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sábado, 4 de octubre de 2008

Al otro lado del umbral - AUGUST DERLETH

Al otro lado del umbral
August Derleth

I
En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto modo, sin embargo, pertenece a la
familia entera, y por encima de ella, al mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar
los terribles detalles de lo que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo
de los bosques del norte de Wisconsin.
Las raíces de la historia retrotraen a las brumas de los primeros tiempos, muchísimo
antes de los principios de la familia Alwyn, pero de esta parte no sabía yo nada en la
época de mi visita a Wisconsin en respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño
debilitamiento de nuestro abuelo. abuelo. Desde niño, había considerado siempre a
Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía cambiar a lo largo de los
años: era un anciano de pecho abombado, con una cara llena y carnosa, decorada con
un bigote muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su
mandíbula cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas
pobladas; llevaba el pelo largo, de suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino.
Aunque le vi poco mi juventud, dejó en mí una huella imborrable, durante los breves
visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa solariega, próxima a
Arkham, en Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del
mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas del
Pacífico.
Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta de mi primo Frolin, que
vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en el corazón de los bosques y
lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que pudieses ausentarte de Massachusetts los
suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha
soplado mucho viento también, desde la última vez que estuviste. Francamente, creo
que es muy importante que vengas. En las actuales circunstancias, no sé a quien
dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y necesito a alguien en quien poder
confiar.» No habría nada que fuese claramente apremiante en la carta, y, sin embargo,
daba una extraña sensación de perentoriedad; había algo entre líneas que inducía,
invisiblemente, intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin;
algo en la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y en
la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.
Pude pedir permiso en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de
Arkham, en el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa
convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en avión de
Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más profundos de la
región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural, no en lejos de las costas
del lago Superior, de suerte que era posible, en días de viento, escuchar el ruido del
agua.
Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los cuarenta años, pero
aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos ojos castaños, su boca suave y
sensitiva, aunque el siempre había oscilado entre la gravedad y una especie de rudeza
contagiosa: «La sangre irlandesa», como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré
directamente a los ojos al darnos la mano, tratando de descubrir alguna clave de su
misteriosa zozobra, pero sólo vi que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le
traicionaban, al igual que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo,
aunque tengan la superficie como el cristal.
-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé, mientras nos internábamos en la
región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! - me lanzó una mirada extraña, contenida-. Ya lo verás.
Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar -admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé
en ti un montón de veces antes de sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan impaciente; lo verás por ti mismo. Es
su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar, ante la idea de que el espíritu de
nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear; el pensamiento de que aquel cerebro
magnífico hubiera declinado era intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -
exclamé-. Frolin, ¿qué diablos ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese solamente el abuelo... Pero está la
música, y luego todas esas cosas, los ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y
desvió los ojos, casi con un esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba.
No me preguntes más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa
forzada-. Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a
veces, también... con razón.
No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una especie de enervante temor, y
durante un rato permanecí en silencio junto a él, pensando solamente que Frolin y el
viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella vieja casa, ignorando los pinos inmensos de
los alrededores y el sonido del viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el
aire arrastraba desde el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de
oscuros pinos, y aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la
oscuridad, desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista,
tomaba ya posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los
gritos de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una
magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido del
coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la casa de los
Alwyn.
-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino desgarrado, fulminado por un rayo
hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas raquíticas arqueadas como brazos
retorcidos hacia el camino: un viejo tocón hacia el que llamaron mi atención las
palabras de Frolin, recordándome que estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera que no le dijeses que te he
llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle que te encontrabas no lejos de aquí, y se
te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a bajar a la estación a esperarte.
Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había llamado por su salud, se
molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la petición de Frolin implicaba algo más,
más que el simple deseo de salvaguardar el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en
mí esa singular, intangible alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor.
La casa sur gió súbitamente en un claro entre los pinos. Había sido construida por un tío
de nuestro abuelo en tiempos de la colonización de Wisconsin, allá por la década de
1850: uno de los Alwyn marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la
costa de Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del
monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas
arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la arquitectura de 1850,
adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las construcciones de aquel entonces.
Poseía una amplia galería, uno de cuyos costados conducía directamente a los establos
donde antiguamente se guardaban caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se
albergaban dos coches, único rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de
haber sido restaurado desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media
sobre un sótano; probablemente - la oscuridad me impedía precisarlo con seguridadestaba
pintada todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía
de las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar la luz
eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de una linterna y
una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.
Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un poco de equipaje, abriendo la
marcha hacia la puerta de la entrada, una gran pieza de roble de gruesos entrepaños,
decorada con una enorme y ridícula aldaba de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras,
aunque de la puerta entreabierta del fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba
para iluminar espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.
-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo escaleras arriba con el paso
seguro del que frecuenta constantemente el lugar-. Hay una linterna en el pilar de la
escalera, en el descansillo -añadió-, por si la necesitas. Ya conoces al viejo.
Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo imprescindible, de modo que cuando
subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya junto a la puerta de mi habitación, la cual,
como observé, se encontraba directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto,
orientada al oeste, como la propia casa.
-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí arriba que dé al este del
vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se
ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún comentario, pero como seguí callado,
prosiguió- : Así que tengo la habitación contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de
la mía, en el extremo sudeste. A propósito, como habrás adivinado, Hough está
preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la habitación.
Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin ventanas, construida bajo las
explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo Leander, habitación que ocupaba casi
toda la parte trasera de la casa, más el lado noroeste completo, y todo el ancho del
costado oeste, salvo el pequeño ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz
había visto yo filtrarse en el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido
adentrándose en la ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía
ventanas; pero no había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber
abierto ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este,
efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del suelo al
techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura, ejecutada al parecer
por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi propio tío-bisabuelo- hubiese
tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de lo usual, semejante ostentación podría
haberse pasado por alto; pero no era así; se trataba de una representación prosaica por
demás de un paisaje del norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva
rocosa que se abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una
bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro tiempo
en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía una nube siniestra
perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor. Esta dudosa obra de arte
dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar de las estanterías de libros que
ocupaban casi todo el espacio disponible de las paredes de la habitación, y de la absurda
colección de rarezas diseminadas por todas partes: trozos de piedra y madera
curiosamente labrados, extraños recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo.
El despacho tenía toda la falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi
abuelo como algo vivo; hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él
entraba.
-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda olvidarla -dije con una
mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo que cuando llega el invierno
sólo aparece a la hora de la s comidas. Se ha llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo sinceramente que tiene trastornado
el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día encontró unos viejos papeles de
Leander, y desde entonces parece haber empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y
se encogió de hombros-. Vamos. Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás
ocasión de juzgar por ti mismo.
Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto a ver a un anciano
consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y tantos años, y no podía vivir
eternamente. Pero físicamente no había cambiado en absoluto, por lo que pude apreciar.
Allí estaba sentado para cenar: aún era el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no
eran blancos, sino de un gris acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara
igual de gruesa y colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo
con apetito un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la
boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.
-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una región inexplorada, distinta de
las africanas, asiáticas y árticas.
Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo para él; fueran cuales fuesen
las alusiones que nuestro abuelo había dejado escapar sobre sus actividades, no incluían
esta novedad.
Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena lo pasamos hablando de los
demás parientes. Observé que el anciano volvía insistentemente sobre los largamente
olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué había sido de ellos? ¿Les había visto alguna
vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo no sabía prácticamente nada de nuestros parientes
de Innsmouth, y abrigaba la firme convicción de que todos habían muerto durante la
extraña catástrofe en la que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad
desaparecieron en el mar, no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas
preguntas inocentes me desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la
Miskatonic University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de
Innsmouth, y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre
extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que hiciera
verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían ocurrido en dicha
ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún retrato de ellos, y cuando le dije
que no, se quedó manifiestamente decepcionado.
-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander, pero las gentes de Harmon
que le conocieron me contaron hace años que era un hombre muy casero, que su aspecto
les recordaba al de una rana. -Súbitamente pareció más animado, comenzó a charlar con
un poco más de vivacidad-. ¿Tienes idea de lo que eso significa, muchacho? No, por
supuesto. Sería esperar demasiado...
Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café, tamborileando sobre la mesa
con los dedos, y mirando fijamente al vacío con expresión singularmente preocupada,
hasta que, de pronto, se levantó y abandonó la habitación, invitándonos a que fuésemos
a su despacho cuando hubiéramos terminado.
-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas que estás aquí.
Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que recogieran la mesa Hough y
su esposa, quienes habían servido a mi abuelo durante veinte años en esta casa. El
despacho estaba intacto, aparte la adición de la vieja cama doble, arrimada contra la
pared que separaba esta habitación de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos,
evidentemente, o más bien esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar
críptico al primo Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente
conversación con mi abuelo.
-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.
Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este tema, juntamente con otras
leyendas indias de la región del Norte: consistía en la creencia en un ser sobrenatural y
monstruoso, de aspecto horrendo, que habitaba en las grandes soledades de los bosques.
Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir una relación entre esta
leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al contestar yo en sentido afirmativo, me
expresó su curiosidad por saber cómo había llegado a conocer la leyenda india,
tomándose el trabajo de explicarme que su pregunta no tenía nada que ver con el
Wendigo.
-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de tropezarme con un montón de cosas
raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de su butaca-. Entonces,
conoces indudablemente este libro.
Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título en letras de oro iba
estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others, de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en su extraño relato, La
sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y en seguida me vino a la
memoria: era un cuento fantástico de horribles seres acuáticos, progenie de Cthulhu,
bestia de origen primordial que vivía en las profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió en Innsmouth, ¿cómo
puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?
Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo interés. A continuación sacó
un voluminoso sobre que tenía pegados muchos sellos de tres centavos de 1869, tan
apreciados por los coleccionistas, y extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío
Leander había dejado con instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo,
empero, no se había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos.
Me tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces ojos
de mí.
Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga, escrita a mano y con las frases
más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de dichas frases carecían de sentido, y
la hoja que tenía yo delante estaba repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron
palabras tales como Ithaqua, Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi
abuelo, no se me ocurrió que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho
tiempo. Pero no dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander
escribía con innecesaria confusión.
Mi abuelo rió entre dientes.
-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy parecido a mi propia
reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está claro que todo esto está en
clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente adecuada. Todavía no he
terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el índice-. Parece que se refiere a esta
casa, y hay una advertencia, repetida más de una vez, sobre que hay que tener cuidado
de no traspasar el umbral, so pena de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y
recruzado cada uno de los umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias
de ningún género. Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he
cruzado aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no parece irle muy en zaga -dije.
La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a la superficie. Apartó los
papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los dos con la otra, y dio a entender
claramente que tanto Frolin como yo habíamos dejado de existir para él en ese instante.
Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la habitación.
En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir nada, contentándose con
fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto largo, antes de dar media vuelta
y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos retiramos cada uno a nuestra alcoba a
descansar.
II
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido siempre de hondo interés para
mí, ya que me parece que se abren oportunidades sin límite ante cada individuo que está
alerta. Muchas son las veces que me he ido a la cama agobiado por un problema, para
encontrarlo resuelto -en la medida en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las
otras actividades más tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que
esa noche me retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las
extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que me dormí
por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión.
Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas más tarde, supe
inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en el libro de H. P.
Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo lugar me di cuenta de que
alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz apagada:
-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A todo esto, Frolin había
entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba ligeramente, quizá de frío, pues la
brisa de la noche de setiembre que entraba por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterio r, venía al parecer una música espectralmente hermosa: «Son
flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi habitación y no está tocando. Incluso
te diré que tiene las pilas gastadas. Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música
por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente apagada, y no obstante,
se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una dirección definida: mientras al
principio parecía provenir del exterior, ahora daba la sensación de que brotaba de debajo
de la casa. Era como una rara melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad. Se me ocurrió que su poco
natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara él o no expresar con palabras esa
razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa. Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta posibilidad que había temido
admitir ante mí mismo y que debía afrontar. Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja la luz; podemos hallar el
camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa, sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces y a ranas y a habitantes de
lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su lugar penetraba rápidamente
un frío, derramándose en el vestíbulo como algo vivo la indefinible fragancia de la
nieve, la apagada humedad del aire cargado de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó Frolin.
Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo hasta la puerta del
despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una delgada raya de luz amarilla.
Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos, de que la música aumentaba de
volumen, aunque no se hacía más comprensible, y ahora, ante la puerta del despacho, se
hizo evidente que provenía de dentro, y que la extraña variedad de olores venía
igualmente de dentro. La oscuridad parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror
inminente y presagioso que nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que
Frolin temblaba a mi lado.
Alcé impulsivamente la mano y llamé.
No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en que sonó el golpe en la puerta,
la música se detuvo, y los extraños olores se desvanecieron en el aire!
-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.
No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego no lo que vi. El aspecto de
la habitación no había cambiado un ápice, quitando el hecho de que el abuelo se había
acostado y la lámpara seguía ardiendo. Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme
a creer el testimonio de mis ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba.
¿De dónde había surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del
aire? La confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme,
turbado ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:
-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la música también, ¿no? Había
empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más. Es mongólica, me parece. Hace
tres noches era claramente india, del Norte otra vez, de Canadá y de Alaska. Creo que
hay lugares donde Ithaqua es adorado todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas
notas tocadas en el Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano sobre el manuscrito que tenía
delante, las hojas escritas por mi tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es
la música de las esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró- : Casi lo tengo, creo. Sólo falta
determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero, al fin y al cabo. Pero ahora
me pregunto si no serían criaturas del aire: Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que
algunos indios llaman el Wendigo. Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus
víctimas consigo a los espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me
está olvidando todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.
Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a escuchar expectante lo que yo
tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo hablar del saber preternatural que
encerraban los textos prohibidos de la Miskatonic University, el espantoso Libro de
Eibon, los oscuros Manuscritos Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más
tenebroso de todos, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle
todas las cosas que se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi
abuelo, los recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los
Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en un
tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho más,
y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal, ahora sometidas,
y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en cortos períodos, de manera
horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi memoria no había sido lo bastante
clara, o los había rechazado con la fuerza de mis prejuicios inherentes, ahora evocaba
sus nombres terribles: Cthulhu, guía poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra;
Yog-Sothoth y Tsathoggua, moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e
Ithaqua, el Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos
ellos. Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que había
sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun interpretarse
de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y ahora deshabitada
ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno de estos seres. Y había
otro corolario al que él no había llegado, pero que se desprendía de algo que había dicho
por la tarde: que en algún lugar de la casa había un umbral que un hombre no debía
atreverse a trasponer, y que había un peligro acechando al otro lado de ese umbral que
no era sino la vía de retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con
los dioses primordiales que tío Leander había tenido.
Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las palabras de mi abuelo.
Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir, y más tarde no pude
culparme de no haber comprendido plenamente que las actividades de mi abuelo se
orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral secreto del que tío Leander hablaba
tan crípticamente en sus cartas... ¡y a cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me
encontraba, preocupado con la antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses
arquetípicos, no seguí los evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión,
posiblemente porque temía instintivamente llegar demasiado lejos.
Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que pude. El escuchó atentamente,
haciendo de cuando en cuando alguna pregunta concreta, palidecie ndo ligeramente ante
determinados detalles que no podía yo dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico
como yo había pensado. Esto era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por
descubrir sobre las actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di
cuenta inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la
razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación,
necesariamente breve.
A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó a sus ojos una expresión
que indicaba que su atención se había desviado de mí, de la habitación, a algo más allá;
se quedó en la actitud del que escucha, e impulsado por su gesto, me esforcé yo también
por averiguar qué era lo que oía.
«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado ahora un poco -pensé-. Va a
haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.
Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la ventana, me hizo señas de que le
siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin decir palabra, señaló hacia la oscuridad
que envolvía la casa. Tardé un momento en acostumbrar mis ojos a la noche, pero
después pude ver la línea de árboles recortada fuertemente contra el cielo limpio y
estrellado. Y entonces, instantáneamente, comprendí.
Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada turbaba la quietud de los
árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una copa, ni una ramita se mecía lo que
es el espesor de un cabello!
-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal como para borrar la visión de
mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana también-. Yo ya lo he oído
otras veces.
Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la sazón, el ruido del
viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de suerte que parecía como si la
vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y lanzada valle abajo. En efecto, hubo un
leve temblor en el mismo momento en que lo estaba pensando: una extraña vibración,
como si la casa se estremeciera, y los cuadros de las paredes se movieran ligeramente,
de manera casi furtiva, casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible.
Miré a Frolin, pero su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo
que comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación. El
ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de notas de
música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan perfectamente mezcladas
con la voz del viento que al principio no se distinguían. La música era semejante a la de
antes, como de flautas, y de cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora
mucho más violenta, resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de
abominable maldad. Al mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La
primera fue el ruido como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron
penetrar en la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se
produjeron dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que
denotaba su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.
La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el nórdico estado de
Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido razonablemente confortable. Ahora,
de pronto, coincidiendo con los pasos que se acercaban, la temperatura comenzó a
descender rápidamente, de modo que en poco tiempo el aire de la habitación se enfrió, y
tanto Frolin como yo tuvimos que ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo,
esto no parecía ser la culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba
Frolin: seguía de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de
tiempo en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No
sé el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de
producirse el final.
Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco susurro, exclamó:
-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado repentinamente y decrecía desde el
violento frenesí anterior ; ahora se transformó en una melodía de una dulzura casi
insoportable, con cierto matiz melancólico, y resultaba tan agradable como perversa
había sido la anterior; sin embargo, la nota de terror no había desaparecido
completamente. Al mismo tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron
progresivamente en una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa...,
como del despacho.
-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no, ese ser viene y canta para él -
sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante, antes de añadir amargamente en voz baja
e intensa- : ¡Si hubiese quemado esos malditos papeles de Leander, como debía haber
hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando atentamente.
Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído nunca; eran una especie de
berridos horribles y primitivos, como si alguna criatura bestial, dotada de media lengua,
aullase sílabas de insensato horror. Echamos a correr y abrimos la puerta;
inmediatamente, los sonidos parecieron más claros, de forma que lo que yo había
tomado por muchas voces era sólo una, capaz, no obstante, de producir la ilusión de
multiplicidad. Las palabras -o quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se
elevaban desde abajo como un aullido sobrecogedor:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-
Niggurath! ¡Ithaqua naflfhtagn!

Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada vez más terriblemente, hasta el
punto que pensé que la casa iba a salir despedida al vacío en cualquier momento, y
Frolin y yo de sus habitaciones, y que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos
desamparados. En la confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en
ese instante en mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a
Frolin, eché a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a
ponerme entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y
me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las manifestaciones:
como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que momentáneamente se hizo
aún más terrible.
Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo.
Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque ahora tenía los ojos
abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el enorme cuadro de la pared
este.
-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma, y entré un poco más en la
habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su cama, procurando que fijara su
atención en mí, pero siguió mirando el cuadro con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere, encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría satisfecho si no fuera así, muchacho
-replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la cama -prosiguió-. En cuanto a
lo que has oído, no sé cuánto has oído tú..., pero es algo por el momento inexplicable.
Pero quisiera llamar tu atención hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin embargo, ahí estaba el ruido del
viento, y todas esas voces del viento... tal como las he oído en Mongolia, en las grandes
regiones nevadas, en la lejana y secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho
adora a extraños dioses antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me
parecieron enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de
Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros, efectivamente,
el Wendigo, y sobre sus creencias de que El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta
sacrificios humanos y se lleva a sus víctimas a parajes apartados de la Tierra,
abandonándolas finalment e muertas? ¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy
extrañas... y algo más -se inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he
visto cosas..., cosas encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible
que existan en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me
despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su rostro-.
No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino, y espera tu final
a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente, echándose hacia atrás.
Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y no había forma de
ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al vestíbulo con Frolin, que
movía la cabeza lenta, negativamente.
-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con más fuerza, el frío es más
intenso, las voces y la música más claras... ¡y el ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un momento de vacilación, le
seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto saludable. En el momento de
entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough, evidentemente en respuesta a una
petición, pues el viejo criado se mantenía respetuosamente inclinado mientras oía decir
a mi abuelo que él y la señora Hough podían efectivamente tomarse una semana de
vacaciones a partir de este momento, si la salud de la señora Hough requería ir a
Wausau a visitar a un especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su
rostro había perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado,
aunque comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus
ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta necesidad que
les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de combatir las
manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche en la casa.
-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te ha ido el aspecto
macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado por ti. Supongo que
tampoco te sentirás tan escéptico como antes.
Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por desgracia, yo no pude
considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco, mirándole de cuando en cuando,
esperando a que empezara la explicación de los extraños sucesos de la noche anterior.
Como en seguida me di cuenta de que no tenía intención de explicarme nada, me vi
obligado a pedírselo expresamente, cosa que hice con toda la dignidad posible.
-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho es que ese umbral del
que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del despacho; anoche sentí la
absoluta certeza de que era así, antes de que irrumpieras en mi habitación por segunda
vez. Además, parece incuestionable que al menos un miembro de la familia tuvo
relaciones con alguno de aquellos seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis poderes, el alboroto que
oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua es signo de la progenie de
Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor, o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las
estrellas no están en la posición favorable para que sea Hastur -prosiguió-. Así que
debemos quedarnos con los otros dos. Son ellos, o uno de ellos, los que están
justamente al otro lado del umbral. Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si
puedo descubrirlo.
Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta indiferencia sobre estos seres
antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan alarmante como los acontecimientos de la
noche. La temporal sensación de seguridad que había sentido yo al verle desayunar
desapareció; empecé a tener conciencia nuevamente de ese creciente temor que había
experimentado cuando me aproximaba a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber
forzado mi interrogatorio.
Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando con el tono del profesor que
realiza una investigación científica para beneficio del auditorio que tiene delante. No
cabía duda, dijo, que existía una relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto
exterior no humano de Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth
originalmente por el culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado
de esa singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita
Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a los
investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera eso. En todo
caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia las regiones inexploradas
de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con alguno de los otros seres más
antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que decir, fuerzas elementales del mal. Al
parecer, Leander Alwyn era un hombre perverso.
-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces habría que hacer caso de la
advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado empeño en descubrir el umbral del
que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia; pero era evidente que no se
sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso seguirla. Al fin y al cabo,
Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con esos... seres -dije-. Tú no
tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios desconocidos, por así decir, sin tener en
cuenta los horrores que puedes encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también. Jamás en la vida pensé
que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y luego se levantó lentamente-. No;
me propongo descubrir el umbral de Leander. Y esta noche, oigáis lo que oigáis, no
tratéis de interrumpirme. Sería una lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a
retrasar vuestra impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y abandonó la habitación.
III
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil narrar los acontecimientos de
aquella noche catastrófica, por lo vívidamente que me vuelven a la memoria, a pesar del
prosaico ambie nte de la Miskatonic University, donde tantos y tan tremendos secretos
se ocultan en textos antiguos y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los
difundidos acontecimientos que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de
aquella noche.
Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los libros y papeles de mi abuelo,
con intención de comprobar ciertas leyendas a las que se había referido en sus
conversaciones, no sólo conmigo, sino con Frolin antes de mi llegada. A lo largo de
toda su obra aparecían infinidad de alusiones crípticas, pero no encontramos más que un
relato relacionado con nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente
de origen legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson,
Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la reaparición de
los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o moribundos, balbuciendo palabras
sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y sobre muchos lugares de la faz de la
Tierra, y portando consigo extraños objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se
había sabido que poseyeran en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba
claramente relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las
que se relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible
Necronomicón.
Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera palpable con nuestro
problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase la noche.
En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de Hough, mi abuelo se
comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para nada a su extraña aventura,
comentando solamente que ahora tenía la prueba concreta de que había sido Leander
quien había pintado ese poco atractivo paisaje de la pared este del despacho, y que
esperaba que pronto -dado que estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y
vaga carta de Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al
que se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de nuevo
solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle el mayor
disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió a salir ya nunca.
-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo Frolin, frunciendo levemente
el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar al final, y no hay nada que
podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...
Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos llamaba, sería demasiado
tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz alta.
Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con los acordes de aquella
música espectralmente hermosa, como de flautas, que brotaba de la oscuridad que
envolvía la casa. Después, al cabo de un rato, comenzó el viento, y el frío, y la voz
ululante. Y entonces, precedido por un aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba
en la habitación, sucedió algo más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo
estábamos a oscuras; yo no me había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que
ninguna luz podría revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana
y, cuando el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles,
pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del viento; pero
una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni una nube tampoco en
el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las constelaciones del verano descendían
hacia el borde occidental de la Tierra indicando el otoño en el firmamento. El ruido del
viento se había elevado invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un
ventarrón; y no obstante, ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que
la negrura del cielo.
Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante parpadeé en un esfuerzo por
convencerme de que un sueño había nublado mi visión-. en una amplia zona del
firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me puse de pie y pegué la cara contra el
cristal. Era como si hubiese surgido una nube de repente en el cielo, a la altura casi del
cenit; pero no era posible que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y
por encima, brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el
oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un animal inmenso,
una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el cielo lo que semejaba una
cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los ojos, resplandecían con un rojo
encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran estrellas? En ese mismo instante, los
ruidos de pasos que se aproximaban aumentaron hasta tal punto que la casa se
estremecía y temblaba con sus vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a
unas proporciones indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba
enloquecedor.
-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que me apretaba frenéticamente
el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no era una alucinación, ni un sueño, ese
ser gigantesco que se recortaba sobre las estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!
Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un instante después, la sombra
del cielo había desaparecido, y volvían a brillar las estrellas. El viento, no obstante, no
había disminuido un ápice en intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento
por momentos; la casa entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas
atronadoras sonaban y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue
intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en el aire:
era un frío como de los espacios exteriores.
Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda que contaban los papeles
de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya característica consistía en el frío y la nieve de
las lejanas regiones árticas. Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de
aullidos, cántico triunfal de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak vulgtumm vugtlagln
vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!

Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e inmediatamente después, la voz
de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un grito que se convirtió en un alarido de
mortal terror, de forma que los nombres que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se
perdieron, se ahogaron en su garganta bajo la fuerza del horror que se le había
manifestado.
Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron todos los demás fenómenos,
dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos envuelve como una nube de
fatalidad.
Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo, aunque no me quedé atrás. Se
cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a la luz de mi vela eléctrica, que había
cogido yo al salir, y juntos arremetimos contra la puerta del despacho, llamando al
anciano.
No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la puerta probaba que aún ardía la
luz de su lámpara.
La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue necesario derribarla para poder
entrar.
No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este, en cambio, se abría una
gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora tumbada en el suelo -una abertura
rocosa que conducía a las profundidades de la tierra-, y por encima de todo cuanto había
en la habitación se extendía la marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales
brillaban como un millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi
abuelo. Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera
sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!
Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el manuscrito de tío Leander,
pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio un grito repentino, y señaló el cuadro
que tío Leander había pintado, y luego el boquete que se abría ante nosotros.
-Estaba ahí... el umbral -dijo.
Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero demasiado tarde: ¡el cuadro
de tío Leander no era más que la representación del lugar donde se había construido la
casa para ocultar la cavernosa abertura de la ladera, el umbral secreto sobre el que
advertía el manuscrito de Leander, el umbral por el que mi abuelo había desaparecido!
Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más maldito de todos los hechos
extraños. La policía del condado practicó una inspección completa de la caverna,
auxiliada por algunos intrépidos aventureros de Harmon; descubrió que tenía varias
aberturas, y comprobó que cualquiera que quisiese llegar hasta la casa a través de la
caverna, habría tenido que entrar por una de las innumerables hendiduras descubiertas
en los montes de los alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó
revelada tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades
debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron en
libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo.
Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos hechos; hechos que, a la luz de
las alusiones de mi abuelo, juntamente con las horribles leyendas contenidas en los
libros raros que guardamos aparte aquí, en la biblioteca de la Miskatonic University, son
condenables y condenablemente incontrovertibles.
El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de pies encontradas en la tierra en
el lugar donde se alzó aquella noche la sombra que cubría las estrellas de los cielos, la
increíble anchura y profundidad que tenían, como si hubiese caminado por allí un
monstruo prehistórico, y los pasos de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá
de la casa y desaparecían en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un
rastro idéntico al descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos
desdichados viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la
Tierra.
El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi abuelo, junto con una
parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas cosas en una capa de hielo, en
el interior de los nevados bosques que hay más arriba de Saskatchewan, con todos los
indicios de haber caído desde una gran altura. La última anotación estaba fechada el día
de su desaparición, a finales de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de
abril del siguiente año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su
extraña aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella
horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho, traducción que
en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias contra el terror del otro
lado del umbral, había servido para invocar del exterior a una criatura tan horrible que
jamás ha intentado nadie describirla, ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos
relatos se hallan difundidos por toda la faz de la Tierra.
Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de todas: el descubrimiento,
siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en una pequeñísima isla del Pacífico,
no lejos de Singapur, al sudeste, y el singular informe que dieron de su estado:
perfectamente conservado, como en hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las
manos desnudas hasta los cinco días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el
hecho singular de que lo encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído
de un aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la leyenda
de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas de la Tierra en el
tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era innegable que mi abuelo había
estado vivo durante parte de ese viaje, y si abrigábamos alguna duda sobre ello, las
cosas encontradas en sus bolsillos, recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y
que nos enviaron a nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa
de oro, con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual llevaba
en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el doctor Backham de la
Miskatonic University identificó como procedente de alguna región situada más allá de
la memoria del hombre; el abominable libro escrito en birmano, que revelaba
horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta de Leng, tierra del terrible pueblo
Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y bestial miniatura, tallada en piedra, de una
monstruosidad infernal caminando sobre los vientos, por encima de la Tierra!

lunes, 11 de agosto de 2008

El Gran Dios Pan -- TERROR -- Arthur Machen -- LOS MITOS DE CTHULHU

El Gran Dios Pan -- TERROR -- Arthur Machen -- LOS MITOS DE CTHULHU
_
El Gran Dios Pan -- Arthur Machen
_
I.
El experimento
—Estoy contento de que hayas venido, Clarke; de hecho, muy
contento. No estaba seguro de que pudieras darte el tiempo.
—Pude hacer algunos arreglos por unos pocos días; las cosas no
están muy activas justamente ahora. Pero Raymond, ¿no tienes dudas?
¿Es absolutamente seguro?
Los dos hombres paseaban lentamente por la terraza frente a la casa
del doctor Raymond. El sol oriental aún colgaba sobre la línea montañosa,
pero brillaba con un pálido resplandor rojizo que no producía sombras, y
el aire estaba en calma; una dulce brisa vino desde el bosque en la ladera,
colina arriba, y con ella, por intervalos, el suave y murmurante arrullo de
las palomas silvestres. Abajo, en el largo y hermoso valle, el río
serpenteaba entre las colinas solitarias y, minetras el sol flotaba y se
desvanecía hacia el oeste, una suave bruma, de un blanco puro, comenzó
a emerger desde las colinas. El doctor Raymond se volvió seriamente
hacia su amigo:
—¿Seguro? Por supuesto que lo es. La operación es en sí misma una
intervención perfectamente simple, cualquier cirujano podría hacerla.
—¿Y no hay peligro durante alguna otra etapa?
—Ninguno; absolutamente ningún riesgo físico. Te doy mi palabra.
Siempre eres tan tímido, Clarke, siempre, pero tú conoces mi historia. Me
he dedicado a la medicina trascendental durante los últimos veinte años.
He sido llamado farsante, charlatán e impostor, sin embargo, todo el
tiempo supe que me encontraba en el camino correcto. Hace cinco años
alcancé la meta, y cada día desde entonces ha sido una preparación para
lo que haremos esta noche.
—Me gustaría creer que todo eso es cierto —Clarke frunció el
entrecejo y miró dubitativamente al doctor Raymond—. ¿Estás
perfectamente seguro, Raymond, que tu teoría no es una fantasmagoria
—por cierto que una visión espléndida, sin embargo, una mera visión
depués de todo?
El Dr. Raymond detuvo su marcha y se volvió seriamente. Era un
hombre de mediana edad, macilento y delgado, de complexión amarillo
pálida, sim embargo, mientras le respondía y enfrentaba a Clarke, un
rubor asomó en sus mejillas.
—Mira a tu alrededor, Clarke. Puedes ver las montañas, las colinas,
como ondulación tras ondulación, puedes ver los bosques y los huertos,
los campos maduros de maíz, y las praderas que se extienden hasta los
lechos de caña junto al río. Puedes verme aquí a tu lado, y oír mi voz;
mas te digo, que todas estas cosas —sí, desde la estrella que acaba de
brillar en el cielo hasta el suelo sólido bajo tus pies— te digo, que todas
son sólo sueños y sombras; las sombras que ocultan a nuestros ojos el
verdadero mundo. Existe un mundo real, pero trasciende este glamour y
esta visión, y se encuentra más allá de todo esto, tras un velo. No sé si
alguna vez algún ser humano ha corrido ese velo; sin embargo, Clarke, sé
que tú y yo lo veremos levantarse esta misma noche, en los ojos de otra
persona. Quizá piìenses que todo esto es un sinsentido extravagante;
puede ser extraño, pero es real, y los antiguos sabían lo que significaba
descorrer ese velo. Lo llamaban presenciar al dios Pan.
Clarke se estremeció; la bruma blanca que se juntaba sobre el río
estaba helada.
—Esto es realmente asombroso —dijo—. Estamos parados al borde
de un mundo extraño, si lo que dices, Raymond, es verdad. ¿Debo
suponer que el cuchillo es absolutamente necesario?
—Sí. Una pequeña lesión en la sustancia gris, eso es todo; un
insignificante reordenamiento de ciertas células, una alteración
microscópica que escaparía a la atención de noventa y nueve de cien
especialistas. Clarke, no quiero molestarte hablándote de mi oficio; podría
darte muchos detalles técnicos que sonarían imponenetes, mas tú
quedarías tan iluminado como estás ahora. Sin embargo, supongo que
habrás leido, por casulidad, en las apartadas esquinas de tu periódico,
acerca de los inmensos pasos que se han dado recientemente en la
fisiología del cerebro. El otro día divisé un párrafo de la teoría de Digby, y
de los descubrimientos de Browne Feber. ¡Teorías y descubrimientos!
Donde ellos se encuentran ahora yo ya estuve hace quince años, y no
necesito decirte que no he estado inactivo durante los últimos quince
años. Bastará que te diga que, hace cinco años hice el descubrimiento al
que aludí cuando dije que hace diez años había alcanzado la meta. Luego
de años de labor, luego de años de esfuerzo y de andar a tientas en la
oscuridad, luego de días y noches de desilusiones y, algunas veces, de
desesperación, en los cuales, una que otra vez, temblaba y me ponía
helado ante el pensamiento de que quizá otros estaban buscando lo que
yo buscaba; pero por fin, depués de tanto tiempo, una punzada de alegría
estremeció mi alma y supe que el largo viaje había llegado a su fin. A
través de lo que parecía y aún parece suerte, por la sugerencia de un
pensamiento fútil desprendido de las líneas familiares y los caminos que
había recorrido cientos de veces, la verdad me invadió, y ví, delineado en
líneas de visión, un mundo completo, una esfera desconocida; islas y
continentes, y grandes océanos, en los cuales barco alguno ha navegado
(según creo) desde que el hombre alzó por primera vez su mirada y
vislumbró el sol y las estrellas del cielo, y la tranquila tierra debajo.
Pensarás que esto es sólo lenguaje alegórico, Clarke, pero es tan difícil ser
literal. Y, sin embargo, no sé si acaso lo que estoy insinuando no pueda
ponerse en términos sencillos y aislados. Por ejemplo, actualmente este
mundo nuestro se encuentra completamente conectado con cables y
alambres de telégrafo; y con algo menor que la velocidad del
pensamiento, cruzan como un relámpago desde el amanecer al atardecer,
desde norte a sur, a través de las inundaciones y los desiertos. Supón que
un eléctrico de hoy se diera cuenta que él y sus colegas han estado
meramente jugando con guijarros, confundiéndolos con las bases del
mundo, supón que un hombre como aquél vislumbrara el espacio infinito
extendiéndose abierto frente a la corriente, y las voces de los hombres
viajando a la velocidad del trueno hacia el sol y más allá del sol, hacia los
sistemás más alejados, y el eco de la voz articulada de los hombres en el
desolado vacío que confina nuestro pensamiento. En relación a las
analogías, ésta es una muy buena analogía de lo que he hecho; puedes
entender ahora un poco de lo que sentí aquí una tarde; una tarde de
verano como ésta y el valle luciendo como ahora. Yo me encontraba aquí
y, frente a mí, vi el abismo inefable e impensable que se abre profundo
entre dos mundos, el mundo de la materia y el mundo del espíritu; vi el
vacío y gran abismo extenderse mortecino frente a mí, y, en aquel
instante, un puente de luz saltó desde la tierra hacia la orilla desconocida,
y el abismo fue unido. Puedes mirar en el libro de Browne Faber, si lo
deseas, y te darás cuenta que hasta el día de hoy los hombres de ciencia
son incapaces de dar cuenta de la presencia, o de especificar, las
funciones de un cierto grupo de neuronas del cerebro. Aquel grupo es, así
como era, tierra de nadie, sólo una pérdida de espacio para poner teorías
imaginativas. Yo no estoy el la posición de Browne Faber ni de los
especialistas, yo estoy perfectamente enterado de las posibles funciones
de aquellos centros nerviosos en el esquema de las cosas.Con un toque
puedo hacerlas entrar en juego, con un toque digo, puedo liberar la
corriente, con un toque puedo completar la comunicación entre este
mundo de los sentidos y... podremos terminar la oración más tarde. Sí, el
cuchillo es necesario; mas imagina lo que ese cuchillo realizará. Nivelará
totalmente la sólida muralla de los sentidos y, probablemente, por primera
vez desde que el hombre fue creado, un espíritu cotemplará un mundo de
espíritus. Clarke, ¡Mary verá al dios Pan!
—Pero, ¿recuerdas lo que me escribiste?. Pensé que era requisito que
ella... —susurró el resto al oído del doctor.
—No, para nada, para nada. Esas son tonterías. Te lo aseguro. De
hecho, es mejor como está; estoy completamente seguro de eso.
—Considera bien el asunto, Raymond. Es una gran responsabilidad.
Algo podría salir mal; serías un hombre miserable por el resto de tus días.
—No, no lo creo, aún si lo peor sucediera. Como sabes, yo rescaté a
Mary de la cuneta y de una muerte casi segura, cuando era una niña;
pienso que su vida es mía, para usarla como estime conveniente. Vamos,
se está haciendo tarde, mejor entramos.
El doctor Raymond encabezó la marcha hacia la casa, a través del
hall, y hacia abajo por un largo y oscuro corredor. Sacó una llave de su
bolsillo y abrió una pesada puerta, y le indicó a Clarke la entrada a su
laboratorio. Éste había sido alguna vez una sala de billar, iluminado por
una cúpula de vidrio en el centro del techo, donde aún brillaba una luz
triste y gris sobre la figura del doctor, mientras encendía una lámpara de
pesada pantalla y la ponía sobre una mesa en el centro de la habitación.
Clarke miró a su alrededor. Escasamente un pie del muro se
mantenía desnudo; por todos lados había estantes atiborrados con
botellas y frasquitos, de todas las formas y colores, y a un extremo se
encontraba un pequeño librero estilo Chippendale. Raymond le apuntó:
—¿Ves aquel pergamino de Osward Crollius? Él fue uno de los
primeros en mostrarme el camino, aunque pienso que él mismo jamás lo
encontrara. Éste es un extraño dicho suyo: "En cada grano de trigo se
esconde el alma de una estrella"
No habían muchos muebles en el laboratorio. La mesa en el centro,
en una esquina un mesón de piedra con un desagüe, las dos butacas en
las que Raymond y Clarke estaban sentados; eso era todo, excepto una
silla de extraña apariencia en el extremo más alejado de la habitación.
Clarke la miro y alzó sus cejas:
—Sí, ésa es la silla —dijo Raymond—. Debemos ponerla en posición.
Se levantó y empujó la silla hacia la luz, y comenzó a elevarla y a bajarla,
dejando el asiento abajo, poniendo el respando en varios ángulos, y
ajustando la pisadera. Se veía bastante cómoda, y Clarke pasó su mano
sobre el terciopelo verde, mientras el doctor manipulaba las palancas.
—Clarke, ponte cómodo. Yo tengo un par de horas de trabajo ante
mí, tuve que dejar algunos asuntos para el final.
Raymond se dirirgió hacia el mesón de piedra, mientras Clarke,
melancólicamente, lo observaba inclinarse sobre una hilera de frascos y
encender la llama bajo el crisol. El doctor tenía una pequeña lámpara de
mano, ensombrecida como la más grande, en una saliente sobre su
instrumental. Clarke, sentado en las sombras, examinó la gran sala en
penumbras, asombrándose ante los grotescos efectos del contraste entre
la luz brillante y la oscuridad indefinida. Pronto tuvo conciencia de un
extraño olor en la habitación, al comienzo la mera sugerencia de un olor,
pero al hacerse más definido se sorprendió de no evocar una farmacia o
un pabellón. Clarke se encontró a sí mismo esforzándose inútilmente por
analizar la sensación y, poco conciente, comenzó a pensar en un día,
quince años atrás, que pasó vagando a través de los bosques y paderas
cercanas a su propio hogar. Era un caluroso día de comienzos de agosto,
el calor había desdibujado con una suave bruma los contornos de todas
las cosas y de todas las distancias, y la gente que obeservaba el
termómetro hablaba de un registro anormal, de una temeperatura que era
casi tropical. Extrañamente, aquel caluroso día de los cincuentas emergió
nuevamente en la imaginación de Clarke; la sensación de encandilamiento
por la luz del sol que lo invadía todo, parecía anular las sombras y las
luces del laboratorio, y sintió nuevamente el aire caliente golpeando en
ráfagas sobre su rostro, y vio el resplandor elevándose de la turba, y oyó
los millares de murmullos del verano.
—Espero que el olor no te moleste, Clarke; no hay nada dañino en él.
Te pone un tanto soñoliento, eso es todo.
Clarke oyó las palabras claramente, y se dio cuenta de que Raymond
se dirigía a él, sin embargo, no podía salirse de ese letargo. Sólo podía
pensar en la caminata solitaria que había tomado, quince años atrás; era
la última visión que tenía desde que era niño de los campos y bosques
que había conocido, y ahora, todo eso surgía en una luz brillante, como
una fotografía, ante él. Y por encima de todo llegó hasta su nariz el aroma
del verano, el olor mezclado de las flores, de los bosques y de los lugares
templados en lo profundo de las verdes profundidades, emanando
producto del calor del sol; y el aroma de la buena tierra, yaciendo con los
brazos abiertos y los labios sonrientes, abrumándolo todo. Sus fantasías le
hicieron vagar, como había vagado hace mucho tiempo atrás, desde los
campos hacia el bosque, recorriendo un pequeño sendero entre la maleza
brillante de las hayas; mientras el hilo de agua que goteaba desde la
piedra caliza sonaba como una melodía de ensueño. Sus pensamientos
comenzaron a extraviarse y a fundirse con otros pensamientos; la avenida
de hayas se transformó en un sendero entre las encinas, y
eventualmente, alguna parra trepaba de rama en rama, confinando a los
oscilantes zarcillos y se inclinaba a causa de sus uvas púrpuras, y las
escasas hojas verdigrises del olivo silvestre contrastaban con las oscuras
sombras de la encina. Clarke, en los prufundos pliegues del sueño, estaba
conciente que el sendero que partía de la casa de su padre lo había
llevado hacia un país desconocido. Repentinamente, mientras reflexionaba
sobre la extrañeza de todo esto, el murmullo del verano fue reemplazado
por un silencio infinito que parecía cernirse sobre todas las cosas, el
bosque estaba en silencio. Y por un momento se encontró cara a cara con
una presencia, que no era hombre ni bestia, ni vivo ni muerto, sino todas
las cosas a la vez, la forma de todas las cosas pero desprovisto de forma.
Y en ese momento, el sacramento entre el cuerpo y el ama se disolvió y
una voz pareció gritar: "déjennos salir", y entonces vino la oscuridad más
oscura, de más allá de las estrellas, la oscuridad de lo eterno.
Clarke se despertó de un sobresalto y vio a Raymond vertiendo unas
cuantas gotas de un líquido oleoso en un frasquito verde, tapándolo
apretadamente.
—Estuviste dormitando —le dijo—, el viaje debe haberte agotado.
Todo está listo. Iré por Mary; estaré de vuelta en diez minutos.
Clarke se reclinó en su butaca, reflexionando. Le parecía como si
solamente hubiera pasado de un sueño a otro. Casi esperaba ver las
paredes del laboratorio derretirse y disolverse, y depertar en Londres,
estremeciéndose frente a sus propias ensoñaciones. Pero finalmente la
puerta se abrió y el doctor regresó. Tras de él venía una joven de
aproximadamente diecisiete años, toda vestida de blanco. Era tan
hermosa que Clarke no se extrañó de lo que el doctor le había escrito. Su
rostro, cuello y brazos se habían sonrojado, pero Raymond se mantenía
inconmovible.
—Mary —le dijo—, ha llegado el momento. Eres completamente libre.
¿Estás dispuesta a confiarte enteramente a mí?
—Sí, querido.
—¿Oíste eso, Clarke? Tú eres mi testigo. Mary, aquí está la silla. Es
bastante simple. Sólo siéntate y recuéstate. ¿Estás lista?
—Si, querido, completamente lista. Bésame antes de comenzar.
El doctor se inclinó y la besó benévolamente en los labios.
—Ahora cierra tus ojos —le dijo.
La joven cerró sus párpados, como si estuviera cansada y anhelara
dormir, y Raymond puso el frasquito verde bajo su nariz. Su rostro se
puso blanco, más blanco que su vestido; luchó suavemente, mas luego,
con el sentimiento de sumisión tan fuerte en su interior, cruzó los brazos
sobre su pecho, como una niña pequeña a punto de decir sus oraciones. El
brillo de la lámpara cayó de lleno sobre ella, y Clarke observó los cambios
pasar rápidamente por su rosotro, como cambian las colinas cuando las
nubes del verano flotan sobre el sol. Y luego allí estaba ella, totalmente
quieta y pálida, mientras el doctor levantaba uno de sus párpados. Estaba
completamente inconciente. Raymond presionó con fuerza una de las
palancas e instantáneamente la silla se hundió hacia atrás. Clarke osbervó
cómo le cortaba el cabello, trazando un círculo parecido a una tonsura.
Raymond acercó la lámpara y sacó de su maletín un pequeño y brillante
instrumento, Clarke se volteó estremeciéndose. Al mirar nuevamente el
doctor estaba vendando la herida que había hecho.
—Despertará en cinco minutos —Raymond se mantenía aún
perfectamente tranquilo—. No hay nada más que hacer, sólo podemos
esperar.
Los minutos pasaban lentamente; podían oír el lento y pesado tic tac
de un antiguo reloj en el pasillo. Clarke se sentía enfermo y débil; sus
rodillas temblaban, casi no podía mantenerse en pie.
Repentinamente, mientras vigilaban, percibieron un largo suspiro y,
de súbito, el color perdido regresó a las mejillas de la joven y sus ojos se
abrieron. Clarke se amilanó ante ellos. Brillaban con una luz
impresionante, mirando a la distancia, y un gran asombro se dibujó en su
rostro, y sus brazos se estiraron como para asir lo invisible; sin embargo,
en un instante el asombro se disolvió y fue reemplazado por el más
abominable terror. Los músculos de su rostro se convulsionaron
horriblemente, temblando desde la cabeza a los pies; su alma parecía
estremecerse y luchar dentro de ese hogar de carne. Fue una visión
espantosa, y Clarke se precipitó hacia adelante mientras ella caía al suelo,
temblando.
Tres días despues Raymond condujo a Clarke junto al lecho de Mary.
Ella se encontraba completamente despierta, moviendo su cabeza de lado
a lado y gesticulando inexpresivamente.
—Sí —dijo el doctor, aun completamente sereno—, es una lástima, se
ha convertido en una idiota sin remedio. Sin embargo, no se pudo evitar
y, después de todo, ella ha visto al Gran Dios Pan.
_
II.
Las Memorias del Señor Clarke
Clarke, el caballero elegido por el Dr. Raymond para presenciar el
extraño experimento del dios Pan, era una persona en cuyo carácter la
cautela y la curiosidad estaban peculiarmente mezcladas. En sus
momentos de seriedad pensaba en lo inusual y lo excéntrico con una
abierta aversión, sin embargo, en lo profundo de su corazón, exhibía una
ingenua curiosidad respecto a los elementos más esotéricos y recónditos
de la naturaleza humana. Esta última tendencia había prevalecido cuando
aceptó la invitación de Raymond y, aunque su juicio siempre había
repudiado las teorías del doctor, considerándolas como las necedades más
extravagantes, secretamente abrazaba la creencia en la fantasía, y se
hubiera regocijado de ver confirmada aquella creencia. Los horrores que
presenció en aquel espantoso laboratorio resultaron, hasta cierto punto,
terapéuticos; era conciente de estar involucrado en un asunto no del todo
honorable, y por muchos años después, se aferró firmemente a lo trivial,
rechazando todas las oportunidades de investigación ocultista. De hecho,
sobre un principio homeopático, por algún tiempo asisitió a las sesiones de
distinguidos médiums, esperando que los torpes trucos de aquellos
caballeros le llevaran a enemistarse con cualquier tipo de misticismo, sin
embargo, el remedio, aunque cáustico, no era eficaz. Clarke sabía que aún
se consumía por lo invisible, y, poco a poco, la antigua pasión comenzó a
reafirmarse, al tiempo que el rostro de Mary, estremeciéndose y
convulsionado con un desconocido terror, se desvanecía lentamente en su
memoria. Ocupado todo el día en labores tanto serias como lucrativas, la
tentación de relajarse por la tarde era muy grande, especialmente durante
los meses de invierno, cuando el fuego echaba un cálido fulgor sobre su
cómodo departamento de soltero, y una botella de algún vino escogido
descansaba presto a la mano. Una vez digerida la cena, haría una breve
pretensión de leer el periódico de la tarde, sin embargo, el mero catálogo
de noticias palidecía pronto ante él, y Clarke se descubría echando
vistazos de cálido deseo en dirección de un antiguo escritorio japonés, que
se erguía a una agradable distancia del hogar. Como un niño frente a un
armario atestado, por unos pocos minutos lo rondaba indeciso, pero el
placer siempre prevalecía, y Clarke terminaba por acercar su silla, prender
una vela y sentarse frente al escritorio. Sus casilleros y cajones rebosaban
con documentos acerca de los más mórbidos temas, y en su espacio
cerrado, descansaba un gran volumen manuscruito, en el cual,
esmeradamente, había introducido los tesoros de su colección. Clarke
sentía un magnífico desdén hacia la literatura publicada; la historia más
fantasmagórica dejaba de interesarle si resultaba estar impresa; su único
placer se encontraba en la lectura, compilación y reorganización de lo que
él llamaba, sus "Memorias para probar la Existencia del Diablo" y,
entregado a esta ocupación, la tarde parecía volar y la noche parecía muy
corta.
Durante una velada en particular, una horrible noche de diciembre
oscurecida por la niebla y congelada con escarcha, Clarke apuró su cena
y, escasamente, se dignó a observar su acostumbrado ritual de tomar el periódico y dejarlo nuevamente a un lado. Se paseó dos o tres veces por
la habitación, abrió el escritorio, se mantuvo estático por un momento, y
se sentó. Se reclinó, absorbido por una de esas ensoñaciones de las que
era objeto y, al fin, sacó su libro y lo abrió en la última entrada. Allí
habían tres o cuatro páginas densamente cubiertas por la redonda y
ornada caligrafía de Clarke, y al principio, había escrito lo siguiente, a
mano y en una letra algo más grande:
"Singular narración relatada por mi Amigo, el Doctor Phillips. Me ha
asegurado que todos los hechos relatados aquí son estricta y
completamente Verdaderos, pero se niega a entregar, ya sea los Apellidos
de las Personas Afectadas, o los Lugares donde estos Extraordinarios
Eventos sucedieron.
El señor Clake comezó a leer, por décima vez, la narración, dando un
vistazo de vez en cuando a las notas que había hecho a lápiz cuando su
amigo lo sugería. Una de sus gracias era enorgullecerse de una cierta
habilidad literaria; pensaba bien de su estilo, y se esforzó en arreglar de
forma dramática las circunstancias. Leyó la siguiente historia:
"Las personas involucradas en esta exposición son: Helen V., quien,
si aún está viva, debe ser una mujer de veintitrés, Rachel M., ya fallecida,
quien era un año menor que la anterior, y Trevor W., un idiota, de 18
años. Estas personas, durante el período de la historia, habitaban en una
villa en los límites de Gales, un lugar de alguna importancia durante la
época de ocupación Romana, pero ahora un caserío disperso de no más de
quinientas almas. Se empalma sobre terreno elevado, aproximadamente a
seis millas del mar, y se encuentra protegida por un extenso y pintoresco
bosque.
"Hace unos once años atrás, Helen V. llegó a la aldea bajo
circunstancias peculiares. Era sabido que, siendo huérfana, fue adoptada
en su infancia por un pariente lejano, quien la crió en su hogar hasta que
cumplió los doce años. Sin embargo, pensando que sería mejor para la
niña tener compañeros de juegos de su misma edad, publicó en varios
periódicos locales avisos buscando un buen hogar para una niña de doce
en una cómoda hacienda. Este aviso fue contestado por el señor R., un
granjero acomodado, de la adea antes mencionada. Siendo sus
referencias satisfactorias, el caballero envió a su hija adoptiva con el
señor R. La joven portaba una carta, en la cual se estipulaba que la niña
debería tener una habitación para ella sola y afirmaba que sus cuidadores
no necesitaban preocuparse por el tema de su educación, pues ella estaba
lo suficientemente educada para la posición que ocuparía en la vida. De
hecho, el señor R. fue dado a entender que debía permitir a la niña
encontrar sus propias actividades y pasar el tiempo como ella deseara.
Puntualmente, el Sr. R. la recibió en la estación más cercana, a siete
millas de su casa, y al parecer no advirtió nada fuera de lo común acerca
de la niña, excepto que se mostraba reservada reapecto a su antigua vida
y a su padre adoptivo. Sin embargo, ella era diferente a la gente del
pueblo; su piel era de un oliva pálido y claro, y sus rasgos eran bien
marcados, en cierto modo, tenía un tipo extranjero. Al parecer, se
acostumbró fácilmente a la vida de la granja, y se convirtió en la favorita
de los niños, quienes algunas veces la acompañaban en sus vagabundeos
por el bosque, ya que éste era su pasatiempo favorito. El Señor R. relata
que conocía los vagabundeos solitarios de la joven, salía inmediatamente
depués del desayuno, y no retornaba hasta depués del atardecer, y que,
sintiendose intranquilo de que una jovencita se encontrara sola fuera de la
casa por tantas horas, se comunicó con su padre adoptivo, quién
respondió, en una breve nota, que Helen debía hacer lo que eligiera. En el
invierno, cuando los caminos del bosque son intransitables, pasaba la
mayor parte del tiempo en su dormitorio, donde dormía sola, de acuerdo a
las instrucciones de su pariente. Fue durante una de estas expediciones al
bosque cuando sucedió el primero de los singulares incidentes con los
cuales la niña está conectada, siendo aproximadamente un año después
de su llegada al pueblo. El invierno anterior había sido
extraordinariamente severo, la nieve se había acumuldo hasta grandes
profundidades, y la escarcha se había mantenido por un período sin
precedente, y el verano siguiente fue igual de notable por su calor
excesivo. Durante uno de los días más calurosos de dicho verano, Helen
V. abandonó la casa para dar uno de sus largos paseos por el bosque,
llevando con ella, como era usual, algo de pan y carne para almorzar. Fue
vista por algunos hombres en los campos dirigiéndose hacia la antigua
Calzada Romana, un verde sendero que recorre la parte más alta del
bosque. Se sorprendieron al observar que la niña se había quitado el
sombrero, a pesar de que el calor del sol era casi tropical. Mientras
pasaba, un obrero de nombre Joseph W. trabajaba en el bosque cerca de
la Calzada Romana. A las doce de día su hijo Trevor le llevó al hombre su
comida de pan y queso. Después de la merienda, el chico, de
aproximadamente siete años en aquella época, dejó a su padre en el
trabajo para buscar flores en el bosque, y el hombre, que podía
escucharlo gritar con deteleite ante sus descubrimientos, no se sintió
intranquilo. Sin embargo, repentinamente, se horrorizó al escuchar los
gritos más espantosos, evidentemente producto de un gran terror, que
procedían de la dirección en que su hijo había ido. Rápidamente dejó sus
herramientas y corrió para ver qué había sucedido. Siguiendo su pista por
el sonido, encontró al pequeño niño corriendo precipitadamente, y se
encontraba, era evidente, terriblemente asustado. Al preguntarle, el
hombré se enteró que el niño, luego de recoger un ramillete de flores se
sintió cansado y se acostó en el pasto quedándose dormido. Fue
súbitamente despertado, como relató, por un ruido peculiar, una especie
de canto —así lo llamó— y, atisbando a través de las ramas, vio a Helen
V. jugando en el pasto con un "extraño hombre desnudo", a quien fue
incapaz de describir con más detalle. Dijo haberse sentido terriblemente
asustado y que corrió alejándose y llamando a su padre. Joseph W. se
dirigió al lugar indicado por su hijo, y encontró a Helen V. sentada en el
pasto en el centro de un claro, o de un espacio abierto dejado por los
quemadores de carbón. Irritadamente la culpó de haber asustado a su
pequeño hijo, pero ella negó completamente la acusación y se rió de la
historia del niño sobre un "hombre extraño", historia a la cual él mismo no
le atribuía mucho crédito. Joseph W. llegó a la conclusión de que el niño
había despertado con un súbito temor, como a veces les sucede a los
niños, mas Trevor persistía en su historia, y continúo en aquel evidente
estrés hasta que finalmente su padre lo llevó a casa, esperando que su
madre fuese capaz de consolarlo. Sin embargo, por varias semanas el
niño les dio a sus padres muchas preocupaciones: sus maneras se
tornaron nerviosas y extrañas, negándose a abandonar la cabaña solo, y
alarmando constantemente a la familia al despertar gritando: ¡El hombre
del bosque! ¡Padre! ¡Padre!"
Con el transcurso del tiempo, sin embargo, la impresión pareció
desgastarse y, cerca de tres meses después, acompañó a su padre a la
casa de un caballero del vecindario para el cual Joseph W. ocasionalmente
trabajaba. El hombre fue conducido al estudio y el pequeño niño fue
dejado sentado en la recepción. Pero pocos minutos después, mientras el
caballero daba sus instrucciones a W., los dos fueron espantados por un
grito desgarrador y el sonido de una caída. Precipitándose fuera
descubrieron al chico sin sentido sobre el suelo, su cara desfigurada por el
terror. Inmediatamente llamaron al doctor, quien luego de examaminarlo
declaró que el niño había sufrido una especie de ataque, producto de un
shock inesperado. El niño fue llevado a uno de los dormitorios, y luego de
un tiempo recuperó la conciencia, pero solo para pasar a un estado,
descrito por el médico, como histeria violenta. El doctor le suministró un
sedante fuerte, y en el curso de dos horas, le declaro capaz de caminar a
casa. Pero al pasar por la recepción, los paroxismos de terror retornaron,
con más violencia. El padre notó que el niño apuntaba hacia algún objeto
y oyó el antiguo grito, "¡El hombre del bosque!", y mirando hacia la
dirección señalada vio una cabeza de piedra de apariencia grotesca, que
había sido edificada en la pared sobre una de las puertas. Al parecer,
recientemente el dueño de la casa había hecho algunas alteraciones en
sus establecimientos, y mientras cavaba en las fundaciones de algunas
dependencias el hombre encontró una curiosa cabeza, evidentemente del
período Romano, la que había sido dispuesta en la manera descrita. Los
arqueólogos más experimentados del distrito habían declarado que la
cabeza era la de un fauno o de un sátiro. (El doctor Phillips me cuenta que
él ha visto la cabeza en cuestión, y me asegura que nunca ha percibido
una manifestación tan vívida de intensa maldad).
Pero cualquiera haya sido la causa, este segundo golpe pareció
demasiado severo para el joven Trevor, y actualmente sufre de una
debilidad del intelecto, que ofrece escasa esperanza de recuperación. El
asunto, en aquel tiempo, causó una gran de sensación, y Helen fue
detenidamente interrogada por el señor R., pero sin resultados, pues ella
negaba resueltamente que habia asustado o molestado a Trevor de alguna
forma.
El segundo suceso con el que el nombre de la niña está conectado
tuvo lugar hace aproximadamente seis años, y es de un carácter aún más
extraordinario.
A comienzos del verano de 1882, Helen trabó una amistad, de
características peculiarmente íntimas, con Rachel M., la hija de un
próspero granjero de la vecindad. Esta joven, un año menor que Helen,
era considerada por la mayoría como la más linda de las dos, a pesar de
que los rasgos de Helen se habían suavizado en gran medida mientras
crecía. Las dos niñas, que estaban juntas cada vez que fuera posible,
exhibían un singular contraste, la una con su clara y olivácea piel, casi de
apariencia italiana, y la otra con el proverbial rojo y blanco de nuestros
distritos rurales. Debe mencionarse, que los pagos que señor R. hacía
para la mantención de Helen, eran conocidos en la villa por su excesiva
generosidad, y era de impresión general que algún día ella heredaría de
su pariente una gran suma de dinero. De esta forma, los padres de Rachel
no se oponían a la amistad de su hija con la joven, e incluso fomentaban
la intimidad, aunque ahora se arrepienten amargamente de haberlo
hecho. Helen aún conservaba su extraordinaria inclinación por el bosque
y, en varias ocasiones Rachel la acompañaba. Ambas amigas salían
temprano por la mañana y se quedaban en el bosque hasta el crepúsculo.
Una o dos veces después de aquellas excursiones la señora M. notó algo
peculiar en el comportamiento de su hija; se la veía ida y lánguida, como
ha sido expresado, "diferente a sí misma", sin embargo, estas
peculiaridades le parecieron demasiado insignificantes como para ser
comentadas. Mas una tarde, luego del retorno de Rachel al hogar, su
madre oyó un ruido que sonaba como un llanto reprimido en la habitación
de la joven, y al entrar la encontró tirada sobre su cama, medio desnuda,
evidentemente presa de una gran angustia. Tan pronto como vio a su
madre exclamó: "Ah, madre, madre, ¿por qué me permitiste ir al bosque
con Helen?". La señora M. se sorprendió frente a tan extraña pregunta, y
procedió a indagar. Rachel le relató una extravagante historia. Contó
que..."
Clarke cerró el libro con un estruendo y volvió su silla hacia el fuego.
La tarde en que su amigo se encontraba sentado en esa misma silla,
narrando su historia, Clarke lo había interrumpido en un punto algo
posterior a este, cortando sus palabras en un paroxismo de horror. "¡Dios
mío! —exclamó— Piensa, piensa en lo que estás diciendo. Es demasiado
increíble, demasiado monstruoso; cosas como esas no pueden suceder en
este modesto mundo, donde los hombres y mujeres viven y mueren, y
luchan, y conquistan, o quizá caen bajo el dolor y el arrepentimiento, y
sufren de extrañas suertes por varios años; pero no esto, Phillips, no
cosas como estas. Debe haber alguna explicación, alguna salida de este
terror. Porque, hombre, si tal situación fuera posible, nuestra tierra sería
una pesadilla."
Sin embargo, Phillips había contado su historia hasta el final,
concluyendo:
"Su huída permanece hasta hoy como un misterio; se desvaneció a
plena luz del sol; la vieron caminado por una pradera y, pocos minutos
después, ya no estaba allí".
Clarke trató de imaginarse el asunto una vez más, sentado junto al
fuego, y su mente nuevamente se estremeció y retrocedió, consternada
ante la visión de tales horribles e innombrables elementos, entronados
como estaban, triunfantes en la carne humana. Ante él se extendía la
oscura visión de la verde calzada en el bosque, como su amigo la había
descrito; vio las hojas oscilantes y las temblorosas sombras sobre el
pasto, vio la luz del sol y las flores, y, en la distancia, ambas figuras se
acercaban hacia él. Una era Rachel, ¿y la otra?
Clarke ha tratado de no creer en ello, sin embargo, al final del relato,
como está escrito en su libro, puso la siguiente inscripción:
ET DIABOLUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST.
_
III.
Ciudad de Resurrecciones
—¡Dios mío, Herbert! ¿Es esto posible?
—Sí, mi nombre es Herbert. Creo que conozco su cara también, pero
no recuerdo su nombre. Mi memoria está estropeada.
—¿No recuerdas a Villiers de Wadham?
—Así es, así es. Ruego me disculpes Villiers, nunca pensé que le
estaba mendigando a un antiguo amigo de universidad. Buenas noches.
—Mi querido amigo, esta prisa es innecesaria. Mis habitaciones están
cerca de aquí, pero no iremos allí inmediatamente. ¿Qué te parece si
caminamos un poco por Shaftesbury Avenue? Pero Herbert, ¿cómo en
nombre del cielo llegaste a esta situación?
—Es una larga historia, Villiers, y extraña también, pero puedes
escucharla si así lo deseas.
—Vamos, entonces. Toma mi brazo, no luces muy fuerte.
La dispar pareja se movió lentamente por la calle Rupert; el uno en
sucios y funestos andrajos, y el otro, ataviado en el uniforme
reglamentario de un hombre de ciudad, ordenado, lustroso y
distinguidamente acomodado. Villiers había salido de su restaurant luego
de una excelente cena de muchos platos, asistido por un congraciador
frasco de Chianti. Mas, en aquel marco mental que casi era crónico en él,
se había demorado junto a la puerta, atisbando alrededor en la mortecina
luz de la calle, en busca de aquellos misteriosos incidentes y personas que
abundan en las calles de Londres a cada hora. Villiers se enorgullecía de sí
mismo por ser un hábil explorador de aquellos oscuros laberintos y
desvíos de la vida londinense, y en esta improductiva ocupación
desplegaba una asiduidad que era digna de actividades más serias. De
esta forma, se encontraba junto al poste de luz examinado a los
transeúntes con una abierta curiosidad y con la seriedad sólo conocida por
el comensal sistemático, cuando, habiendo recién enunciado en su mente
la siguiente fórmula: "Londres ha sido llamada la ciudad de los
encuentros; pero es más que eso, es la ciudad de las Resurrecciones", sus
reflexiones fueron súbitamente interrumpidas por un lastimero gemido
junto a él, y un lamentable pedido de limosna. Miró a su alrededor con
enojo, y con un súbito impacto se vio confrontado con la prueba
encarnada de sus pomposas fantasías. Allí, a su lado, la cara alterada y
desfigurada por la pobreza y desgracia, el cuerpo escasamente cubierto
por unos grasientos y mal traidos andrajos, se encontraba su antiguo
amigo Charles Herbert, quién se había matriculado el mismo día que él,
con el cual había sido feliz y sagaz por doce revueltos períodos
académicos. Ocupaciones diferentes y diversos intereses habían
interrumpido la amistad, y hacía seis años que Villiers no veía a Herbert; y
ahora lo encontraba, a esa ruina de hombre, con dolor y desaliento,
mezclado con una cierta curiosidad respecto a qué espantosa cadena de
circunstacias lo habrían arrastrado a tan triste situación. Villiers sintió
junto con la compasión, todo el deleite del aficionado a los misterios, y se
felicitó por sus pausadas especulaciones fuera del restaurant.
Caminaron en silencio por algún tiempo, y más de algún transeúnte
miró sorprendido aquel insólito espectáculo de un hombre bien vestido con
un indiscutible mendigo aferrado a su brazo. Villiers, dándose cuenta de
esto, dirigió los pasos hacia una oscura calle en el Soho. Aquí repitió su
pregunta:
—¿Cómo diablos sucedió, Herbert? Siempre creí que asumirías una
gran posición en Dorsetshire. ¿Acaso tu padre te desheredó?
¿Seguramente no?
—No, Villiers; obtuve toda la propiedad cuando mi pobre padre
murió, falleció un año después que dejé Oxford. Fue un buen padre para
mí, y lamenté su muerte sinceramente. Pero tú sabes cómo son los
jovenes; pocos meses después me vine a la ciudad y entré en sociedad.
Tuve, por supuesto, presentaciones excelentes, y logré divertirme mucho
de una forma sana. Jugaba un poco ciertamente, pero nunca a grandes
riesgos, y las pocas apuestas que hice en las carreras me dieron dinero —
sólo unos cuantos peniques, tú sabes—, pero suficiente para pagar los
puros y aquellos placeres insignificantes. Fue durante mi segunda
temporada que la marea cambió. ¿Por supuesto supiste que me casé?
—No, nunca escuché nada sobre eso.
—Si, me casé Villiers. Conocí a una joven, una muchacha de la más
maravillosa y extraña belleza en la casa de ciertas personas que conocía.
No podría decirte su edad; nunca la supe. Hasta donde puedo
imaginarme, debo pensar que tendría cerca de diecinueve cuando
trabamos conocimiento. Mis amigos la habían conocido en Florencia; les
había contadoque era huérfana, hija de padre Inglés y madre Italiana, y
los cautivó tal como me cautivó a mí. La primera vez que la vi fue durante
una velada nocturna. Yo estaba junto a la puerta, conversando con un
amigo cuando de repente, sobe el murmullo y barullo de la conversación,
escuché una voz que pareció estremecer mi corazón. Estaba cantando una
canción italiana. Me la presentaron esa tarde, y a los tres meses me casé
con Helen. Villiers, esa mujer, si es que puedo llamarla mujer, pervirtió mi
alma. En la noche de bodas me encontré sentado en su habitación de
hotel, escuchándola. Ella estaba sentada sobre la cama, mientras yo la
escuchaba hablar con su hermosa voz. Habló de cosas que aún ahora no
me atrevería a susurrar en la noche más oscura, aunque estuviera en
medio del desierto. Villiers, puedes creer que conoces la vida, y Londres, y
lo que sucede día y noche en esta horrorosa ciudad; podrás haber
escuchado las palabras de los más viles, pero te digo, que no puedes
concebir lo que yo sé, ni siquiera en tus sueños más fantásticos y
repugnantes podrías imaginar una pálida sombra de lo que yo he oído... y
visto. Sí, visto. He visto lo increíble, horrores tales que incluso yo mismo
algunas veces me detengo en medio de la calle, y me pregunto si es
posible que un hombre sea testigo de tales cosas y sobreviva. En un año,
Villiers, era un hombre arruinado, en cuerpo y alma... en cuerpo y alma.
—Pero, Herbert, ¿tu propiedad? Tenías tierras en Dorset.
—La vendí; los campos y los bosques, la querida y antigua casa...
todo.
—¿Y el dinero?
—Se lo llevó todo.
—¿Y luego te dejó?
—Si; desapareció una noche. No sé adónde fue, pero estoy seguro de
que si la viera otra vez eso me mataría. El resto de mi historia no
interesa; sórdida miseria, eso es todo. Quizá pienses que he exagerado y
he hablado para causar efecto, Villiers; pero no te he contado ni la mitad.
Podría contarte ciertas cosas que te convencerían, pero nunca más
tendrías un día feliz. Pasarías el resto de tu vida como yo, un hombre
maldito, un hombre que ha visto el infierno.
Villiers llevó al desafortunado a sus habitaciones, y le dio alimento.
Herbert logró comer un poco, y escasamente tocó el vaso de vino
dispuesto ante él. Se sentó taciturno junto al fuego, y pareció aliviado
cuando Villiers lo despidió con un pequeño presente en dinero.
—A propósito, Herbert —dijo Villiers, mientras se separaban en la
puerta—, ¿cuál era el nombre de tu esposa? Creo que dijiste Helen.
¿Helen cuánto?
—El nombre por el que pasaba cuando la conocí era Helen Vaughan,
pero cuál sería su verdadero nombre, no podría decirlo. No creo que
tuviera algún nombre. Sólo los seres humanos tienen nombres, Villiers, no
podría decirte nada más. Adiós. Sí, no dejaré de llamar si necesito algo en
lo que puedas ayudarme. Buenas noches.
El hombre salió a la amarga noche, y Villiers regresó junto al fuego.
Había algo acerca de Herbert que lo impactó inexpresadamente; no sus
pobres andrajos ni las marcas que la pobreza había impreso en su rostro,
sino más bien un terror indefinido que colgaba de él como una niebla.
Había reconocido que él mismo no estaba desprovisto de culpa; la mujer,
había declarado, lo había pervertido en cuerpo y alma, y Villiers sintió que
este hombre, alguna vez su amigo, había actuado en escenas de una
maldad que está más allá del poder de las palabras. Su histroria no
necesitaba de confirmación, él mismo era la prueba encarnada de ella.
Villiers meditó con curisidad acerca de la historia que había oído, y se
preguntó si había oído tanto el principio como el final de ella. No —pensó
—, ciertamente no el final, probablemente sólo el comienzo. Un caso como
este es como un nido de cajas Chinas; abres una tras otra y descubres un
exótico artificio en cada caja. Seguramene el pobre Herbert no es más que
una de las cajas exteriores; hay algunas más extrañas que le siguen.
Villiers no pudo desligar su mente de Herbert y su historia, la que
pareció más desenfrenada a medida que pasaba la noche. El fuego parecía
arder débilmente, y el frío aire de la mañana se filtraba dentro de la
habitación; Villiers se levantó dando una mirada sobre su hombro y,
estremeciéndose ligeramente, se fue a la cama.
Unos días después encontró a uno de sus conocidos en su club, se
llamaba Austin y era famoso por su íntimo conocimento de la vida
londinense, tanto en sus fases tenebrosas como luminosas. Villiers, aún
repleto de su encuentro en el Soho y sus consecuencias, pensó que quizá
Austin podría echarle algo de luz a la historia de Herbert, y así, luego de
un poco de charla informal, lanzó la pregunta:
—¿Por casualidad sabes algo de un hombre llamado Herbert —
Charles Herbert?
Austin se volteó seriamente y miró a Villiers con asombro.
—¿Charles Herbert? ¿No estabas en la ciudad hace tres años? No;
¿entonces no oíste acerca del caso de Paul Street? Causó gran sensación
en aquel tiempo.
—¿Cuál fue el caso?
—Bueno, un caballero, un hombre de muy buena posición fue hallado
muerto, tiesamente muerto, en el terreno de cierta casa en Paul Street,
lejos de Tottenham Court Road. Por supuesto que la policía no hizo el
descubrimiento; si te pasas despierto toda la noche y tienes luz en tu
ventana, el policía llamará a tu puerta, sin embargo, si sucede que yaces
muerto en el patio de alguien, te dejan solo. En este caso, como en
muchos otros, la alarma fue dada por una suerte de vagabundo; no me
refiero a un vago común, o a un hargán de alguna taberna, sino a un
caballero, cuyo negocio o placer, o ambos, lo convirtieron en un
espectador de Londres a las cinco de la mañana. Este individuo estaba,
como dijo, "yendo a casa", no se supo desde dónde ni hacia dónde, y tuvo
la ocasión de pasar por Paul Street entre las cuatro y las cinco a.m. Algo
captó su mirada en el número 20; bastante absurdamente dijo, que la
casa tenía la fisonomía más desagradable que había visto, pero que de
todas formas había mirado. Se sorprendió bastante al ver a un hombre
yaciendo sobre las piedras, sus extremidades completamente agazapadas,
y su rostro vuelto hacia arriba. A nuestro caballero el rostro le pareció
extrañamente espectral y, de esta forma, partió corriendo en busca del
policía más cercano. Al comienzo, el alguacil se inclinaba a tratar el caso
ligeramente, sospechando una borrachera común; sin embargo, se dirigió
al lugar y, luego de mirar el rostro del hombre, cambió su tono, bastante
rápidamente. El madrugador, quien había recogido este "gusanito", fue
enviado en busca del doctor, mientras el policía golpeaba y llamaba a la
puerta de la casa, hasta que una desaliñada sirvienta, luciendo más que
un poco dormida, abrió la puerta. El alguacil le señaló el contenido del
terreno a la sirvienta, quien gritó lo suficientemente fuerte para despertar
a toda la calle, mas no sabía nada acerca del hombre; nunca lo había visto
en la casa, etcétera. Mientras tanto, el descubridor original había
regresado con el médico, y lo siguiente fue ingresar al área. La reja estaba
abierta, por lo que el cuarteto completo bajó pesadamente las escaleras.
El doctor escasamente necesitó un momento de inspección; dijo que el
pobre tipo había estado muerto por varias horas. Entonces fue cuando el
caso se puso interesante. El muerto no había sido asaltado, y en uno de
sus bolsillos estaban sus papeles identificándolo como...bueno, como un
hombre de buena familia y medios, un favorito de la sociedad, un enemigo
de nadie, hasta donde se puede saber. No te digo su nombre, Villiers,
porque nada tiene que ver con la historia, además no es nada bueno
desentrañar estos asuntos de los muertos cuando no hay familiares vivos.
El siguiente punto curioso fue que el médico no pudo acordar cómo
encontró su muerte. Habían algunos ligeros moretones en los hombros,
pero eran tan tenues que parecía como si hubiese sido empujado
rudamente fuera por la puerta de la cocina, y no arrojado por sobre la reja
desde la calle o, más aún, arrastrado escaleras abajo. Sin embargo, no
había absolutamente ninguna otra marca de violencia en él, por cierto
ninguna que diera cuenta de su muerte; y cuando hicieron la autopsia, no
habían rastros de veneno, de ningún tipo. La policía, obviamente, quería
saber todo acerca de las personas del número 20 de Paul Street, y aquí
nuevamente, como he escuchado de fuentes privadas, surgieron uno o
dos puntos muy curiosos. Al parecer los ocupantes de la casa eran el
señor y la señora Charles Herbert; se decía que él era un terrateniente, lo
que impactó a la gente pues Paul Street no era exactamente un lugar en
el cual buscar a la burguesía hacendada. En cuanto a la señora Herbert,
nadie parecía saber quién o qué era y, entre nosotros, imagino que los
que se sumergieron tras la historia, se encontraron en aguas más bien
extrañas. Por supuesto que ambos negaron saber algo acerca del fallecido
y, por falta de evidencia en contra de ellos, fueron dejados en libertad. Sin
embargo, algunas cosas muy extrañas salieron respecto a ellos. A pesar
de que eran entre las cinco y las seis de la mañana cuando el muerto fue
removido, un gran gentío se reunió, y varios de los vecinos corrieron a ver
qué estaba sucediendo. Eran bastante desatados en sus cometarios, en
todo caso, y de estos apareció que el número 20 tenía muy mala fama en
Paul Street. Los detectives trataron de rastrear estos rumores hacia algún
fundamento sólido de los hechos, pero no pudieron agarrarse de nada. La
gente negaba con su cabeza y elevaban sus cejas pues los Herberts les
parecían más bien "raros", "mejor no ser visto entrando a su casa", y
etcétera. Pero no había nada tangible. Las autoridades estaban
moralmente convencidas que el hombre había encontrado su muerte, de
alguna u otra forma, en la casa y que había sido arrojado fuera por la
puerta de la cocina, pero no podían probarlo, y la ausencia de indicios de
violencia o envenenamiento los dejó impotentes. Un caso singular, ¿no es
cierto?. Pero curiosamente, hay algo más que no te he dicho. Resulta que
conozco a uno de los médicos que fue consultado acerca de la causa de
muerte, y algún tiempo después de la investigación me lo encontré, y le
pregunte acerca del tema. "¿Realmente quieres decirme —le dije—, que te
viste desconcertado con el caso, y que realmente no sabes de qué murió
aquel hombre?" "Discúlpame —respondió— conozco perfectamente bien la
causa de la muerte. Blank murió de miedo, de un verdadero y espantoso
terror; nunca durante el curso de mi práctica he visto rasgos tan
terriblemente desfigurados, y le he visto las caras a un sinnúmero de
muertos". El doctor era usualmente un tipo bastante sereno, pero un
cierta intensidad en sus modos me impresionó, sin embargo, no pude
sonsacarle nada más. Supongo que Hacienda no encontró la manera de
procesar a los Herberts por asustar a un hombre hasta matarlo; de
cualquier forma, nada se hizo, y el caso se retiró de la mente de los
hombres. ¿Por casualidad, sabes tú algo sobre Herbert?
—Bueno —contestó Villiers—, era un antiguo amigo de universidad.
—No me digas. ¿Viste alguna vez a su esposa?
—No, nunca. Perdí de vista a Herbert por muchos años.
—Es extraño, ¿verdad?, separarse de un hombre en la puerta de la
universidad o en Paddington, no saber nada de él por años, y luego,
encontrarlo asomando su cabeza en tan extraño lugar. Pero a mí me
hubiera gustado ver a la señora Herbert; se dicen cosas extraordinarias
acerca de ella.
—¿Qué clase de cosas?
—Bueno, casi no sé cómo contártelo. Todos los que la vieron en la
corte policial dijeron que era, al mismo tiempo, la mujer más hermosa y la
más repulsiva, sobre la que hayan fijado sus ojos. Hablé con un hombre
que la había visto, y te lo aseguro, realmente se estremecía mientras
trataba de describirme a la mujer, mas no podía decir por qué. Parece que
ella era una especie de enigma; y yo creo que si aquel muerto hubiera
podido contar cuentos, habría narrado unos extraordinariamente raros. Y
nuevamente nos encontramos frente a otro acertijo, ¿que podría haber
querido el señor Blank (lo llamaremos así, si no te molesta) en una casa
tan extravagante como la del número 20?. Es un caso del todo extraño,
¿no lo crees?.
—Realmente lo es, Austin; un caso extraordinario. Nunca pensé, al
preguntarte por mi antiguo amigo que me encontraría frente a tan extraño
metal. Bueno, debo irme, buen día.
Villiers se alejó, pensando en su propia idea ingeniosa de las cajas
Chinas; aqui había un artificio exótico, de hecho.
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IV.
El Descubrimiento en Paul Street

Pocos meses después del encuentro entre Villiers y Herbert, el señor
Clarke se encontraba, como era usual, sentado junto al hogar después de
la cena, cuidando resueltamente que sus fantasías no erraran en dirección
a su escritorio. Por más de una semana había logrado mantenerse lejos de
sus "Memorias", abrigando esperanzas de una completa auto-reformación;
sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no podía acallar el interés y la
extraña curiosidad que el caso que había escrito, excitaba en él. Le había
expuesto el caso, o más bien un resumen de él , en forma de supuesto, a
un amigo científico, quien meneó su cabeza pensando que Clarke se
estaba volviendo excéntrico, y durante esta noche en especial, Clarke se
esforzaba en racionalizar la historia, cuando un repentino golpe a la
puerta lo sacó de sus meditaciones
—El señor Villiers le busca, señor.
—¡Dios mío!. Villiers, es muy amable de tu parte venir a visitarme, no
te había visto en muchos meses, debo pensar que cerca de un año. Entra,
entra. ¿Cómo estás, Villiers? ¿Necesitas algún consejo sobre inversiones?
—No, gracias, creo que todo lo que tengo en ese sentido está
completamente a salvo. No, Clarke, vine más bien a consultarte sobre una
materia realmente curiosa de la cual me enteré no hace mucho. Me temo
que puedas encontrarla del todo abusurda cuando te la cuente. A veces yo
mismo lo hago, y por esa razón decidí recurrir a tí, pues sé que eres un
hombre pragmático.
El seños Villiers ignoraba las "Memorias para probar la existencia del
Diablo".
—Bueno, Villiers, estaré feliz de darte mi consejo, si mi habilidad lo
permite. ¿Cuál es la naturaleza del caso?
—Es un asunto del todo extraordinario. Tú me conoces, siempre
mantengo los ojos abiertos en las calles, y durante mi vida me he
encontrado con tipos relamente extraños, y casos extraños también, pero
creo que éste, los sobrepasa a todos. Hace cerca de tres meses venía
saliendo de un restaurant una desagradable noche de invierno; había
consumido una cena importante y una buena botella de Chianti, y me
detuve un momento en la acera, pensando acerca del misterio que hay
alrededor de las calles de Londres y de los visitantes que las recorren. Una
botella de vino rojo da alas a estas fantasías, Clarke, y me atrevo a decir
que debo haber pasado a través de una página pero fui interrumpido por
un mendigo que había aprarecido trás de mí, y hacía las peticiones
usuales. Pos supuesto mire a mi alrededor y este mendigo resultó ser lo
que quedaba de un viejo amigo mío, un hombre llamado Herbert. Le
pregunté cómo había llegado a tan miserable pasar, y me lo dijo.
Caminamos por una de aquellas largas y oscuras calles del Soho, y allí
escuché su historia. Dijo que se había casado con una mujer hermosa,
algunos años más joven que él y, según dijo, lo había pervertido en
cuerpo y alma. No entró en detalles; dijo que no se atrevía, que lo que
había visto y oído lo acechaba día y noche, y al mirar en su rostro supe
que decía la verdad. Había algo respecto al hombre que me hacía
estremecer. No sé por qué, pero estaba allí. Le di algo de dinero y lo
despedí, y te aseguro que cuando se fue jadeé al respirar. Su presencia
parecía congelar la sangre.
— Yo creo que el pobre tipo contrajo un matrimonio imprudente, y,
en ingles llano, se fue por las malas.
—Bueno, esucha esto —Villiers le contó a Clarke la historia que había
oído de Austin—. Ya ves —finalizó— casi no hay duda de que este señor
Blank, quienquiera que haya sido, muriera de un verdadero terror;
presenció algo tan espantoso, tan terrible, que le arrebató la vida. Y lo
que vio, seguramente lo vio en aquella casa, la cual, de una u otra forma,
tiene una mala reputación en el vecindario. Tuve curiosidad de ir y ver el
lugar por mí mismo. Es una calle del tipo deprimente; las casa son
sufucientemente antiguas para ser despreciables y terribles, pero no lo
suficientemente viejas para ser extravagantes. Hasta donde pude
observar, la mayoría de ellas eran hospedajes, amobladas y no
amobladas, y casi cada casa tenía tres campanillas en su puerta. Aquí y
allá, los primeros pisos habían sido transformados en negocios de la clase
más corriente; es una calle lúgubre, en todos los sentidos. Encontré que el
número 20 estaba en alquiler, y fui donde el agente y obtuve la llave. Por
supuesto que no hubiera escuchado nada de los Herberts en ese cuarto,
pero le pregunté al hombre, directamente, hace cuánto habían dejado la
casa y si habían habido otros inquilinos mientras tanto. Me miro
extrañamente por un minuto, y me dijo que los Herberts la habían
abandonado inmediatamente depués de lo enojoso, como lo llamaba, y
desde entonces la casa ha permanecido vacía.
Villiers se detuvo por un momento.
—Siempre me he sentido atraído por entrar a las casa vacías, hay
una suerte de fascinación en los desolados cuartos vacíos, con los clavos
en las paredes, y el polvo acumulado sobre los afeízares de las ventanas.
Pero no gocé entrando al número 20 de Paul Street. Difícilmente había
puesto un pie dentro del pasaje, cuando noté un extraño y pesasdo
sentimiento en el aire de la casa. Por supuesto que todas las casas vacías
son sofocantes, y otras cosas, pero esto era algo totalmente diferente; no
te lo puedo describir, pero parecía cortar la respiración. Fui a la habitación
delantera y a la trasera, y a las cocinas escaleras abajo; todas estaban
suficientemente sucias y polovorientas, como esperarías, mas había algo
extraño en todas ellas. No podría definirlo, sólo se que me sentí raro. Sin
embargo, una de las habitaciones del primer piso era la peor. Era una
habitación más bien grande, y alguna vez el papel mural debió haber sido
alegre, pero cuando yo la vi, la pintura, el papel, y todo eran de lo más
lúgubre. Y la habitación estaba llena de horror; sentí rechinar mis dientes
al poner la mano sobre la puerta, y cuando entré, pensé que iba a
desmayarme. Sin embargo, me dominé y me situé junto a la pared del
fondo, preguntándome qué diablos podría haber en esa habitación que
hacía temblar mis extremidades y hacía latir mi corazón como si estuviera
en la hora de la muerte. En una esquina había un montón de períodicos
esparcidos por el suelo; comencé a mirarlos. Eran periódicos de hace tres
o cuatro años, algunos de ellos medio rasgados y algunos arrugados,
como si hubieran sido usados para embalar. Di vuelta toda la pila, y entre
ellos encontré un curioso dibujo —te lo mostraré inmediatamente. Pero no
pude quedarme en la habitación, sentía que me aplastaba. Agradecí haber
salido de allí al aire abierto, sano y salvo. La gente me miraba mientras
caminaba por la calle, y un hombre dijo que estaba borracho. Me
tambaleaba de un lado a otro de la acera, y lo más que pude hacer fue
llegar donde el agente con la llave e irme a casa. Estuve en cama por una
semana, sufriendo de lo que mi doctor diagnosticó como impacto nervioso
y agotamiento. Uno de esos días estaba leyendo el períodico y me topé
por casualidad con el siguiente titular: "Murió de hambre". Era lo usual, un
hospedaje típico en Marleybone, una puerta cerrada durante varios días, y
un hombre muerto en su silla cuando forzaron la puerta."El fallecido —
decía el párrafo— era conocido como Charles Herbert, y se cree que
alguna vez fue un próspero hacendado. Su nombre fue familiar para el
público tres años atrás en conexión con la misteriosa muerte en Paul
Street, Tottenham Court Road, siendo el difunto el inquilino de la casa
número 20, en cuyo terreno fue encontrado muerto un caballero de buena
posición, bajo circunstancias no desprovistas de sospechas". Un trágico
final, ¿verdad?. Pero después de todo, si lo que me contó era verdad, y
estoy seguro que lo era, la vida de aquel hombre era una completa
tragedia, y una tragedia de la suerte más extraña que la que pusieron en
las tablillas.
—Y esa es la historia, ¿no es cierto?
—Sí, esa es la historia.
—Bueno, Villiers, realmente no sé que decir al respecto. No hay duda
que existen circunstancias en el caso que parecen peculiares, el
descubrimiento de un muerto en el terreno de la casa de Herbert, por
ejemplo, y la extraordinaria opinión del médico respecto a la causa de la
muerte; sin embargo, despues de todo, es posible que todos esos hechos
puedan ser explicados de una forma directa. En relación a tus propias
sensaciones cuando visitaste la casa, sugiero que pudieron deberse a una
imaginación vívida; debes haber estado meditando, en un estado
semiconciente, sobre lo que habías escuchado. No veo exactamente qué
más podría decirse o hacerse al respecto; evidentemente crees que hay
un misterio de algún tipo, pero Herbert está muerto; ¿dónde propones
buscar?.
—Propongo buscar a la mujer; la mujer con la que se casó. Ella es un
misterio.
Los dos hombres estaban en silencio junto al fuego; Clarke se
felicitaba por haber mantenido el personaje de abogado del lugar común,
y Villiers se envolvía en sus oscuras fantasías.
—Creo que fumaré un cigarrillo —dijo finalmente, y pasó su mano por
el bolsillo palpando la cajetilla de cigarros.
—¡Ah! —dijo, sobresaltándose ligeramente—. Había olvidado que
tenía algo que mostrarte. ¿Recuerdas que te dije que había encontrado un
curioso bosquejo entre el montón de períodicos viejos en la casa de Paul
Street?. Aquí está.
Villiers sacó un pequeño paquete de su bolsillo. Estaba cubierto con
un papel marrón, y asegurado con un cordel, y los nudos ofrecían
problemas. A pesar de sí mismo, Clarke sintió curiosidad; se inclinó en su
silla mientras Villiers deshacía con esfuerzo el cordel, y desenvolvía la
cubierta exterior. Dentro había una segunda envoltura de papel que
Villiers sacó, y sin una palabra, le alcanzó el pequeño pedazo de papel a
Clarke.
Hubo un silencio mortal en la habitación durante cinco minutos. Los
dos hombres estaban tan quietos que podían oír el sonido del anticuado
reloj que se encotraba afuera en el hall, y en la mente de uno de ellos, la
lenta monotonía del sonido despertó una memoria lejana. Miraba
intensamente el boceto a tinta y lápiz de la cabeza de la mujer; era
evidente que había sido dibujado con gran ciudado y por un verdadero
artista, ya que el alma de la mujer asomaba por sus ojos, y los labios se
abrían en una extraña sonrisa. Clarke observaba inmóvil el rostro; le trajo
a la memoria una tarde de verano, hace mucho tiempo; nuevamente
presenció el largo y hermoso valle, el río serpenteando entre las colinas,
las praderas y los maizales, el pálido sol rojizo, y la blanca y fría bruma
elevándose del agua. Escuchó una voz hablándole a traves de las oleadas
de años, diciendo: "Clarke, ¡Mary verá al Dios Pan!" , y luego se
encontraba en la siniestra habitación junto al doctor, escuchando el
pesado tic tac del reloj, esperando y observando, observando la figura que
se encontraba tendida en la silla verde bajo la lámpara. Mary se levantó,
él miró en sus ojos y su corazón se enfrío en su interior.
—¿Quién es esta mujer? —dijo finalmente. Su voz era seca y rasposa.
—Es la mujer con la que Herbert se casó.
Clarke miró nuevamente el boceto; no era Mary después de todo.
Indudablemente era el rostro de Mary, pero había algo más, algo que no
había visto en los rasgos de Mary cuando entró al laboratorio vestida de
blanco con el doctor, tampoco en su horrible despertar, ni cuando yacía
gesticulando en la cama. Fuera lo que fuera, la mirada que venía de
aquellos ojos, la sonrisa en los labois llenos, o la expresión del rostro
entero, hizo estremecer a Clarke en lo más recóndito de su alma, y
reflexió de manera inconciente sobre las palabras del doctor Phillips: "el
presentimiento de maladad más vívido que he visto". Mecánicamente
volteó el papel en su mano y miró la parte de atrás.
—¡Dios mío, Clarke! ¿Que sucede? Estás pálido como la muerte.
Villiers saltó violentamente de su silla, mientras Clarke se reclinaba
con un quejido, dejando caer el papel de sus manos.
—No me siento muy bien, Villiers, soy objeto de estos ataques.
Sírveme un poco de vino; gracias, esto servirá. Me sentié mejor en unos
minutos.
Villiers recogió el caído boceto y lo volteó como Clarke había hecho.
—¿Viste eso? —dijo—. Así fue como la identifiqué como el retrato de
la esposa de Herbert, o debo decir su viuda. ¿Cómo te sientes ahora?
—Mejor, gracias, fue sólo un mareo pasajero. No creo que te entienda
claramente. ¿Qué dijiste que te permitió identificar la imagen?
—Esta palabra —Helen— estaba escrita atrás. ¿No te dije que su
nombre era Helen? Sí, Helen Vaughan.
Clarke lanzó un gemido; no había ninguna sombra de duda.
—Ahora —dijo Villiers—, ¿no estas de acuerdo que en la historia que
te he contado esta noche, y el papel que esta mujer juega en ella, hay
algunos puntos muy extraños?
—Sí, Villiers —musitó Clarke—, realmente es una historia extraña;
una extraña historia, realmente. Debes darme tiempo para reflexionar
sobre ella, y quizá pueda ayudarte y quizá no. ¿Te retiras ahora? Bueno,
buenas noches Villiers, buenas noches. Ven a visitarme en el transcurso
de una semana.
__
V.
La carta de advertencia
—¿Sabes Austin —dijo Villiers, mientras ambos amigos paseaban
serenamente a lo largo de Picadilly una agradable mañana de mayo—
sabes que estoy convencido que lo que me contaste acerca de Paul Street
y de los Herberts es un mero episodio de una historia extraordinaria?
Además, debo cofesarte que cuando te pregunté por Herbert hace unos
meses atrás, recién me lo había encontrado.
—¿Lo habías visto? ¿Dónde?
—Me pidió limosna una noche en la calle. Se encontraba en la
condición más lamentable, pero reconocí al hombre y lo tuve contándome
su historia, o por lo menos un esbozo de ella. En resumen, llegó a lo
siguiente: había sido arruinado por su mujer.
—¿De qué forma?
—No me lo dijo; sólo dijo que ella lo había destruido, en cuerpo y
alma. El hombre está muerto ahora.
—¿Y que fue de su mujer?
—Ah, eso es lo que me gustaría saber, y pretendo encontrarla tarde o
temprano. Conozco a un hombre llamado Clarke, un tipo seco, de hecho,
un hombre de negocios, pero suficientemente despierto. Tú comprendes a
lo que me refiero, no despierto en el mero sentido comercial de la palabra,
sino que un hombre que realmente sabe algo acerca del hombre y la vida.
Bueno, le expuse el caso y realmente se impresionó. Dijo que necesitaba
ser considerado y me pidió que volviera en el transcurso de una semana.
Pocos días después, recibí esta extraordinaria carta.
Austin tomó el sobre, extrajo la carta y leyó con curiosidad. Decía lo
siguiente:
_
"MI QUERIDO VILLIERS,
he pensado en el caso sobre el cual me
consultaste la otra noche, y mi consejo es el siguiente. Arroja el retrato al
fuego, borra la historia de tu mente. Nunca le dediques otro pensamiento,
Villiers, o te arrepentirás. Pensarás, sin duda, que poseo alguna
información secreta, y hasta cierto punto ese es el caso. Pero sólo conozco
un poco; sólo soy como un viajero que ha atisbado sobre el abismo y se
ha retirado con horror. Lo que sé, es suficientemente extraño y terrible,
sin embargo, más allá de mi conocimiento hay profundidades y horrores
aún más espantosos, más increíbles que cualquier cuento narrado una
noche de invierno junto al fuego. He resuelto no explorar ni un ápice más
allá, y nada conmoverá tal resolución, y si valoras tu felicidad tomarás la
misma determinación.
Ven a verme de todos modos; pero hablaremos de temas más
alegres que éste.
Austin dobló metódicamente la carta, y se la devolvió a Villiers.
—Ciertamente es una carta particular —dijo— ¿a qué se refiere el
hombre con el retrato?
—¡Oh! Había olvidado mencionar que estuve en Paul Street e hice un
descubrimiento.
Villiers relató su historia como lo había hecho con Clarke, miestras
Austin escuchaba en silencio. Parecía intrigado.
—¡Qué curioso que experimentaras una sensación tan desagradable
en aquella habitación! —dijo finalmente—. Difícilmente creo que haya sido
una mera cuestión de la imaginación; en resumen, un sentimiento de
repulsión.
—No. Era más físico que mental. Era como si en cada inhalación,
respirara alguna emanación mortífera, que parecía penetrar en cada
nervio, hueso y tendón de mi cuerpo. Me sentí tironeado de pies a cabeza,
mis ojos comenzaron a oscurecerse, fue como la entrada a la muerte.
—Sí, sí, realmente muy extraño. Como ves, tu amigo confesó que hay
una historia muy oscura conectada con esta mujer. ¿Percibiste alguna
emoción particular en él cuando le relatabas tu experiencia?
—Sí. Se puso muy débil, pero me aseguró que no era más que un
ataque pasajero de los cuales era objeto.
—¿Le creíste?
—En el momento lo hice, pero ahora no. Escuchó lo que yo tenía que
decir con bastante indiferencia, hasta que le mostré el retrato. Entonces
fue cuando el ataque del que hablo le sobrevino. Te aseguro que lucía
cadavérico.
—Entonces debe haber visto a la mujer alguna vez. Sin embargo,
puede haber otra explicación; puede haber sido el nombre y no el rostro,
el que le era familiar. ¿Qué crees tú?
—No podría decírtelo. Hasta donde creo, fue luego de voltear el
retrato en su mano que casí se cae de la silla. El nombre, como sabes,
estaba escrito en la parte de atrás.
—¡Correcto! Después de todo, es imposible llegar a una conclusión en
un caso como este. Odio el melodrama, y nada me choca más que la
trivialidad y el tedio de las historias comerciales de fantasmas; pero
Villiers,realmente parece que hay algo muy extraño en en fondo de todo
esto.
Sin darse cuenta, los dos hombres habían doblado por Ashley Street,
dirigiéndose al norte de Picadilly. Era una calle larga, y más bien sombría,
mas aquí y allá, un gusto más brillante había iluminado las oscuras casas
con flores, y cortinas alegres, y una agradable pintura en las puertas.
Villiers observaba al tiempo que Austín terminaba de hablar, y miró una
de aquellas casas; de cada alféizar colgaban geranios, rojos y blancos y
cada ventana estaba cubierta con cortinas de color narciso.
—Se ve alegre, ¿no te parece? —dijo.
—Sí, y el interior es aún más alegre. Una de las casas más
agradables de la temporada, así he oído. Yo mismo no he estado allí, pero
he conocido a varios hombres que sí lo han hecho, y me cuentan que es
notablemente jovial.
—¿De quién es la casa?
—De una tal señorita Beaumont.
—¿Y quién es ella?
—No sabría decirte. He escuchado que viene de Sud América, pero
después de todo, quién es ella es de poca importancia. Es una mujer muy
rica, no cabe duda de ello, y algunas de las personas más distinguidas se
han asociado con ella. He escuchado que posee un claret espléndido, un
vino verdaderamente maravilloso, que debe haberle costado una suma
fabulosa. Lord Argentine me estaba contando al respecto; estuvo allí la
tarde del domingo pasado. Me ha asegurado que nunca había probado un
vino como ese y, como sabes, Argentine es un experto. A propósito, eso
me recuerda, debe ser una mujer del tipo singular, esta señora Beaumont.
Argentine le preguntó acerca de la antiguedad del vino y, ¿qué crees que
le respondió?. "Al rededor de unos mil años, creo". Lord Argentine pensó
que lo estaba engañando, tú sabes, pero cuando se río ella le dijo que
hablaba totalmente en serio y le ofreció mostrarle la jarra. Por supuesto
que luego de eso no pudo decir nada más; pero me parece algo anticuado
para una bebida, ¿no te parece? Bueno, ya llegamos a mis habitaciones.
¿Quieres pasar?
—Gracias, creo que lo haré. No he visto la tienda de curiosidades
hace un buen tiempo.
Era una habitación ricamente amoblada, aunque extravagantemente,
donde cada jarrón, armario y mesa, y cada alfombra, jarra y ornamento
parecían ser una cosa aparte, preservando cada una su propia
individualidad.
—¿Algo fresco últimamente? —dijo Villiers luego de un rato.
—No; creo que no. ¿Ya viste esos cántaros extraños, no es cierto? Me
lo imaginaba. No creo haberme topado con nada durante las últimas
semanas.
Austin examinó la pieza de aparador en aparador, de estante a
estante, en busca de alguna nueva rareza. Finalmente, sus ojos se
posaron sobre un extraño cofre, agradable y exquisitamente tallado, que
se encontraba en una oscura esquina del cuarto.
—Ah —dijo— lo estaba olvidando, tengo algo que mostrarte. Austin
abrió el cofre, extrajo un grueso volumen empastado, lo dejó sobre la
mesa, y retomó el cigarro que había dejado a un lado.
—Villiers, ¿conociste a Arthur Meyrick, el pintor?
—Algo. Lo vi una o dos veces en la casa de un amigo mío. ¿Qué ha
sido de él? No he escuchado la mención de su nombre por algún tiempo.
—Murió.
—¡Díos mío! Tan joven, ¿verdad?
—Si, tenía sólo treinta cuando murió.
E l Gran Dios Pan A rthur Machen
—¿De qué falleció?
—No lo sé. Era un íntimo amigo mío, y un tipo realmente bueno.
Acostumbraba a venir y hablar conmigo durante horas, era uno de los
mejores conversadores que he conocido. Incluso podía hablar de la
pintura, y eso es más de lo que se puede decir de la mayoría de los
pintores. Hace aproximadamente dieciocho meses comenzó a sentirse
estresado, y en parte siguiendo mi consejo, se embarcó en una especie de
expedición errante, sin un final ni un objetivo muy definidos. Me parece
que Nueva York sería uno de sus primeros puertos, pero nunca supe de él.
Hace tres meses recibí este libro, acompañado de una cortés nota de un
doctor inglés trabajando en Buenos Aires, afirmando que había atendido al
fallecido señor Meyrick durante su enfermedad, y que el difunto había
expresado el intenso deseo de que el paquete sellado debía serme enviado
luego de su muerte. Eso era todo.
—¿Y no escribiste para pedir nuevos pormenores?
—He pensado en hacerlo. ¿Tú me aconsejarías escribirle al doctor?
—Ciertamente. ¿Y el libro?
—Estaba sellado cuando lo recibí. No creo que el doctor lo haya
mirado.
—¿No es algo muy extraño? ¿Era Meyrick un coleccionista?
—No, no lo creo, difícilmente un coleccionista. Dime, ¿qué es lo que
piensas de estas vasijas Ainu?
—Son singulares, pero me gustan. Pero, ¿no me vas a mostrar el
legado del pobre Meyrick?
—Si. Sí, por cierto. Lo que sucede es que es un objeto bastante
peculiar y no se lo he mostrado a nedie. Si yo fuera tú, no diría nada al
respecto. Aqui está.
Villiers cogió el libro y lo abrió a azar.
—No es un volumen impreso, entonces —dijo.
—No. Es una colección de dibujos en blanco y negro hechos por mi
pobre amigo Meyrick.
Villiers dio vuelta la primera página, estaba en blanco; la segunda
llevaba una pequeña inscripción que decía:
"Silet per diem universus, nec sine horror secretus est; lucet
mocturnis ignibus, chorus Aeipanum undique personatur: audiuntur et
cantus tibiarum, et tinnitus cymbalorum per oram maritimam".
En la tercera página había un diseño que sobresaltó a Villiers y miró
imediatamente a Austin; éste miraba abstraidamente por la ventana.
Villiers volteó página tras página, absorto, a pesar de sí mismo, en las
epantosas Noches de Walpurgis de la maldad, una maldad extraña y
monstrousa, que el artista había plasmado en duro blanco y negro. Las
figuras de Faunos, Sátiros y Aegipos bailaban frente a sus ojos, la
oscuridad de la espesura, la danza en las cumbres, las escenas de costas
solitarias, en verdes viñedos, en lugares desiertos y rocosos, pasaron
fente a él: un mundo frente al cual el alma humana se retrae y se
estremece. Villiers pasó rápidamente las páginas restantes; había visto
suficiente, mas el dibujo de la última págna captó su mirada, cuando casi
cerraba el libro.
—¡Austin!
—Bueno, ¿qué sucede?
—¿Sabes quién es?
Era el rostro de una mujer, sola en la página blanca.
—¿Que si la conozco? No, por supuesto que no.
—Yo sí.
—¿Quién es?
—Es la señora Herbert.
—¿Estás seguro?
—Estoy perfectamente seguro de ello. ¡Pobre Meyrick! Es un capítulo
más en su historia.
—¿Qué te parecen los diseños?
—Son terribles. Sella el libro nuevamente, Austin. Si yo fuera tú, lo
quemaría; debe ser una horrible compañía aún estando en un cofre.
—Sí, son unos dibujos singulares. Pero me pregunto, ¿qué conexión
había entre Meyrick y la señora Herbert, o qué vínculo había entre ella y
estos diseños?
—¿Quién podría decirlo? Es posible que este asunto termine aquí, y
nunca sepamos, sin embargo, en mi opinión, esta Helen Vaughan o señora
Herbert, es sólo el principio. Volverá a Londres, Austin; pierde cuidado,
ella regresará, y entonces sabremos más acerca de ella. Dudo que sean
noticias muy agradables.
_
VI.
Los Suicidios
Lord Argentine era un gran favorito en la sociedad londinense. A los
veinte años había sido un hombre pobre, adornado por el apellido de una
ilustre familia, sin embargo, forzado a ganarse el sustento como fuera, y
ni el más especulativo de los prestamistas le hubiera confiado 5 peniques
sobre la eventualidad de que alguna vez cambiara su nombre por un título
y su pobreza por una gran fortuna. Su padre había estado lo
suficientemente cerca de la fuente de las cosas buenas como para
asegurar a uno de los miembros vivos de la familia, pero el hijo, aún si
hubiera tomado los votos, no hubiera obtenido más que eso, además, no
tenía vocación para la orden eclasiástia. De esta forma, enfrentó al mundo
con una armadura no mejor que la toga de bachiler y el ánimo de un
joven nieto del hijo, equipamiento con el cual se las ingeniaba de alguna
forma para hacer de esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco el
serñor Charles Aubernon era aún un hombre de luchas y contiendas
contra el mundo, sin embargo, de los siete que se encontraban antes que
él en los lugares más altos de su familia, sólo quedaban tres. Estos
tres,aunque "bien vivos", no eran a prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre
tifoidea, por lo que, una mañana, Aubernon despertó siendo Lord
Argentine, un hombre de treinta años que había enfrentado las
dificultades de la existencia, y las había conquistado. La situación lo
divertía inmensamente, y resolvió que la riqueza sería tan agradable para
él como lo había sido siempre la pobreza. Luego de algunas
consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que la cena, mirada
como una de las bellas artes, era quizá la ocupación más entretenida
abierta a la humanidad arruinada, de esta forma, sus cenas se hicieron
famosas en Londres, y una invitación para su mesa era algo
codiciosamente deseado. Luego de diez años de señoría y cenas,
Argentine aún rehusaba a cansarse y siguió disfrutando de la vida , y,
como una suerte de infección, era reconocido como causa de alegría para
los demás, en suma, como la mejor de las compañías. De este modo, su
repentina y trágica muerte causó una extensa y profunda sensación. La
gente difícilmente lo creía, aún teniendo el períodico frente a sus ojos y el
grito de "Misteriosa muerte de un noble" resonando por las calles. Mas allí
estaba el párrafo: "Lord Argentine fue hallado muerto esta mañana por su
asistente bajo circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que no hay
duda de que su señoría se habría suicidado, aunque no se ha encontrado
un motivo para el acto. El fallecido caballero era ampliamente conocido en
sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su regia hospitalidad.
Ha sido sucedido por..." etc, etc.
Lentamente los detalles salieron a la luz, pero el caso era aún un
misterio. El testigo principal del interrogatorio era el ayudante del difunto,
quien afirmó que la noche anterior a la muerte Lord Argentine había
cenado con una señora de buena posición, cuyo nombre fue suprimido por
los períodicos. Lord Argentine había regresado aproximadamente a las
once y había informado a su hombre que no requeriría de sus servicios
hasta la mañana siguiente. Un poco más tarde, el sirviente tuvo la
oportunidad de pasar por el hall y asombrarse al ver a su amo saliendo
tranquilamente por la puerta principal. Se había cambiado la tenida de
noche y vestía un abrigo Norfolk, unos bombachos, y un sombrero bajo
color marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para suponer que Lord
Argentine lo había visto, y aunque su amo rara vez se quedaba hasta
tarde, jamas pensó en lo que ocurriría a la mañana siguiente al llamar a
su puerta un cuarto para las nueve, como era usual. No recibió respuesta,
y luego de golpear una o dos veces, entró a la habitación y vio el cuerpo
de Lord Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la cama.
Descubrió que su amo había atado firmemente una cuerda a uno de los
postes cortos de la cama, y luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó al
redor del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer
resueltamente, para morir lentamente estrangulado. Vestía el delgado
traje con el que el sirviente lo había visto salir, y el doctor que fue llamado
declaró que la su vida se había extinguido hacía más de cuatro horas.
Todos los papeles, cartas, y demases, estaban en perfecto orden, y no se
descubrió nada que apuntara remotamente a algún escandalo, fuera
grande o pequeño. Hasta aquí llegaba la evidencia; nada más pudo ser
descubierto. Varias personas se encontraban presentes en la cena a la que
Lord Argentine había asistido, y a todas ellas les pareció que se
encontraba de un humor afable, como siempre. Sin embargo, el asistente
afirmó que su amo le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas la
alteracióm era a su manera muy tenue, de hecho, dificilmente perceptible.
Buscar más pistas parecía inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine
había sufrido de un repentino ataque de manía suicida aguda, fue
ampliamente aceptado.
Sin embargo, resultó de otra manera, cuando dentro de las tres
semanas siguientes, otros tres caballeros, uno de ellos un noble, y dos
hombres más de buena posición y abundantes medios, perecieron
atrozmente en casi la misma forma. Lord Swanleigh fue encontrado una
mañana en su vestidor, colgando de un gancho fijado a la pared, y el
señor Collier-Stuart y el señor Herries habían elegido morir como Lord
Argentine. Ninguno de los casos tenía explicación; uno cuantos hechos
conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver con el rostro
hinchado y amoratado, en la mañana. La policía se vio obligada a
decalrarse impotente para arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de
Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios de Picadilly y
Mayfair se encontraban atónitos, porque ni siquiera la sola ferocidad que
había servido como explicación de los crímenes del East End, podía servir
en el West. Todos estos hombres que habían resuelto morir una muerte
tormentosa y vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las apariencias,
enamorados del mundo, y ni siquiera la investigación más detallada pudo
descubrir en alguno de los casos alguna sombra de un motivo latente.
Había horror en el ire, y los hombres se miraban unos a otros al
encontrarse, cada uno preguntándose si el otro sería la víctima de la
quinta tragedia sin nombre. Los periodistas revisaban en vano sus
apuntes en busca de material con el cual mezclar artículos anteriores.Y el
períodico matutino era abierto en más de algún hogar con un sentimiento
de terror; nadie sabía cuándo o dónde atacaría el próximo golpe.
Poco tiempo después del último de estos terribles sucesos, Austin fue
a visitar al señor Villiers. Sentía curiosidad por saber si Villiers había
tenido éxito en descubrir alguna pista fresca de la señora Herbert, ya
fuera a través de Clarke o de otra fuente, y a penas se hubo sentado hizo
la pregunta.
—No —dijo Villiers—, le escribí a Clarke pero sigue inexorable, y he
tratado por otros canales sin resultados. No he podido saber qué ha sido
de Helen Vaughan después de dejar Paul Street, pienso que deber haberse
ido al extranjero. Pero para serte franco Austin, no le he prestado mucha
atención al tema durante las últimas semanas; conocía íntimamemnte al
pobre Herries, y su terrible muerte ha sido un gran golpe para mí, un gran
golpe.
—Lo creo —contestó Austin solemnemente—, tú sabes que Argentine
era amigo mío. Si recuerdo correctamente, estuvimos hablando de él ese
día que viniste a mis habitaciones.
—Sí; era en relación a aquella casa en Ashley Street, la casa de la
señora Beaumont. Dijiste algo acerca de Argentine cenando allá.
—De hecho. Seguramente sabrás que fue allí donde Argentine cenó la
noche antes... antes de su muerte.
—No, no había escuchado eso.
—Oh, si; el nombre fue excluído de los períodicos para ahorrarle
molestias a la señora Beaumont. Argenitne era un gran favorito suyo, y se
comentaba que ella se encontraba en un terrible estado.
Una curiosa expresión asomó en el rostro de Villliers; parecía indeciso
acerca de hablar o no. Austin comenzó nuevamente.
—Nunca experimenté tal sentimiento de horror como cuando leí el
informe de la muerte de Argentine. En el momento no lo comprendí, y
tampoco ahora. Lo conocía bien, y mi entendimiento se ve completamente
superado al pregutnarme por qué posible causa él —o cualquiera de los
otros— podría haber resuelto morir a sangre fría, de aquella espantosa
manera. Tú sabes cómo los hombres murmuran sobre cada personaje de
Londres, y te aseguro que cualquier escándalo enterrado o esqueleto
escondido habría aparecido en un caso como este; pero nada por el estilo
ha sucedido. Y respecto a la teoría de manía, bueno, eso está muy bien
para la improvisación del forense, pero todos sabemos que es una
tontería. La manía suicida no es una pequeña infección.
Austin se hundíó en un oscuro silencio. Villiers también estaba en
silencio, observando a su amigo. La expresión de indecisión aún se movía
por su rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una balanza, y las
consideraciones que estaba tomando lo mantenían en silencio. Austin
trató de quitarse de encima las memorias de tragedias tan imposibles y
confusas como el laberinto de Dédalo, y comenzó a hablar con voz
indiferente de sucesos más agradables y de las aventuras de la
temporada.
—Esa señora Beaumont —dijo— de la cual hablábamos, es un gran
éxito; ha tomado Londres casi por asalto. La conocí la otra noche en
Fulham; realmente es una mujer extraordinaria.
—¿Conociste a la señora Beaumont?
—Sí; estaba rodeada por un verdadero séquito. Supongo que podría
decirse que es muy atractiva, sin embargo, hay algo en su rostro que no
me agradó. Sus rasgos son exquisitos, pero la expresión es extraña. Y
durante todo el tiempo que la estuve observando, y luego, cuando me
dirigía a casa, tuve la curiosa sensación de que me era familiar, de alguna
u otra forma.
—La debes haber visto en la calle.
—No, estoy seguro que nunca había visto a la mujer; eso es lo que lo
hace misterioso. Y según creo, nunca he visto a nadie como ella; lo que
sentí fue como un recuerdo lejano y velado, vago pero persistente. La
única sensación con la que puedo compararlo es ese extraño sentimiento
que se tiene a veces en los sueños, cuando las ciudades fantásticas, las
tierras maravillosas y los personajes fantasmales nos parecen familiares y
habituales.
Villiers asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor de la
habitación, posiblemente en busca de algo sobre lo que continuar la
conversación. Sus ojos se posaron en un antiguo cofre situado debajo de
un escudo gótico, parecido en cierta forma a aquél en que el artista había
escondido su extraño legado.
—¿Le escribiste al doctor acerca del pobre Meyrick? —preguntó.
—Sí, le escribí pidiéndole todos los pormenores respecto a su
enfermedad y su muerte. No espero recibir respuesta durante otras tres
semanas o un mes. Pensé que también debería indagar si Meyrick conocía
a alguna mujer inglesa apellidada Herbert, y si ese era el caso, si el doctor
podía entregarme información sobre ella. Sin embargo, es muy posible
que Meyrick se halla encontrado con ella en Nueva York, o México, o San
Franciasco. No tengo idea del alcance o dirección de sus viajes.
—Sí, y es muy posible que esta mujer tenga más de un nombre.
—Exactamente. Hubiera deseado pensar en pedirte el retrato de ella
que posees. Podría haberlo incluido en mi carta al doctor Matthews.
—Podrías haberlo hecho; nunca se me había ocurrido. Debemos
enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando esos niños?
Mientras los dos hombres conversaban, un ruido confuso de gritos
había aumentado gradualmente en intesidad. El ruido se elevaba desde la
parte este y cobraba fuerzas en Picadilly, acercándose más y más, como
un torrente de sonido; agitando las calles usualmente tranquilas, y
haciendo de cada ventana el marco para una cara, curiosa o excitada. Los
gritos y las voces reverberaban a lo largo de la silenciosa calle donde vivía
Villiers, haciéndose más claras a medida que avanzaban, y mientras
Villiers hablaba, la respuesta subió desde la acera:
"¡Los Horrores del West End; otro espantoso suicidio; informe
completo!"
Austin se se precipitó escaleras abajo y compró un periódico, y le leyó
a Villiers, mientras el alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana
estaba abierta y el aire parecía estar lleno de ruido y terror.
"Otro caballero ha caído víctima de la terrible epidemia de suicidios
que, durante el último mes, ha prevalicido en West End. El señor Sydney
Crashaw, de Stoke House, Fulhan y King's Pomeroy, Devon, fue hallado
muerto a la una de esta tarde, luego de una prolongada búsqueda,
colgado a la rama de un árbol en su jardín. El difunto caballero cenó
anoche en el Club Carlton y su salud y humor se veían como siempre.
Abandonó el club cerca de las diez y, algo más tarde fue visto caminando
sin prisa por St. James Street. Luego de esto, se le pierde el rastro a sus
movimientos. Apenas encontrado el cuerpo se llamó al médico, pero era
evidente que la vida se había extinguido hace tiempo. Hasta donde se
sabe, el señor Crashaw no tenía ningún tipo de problema o ansiedad. Este
doloroso suicidio, como se recordará, es el quinto de su clase en el último
mes. Las autoridades de Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna
explicación para estos terribles sucesos."
Austin dejó el periódico con un mudo horror.
—Dejaré Londres mañana —declaró—, esta es una ciudad de
pesadilla. ¡Qué espantoso es esto, Villiers!
El señor Villiers estaba sentado junto a la ventana, tranquilamente
mirando a la calle. Había escuchado atentamente al informe del períodico,
y la huella de indecisión había desaparecido de su rostro.
—Espera, Austin —replicó— he decidido mencionarte un asunto que
sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba que Crashaw había sido visto con
vida en St. James Street, poco después de las diez?
—Sí, eso creo. Miraré nuevamente. Si, estás en lo cierto.
—Correcto. Entonces, me encuentro en la posición de contradecir
completamente el relato. Crashaw fue visto después de eso; de hecho,
considerablemente más tarde.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque por casualidad vi a Crashaw, cerca de las dos de esta
madrugada.
—¿Viste a Crashaw? ¿Tú, Villiers?
—Sí, lo vi claramente, de hecho, nos separaban tan sólo unos pocos
pasos.
—¿Dónde, en nombre del cielo, lo viste?
—No lejos de aquí. Lo ví en Ashley Street. Precisamente cuando salía
de una casa.
—¿Reconociste cuál era la casa?
—Sí. Era la de la señora Beaumont.
—¡Villiers! Piensa en lo que estás diciendo; debe haber algún error.
¿Cómo podría Crashaw haber estado en casa de la señora Beaumont a las
dos de la mañana? Seguro, seguro debes haber estado soñando, Villiers;
siempre has sido algo fantaseoso.
—No; estaba completamente despierto.Incluso si hubiera estado
soñando, como tú dices, lo que ví me hubiera despertado efectivamente.
—¿Lo que viste? ¿Qué viste? ¿Había algo extraño en Crashaw? Pero
no lo puedo creer, es imposible.
—Bueno, si lo deseas te contaré lo que vi, o si te place, lo que creo
haber visto. Puedes juzgar por tí mismo.
—Muy bien, Villiers.
El ruido y el clamor de la calle se habían extinguido, aunque algunos
sonidos de gritos aún llegaban repentinamente desde la distancia, y el
apagado y pesado silencio se parecía a la calma que sigue al terremoto o
a la tormenta. Villiers dio la espalda a la ventana y comenzó a hablar.
—Anoche yo estaba en una casa cerca de Regent's Park y al dejarla,
me asaltó la idea de caminar a casa en vez de tomar un cabriolé. Era una
noche lo suficientemente clara y agradable, y luego de unos minutos ya
tenía las calles para mí solo. Es curioso, Austin, estar solo en Londres de
noche, las lámparas alargándose en perspectiva, y el silencio sin vida, y
quizá de repente, la acometida y estruendo de un coche sobre las piedras
y los cascos de los caballos echando chispas. Caminaba vigorosamenete
pues me sentía algo cansado de estar fuera en la noche, y cuando los
relojes daban las dos, doblé por Ashley Street, la que, como sabes, está
en mi camino. Estaba más tranquila que nunca y eran pocas las lámparas;
en resumen, lucía tan oscura y tenebrosa como un bosque en invierno.
Había recorrido casi la mitad de la calle cuando oí el sonido de una puerta
cerrándose suavemente y, como es natural, miré para ver quién andaba
allí como yo, a tales horas. Por casualidad hay una lámpara cerca de la
casa en cuestión y vi a un hombre en el portal. Recién había cerrado la
puerta y su cara estaba hacia mí, inmediatamente reconocí a Crashaw.
Nunca lo conocí tanto como para hablarle, sin embargo, lo había visto
frecuentemente, por lo que estoy seguro que no confundí a mi hombre. Le
miré a la cara por un momento, y entonces —debo decir la verdad—
emprendí una buena carrera y seguí corriendo hasta que estaba en mi
propia puerta.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Porque verle la cara a ese hombre me congeló la sangre.
Nunca habría imaginado que una combinación de pasiones como aquella
podría haber fulgurado en los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al
mirar. Sabía que había atisbado en los ojos de un alma perdida, Austin. El
exterior de ese hombre permanecía, pero todo el infierno estaba detro de
él. Una lasciva furiosa y un odio que era como el fuego, más la pérdida de
toda esperanza y la completa oscuridad de la desesperación parecían dar
alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada. Estoy seguro que no
me vio; no veía nada de lo que tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que
prensenciaba espero que jamás lo veamos. No sé cuándo murió; supongo
que dentro de una hora, o quizá dos, pero cuando pasé por Ashley Street
y oí la puerta cerrándose, el hombre ya no pertenecía a este mundo. Lo
que ví fue la cara de un demonio.
Hubo un intervalo de silencio en la habitación cuando Villiers terminó
de hablar. La luz estaba menguando y todo el tumulto de una hora atrás
se había acallado por completo. Austin había inclinado su cabeza al final
del relato, y las manos cubrian sus ojos.
—¿Qué puede significar todo esto? —dijo finalmente.
—Quién sabe, Austin, quién sabe. Este es un asunto oscuro, pero
creo que será mejor que quede entre nosotros por ahora, sea como sea.
Veré si puedo saber algo acerca de esa casa a través de algunos canales
privados de información, y si me encuentro con algo, te lo haré saber.
_
VII.
Encuentros en el Soho

Tres semanas más tarde Austin recibió una nota de Villiers,
pidiéndole que lo visitara aquella noche o la siguiente. Eligió la fecha más
cercana. Encontró a Villiers sentado, como era usual, junto a la ventana,
aparentemente perdido en meditaciones en el adormecedor tráfico de las
calles. A su lado había una mesa de bambú, un objeto fantásico,
enriquecido con oropel y exóticas escenas pintadas, y sobre ella había una
pila de papeles arreglados y rotulados tan pulcramente como cualquier
cosa en la oficina del señor Clarke.
—Bueno, Villiers, ¿has hecho algunos descubrimientos durante las
últimas tres semanas?
—Eso creo: aquí tengo uno o dos apuntes que me impactaron por su
singularidad, y hay un informe sobre el cual quisiera llamar tu atención.
—¿Y estos documentos se relacionan con la señora Beaumont? ¿Era
realmente Crashw a quien viste esa noche en la puerta de la casa de
Ashley Street?
—En relación a ese asunto mi creencia se mantiene inalterada, sin
embargo, ninguna de mis indagaciones ni sus resultados tiene alguna
especial relación con Crashaw. Pese a eso, mis inventigaciones han tenido
un extraño resultado. ¡He descubierto quién es la señora Beaumont!
—¿A qué te refieres con quién es ella?
—Me refiero a que tú y yo la conocemos mejor bajo otro nombre.
—¿Cuál es ese nombre?
—Herbert.
—¡Herbert! —Austin repitió esta palabra aturdido por la sorpresa.
—Sí, la señora Herbert de Paul Street, o Helen Vaughan, cuyas
anteriores aventuras desconocía. Tuviste razón al reconocer la expresión
de su rostro; al llegar a casa observa el rostro del libro de horrores de
Meyrick, y conoceras la fuente de tus recuerdos.
—¿Tienes pruebas de esto?
—Sí, la mejor de las pruebas. He visto a la señora Beaumont, ¿o debo
decir la señora Herbert?
—¿Dónde la viste?
—En un lugar donde difícilmente esperarías ver a una dama que vive
en Ashley Street, Picadilly. La vi entrando a una casa en una de las calles
más despreciables y de peor reputación del Soho. De hecho, yo había
concertado una cita, aunque no con ella, y ella estaba precisamente allí,
en el mismo lugar y al mismo tiempo.
—Todo esto parece muy sorprendente, pero no puedo llamarlo
increíble. Debes recordar Villliers, que yo he visto a esta mujer en la
corriente aventura de la sociedad londinense, conversando y riéndose,
sorbiendo su café en un salón común y corriente, con gente común y
corriente. Pero tú sabes lo que dices.
—Lo sé; no me he permitido ser guiado por conjeturas ni fantasías.
No era con la intención de descubrir a Helen Vaughan que buscaba a la
señora Beaumont en las oscuras aguas de la vida londinense, sin
embargo, ese ha sido el resultado.
—Debes haber estado en lugares extraños, Villiers.
—Sí, he estado en lugares bastante extraños. Como sabes, hubiera
sido inútil dirigirme a Ashley Street y haberle pedido a la señora
Beaumont que me hiciera un corto esbozo de su historia pasada. No;
asumiendo que, como tuve que asumir, sus antecedentes no eran de los
más limpios, era bastante seguro que en algún período pasado debió
haberse movido en círculos no tan refinado como los actuales. Si ves lodo
en la superficie del arroyo, puede estar seguro que alguna vez estuvo en
el fondo. Y yo fui hacia el fondo. Siempre me he sido aficionado a
sumergime en la Calle Extraña por placer, y me di cuenta que mi
conocimiento de la localidad y sus habitantes me era muy útil. Tal vez sea
innecesario mencionar que mis amigos jamás habían escuchado el apellido
Beaumont, y como yo jamás había visto a la dama y no podía dar su
descripción, tuve que ponerme a trabajar de una manera indirecta. La
gente del lugar me conoce; eventualmente he podido prestarles algún
servicio, asi que no pusieron ninguna dificultad en darme su información;
estaban concientes que yo no tenía ninguna comunicación directa o
indirecta con Scotland Yard. Sin embargo, tuve que eliminar una buena
cantidad de líneas antes de obtener lo que quería, y cuando pesqué el pez
no pensé ni por un momento que ese era mi pez. Sin embargo escuché lo
que me decían desde un constitucional aprecio por la información inútil, y
me encontré en posesión de una historia muy curiosa, aunque como
imaginé, no la historia que buscaba. Resultó ser lo siguiente..
Arpoximadamente cinco o seis años atrás, una mujer de apellido Raymond
apareció repentinamente en el barrio al que me refiero. Me la describieron
como una mujer bastante joven, probablemente de no más de diecisiete o
dieciocho, muy atractiva, y luciendo como sui vienera del campo. Me
equivocaría si dijera que ella encontró su nivel entrando a este barrio en
particular, o asociándose con esta gente, pues por lo que me contaron,
pensaría que la peor pocilga de Londres es demasiado buena para ella. La
persona de la cual obtuve la información, no un gran puritano como
puedes suponer, se estremeció y se puso pálido al contarme acerca de las
infamias sin nombre de las que se le acusaba. Después de vivir allí por un
año, o quzá un poco más, desapareció tan repentinamente como había
llegado, y no supieron nada de ella hasta la época del caso de Paul Street.
Al principio venía a su guarida ocasionalmente, luego con más frecuencia
y finalemente, se estabeció allí como antes, y premaneció por seis u ocho
meses. No tiene sentido que entre en detalles acerca de la vida que la
mujer llevaba; si quieres detalles puedes mirar en el legado de Meyrick.
Aquellos diseños salieron de su imaginacón. Ella desapareció nuevamente,
y nadie del lugar la vio hasta hace unos pocos meses atrás. Mi informante
me contó que había tomado algunas habitaciones en una casa que me
indicó, y que tenía el hábito de visitarlas una o dos veces a la semana,
siempre a las diez de la mañana. Esperaba que realizara una de esas
visitas cierto día de la semana pasada, y de acuerdo a ello logré estar
vigilando, acompañado de mi cicerone un cuarto para las diez, y la hora y
la dama llegaron con igual puntualidad. Mi amigo y yo nos encontrabamos
bajo un pasaje abovedado, algo retirado de la calle, sin embargo, ella nos
vio y me dirigió una mirada que me tomará tiempo olvidar. Aquella mirada
fue suficiente para mí; sabía que la señora Raymond era la señora
Herbert; mientras que la señora Beaumont se había ido completamente de
mi cabeza. Entró a la casa, y vigilé hasta las cuatro de la tarde, cuando
salió, y luego la seguí. Fue una larga cacería, y tuve que mantener gran
cuidado de mantenerme a lo lejos, en un segundo plano, pero sin perder
de vista a la mujer. Me llevó por el Strand, luego hacia Westminster, para
continuar por St Jame's Street, y a lo largo de Picadilly. Me sentí de lo
más extraño cuando la vi doblar por Ashley Street; la idea de que la
señora Herbert era la señora Beaumont vino a mi mente, pero parecía
demasiado imposible para ser verdad. Esperé en la esquina, sin perderla
de vista en ningún momento, poniendo especial cuidado en identificar la
casa en la que se había detenido. Era la casa de las cortinas alegres, la
casa de las flores, la casa de la cual Crashaw salió la noche en que se
colgó en su jardín. Casi me estaba yendo con mi descubrimiento, cuando
vi que un carruaje vacío viró y se detuvo frente a la casa, llegué a la
conclusión que la señora Herbert tomaría un paseo, y tenía razón. Allí, de
casualidad, me enconré con un hombre que conocía, y estuvimos
conversando a poca distancia del camino por donde pasaría el carruje, que
se encontraba a mis espaldas. No habíamos estado allí ni diez minutos
cuando mi amigo se quitó el sombrero, di un vistazo a mi alrededor y allí
vi a la dama a la que había estado siguiendo todo el día. "¿Quién es ella?"
—le pregunté. Y su respuesta fue: "La señora Beaumont; vive en Ashley
Street". Después de eso no cabía ninguna duda. No sé si ella me vio, pero
creo que no lo hizo. Inmediatamente regresé a casa y, considerándolo,
pensé que tenía un caso suficientemente bueno como para presentarme
donde Clarke.
—¿Por qué donde Clarke?
—Porque estoy seguro de que Clarke conoce hechos acerca de esta
mujer, hechos de los que yo no sé nada.
—Bueno, ¿qué pasó entonces?
El señor Villiers se reclinó en su butaca y miró a Asutin
reflexivamente un momento antes de contestar su pregunta:
—Mi idea era que Clake y yo deberíamos visitar a la señora
Beaumont.
—¿Jamás irías a una casa como esa? No, no, Villiers, no puedes
hacerlo. Además, considera qué resultado...
—Pronto te lo diré. Pero iba decirte que mi información no terminaba
aquí; sino que fue completada de una forma extraordinaria.
Mira este lindo paquetito manuscrito; está compaginado, como ves, y
tuve que perdonar la atenta coquetería de una banda de cinta roja.
¿Cierto que tiene un aire casi legal? Desliza tus ojos por él, Austin. Es la
relación de las diversiones que la señora Beaumont prodigaba a sus
invitados favoritos. El hombre que escribió esto escapó con vida, pero
pienso que no vivirá muchos años. Los doctores le han dicho que debe
haber sufrido algún severo impacto nervioso.
Austín cogió el manuscrito pero nunca lo leyó. Al abrir sus elegantes
páginas al azar, su mirada fue atrapada por una palabra y una frase que
le seguían; y, angustiado, con los labios pálidos y un sudor frío corriendo
como agua por sus sienes, arrojó los papeles al suelo.
—Llévatelo, Villiers, nunca menciones esto nuevamente. ¿Estás hecho
de piedra, hombre? Porque ni el temor ni el horror de la misma muerte, ni
los pensamientos del hombre que se encuentra en el aire punzate de la
mañana sobre la oscura plataforma, condenado, escuchando el tañido de
las campanas, esperando que el severo rayo retumbe, no son nada
comparados con esto. No lo leeré; y jamás podre conciliar el sueño.
—Muy bien, puedo imaginarlme lo que viste. Sí, es lo suficientemente
horrible; pero después de todo es una vieja historia, un antiguo misterio
representado en nuestros días, en las oscuras calles de Londres en vez de
entre los viñedos y los jardines de olivos. Ambos sabemos lo que le ocurre
a aquellos que llegan a conocer al Gran Dios Pan, y aquellos que son
prudentes saben que todos los símbolos son símbolo de algo, no de nada.
De hecho, fue bajo un símbolo exquisito que los hombres velaron, hace
mucho tiempo, su conocimiento de las fuerzas más terribles y más
secretas, fuerzas que se encuentran en el corazón de todas las cosas;
fuerzas ante las cuales el alma de los hombres se marchita y muere, y se
enegrece, como sus cuerpos al electrocutarse. Tales fuerzas no pueden
ser nombradas, no se puede hablar de ellas, no pueden ser imaginadas
excepto bajo un velo y un símbolo, un símbolo que a la mayoría nos
parece una imagen exótica y poética , mientras para otros es un
disparate. De todos modos, tú y yo hemos conocido algo del terror que
debe habitar en el secreto lugar de la vida, manifestado en carne humana;
aquello que no tiene forma tomando para sí una forma. Oh, Austin, ¿cómo
eso puede puede existir? ¿Cómo es que la misma luz del sol no se
oscurece frente a esta cosa ni la sólida tierra se derrite y hierve bajo tal
carga?
Villiers se movía de un lado a otro por la habitación, y las gotas de
sudor resaltaban en su frente. Austin se mantuvo en silencio por un rato,
sin embargo, Villiers lo vio realizando un signo sobre su pecho.
—Nuevamente te digo, Villiers, ¿no serás capaz de entrar en una casa
como esa? Jamás saldrías de ella con vida.
—Sí, Austin. Saldré con vida... y Clarke conmigo.
—¿A qué te refieres? No puedes, no te atreverías...
—Espera un momento. Esta mañana el aire estaba muy fresco y
agradable; soplaba una brisa, incluso por esta calle deprimente, pensé
entonces en dar un paseo. Picadilly se extendía clara frente a mí, el sol
destellaba sobre los carruajes y sobre las hojas temblorosas del parque.
Era una mañana alegre, los hombres y las mujeres miraban hacia el cielo
y sonreían mientras se dirigían a su trabajo o a sus placeres, y el viento
soplata tan despreocupadamente como lo hace sobre las praderas y el
aromático tojo. Pero de una u otra manera me alejé del bullicio y del
alborozo, me descubrí caminando lentamente a lo largo de una tranquila y
oscura calle, donde parecía no existir la luz del sol ni el aire, y donde los
pocos peatones vagabundeaban al caminar, y merodeaban indecisos por
las esquinas y las arcadas. Seguí caminando, sin saber realmente hacia
dónde me dirigía o qué estaba haciendo allí, mas me sentía empujado,
como a veces uno se siente, a explorar aún más allá, con la vaga idea de
alcanzar alguna meta desconocida. De esta forma avancé por la calle,
notando el movimiento en la lechería, y sorprendido por la incongruente
mezcla de pipas de un penique, tabaco negro, dulces, y canciones
cómicas, que aquí y allá se empujaban unas a otras en el reducido espacio
de una sola ventana. Creo que un escalofrío que me recorrió
repentinmente fue lo que en un principio me indicó que había encontrado
lo que quería. Miré desde la acera y me detuve frente a un polvoriento
negocio sobre el cual la inscripción se había borrado, donde los ladrillos de
doscientos años se habían tiznado, donde las ventanas habían acumulado
el polvo de los innumerables inviernos. Vi lo que necesitaba; sin embargo,
creo que pasaron cinco minutos antes de que me calmara y pudiera entrar
y pedir con una voz tranquila y un rostro impasible. Creo que aún así hubo
un ligero temblor en mis palabras, pues el viejo que salió de la recepción,
tambaleándose lentamente entre su mercancía, me observó de un manera
extraña al envolverme el paquete. Le pagué lo que pedía, y me mantuve
inclinado sobre el mostrador con un extraño rechazo a tomar mi
mercadería e irme. Le pregunté por el negocio y me entré que las ventas
no estaban buenas y que los beneficios habían bajado deprimentemente;
que la calle no era la misma que antes de que el tráfico fuera desviado,
pero eso había sido hace cuarenta años, "justo antes que mi padre
muriera" —dijo. Finalmente me alejé y caminé solemnemente; era
realmente una calle lúgubre y estuve feliz de volver a bullicio y al
ruido.¿Quisieras ver mi adquisición?
Austín no dijo nada, pero asintió suavemente con su cabeza; aún se
veía pálido y enfermo. Villiers abrió uno de los cajones de la mesa de
bambú y le enxeño a Austin un largo rollo e cuerda, nueva y resistente; y
en un extremo había un nudo corredizo.
—Es la mejor cuerda de cáñamo —dijo Villiers—, tal como las que se
hacían antes, según me dijo el hombre. Ni una sola pulgada de yuta de
punta a cabo.
Austin apretó los dientes y miró a Villiers, palideciéndo cada vez más.
—No deberías hacerlo —murmuró finalmente—. ¡Por Dios! No te
ensuciarías las manos con sangre —exclamó con una repentina
vehemencia—, ¿no hablas en serio, Villiers, eso te convertiría en un
verdugo?
—No. Ofreceré la opción, dejaré a Helen Vaughan sola con esta sog
por quince minutos en una habitación cerrada. Si cuando entre la cosa no
está hecha, llamaré al policía más cercano. Eso es todo.
—Debo irme. No puedo quedarme ni un minuto más, no puedo
soportar esto. Buenas noches.
—Buenas noches, Austin.
La puerta se cerró, pero se abrió nuevamente en un momento. Austin
estaba en la entrada, pálido y cadavérico.
—Se me estaba olvidando —dijo—, que yo también tengo algo que
contarte. Recibí una carta del doctor Hardon desde Buenos Aires. Me dice
que él atendió a Meytick durante los tres meses anteriores a su muerte.
—¿Y menciona qué se lo llevó a la tumba en la flor de su vida? ¿No
fue la fiebre?
—No, no fue la fiebre. De acuerdo al doctor, fue un colapso total del
sistema, probablemente causado por algún shock severo. Pero asegura
que el paciente no le mencionó nada, por lo que se encontraba en cierta
desventaja para tratar el caso.
—¿Hay algo más?
—Sí, el doctor Harding concluye su carta diciendo: "Creo que esta es
toda la información que puedo darle acerca de su pobre amigo. No estuvo
mucho tiempo en Buenos Aires, y casi no conocía a nadie, a excepción de
una persona que no ostentaba el mejor de los carácteres, y que desde
entonces se ha marchado... una tal señora Vaughan.
_
VIII.
Los Fragmentos
[Hoja de un manuscrito, cubierta con anotaciones hechas a lápiz,
encontrada entre los papeles del conocido médico, doctor Robert
Matheson, de Ashley Street, Picadilly, quien murió repentinamente de un
ataque de apoplejía, a comienzos de 1892. Las notas se enontraban en
latín, muy abreviadas y, evidentemente escritas con gran prisa. El
manuscrito fue descifrado con gran dificultad y algunas palabras han
evadido, hasta ahora, todos los esfuerzos de los expertos contratados. La
fecha, XXV de julio de 1888, está escrita en el costado superior derecho
del manuscrito. Lo siguiente es la traducción del manuscrito del doctor
Matheson]
No sé si acaso la ciencia se vería beneficiada por la publicación de
estas notas, en caso de que pudieran ser publicadas, mas lo dudo. Pero
ciertamente, nunca tomaría la responsabilidad de publicar o divulgar
ninguna palabra de lo que aquí escribo, no sólo en consideración del
juramento que presté libremente a aquellas dos personas que estuvieron
presentes, sino además porque los detalles son demasiado abominables.
Probablemente, luego de una consideración madura y luego de sopesar el
bien y el mal, destruiré este texto, o por lo menos se lo entregaré sellado
a mi amigo D, confiando en su discresión, para usarlo o quemarlo, como
él estime apropiado.
Como era apropiado, hice todo lo que mis conocimientos me sugería
para estar seguro de que no me encontraba delirando. Pasmado en el
comienzo difícilmente podía pensar, pero en poco tiempo estuve seguro
que mi pulso era estable y regular, y que yo me encontraba en mis
cabales. Después de eso fijé tranquilamente mis ojos en lo que estaba
frente a mí.
A pesar que dentro de mí surgieron el horror y la náusea, y un hedor
de podredumbre sofocó mi respiración, me mantuve firme. Fui entonces
privilegiado o maldito, no me atrevo a decir cuál de las dos, de ver aquello
que se encontraba sobre la cama, yaciendo negro como la tinta,
transformándose frente a mis ojos. La piel, la carne, los músculos, los
huesos y la firme estructura del cuerpo humano que yo había creído
invariable y permanente como el diamante, comenzó a derretirse y
disolverse.
Sé que el cuerpo puede ser dividido en sus elementos por agentes
externos, pero me hubiera negado a creer lo que vi. Porque allí había
alguna fuerza interna, de la cual nada sé, que causaba la disolucuión y el
cambio.
Aquí también se econtraba todo el trabajoa través del cual fue creado
el hombre, recreado frente a mis ojos Vi aquella forma oscilando de sexo
a sexo, dividiéndose a sí mismo de sí mismo, y luego nuevamente
reunido. Luego vi el cuerpo descender hacia las bestias desde donde
ascendió, y aquello que estaba en las alturas bajar a las profundidades,
incluso hasta el abismo de todo ser. El principio de la vida, que crea al
organismo, se mantuvo siempre mientras la forma exterior cambiaba.
La luz del cuarto se había transformado en oscuridad, no la oscuridad
de la noche donde los objetos se perciben difusamente, pues yo podía ver
claramente y sin dificultad. Sin embargo, era la negación de la luz; los
objetos se presentaban a mi visión, si puedo decirlo de esta manera, sin
ninguna mediación, de tal manera que si hubiera habido un prisma en la
habitación no hubiera visto ningún color representado sobre él.
Miré y al final no vi nada más que una sustancia gelatinosa. Luego
ascendió nuevamente el escalafón... [aqui el manuscrito se hace ilegible]
... por un momento vi un Forma, perfilada frente a mí en la oscuridad , la
cual no describiré en detalle. Sin embargo, el símbolo de esta forma
puede ser vista en antiguas esculturas y en las pinturas que sobrevivieron
a la lava, demasiado obsenas para ser nombradas... como una horrible e
indescriptible figura, ni hombre ni bestia, fue cambiando hasta tomar
forma humana, cuando finalmente llegó la muerte.
Yo, que presencié todas estas cosas, no sin el gran horror y aversión
de mi alma, escribo aquí mi nombre, declarando que todo lo que puse en
este papel es verdad.
ROBERT METHESON, Med. Dr.
_
***
...Raymond, este es el relato de lo que se y he visto. La carga era
demasiado pesada para llevarla yo solo y, sin embargo, no podía
contárselo a nadie más que a tí. Villiers, quien se encontraba conmigo en
el final no sabe nada de aquel terrible secreto del bosque, de cómo
aquello que ambos vimos perecer sobre la verde y suve hierba, entre las
flores del varano, mitad en la luz mitad en penumbra, sosteniendo la
mano de la joven Rachel, llamó y convocó a aquellos compañeros que
adoptaron la forma de sólidas figuras sobre la tierra que pisamos, convocó
al terror que nosotros sólo podemos insinuar, aquel que sólo podemos
nombrar bajo una figura. No le contaré a Villiers de esto, ni tampoco
acerca de aquel parecido que me impactó como un golpe en el corazón al
ver el retrato, que colmó en el final la copa del terror. No me atrevo a
adivina qué puede siginificar esto. Estoy seguro de que lo que vi perecer
no era Mary, sin embargo, en la última agonía fueron los ojos de Mary los
que me miraron. No sé si existe alguien que pueda mostrarme el último
eslabón de la cadena de este horrible misterio, pero si hay alguien que
puede hacerlo, ese eres tú, Raymond. Y si conoces el secreto, depende de
tí si lo revelas o no, como prefieras.
Te escribo esta carta inmediatamente al regresar a la ciudad. He
estado en el campo durante los últimos día; posiblemente seas capaz de
adivinar dónde. Mientras en Londres el terror y asombro estaban en su
punto máximo —pues la señora Beaumont, como te había contado, era
conocida en sociedad—, le escribí a mi amigo el doctor Phillips, dándole un
breve resumen, más bien una insinuación, de lo que había sucedido, y
pidiéndole que me revelara el nombre de la aldea donde sucedieron los
eventos que me había relatado. Me dio el nombre, pues como dijo sin el
menor titubeo, los padres de Rachel habían fallecido, y el resto de la
familia se habían marchado donde un pariente en el estado de
Washington, seis meses atrás. Me dijo que los padres habían muerto,
indudablemente, debido al dolor y el espanto causados por la terrible
muerte de la hija, y por aquello que había acontecido antes de esa
muerte. La misma tarde del día que recibí la carta de Phillips, ya me
encontraba en Caermaen Y bajo las desmoronadas murallas romanas,
blancas por los inviernos de diecisiete siglos, miré hacia la pradera donde
alguna vez se irguió el templo al "Dios de los Abismos", y ví una casa
brillando en la luz del sol. Era la casa donde Helen había vivido. Me quedé
en Caermaen por varios días. La gente del lugar, descubrí, poco sabían y
aún menos habían adivinado. Aquellos con los que hablé sobre la materia
parecían asombrarse de que un anticuario (asi fue como me presenté) se
preocupara por la tragedia del pueblo, sobre la cual me dieron una versión
muy trivial y, como puedes imaginarte, no les revelé nada de lo que yo
sabía. Pasé la mayoría del tiempo en el gran bosque que se eleva justo
sobre la aldea, escalando la ladera, y se descuelga hacia el río en el valle;
otro hermoso y extenso valle, Raymond, como aquel que observamos una
noche, yendo de un lado a otro frente a tu casa. Por varias horas me
extraviaba en el laberíntico bosque, ahora virando hacia la derecha y
ahora hacia la izquiera, caminando lentamente a lo largo de pasadizos de
maleza, sombríos y helados, incluso bajo el sol del mediodía y
deteniéndome bajo los inmensos robles. Yaciendo en la hierba rala de
algún claro donde el suave y dulce aroma de las rosas silvestres me era
traído por el viento, mezclado con el fuerte perfume del saúco, cuyos
aromas mezclados se parecen al hedor que hay en la habitación de un
muerto, un vaho de incienso y podredumbre. Estuve en los confines del
bosque, observando toda la pompa y desfile de las dedaleras, elevándose
entre los helechos y brillando rojizas en el pronunciado atardecer, y más
allá de ellas, hacía la espesura de la maleza abigarrada, donde los
manantiales bullen desde la roca, regando los juncos, húmedos y nocivos.
Sin embargo, durante todos mis vagabundeos, evité una parte del
bosque; no fue sino hasta ayer que ascendí hasta la cima de la colina, y
me paré sobre la antigua calzada romana que se abre paso a través de la
cresta más alta del bosque. Por aquí habían caminado ellas, Helen y
Rachel, a lo largo de esta tranquila calzada, sobre el pavimento de hierba
verde, encerrada a ambos lados por bancos de tierra roja y protegida por
los elevados setos de hayas. Y por aquí seguí sus pasos, una y otra vez
mirando a través de los espacios entre las ramas, viendo a un lado el
alcane del bosque, extendiéndose lejos hacia la derecha y hacia la
izquierda, y sumergiéndose en el valle. Y, más allá, el oceáno amarillo, y
la tierra allende del mar. Al otro lado se encontraba el valle y el río, y
colina tras colina como onda tras onda, y el bosque, y la pradera, y los
maizales, las brillantes casa blancas, la gran pared montañosa, y los
lejanos picos azules en el norte. Hasta que finalmente llegué al lugar. La
huella ascendía por una suave pendiene y se ensanchaba hacia el espacio
abierto, rodeada por una espesa muralla de maleza, y se estrechaba
nuevamente, para perderse en la distancia y en la tenue y azulosa niebla
de verano.Y en este agradable claro estival Rachel le entregó y le dejó
algo a una joven, quién sabe qué. No me quedé allí por mucho tiempo.
En un pequeño pueblo cercano a Caermaen hay un museo, que
contiene la mayor parte de los vestigios romanos que se han encontrado
durante todas las épocas en los alrededores. El día siguiente a mi llegada
a Caermaen me dirigí al pueblo en cuestión, y aproveché la oportunidad
de inspecconar el museo. Luego de haber visto la mayor parte de las
esculturas en piedra, los baules, anillos, monedas y fragmentos de
pavimento teselado que contiene el lugar, fui llevado ante un pequeño
pilar rectangular de piedra blanca, el cual había sido recientemente
decubierto en el bosque sobre el cual he estado hablando y, como me
enteré indagando, en aquel espacio abierto donde la calzada romana se
ensancha. A un lado del pilar había una inscripción, de la cual tomé nota.
Alguna de las letran han sido borradas, sin embargo pienso que no cabe
duda sobre las otras que puedo proveer. La inscripción es la siguiente:
DEVOMNODENTi FLAvIVSSENILISPOSSvit PROPTERNVPtias
quaSVIDITSVBVMra
"Al gran dios Nodens (el Gran Dios de las Profundidades o de los
Abismos), Flavius Senilis ha erguido este pilar en consideración del
matrimonio que presenció bajo esta sombra"
El guardia del museo me informó que los anticuarios locales se
encontraban muy intrigados, no por la isncripción, o por alguna dificultad
en traducirla, sino por la circunstancia o rito al que se alude.
_
***
... Y ahora, mi querido Clarke, acerca de lo que me cuentas sobre
Helen Vaughan, a quien me dices que viste morir bajo ciscunstancias de lo
más y del más increíble horror. Me sentí interesado por tu relato, sin
embargo, de lo que me contaste yo ya sabía, si no todo, una buena parte.
Comprendo el extraño parecido que notaste entre el retrato y el rostro
mismo; tú viste a la madre de Helen. Recuerdas aquella tranquila noche
de verano, hace muchos años atras, cuando te hablé del mundo más allá
de las sombras y del dios Pan. Recuerdas a Mary. Ella era la madre de
Helen Vaughan, quien nació nueve meses depués de aquella noche.
Mary jamás recobró la razón. Todo el tiempo yació en cama, como tú
la viste, y pocos días después del parto murió. Tengo la idea de que justo
al final me reconoció; me encontraba junto a su cama cuando la antigua
mirada asomó en sus ojos por un segundo, y luego se estremeció y gimió,
y estaba muerta. Hice un funesto trabajo aquella noche en que estuviste
presente; forcé la entrada a la casa de la vida, sin saber o sin importarme
lo que sucedería al entrar allí. Te recuerdo en ese momento diciéndome,
solemne y correctamente también, que, en cierto sentido, había arruinado
la razón de un ser humano a causa de un ridículo experimento basado en
una teoría absurda. Hiciste bien en culparme, sin embargo, mi teoría no
era del todo absurda. Lo que dije que Mary vería, lo vio, pero olvidé que
ningún ojo humano puede presenciar tal visión sin impunidad. Y, como
recién mencioné, olvidé que cuando la casa de la vida es echada abajo de
esa manera, puede entrar aquello para lo cual no poseemos un nombre, y
la carne puede convertirse en un velo de horror que uno no se atrevería a
expresar. Jugué con energías que no comprendía, tu viste el resultado de
ello. Helen Vaughan hizo bien al atarse la cuerda al rededor de su cuello y
morir, a pesar de que la muerte fue horrible. La cara amoratada, la
obsena forma sobre la cama, cambiando y disolviéndose frente a tus ojos,
de mujer a hombre, de hombre a bestia, de bestia a algo peor que las
bestias, todos estos extraños horrores que presenciaste, no me
sorprenden en lo absoluto. Aquello frente a lo que el doctor que mandaron
a buscar vio y frente a lo que se estremeció, yo ya lo había conocido hace
tiempo; supe lo que había hecho desde que la niña nació, y cuando
escasamente tenía cino años la sorprendí, no una vez ni dos, sino muchas
veces, con un compañero de juegos.....tú puedes adivinar de qué tipo.
Para mí era una constante, un horror encarnado, y luego de unos pocos
años sentí que no podía soportarlo más, por lo que mandé a Helen lejos.
Ahora sabes qué asustó al niño en el bosque. El resto de esta espantosa
historia, y todo lo demás que me has contado que tu amigó descubrió, me
las he ingeniado para conocerlo, de tiempo en tiempo, hasta casi el último
capítulo. Y Helen ahora está con sus compañeros...

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