolsita tenía una imagen reconocible. En una de ellas vio el rostro de Miriam.
Era el amor que le faltaba a ésta. Lionell tomó la bolsita y descendió a la Tierra,
ayudado por el águila. Cuando estuvo cerca de Miriam, advirtió que el aire
azulado de la bolsita se perdía rápidamente. Desaparecía. Lionell se echó a
llorar. Pero Miriam, aureolada por una luzazulada (fenómeno repentino,
imprevisto), se acercó al Caballero de la Esperanza y le besó en la frente. El
amor iluminaba su gesto.
No sé si Ariosto conocía esta historia. Pero hay algo de común en los dos
relatos (y es posible que haya otro, ignorado por nosotros): la fascinación de la
Luna como residencia de los espíritus y el afán del hombre por alcanzarla y
describirla como algo inmediato a su existencia.
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EQUECRATES DE TESALIA
Y LOS ORÁCULOS
Equecrates vino de Tesalia y consultó el oráculo de Delfos. Pero entró tan
repentinamente que la profetisa ("una doncella consagrada a Diana", que
apenas tenía 17 años) no tuvo tiempo de abrocharse la clámide. Lo recibió,
pues, semidesnuda y se ubicó, como de costumbre, sobre el trípode. El trípode
("mesa de tres pies") estaba colocado, a su vez, sobre el célebre agujero de
donde salía la humareda (la fumata) que envolvía a la virgen mientras se
convulsionaba antes de contestar.
La pregunta de Equecrates fue la siguiente: "¿En qué lugar del mundo, en
qué rincón o agujero estaré a mis anchas y hallaré la felicidad?". Y la
respuesta, proyectada con "voz misteriosa" desde la profundidad en que salía
la fumata (la profetisa abría la boca como en las películas dobladas) fue rápida
y no menos misteriosa: "Ese agujero que buscas –dijo la voz– está muy cerca
de ti."
Equecrates interpretó el oráculo y raptó a la virgen. Había hallado la felicidad.
Dicen los eruditos (Ajiajarilbj, entre otros) que desde entonces enmudeció el
oráculo de Apolo en Delfos. Otros, en cambio, aseguran, que en vez de
doncellas, los sacerdotes eligieron a matronas de no menos de cincuenta años
para responder a las preguntas. Hay, sin embargo, una historia de la que dan
testimonio Suidas y Nicéforo. Según éstos, "maravillado Augusto de tanto
silencio",interrogó al dios Apolo sobre las causas de su inactividad en el oráculo
de Delfos. La deidad le respondió que la llegada de un niño hebreo "dios de los
dioses" (Me puer Hebraeus, divos Deus ipse gobernans), le obligaban a "dejar
ese sitio" para "volver al Infierno" (Cederé sede iubet, tristemque rediré su
borcum).
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LA MÁQUINA DEL TIEMPO
¿Existe el tiempo? Y de existir, ¿estamos dentro o fuera de él? Es posible
que llamemos tiempo a una dimensión puramente espacial. Cuando yo digo
que tengo 30 años, estoy diciendo, en realidad, que tengo tantas "medidas"
calculadas en espacios recorridos por mí mismo o por el "Espacio-Tierra" que
me contiene. No tengo "edades". Sólo tengo espacios. Estos espacios, una vez
recorridos, se acumulan por sedimentación sobre el cuerpo. Esta
sedimentación es la medida de la edad. El tiempo es, pues, una dimensión
convencional. En el De viris (siglo I) se dice textualmente que el tiempo es un
sueño cuya revelación se obtiene en el instante de la muerte. En la Pseudo
Historia de Neferkeptah (siglo vi) se lo compara con una redoma que se agota
con la mirada. En el Hay Benyocdan (siglo XII), de Abentofail, se alude a un
tiempo circular e ilusorio. Podríamos extender la lista de modo incontenible. Si
el tiempo es, por tanto, una medida espacial, este tiempo es sólido y puede perforarse.
Una máquina específica (digamos una máquina del tiempo) puede
recorrerlo del presente al futuro o hacia el pasado. O del futuro hacia el
presente y el pasado. Los autores de ciencia-ficción han comprendido esta
verdad obscura tantas veces discutida.
La primera máquina del tiempo aparece en The Time Machine, de Herbert
George Wells, que data de 1895. (Recordemos que el autor era un entendido
en ciencias físico-naturales). No describe la máquina. Pero nos habla de sus
conmutadores y de los efectos que causa en el cosmonauta: una inmersión
hacia el vacío en el que se cae vertiginosamente como si el alma estuviera liberada
de su envoltura corporal. En este vértigo el día y la noche eran dos
aleteos sucesivos que duraban un instante. Colocado junto a las palancas y los
conmutadores, el cosmonauta, siguiendo la línea del tiempo, explora el futuro
de nuestro planeta, en permanente discordia heraclítea, y llega al instante en
que sólo hay dos razas que dividen la Tierra: la de los Eloi y la de los Morlocks.
Los Eloi pueblan el día. Son superficiales y decadentes. Creen que la
inteligencia es un invento para torturarse. Los Morlocks manejan la noche. Son
los antípodas del espíritu, dispuestos a la destrucción. El cosmonauta analiza
estas razas antagónicas, las peripecias que ha de sufrir entre los seres de la
noche. Sigue en la máquina del tiempo, explorando el futuro inacabable. Un día
estalla el sol. La Tierra se convierte en un signo de objetos trasudados. El
páramo y la muerte. En vez de hombres sólo hay unos seres (el resto de la
humanidad) en forma de cangrejos.
El tema del tiempo volverá mucho después en otro relato del autor, incluido
en Twelve Stories and a Dream. Lleva el título de "El nuevo acelerador", en el
que Wells nos habla de una droga inventada por el profesor Gibberne, cuyos
retratos fueron anticipados por el Strand Magazine en 1889. Esta droga sirve
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para retardar el paso del tiempo. Copio estas líneas: "Prácticamente habíamos
estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y haciendo toda clase de cosas,
en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido media hora
mientras la banda había tocado dos compases. Pero el efecto causado en
nosotros fue el de que el mundo entero se había detenido para que lo
examináramos a gusto."
El tema del tiempo es inagotable. Patrick Moore (Science and Fiction, 12) nos
recuerda un cuento del canadiense Stephen Leacock (The Man in
Asbestos),cuyo protagonista, para viajar en el tiempo hacia el futuro, se
aletarga en un sueño de varios siglos que luego han de facilitarle la
exploración. Este cuento tiene semejanza con otra obra de Wells, publicada en
1899 y editada en 1910 con el título de El durmiente despierta (The Sleeper
Awákes). Aquí el protagonista es preparado para una especie de vida latente
que le permitirá el viaje a través del tiempo. Einstein, a su vez, al formular su
teoría de la relatividad, posibilitó la idea de la contracción del tiempo. Sobre
este concepto, incluido el de la curvatura, los monstruos de la imaginación
conquistaron el espacio para preceder al hombre.
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PAUSANIAS, ASESINO
Olimpia tenía 13 años y danzaba desnuda ante Dionisos, en Epiro. Era la
más hermosa de sus sacerdotisas. Su cabellera le llegaba a la cintura, aturdía
su cuello y le inflamaba los senos. El vértigo era su segunda naturaleza, y el
dios, por boca del oráculo, debió confesar su rendición. Filipo de Macedonia la
vio danzar y se la llevó antes de que el delirio lo aplastara. La hizo reina. Pero
en la noche que precedió a su matrimonio, Olimpia soñó que el viento
penetraba en su alcoba y la envolvía en un remolino centelleante que le hacía
perder el sentido. Consecuencia de este hecho, dice Ajiajarilbj (Capitularía
regum grecorum, II, 7), fue el nacimiento de Alejandro, que Filipo de Macedonia
presentaba como hijo propio y no como hijo de Zeus, según afirmaba Olimpia.
Pero Filipo, además de valiente e invencible, era grosero y bebedor. Le
gustaban los festines y las hetairas, a las que luego despreciaba por haberse
sometido. Esta circunstancia y el odio hacia Olimpia por parte de Átalo, su
favorito, que despreciaba el refinamiento y la cultura atenienses (Aristóteles era
el preceptor de Alejandro), indujeron al hombre de Filipo a conspirar contra la
reina y su hijo. Una noche, en otro de los tantos festines, le presentó a
Cleopatra, su sobrina, y Filipo apartó a las hetairas para admirar dos ojos
infernales sobre un rostro de fuego que se alzaba desde los límites de un
cuerpo diabólico. "Tiene catorce años –le dijo Átalo–, y ha nacido para ser
soberana." Las palabras milimetradas del intrigante (las recuerda Aristrimando
en sus Paralipómena, 135 c), ayudadas por el alcohol y el sexo, atraparon a
Filipo, quien acarició a la niña y la sentó a su lado al tiempo en que hacía
desnudar a las hetairas para que danzaran en nombre de la belleza de Cleopatra.
Los generales de Filipo se miraron. Alejandro, que tenía bajo su clámide el
texto de la Odisea que Aristóteles le explicaba sabiamente, pensó en Circe y
vio en la sobrina de Átalo a la futura Maga que habría de convertir a Filipo de
Macedonia en un cerdo (De Incorruptibilitate Alexandro, III, 13). Olimpia
también se enteró, pero el mal ya estaba en las entrañas de Filipo.
Desde ese día el macedonio repartió su vida privada entre las hetairas y
Cleopatra. Cuando llegaba borracho al lecho de Olimpia, ésta lo rechazaba
invocando a Zeus y Dionisos. Pero Filipo ya estaba obliterado y acometía la
desnudez de Olimpia con la arbitrariedad de un loco enfurecido y ofendido.
Olimpia huía de la alcoba y se refugiaba en las habitaciones de Alejandro.
Entonces Filipo daba unos pasos y caía sobre el piso vencido por el alcohol.
Afuera, en las cuadras, relinchaba Bucéfalo, el caballo de Alejandro.
Pero Olimpia tenía sus adoradores dionisíacos, sus jóvenes místicos,
devotos del raptus de Dionisos, que seguían recordando sus danzas frenéticas
inspiradas por el dios. Uno de ellos era Pausanias, que se hincaba ante ella,
mordido por el amor, y le besaba el ruedo de sus vestiduras y sus pies. A éste
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le confesó su odio y las felonías de Filipo. La Rué, en el siglo xv (La sorcellerie
tragique, c. VII) imaginó el diálogo: "Si tú pudieras... –le dijo a Pausanias–.
Dionisos no es un vacilante y sabe inspirar el delirio creador. Filipo ha olvidado
la gloria de las armas para yacer en adulterio y enlodarse con las hetairas y el
brebaje." Y Olimpia, llena de crueldad, acarició la frente y los cabellos sedosos
de Pausanias. Acaso le insinuó entregarse a él si hundía su puñal en Filipo.
Desde entonces Pausanias, delirante, acometido por el fuego, sólo vio la carne
inmaculada de Olimpia, su cuerpo deslumbrante y agotador.. Y esperó el día.
Filipo repudió a Olimpia y se unió a Cleopatra. Y también esperó su día. Y
este día llegó con el nacimiento de un hijo varón a quien él proclamaría su
heredero para que Átalo asesinara a Olimpia y al otro hijo de ésta habido por
mediación de Zeus. Entonces reunió a sus generales y favoritos en su palacio y
ordenó un festín y las dádivas al pueblo para presentar a Cleopatra y su hijo.
Ése fue el instante. Pausánias, disfrazado de pastor, con un traje de piel, se
ubicó entre la multitud, a las puertas del palacio, esperando un hueso del festín.
En su rostro seco y sus ojos incoloros, sólo había un signo que iba y venía
desde su sangre: la muerte. Apenas hablaba con sus compañeros. Olimpia era
una idea que le ardía en las entrañas. De pronto, la guardia abrió las puertas
para que entrara una comitiva. Pausánias, con los puños crispados, se deslizó
tras ellos y caminó hacia la sala delirante, donde la borrachera y el vértigo eran
las formas imprevisibles de la tragedia. Sin que nadie advirtiera su presencia se
colocó a la espalda de Filipo de Macedonia y aguardó el momento propicio.
Átalo y los generales deliraban. Las danzarinas ondulaban sus vientres y
ofrecían sus curvas a los ojos insaciables que hablaban de posesión y seguían
la parábola de los sexos. Filipo ya tenía la copa en sus manos, y Átalo
esperaba las palabras para el exterminio de Olimpia y Alejandro. Pero la copa
quedó en el aire, suspendida por una fuerza diabólica. El puñal de Pausánias
había penetrado tres veces en la espalda de Filipo. La sangre de la víctima
manchaba el rostro del asesino. Átalo y los generales desenvainaron sus
espadas. Pausánias se refugió en un patio. Pero fue alcanzado y ultimado
mientras invocaba a Zeus y Dionisos. Cuando fue atravesado en la última
estocada, verificó que algunos de sus matadores eran los partidarios de la
misma Olimpia.
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LEYENDA DE CYRANO DE BERGERAC
Cyrano de Bergerac tenía una nariz monstruosa y afilada. Un día, mirándose
al espejo, infirió que esta nariz era el signo premonitorio de la espada. Se hizo
espadachín, un hombre imbatible con la espada. Luego pensó que sería muy
fácil la derrota de sus enemigos con nada más que cruzar el acero
acompañando sus estocadas con largas tiradas de versos que le crecían como
estrellas en la noche. A uno de tales enemigos lo atravesó con estos versos:
Mira la hoja centelleante I Es la luz que no apagaron los Atlantes. A un
funcionario que dudaba de su destreza, lo precipitó en la muerte con este
dístico: Si hallas la hoja centellante / No mires su luz, mira su sombra. Desde
entonces lo creyeron una encarnación demoníaca.
Estudió magia. Sus recetas iban acompañadas de inacabables, infinitas
metáforas rimadas. Es posible que haya creído que el mundo era la metáfora
olvidada de un mago con extraño sentimiento del humor. A uno que le pidió un
remedio para obtener la confianza de su novia, le contestó: "Recítale en griego
el último canto de la Odisea. Pero trata de no fallar en ningún detalle. En
seguida festejarás tus nupcias." Esta contestación le valió el mote de
humorista.
Otro día, cansado de atravesar a sus enemigos con su "hoja centelleante", se
dedicó intensamente a leer la novela interplanetaria del inglés Francis Godwin:
Man in the Moone (1638) en la cual el protagonista, un español Domingo
González, realiza un ascenso a la Luna valiéndose de veinte gansas que iban a
su invernadero en el satélite. La novela, aunque bien escrita, le pareció letal.
Quiso superarla y escribió Les voyages aux Etats de la Lune et du Soleil
(1643). Pero necesitando un guía se apoderó del protagonista de Godwin.
(Dante ya había descendido a los infiernos con Virgilio). En estos imperios de la
Luna y el Sol halla máquinas maravillosas que se determinan por sí mismas y
se adelantan a los robots de Norbert Wiener. Descubre, mucho antes que
Montgolfier, que el aire caliente es más liviano que la atmósfera, e inventa los
globos de ascenso. Llega al Sol. Solniza en una de sus manchas para evitar el
fuego devorador. Y cuando recorre su inmensa extensión halla unos árboles de
cuyas ramas (como los suicidas arbóreos de Dante) salen voces que modifican
el misterio.
Cyrano de Bergerac no era astrónomo. Pero en Les voyages aux Etats de la
Lime et du Soleil descubrió, para los astrofísicos, la propulsión a reacción.
Cuando él se propone ascender a la Luna, utiliza distintos procedimientos
hasta que por fin advierte que una carroza acoplada con cohetes puede ganar
altura y vencer la fuerza de gravedad. La carroza se eleva al deflagar la carga.
Vuela así durante un tiempo y cae. Pero Cyrano continúa el ascenso orbital
porque los rayos del Sol absorben la médula de anímales que él se ha puesto
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en el cuerpo a fin de restañar ciertas heridas producidas en el intento anterior
de lanzarse al espacio.
Cuando alguien le preguntaba la razón de su vitalidad en la hoguera del Sol,
les respondía que los seres humanos eran unos monstruos que los cuerpos
celestes rechazaban para evitar un incendio cósmico. Se anticipaba a la
próxima guerra de los mundos. Verosimilitud no improbable. Acaso profética, ya
entrevista por Wells (The Wat of the Worlds, 1898) en que los marcianos, con
ojos de insecto, son vencidos por los terresianos, los cuales1 disparan contra
ellos bacterias infecciosas.
Por último, la leyenda asegura que de los dos Cyranos, el que he descripto y
el de carne y hueso, sólo el primero es el que ha de figurar entre los inmortales.
La envoltura corporal que pudo haber tenido (murió a los 35 años) fue el medio
adventicio y sin importancia que sirvió para eternizar su imagen.
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LA LITERATURA FANTÁSTICA
En lo fantástico se presenta el mismo elemento que en lo policial. Existe el
mal y existe el bien. Y con ellos el arquetipo odiseico que destruye y es
destruido. Pero la dimensión es distinta. El absurdo tiene un sentido de lo
maravilloso que en lo policíaco no se comprueba o que sólo queda oculto en la
serie infinita de realidades. Está sostenido más directamente por el símbolo,
encarnación que cubre lo infinito, según afirmaba Carlyle (Sartor resartur, III, 3).
Es una acción apofántica que oculta otra cuyo significado puede verificarse
(Corpus hermeticum, 1471, lib. I). Y en este caso no interesa el
quebrantamiento o no de la ley causal (es decir, la transgresión de la ley
natural). El hecho fantástico, a través del símbolo, se da en el mismo sentido.
El crimen, por tanto, es un hecho absurdo cometido contra la regularidad del
mundo causal. Lo fantástico también es un absurdo, pero proyectado contra la
irregularidad de las leyes físicas. Esto no excluye la regla anterior. En lo
policíaco y lo fantástico hay una relación de contacto a través de la absurdidad.
Si buscara una evidencia, podría reforzar el pensamiento de Alain Robbe-Grillet
en Les gommes (1956).
Los relatos fantásticos más antiguos fueron egipcios y se escribieron entre el
siglo XIII y el XIV a. de J.C. Los reunió Máspero en Les contes populaires de
TEgipte ancienne (París, 1889). En uno de ellos, el Satni, su protagonista lucha
contra los magos y las momias a las que el Espíritu Maligno ha dotado de
habla. En otro, la princesa Baktán, poseída también por el Maligno, anticipa la
introyección del Dibouk por la Cábala.
Algunas fábulas del Pantschatantra (s. ni para ciertos autores) no dejan de
ser fantásticas, como aquéllas de la niña convertida en rata. También debemos
considerar como fantásticas Las metamorfosis, de Ovidio, y otras piezas
anónimas del mismo siglo (el I a. de J.C). Recordemos una sola de quien debió
enfrentar la permanente iracundia de Augusto: la que se refiere a Pigmalión.
Cuando éste de las impúdicas Propétidas, juró permanecer célibe. Pero
enamorado de una estatua que había esculpido, pidió a los dioses le dieran
vida. Venus, compadecida, promovió el milagro un día en que Pigmalión,
después de acariciar y besar a su mujer de mármol, quiso yacer con ella. La
estatua comenzó a ruborizarse. El fuego llegó a lo más profundo de su frialdad.
Se hizo carne. Y de ese extraño connubio, Pigmalión tuvo dos hijos: Pafos y
Ciniras. Ciniras, a su vez, tuvo una hija, Mirra, que se enamoró del propio
padre, en cuyo lecho se tendió una noche, ayudada por su nodriza. Cuenta
Ovidio que el incesto se repitió muchas veces con la complicidad de las
tinieblas. Pero al fin descubierta por el padre una noche en que hábilmente
encendió las luces, huyó desolada y culpable hasta cubrirse de corteza y
raíces. En unos segundos –escribe el poeta– quedó transformada en árbol
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hasta el vientre. Su sangre se hizo savia. Sus brazos se convirtieron en ramas.
Sus cabellos en hojas. De su vientre, antes de que se operara la metamorfosis
total, advino el hijo del incesto que recogieron las Náyades (lib. 10, III).
Luciano de Samosata en nuestra era (s. n), acaso el primer filósofo de la
historia, fue también contra su propia concepción, un inventor de argumentos
fantásticos, como lo prueba su extraño Philopseudes. También es fantástico el
viaje metafísico del Hay Benyocdan (s. II), en el cual, Hay, el protagonista,
amamantado y criado por una gacela, desciende a las profundidades del alma
a través del movimiento circular. (No debemos confundir esta obra con el Hay
ben Yagzan, de Avicena, de distinta doctrina).
Otra fuente de lo fantástico es el libro de Las mil y una noches (Abil Leylah
voa Leyhh), cuya redacción definitiva ha sido fijada entre 1475 y 1525. Sus
cuentos no son totalmente arábigos. Los temas fantásticos son indios. Esto lo
previo Augusto Guillermo Schlegel en carta del 20 de enero de 1833 a Silvestre
de Sacy, cuando se refirió a las 32 historias de las estatuas mágicas y a los
cuentos del papagallo (Cutasaptati o Libro del Papagallo). Advirtió un número
de sustituciones, verificables en algunos casos: Salomón por Visvamitra, Corán
por Vedas. En uno de sus cuentos, los cuatro representantes de las principales
religiones, son convertidos en peces de color. Estos cuatro representantes son
las cuatro castas de la India. Para ciertos eruditos, Las mil y una noches es un
libro apócrifo. Se trata de un conjunto de cuentos indios, persas y acaso
griegos, contenidos en el Hezar Efsamer o Mil cuentos (siglo VII), de cuyo título
derivó el de Las mil y una noches. Lo cierto es que nos sigue fascinando. Lo
prueba "El juramento del cautivo", incluido por Borges y Bioy Casares en los
Cuentos breves y extraordinarios (1955). No repararon, sin embargo, que
donde dice "Salomón, hijo de David", debió decir Visvamitra, hijo de Qadhí. Los
mismos autores volvieron a Las mil y una noches en el Libro del cielo y el
infierno (1960). Y Borges, en Historia de la eternidad (1953), estudió sus
traducciones y apocricidades.
He omitido a Flavio Josefo, su misterioso relato de la fuente de Jericó, cuyas
aguas dejaron de influir maléficamente en las mujeres, para convertirse en
fecundantes por obra de Elíseo (Guerra de los judíos, lib. IV, cap. VIII, 3). O esa
otra historia del Talmud (2, XXI, 13) en cuya balanza de ultratumba pesó mucho
más un grano de arena que el cráneo de un justo. O el relato de la mujer de
Pites, recordado por Plutarco (Tratado sobre las mujeres, s. I), que ofreció a su
esposo manjares de oro para combatir la desmedida ambición de riquezas. O
esos seres apofánticos que llevaban implícita la otra imagen –semper tomen in
corpore ocultam, Evam–, según escribía Gnosius en su Hermetis Trimegisti (I,
3). O los actos mágicos de los textos proféticos del Chilam Balam (Primera
rueda). Recuerdo el de la doncella que se introduce desnuda en las aguas
mientras los demás danzan y recitan fórmulas enigmáticas para atraer al ser
esquivo). O el robo de hombres de la tribu de Vuv Amag por parte de Balam73
Quitzé, Balam-Acab, Iquí-Balam y Mahucutah cuyas huellas eran de tigre
(Popol-Vuh, TV, cap. II).
Si a estas referencias agregáramos los mitos nacionales o transmitidos,
pondría en lugar inalienable el mito argentino del kakuy, cuya primera versión –
me refiero a la escrita– la realizó Rafael Obligado en los octosílabos de El
cacuí, escritos en 1894. De éste, con igual sentido que el de una fábula para
niños, ad usum Delfini, lo tomó Ricardo Rojas en El país de la selva (1907).
Prescindiendo de esta fábula que aún se repite, convendría decir que el incesto
convierte a la hermana en pájaro, porque el hermano ha violado la ley del
padre. Es una tragedia de instancia teriomórfica y totémica que ya estaba implícita
en las apreciaciones teóricas de Frazer (Totemísm and Exogamy, I). Creo,
indudablemente, que en una historia de lo fantástico, no podríamos apelar a los
mitos. La mitología es una estructura anónima elaborada en el tiempo. Lo
fantástico, en cambio, es el mito inventado individualmente. Tiene un autor
conocido.
74
LOS NUEVE DESCONOCIDOS
El tema del Golem no se agota con Rabi Low, de Praga. Alberto Magno creó
el suyo y lo dotó de perspicacia. Pero Santo Tomás de Aquino advierte un día
su automatismo demoníaco y le descarga su bastón para destruirlo. El amigo
no se disgustó con el santo. Paracelso, en el siglo xvi, también manufacturó un
Golem. Goethe, inspirado en aquél (suscribo la sospecha de Bokser), ideó el
Fausto. Alberto Magno y Paracelso, sus procedimientos esotéricos, influirán
después en Mary G. Wollstonecraft Shelley para crear, en la ficción de
Frankestein or the Modem Prometheus (1817), el monstruo que será la ruina de
su hacedor, un médico que ha descubierto "el principio de la vida". El monstruo
le exige una compañera. Pero el doctor Frankestein se niega. Aquél se venga
dedicándose al crimen y asesinando a todos los suyos. El mismo médico
perece en su persecución. Cuando el monstruo se queda definitivamente solo,
sin su creador, busca la pira funeraria para sucumbir.
Tenemos, sin embargo, una historia inquietante: la de los Nueve
Desconocidos. Fue hacia el final del siglo ni a. de J.C. Se llamaba Asoka y era
emperador de la India. Su imperio se extendía hasta la Malasia, el Ceilán y la
Indonesia. Un día, apesadumbrado por su propio triunfo en la batalla de
Kalinga (los kalingeses habían perdido cien mil hombres), consultó a las
fuerzas del Espíritu Imbatible y decidió prohibir para siempre todo exceso de la
inteligencia que no ayudara a comprender al ser humano como unidad
inalienable. Impuso duras penas para los que emplearan su sabiduría en la
destrucción del mundo, y recompensó a los que trabajaban por la perennidad
del hombre.
Esas decisiones requerían un organismo ejecutor que fuera, al mismo
tiempo, el encargado de vigilar que los secretos de la ciencia no pasaran a los
profanos. Y entonces Asoka fundó una sociedad secreta (la única que conocía
el misterio de la materia) que se llamó la de los Nueve Desconocidos. Sus
integrantes guardaron el más absoluto silencio, y los grandes de esta tierra que
la conocieron, no quisieron revelar la fuente de su propio poderío. Entre estos
últimos estaban Gerbert d'Aurillac (que era, en realidad, el Papa Silvestre II) y
Dante Alighieri. El primero, después de un viaje al antiguo imperio de Asoka, en
el año 980, volvió a Ravena con una cabeza de bronce que respondía
afirmativa o negativamente (decía sí o no, según los casos) a las consultas del
Papa sobre la situación imperante en el mundo. Era un Golem o un Robot
anterior a la cibernética, si convenimos en que esta ciencia es de creación
reciente.
Se dice que la cabeza parlante fue fundida a la muerte de su dueño para
impedir la destrucción del mundo.
75
Dante Alighieri, el segundo hombre que tomó contacto con los Nueve
(recordemos la simbología del número 9 en toda la Divina Comedia), descendió
a las regiones infernales y después de recorrer sus nueve círculos, ascendió a
la montaña del purgatorio y de ahí a los nueve cielos ptolomeicos y al Empíreo
(ciel che'e pura luce; Par., XXX, 39). El viaje acaeció entre el 8 y el 15 de abril
de 1300. De esta visión nació la Divina Comedia.
Cada uno de los Nueve Desconocidos tenía a su cargo un libro que se
renovaba a través de los años, cuando la ciencia adquiría un nuevo tributo. El
libro II, dedicado a la fisiología, nos habla de lo que podríamos denominar
telequinesia, una de cuyas definiciones sería, sintéticamente, la que sigue:
percepción a la distancia. Esta percepción, vinculada con el sistema nervioso,
es, asimismo, sensación y verificación. En La casa espectral (1964), cuento
parasicológico de John Batharly, que trata este asunto, se dice que en el
acápite correspondiente del libro II se habla a su vez de ciertos nódulos
mutantes que poseen algunos seres privilegiados para percibir la
transformación de la materia humana más allá de ese accidente que llamamos
muerte. Además, no todos los que mueren, mueren en un sentido absoluto. Se
transforman en otros seres vivientes que sólo pueden ser detectados por los
que tienen el don de la telequinesia.
76
ROBOT CONTRA CYBORG
Entre las historias imprevisibles del De viris (siglo I) hay una sobre la cual se
han acumulado infinitas hipótesis contradictorias. Esta historia sólo tiene dos
líneas incongruentes, perdidas en una exposición acerca del alma como
instancia teriomórfica. Literalmente: Movía un pie y luego el otro, y una mano y
después la otra, pero del otro lado la masa blanda y grisácea que gobernaba
sus extremidades, destruyó el mecanismo. Algunos han querido ver un ser
monstruoso de ocho extremidades: cuatro manos y cuatro pies. El hombre
circular de Platón. Otros, una bestia innominada del apocalipsis. Acaso el
dragón derrotado por el misticismo.
Creo, sin embargo, que hay equivocaciones imbatibles desde ambos lados.
El significado no es tan hermético o tan incongruente como yo también dijera.
Se trata, en realidad (estoy casi seguro), de dos seres distintos. El primero
(obsérvese que en la frase se habla de "mecanismo") es lo que ahora
llamaríamos un Robot. Tiene cuatro extremidades, y no más. Las otras cuatro
pertenecen a un segundo ser. La frase es clara. Pues ella dice: "del otro lado",
y agrega: "masa blanda y grisácea" Esta masa no puede ser otra cosa que el
cerebro. Pero aquí, un órgano vivo que gobierna cuatro extremidades y
destruye el primer mecanismo. (No es posible creer en un monstruo de ocho
extremidades que se destruye a sí mismo). Este segundo ser es el Cyborg.
Trabado en lucha con Robot, lo derrota a pesar de su escasa persistencia: una
"masa blanda y grisácea". Y Cyborg es más fuerte. Tiene autonomía. Gobierna
por sí mismo sus extremidades. Explicaré ahora el origen de estos mecanismos.
Robot es una palabra checa que significa trabajo. La difunde el checoslovaco
Karel Capek en su inmortal R. U. R. (Rossums Universal Robots (1902). Es un
drama en tres actos y un prólogo, cuya acción se objetiva en derredor de la
Reason's Universal Robots, establecimiento en el que se fabrican robots para
abaratar la mano de obra. Pero estos robots adquieren conciencia, y un día,
cansados de su propia mecanización, se rebelan contra el hombre. No hay otra
salida que la muerte. Sin embargo quedan Primus y Helena ( dos robots
redimidos por el amor. Ellos serán el Adán y Eva de una nueva civilización: "Se
derrumbarán casas y máquinas", –dirá Alcmist al final del drama– "se
resquebrajarán los sistemas y el nombre de los grandes caerá como hojarasca.
Pero sólo tú, amor, fructificarás en los escombros y confiarás a los vientos la
semilla de la vida."
Complemento de Karel Capek sería I, Robot (1954) de Isaac Asimov, el cual
imagina un mundo con su Manual de Robótica cuyas leyes es posible que se
cumplan algún día. Estas leyes robóticas son tres, y están concebidas
definitivamente para una civilización venidera: "1: Un robot no puede dañar a
77
un ser humano o dejar que un ser humano sufra daño por su inacción. 2: Un
robot debe obedecer las órdenes transmitidas por un ser humano, siempre que
estas órdenes no estén en oposición con la ley primera. 3: Un robot debe
proteger su propia existencia, siempre que esta protección no esté en oposición
con las leves primera y segunda."
Cyborg es una palabra cuya composición deriva de "cibernética" y
"organismo". Cibernética, a su vez, deriva de kybernetes (piloto de barco,
timonel, en griego), y aparece, por primera vez, en el Essai sur la philosophie
des sciences (1834), del físico Ampére, para culminar como superciencia en la
Cybernetics (1948) del norteamericano Norbert Wiener, creador del control y
comunicación en los animales y los mecanismos electrónicos. El Cyborg es,
pues, un cerebro vivo conectado a un mecanismo. En lucha contra Robot es su
posible triunfador. Dejo así explicado el obscuro pasaje del De viris, cuya
anticipación es profética.
Para terminar estas líneas sobre los seres mecánicos, debemos recordar la
Andreida de Villiers de Lisie Adam (L'Éve Future, 1886) que Capanna (El
sentido de la ciencia-ficción, 1966) llama ginoide o gineide, el robot femenino.
En el mundo futuro, Robot, Cyborg y Andreida serán tres aliados o tres
enemigos irreconciliables.
78
LA IMAGEN VACÍA DE ROBOT
En el siglo n de J.C., Luciano de Samosata, redactando su Historia
verdadera, creyó hallar en la Luna extraños buitres caballos de tres cabezas y
fríos guerreros montados sobre pulgas espeluznantes. La visión (tergiversada
por algunos) fue recogida por los continuadores de Hermes Trimegisto hasta
llegar a Guy Lefevre de la Broderie en cuyo libro de L'encyclie de secrets de
TEternité, publicado en 1570, advirtió que los monstruos de Luciano de
Samosata eran imágenes vacías donde sólo existía la imaginación sin el
espíritu ("ni el Uno ni la Eternidad"). Cuatro siglos después, un poeta alquímico,
Leopoldo Marechal, habitante de una obscura ciudadela literaria donde todos
se destruyen con balas de silencio y diatribas fáciles, reitera el mismo principio
al escribir El poema de Robot (1966): "Y siendo yo el alumno de Robot el Vacío
/ me forzaron también a la ciencia y conciencia / de una redondeada vacuidad."
Porque Robot es un ser vacío, frío, sin enigmas ("La casa de Robot está en
el polo / contrario del enigma"). Y Marechal, el poeta alquímico, agustiniano,
irónico, el hombre que descendió, acompañado de Schultze, a la Cacodelphia
infernal de su inalienable Adán Buenosayres (1948), nos da la imagen de este
ser electrónico que ya Luciano de Samosata había entrevisto al describir los
monstruos selenitas. Nos introduce, por tanto, en su naturaleza destructora
donde no existe ese bien que en su Descenso y ascenso del alma por la
belleza (1965) califica de Uno y Eterno. Y esa inexistencia, esa ausencia, objetiva
las otras ausencias, porque "... en la gloria de Robot no hay ángeles / ni
demonologías en su infierno, / sino la exaltación o la tristeza / del átomo de
hidrógeno." Y Marechal sabe que este monstruo científico es un hombre
manufacturado, "un hijo brutal de la memoria", acaso ese ser con ojos de
insecto según lo previo Wells en sus marcianos de The Wanof the Worlds
(1898).
El Poema de Robot tiene audiencia en una larga, irreversible voluntad del
poeta por comparecer ante la verdad que desgarra al hombre. Marechal sabe
como Samuel Johnson (Rasselas, X) que el poeta es un legislador de la
humanidad, y que ubicado en dimensión de libertad sólo aspira a señalar el
peligro. De ahí su militancia, su voz imbatible, sus imágenes gélidas, irónicas,
pero exultantes de amor por esa criatura que inventa la continuación del vacío
para destruirse. El poema de Robot es, precisamente, esa mise au point a la
vacuidad de una nada electrónica urgida por los hijos de la memoria. Señalarla,
verificar su tristeza (".. .la Electrónica .. / lo amamantó en sus pechos agrios de
logaritmos") es fundar en parte el concepto de Johnson sobre el poeta como legislador.
Y El poema de Robot cumple con esta destinación, ubicando el
espíritu por encima de los átomos que se destruyen y recrean en estructuras
inverosímiles, terroríficas. El infierno del Alighieri, la Cacodelphia del propio
79
Marechal, ya no es ahora el centro de la Tierra, sino el espacio orbital cuya
meta es el vacío que añora el monstruo. Pero Marechal sabe que el espacio
está iluminado y que es asiento del Uno y lo Eterno. Lo que no quiere es que
ese espacio se llene de la progenie atómica de Robot. Porque los hijos de
Robot pueden ser la noche obscura del hombre, la lágrima convertida en
maldición irredimible que contamina las interminables, inacabables galaxias del
cosmos.
80
LOS XENOIDES
En la novela 1984 (Nineteen Eight-Four), publicada en 1949, George Orwell
imaginaba la esclavitud del espíritu como consecuencia de una guerra atómica.
El mundo quedaría dividido en tres Estados totalitarios que serían Oceanía,
Eurasia y Eastasia. Existirían cuatro ministerios: el de la Verdad, que
propagaría las nociones de imparcialidad para que el hombre pudiera ponerse
en contacto con los slogans que justificarían su amor por la esclavitud, forma
tranquila para tener el estómago saciado y el cerebro en decadencia. El de la
Paz, que se ocuparía de la guerra como necesidad imprescindible del hombre.
El de la Abundancia, para equilibrar el hambre dentro del hambre. Y el del
Amor, que se ocuparía de los crímenes del pensamiento. Estos cuatro
ministerios, coordinados con la institución periódica de "dos minutos de odio"
para exaltar el patriotismo, haría del hombre un cerdo más dichoso que el
obtenido por la magia de Circe. Para Orwell el hombre no tendría salvación.
Sus enemigos estaban en este mundo.
Pero el escritor inglés no estaba al tanto de los otros enemigos. Ignoraba que
existieran los xenoides, seres extraterrestres, posibles habitantes de mundos
paralelos donde la antimateria (exista o no exista con este nombre) acecha la
destrucción del mundo. Seres inabolibles que posiblemente nos vigilan.
Esos xenoides (término acuñado por Anthony Boucher) podrían ser los
causantes de "obscuros sucesos" que la humanidad, como ha dicho M. K.
Jessup (The case for the Ufo, 1955), ha llamado sobrenaturales o
paranormales. Transcribo de Jerom Cardam algunos de estos "obscuros
sucesos" que jamás tuvieron explicación: "Un día de verano de 1809, Benjamín
Bathurst, embajador de Inglaterra en la corte de Austria, se hallaba en una
pequeña ciudad alemana. Su carroza se detuvo delante de una posada. El
embajador descendió y caminó unos pasos. Los caballos ocultaron su figura
por un momento y el posadero dejó de verlo lo mismo que sus criados y
algunos viajeros que se encontraban allí." La desaparición del embajador fue
definitiva. "En 1930, en Nueva York, el juez Cráter salió de un bar y se dirigió
hacia su automóvil que se hallaba a unos diez metros de allí. Había testigos. Y
sin embargo el juez literalmente se volatilizó." A estos hechos hay que agregar
la desaparición de embarcaciones y aeronaves en situaciones en que nada
hacía prever ningún peligro.
Es posible que los profetas de la Biblia fueran los primeros en conocer estos
seres extraterrestres que llamamos xenoides. Las visiones de Ezequiel, de
Enoc y de Isaías refirmarían la antigüedad de tal suposición. El mundo ha
luchado siempre contra ellos.
No es improbable que Voltaire sea el primer autor moderno que en
Micromegas (1752) intuyó la importancia de un xenoide. Veámoslo.
81
Micromegas, nacido en Sirio, constelación del Can Mayor, es exiliado por
ochocientos años. Es un ser monstruosamente gigantesco con un cerebro
poderosísimo, cuyas reacciones superaban mil veces la velocidad de la luz.
Llegado a la Tierra, Micromegas se asombra de nuestra estructura casi
microscópica, y se plantea un interrogante: ¿Puede tener la facultad de razonar
un ser tan pequeño y tan extraño? Acaso Voltaire, valiéndose de Micromegas,
se burle del hombre. Pero el hombre conoce sus limitaciones. Conoce, como
Zenon, que Ulises jamás alcanzará a la tortuga. O que la flecha lanzada al
espacio quedará detenida por su lentitud en los segmentos infinitesimales de la
parábola espacio-temporal. Los xenoides podrían haberse generado en su
cerebro.
En todo caso, el hombre, extremando el símbolo de Lewis Carroll, habría
atravesado su propia imagen del espejo para caer del otro lado de su ser.
82
MICROMEGAS Y OTROS XENOIDES
Micromegas, el xenoide de Voltaire (Micromegas, sátira sobre la
insignificancia del hombre, escrita en 1752), tenía ocho leguas de alto y una
cintura de cincuenta mil pies. Siendo muy niño (tenía entonces 250 años) ya
superaba las cincuenta proposiciones de Euclides, "que son dieciocho más que
hizo Blas Pascal". (Sigo la confusa traducción del abate Marchena). Salido
apenas de la infancia, Micromegas, de edad de 450 años, compuso un libro
que motivó su expulsión de Sirio por un tiempo adecuado a la vida de esos
xenoides, que en el caso se redujo a ocho siglos. En este libro el autor trataba
de establecer la identidad sustancial de las pulgas de Sirio con la naturaleza de
los caracoles. Tal herejía lo hizo acreedor al exilio.
La estatura de Micromegas puede inferirse de un solo detalle. Cuando el
xenoide llega a la Tierra, el océano sólo le mojaba los talones. Pero él estaba
acompañado por un "enano" de Saturno que medía dos mil varas. A éste el
agua le llegaba a la "media pierna". Para poder ver a los terresianos deben
hacerlo a través de los diamantes del collar de Micromegas. Y para poder
oírlos, el gigante se corta la uña del pulgar y se fabrica una bocina. De esta
manera pudieron establecer el diálogo con los terresianos, a quienes Voltaire,
por intermedio de sus personajes, llama despectivamente "especie ruin",
"insectos vanidosos", "átomos infinitesimales, invisibles". Y comienza la
confrontación. Los conceptos se desplazan hacia la vida, la guerra incesante, y
la muerte. A Micromegas le parece imposible que tales seres despreciables
tengan ideas. De pronto, para demostrar su inteligencia, los átomos-insectos
(estos hombres que nada significan) le plantan al habitante de Sirio un árbol en
el culo, y le dan la medida de su estatura ("nuestros filósofos le plantaron un
árbol muy grande en cierto sitio que Swift hubiera nombrado pero que no me
atrevo a mentar por el mucho respeto que tengo a las damas" 1). Micromegas,
aturdido, les promete un libro sobre el misterio del universo. Cuando los
terresianos lo abren en la Academia de Ciencias de París, se hallan con las
páginas en blanco. La inferencia simbólica no podía ser más precisa. Nadie
sabía nada, premisa de Nicolás de Cusa en el siglo xv.
Mucho antes de que Voltaire escribiera su Micromegas, ya circulaba
(comienzos del siglo XVIII) el sueño de Gathemby, extraído del The White
Lizard. En este sueño, el protagonista solía ver una sombra que se blanqueaba
lentamente hasta posarse sobre las almenas del castillo, adquiriendo la forma
de un lagarto. Era una sombra densa que cambiaba de color sobre los muros.
1 El abate Marchena sustituye Swift por "Torres o Quevedo".
83
El sueño se repitió tres noches. En la tercera, Gathemby se levantó en
estado de sonambulismo y se acercó a las almenas. En ese instante, una
muerte misteriosa selló sus ojos. Al día siguiente, al lado del cadáver, hallaron
una hendidura que semejaba la huella gigantesca de un lagarto.
Cincuenta años después, una mujer de Yorkshire, de nombre Mary Connally,
observó durante la semivigilia (digamos más bien que fue una visión) que un
rostro sin cuerpo, pero con alas, atravesaba las paredes para anunciarle el fin
de su pobreza. A los tres días, camino de la parroquia, halló un niño
abandonado en el umbral de un caserón deshabitado. Lo adoptó, pese a la escasez
de medios con que vivía. Su vida se transformó rápidamente. El niño fue
médico, y lo armaron caballero.
Ella que era viuda y extremadamente joven, fue llamada a la corte y se
convirtió en una dama.
En ambos casos, el de Gathemby y el de Mary Connally los xenoides
actuaron como mensajeros de un hecho que debía cumplirse fatalmente. No
puede hablarse de premonición. Pero es indudable que hay una estrecha
relación entre la videncia onírica y el sueno posterior.
84
LOS CRISTALES LUNÁTICOS
Es posible que el tema de los cristales soñadores haya servido a muchos
autores antiguos y modernos. Uno de ellos podría ser Galileo. Otro, Lewis
Carroll. Un tercero, Theodore Sturgeon, quien creyó ver en los cristales un
espíritu creador semejante al del hombre (The dreaming jewels). Ibn Ezra (en el
siglo XII) soñó que lloraba ante un vidrio que se convertía en espada por efecto
de sus lágrimas. Siré Yehudá ben Semuel ha-Leví creyó ver en las aguas del
Génesis (I, 2) el espejo inmenso que le serviría al hombre para alimentar sus
sueños.
La humanidad siempre ha soñado con lo más débil. Pero en Los cristales
lunáticos, cuento de John Batharly que data de 1964, el tema es distinto.
Incluye el sueño de la destrucción de todos los sueños. Es el instante en que el
hombre advierte que ha sido víctima de sus propios sueños. Para redimirse
tiene el último sueño, el sueño total. Sabe (no podríamos negarlo) que los
sueños sólo se anulan con otros sueños. Doy libremente la primera parte:
La Tierra era una llaga que aún enrojecía, una mancha que perdía color y
que algún día habría de disolverse totalmente en el espacio. Varias explosiones
atómicas y el ataque final de los marcianos habían hecho del globo terráqueo
un recuerdo piadoso que se perdía en las inabolibles galaxias del universo.
Nueva York, París, Londres, Moscú, las grandes capitales eran ya pequeños
puntos incandescentes que se dispersaban, cruzados por los meteoritos que
devoraban el espacio. Pero ellos, Betina y Rolan (llamados respectivamente
Mujer 7.007 y Hombre24.111) se habían salvado llegando a Marte en el único
cohete que les quedaba a los terresianos. Hacía diez años que estaban en el
Desierto de la Esfinge, rodeados de cráteres asfixiantes que servían a los
marcianos para enfriar las cosmonaves. Cuando descendieron les ajustaron los
cristales lunáticos y desde entonces caminaron por el desierto metidos en
sendas esferas transparentes, llenas de oxígeno, que les cubría el cuerpo
hasta la cintura. Sólo podían mover libremente los brazos y las piernas.
Cuando necesitaban alimentarse se allegaban a una Estación Alimentaria y un
robot les infundía cierta mezcla de gases aromáticos por uno de los orificios del
cristal lunático. No podían amarse según las costumbres terrestres. Tampoco
podían besarse porque esto exigía la rotura de la esfera. Y la rotura llevaba a la
muerte por falta de oxígeno. Sólo podían soñar oprimiendo uno de los botones
de la esfera. Entonces los cristales lunáticos se cubrían de imágenes que se
ordenaban según el deseo de cada uno.
La historia se interrumpe. Siguen unas líneas incongruentes en las que
Batharly dice que Betina y Bolán, burlando la vigilancia marciana, lograron
amarse de acuerdo con la antigua costumbre terrestre. Copio ahora el final de
la historia:
85
Al día siguiente Betina y Rolan (números 7.007 y 24.111) fueron conducidos a
la orilla del cráter que mediaba entre el Desierto de la Esfinge y el mar del
mismo nombre. Iban a ser precipitados en uno de los abismos gélidos,
enrojecidos de Marte. Los marcianos, en doble fila que se abría circularmente,
esperaban la ejecución de los últimos terresianos.
–¿Cómo será esta muerte? –preguntó Betina.
Pero antes que Rolan contestara, vieron al verdugo que avanzaba hacia ellos
con un punzón y un martillo. Entonces comprendieron la clase de muerte que
les estaba asignada. Uno o dos golpes serían suficientes para perforar los
cristales lunáticos. Entonces perderían el oxígeno y moriría por asfixia al mismo
tiempo que serían precipitados al abismo.
–Dame la mano –dijo Rolan.
El verdugo había apoyado el punzón (un punzón doble en forma de triángulo)
sobre las esferas de Betina y Rolan. El martillo, levantado, ganaba impulso
para caer sobre los cristales. Faltaba un segundo para producirse el impacto.
Pero en ese instante, movidos por la misma idea, Betina y Rolan oprimieron el
botón de la esfera que dejaba crecer el sueño. Los cristales lunáticos se
cubrieron con las imágenes de un idéntico deseo: el hijo que se mecía en las
entrañas de Betina, emergía desde el abismo destruyendo a los marcianos.
Cuando se precipitaron en el cráter, Betina y Rolan alcanzaron a ver, en los
fragmentos suspendidos de los cristales, que Marte y todos los planetas eran
tantas partículas rotando hacia las galaxias.
86
LA SERPIENTE DE PAFLAGONIA
En prosa testimonial, después de poner en duda a los oráculos, Fray Benito
Jerónimo Feijóo, nos cuenta en su célebre documento de 1712, el paso que
transcribo a continuación introduciendo algunas variantes sin importancia.
En tiempos de Luciano (siglo n), un tal Alejandro Abociotiquita, hombre de
astucia prodigiosa, fundó en Paflagonia el oráculo de Esculapio. Sirvióse para
este efecto de una. serpiente mansa de Macedonia, a la cual había criado.
Después se encargó de hacerle creer a la gente que en ella residía la deidad.
Al poco tiempo Alejandro Abociotiquita recibía en cédulas selladas las consultas
que le formulaban, y al otro día volvía con ellas, selladas en la forma que se las
habían entregado (debajo de la pregunta la respuesta), porque poseía un
procedimiento secreto para abrirlas sin romper el papel ni el sello. Como esto
se atribuyera á los milagros indubitados de Esculapio, el oráculo voló de fama
en fama por todas partes, de modo tal que aun desde Roma venían a
Paflagonia para consultarle. Las respuestas siempre tenían alguna ambigüedad
artificiosa. Pero Alejandro Abociotiquita, con maravillosa prontitud de ingenio,
se despachaba sobre cualquier suceso. He aquí un ejemplo, Rutiliano, hombre
principal de Roma, le preguntó qué ayos señalaría a un tierno hijo suyo, y la
serpiente (en Realidad Alejandro Abociotiquita) respondió que a Pitágoras y
Hornero, muertos hacía siglos. El sentido natural de la contestación era que el
niño se aplicase a la doctrina de aquel filósofo y a la lectura de este poeta. Pero
el niño murió antes de poder hacer ni lo uno ni lo otro, y, reconvenido Alejandro
Abociotiquita por el afligido padre, aquél lo satisfizo diciendo que Esculapio, al
señalar a dos muertos por ayos de su hijo, le había vaticinado con mucha
claridad su muerte prematura, ya que luego iría a gozar sus documentos al otro
mundo.
La historia, a pesar de este relato, se continúa. Y nuevamente recurrimos a la
erudición de Ajiajarilbj.
Amenazado Alejandro Abociotiquita de ser llevado ante los jueces, se cocinó
a la serpiente de Paflagonia (Alejandro era un paflagón) y esperó tranquilo a
sus enemigos. Cuando volvió por tercera vez Rutiliano contrariado por la
ausencia de la serpiente, aquél le contestó: "Esculapio estaba triste y
necesitaba un plato fuerte para curarse. Vino en persona al templo (se
corporizó verticalmente) y al ver a la serpiente se la engulló con sal y
afrodisíacos. Después se acostó en el suelo para hacer la digestión, y cuando
yo vine ya se había evaporado."
Ante la ausencia de la serpiente de Paflagonia, los jueces, respetuosos de la
ley, no pudieron condenar al paflagón Alejandro Abociotiquita.
87
SOBRE LA ESTAFA
La primera estafa fue cometida en el paraíso, y estuvo a cargo de Satanás.
La víctima se llamó Eva. Ese árbol del bien y el mal –dijo la Serpiente–, puede
hacerte tan poderosa como Jehová. Sus frutos están a tu alcance. No fueron
nada más que unas palabras. Muy pocas. Las imprescindibles para socavar la
estructura sicológica de Eva. Y ésta fue engañada. Arrancó el fruto. Pero no se
vio poderosa ni divina como Jehová. Sólo advirtió la propia desnudez, y echó a
llorar. Adán, para no perderla, probó también del mismo fruto. El bien y el mal
comenzaron a debatirse en la invención del hombre. Satanás había estafado
una porción de la divinidad con menos de veinte palabras. Iracundo, Jehová se
dirigió a la Serpiente con estas palabras: "Andarás arrastrando sobre tu pecho"
(Génesis, III, 4). Y la Serpiente, que hasta entonces caminaba erecta, perdió su
verticalidad y se arrastró por los caminos. A partir de ese instante el mundo se
pobló de estafas. El hombre para sobrevivir y enamorarse repitió el primer
engaño del Génesis. Uno de los más célebres es el de la mujer de Putifar. Enamorada
de su esclavo José, lo despojó un día de la túnica y se le ofreció para
yacer con él. Pero José huyó. Rechazó a la adúltera. Cuando vino Putifar, lo
engañó de esta manera: "entró donde yo estaba, con el fin de forzarme; mas
como oyó gritar, soltó la túnica que yo tenía asida y huyóse afuera (Génesis,
XXIX, 17).
Terencio, en el siglo n antes de J. C, posibilitó un concepto que podríamos
modificar y trasladar a la estafa: la persona que se estafa a sí misma. Lo
hallamos en aquel célebre cuento de "El collar de brillantes" (Contes et
nouvelles, 1885) de Guy de Maupassant. Recordemos el argumento. Una
amiga le presta a la señora de Loisel un valioso collar de brillantes para que
concurra a cierta fiesta ministerial. Lo pierde sin embargo al retirarse. Y como
hay que devolverlo, el marido busca otro collar parecido por el que le piden una
suma fabulosa. Pero éste recurre al pequeño capital que posee y pide prestado
el resto por el cual debe firmar algunos documentos y aceptar el pago de
intereses. El nuevo collar es entregado a la amiga en sustitución del primero.
La señora de Loisel, por su parte, para ayudar a saldar la deuda contraída,
renuncia a la criada y se dedica al trabajo personal de la casa. Se levanta todos
los días muy temprano, cocina, lava incansablemente, va al mercado, regatea,
pelea con todo el mundo. Su rostro juvenil comienza a llenarse de arrugas. Los
meses se le filtran como gotas de sudor. El tiempo se le acumula, la devora. Y
en esta privación transcurren diez años, al cabo de los cuales ella y él logran
pagar la deuda. Un día la señora de Loisel se encuentra en la calle con la
señora de Forestier, la misma que le había prestado el collar. Pero la Loisel
están tan vieja, tan irreconocible, que debe presentarse y decir que era la
amiga a quien le había prestado el collar diez años atrás. Después, llena de
88
orgullo, le cuenta sus penurias, la angustia de contraer una deuda para adquirir
un collar en sustitución exacta del que se había perdido, y el sacrificio que significaba
un plazo tan largo en oposición con la miseria. La señora de Forestier
se llena de asombro. Acaso llora. El collar que le había prestado entonces era
una simple imitación sin valor alguno.
Las formas de la estafa son infinitas. Estafa el Cid Campeador a los judíos
Raquel y Vidas cuando les garantiza el cumplimiento de un préstamo con dos
arcas llenas de arena. Y estafa el Dux de Venecia al judío Shylock cuando le
ofrece el puñal para que extraiga de Antonio una libra de carne lo más cercana
posible del corazón, sin derramar ni una sola gota de sangre ni un gramo de
más ni de menos de carne, puesto que tales circunstancias no se habían
pactado para el caso de incumplimiento del préstamo. La ira de Ihering (La
lucha por el derecho, cap. IV) probó este fraude de la historia jurídica, elevado
a categoría de axioma imprevisible por el genio de Shakespeare en El
mercader de Venecia. También Clodoveo, en el siglo vi, estafa a uno de sus
guerreros cuando le saca el hacha y se la arroja al suelo diciéndole que estaba
sucia. El guerrero se inclina para levantarla, y Clodoveo que había ocultado sus
intenciones, le parte la cabeza en dos. En la Spyes History (1638) de Richard
Parnell, el Espíritu de las Tinieblas reprocha a Fergen porque había cabalgado
con toda su escolta hasta el infierno. Éste les ha callado su designio de ir en
busca de la muerte. Es la estafa del poder, al lado de la cual sobreviven otros
engaños colaterales. Su derivación podría ser la estafa del sentimiento, como
puede verificarse en Adán Buenosayres (1948), de Leopoldo Marechal, o en
Pedro Páramo (1948), de Juan Rulfo. O bien en el capítulo LXIV de Un hombre
de papel (1964), de Bernardo Verbitsky, cuando el protagonista se estafa a sí
mismo creyendo en la bondad del hombre, situación límite también
estructurada en Zama (1956), de Antonio Di Benedetto.
En esa inabolible, inacabable defraudación que en Francesco Carrara
asumía las "formas de la hidra" (Programa del corso di diritto crimínale, 1859)
existen otras especies no menos previsibles: los estafadores de la cultura, los
que simulan poseerla, como en El hombre mediocre (1913), de José
Ingenieros, o en Estafen (1932), de Juan Filloy. Y a su lado, los que basan
sobre el miedo la estafa del poder que Aristóteles llamaba tiranía. En esta línea,
tan frecuente desde Aristófanes (Los caballeros), cabría mencionar El señor
presidente (1952), de Miguel Ángel Asturias.
89
EL PRINCIPIO DE INDETERMINACIÓN
EN LA CIENCIA-FICCIÓN
Dos inferencias podríamos extraer del Satni Khamois (siglo III a. de J. C): la
del destino del hombre y el principio de indeterminación que Occidente habría
de descubrir con la física cuántica en el siglo xx. Ambas inferencias son,
inclusive, los signos en que los grandes autores occidentales integran sus
relatos de ciencia-ficción. Entre estos autores es ineludible Howard Phillips
Lovecraft en cuyo fantástico Necronomicón que atribuye al inexistente árabe
Abdul Alhazred del siglo VIII, existen los Shoggoths, "masas protoplásmicas
multicelulares", que los Grandes Antiguos de "cabeza estrellada", habían
creado para sustituir sus movimientos. A su vez, estos Grandes Antiguos eran
seres espaciales que habían llegado al planeta cuando la vida humana no
existía. Esperaban el instante para apoderarse de la Tierra. El relato puede
rastrearse en muchos de sus libros y, especialmente, en At the Mountaines of
Madness (1931). Al lado de Lovecraft estaría Olaf Stapledon, en cuyo Star
Maket (1937) recorre la pluralidad de los mundos, la del espacio y el tiempo
cuyas dimensiones verifica, para decirnos después que su descripción "de la
Otra Tierra no es posiblemente más falsa que las páginas que nuestros
historiadores han dedicado al pasado del horno sapiens". Y junto con estos
autores, en la misma línea, Theodore Sturgeon, Ray Bradbury, Richard
Matheson, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov y otros entre los más notables,
cuando ya la ciencia-ficción era una tendencia inabolible. El único escritor del
pasado que podríamos rescatar para completar esta lista, sería H. G. Wells,
autor de El mundo liberado, una novela publicada en 1913, no traducida aún,
en la que anticipa la revolución energética de la bomba atómica y la guerra por
el átomo.
En todos los autores occidentales de ciencia-ficción el principio de
indeterminación, observado por Werner Heisenberg, compañero de Niels Bohr
y Premio Nobel de Física en 1932, ha sustituido el de la causalidad cuyo
concepto ha regido el mundo de la naturaleza desde Newton hasta nuestro
tiempo. Este principio de indeterminación proclama el dinamismo contra el
estatismo de las leyes causales. Destruye las suposiciones deterministas, como
aquélla de la nebulosa de Laplace. Está basada en la teoría de los cuantos
(quanta) cuyo descubrimiento inició Max Planck al formular su concepto,
desarrollado y defendido también por Einstein, de la discontinuidad de la
energía.
La causalidad, esa relación de causa y efecto (sigo a Heinsenberg) ya había
sido estudiada por la escolástica, continuadora de Aristóteles. Según ésta
había 4 formas de causa: la causa formalis, referente a la estructura o con90
tenido espiritual. La causa materialis, o la de la materia de que se hallaba
compuesta una cosa. La causa finolis o la del fin a que una cosa está
destinada. Y la causa efficiens, o la causa en acción. Estos conceptos desaparecen
como imprescindibles, pero no excluyentes, en la física actual. Si el
átomo radiante, según lo demostró Max Planck, no emite su energía con
relación a una continuidad, sino a una discontinuidad, es decir, "a golpes", la
ley más apropiada sería la de indeterminación. La teoría del los cuantos, dice
Heisenberg, obliga a formular toda ley como una ley estadística. Existe, por
tanto, un probalismo, dentro del cual debe calcularse el efecto. Luego dice de
modo irreversible: "Las leyes de la teoría de los cuantos han de tener carácter
estadístico. Sea un ejemplo: sabemos que un átomo de radio puede emitir
rayos alfa. La teoría de los cuantos puede indicarnos la probabilidad por unidad
de tiempo, de que una partícula abandone el núcleo pero no puede
predeterminar el instante preciso en que ello ocurrirá (... ). Los diferentes
experimentos que demuestran la naturaleza ondulatoria de la materia atómica,
y a la vez su naturaleza corpuscular, nos obligan, para salvar su paradoja, a
formular regularidades estadísticas".
Este moderno principio de indeterminación subyace en todos los grandes
escritores de ciencia-ficción. A él se deben las máquinas del tiempo, los
xenoides que habitan los espacios orbitales y acechan el planeta, los cerebros
acoplados a un mecanismo como el Cyborg, las imágenes que atraviesan la
materia y los monstruos electrónicos que se independizan de su creador y lo
devoran.
Pero al lado de ese principio que pregona la decadencia de un mundo
periclitado, el autor de ciencia-ficción adhiere al conflicto del hombre y se
compromete con su destino. En El Hombre Ilustrado (The Illustrated Man,
1952) de Ray Bradbury, descendiente de Mary Bradbury, sometida en Salem a
un proceso de brujería en el siglo XVII, se nos habla de los últimos ejemplares
salvados del fuego en el año 2120. He aquí la lista: Cuentos de misterio e
imaginación, de Edgar Alian Poe; Drácula, de Bram Stolcer; Frankestein, de
Mary Shelley; Otra vuelta de tuerca, de Henry James; La leyenda del valle del
sueño, de Washington Irving; La hija de Rapaccini, de Nathaniel Hawthorn; Un
incidente en el puente del arroyo del Buho, de Ambrose Bierce; Alicia en el país
de las maravillas, de Lewis Carroll; Los sauces, de Algernon Blackwood; El
mago de Oz, de L. Frank Baum; La extraña sombra sobre Insmouth, de H. P.
Lovecraft. Y libros de Walter de la Mare, Wakefield, Harvey, Wells, Asquith,
Huxley. "Todos quemados el mismo día (...) en que prohibieron la Navidad".
En Farenheit 451, escrita para ridiculizar la manía persecutoria del senador
Joe MacCarthy, Bradbury pone en boca del bombero Guy Montag, el
protagonista, la siguiente frase que sintetiza su oficio: "Es un hermoso trabajo.
El lunes quemar a Millay. El miércoles, a Whitman. El viernes, a Faulkner.
Quemarlos hasta convertirlos en cenizas. Luego quemar las cenizas. Ése es
nuestro lema oficial". Farenheit 451 es la temperatura en que arde el papel.
91
Este ejemplo y el de El Hombre Ilustrado, a los que podríamos agregar
muchísimos más, contenidos en sus relatos marcianos (The Martian
Chronicles, 1950), son la metáfora de un mundo alucinado que abomina del
hombre. El autor de ciencia-ficción sale a su encuentro en la apertura de otro
mundo donde el sabio y el poeta se sentarán a la mesa de la sabiduría para
reivindicar sus fueros inalienables.
Sé que mi tesis sobre el principio de indeterminación es discutible en la
medida en que pretendo hacer de éste un signo de los escritores occidentales
de ciencia ficción. Pero si accedemos a los grandes testimonios de la ficción
científica rusa, nos hallaremos con que sus estructuras lineales, adscriptas más
a lo científico que a la imaginación creadora, están ligadas herméticamente a
las leyes causales. Tales testimonios podríamos hallarlos en Un huésped del
cosmos (1948), de Alexander Kazantsev, y en La balada de las estrellas (1954),
de Genrilc Altov y Valentina Juravleva. En el primero asistimos a los efectos de
esa huella atómica en el planeta, dejada por la explosión (en el aire) de una
cosmonave de seres extraterrestres, sobre la taiga del Tunguska, en 1908.
(Kazantsev habla de una "nave marciana" y explica científicamente la vida de
ese planeta). En La balada de las estrellas comparecemos a una futuridad en
que el poeta y el sabio se funden en una sola intención para detectar la
escalada de la próxima transformación. Pero ambas obras siguen, como en
una instancia fetichista, el principio riguroso de la causalidad que impide a sus
autores la apertura hacia otras imágenes que pueden provocar el crecimiento
de lo maravilloso.
Nota
Esta tesis fue presentada en la II Convención Nacional de Escritores de Ciencia-
Ficción, reunida en Mar del Plata, en 1968. Fue impugnada por Francisco Porrúa,
Pablo Capanna, Alfredo J. Grassi y Alberto Vanasco. Pero sus argumentos no pasaron
de ser enunciativos. Sería muy importante continuar el tema.
Bibliografía
Werner Heinsenberg: Les principes physiques de la theórie des quanta (1932); Niels
Bohr: La théorie atomique et la descriptíon des phénomenes (1932); Jean Ulmo:
Remarques sur le hasard (Revue de Questions Scientifiques, 20 oc. 1953); Louis de
Broglie: ¿La physique quantique restera-t-elle indeterministe? (1953); Dirac: Principies
of Quantum Mechanics (1930); Robert Magidoff: Russian Science Fiction (1963);
Kingsley Amís: New Maps of Hell (1962); H. G. Wells: The Empire of the Ants (1905); y
Fredric Brown: Star-Shine (1958).
92
NUEVA VERSIÓN DEL LABERINTO
Asesinado el supuesto Minotauro que Pasífae, casada con Minos, había
tenido con el Toro de los dioses, y salvado ya Teseo por el hilo de Ariadna, el
héroe buscó a Dédalo, el constructor del Laberinto, y le dijo: "Supongo que
nadie sabía que el verdadero Minotauro eras tú".
Es posible que la requisitoria de Teseo no sea correcta. Pero ya en el siglo iv
a. de J. C. no se creía en la historia tradicional del Laberinto. Teseo conocía a
Dédalo y estaba enterado por éste de las felonías de Minos, quien para
satisfacer la monstruosidad del Minotauro, su hijastro sacrílego, exigía a los
atenienses, todos los años, siete mujeres y siete hombres jóvenes que en definitiva
eran destrozados en la violencia sexual. Pero Dédalo había construido el
Laberinto a modo de diagonales, con planos convexos y espejos parabólicos
detrás de los cuales quedaban dispersos los prisioneros para dificultar la
acometida del Minotauro. Hallar una víctima insumía cerca de un mes. Él
monstruo se movía en cualquiera de las doce principales diagonales que se
multiplicaban por otras doce. Avanzaba, se perdía, retrocedía, volvía a
encontrarse con su propia imagen y seguía el rastro que le indicaba el olfato.
Cuando daba con el prisionero lo llevaba a su cavidad favorita y le hacía el
amor. Dédalo, el único que podía entrar en el laberinto, según el falso
Apolodoro (Tractatus de hereticis, 12 b, 17 ), raptaba las prisioneras más
hermosas y luego, satisfecho, las dejaba en el mismo lugar para que el
Minotauro cumpliera su monstruosidad. Los crímenes se cumplían en doce
meses. De ahí la imposición de Minos para que todos los años se renovara el
sacrificio. Si Minos no lo hubiera hecho, el Minotauro habría buscado la salida
para destruir a Creta.
Teseo también estaba enterado de la connivencia criminal de Dédalo. Pero
temía extraviarse en el Laberinto y ser una de las víctimas del Minotauro. Para
evitar este inconveniente, fingió estar enamorado de Ariadna, la hija de Minos, y
ésta, después de explicar la estructura del Laberinto, le facilitó un hilo de oro
para que, cumplida su misión de matar al Minotauro, saliera indemne de la
fortaleza.
He aquí el final del Minotauro. Siete espejos parabólicos multiplicaban la
imagen de Teseo ante el monstruo. "No sé dónde estás. Pero tienes una
espada y eso indica tu clara intención de matarme". La espada de Teseo se
alzó sobre el monstruo y siete puntas de fuego apuntaron sobre el testuz. Pero
el Minotauro también estaba multiplicado por siete, y una estocada en falso
implicaría la derrota del héroe. "Baja la espada –le dijo el Minotauro– . Sólo
traspasarás un espejo. La diagonal sobre la que se hallan tus pies, no indica la
dirección de tu mano". Teseo comprendió la astucia y el coraje del Minotauro,
su placidez ante una muerte cercana. No se dejó engañar. Si agachaba la
93
cabeza para verificar la diagonal (sólo había una que determinaba la dirección
posible), la víctima sería él y no el monstruo. Pero Teseo sabía instintivamente
que se hallaba en la línea de la muerte, y el Minotauro, impotente ya su
dialéctica, debió admitirlo, porque dijo: "Antes de descargar tu espada, piensa
en Dédalo. Él, y no yo, es el único culpable del Laberinto". La frase era
ambigua, pero Teseo ya no tenía tiempo. Hundió la espada en el testuz y el
Minotauro se desplomó. La sangre corrió por el Laberinto y adhirió al hilo de
oro que Ariadna le había dado a Teseo. No hubo un solo gesto, ni una voz. El
rostro bestial del Minotauro se había humanizado como si se hubieran invertido
sus dos naturalezas.
94
EL EMPERADOR DE LA CHINA
Chin Shi, médico y, emperador de China, tenía dos espejos: uno metálico y
otro de cristal, con los cuales veía al trasluz el cuerpo de los pacientes. Un día,
por un tercer espejo, Chin Shi vio en el interior de su propio cuerpo. Una línea
roja y horizontal cruzaba su pecho. Al día siguiente sus ministros lo hallaron
desangrado con un puñal hundido en el corazón. Entonces convocaron al
pueblo, y desde uno de los balcones del palacio imperial, dijo el heredero:
"Nuestro amado inmortal emperador, tuvo una visión. Ahora descansa en el
cielo".
95
LA NINFA RUBIA
En el siglo vi antes de Jesucristo, un constructor de Efeso se acopló las alas
de un águila y se adormeció en una colina. Soñó que volaba hacia la región de
Zeus, donde el gran dios lascivo le entregaba una ninfa rubia y un tizón y luego
lo precipitaba en una zona obscura. Cuando despertó, su cuerpo estaba
llagado. Acaso el sol... O algún otro elemento.
96
SOBRE EL FIN DE LOS TIEMPOS
I. Los textos heréticos
En el De oiris (siglo I), confusa historia del alma como instancia teriomórfica,
hay dos líneas sobre las cuales han disentido los eruditos. Son dos líneas
aparentemente incongruentes (acaso una interpolación en el texto general)
donde algunos han querido ver un monstruo de ocho extremidades que
anunciaría el fin de los tiempos. Salvo en este sentido de destrucción, estoy en
total desacuerdo con la interpretación. He aquí el texto, cuya traducción doy
literalmente: "Movía un pie y luego el otro, y una mano y después la otra, pero
del otro lado la masa blanda y grisácea que gobernada sus extremidades,
destruyó el mecanismo" (lib. I, 7). El texto no es tan hermético como aparece
de primer intento. Se trata, en realidad (repito lo que dije en otro momento al
referirme sobre el tema) de dos seres distintos. El primero (la palabra
mecanismo es incontrovertible) haría una referencia anticipada a lo que en este
siglo entendemos por Robot. Tiene cuatro extremidades y no más. Las otras
cuatro pertenecen a un segundo ser que sería el Cyborg. Obsérvense en el
texto las palabras masa blanda y grisácea. Se trata, por tanto, de una lucha,
hacia el final de los tiempos, entre Robot y Cyborg. Robot es una palabra checa
que significa trabajo. La difunde el checoslovaco Karel Capek en R. U. R.
Rossum's Universal Robots (1902). Cyborg es una palabra que deriva de
"cibernética" y "organismo". Puede definirse como un cerebro vivo conectado a
un mecanismo. El texto del De viris es, pues, una profecía de que al final de los
tiempos se enfrentarán dos monstruos: Robot, ya liberado de su creador, y
Cyborg que se conduciría con reflejos condicionados. La destrucción, sin
embargo, no sería contenida. Cualquiera fuera el vencedor, el planeta se
desintegraría.
En tiempos casi míticos, Garuda fue llevado en la espalda de un monstruo
para anunciar la destrucción de la humanidad. Esta leyenda que fue relatada
por Ibn Shmuel Almasri en el Zekele 39 (siglo XII), fue confirmada por Alain
Bergier en La septiéme nuit (1780) al relatarnos la leyenda de Ahashverus
como una totalidad de años en disminución hasta la extinción total. Pero éste
introduce una variante. Garuda se convierte en la Garra de la Tiniebla cuya
misión es la de someter al hombre cubriéndolo de obscuridad. La Garra, a su
vez, nace de la luz. Y la luz penetra en el cuerpo del hombre para precipitarlo
lentamente en las tinieblas. Le da todos los tiempos de la luz. Pero también
toda la obscuridad que correspondía a esos tiempos. Extinguidos los tiempos,
el hombre se precipita en la destrucción o la obscuridad total.
97
Heráclito, menos profético, imaginó en el siglo v a. de J. C. la destrucción
armónica (Frag. 8, Aristót., Eth. Nic, IX, 2, 1155 b 14). Pensó que el tiempo se
aniquilaba a sí mismo para objetivarse en otra instancia temporal. Introdujo el
fervor en la autoaniquilación. Aristóteles, influido por el filósofo de Efeso, creyó
ver la misma ley de la destrucción necesaria para la existencia del cosmos
(Eth. Eud. 1235 «25). Hegel y Marx, descendientes de la dialéctica heraclítea,
fundaron en la destrucción un sistema para el hombre. Pero ninguno de los dos
advirtió que sus construcciones, al fundar la irreversibilidad del tiempo,
pregonaban a su modo el fin del mundo. El historicismo (incluidos Toynbee y
Spengler), pasó a ser un vaticinio sobre el hundimiento de la humanidad. Pero
el fin de los tiempos ya estaba previsto en Isaías ("los cielos se arrollarán como
un pergamino",Libro de Isaías, XXXIV, 4) y en San Juan, el desterrado de
Patmos ("con el humo de este pozo quedaron obscurecidos el sol y el aire",
Apocalipsis, IX, 2).
Pero el hombre no quiso morir. O en todo caso pretendió vivir aún en la
misma muerte, como lo prueba el Libro de los muertos (1550 a. de J. C.)
cuando los habitantes de las tinieblas se dirigen a Toth con estas palabras: No
queremos ser borrados ante tus ojos (c. 175). Para evitar esta muerte los
sumerios imaginaron la inmortalidad en la Epopeya de Gilgwnesh (2000 a. de
J. C.). Gilgamesh se arroja a los abismos del mar de la muerte para extraer la
hierba de la vida. Y ya obtenida ésta, una serpiente se la arrebata y huye
dejando sobre el camino su antigua piel. Gilgamesh sabe desde ese instante
que el hombre perecerá. Pero se queda con el signo. El hombre, como la
serpiente, puede perder su piel. Y desde ese instante renacerá y comenzará un
nuevo ciclo.
Quizás los tiempos han perimido. La Tierra puede destruirse y volver a
renacer. Y este renacimiento será de otra Tierra. De otro planeta y con otros
tiempos. Una galaxia podrá perderse en el cosmos en tanto otra galaxia pueda
encenderse. El hombre, juguete imprevisible, dueño del secreto cósmico, verá
caer, sin embargo, cada uno de los tiempos que lo exaltaron.
Hay una leyenda menos pesimista, la de los Nueve Desconocidos (siglo ni a.
de J. C.) cuyo Libro I formula la mayor de las angustias: ocultar la ciencia para
que no perezca el hombre. Esta blasfemia ha sido rechazada. ¿Qué será el
hombre sin la ciencia? ¿Pero qué será el cosmos con la ciencia? El viejo mito
de la caja de Pandora es ahora un signo que gira en los espacios orbitales.
II. El ciclo de las destrucciones
La muerte y la destrucción constituyen un tema obsesivo. El fin de los
tiempos se reabsorbe en esta instancia. Pensando así advertí de pronto que
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podría agregar una nota a mi trabajo anterior, tomando como base algunas
referencias que yo había elaborado para otro libro. Robot y Cyborg,
indudablemente, están en el origen de el fin de los tiempos. Cuando ellos se
enfrenten, el hombre vislumbrará su propia destrucción. Primeramente
aparecerán los vaticinadores. Nos enteraremos, por ejemplo, que la muerte fue
concebida en el siglo XII como un fantasma que avanzaba en el torrente
sanguíneo. El fantasma luchaba por salir. Buscaba el olfato, los ojos y el
cerebro. Ya en el exterior, según Rolando de Agrigento, el hombre que lo había
poseído se enfrentaba con él y moría. El fantasma se convierte a veces en una
premonición. Y es posible que nunca haya sido más que eso: un obscuro
sentimiento, no siempre de terror. Así, en la Spyes History (1638) de Richard
Parnell, Fergen sabe que va a morir a manos de sus enemigos. Pero también
sabe que él no podrá evitar el destino. Entonces avanza con su escolta
esperando la muerte (como Facundo Quiroga miles de años después). Cuando
el espíritu de las Tinieblas le pregunta por qué ha corrido a su propia
destrucción en compañía de su escolta, contesta: "Trayéndolos a tu reino de
tinieblas obtendríamos la luz inmortal que enceguecería a mis enemigos".
De pronto la muerte se concreta en una estructura sádica. Se reitera como
una pesadilla. Todas las Boches, en la epopeya de Aboulkasim Firdousi, poeta
persa del siglo X a. de J. C, el cocinero del rey Zohak asesinaba a dos jóvenes
y les extraía los sesos con los que preparaba un alimento para aquél (Libro de
los reyes, c. IV). En el siglo xv, anterior al advenimiento de Jesucristo, Garuda
fue llevado en la espalda de un monstruo para anunciar la destrucción de la
humanidad. La frase está contenida en el Zekele 39, de Ibn Shmuel Almasri
(historia del siglo XII ): Todo caerá y la luz del hombre se convertirá en
obscuridad. Jean de Bertillon, el "Falso Mística", condenado a la hoguera en el
siglo XIII, dirá un momento antes de morir: "La obscuridad tiene 39 estadios.
Después del último adviene la luz". Ésta fue su interpretación sacrílega del
Zekele 39, sobre cuyas posibilidades apocalípticas había escrito un año antes
su Et lux jacta Zekelis (1278), que le valió la primera acusación de blasfemo
porque se oponía a la destrucción del mundo anunciada por Isaías (XXXIV, 1-4)
y el desterrado de Patmos (Apocalipsis, VIII, y IX, 1-2).
De la muerte individual se pasará a la muerte de todos. Ya no será la
destrucción de uno, sino la destrucción total. Ezra Pound (A Draft of Cantos 17-
28, 1928) imaginará la destrucción de la tiranía: "Aquel tabarish .. . Se levantó y
destruyó la casa de los tiranos". Lautréamont, confundiendo a Dios y el Tiempo
(el viejo Cronos), escribirá con acento terrorífico: "Devoró enseguida la cabeza.
Luego las piernas y los brazos. Por último, el tronco hasta diluirlo porque
trituraba los huesos. Y así continuamente durante todas las horas de su
eternidad". También se destruirán los que se acoplan al sexo sin amor,
sintiéndolo sólo como objeto. Tal podría ser el pensamiento de T. S. Eliot en el
"Sermón de fuego" (The Vast Land, III). Y aun los "muertos-vivos" de Nelly
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Sachs (In der Wohnungen des Todes, 1947), rescatados de los campos de
concentración.
Después, el preludio para todos los finales, la crónica que algún día se
perderá detrás de la destrucción: 10.000 grados de calor a las 8:15 de la
mañana en la plaza de la Paz, en Hiroshima. Era el 6 de agosto de 1945. El
hombre que lanzó la bomba atómica se llamaba Thomas Farrel, y la
superfortaleza que la condujo, llevaba estos nombres: B 20, Enola Gay. Dentro
de la bomba había una historia invisible. El primer capítulo quedaba referido a
Einstein, cuya fórmula de la energía (la energía es igual a la masa por el
cuadrado de la velocidad de la luz) había abierto el camino para desintegrar la
materia. El segundo capítulo, a Enrico Fermi y otros sabios que construyeron
los reactores atómicos. El tercero, a Robert Oppenheimer que fabricó la
primera bomba atómica. Fueron 10.000 grados de calor, y en un instante
perecieron más de doscientos mil habitantes. Algunos se volatilizaron. Se
convirtieron en pieles que giraban en derredor del hongo atómico que devoró la
ciudad de Hiroshima entre 6 y 8 kilómetros a la redonda desde el punto inicial
en que cayera la bomba. Los rayos gamma alentaron la tormenta de fuego que
se abrió en abanico. Ese mismo día, Truman, presidente de los Estados Unidos
de Norteamérica, irradiaba al mundo este mensaje: "La bomba atómica es la
utilización del poder básico del universo. La primera bomba ha sido arrojada
sobre la base japonesa de Hiroshima".
100
ALEJANDRO Y EL ANDALUZ
Todavía no existía Andalucía. Pero ya se conocía a los andaluces que la
precedieron desde mucho antes de que se concretara el territorio hispánico.
Andaluz podría definir el carácter rápido y exagerado, lleno de trampa y gracia,
que nunca pierde el optimismo. Uno de estos andaluces fue el protagonista de
cierta historia de Alejandro, que voy a relatar siguiendo la edición apócrifa de
Pergolesi (Storw verídica del re Alexandro, siglo XVIII, posiblemente 1785).
Próximo a entrar en batalla, Alejandro, impulsado por Antípatro, se dirigió a
Delfos para consultar a la Sibila. "Quiero que me digas –le dijo– qué fortuna
correrán mis armas." La Sibila, contrariada por lo imperativo y desusado de la
pregunta, después de convulsionarse envuelta por el humo que salía desde la
parte inferior del trípode en que ejercía su función profética, le respondió: "El
triunfo te será propicio si al salir de aquí sacrificas al primero que veas."
Alejandro salió del templo, seguido por sus generales, y lo primero que vio
fue a un andaluz montado en un burro. Lo hizo detener y le notificó que se
encomendara a Zeus porque en ese mismo momento habría de morir para
satisfacer al oráculo. El andaluz (un hombre del pueblo), sin perder el aplomo,
se hizo explicar la respuesta de la Sibila, y contestó a su vez con estas palabras:
"Hay un malentendido, noble Alejandro. El primero que has visto no soy
yo sino el burro en que estoy montado, ya que él me precede con su cabeza y
su cuello. Yo sólo voy montado sobre la grupa, y estoy, por lo tanto, en segundo
lugar después de la cabeza y el cuello de mi burro."
La contestación ingeniosa del andaluz no convenció a los generales de
Alejandro que desenvainaron sus espadas para sacrificarlo. Pero aquél,
sonriendo, ordenó que sólo se matara al burro. "Un hombre como éste –dijo–
merece ser elevado a consejero. Y así lo decreto." Y el andaluz, con el nombre
de Afridopatis, integró desde entonces, el cuerpo de notables que acompañó al
imbatible guerrero.
101
SAN MALAQUÍAS APÓCRIFO
San Malaquías (Malaquías O'Mongoir), el que naciera en Armagh, Irlanda, en
1094, para morir en 1148, sólo necesitó su presencia para derrotar al ejército
de Nigel, su opositor al obispado. Avanzó contra los jefes de éste en las afueras
de Armagh y se limitó a mirarlos. Los ojos de San Malaquías se expandieron,
vibraron, aluvionales, bajo las cejas. Algunos historiadores dan cuenta de una
nube negra (semejante a la que varios siglos después imaginó la ficción
científica de Fred Hoyle). Fue el instante en que un rayo vengador fulminó a
todos los jefes del enemigo. Desde entonces el santo ocupó el obispado de
Armagh para luchar contra el demonio. Tres siglos después, Arnaldo Wion
publicó en Venecia el Lignum vitae (1595) con las Profecías de los Papáis,
atribuidas a San Malaquías, en las cuales se asignaban 111 divisas para los
papas y antipapas que gobernarían a la grey hasta el fin del planeta en que
advendría (predicción 112) Petras Romanus, destruida Roma, para el juicio final
(et judex tremendus judicabit popolum). Excluyendo las divisas hasta la fecha
de la publicación, en 1595, quedarían 38, de las cuales se han cumplido 35
hasta Pastor et nauta (Juan XXIII) y Flos florum (Paulo VI). Faltarían 4 hasta
Petras Romanus inclusive. Estos papas responderían a las siguientes divisas:
109-De medietate Lunae; 110-De labore Solis; 111 - De gloria olivad; 112 -
Petrus Romanus. Después, el fin del mundo.
Pero las Profecías de los Papas han sido controvertidas. Su autenticidad o
apocricidad ha dividido a teólogos y laicos. Lo que no se ha dicho es que
Leandro Giovanni Bonavita, un converso sefardita de Florencia, escribió, en el
siglo XVII, su Ma/a dei visioni, en cuyo título aparece ya una tautología, puesto
que Mará significa "aparición" en hebreo, lo que hace sospechar que se trata
de un escrito apócrifo, cuya finalidad fue presentar al "verdadero San
Malaquías", quien vendría a ser el Pseudo San Malaquías y no el que pretende
Arnaldo Wion cuando le adjudica los vaticinios.
Según Bonavita el santo de Armagh no tenía el don de la profecía. Arnaldo
Wion habría publicado un manuscrito del converso Malaquiah (obsérvese la h)
que vivió y fue un rabí de Venecia antes de su conversión, hacia 1580. Éste lo
habría escrito en un convento de benedictinos, donde habría sido hallado por
Arnaldo Wion, el cual, al confundir ambas grafías, Malaquiah y Malaquías, lo
adjudicó de buena fe al santo irlandés. En el segundo libro del manuscrito,
Bonavita nos dice en qué circunstancias fueron compuestas las Profecías de
los Papas. Se hallaba Malaquiah en su celda cuando de pronto ésta se iluminó
y la voz de un ser invisible le dijo: "Escribe, porque este mundo tendrá un fin y
tú serás el relator." El converso Malaquiah tomó la pluma y escribió
automáticamente sin comprender. Cada Papa tendría un lema o una divisa para
indicar su origen, su condición o su comportamiento característicos. La suma
102
de estas divisas daría la suma igual de Papas, después de los cuales
advendría el fin del mundo. Pero esto que ahora está tan claro, sólo lo entendió
Malaquiah mucho después de haber escrito las 112 divisas. Fue el instante en
que oyó la voz por segunda vez: "Tu intelecto no es torpe; la última divisa es la
última posibilidad del mundo. Es decir que el último hombre absorberá todos
los nombres y no dará otras denominaciones porque todo perecerá y los cielos
y la Tierra serán una línea sinnombre (Mará dei visioni, II, 7c, ratificado por
Bandello, Apokalisse, Prop. 9, V, 42).
Malaquiah enfermó. Contó su visión a los otros frailes y mostró la lista de
divisas. Pero éstos lo atribuyeron a la malatía del converso, y las profecías se
perdieron entre los manuscritos del convento. Tres meses después murió
Malaquiah y quemaron sus efectos. Sólo se salvó la lista de los 112 Papas
porque los frailes ignoraban o habían olvidado el lugar en que la habían
guardado. O posiblemente la ocultaron. Cuando Arnaldo Wion la descubrió, no
reparó en la grafía del nombre y la adjudicó a San Malaquías. Esta
equivocación no excluye, sin embargo, la gravedad de la profecía. El tiempo es
el árbitro para decidir si aún nos quedan cuatro Papas para el fin del mundo.
103
MICHEL DE NOSTRE-DAME
(NOSTRADAMUS)
Según una hipótesis de Simha-Quimbell a quien se atribuye el Pseudo Líber
Mirahilis (1586), las fórmulas secretas de los sacerdotes egipcios, llevadas por
los hebreos a través del éxodo, fueron depositadas, junto con el Sepher-Torah,
en el Sancta Sanctarum del Templo. Allí se confundieron, durante 200 años,
con las escrituras sagradas, y cuando sus muros fueron destruidos por las
legiones de Tito, en el año 70, el Sancta Sanctorum estaba vacío. Las fórmulas
y los libros habían desaparecido. Pero dos de ellos, el Sepher-Yesirah (la
kabbala de Abraham) y la primera Clavicula Salomonis, donde se utilizaban las
fórmulas secretas de los egipcios, integraron el acervo mágico de Michel de
Nostre-Dame, un médico recibido en la Universidad de Montpellier, a quien sus
contemporáneos llamaban Nostradamus.
Ese mago que habría de profetizar el fin del planeta para el año 3797, había
nacido en Saint Remy, de la Provenza, en 1503. Tenía su casa en Salón-en-
Craux, en cuyos altos, rodeado de obscuros infolios, de espejos singulares que
anticipaban el porvenir, de astrolabios y varas de adivinación, solía pasar con la
imagen clavada sobre la superficie acuosa que llegaba al borde de una vasija
de cobre. En esa superficie leía el pasado y el porvenir. Un día, los habitantes
de Salón vieron una llama que se expandía desde el interior de la casa del
mago. Una luz blanquecina, enceguecedora, envolvía los jardines y se
convertía en una columna de humo que moría en el espacio. Nadie pudo
explicarse este fenómeno. Para Simha-Quimbell, Nostradamus había quemado
los libros desaparecidos del Sancta Sanctorum, las fórmulas de los egipcios y
los hebreos. Pero antes de quemar esta sabiduría del futuro, hábilmente
disimulada en instancias frías y abstractas, Nostradamus redactó, en el más
bajo y demoníaco francés, cerca de un millar de cuartetas proféticas que dividió
en 10 centurias. Parte de estas centurias (Las propheties de Michel de Nostradamus)
fueron publicadas en 1555, hasta completarse en las ediciones de 1558
y 1568, esta última después de su muerte, acaecida en Salón, en 1566.
Tuvo el don de la profecía. Fue defendido por Ronsard y atacado por Jodelle
en el siguiente juego de palabras :
Nostra-damus cum falsa damus, mam fallere nostrum esc, I Et cum falsa
damus nihil nisi damus.
Cuya traducción sería: Damos algo nuestro al mentir porque nuestro oficio es
engañar, / y cuando damos falsedades, no damos otra cosa que lo nuestro.
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Videl y Langlois lo trataron de ignorante. Yacopo Da Ferrara (í conturban dal
Demone, I, XXIII), aventuró la teoría de que era una encarnación demoníaca.
Pero Nostradamus que conoció y maldijo a sus enemigos, realizó su tarea con
una lucidez indetenible. Un día en Ancona, se arrodilló ante el franciscano Félix
Peretti, y le besó la mano. Asombrados los otros frailes que lo acompañaban
por lo desusado de la reverencia, Nostradamus les contestó: "¿Es que no debo
arrodillarme ante Su Santidad?" Tiempo después, Félix Peretti, humilde y
desconocido fraile, asumía el cardenalato de Moltalto para convertirse en el
Papa Sixto V, en 1585. Predijo, en sus obscuras cuartetas, infinidad de
acontecimientos que se fueron cumpliendo a pesar de la incredulidad de sus
contemporáneos. A Enrique II, su monarca protector, le vaticinó la muerte en un
torneo, cuatro años antes de que se produjera el hecho:
Le Lyon ieune le vieux surmontera
En champ bellique par singuliere duelle
Dans cage d'or les yeux luí crevera
Deux classes une puis mourir mort cruelle.
(1-35)
Es decir: El león joven dominará al viejo / En un duelo singular y le reventará
los ojos / En su jaula de oro. I De las dos fuerzas en combate quedará una y la
otra morirá de muerte cruel. El león joven fue el conde de Montgomery, quien
hirió de contragolpe en un torneo (29 de junio de 1559) a Enrique II
atravesándole un ojo a través del morrión de oro, la jaula (la cage d'or) a que se
refería la profecía. El león viejo, Enrique II, sobrevivió 11 días y después murió
teniendo plena conciencia de la cuarteta que él mismo conocía.
A Carlos I de Inglaterra le predijo la guerra civil y su muerte:
Senat de Londres mettront a mort leur Roy
Le sel et vin lux seront á Tenvers
(10-22)
Traicionado en Escocia, donde Carlos I se refugia de la guerra civil, es
entregado al Parlamento, y Cromwell, su Lord Protector, lo hace decapitar en
Londres el 30 de enero de 1649. La lista de predicciones produce terror. Nada
escapó a su monstruosidad, a tal punto que Pierre Debrouvette (Le sel
diabolique, c. XIX), propuso borrar el nombre de Nostradamus de los registros
de Montpellier en cuya Universidad había estudiado. "Este hombre, dijo
(siguiendo a Yacopo Da Ferrara) no es el fruto de un nacimiento humano, sino
el engendro del Demonio, que ha venido a este mundo para confundir la ley divina."
Del fin del mundo dejó una imagen erosionada que ratificó en su Epístola a
Enrique II ("El Antiguo y Nuevo Testamento serán rechazados y quemados.
105
Habrá matanza de religiosas y violación de mujeres"). Y una fecha inapelable
en el tercer milenio: 3797, confirmada por el matemático Ruir (L´Ecroulement
de L'Europe, 1939) al realizar el estudio de las cronologías de Nostradamus. En
esta fecha, con el exterminio del planeta, comenzaría el caos, el hundimiento
definitivo, sin recomienzo, donde todas las formas irracionales concretarán el
olvido del hombre y de las cosas que él quiso construir para su débil eternidad.
Ese vaticinador del fin del mundo, meditando en Salón-en-Craux bajo la
fascinación de espejos que multiplicaban la rigidez de obscuros infolios que
trepaban por las paredes, vio un día también su propia muerte: Proches
parcuts, amis, fréres du sang / Trouve tou mort, prés du lit et du banc.
"Parientes cercanos, amigos, hermanos de sangre/ (le hallarán) muerto cerca
del lecho y del banco". La confirmación de este tránsito al antimundo la tuvo el
1? de julio de 1566, según la versión del sefardita Charles de la Perrigoud-Yoel
(Bikum Holim, 17, 179). Su amigo y biógrafo Jean Aymes de Shavigny se había
despedido después de un día de intensas interpretaciones. "Volveré para
continuar", le dijo. Pero Nostradamus, siempre en la versión de Perrigaud-Yoel,
le contestó: "Eso quisiera yo. Pero mañana, cuando el alba se levante ya no
estaré en este lugar." Esa misma noche murió el mago con la cabeza reclinada
sobre su mesa de trabajo, cerca del lecho y del banco vaticinados en la
cuarteta. Su magia, la astrología y el catolicismo, "extrañamente mezclados"
para Perrigaud-Yoel, "harán de Nostradamus un profeta después de la
santidad, o un monstruo de quien Satanás se burlará llevándoselo a lo más
profundo de su cueva". Pero esta admonición del sefardita, que incluye una
profecía, tiene a su vez, una fecha: 3797, Ella será el límite para reivindicar o
destruir a Nostradamus.
106
LOS CEREBROS INVASORES
Una interpretación del papiro de Satni Khamois (s. III a. de J.C.) estaría
vinculada con el trasplante de cerebro. Neferkeptah (sigo la segunda versión
del siglo vi), para equipar su barco con los 70 muñecos a los que él les infunde
movimiento y habla, recurre a su propia sangre. Sabe que la "cabeza" de sus
seres mecánicos es un vacío angustioso, y que no tienen la facultad de
autodeterminarse. Para suplir esta deficiencia (el pasaje es muy hermético y
hay que interpretarlo así), se introduce un alfiler en la frente y toma su sangre
que luego coloca, gota a gota, en la cabeza de sus 70 humanoides. Desde ese
instante ya pueden autodeterminarse. Están preparados para ir hacia los
confines y obtener el libro mágico de Toth, que podría dar a Neferkeptah la
posibilidad de inmortalizarse. El final ya lo conocemos. Lo que quiero expresar
es que la operación del alfiler y la inyección de la gota de sangre, constituyen,
simbólicamente, el primer trasplante de cerebro que registra la ciencia-ficción
(acaso la historia).
Pero hay tres historias de raíz neferkeptiahna, vinculadas con los cerebros
invasores. La primera fue escrita por el inglés Philip Shiel, en 1745, y llevaba
este obscuro título: Across the Sands. La segunda, The Flying Saucer (1956),
correspondió al norteamericano George Locke, ya fallecido y discípulo de ese
extraterrestre que se llamó Charles Fort, el anticipador de Le lime de damnés
(1919). La tercera, Las vidas de Wip, escrita en 1968 (inédita aún), la imaginó
un argentino de Mendoza: Guillermo Petra Sierralta. En Across de Sands, el
protagonista halla sobre las arenas del desierto un cerebro humeante que le
dice: "No huyas. He vivido encerrado durante muchos siglos en un casco de
hueso contra el cual he batallado en vidas sucesivas. Ahora estoy libre y haré
mi voluntad sin obedecer las órdenes que me transmitían." El protagonista se
espanta. Pero todos los días visita a este extraño monstruo que comienza a
elevarse como un ser humano sin perder su forma cerebral. Y es ya el "señor
Cerebro" cuando éste le dice un día: "Sólo la liberación del cerebro salvará a la
humanidad." Es posible que se trate de una alegoría sobre el mal y el bien,
tesis a la que se opuso Hawthorne (A History of the Devil, párr. 115) y luego
refirmó Murray (Sorcery and Magic, I, VII). Pero desde ese día el cerebro
gigantesco se dedica a exterminar todo aquello que cree de signo negativo, y el
mundo se precipita en los abismos cósmicos, convertido en una nebulosa
incandescente.
En la segunda historia, Locke, apoyándose en las hipótesis de Fort acerca de
seres extraterrestres que habrían llegado al planeta desde otros mundos
habitados, nos habla de un ejército de "cerebros-monstruos" que también se
habrían liberado de su envoltura para invadir la Tierra. Primero vienen
calladamente, asumiendo la forma de copos mezclados con la nieve. Pero
107
cuando ésta comienza a derretirse, los copos adquieren su verdadera
estructura en dimensiones agigantadas. Algunos miden un metro, y cada
circunvolución proyecta una luz de distinto color en el instante de expresarse.
La voz es metálica y penetrante. "Vamos en busca de la verdad", dice uno de
ellos. Pero su acción es telepática y mortífera. El planeta se llena de muertos, a
los que estos cerebros decapitan mediante la emisión de ondas, a fin de
alimentarse, también telepáticamente, de su sustancia. Sólo se salva un niño,
cuya masa cerebral no está contaminada por la idea del mal. Sobre él ha de
recaer la responsabilidad de reconstruir la humanidad. Pero la muerte repentina
del autor dejó inconclusa la segunda parte de la novela.
El mito puede crear la realidad. Esta inferencia de Cesare Pavese (Cultura e
realtá, núm. 1, 1950), signa los avatares de Ladislao Wip en la obra de Petra
Sierralta: Las vidas de Wip. Primero es un hombre como todos. De pronto
comienza a ver en los demás un halo que sólo él puede detectar. Ese halo
tiene un lenguaje secreto. El protagonista accede ya los límites anónimos del
conocimiento. Ahora comprende, como un nuevo Dolitle, por qué podía leer en
los ojos el habla inaudible de los animales. Por qué predice la vida y la muerte
de esos seres desparramados en el tejido vital. Su cerebro es un radar de ida y
vuelta hacia los confines. Un día enferma. Pero una potencia internacional
rapta del sanatorio a Ladislao Wip para estudiar sus ondas mentales. Ven en su
intensidad telepática un arma para la destrucción. Rescatado por una
organización secreta, vuelve a Mendoza donde anuncia el día exacto de su
muerte. Previamente ha donado su cerebro que luego es trasplantado, por
otros belicistas, en un hombre joven. Y el cerebro comienza a crecer. Su
acromegalia rompe las paredes, los ámbitos que le protegían. La nueva vida de
Wip es el signo de la monstruosidad. Huye a los bosques, penetra en las
dimensiones absurdas y asciende luego al Monte Incógnito. Tratan de
eliminarlo. Los aviones se estrellan contra ese gigante que destruye a su vez
los depósitos del mal, mientras envía mensajes angélicos que se reproducen
sobre los grandes bosques convertidos en pantallas. "El hombre no debe morir
en la guerra." Esta es la ley de Ladislao Wip, a quien Halef, la mujer simbólica,
irá a rescatar de los abismos espaciales, disolviéndose en la extensión.

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