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miércoles, 2 de abril de 2008

¿COMO CRECE TU JARDÍN? -- Agatha Christie

¿COMO CRECE TU JARDÍN?



Agatha Christie




Hércules Poirot hizo con sus cartas un ordenado montón,
colocándolo ante sí. Cogió la primera de las cartas, examinó un
momento la dirección, despegando luego el dorso del sobre con una
pequeña plegadera que tenía siempre en la mesa del desayuno para
ese fin y extrajo el contenido. Dentro había otro sobre, sellado con
lacre y en el que se leía: «Privado y confidencial».
Hércules Poirot alzó ligeramente las cejas, murmuró Patience! Nous
allons arriver!, y de nuevo puso en juego la pequeña plegadera. Del
sobre salió entonces una carta, escrita con letra temblona y picuda.
Algunas palabras estaban subrayadas de un modo muy notorio.
Hércules Poirot desdobló la carta y leyó. En la parte superior, de
nuevo se leían las palabras «privado y confidencial». A la derecha
iba escrita la dirección, Rosebank, Charman's Green, Bucks, y la
fecha, veintiuno de marzo.



Señor Poirot:

Me ha recomendado a usted una antigua y buena amiga
mía, que sabe lo preocupada y disgustada que he estado
en estos últimos tiempos. Claro que mi amiga no conoce
los hechos; por tratarse de un asunto estrictamente
confidencial no se los he confiado a nadie. Mi amiga me
ha dicho que es usted la discreción personificada, y que
no tema verme envuelta con la policía, cosa que, si mis
sospechas resultan fundadas, me desagradaría muchísimo.
Pero por supuesto, es posible que esté equivocada por
completo. No me considero ya con la cabeza lo bastante
despierta —padeciendo como padezco de insomnio y
habiendo sufrido el pasado invierno una grave
enfermedad— para investigar las cosas por sí misma. No
tengo ni medios ni capacidad para hacerlo. Por otra parte,
debo insistir una vez más en que se trata de un asunto de
familia en extremo delicado y que por muchas razones
puede que desee echar tierra sobre el mismo. Teniendo
seguridad de los hechos, podré ocuparme yo misma del
asunto y así lo prefiero. Espero que este punto haya
quedado bien claro. Caso de aceptar usted esta
investigación, le agradecería me lo comunicara a la
dirección que figura al principio de la carta.
Atentamente,

AMELIA BARROWBY.


Poirot leyó la carta dos veces, del principio al fin. De nuevo alzó
ligeramente las cejas. Luego la dejó al lado y cogió el segundo
sobre del montón.
A las diez en punto entró en la habitación donde la señorita Lemon,
su secretaria particular, esperaba recibir instrucciones para la
jornada. La señorita Lemon tenía cuarenta y ocho años y un aspecto
poco atractivo. La impresión general que producía era la de un
montón de huesos colocados de cualquier modo. Su pasión por el
orden casi igualaba la de Poirot, y, aunque muy capaz de pensar por
sí misma, nunca lo hacía a no ser que se lo ordenaran.
Poirot le entregó el correo de la mañana.
—Tenga la bondad, señorita, de contestar todas estas cartas,
diciendo que no, con buenas palabras.
La señorita Lemon echó una ojeada a las distintas cartas,
garabateando un jeroglífico en cada una de ellas. Eran signos que
sólo ella podía leer, de un código suyo particular: «jabón suave»,
«bofetada», «ronroneo», «seco», etc. Hecho esto, levantó la vista
hacia Hércules Poirot, solicitando más instrucciones.
Poirot le tendió la carta de Amelia Barrowby. Ella la sacó de su
doble envoltura, la leyó y miró a Poirot con expresión interrogante.
—¿Bueno, monsieur Poirot?
Tenía el lapicero en alto, a puntó, sobre el cuaderno de taquigrafía.
—¿Qué opina usted francamente de esa carta, señorita Lemon?
Frunciendo ligeramente el ceño, la señorita Lemon dejó el lapicero y
leyó de nuevo la carta.
El contenido de las cartas nunca tenía ningún significado para la
señorita Lemon, salvo desde el punto de vista de redactar una
respuesta adecuada. Muy de tarde en tarde solicitaba su jefe sus
facultades humanas, dejando a un lado su personalidad profesional.
Cuando esto ocurría, la señorita Lemon sentía cierta irritación. Ella
era una máquina casi perfecta, total y gloriosamente desinteresada
por los problemas humanos. La verdadera pasión de su vida era dar
con un sistema de archivo perfecto, al lado del cual todos los
demás sistemas serían olvidados. Por las noches soñaba con este
archivo. Sin embargo, como Poirot sabía muy bien, la señorita
Lemon era muy capaz de tratar con inteligencia los asuntos
puramente humanos.
—¿Qué le parece? —preguntó.
—Una señora de edad —dijo la señorita Lemon—. Está muerta de
miedo.
Y añadió, echando una ojeada a los dos sobres:
—Todo muy misterioso, y no le dice nada en absoluto.
—Sí —dijo Hércules Poirot—. Ya lo he notado.
La señorita Lemon posó una vez más su mano esperanzada sobre el
cuaderno de taquigrafía. Por fin, Poirot, tras una pausa, respondió:
—Dígale que será para mí un honor el visitarla en el día y la hora
que me indique, a no ser que prefiera venir a consultarme aquí. No
escriba la carta a máquina, escríbala a mano.
—Muy bien, monsieur Poirot.
Poirot mostró el resto del correo.
—Éstas son facturas.
Las manos eficientes de la señorita Lemon establecieron una rápida
selección entre ellas.
—Las pagaré todas menos estas dos.
—¿Por qué no esas dos? No hay error en ellas.
—Son unas firmas con las que tiene usted relaciones desde hace
muy poco tiempo. No hace buen efecto pagar demasiado pronto,
acabando de abrir una cuenta... parece como si estuviera usted
trabajando el terreno para conseguir un crédito.
—Ah! —murmuró Poirot—. Me inclino ante su superior conocimiento
del comerciante británico.
—Poco habrá que yo no sepa con respecto a ellos —dijo la señorita
Lemon con expresión torva.
La carta para la señorita Amelia Barrowby fue escrita y echada al
correo, pero no llegaba respuesta alguna. Quizá, pensaba Hércules
Poirot, la anciana señora había descubierto el misterio por sí
misma. Sin embargo, le sorprendía un poco el que, de ser así, no
hubiera escrito unas líneas corteses, diciendo que ya no necesitaba
sus servicios.
Cinco días más tarde, después de recibir las instrucciones de la
correspondencia, dijo la señorita Lemon:
—Esa señorita Barrowby a quien escribimos... no es extraño que no
haya contestado. Ha muerto.
Hércules Poirot dijo en voz muy baja: «¿Ha muerto?» Sus palabras,
más que una pregunta, parecían una respuesta.
La señorita Lemon abrió el bolso y extrajo de él un recorte de
periódico.
—Lo vi en el «metro» y lo arranqué.
Aprobando mentalmente el hecho de que la señorita Lemon, a pesar
de haber empleado la palabra «arranqué», había recortado la noticia
cuidadosamente con unas tijeras, Poirot leyó el suelto, extraído de
la sección de «Nacimientos, Defunciones y Enlaces», del Morning
Post:

«El 26 de marzo falleció de repente, en Rosebank
Charman's Green, Amelia Jane Barrowby, a los setenta y
tres años de edad. Se ruega no envíen flores.»


Poirot lo leyó y murmuró entre dientes: «De repente.» Luego dijo,
vivamente:
—Señorita Lemon, ¿tiene usted la bondad de escribir una carta?
La señorita Lemon cogió un lápiz y, meditando, tomó la carta en
rápida y correcta taquigrafía.

Distinguida señorita Barrowby: No he recibido contestación de
usted, pero como estaré por las inmediaciones de Charman's Creen
el viernes, la visitaré dicho día para tratar con mayor amplitud del
asunto mencionado por usted en su carta. Atentamente, etc.

—Escriba en seguida esta carta y si la echa pronto llegará a
Charman's Green de seguro esta noche.
A la mañana siguiente, el segundo correo trajo una carta en un
sobre de luto.


Muy señor mío:

En contestación a su carta, he de manifestarle que mi tía,
la señorita Barrowby, falleció el día veintiséis. En
consecuencia, el asunto de que habla ya no tiene
importancia.
Atentamente,

MARY DELAFONTAINE
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Poirot sonrió para sí.
—Ya no tiene importancia... ¡Ah! Eso ya lo veremos. En avant...
vamos a Charman's Green.
«Rosebank» era una casa que parecía hacer honor a su nombre , lo
cual no puede decirse de muchas casas de su estilo y carácter.
Hércules Poirot se detuvo en el sendero que conducía a la puerta
principal y dirigió una mirada aprobatoria a los bien trazados
macizos que se extendían a ambos lados. Había rosales, que
prometían una buena cosecha para cuando llegara la estación, y, ya
en flor, narcisos, tulipanes tempraneros, jacintos azules... El último
macizo estaba bordeado parcialmente por conchas.
Poirot murmuró para sí:
—¿Cómo es esa cancioncita que cantan los niños ingleses?
Di, María, la obstinada,
¿cómo crece tu jardín?
Tiene conchas, campanitas,
de doncellas un sinfín.

«Puede que no haya un sinfín —pensó—, pero, por lo menos, aquí
viene una doncella, para que se cumpla en todas sus estrofas la
cancioncita infantil.»
La puerta principal se había abierto y una pulcra doncellita, con
gorro y delantal, contemplaba indecisa el espectáculo que ofrecía un
señor extranjero de grandes bigotes, hablando solo en voz alta en
medio del jardín. Era, según observó Poirot, una doncellita muy
mona, de redondos ojos azules y mejillas sonrosadas.
Poirot se quitó el sombrero cortésmente y se dirigió a ella:
—Perdone, ¿vive aquí la señorita Amelia Barrowby?
La doncella lanzó un sonido entrecortado y sus ojos, a consecuencia
de la impresión, se redondearon aún más.
—¡Ay, señor! ¿No lo sabía? Se ha muerto. ¡Tan de repente! El
martes por la noche.
Titubeó, luchando entre dos instintos encontrados: primero, la
desconfianza hacia el extranjero, y segundo, la fruición natural de
su clase en explayarse en el interminable tema de enfermedades y
muertes.
—Me sorprende usted —dijo Hércules Poirot, faltando a la verdad—.
Tenía una cita para hoy con la señora. Sin embargo, quizá pueda ver
a la otra señora que vive en la casa.
La doncellita, antes de responder, pareció titubear un poco.
—¿La señora? Sí, a lo mejor podría usted verla, pero no sé si querrá
recibir a nadie.
—A mí me recibirá —dijo Poirot, entregándole una tarjeta.
La autoridad con que habló surtió el efecto deseado. La doncella de
mejillas rosadas se hizo a un lado y condujo a Poirot hasta un
salón, situado a la derecha del vestíbulo. Luego, con la tarjeta en la
mano, se fue a avisar a su señora.
Hércules Poirot miró a su alrededor. El salón era completamente
convencional: en las paredes, papel color de avena, con un friso en
el borde; cretonas de color indefinido; cojines y cortinas de color
rosa y profusión de chucherías y adornos. No había nada en la
habitación que se destacara, que indicara la presencia de una
personalidad definida.
De pronto Poirot, que era muy sensible para estas cosas, sintió que
unos ojos le observaban. Giró sobre sus talones. Una chica estaba
de pie en el umbral de la puerta ventana, una chica de baja
estatura, cetrina, de pelo muy negro y mirada llena de
desconfianza.
Entró en la habitación y, al tiempo que Poirot se inclinaba
ligeramente en ademán de respeto ante ella, saltó bruscamente:
—¿Por qué ha venido?
Poirot no respondió. Se limitó a alzar las cejas.
—Usted no es abogado, ¿verdad?
Hablaba bien el inglés, pero nadie, ni por un momento, la hubiera
tomado por inglesa.
—¿Por qué había de ser yo abogado, mademoiselle?
La chica se le quedó mirando fijamente con una expresión sombría.
—Pensé que a lo mejor lo era. Pensé que a lo mejor había venido a
decir que ella no sabía lo que hacía. He oído hablar de esas cosas;
la influencia indebida le llaman, ¿verdad? Pero no es cierto. Ella
quiso que el dinero fuera mío y lo será. Si es necesario tendré un
abogado propio. El dinero es mío. Ella lo dejó escrito así, y así será.
Estaba muy fea, con la barbilla hacia delante y los ojos lanzando
chispas.
La puerta se abrió y entró una mujer alta.
—Katrina —dijo.
La chica retrocedió, enrojeció, y, farfullando algo ininteligible, salió
por la puerta ventana,
Poirot se volvió hacia la recién llegada, que de modo tan eficaz
había zanjado la cuestión, pronunciando una sola palabra. En su voz
había habido autoridad, desprecio y una nota de ironía refinada.
Poirot se dio cuenta en seguida de que aquélla era la dueña de la
casa, Mary Delafontaine.
—¿Monsieur Poirot? Le he escrito a usted. No habrá recibido mi
carta.
—He estado fuera de Londres.
—Ah, comprendo; eso lo explica. Permita que me presente. Me
llamo Delafontaine. Mi marido. La señorita Barrowby era tía mía.
El señor Delafontaine había entrado tan silenciosamente que su
llegada había pasado inadvertida. Era un hombre alto, de cabellos
grises y aspecto indeciso. Se acariciaba la barbilla con movimientos
nerviosos. Con frecuencia miraba a su mujer y era evidente que
dejaba que ella llevara la voz cantante en las conversaciones.
—Siento mucho molestarles en medio de su aflicción —les dijo
Hércules Poirot.
—Ya comprendo que no ha sido culpa suya —dijo la señora
Delafontaine—. Mi tía murió la tarde del martes. Fue de lo más
inesperado.
—De lo más inesperado —dijo el señor Delafontaine—. Un gran
golpe.
Sus ojos estaban fijos en la puerta ventana, por donde había
desaparecido la chica extranjera.
—Les pido a ustedes perdón —dijo Hércules Poirot—, y me retiro.
Dio un paso en dirección a la puerta.
—Un momento —dijo el señor Delafontaine—. ¿Dice usted que
tenía... ejem... una cita con tía Amelia?
—Parfaitement.
—Sí nos dijera usted de qué se trataba —dijo su esposa—, quizá
pudiéramos ayudarle.
—Se trata de un asunto reservado —dijo Poirot—. Soy detective —
añadió, sencillamente.
El señor Delafontaine tiró una figurita de porcelana que tenía en la
mano.
Su esposa parecía perpleja.
—¿Un detective? ¿Y tenía usted una cita con la tía? ¡Qué cosa más
extraordinaria! —Se quedó mirando fijamente a Poirot—. ¿No puede
usted decirnos nada más, monsieur Poirot? Todo esto es...
fantástico.
Poirot guardó silencio durante algunos segundos. Cuando habló, lo
hizo escogiendo cuidadosamente las palabras.
—Es difícil para mí, señora, saber lo que debo hacer.
—Diga —dijo el señor Delafontaine—. No mencionó a los rusos,
¿verdad?
—¿A los rusos?
—Sí, ya me entiende... bolcheviques, rojos, etc.
—No seas absurdo, Henry —dijo su mujer.
Delafontaine se disculpó, muy turbado.
—Perdón... perdón... Tenía curiosidad.
Mary Delafontaine miró abiertamente a Poirot. Sus ojos eran muy
azules, del color de las miosotis.
—Si puede usted decirnos algo, señor Poirot, le agradecería mucho
que lo hiciera. Le aseguro que tengo... tengo motivos para
pedírselo.
El señor Delafontaine se mostró alarmado.
—Ten cuidado... ya sabes que a lo mejor no hay nada cierto en todo
ello.
De nuevo la esposa le detuvo con una mirada.
—¿Qué dice usted, monsieur Poirot?
Lentamente, con gravedad, Hércules Poirot movió la cabeza en
sentido negativo. Lo hizo con gran pesar, pero lo hizo.
—Por el momento, señora —dijo—, lamento no poder decir nada.
Se inclinó, cogió su sombrero y se dirigió a la puerta. Mary
Delafontaine le acompañó al vestíbulo. En el peldaño, Poirot se
detuvo y la miró.
—Parece que tiene usted gran afición a su jardín, ¿no es así,
señora?
—¿Al jardín? Sí, le dedico mucho tiempo.
—Je vous fait mes compliments.
Se inclinó de nuevo y se dirigió a la verja a grandes pasos. Al cruzar
la verja y torcer hacia la derecha, miró hacia atrás y su mente anotó
dos impresiones; un rostro cetrino que le observaba desde una
ventana del primer piso y un hombre erguido, de porte militar, que
se paseaba de arriba abajo por el otro lado de la calle.
Hércules Poirot se dijo para sus adentros:
«Decididamente, aquí hay gato encerrado. ¿Qué haremos para
cogerlo?»
Después de considerar la cuestión, se dirigió a la oficina de Correos
más próxima. Desde allí hizo dos llamadas telefónicas, cuyo
resultado pareció satisfacerle. Dirigió sus pasos al cuartelillo de
policía de Charman's Green, donde preguntó por el inspector Sims.
El inspector Sims era un hombre cordial, alto y corpulento.
—¿Monsieur Poirot? —preguntó—. Me lo pareció. Me acaba de llamar
el jefe hace un momento para hablarme de usted. Dijo que se
pasaría usted por aquí. Venga usted a mi despacho.
Una vez cerrada la puerta, el inspector señaló una butaca a Poirot,
se acomodó en otra y volvió hacia su visitante una mirada llena de
curiosidad.
—¡No pierde usted el tiempo, monsieur Poirot! Viene usted a vernos
acerca del caso de Rosebank casi antes de que sepamos que existe
semejante caso. ¿Qué fue lo que le metió a usted a investigar en
esto?
Poirot sacó la carta que había recibido y se la entregó al inspector.
Este último la leyó con cierto interés.
—Interesante —dijo—. Lo malo es que puede significar tantas
cosas... Es una pena que no haya sido un poco más explícita. Nos
hubiera ayudado ahora.
—¿Quiere usted decir...?
—Puede que hubiera estado viva.
—¿Es que su muerte es... dudosa?
—Va usted tan lejos como todo eso, ¿eh? ¡Hum! No digo que no
tenga usted razón.
—Le ruego, inspector, me haga usted una relación de los hechos.
No sé nada en absoluto.
—Muy fácil. La vieja señora se puso mala el martes por la noche,
después de cenar. Muy alarmante, convulsiones, espasmos y todas
esas cosas. Llamaron al médico. Cuando llegó, estaba muerta.
Parecía que había muerto de un ataque. Bueno, al médico no le
gustó mucho el aspecto que presentaban las cosas. Tartamudeó un
poco y doró la píldora lo que pudo, pero dio a entender claramente
que no podía extender un certificado de defunción. Y en cuanto a la
familia respecta, esto es todo lo que hay. Están esperando el
resultado de la autopsia. Nosotros hemos llegado un poco más
lejos. El médico nos informó confidencialmente en seguida (él y el
cirujano de la policía hicieron juntos la autopsia) y el resultado no
deja lugar a dudas. La señora murió a consecuencia de una fuerte
dosis de estricnina.
—¡Ah!
—Eso es. Un asunto muy feo. El caso es saber quién le dio la
estricnina. Deben habérsela dado muy poco antes de su muerte. Al
principio creíamos que se la habían dado con la cena, pero,
francamente, parece que hay que desechar esa idea. Comieron sopa
de alcachofas, servida de una sopera, pastelón de pescado y tarta
de manzana. Una cena como puede verse frugal.
—¿Quiénes eran los comensales?
—La señorita Barrowby y el señor y la señora Delafontaine. La
señorita Barrowby tenía una especie de enfermera y señorita de
compañía, una chica medio rusa, pero no comía con la familia.
Después de retirar la comida de la mesa la chica comió de lo
mismo. Tiene una muchacha, pero era su noche libre. Dejó en el
homo la sopa y el pastelón de pescado y la tarta de manzana era
fría. Los tres comieron lo mismo y, aparte de eso, no creo que sea
posible hacer tragar estricnina a nadie de ese modo. La estricnina
es amarga como la hiel. Me dijo el médico que puede notarse su
sabor en una solución de uno por mil, o algo por el estilo.
—¿Y con café?
—Con café es más fácil, pero ella no tomaba nunca café.
—Ya comprendo. Sí, parece un punto muy difícil de aclarar. ¿Qué
bebió con la comida?
—Agua.
—Vamos de mal en peor.
—Sí, es un verdadero lío.
—¿Tenía dinero la señora?
—Creo que estaba muy bien. Claro que todavía no conocemos los
detalles concretos. Tengo entendido que los Delafontaine están
bastante mal de dinero. La señora ayudaba a sostener la casa.
Poirot sonrió.
—¿De modo que sospecha usted de los Delafontaine? —dijo—. ¿De
cuál de ellos?
—No quiero decir precisamente que sospeche de ninguno de los dos
en particular. Pero ahí tiene usted, son sus únicos parientes
cercanos y su muerte les proporciona una bonita cantidad de dinero,
estoy seguro. ¡Ya sabe cómo es la naturaleza humana!
—Algunas veces, inhumana; sí, muy cierto. ¿Y no tomó ni bebió
nada más la anciana?
—Bueno, a decir verdad...
—Ah, voilá! Me parecía que tenía usted algo dentro de la manga,
como dicen ustedes los ingleses... la sopa, el pastel de pescado, la
tarta de manzana... bêtises! Ahora llegamos al centro de la
cuestión.
—No lo sé. Pero lo cierto es que la anciana tomaba unos sellos
antes de las comidas. Ya me entiende, no eran píldoras, ni
tabletas, sino unas de esas cajitas de papel de arroz con unos
polvos dentro. Era una medicina completamente inofensiva, para la
digestión.
—Admirable. Nada más fácil que llenar uno de los sellos con
estricnina y sustituirlo por uno de los otros. Pasa por la garganta
tragado con un poco de agua y no se nota el sabor.
—Eso es. Lo malo es que fue la chica la que se lo dio.
—¿La chica rusa?
—Sí. Katrina Rieger. Era una especie de criada, enfermera y señorita
de compañía de la señorita Barrowby. Creo que no la dejaba en paz:
tráeme esto, tráeme lo otro, tráeme lo de más allá, frótame la
espalda, sírveme la medicina, vete corriendo a la farmacia... ese
plan. Ya sabe usted lo que son esas señoras mayores, tienen
buenas intenciones, pero lo que necesitan en realidad es una
esclava negra.
Poirot sonrió.
—Y así estamos —continuó el inspector Sims—. No encaja muy bien
que digamos. ¿Por qué iba a envenenarla la chica? Muerta la
señorita Barrowby, se queda sin trabajo y no es tan fácil encontrar
empleo; no tiene preparación especial, ni nada de eso.
—Sin embargo —sugirió Poirot—, si la caja de los sellos no estaba
guardada, cualquiera de la casa pudo tener oportunidad de realizar
la sustitución,
—Naturalmente, estamos en eso, monsieur Poirot. No tengo reparo
en confesarle que estamos haciendo averiguaciones...
discretamente, claro. Cuándo fue preparada la medicina, dónde la
guardaban de costumbre... Con paciencia y mucho trabajo pesado y
oscuro conseguiremos lo que buscamos. Luego está también el
abogado de la señorita Barrowby. Mañana tengo una entrevista con
él. Y el director del banco. Todavía hay mucho que hacer.
Poirot se levantó.
—Voy a pedirle un favor, inspector Sims: que me diga cómo marcha
el asunto. Lo consideraré como un gran favor. Éste es mi número de
teléfono.
—¡No faltaría más, monsieur Poirot! Cuatro ojos ven más que dos;
además, habiendo recibido la carta, tenía usted que estar en el
asunto.
—Me abruma usted, inspector.
Cortésmente, Poirot estrechó la mano del inspector y se marchó.



Al día siguiente por la tarde le llamaron por teléfono.
—¿Es usted, monsieur Poirot? Le habla el inspector Sims. Parece
que aquel asuntito que sabemos usted y yo se va animando.
—¿De verdad? Cuénteme, se lo ruego....
—Bueno, ahí va el artículo número 1... y bastante importante, por
cierto. La señorita B dejó un pequeño legado a su sobrina y todo lo
demás a K. En consideración a su gran bondad y atenciones para
con ella... así es como se expresa. Eso cambia el aspecto de las
cosas totalmente, a mi juicio.
Ante la mente de Poirot se presentó una escena: un rostro sombrío
y una voz apasionada que decía: «El dinero es mío. Ella lo ha
escrito así y así será.» El legado no iba a constituir una sorpresa
para Katrina; tenía conocimiento de él con anticipación.
—Artículo número 2 —continuó la voz del inspector Sims—. Nadie
más que K anduvo con el sello.
—¿Está usted seguro de eso?
—La propia chica al menos no lo niega. ¿Qué opina usted de eso...?
—Es sumamente interesante.
—Sólo necesitamos una cosa más... pruebas de cómo llegó a sus
manos la estricnina. No creo que sea difícil.
—¿Pero hasta ahora no ha tenido éxito?
—Acabo de empezar, como quien dice. La encuesta fue esta
mañana.
—¿Qué ocurrió en ella?
—Se aplazó por una semana.
—¿Y la señorita... K?
—Voy a detenerla por sospechosa. No quiero correr riesgos. Puede
que tenga amigos en el país que traten de sacarla de esto,
—No —dijo Poirot—. No creo que tenga ningún amigo.
—¿De verdad? ¿Qué le hace decir a usted eso, monsieur Poirot?
—Es sólo una idea más. ¿No hay más «artículos», como usted los
llama?
—Nada que tenga mucha relación con el caso. Parece que la
señorita B había hecho algunas tonterías últimamente con sus
valores... debe haber perdido una suma bastante elevada. Es un
asunto un poco raro, pero no veo que tenga mucho que ver con el
problema principal... por el momento, al menos.
—No, puede que esté usted en lo cierto. Bueno, muchas gracias. Ha
sido usted muy amable en telefonearme.
—Nada de eso. Soy un hombre de palabra y comprendí que estaba
muy interesado. Quién sabe, puede que me eche usted una mano
antes de terminar este asunto.
—Eso sería para mí un gran placer. Por ejemplo, podría ayudarle a
usted si consiguiera dar con un amigo de Katrina.
—¿No había dicho usted que no tenía amigos? —dijo el inspector
Sims, sorprendido.
—Estaba equivocado —dijo Hércules Poirot—. Tiene un amigo.
Antes de que el inspector pudiera hacer más preguntas, Poirot
colgó.
Con expresión grave, se encaminó a la habitación donde la señorita
Lemon escribía a máquina. Al acercarse su jefe, la señorita Lemon
levantó las manos del teclado y le miró, interrogante.
—Quiero que se imagine usted una pequeña historia —le dijo
Poirot.
La señorita Lemon dejó caer las manos en su regazo, en actitud
resignada. Le gustaba escribir a máquina, pagar cuentas, archivar y
anotar los compromisos de su jefe, y que le pidiera que se
imaginase en situaciones hipotéticas le aburría mucho, pero lo
aceptaba como una parte desagradable de su trabajo.
—Es usted una muchacha rusa —empezó Poirot.
—Sí —dijo la señorita Lemon, con un aire sumamente británico.
—Está usted sola y sin amigos en este país. Tiene usted razones
para no desear volver a Rusia. Está usted empleada como una
especie de esclava, enfermera y señorita de compañía de una
señora de edad. Es usted humilde y paciente.
—Sí —dijo la señorita Lemon, obediente, pero incapaz de
imaginarse a sí misma en actitud humilde ante ninguna señora.
—La anciana le coge cariño a usted. Decide dejarle su dinero y así
se lo comunica.
Poirot hizo una pausa.
La señorita Lemon dijo «sí» una vez más.
—Y entonces, la anciana descubre algo. Puede que sea un asunto
de dinero, que se haya dado cuenta de que usted no ha sido
honrada con ella. O puede que sea más grave todavía: una
medicina que tenía un gusto raro, una comida que sienta mal...
Bueno, el caso es que empieza a sospechar de usted y escribe a un
detective muy famoso... enfin, el más famoso de todos los
detectives, ¡a mí! Tengo que ir a visitarla poco después. Y
entonces, como dicen ustedes los ingleses, la grasa está en el
fuego, el peligro es inminente. Hay que obrar con rapidez. Y así,
cuando el gran detective llega, la anciana está muerta. Y el dinero
va a parar a usted... Dígame, ¿le parece razonable?
—Muy razonable —dijo la señorita Lemon—. Quiero decir, muy
razonable para una rusa. Yo, personalmente, nunca me emplearía
de señorita de compañía. Me gusta que mis obligaciones estén bien
definidas. Y, naturalmente, nunca se me ocurriría asesinar a nadie.
Poirot suspiró.
—¡Cómo echo de menos a mi amigo Hastings! ¡Tenía tanta
imaginación y una mentalidad tan romántica! Bien es verdad que
siempre se equivocaba, pero eso en sí mismo era una guía.
La señorita Lemon permaneció en silencio. Ya había oído hablar
otras veces del capitán Hastings y no le interesaba el tema. Dirigió
una mirada melancólica a la hoja mecanografiada que tenía ante
ella.
—¡De modo que le parece a usted razonable! —murmuró Poirot.
—¿A usted no?
—Me temo que sí —suspiró Poirot.
Sonó el teléfono y la señorita Lemon salió de la habitación para
contestarlo. Cuando volvió dijo:
—Otra vez el inspector Sims.
Poirot corrió al aparato. Escuchó lo que le decía el inspector y
exclamó:
—¿Cómo? ¿Qué dice?
Sims repitió su declaración:
—Hemos encontrado un paquete de estricnina en la habitación de la
chica, escondido debajo del colchón. Acababa de llegar el sargento
con la noticia. Podemos decir que esto liquida la cuestión.
—Sí —dijo Poirot—. Creo que el asunto está liquidado.
Su voz había cambiado; parecía, de pronto, llena de confianza.
«Había algo que estaba mal —murmuró para sí—. Lo sentí..., no, no
lo sentí. Debe haber sido algo que vi. En avant, pequeñas células
grises. Meditad, reflexionad. ¿Era todo lógico, estaba todo en
orden? La chica, su ansiedad respecto al dinero... la señora
Delafontaine; su marido... su referencia a los rusos... una
imbecilidad, pero bueno, él es un imbécil; la habitación... el
jardín..., ¡ah! Sí, el jardín.»
Se enderezó muy rígido. En sus ojos apareció la luz verde. Se puso
en pie de un salto y se dirigió a la habitación contigua.
—Señorita Lemon, ¿tiene usted la bondad de dejar lo que está
haciendo y hacer una investigación?
—¿Una investigación, monsieur Poirot? No creo que valga la...
Poirot la interrumpió.
—Dijo usted un día que conocía muy bien a los comerciantes.
—Desde luego que sí —dijo la señorita Lemon con seguridad en sí
misma.
—Entonces el asunto es sencillo. Tiene usted que ir a Charman's
Green y encontrar a un pescadero.
—¿A un pescadero? —preguntó la señorita Lemon, sorprendida.
—Exacto. El pescadero que servía el pescado a Rosebank. Cuando lo
encuentre usted, le preguntará una cosa.
Poirot le entregó un papel. La señorita Lemon lo cogió, leyó lo que
había escrito en él sin mostrar interés, hizo una señal de
asentimiento y cubrió la máquina con su correspondiente funda.
—Iremos juntos a Charman's Green —dijo Poirot—. Usted al
pescadero y yo al cuartelillo de la policía. Tardaremos una media
hora desde Baker Street.
Al llegar a su destino fue recibido por el sorprendido inspector Sims.
—Vaya, trabaja usted de prisa, monsieur Poirot. No hace más que
una hora que le hablé por teléfono.
—Tengo que pedirle una cosa: que me deje ver a esa chica,
Katrina..., ¿cómo dice que se llama?
—Katrina Rieger. Bueno, no creo que haya nada que lo impida.
Katrina parecía más cetrina y sombría que nunca.
Poirot le habló muy amablemente.
—Mademoiselle, quiero que se convenza de que no soy enemigo
suyo. Quiero que me diga usted la verdad y toda la verdad.
Los ojos de Katrina chispearon, retadores.
—He dicho la verdad. ¡He dicho la verdad a todo el mundo! Si a la
señora la envenenaron, yo no he sido. Todo esto es una
equivocación. Usted quiere quitarme el dinero.
Hablaba con voz ronca. Parecía, pensó Poirot, una pobre ratita
acorralada.
—Hábleme del sello, mademoiselle —continuó Poirot—. ¿Nadie
salvo usted anduvo con él?
—Ya lo he dicho, ¿no? Los habían preparado aquella tarde en la
farmacia. Los llevé a casa en mi bolso... muy poco antes de la cena.
Abrí la caja y le di uno a la señora Barrowby, con un vaso de agua.
—¿Nadie los tocó salvo usted?
—Nadie.
¿Una rata acorralada..., pero valiente, quizá?
—Y la señorita Barrowby cenó únicamente lo que nos ha dicho: la
sopa, el pastel de pescado y la tarta, ¿verdad?
—Sí.
Fue un «sí» desesperado. Sus ojos oscuros no veían luz en ninguna
parte.
Poirot le dio unas palmaditas en el hombro.
—Tenga valor, mademoiselle. Todavía puede usted ser libre... sí, y
rica... una vida cómoda.
Ella le miró con desconfianza.
Al salir, Sims le dijo:
—No entendí bien lo que me dijo por teléfono... algo sobre un
amigo que tenía la chica.
—Tiene uno. ¡Yo! —dijo Hércules Poirot y, antes de que el inspector
pudiera recobrarse, había salido del cuartelillo de policía.



En el salón de té del «Gato Verde», la señorita Lemon no hizo
esperar a su jefe, sino que fue directamente al asunto.
—El hombre se llama Rudge y tiene la pescadería en High Street.
Tenía usted razón: exactamente docena y media. He tomado nota
de lo que me dijo —y le entregó la nota.
Poirot lanzó un sonido profundo, semejante al ronroneo de un gato.



Hércules Poirot se encaminó a Rosebank. Estaba parado en el
jardín, con el sol poniéndose a sus espaldas, cuando Mary
Delafontaine se le acercó.
—¿Monsieur Poirot? —su voz denotaba sorpresa—. ¿Ha vuelto
usted?
—Sí, he vuelto. —Poirot hizo una pausa y luego dijo—: Cuando vine
aquí por primera vez, señora, me vino a la mente la rima infantil:

Di, María, la obstinada,
¿cómo crece tu jardín?
Tiene conchas, campanitas,
de doncellas un sinfín.


Poirot terminó:
—Sí, tiene conchas, conchas de ostras, ¿verdad, madame?
Señaló con la mano en determinada dirección.•
Ella contuvo la respiración, quedándose luego muy quieta. Sus ojos
miraron a Poirot con expresión interrogante.
Él asintió.
—Mais oui! ¡Lo sé todo! La muchacha dejó la comida preparada.
Ella, lo mismo que Katrina, jurará que no comieron ustedes otra
cosa. Sólo usted y su esposo saben que le trajeron docena y media
de ostras, un regalito pour la bone tante. ¡Es tan fácil poner
estricnina en una ostra! Se traga, comme ça! Pero quedan las
conchas. No deben echarse al cubo. La criada las hubiera visto. Y
entonces pensó usted en bordear con ellas uno de los macizos. Pero
no había las suficientes; el borde no está completo. Hace mal
efecto, estropea la simetría del jardín, encantador, a no ser por ese
detalle. Esas pocas conchas de ostras producen una nota
discordante... Me desagradaron cuando vine aquí por vez primera.
Mary Delafontaine dijo:
—Supongo que lo habrá adivinado usted por la carta. Sabía que
había escrito, pero no sabía cuánto había dicho.
Poirot contestó evasivo:
—Sabía por lo menos que se trataba de un asunto de familia. Si se
hubiera tratado de Katrina, no habría motivo para echar tierra al
asunto. Me figuro que usted o su esposo negociaron los valores de
la señorita Barrowby en provecho propio y que ella lo descubrió.
Mary Delafontaine asintió.
—Hacía años que lo veníamos haciendo... un poco aquí y otro poco
allá. Nunca me di cuenta de que fuera lo bastante lista para
enterarse. Y entonces me enteré de que había mandado llamar a un
detective y de que le dejaba el dinero a Katrina... ¡esa miserable!
—Y entonces puso la estricnina en el cuarto de Katrina. Comprendo.
Se salvaba usted y salvaba a su marido de lo que yo pudiera
descubrir y cargaba a una chiquilla inocente con la culpa de un
asesinato. ¿No tiene usted piedad, señora?
Mary Delafontaine se encogió de hombros... sus ojos color miosotis
miraban a Poirot. Él recordó su primera visita, la perfecta actuación
de Mary Delafontaine y las torpes intervenciones de su marido. Una
mujer superior..., pero inhumana.
—¿Piedad? ¿Para esa miserable intrigante? —dijo ella dando rienda
suelta a su odio.
Hércules Poirot dijo lentamente:
—Creo, señora, que sólo ha tenido usted dos afectos en su vida.
Uno es su marido.
Los labios de Mary Delafontaine temblaron.
—Y el otro... su jardín.
Poirot miró en torno suyo. Su mirada parecía pedir perdón a las
flores por lo que había hecho y por lo que iba a hacer.

FIN


«Rosebank» significa «loma de rosas».
Traduccion libre de la canción que, en su forma original, reproducimos a continuación:
Mistress Mary, quite contrary
How does your garden grow?
With cockle-sells and silver bells
And pretty maids all in a row.

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