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viernes 17 de octubre de 2008

1ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHEN KING

1ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHEN KING
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STEPHEN
KING
El pasillo de la muerte
1º parte
( Las gemelas asesinadas )
Titulo original : The Green Mile I. The Two Death Girls

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PREFACIO
UNA CARTA
27 de octubre de 1995

Estimados y fieles lectores:
La vida está llena de caprichos. La historia que aquí comienza se edita en forma de
pequeño libro debido al comentario circunstancial de un corredor de fincas a quien nunca
conocí. Todo comenzó en Long Island, hace un año. Ralph Vicinanza, un viejo amigo y
colaborador (dedicado concretamente a vender derechos de novelas y cuentos en el extranjero)
acababa de alquilar una casa allí. El corredor de fincas señaló que la casa parecía «escapada de
una novela de Charles Dickens».
Cuando Ralph recibió a su primer invitado, el editor británico Malcom Edwards, aún tenía
muy presente aquel comentario. Se lo repitió a Edwards y ambos se enfrascaron en una
conversación sobre Dickens. Edwards mencionó que Dickens había publicado muchas de sus
novelas por entregas, ya fuera incluidas en revistas o independientemente, como literatura de
cordel (aunque desconozco el origen de esta palabra, que hace referencia a libros más breves
de lo normal, siempre me ha inspirado especial simpatía). Edwards añadió que algunas de
aquellas novelas fueron escritas y revisadas al filo de la publicación. Al parecer, Charles
Dickens era un novelista que no temía los plazos de entrega.
Las novelas en episodios de Dickens eran enormemente populares; tal es así que una de
ellas produjo una tragedia en Baltimore. Una multitud de aficionados se reunió en el muelle,
esperando la llegada del barco inglés que debía traer a bordo la última entrega de Grandes
esperanzas. Varios lectores cayeron al agua y murieron ahogados.
No creo que Malcom o Ralph quisieran que nadie se ahogase, pero sentían curiosidad por
saber qué sucedería si se lanzaba una novela por entregas en la actualidad. En ese momento,
ninguno de los dos sabía que la experiencia ya se había realizado al menos en dos ocasiones
(nada nuevo bajo el sol). Tom Wolfe publicó el primer borrador de La hoguera de las
vanidades en la revista Rolling Stone y Michael McDowell (The Amulet, Gilded Needles, The
Elementals y el guión cinematográfico Beetlegeuse) publicó una novela titulada Black Water
en episodios, en una edición rústica. Aunque esa novela -una historia terrorífica sobre una
familia sureña cuyos miembros sufrían la inquietante maldición hereditaria de convenirse en
caimanes- no fue la mejor de McDowell, obtuvo un éxito rotundo en la edición de Avon
Books.
Los dos amigos continuaron especulando sobre qué ocurriría si en la actualidad un escritor
popular de ficción publicara una novela por entregas en forma de pequeños ejemplares de
bolsillo que podrían venderse por una libra o dos en Gran Bretaña o por tres dólares en
Estados Unidos (donde el precio de la mayor parte de estos libros es de $6,99 o $7,99).
Malcom dijo que alguien como Stephen King podía interesarse en el experimento y a partir de
ese momento la conversación tomó otros derroteros.
Ralph olvidó temporalmente la idea, pero la recordó en el otoño de 1995, tras regresar de
la Feria del Libro de Francfort, una especie de exposición internacional donde los agentes
extranjeros como él deben enfrentarse cada día a una decisión importante. Entonces me
presentó la idea de los libros por entregas junto con otras propuestas que rechacé de
inmediato.
Sin embargo, a diferencia de la idea de una entrevista en la edición japonesa de Playboy o
un viaje con los gastos pagados a las repúblicas bálticas, la propuesta de escribir una novela
por entregas despertó mi interés. No creo ser un Dickens moderno -si tal persona existe,
podría ser John Irving, o tal vez Salman Rushdie-, pero siempre me han fascinado las novelas
por entregas. Las leí por primera vez en The Saturday Evening Post y me gustaron porque el
final de cada episodio concedía al lector casi el mismo nivel de participación que al escritor:
uno tenía una semana entera para intentar imaginar los acontecimientos que seguirían. Además,
me parecía que el lector leía y vivía estas his- tonas con mayor intensidad, puesto que
estaban «racionadas». Era imposible tragárselas enteras, por más que uno lo desease (y cuando
el relato era bueno, sin duda lo deseaba).
Lo mejor de todo era que en casa solíamos leerlas en voz alta por turnos: mi hermano
David una noche, yo la siguiente, mi madre la tercera y luego otra vez mi hermano. Era una
oportunidad excepcional para disfrutar de una obra escrita como de las películas o las series de
la tele (Cuero Crudo, Bonanza, Ruta 66) que veíamos juntos; constituían un acontecimiento
familiar. Sólo años más tarde descubrí que las familias habían disfrutado de las novelas de
Dickens de forma similar, aunque la incertidumbre sufrida ante la chimenea por el destino de
Pip, Oliver y David Copperfield se prolongaba durante años, en lugar de un par de meses (las
series más largas del Post rara vez superaban los ocho episodios).
Pero la idea tenía otro aliciente, un atractivo que, según creo, sólo puede apreciar un
escritor de cuentos de misterio o relatos de fantasmas: en una novela publicada por entregas, el
escritor gana sobre el lector un ascendiente que de otro modo no puede disfrutar:
sencillamente, fieles lectores, no podréis adelantaros en la lectura para descubrir el giro que
toman los acontecimientos.
Todavía recuerdo el día en que, con doce años, entré en la sala y descubrí a mi madre
sentada en su mecedora favorita, espiando el final de una novela de Agatha Christie mientras
señalaba con el dedo el sitio donde había dejado la lectura, alrededor de la página cincuenta.
Me quedé consternado y se lo dije (recordad que tenía doce años, una edad en que los niños
comienzan a pensar que lo saben todo). Observé que leer el final de una novela de misterio era
igual que comerse la nata de una galleta rellena y arrojar las dos mitades de la galleta a la
basura. Mi madre rió, con su maravillosa y desvergonzada risa, y admitió que quizá tuviera
razón, pero que a veces no podía resistir la tentación. Yo podía entender que alguien cediera a
la tentación; incluso a los doce años, lo hacía con cierta frecuencia. Sin embargo, aquí
tenemos por fin una cura para esa tentación. Hasta que el último episodio aparezca en las
librerías, nadie conocerá el final de El pasillo de la muerte.., quizá ni siquiera yo.
Aunque sin saberlo, Ralph Vicinanza propuso la idea de una novela por entregas en un
momento psicológico perfecto para mí. Había estado dándole vueltas en la cabeza a un relato
titulado El pasillo de la muerte, sobre un tema que quería tocar tarde o temprano: la silla
eléctrica. La Freidora me ha fascinado desde que una película de James Cagney y los primeros
relatos al respecto (que leí en un libro titulado Veinte años en Sing Sing, escrito por un guardia
cuyo nombre no recuerdo) encendieron mi imaginación. ¿Qué se sentiría al recorrer los
últimos cuarenta metros hasta la silla eléctrica, sabiendo que uno iba a morir allí? ¿Cómo se
sentiría el hombre que tenía que sujetar con correas al condenado... o accionar el interruptor?
¿Qué exigiría de uno un trabajo semejante? O, lo que era aún más inquietante, ¿qué le
aportaría?
Durante los últimos veinte o treinta años he intentado plasmar estas ideas generales,
siempre de un modo vago, en diferentes contextos. Escribí una novela de éxito ambientada en
una prisión (Rita Hayworth and Shawshank Redemption) y había llegado a la conclusión de
que allí se agotaba el tema, hasta que surgió esta idea. Había muchas cosas que me gustaban al
respecto, pero ninguna tanto como la voz esencialmente honesta del narrador; moderado,
sincero, quizá un poco ingenuo, es, quizá, el narrador que más se corresponde con el auténtico
Stephen King. De modo que me puse a trabajar, aunque a trompicones. ¡La mayor parte del
segundo capítulo la escribí durante una demora causada por la lluvia en Fenway Park!
Cuando Ralph me llamó, tenía un cuaderno lleno de notas sobre El pasillo de la muerte y
advertí que estaba escribiendo una novela en lugar de dedicarme a terminar la revisión de un
libro anterior (Desesperación; pronto lo conoceréis, fieles lectores). Con El pasillo de la
muerte había llegado a un punto en que se me presentaban dos opciones: abandonarlo (quizá
para siempre) o dejar de lado todo lo demás y continuar.
Ralph sugirió una tercera alternativa; escribir el relato del mismo modo que sería leído, por
entregas. El riesgo de la aventura también me entusiasmó: si abandonaba el trabajo o era
incapaz de continuar, un millón de lectores pedirían mi cabeza. Nadie, excepto Julianne
Eugley, mi secretaria, sabe esto mejor que yo. Todas las semanas recibimos docenas de cartas
de lectores furiosos exigiendo la publicación del nuevo libro de la colección La torre oscura
(paciencia, seguidores de Roland; prometo que vuestra espera terminará aproximadamente en
un año). Una de esas cartas contenía una fotografía tomada con una Polaroid de un oso de
peluche encadenado, con un mensaje formado con letras de periódicos y revistas:
«PUBLIQUE DE INMEDIATO EL PRÓXIMO LIBRO DE LA TORRE OSCURA O EL
OSO MORIRÁ.» He colgado la foto en mi despacho, como recordatorio tanto de mi
responsabilidad como de lo maravilloso que es que la gente se preocupe -al menos un pocopor
las criaturas de mi imaginación.
En cualquier caso, he decidido publicar El pasillo de la muerte en una serie de pequeñas
ediciones en rústica, al estilo del siglo xix, y espero que los lectores me escriban para decirme:
a) que les gusta la historia; b) que les gusta el sistema de publicación, rara vez usado pero
divertido. La idea ha dado un nuevo impulso a la escritura del relato, aunque en este momento
(un lluvioso atardecer de octubre de 1995) queda mucho por hacer, incluso en el borrador, y la
publicación continúa en el terreno de lo incierto. Eso contribuye a la emoción, pese a que en
este momento me siento como si condujese en medio de una espesa neblina pisando a fondo el
acelerador.
Por encima de todo, me gustaría decir que si al leer la historia el lector se divierte la mitad
de lo que yo me he divertido escribíéndola, habrá valido la pena para ambos. Disfrutadla... y
¿por que no leerla en voz alta con un amigo? Al menos así se acortará la espera hasta que
aparezca la próxima entrega en el quiosco o la librería más cercana.
Mientras tanto, cuidaos y sed buenos los unos con los otros.
STEPHEN KING
1
Todo ocurrió en 1932, cuando la penitenciaría del estado aún estaba en Cold Mountain. La
silla eléctrica también estaba allí, por supuesto.
Los internos hacían chistes sobre la silla; la gente siempre hace bromas acerca de las cosas
que le asustan pero no puede controlar. La llamaban la Freidora o la Gran Licuadora.
Bromeaban sobre la cuenta de la luz o la posibilidad de que el alcaide Moores preparase allí la
comida del día de Acción de Gracias, ya que su esposa, Melinda, estaba demasiado enferma
para cocinar.
Pero aquellos que estaban destinados a sentarse en la silla no encontraban ninguna gracia
en la situación. Durante mi estancia en Cold Mountain supervisé setenta y ocho ejecuciones
(es una cifra que nunca olvidaré; ni siquiera en mi lecho de muerte), y creo que la mayoría de
los condenados sólo se percataban de lo que iba a ocurrirles cuando les amarraban los tobillos
a las firmes patas de roble de la Freidora. Entonces tomaban conciencia (uno veía la
comprensión ascender a sus ojos en medio de una fría desolación) de que sus piernas ya nunca
los llevarían a ningún lado. La sangre seguia corriendo por ellas, los músculos conservaban su
fortaleza, pero de todos modos estaban acabadas; nunca darían otro paseo por el campo o
bailarían con una chica en una fiesta popular. Los clientes de la Freidora sentían subir la
muerte desde los tobillos. Cuando terminaban de pronunciar sus delirantes y casi siempre
inconexas últimas palabras, les cubrían la cabeza con un saco negro de seda. Se suponía que la
bolsa era una indulgencia para con ellos, pero yo siempre pensé que estaba destinada a
ahorrarnos sufrimiento a nosotros, a evitarnos la contemplación de la horrorosa oleada de
angustia que aparecía en sus ojos cuando se percataban de que iban a morir con las rodillas
flexionadas.
En Cold Mountain el pasillo de la muerte era en realidad un bloque, el bloque E, separado
de los otros cuatro y cuyo tamaño apenas llegaba a la cuarta parte de los demás. No estaba
construido con madera sino con ladrillos, y su abominable techo desnudo de metal fulguraba
al sol del verano como un ojo delirante. Dentro había seis celdas, tres a cada lado del ancho
pasillo central, cada una de ellas casi el doble de grandes que las de los otros cuatro bloques.
También eran individuales. Se trataba de unas estancias demasiado cómodas para una prisión
(sobre todo en los años treinta), pero sus residentes las habrían cambiado gustosamente por
cualquier celda en los otros bloques. Creedme, las habrían cambiado sin vacilar.
Durante ios años que trabajé allí como carcelero, nunca estuvieron ocupadas las seis
celdas a la vez (debemos dar gracias a Dios por sus pequeños favores). Lo máximo que llegó a
albergar fueron cuatro reclusos, blancos y negros (en Cold Mountain no había segregación
racial entre los muertos andantes), y se trató de una experiencia verdaderamente infernal.
Entre los condenados había una mujer, Beverly McCall, negra como el carbón y hermosa
como un pecado que nadie se atrevería a cometer. Había aguantado las palizas de su marido
durante seis años, pero no estaba dispuesta a tolerar que la engañase un solo día. La noche que
descubrió que él le metía los cuernos, esperó al desafortunado Lester McCall (Cutter para los
amigos y, quizá, para su extremadamente efímero amor) en lo alto de las escaleras de su
apartamento, encima de una barbería. Apenas si le dio tiempo al traidor de quitarse el
impermeable, y desparramó sus tripas sobre sus zapatos bicolor. Había usado una de las
cuchillas de afeitar de Cutter.
Dos noches antes de que le tocara el turno de sentarse en la Freidora, Beverly me llamó a
su celda y me contó que su padre espiritual africano la había visitado en sueños. Le había
dicho que renunciara a su nombre de esclava y muriera con su nombre de mujer libre,
Matuoni. Era su última voluntad que en el certificado de defunción figurara el nombre de
Beverly Matuoni. Supongo que su padre espiritual no le propuso un nombre de pila o que a
ella no se le ocurrió ninguno. Le dije que sí, que de acuerdo. Si algo aprendí durante mis largos
años de carcelero comemierda fue a no rechazar las peticiones de los condenados a menos
que no me quedara otro remedio. En el caso de Beverly Matuoni, la cosa daba igual. El
gobernador llamó al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, conmutando la sentencia por
cadena perpetua en el penal para mujeres Grassy Valley; un penal sin pene, como solíamos
bromear entonces. Debo decir que me alegró ver el rotundo trasero de Bey torcer a la izquierda
en lugar de a la derecha, en dirección a la mesa de guardia.
Unos treinta y cinco años después —debieron de ser al menos treinta y cinco— vi su
nombre en la página de anuncios fúnebres de un periódico, debajo de la fotografía de una
anciana esquelética con una aureola de pelo blanco y gafas con piedras de bisutería a los
lados. Era Beverly. Según decía la esquela, había pasado los últimos diez años de su vida en
libertad, rescatando del olvido la pequeña biblioteca de Raines Falles prácticamente sola.
También había dado clases en la escuela dominical y se había ganado el aprecio de todos los
habitantes de aquel recóndito paraje. BIBLIOTECARIA MUERE DE UN ATAQUE AL CORAZÓN, rezaba
el titular, y debajo, con letra más pequeña: «Cumplió una condena por asesinato durante más
de dos décadas.» Sólo los ojos, grandes y luminosos detrás de las gafas con piedras en ios
extremos, eran los mismos. Incluso a los setenta y tantos años, eran los ojos de una mujer que
no dudaría en sacar una cuchilla de afeitar de la jarra azul de desinfectante y empuñarla como
arma. Uno conoce a los asesinos, aunque acaben como bibliotecarias en aburridos pueblos de
mala muerte. Al menos alguien como yo, que ha pasado tanto tiempo al cuidado de criminales.
Sólo una vez tuve cierta duda, y creo que ésa es la razón de que escriba esto.
El amplio pasillo central del bloque E tenía un suelo de linóleo del color de las limas
viejas, por eso lo que en otras prisiones se llamaba la Última Milla, en Cold Mountain se había
bautizado como la Milla Verde. Supongo que medía unos sesenta pasos largos de norte a sur,
de un extremo al otro. Al fondo estaba la celda de seguridad y en el extremo opuesto había un
cruce en forma de T. Doblar a la izquierda significaba la vida, si podía ilamarse así a lo que
sucedía en el sofocante patio de ejercicios, aunque para muchos lo era. Muchos vivieron allí
durante años sin consecuencias aparentemente graves. Ladrones, pirómanos y violadores
paseaban, conversaban y cumplían con sus pequeñas tareas cotidianas.
Doblar a la derecha era algo completamente distinto. Primero había que entrar en mi
despacho (cuya alfombra, también verde, había pensado cambiar en más de una ocasión,
aunque nunca me decidía a hacerlo) y pasar frente a mi escritorio, flanqueado por la bandera
norteamericana a la izquierda y la del estado a la derecha. Al fondo había dos puertas. Una
conducía al pequeño retrete que usábamos los guardias y yo (en ocasiones también el alcaide
Moores), la otra a un almacén. Allí acababa uno tras recorrer el pasillo de la muerte.
Era una puerta baja; yo tenía que agachar la cabeza para entrar y John Coffey
prácticamente tuvo que sentarse. Más allá de un pequeño rellano, había que bajar tres
escalones de cemento hasta el suelo de madera. Era una habitación miserable, sin calefacción
y con un techo metálico idéntico al del bloque contiguo. En invierno hacía suficiente frío
como para que al respirar se formasen nubes de vapor y en verano el calor resultaba sofocante.
Durante la ejecución de Elmer Manfred, en julio o agosto del treinta, se desmayaron nueve
testigos.
A la izquierda del almacén, otra vez había vida: herramientas (guardadas en armarios
protegidos con cadenas, como si en lugar de palas y azadones fuesen carabinas), alimentos
secos, sacos con semihas destinadas a ser plantadas en los jardines de la prisión en primavera,
cajas de papel higiénico, tarimas cargadas con planchas para el taller de grabado de la
prisión.., incluso sacos de arena para marcar el cuadrado de béisbol y el campo de fútbol. Los
presos jugaban en un sitio llamado el Prado, y todo el mundo en Cold Mountain esperaba con
expectación las tardes de otoño.
A la derecha, una vez más, la muerte. La mismísima Freidora apoyada sobre una
plataforma de tablas y situada en el extremo sudeste dcl almacén, con sus sólidas patas y sus
anchos brazos de roble que habían absorbido el sudor de centenares de hombres aterrorizados
en sus últimos minutos de vida; y el casquete metálico, por lo general suspendido
descuidadamente sobre el respaldo de la silla, como el sombrero de un robot de juguete en una
tira cómica de Buck Rogers. Un cable colgaba de él y acababa en un orificio rodeado de una
arandela situado en el muro, detrás de la silla. A un lado había un cubo de hierro galvanizado.
Si uno miraba en el interior, veía una esponja circular, cortada de modo que encajara
perfectamente dentro del casquete metálico. Antes de la ejecución, la esponja se empapaba en
una solución salina para conducir mejor la electricidad hacia el cerebro del condenado.
2
Mil novecientos treinta y dos fue el año de John Coffey. Cualquiera que sienta suficiente
curiosidad por el caso -alguien con más energía que un viejo como yo, que pasa los últimos
años de su vida dormitando en una residencia geriátrica de Georgia- aún podrá encontrar
información al respecto en los periódicos.
Fue un otoño caluroso; lo recuerdo bien. Muy caluroso. Octubre parecía agosto, y la mujer
del alcaide, Melinda, estaba ingresada en un hospital de Indianola. Aquel otoño tuve la peor
infección urinaria de mi vida, no lo bastante grave para ingresar yo también en el hospital,
pero sí lo suficiente para que deseara estar muerto cada vez que tenía que mear. También fue
el otoño de Delacroix, aquel francés bajito y casi calvo que hacía un ingenioso truco con un
carrete de hilo y un ratón. Pero el mayor acontecimiento de la temporada fue el ingreso en el
bloque de John Coffey, sentenciado a muerte por la violación y el asesinato de las gemelas
Detterick.
En el bloque E había cuatro o cinco guardias por turno, aunque muchos de ellos eran
temporales. Dean Stanton, Harry Terwilliger y Brutus Howell (los hombres lo llamaban Bruto,
pero era sólo una broma, pues a pesar de su corpulencia era incapaz de matar una mosca) ya
han muerto. También ha muerto Percy Wetmore, que sí era bruto... además de estúpido, claro
está. Percy no encajaba en el bloque E, donde tener un carácter agresivo podía resultar,
además de inútil, peligroso, pero era pariente de la mujer del gobernador y allí estaba.
Fue Percy Wetmore quien acompañó a Coffey al bloque, al grito supuestamente célebre
de: «¡Entra un muerto! ¡Entra un muerto!»
Aunque estábamos en octubre, hacía más calor que en el mismísimo infierno. Se abrió la
puerta del patio de ejercicios para dejar paso a una luz deslumbrante y al hombre más grande
que he conocido en mi vida, a excepción de algunos jugadores de baloncesto que he visto en la
tele en el salón de esta casa para viejos babosos sin hogar donde estoy acabando mis días.
Coffey llevaba cadenas en ios brazos y alrededor del tonel que tenía por torso. Mientras
avanzaba entre las celdas, por el pasillo color lima, arrastraba las cadenas que unían los
grilletes de sus tobillos produciendo un ruido similar al de una cascada de monedas. Percy
Wetmore, a un lado, y el pequeño, esquelético Harry Terwilliger al otro, parecían dos niños
pequeños flanqueando a un oso recién cazado. Hasta Brutus Howell parecía un crío al lado de
Coffey, y eso que Bruto, corpulento y con más de un metro ochenta de estatura, había jugado
en la liga nacional hasta que lo echaron y tuvo que volver a las colinas.
John Coffey era negro, como la mayoría de los hombres que venían a pasar una
temporada en el bloque E antes de morir en la Freidora, y medía un metro noventa y ocho
centímetros de estatura. No era esbelto, como los jugadores de baloncesto de la tele, pero tenía
los hombros corpulentos y el torso enorme, surcados por grandes músculos en todas las
direcciones. Le habían puesto el traje de presidiario más grande que habían encontrado en el
almacén, y aun así los bajos de los pantalones le llegaban a la mitad de las gruesas
pantorrillas, llenas de cicatrices. La camisa se abría a mitad del pecho y las mangas apenas
alcanzaban a cubrirle los antebrazos. Llevaba la gorra en una de sus manazas, y mejor así,
pues sobre su enorme calva caoba habría parecido la clase de gorra que usan los monos de los
organilleros, sólo que azul en lugar de roja. Daba la impresión de que en cualquier momento
podía romper las cadenas con la misma facilidad con que cualquiera abriría los lazos de un
regalo navideño, pero en cuanto uno lo miraba a los ojos, sabía que era incapaz de hacer algo
semejante. Sin embargo -pese a lo que creyera Percy, que poco después de su llegada
comenzó a llamarlo el Tontaina- no parecía estúpido, sino perdido. Se la pasaba mirando
alrededor, como si no supiera dónde estaba o incluso quizá, quién era. A primera vista me
pareció un Sansón negro, sólo que después de que Dalila lo afeitara con su pequeña mano
traidora para robarle todo vestigio de alegría.
-¡Entra un muerto! -anunció Percy a voz en cuello, tirando del puño de la camisa del
grandullón como si de verdad se creyera capaz de moverlo en caso de que Coffey se negara a
hacerlo por yoluntad propia. Harry no dijo nada, pero parecía avergonzado-. ¡Entra un...!
-Ya es suficiente -dije yo, que estaba sentado en el camastro de la celda que pertenecería a
Coffey.
Naturalmente, había sido informado de su ingreso y estaba allí para recibirlo, aunque no
tenía idea de su tamaño hasta que lo vi. Percy me echó una mirada que insinuaba que todos
sabían que yo era un imbécil (excepto el estúpido grandullón, por supuesto, que sólo sabía
violar y asesinar niños), pero no dijo esta boca es mía.
Los tres se detuvieron delante de la puerta entreabierta de la celda. Hice una señal de
asentimiento a Harry, quien dijo:
-¿Está seguro de que quiere quedarse a solas con él, jefe?
No estaba acostumbrado a ver a Harry Terwillinger nervioso. Siete u ocho años antes
había estado a mi lado durante un motín y no se había acobardado en ningún momento, ni
siquiera cuando empezaron a circular rumores de que algunos presos tenían armas. Pero aquel
día parecía nervioso.
-¿Me darás problemas, grandullón? -pregunté, sin levantarme del camastro e intentando
disimular mi aflicción. La infección urinaria que mencioné antes aún no había llegado a su
peor estadio, pero aquel día no estaba yo para una excursión a la playa, creedme.
Coffey sacudió la cabeza lentamente: primero a la derecha, luego a la izquierda y por fin
al centro. Una vez que me clavó la mirada, no volvió a quitármela de encima.
Harry llevaba una carpeta con el registro de entrada de Coffey.
-Dásela -le dije a Harry-. Entrégasela a él.
Harry obedeció y el tontorrón la cogió como si estuviera sonámbulo.
-Ahora dámela a mí -dije, y Coffey lo hizo, acercándose con un rumor de cadenas. Tuvo
que agacharse para franquear la puerta de la celda.
Eché un vistazo al informe, sobre todo para comprobar que en efecto era alto y no se
trataba de una ilusión óptica. Lo era: un metro noventa y ocho centímetros. Decía que pesaba
ciento treinta kilos, pero creo que se trataba de un cálculo estimativo, pues debía de pesar
ciento cincuenta o tal vez ciento sesenta kilos. En el apartado correspondiente a «Cicatrices o
señas particulares» Magnusson, el viejo preso de confianza de recepción, había escrito
«Numerosas» con su letra trabajosa.
Cuando alcé la vista, Coffey se había apartado un poco, de modo que pude ver a Harry al
otro lado del pasillo, frente a la celda de Delacroix, el único preso en el bloque E en el
momento del ingreso de Coffey. Delacroix era un flacucho de pelo ralo con la expresión
preocupada de un contable corrupto que sabe que están a punto de descubrir su último
desfalco. Tenía al ratón domado en un hombro.
Percy Wetmore estaba apoyado en el marco de la puerta de la celda que ocuparía John
Coffey. Había sacado la porra de madera de la funda hecha a medida donde la llevaba y se
golpeaba suavemente la palma de una mano con ella, como si estuviera impaciente por usarla.
De repente, no pude soportar su presencia allí, no sé si debido al inoportuno calor, a la
infección que me quemaba las ingles y hacía intolerable el roce de la ropa interior o a la idea
de que el estado me había enviado a aquel negro subnormal para que lo ejecutara, cuando
resultaba obvio que antes de que lo hiciese Percy quería divertirse con él. Quizá fueran las tres
cosas; lo cierto es que en ese momento sus contactos políticos dejaron de importarme.
-Percy –dije-, están trasladando la enfermería.
-Bill Dodge se ocupa de eso.
-Ya lo sé –respondí-. Ve a ayudarlo.
-No es mi trabajo -protestó Percy-. Mi trabajo es este «capugante».
«Capugante» era el mote particular de Percy para los tipos corpulentos, una combinación
de «capullo» y «gigante». Detestaba a los grandullones. No era esquelético, como Harry
Terwilliger, pero sí bajo; el típico gallito de riña al que le gusta organizar peleas, sobre todo
cuando sabía que llevaba las de ganar.
-En tal caso, ya has terminado –dije-. Ve a la enfermería.
Apretó los labios. Bill Dodge y sus hombres estaban trasladando cajas, pilas de sábanas,
incluso camas. La enfermería entera se mudaba a un edificio nuevo en el ala oeste de la
prisión. Habría que trabajar y levantar bultos pesados, dos cosas a las que Percy Wetmore no
estaba acostumbrado.
-Tienen todos los hombres que necesitan -dijo.
-Entonces ve a supervisar el trabajo -repliqué levantando la voz. Advertí que Harry se
sobresaltaba, pero no hice caso. Si el gobernador ordenaba al alcaide Moores que me echara
por reñir a su enchufado, ¿a quién iba a poner Hal Moores en mi lugar? ¿A Percy? Ni en
broma-. En realidad me da igual lo que hagas, Percy, siempre y cuando te esfumes de aquí
durante un buen rato.
Por un instante pensé que se resistiría y que tendría problemas, con Coffey allí inmóvil
como el reloj parado más grande del mundo, pero entonces Percy metió violentamente la porra
en la funda hecha a mano -un gesto estúpido y arrogante- y se marchó dando grandes
zancadas. No recuerdo qué guardia estaba en la mesa de entrada aquel día -supongo que sería
uno de los temporales-, pero fue obvio que a Percy no le gustó su expresión, porque lo oímos
gruñir al pasar:
-Si no te borras esa estúpida sonrisa de la jeta, te la borraré yo de un puñetazo.
Se oyó un ruido de llaves, entró una momentánea ráfaga de luz caliente del patio de ejercicios
y Percy Wetmore desapareció, al menos por el momento. El ratón de Delacroix corría de un
hom bro al otro del pequeño francés, moviendo sus finísimos bigotes.
-Quieto, Cascabel -dijo Delacroix, y el ratón se detuvo en el hombro izquierdo, como silo
hubiera entendido-. Quieto y callado. -Con el cantarín acento acadio de Delacroix, «quieto»
sonaba como una palabra exótica, algo así como cuietó.
-Tú échate un rato -dije con brusquedad-. Descansa. Esto tampoco es asunto tuyo.
El francés me obedeció. Había violado y asesinado a una jovencita, arrastrado ei cadáver
detrás del bloque de pisos donde vivía la chica, y después de rociarla con gasolina le había
prendido fuego, esperando deshacerse de la prueba del crimen. Sin embargo, el fuego se había
extendido al edificio y como consecuencia habían muerto otras seis personas, entre ellas dos
niños. Era el único crimen de su historial, y se comportaba como un hombre de modales
exquisitos, con cara de preocupación y el pelo largo hasta el cuello de la camisa. Pronto se
sentaría en la Freidora y ella acabaría con él... pero lo que fuera que lo había impulsado a
cometer ese delito monstruoso, ya no estaba allí. Entretanto el francés se tendería en su
camastro y dejaría que su pequeño compañero corriese sobre sus manos. En cierto modo, eso
era lo peor: la Freidora nunca quemaba lo que había en el interior de aquellos tipos, y estoy
seguro de que los fármacos que les inyectan en la actualidad tampoco pueden eliminarlo.
Aquello se muda de sitio, salta a otra persona y sólo nos deja hollejos vacíos para ejecutar,
hollejos que de cualquier modo ya no están vivos.
Me volví hacia el gigante.
-Si dejo que Harry te quite esas cadenas, ¿te portarás bien?
Hizo un gesto de asentimiento, como si su cabeza temblase: arriba, abajo y luego otra vez
al centro. Me miró con sus extraños ojos. Había una especie de paz en ellos, pero no estaba
seguro de poder fiarme. A una seña mía, Harry se acercó y le quitó las cadenas. Me tranquilizó
ver que ya no parecía asustado, ni siquiera cuando se agachó junto a las piernas como troncos
de Coffey para abrir los grilletes. Yo confiaba en su intuición y por lo visto la culpa de que
Harry estuviese nervioso era de Percy. En realidad, yo confiaba en la intuición de todos los
hombres que trabajaban en el bloque E, con la única excepción de Percy.
Tenía preparado un pequeño discurso para todos los nuevos, pero con Coffey dudé, porque
parecía anormal, y no sólo por su talla.
Cuando Harry retrocedió (durante toda la operación Coffey había permanecido inmóvil y
tranquilo como un percherón), miré a mi nuevo pupilo, señalé el registro con el pulgar y
pregunté:
-¿Sabes hablar, grandullón?
-Sí, señor, sé hablar -respondió con un vozarrón grave y sereno que me recordó el ruido de
un tractor recién aceitado. No tenía acento sureño, aunque más tarde notaría que su forma de
construir las frases era típica del Sur. Como si viniese del Sur pero no fuera de allí. No parecía
analfabeto, pero tampoco ilustrado. Su forma de hablar era ¡un misterio, como tantas otras
cosas en él. Lo que más me inquietaba eran sus ojos, pues reflejaban una especie de tranquila
ausencia, como si estuviese flotando muy, muy lejos de nosotros.
-Te llamas John Coffey.
-Sí señor, suena parecido a café, pero no se escribe igual.
-¿Así que sabes leer y escribir?
-Sólo mi nombre, jefe -respondió con calma.
Suspiré y pronuncié una versión abreviada de mi discurso. Ya estaba convencido de que
no iba a causar problemas, cosa en la que tenía y no tenía razón.
-Yo me llamo Paul Edgecombe –dije-. Soy el encargado del bloque E, el jefe de la
plantilla. Si quieres algo de mí, llámame por mi nombre. Si no me encuentro aquí habla con
este hombre. Se llama Harry Terwilliger. ¿Entendido? -Coffey asintió en silencio-. Pero no
esperes conseguir todo lo que quieras, porque sólo te daremos lo que consideremos necesario.
Esto no es un hotel. ¿Me sigues? -Asintió otra vez-. Éste es un sitio tranquilo, grandullón, no
como el resto de la prisión. Aquí sólo estáis tú y Delacroix. No trabajaréis; estaréis casi
siempre sentados. De ese modo tendréis tiempo para reflexionar sobre lo que habéis hecho. -
Para la mayoría era demasiado tiempo, pero no lo mencioné-. Por las noches, si todo está en
orden, encendemos la radio. ¿Te gusta la radio?
Hizo otro gesto afirmativo, aunque vacilante, como si no estuviera seguro de qué era una
radio. Más tarde descubrí que en parte era así. Coffey reconocía las cosas cuando volvía a
verlas, pero hasta entonces se olvidaba de ellas. Si bien conocia a los personajes de La chica
del domingo, apenas recordaba qué les había sucedido en el último episodio.
-Si te comportas como es debido, comeras bien, no conocerás la celda de seguridad que
está al final del pasillo ni tendrás que usar esas camisas de lona abrochadas a la espalda.
Podrás salir al patio dos horas cada tarde, de cuatro a seis, excepto el sábado, cuando los
demás reclusos juegan al fútbol. Podrán visitarte el domingo por la tarde, si es que alguien
quiere hacerlo. ¿Es así, Coffey?
-No tengo a nadie -dijo sacudiendo la cabeza.
-Entonces tu abogado.
-Creo que ya no volveré a verlo –dijo-. Me lo puso el estado y no sabría llegar hasta estas
montañas.
Lo miré atentamente para comprobar si bromeaba, pero no me dio esa impresión. Yo no
esperaba otra cosa. Los tipos como Coffey no conseguían apelaciones, al menos en aquellos
tiempos. Después de dos o tres días de juicio, el mundo se olvidaba de ellos hasta que aparecía
una noticia breve en los periódicos informando que cierto individuo se había achicharrado
vivo a medianoche. Pero un hombre con esposa, hijos o amigos a quienes esperar los
domingos por la tarde era más fácil de controlar, sobre todo cuando el control se convertía en
problema. Éste no parecía el caso. Y era una suerte, porque el tío era enorme.
Me moví un poco en el camastro, pero llegué a la conclusión de que mis partes me
molestarían
menos si me levantaba, y lo hice. Coffey retrocedió con respeto y entrelazó las manos.
-Tu estancia en este lugar puede ser tranquila o difícil, grandullón; todo depende de ti.
Estoy aquí para decirte que no nos compliques las cosas, porque hagas lo que hagas acabarás
en el mismo sitio. Te trataremos tan bien como te merezcas. ¿Alguna pregunta?
-¿Dejan una luz encendida a la hora de dormir? -preguntó de inmediato, como si hubiera
estado esperando la ocasión para hacerlo.
Parpadeé. Los recién llegados al bloque E me habían hecho muchas preguntas raras -en
una ocasión me habían interrogado incluso sobre el tamaño de las tetas de mi mujer-, pero
ninguna tan rara como esa.
Coffey sonreía, algo avergonzado, como si supiese que lo tomaríamos por idiota pero aun
asi no pudiera evitarlo.
-Es que a veces me asusta la oscuridad –dijo-. Sobre todo cuando estoy en un sitio que no
conozco.
Miré su imponente corpachón y me sentí curiosamente conmovido. Creedme, a veces los
prisioneros me conmovían. Uno nunca veía su peor parte, forjando horrores a martillazos
como demonios en una fragua.
-Las celdas están bastante iluminadas durante toda la noche –dije-. La mitad de las luces
de la Milla Verde están encendidas desde las nueve hasta las cinco de la mañana. -Entonces
pensé que no tendría la más remota idea de qué estaba hablando; no podía diferenciar la Milla
Verde del lodo de Misisipi, de modo que añadí-: Me refiero a las luces del pasillo.
Hizo un gesto de alivio. No estaba seguro de que supiera lo que era un pasillo, pero podía
ver las bombillas de doscientos vatios en sus portalámparas de acero.
Aquel día hice algo que no había hecho nunca con un prisionero: le tendí la mano. Ni
siquiera hoy sé por qué lo hice. Quizá fuese por la pregunta sobre las luces. Os aseguro que
Harry Terwilliger se quedó de piedra. Coffey me estrechó la mano con sorprendente suavidad;
mi mano se perdió en la de él y eso fue todo. Tenía otra polilla en mi frasco asesino y nada
más.
Salí de la celda y Harry aseguró los dos cerrojos de la puerta. Por un par de segundos
Coffey permaneció donde estaba, como si no supiese qué hacer a continuación, y luego se
sentó en el camastro, entrelazó sus manazas entre las rodillas y agachó la cabeza como un
hombre que llora o reza. Luego dijo algo con su extraño aÉento sureño. Escuché sus palabras
con absoluta claridad, y aunque no sabía mucho sobre lo que había hecho -no es preciso saber
qué ha hecho un hombre para alimentarlo y cuidarlo hasta que le llega la hora de saldar sus
deudas- sentí un escalofrío.
-No pude evitarlo –dijo-. Lo intenté, pero era demasiado tarde.
3
-Tendrás problemas con Percy -dijo Harry mientras regresábamos a mi despacho.
Dean Stanton, algo así como el tercero en la escala jerárquica -en el bloque no había tal
cosa, o Percy Wetmore se habría ocupado de cambiar la situación de inmediato- estaba
sentado a mi escritorio, poniendo en orden los archivos, una tarea para la que yo nunca parecía
tener tiempo.
Cuando entramos, alzó la cabeza por un instante, se acomo-. dó las gafas con el
pulgar y volvió al papeleo.
-He tenido problemas con ese pájaro desde el día en que llegó -dije al tiempo que me
separaba los pantalones de la entrepierna con un respingo-. ¿Has oído lo que gritaba cuando
trajo a ese grandullón?
-No pude evitarlo -dijo Harry-. Estaba ahí, ¿recuerdas?
-Yo estaba en los lavabos y lo oí perfectamente -dijo Dean. Levantó un papel a la luz, de
modo que pudiera ver que además del correspondiente texto mecanografiado tenía una
mancha circular de café, y luego lo arrojó a la papelera-. «Entra un muerto.» Debe de haberlo
leído en una de esas revistas que tanto le gustan.
Y quizá fuese así. Percy Wetmore era un forofo de Argosy, Stag y Men‘s Adventure. Al
parecer, había un relato sobre prisiones en cada número y Percy los leía con avidez, como si se
tratara de un trabajo de investigación. Tal vez intentara saber cómo comportarse y creyese que
encontraría la información en esas revistas. Llevaba allí seis meses -había llegado poco
después que Anthony Ray, el asesino a sueldo- y todavía no había tenido oportunidad de
participar en ninguna ejecución.
-Conoce a gente -dijo Harry-. Tiene contactos. Tendrás que responder por echarlo del
bloque y más aún por esperar que trabaje de verdad.
-No esperaba que lo hiciera -dije, y era cierto, aunque quizá albergase alguna esperanza.
Bill Dodge no era la clase de hombre que permite que un tipo se quede mirando cómo trabajan
los demás-. Por el momento, estoy más interesado en el grandullón. ¿Crees que dará
problemas?
Harry sacudió enérgicamente la cabeza.
-En el juicio que se celebró en el condado de Trapingus se portó como un corderito -dijo
Dean. Se quitó las gafas sin montura y las limpió en el chaleco-. Claro que le habían puesto
más cadenas de las que Scrooge vio en el fantasma de Marley. Aunque si hubiera querido
habría podido cargarse al mismísimo demonio.1 Es una broma, ¿la coges?
-Sí -dije, aunque no tenía idea de qué hablaba. Pero detestaba que Dean Stanton se
quedara conmigo.
-Es grande, ¿eh? -dijo Stanton.
-Sí –asentí-, como un monstruo.
-Quizá tengamos que subir la potencia de la Freidora para asar su enorme culo.
-No te preocupes por la Freidora -dije con aire ausente-. Hace que los grandullones
parezcan niños de pecho.
Dean se frotó los lados de la nariz, donde las gafas habían dejado un par de marcas rojas, y
asintió con la cabeza.
-Eso sí que es cierto -dijo.
-¿Alguno de vosotros sabe dónde vivía antes de aparecer en... Tefton? Era Tefton,
¿verdad?
-Sí -respondió Dean-. Tefton, en el condado de Trapingus. Antes de aparecer por allí y
hacer lo que hizo, nadie lo conocía. Supongo que iba de un sitio a otro. Si te interesa, quizá
puedas encontrar más información en los periódicos. En la biblioteca de la prisión conservan
los ejemplares del último año y medio y no se los llevarán hasta la semana que viene. –Sonrió-
. Aunque seguramente tendrás que ofr las quejas y los chillidos de tu compañero de arriba.
1.Alusión a los Cuentos de Navidad de Charles Dickens y juego de palabras entre el apellido de dicho autor y dickens, en
inglés, demonio. (N. de la T.)
-De todos modos creo que iré a echar un vistazo -dije, y lo hice aquella misma tarde.
La biblioteca de la prisión se hallaba en la parte trasera del edificio y pronto se convertiría
en un supermercado para los presos, o al menos ése era el plan. Estaba claro que alguien
quería llenarse los bolsillos a costa de los pobres reclusos, pero nos encontrábamos en plena
Depresión y debía reservarme mis opiniones. También tendría que haber cerrado la boca en el
incidente con Percy, pero un hombre no puede vivir mordiéndose la lengua. Por lo general, la
lengua nos mete en más problemas que la polla. En fin, lo cierto es que lo del supermercado
nunca se concretó, y de cualquier modo la primavera siguiente la prisión se trasladó a noventa
kilómetros de allí, en el camino a Brighton. Más trapicheos, supongo. Más dinero en juego.
Pero a mí me daba igual.
La administración se había mudado a un edificio nuevo al este del patio; la enfermería estaba
en pleno traslado (quién había sido el zoquete que había decidido instalarla en la segunda
planta era otro de los grandes misterios de la vida), y la biblioteca sólo conservaba parte de su
material -aunque nunca había estado bien surtida- y se hallaba desierta. El viejo edificio era
una sofocante caseta cubierta de tablas de chilla, encajada de algún modo entre los bloques A
y B. Los baños de ambos bloques daban allí, de modo que siempre se percibía un ligero olor a
meados, y quizá fuese ésa la única razón de peso para hacer la mudanza. La biblioteca tenía
forma de L y no era mucho más grande que mi despacho. Busqué un ventilador, pero todos
habían desaparecido. Debía de hacer más de treinta grados allí dentro y cuando tomé asiento
sentí una punzada ardiente en la entrepierna. Como si tuviese una muela infectada. Sé que la
comparación es absurda, teniendo en cuenta la zona de la que hablo, pero fue la única que se
me ocurrió. La cosa empeoraba durante y después de mear, lo que acababa de hacer antes de
entrar.
Aunque no lo había notado, allí había otro tipo: un viejo y larguirucho preso de confianza
llamado Gibbons que dormitaba en un rincón con una novela del Oeste en el regazo y el
sombrero caído sobre los ojos. Por lo visto no le molestaban el calor ni los gruñidos, golpes y
ocasionales juramentos procedentes de la enfermería (donde debía de hacer por lo menos tres
grados más. Esperaba que Percy Wetmore disfrutara de ello). Con cuidado de no despertar al
viejo, me dirigí a la pata más corta de la L, donde se guardaban los periódicos. A pesar de lo
que Dean me había dicho, pensé que habrían desaparecido junto con los ventiladores, pero no
era así, y no me costó trabajo encontrar la historia de las gemelas Detterick. El crimen había
acaparado los titulares de la prensa desde que se había cometido, en junio, hasta después del
juicio, celebrado en julio. En aquellos tiempos, estos asuntos se resolvían mucho más rápido.
Pronto olvidé el calor, los ruidos procedentes de la planta superior y los ronquidos del
viejo Gibbons. Por desagradable que fuese, era imposible no imaginar el contraste entre
aquellas niñas de nueve años —con sus suaves cabelleras rubias y sus encantadoras sonrisas—
con el gigantesco y oscuro! corpachón de Coffey. Dada su estatura, era fácil imaginarlo
devorándolas, como el ogro de un cuento de hadas. Pero lo que había hecho era aún peor, y
había sido una suerte para él que no lo hubiesen linchado de inmediato a la orilla del río.
Aunque no podía decirse que corriera mejor suerte en el pasillo de la muerte, esperando el
momento de sentarse en el regazo de la Freidora.
4
El rey Algodón había sido destronado en el Sur unos setenta años antes y no volvería a
reinar.
Sin embargo, durante la década de los treinta, había experimentado un breve
renacimiento. Ya no quedaban plantaciones de algodón, pero sí cuarenta o cincuenta granjas
prósperas que se dedicaban a su cultivo en el sur de nuestro estado. Klaus Detterick era el
propietario de una de ellas. Según los cánones de los cincuenta apenas habría estado un escalón
por encima de un pobre diablo, pero en aquellos tiempos se lo tenía por próspero sólo
porque podía pagar las cuentas al contado al final de casi todos los meses y mirar al banquero
a los ojos si se cruzaban en la calle. La casa de la granja era grande y cómoda. Aparte de los
beneficios del algodón, la familia contaba con un par de entradas adicionales, derivadas de la
crianza de gallinas y vacas. Detterick y su esposa tenían tres hijos: Howard, de unos doce años
y las gemelas, Cora y Kathe.
Una calurosa noche de junio las niñas quisieron dormir en la galería cubierta que se
extendía a un lado de la casa. Era toda una aventura para ellas. La madre les dio un beso de
buenas noches poco antes de las nueve, al caer la noche. Cuando volvió a verlas, las gemelas
yacían en sus ataúdes, después de que el encargado de pompas fúnebres reparara la mayor
parte de los daños.
En aquellos tiempos las familias del campo se acostaban temprano («En cuanto oscurecía
debajo de la mesa», solía decir mi madre) y dormían a pierna suelta. De hecho, eso es lo que
hicieron Klaus, Marjorie y Howie Detterick la noche en que secuestraron a las gemelas. En
otras circunstancias, Klaus habría despertado con los ladridos de Bowser, el enorme pastor
escocés de la familia, pero el perro no ladró aquella noche ni nunca volvería a hacerlo.
Klaus se levantó al alba para ordeñar las vacas, La galería estaba a un costado de la casa,
al otro extremo del granero, y al hombre ni se le ocurrió comprobar cómo estaban las niñas.
Tampoco le sorprendió que Bowser no saliera a su encuentro. El perro detestaba a gallinas y
vacas por igual y solía esconderse en su caseta, detrás del granero, hasta que las tareas estaban
hechas... a menos que se lo llamara, y aun así con insistencia.
Marjorie bajó quince minutos después de que su esposo se pusiese las botas en el
vestíbulo y se dirigiera al granero. Preparó café y puso a freír tocino. El aroma del desayuno
atrajo a Howie a la planta baja, pero no a las niñas. Mientras cocía los huevos en la grasa del
tocino, la madre mandó al niño a buscarlas. Klaus querría que salieran a recoger huevos
frescos en cuanto acabaran de desayunar. Pero aquella mañana en la casa de los Detterick
nadie desayunó. Howie regresó de la galería con la cara pálida y los ojos, poco antes
somnolientos, completamente abiertos.
-No están -dijo.
Marjorie salió a la galería, más enfadada que alarmada. Más tarde diría que había supuesto
que las niñas habían salido a recoger flores al amanecer. Eso u otra travesura propia de su
edad. Después de echar un vistazo, descubrió el motivo de la palidez de Howie.
Gritó -más bien chilló- llamando a Klaus, y éste llegó corriendo con las botas empapadas
con la leche del cubo que acababa de derramar. Lo que encontró en la galería habría bastado
para que al padre más valiente le temblaran las rodillas. Alguien había arrojado a un rincón las
mantas en que las niñas se habían envuelto al refrescar por la noche. La puerta de la mampara
había sido arrancada de sus goznes y apoyada precariamente contra un muro del patio. Y tanto
en las tablas de la galería como en los escalones que había al otro lado de la puerta arrancada
se veían manchas de sangre.
Marjorie suplicó a su esposo que no fuese a buscar a las niñas solo y que tampoco llevara
a su hijo con él, pero podría haberse ahorrado la saliva. Klaus cogió la escopeta que guardaba
en el vestíbulo, lejos del alcance de las manos de los niños, y le pasó a Howie la 22 que
pensaba regalarle en julio, por su cumpleaños. Luego se marcharon sin prestar la menor
atención a la mujer que gritaba y lloraba, preguntándoles qué harían si se encontraban con una
pandilla de vagabundos o un grupo de negros salvajes escapados de la próspera granja de
Lavine. Yo creo que los hombres tenían razón, ¿sabéis? Aunque la sangre no estaba líquida,
tampoco mostraba el color granate que adquiere después de haberse secado, y seguía pegajosa
y roja. El secuestro debía de ser reciente. Klaus seguramente supuso que aún quedaba alguna
posibilidad de que las niñas continuasen con vida, y estaba resuelto a correr cualquier riesgo
para comprobarlo.
Ninguno de los dos tenía experiencia en seguir un rastro. No eran cazadores sino
granjeros, hombres que sólo se internaban en el bosque en temporada para perseguir mapaches
y ciervos, y no porque les gustara, sino porque era lo que se esperaba de ellos. Además, el
terreno que rodeaba la casa estaba lleno de barro y era un laberinto de huellas. Detrás del
granero, descubrieron por qué Bowser -mal mordedor, pero buen ladrador- no había dado la
voz de alarma. Estaba tendido, con medio cuerpo fuera de la caseta que había sido construida
con los tablones sobrantes del granero (encima del ventanuco arqueado, había un letrero con la
palabra «Bowser» prolijamente grabada; vi la foto en uno de los periódicos) y la cabeza girada
de modo que el hocico quedaba prácticamente en la parte del cuello que correspondía a la
nuca.
Como le había dicho el fiscal a John Coffey durante el juicio, sólo un hombre con una
fuerza enorme podía haber hecho algo semejante a un animal. Luego había mirado con
expresión significativa al defensor, sentado detrás de la mesa de la defensa con la cabeza
gacha y vestido con un flamante par de pantalones pagados por el estado que por sí solos
parecían merecer una condena. Junto al perro, Klaus y Howie encontraron un trozo de
salchicha cocida. La teoría -bastante probable, no me cabe duda- era que Coffey había
ofrecido un señuelo al perro y luego, mientras éste comía, le había roto el pescuezo con un
poderoso giro de muñecas.
Detrás del granero se extendía el prado de Detterick, donde aquel día no pastaría ninguna
vaca. Estaba empapado con el rocío de la mañana y las huellas clarísimas de un hombre lo
cruzaban en diagonal en dirección a la llanura del norte.
Pese a que estaba casi histérico, Klaus Detterick vaciló antes de seguir las huellas. No es
que tuviera miedo del hombre o los hombres que se habían llevado a sus hijas, sino que temía
seguir un rumbo equivocado, caminar en la dirección errónea en un momento en que cada
segundo contaba.
Howie resolvió el dilema al encontrar un trozo de tela de algodón amarilla en un arbusto,
justo detrás del patio de entrada; el mismo trozo de tela que, con lágrimas en los ojos, Klaus
identifico en el juicio como parte del pijama de su hija Kathe. Veinte metros más allá, colgado
de una rama de enebro, encontraron un jirón verde del camisón que Cora tenía puesto cuando
dio las buenas noches a mamá y papá.
Los Detterick, padre e hijo, corrieron empuñando las armas como hacen los soldados
cuando cruzan territorio enemigo bajo fuego cerrado. Lo sorprendente de los sucesos de aquel
día es que el niño, que corría desesperadamente detrás de Klaus temiendo quedarse atrás, no
cayera al suelo y le metiera una bala en la espalda a su padre.
La granja tenía teléfono -otra señal de que Detterick prosperaba, al menos moderadamente
para los tiempos que corrían- y Marjorie lo usó para comunicarse con el mayor número de
vecinos posible, contándoles la catástrofe que les habia caido encima como un rayo en un día
soleado, consciente de que cada llamada originaría otras y que la noticia se extendería como
un reguero de pólvora. Finalmente levantó el auricular por última vez y pronunció las palabras
que eran casi la marca de fabrica del servicio telefonico de la epoca, al menos en las
comunidades rurales del Sur:
-¿Telefonista? ¿Está en la línea?
La telefonista estaba allí, tan horrorizada por lo que había oído que demoró un momento
en responder. Por fin lo consiguió.
-Sí, señora Detterick. Y estoy rezando al bendito Jesús para que sus niñas se encuentren
bien.
-Gracias -respondió Marjorie-, pero ¿podría pedirle al Señor que espere un momento y
ponerme con la oficina del sheriff en Tefton?
El sheriff del condado de Trapingus era un viejo con nariz de borracho, una barriga como
una tina y una cabellera cana tan fina que parecía la pelusilla de los limpiapipas. Yo lo conocía
bien. Había visitado Cold Mountain muchas veces para presenciar el último viaje de aquéllos
a quienes llamaba «sus muchachos». Los testigos de una ejecución se sentaban en sillas
plegables idénticas a las que seguramente habréis usado alguna vez en funerales, cenas de la
iglesia o partidas de bingo en una granja (de hecho, en aquel entonces nosotros tomábamos
prestadas las nuestras de una de las granjas de la vecindad) y cada vez que el sheriff Homer
Cribus se sentaba en una de ellas, yo esperaba que la silla cediera y se desmoronara. Temía y
ansiaba ver ese día, pero nunca llegó. Poco tiempo después -no debe de haber pasado ni un
año del secuestro de las gemelas Detterick-, tuvo un ataque al corazón en su oficina, al parecer
mientras se follaba a una negra de diecisiete años llamada Daphne Shurtleff. Hubo un montón
de cotilleos al respecto, sobre todo porque en época de elecciones el sheriff iba de aquí para
allá acompañado de su esposa y sus seis hijos. En aquel entonces se decía que cuando uno
aspiraba a un cargo «o se comportaba como un santo o estaba perdido». Pero, como ya
sabréis, a la gente le encantan los hipócritas: saben que llevan uno en su interior, y siempre resulta
agradable enterarse de que han pillado a alguien con los pantalones bajados y la polla
levantada, y que ese alguien no es uno.
Además de hipócrita, el sheriff era incompetente, la clase de tipo que se hace fotografiar
acariciando el gato de la anciana después de que otro -el agente Rob McGee, por ejemploarriesgara
el pescuezo para bajar de un árbol al animal en cuestión.
McGee escuchó los balbuceos de Marjorie Detterick durante un par de minutos, luego la
interrumpió con cuatro o cinco preguntas expeditivas y bruscas, como un luchador profesional
que asesta varios golpes rápidos en la cara de su contrincante, tan pequenos y fuertes que la
sangre comienza a manar antes de que éste alcance a sentir dolor.
-Llamaré a Bobo Marchant, que tiene perros. Quédese donde está, señora Detterick. Si su
marido y su hijo vuelven, haga que también se queden allí. Por lo menos inténtelo.
Entretanto, su marido y su hijo habían recorrido cuatro kilómetros y medio en dirección al
noroeste tras el rastro del secuestrador, pero lo perdieron al llegar al bosque de pinos. Como
ya he dicho, no eran cazadores sino granjeros, y para entonces ya sabían a qué clase de
alimaña perseguían. En el camino, habían encontrado la chaqueta amarilla del pijama de
Kathe y otro trozo del camisón de Cora. Ambos estaban cubiertos de sangre y ni Klaus ni
Howie tenían tanta prisa como al principio. A esas alturas, una certeza helada se había filtrado
en la esperanza ardiente de los Detterick, descendiendo como el agua fría, hundiéndose en sus
corazones por ser más pesada.
Se internaron en el bosque en busca de pistas, pero no encontraron nada. Exploraron otro
sitio con los mismos resultados, y por fin un tercero. Esta vez hallaron un reguero de sangre a
los pies de un pino. Durante unos minutos lo siguieron hacia donde parecía apuntar y
continuaron explorando en los alrededores. Para entonces eran las nueve ae la mañana y
oyeron gritos y ladridos de perros a sus espaldas. Rob McGee había organizado una cuadrilla
de voluntarios en el tiempo en que el sheriff Cribus habría necesitado para terminar su taza de
café con brandy, y un cuarto de hora después alcanzaron a Klaus y Howie Detterick, que
deambulaban a tientas por el bosque. Se pusieron en marcha de inmediato, guiados por los
perros de Bobo. McGee permitió que Klaus y Howie los acompañaran -aunque temían
descubrir la verdad, no se habrían marchado por más que se los ordenara-, pero los obligó a
descargar las armas. McGee dijo que los demás también lo habían hecho porque era más
seguro. Lo que ni él ni nadie les dijo a los Detterick fue que eran los únicos que habían tenido
que entregar las municiones. Aturdidos y ansiosos por despertar de aquella pesadilla, padre e
hijo obedecieron. Cuando Rob McGee exigió a los Detterick que descargaran sus armas y le
entregaran las balas, probablemente salvó la miserable vida de Coffey.
Los perros los condujeron ladrando y aullando en dirección noroeste, a lo largo de varios
kilómetros de pinares. Por fin llegaron a la orilla del río Trapingus, que en aquel punto es
largo y tranquilo y corre hacia el sudeste entre colinas bajas y arboladas, donde familias
llamadas Cray, Robinette y Duplissey todavía fabrican sus propias mandolinas y escupen los
dientes podridos mientras aran. El Sur profundo, donde los hombres se ocupan de las
serpientes el domingo por la mañana y se acuestan con sus hijas el domingo por la noche. Yo
conocía a aquellas familias, pues casi todas enviaban carne a la Freidora de tanto en tanto. Al
otro lado del río, los miembros de la cuadrilla podían ver el sol de junio brillar sobre las vías
del ferrocarril del sur. A un kilómetro y medio río abajo, un viaducto cruzaba hacia las minas
de carbón de West Green.
Entre la hierba y los arbustos, encontraron una zona pisoteada y tan empapada de sangre
que varios de los hombres tuvieron que apartarse para vomitar el desayuno. También
encontraron el resto del camisón de Cora, y Howie, que hasta entonces había demostrado una
entereza admirable, se abrazó a su padre y estuvo a punto de desmayarse.
En aquel punto, los perros de Bobo Marchant tuvieron el primer desacuerdo del día. Había
seis en total, dos sabuesos, dos zorreros y un par de esos híbridos similares a los terrier que los
surenos de la frontera llaman «cazamapaches». Estos últimos querían ir hacia el noroeste, río
arriba, en tanto que el resto apuntaba en la dirección opuesta, hacia el sudeste. Las correas se
enredaron y, aunque los periódicos no decían nada al respecto, imagino las maldiciones que
les habra echado Bobo mientras usaba las manos -sin duda su parte mas educada- para restituir
el orden. En tiempos tuve oportunidad de conocer a varios cazadores y, según mi experiencia,
son una raza aparte.
Bobo reorganizó la jauría e hizo que los perros olfatearan los restos del camisón de Cora,
como para recordarles lo que hacían allí un día en que la temperatura debía de aproximarse a
los cuarenta grados y los buitres volaban en círculos sobre la cuadrilla. Por fin los
cazamapaches se pusieron de acuerdo con el resto de los sabuesos y todos corrieron río abajo,
ladrando.
Diez minutos después, los hombres se detuvieron al oír algo más que el ladrido de los
perros. Eran unos aullidos que ningún perro puede emitir, ni siquiera en plena agonía. Un
sonido que ninguno de los integrantes de la cuadrilla había oído jamás, aunque de inmediato
supieron que salía de la garganta de un hombre. Eso dijeron, y yo les creo. Supongo que yo
también lo habría reconocido, porque he oído a algunos hombres chillar así de camino a la
silla eléctrica. No todos lo hacen; la mayoría conservan la compostura y marchan en silencio o
hacen bromas como si fueran de excursión al campo. Pero unos pocos gritan; casi siempre
aquellos que creen en el infierno y saben que éste les aguarda al final del pasillo de la muerte.
Bobo volvió a reunir a los perros. Eran animales caros y no estaba dispuesto a perderlos a
manos de un psicópata que aullaba y gemía de aquel modo. El resto de la cuadrilla cargó las
armas y las empuñó. Aquel grito los había sobresaltado, haciendo que el sudor de las axilas y
de la espalda pareciera agua helada. Cuando los hombres sufren una impresión semejante,
necesitan un jefe que los guíe para seguir adelante, y McGee tomó el mando. Encabezó la
marcha resueltamente (aunque supongo que en aquel momento no se sentía muy resuelto)
hacia un grupo de alisos que se alzaban a la derecha del bosque, mientras el resto de la cuacargó
las armas y las empuñó. Aquel grito los había sobresaltado, haciendo que el sudor de las
axilas y de la espalda pareciera agua helada. Cuando los hombres sufren una impresión
semejante, necesitan un jefe que los guíe para seguir adelante, y McGee tomó el mando.
Encabezó la marcha resueltamente (aunque supongo que en aquel momento no se sentía muy
resuelto) hacia un grupo de alisos que se alzaban a la derecha del bosque, mientras el resto de
la cuadrilla lo seguía a unos cinco pasos. Se detuvo sólo una vez para indicar al hombre más
corpulento del grupo -Sam Hollis- que no se apartara de Klaus Detterick.
Al otro lado de los alisos había un claro que se extendía hacia la derecha del bosque. A la
izquierda, estaba la larga y suave cuesta de la ribera. Todos se detuvieron, como paralizados
por un rayo. Supongo que todos ellos habrían dado cualquier cosa por evitarse aquella escena,
que ninguno podría olvidar. Era la clase de pesadilla, descarnada y casi humeante bajo el sol,
que acecha detrás de los velos de la sencilla vida cotidiana, con cenas en la iglesia, paseos por
el campo, trabajo honrado y besos amorosos en la cama. Todo hombre lleva consigo su
calavera, y puedo aseguraros que en un momento u otro de su vida se vuelve visible. Aquel
día la vieron. Esos hombres reconocieron la truculenta mueca que se oculta detrás de una
sonrisa.
Sentado a la orilla del río, con el mono de trabajo manchado de sangre, se hallaba el
hombre más grande que hubieran visto en su vida: John Coffey. Sus enormes pies de dedos
aplastados estaban descalzos. Llevaba un descolorido pañuelo rojo atado a la cabeza, similar
al que se ponen las mujeres del campo para ir a la iglesia, y estaba envuelto en una nube de
mosquitos. En cada brazo, apretaba el cuerpo sin vida de una niña. Las cabelleras rubias, antes
rizadas y claras como la pelusilla del diente de león, ahora estaban enmarañadas y teñidas de
rojo. El hombre que las sostenía en brazos aullaba al cielo como una vaca enajenada, con las
oscuras mejillas surcadas de lágrimas y la cara contraída en una monstruosa mueca de dolor.
Respiraba hondo, tanto como le permitían los tirantes de su mono de trabajo, y luego soltaba
el aire con fuerza junto a otro escalofriante chillido. Con frecuencia leemos en los periódicos
que «el asesino no dio muestras de arrepentimiento», pero en este caso no fue así. John Coffey
estaba destrozado por lo que había hecho... pero él sobreviviría y las niñas no. En el caso de
las gemelas, los destrozos no eran una metáfora.
Más tarde, nadie sería capaz de recordar cuánto tiempo habían permanecido allí,
contemplando al hombre que aullaba y a la vez miraba más allá de las aguas tranquilas un tren
que rugía a toda velocidad en dirección al viaducto que cruzaba el río. Permanecieron así
durante una hora o quizá una eternidad, y sin embargo el tren no se movió, sino que contlnuó
rugiendo en el mismo sitio como un niño con una rabieta, ni el sol se escondió detrás de una
nube para borrar aquella horrible escena de sus ojos. Seguía allí, delante de ellos, tan real
como una mordedura de perro. El negro se mecía hacia adelante y hacia atrás y Cora y Kathe
se mecían con él, como muñecas rubias en los brazos de un gigante. Los músculos manchados
de sangre de los enormes brazos desnudos se contraían y relajaban, se contraían y relajaban, se
contraían y relajaban.
Klaus Detterick rompió la calma. Gritando a voz en cuello, se arrojó sobre el monstruo
que había violado y matado a sus hijas. Sam Hollins sabía qué debía hacer, e intentó hacerlo.
Era doce centímetros más alto que Klaus y pesaba al menos treinta kilos más que él, pero
Klaus se escabulló de entre sus brazos. Cruzó el claro corriendo y le dio una patada en la
cabeza a John Coffey. Su bota manchada de leche, agria ya a causa del calor, dio contra la sien
izquierda de Coffey, pero el hombretón no pareció inmutarse. Siguió allí sentado, meciéndose
y mirando más allá del río. Ial como lo imagino, podría haber sido una estampa del sermón de
Pentecostés, el leal seguidor de la cruz con la vista fija en la tierra prometida... aunque, naturalmente,
le sobraban los cadáveres.
Se necesitaron cuatro hombres para separar de John Coffey al histérico granjero y no sé
cuántos golpes habrá recibido aquél antes de que lo consiguieran. Pero al gigantesco negro no
parecía importarle; seguía meciéndose y mirando el río. En cuanto a Detterick, pareció perder
toda la fuerza apenas lo separaron, como si el negro despidiese una extraña corriente galvánica
(tendréis que perdonarme, pero no puedo evitar que mis metáforas sigan aludiendo a la
electricidad) y cuando por fin se interrumpió el contacto entre Detterick y esa fuente de
energía, el pobre quedó tan débil como un hombre que sale despedido al tocar un cable pelado.
Se sentó en la orilla con las piernas abiertas y las manos en la cara, sollozando. Howie se
acercó a él y se abrazaron con las cabezas juntas.
Dos hombres los vigilaban mientras el resto formaba un círculo alrededor del negro, que
seguía meciéndose y gimoteando, apuntándole con sus rifles. Coffey aún no parecía haberse
dado cuenta de la presencia de los demás. McGee dio un paso al frente, se apoyó con
nerviosismo en una pierna y luego en la otra y finalmente se agachó.
-Señor -dijo, y Coffey calló de inmediato.
McGee lo miró a los ojos, rojos a causa del llanto, de donde seguían manando lágrimas,
como si alguien hubiera dejado un grifo abierto en su interior. A pesar de los sollozos,
aquellos ojos tenían una expresión inmutable, distante y serena. Pensé que eran los ojos más
raros que había visto en mi vida, y al parecer McGee compartía mi opinión. «Eran como los
ojos de un animal que nunca había visto un hombre», le dijo a un periodista poco antes del
juicio.
-¿Me oye, señor? -preguntó McGee.
Coffey asintió lentamente con la cabeza. Seguía abrazando a sus atroces muñecas, que por
tener la barbilla pegada al pecho no mostraban la cara; ésa fue tal vez la única gracia que Dios
decidió conceder aquel día a los hombres de la cuadrilla.
-¿Cómo se llama? -preguntó McGee.
-John Coffey -respondió con voz apagada, pastosa por las lágrimas-. Como café, aunque
no se escribe igual.
McGee asintió y luego señaló con el pulgar el bolsillo abultado del mono de trabajo de
Coffey. McGee temió que llevara un arma, aunque un hombre tan grande como él no
necesitaba un arma para cometer semejante atrocidad.
-¿Qué tiene ahí, John Coffey? ¿Es un arma?, ¿una pistola?
-No, señor -susurró el negro, con aquellos extraños ojos (en apariencia angustiados y llenos de
lágrimas, pero distantes y serenos en el fondo, como si el verdadero John Coffey estuviera en
otro sitio, mirando un paisaje donde no hubiera que preocuparse de niñas asesinadas) fijos en
el agente McGee-. Es mi almuerzo.
-Conque el almuerzo, ¿eh? -preguntó McGee.
Coffey asintió y volvió a decir:
-Sí, señor. -Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas y los mocos le colgaban de la nariz.
-¿Y de dónde saca un tipo como tú su almuerzo, John Coffey? -añadió McGee intentando
mantener la calma, aunque ya empezaba a oler a las niñas y veía las moscas recreándose en los
sitios empapados de sangre.
Más tarde diría que lo peor era el pelo, aunque este detalle no apareció en los periódicos
porque era demasiado morboso para que lo leyeran las familias. No; me lo contó el periodista
que escribió el artículo y a quien conocí más tarde, cuando John Coffey se convirtió en una
obsesión para mí. McGee le contó al periodista que el cabello rubio de las gemelas ya no era
rubio sino color caoba. La sangre se había extendido a las mejillas, como si el pelo hubiera
sido teñido con un tinte barato, y no se necesitaba ser médico para saber que aquellas
poderosas manazas habían reventado los frágiles cráneos de las niñas golpeando el uno contra
el otro. Probablemente lloraron y Coffey quiso hacenas callar. Si las niñas habían tenido
suerte, aquello habría ocurrido antes de la violación.
Semejante escena impediría razonar a cualquier hombre, incluso a uno tan decidido a cumplir
con su deber como el agente McGee. Y la dificultad para razonar podía inducir a errores, o
incluso a derramar más sangre. McGee respiró hondo e intentó calmarse. Al menos, se lo
propuso.
-Bueno, señor, estúpido de mí, no lo recuerdo con claridad -dijo Coffey con la voz
quebrada por las lágrimas-, pero es un pequeño almuerzo; bocadillos y creo que unos cuantos
pepinillos.
-Si no le importa, me gustaría echarle un vistazo -dijo McGee-. Pero no se mueva, John
Coffey. Le apuntan suficientes armas como para hacerlo desaparecer de cintura para arriba si
mueve un solo dedo.
Coffey volvió la cabeza hacia el río y permaneció inmóvil mientras McGee le revisaba el
bolsillo del mono y sacaba un paquete de papel de periódico atado con una cuerda de
carnicero. McGee rompió la cuerda y abrió el paquete, aunque a esas alturas, estaba seguro de
que contenía lo que Coffey aseguraba: su almuerzo. Había un bocadillo de tocino y tomate, un
bizcocho relleno de jalea y un pepinillo envuelto en una página de tiras cómicas que McGee
fue incapaz de identificar. No había salchichas. Bowser había dado cuenta de las salchichas
del almuerzo de Coffey.
McGee entregó el paquete a uno de sus hombres sin quitarle los ojos de encima a Coffey.
Estaba demasiado cerca del grandullón para permitirse desviar la atención de él un solo
segundo. El almuerzo, envuelto y atado otra vez, acabó en la mochila de Bobo, donde llevaba
comida para los perros (y seguramente algún anzuelo para pescar). No se presentó como
prueba en el juicio, aunque se mostraron fotografías. Por rápida que fuera la justicia en aquel
rincón del mundo, un bocadillo de tocino y tomate se pudre más deprisa.
-¿Qué ha ocurrido, John Coffey? —preguntó McGee en voz baja y ansiosa-. ¿Quiere
contármelo?
Entonces Coffey dijo a McGee y a los demás lo mismo que a mí, las mismas palabras que
repitió el fiscal al terminar su alegato en el juicio:
-No pude evitarlo -susurró, con las niñas violadas y asesinadas desnudas entre sus brazos,
mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas-. Lo intente, pero era demasiado tarde.
-Queda arrestado por asesinato -dijo el agente McGee, y a continuación escupió en la cara
del negro.
El jurado deliberó apenas cuarenta y cinco minutos. El tiempo suficiente para almorzar.
Me pregunto si tuvieron estómago para hacerlo.
5
Como supondréis, no descubrí todo aquello durante una única y calurosa tarde de octubre
en la sofocante biblioteca de la prisión, leyendo una pila de periódicos guardados en una caja
de naranjas, pero aquel día averigüé lo suficiente para pasar la noche prácticamente en vela.
Cuando mi esposa se levantó a las dos de la madrugada y me encontró sentado en la cocina,
bebiendo leche y liándome un cigarro, me preguntó qué me pasaba y le conté una de las
poquísimas mentiras que le diría en cuarenta y tres años de matrimonio. Dije que había tenido
otra discusión con Percy Wetmore. Era cierto, por supuesto, pero no estaba allí sentado tan
tarde por ese motivo. Por lo general, era capaz de dejar los problemas con Percy Wetmore en
el despacho.
-Bueno, olvida a esa manzana podrida y vuelve a la cama –dijo-. Tengo algo que te
ayudará a dormir, y si lo quieres es todo tuyo.
-Suena bien –dije-, pero será mejor que lo dejemos. Tengo una infección ahí abajo y
prefiero no contagiártela.
-¿Ahí abajo? -Arqueó una ceja-. Supongo que habrás topado con la puta equivocada la
última vez que estuviste en Baton Rouge.
Yo nunca había estado en Baton Rouge y jamás había tocado a una puta, y ambos lo
sabíamos.
-No es más que una infección de orina -expliqué-. Mi madre decía que los hombres la
cogen por mear cuando sopla viento del norte.
-Tu madre también solía quedarse todo el día encerrada si volcaba un poco de sal
-recordó mi esposa-. El doctor Sadier...
-De eso nada -la atajé, levantando la mano-. Querrá que tome sulfamidas y me pasaré la
semana vomitando en todos los rincones del despacho. Ya se pasará. Pero mientras tanto, creo
que scra mejor que Caperucita y el Lobo no salgan a jugar al bosque.
Me besó en la frente, justo encima de la ceja izquierda, cosa que siempre me ponía la
carne de gallina, y Janice lo sabía.
-Pobrecillo. Como si no tuvieras bastante con lo de Percy Wetmore. Ven pronto a la cama.
Lo hice, pero antes salí al patio trasero a vaciar la vejiga (no sin comprobar la dirección
del viento mojando el pulgar con saliva. Rara vez olvidamos lo que nuestros padres nos
enseñan de pequeños, por estúpido que sea). Mear al aire libre es uno de los placeres del
campo que siempre olvidan mencionar los poetas, aunque puedo aseguraros que aquella noche
no fue ningún placer. La orina me quemaba como una brasa ardiente. Sin embargo, tenía la
impresión de que por la tarde había sido más doloroso, y sabía que un par de días antes había
sido aún peor. Tenía la esperanza de que tal vez estuviera empezando a curarme, aunque
nunca tuve una esperanza menos fundada. Nadie me había dicho que en ocasiones una bacteria
atrapada en aquel sitio húmedo y cálido se toma un día o dos de descanso antes de atacar
con mayor ferocidad. Me habría sorprendido que me lo dijeran. Y me habría sorprendido aún
más que me dijeran que quince o veinte años más tarde habría unas píldoras que curaban
aquella clase de infección en tiempo récord y que aunque esas píldoras provocaran náuseas o
diarrea, casi nunca lo hacían vomitar a uno como las pastillas de sulfamida del doctor Sadler.
En 1932 uno no podía hacer mucho más que esperar e intentar olvidar la sensación de que
alguien te había echado gasolina dentro de la polla y luego había encendido una cerilla.
Terminé la leche, volví a la habitación y por fin conseguí dormir. Soñé con niñas de
sonrisa tímida y cabello ensangrentado.
6
A la mañana siguiente había una nota en mi escritorio pidiéndome que pasara por la
oficina del alcaide lo antes posible. Sabía de qué se trataba -había reglas tácitas pero
importantes, y el día anterior las había pasado por alto-, de modo que pospuse la visita todo lo
que pude.
Como acudir al médico para solucionar mi problema de vejiga, supongo. Siempre
he creído que la filosofía del «cuanto antes, mejor» está sobrevalorada.
La cuestión es que no me di ninguna prisa para ir a ver al alcaide Moores. Me quité la
chaqueta de lana del uniforme, la colgué en el respaldo de la silla y encendí el ventilador. Era
otro día caluroso. Luego me senté y estudié el informe nocturno de Brutus Howell. No había
motivo para alarmarse. Delacroix había llorado un rato, como hacía casi todas las noches,
aunque estoy seguro de que más por sí mismo que por la gente que había quemado viva, y
luego había sacado a Cascabel, el ratón, de la caja de cigarros donde pasaba la noche. Eso lo
había calmado, y había dormido como un niño el resto de la noche. Cascabel seguramente la
habría pasado sentado sobre el estómago de Delacroix, con la cola enrollada y los ojos muy
abiertos. Era como si Dios hubiera decidido que Delacroix necesitaba un ángel de la guarda,
aunque, en su infinita sabiduría, había considerado que sólo un ratón podía cumplir esa
función con una rata como nuestro homicida de Louisiana. Naturalmente, nada de aquello
aparecía en el informe de Bruto, pero yo había hecho suficientes turnos de noche para llenar
los espacios entre líneas. Había una nota breve sobre Coffey: «Permaneció despierto, callado,
aunque puede que haya llorado un poco. Intenté entablar conversación, pero después de recibir
unos cuantos gruñidos por respuesta, me di por vencido. Quizá Paul o Harry tengan más
suerte.»
En realidad, «entablar conversación» era nuestra principal misión. Entonces no lo sabía,
pero ahora que lo veo desde la perspectiva de esta extraña vejez (supongo que la vejez siempre
parece extraña a quien tiene que sufrirla) comprendo que era así, y también comprendo por
qué no me daba cuenta de ello entonces: era demasiado importante para nosotros, tan vital
como respirar. No era preciso que los guardias temporales supieran «entablar conversación»,
pero era fundamental para mí y para Harry, Bruto, Dean... Por eso Percy Wetmore era un
desastre. Los presos lo detestaban, los guardias lo detestaban... Creo que todo el mundo lo
odiaba excepto sus contactos políticos y, quizá, su madre. Era como una dosis de arsénico
espolvoreado sobre una tarta de bodas, y supe desde el principio que causaría problemas.
Percy era un accidente que espera el momento oportuno para producirse.
En aquel tiempo el resto de nosotros nos habríamos reído de la idea de que más que
carceleros éramos psiquiatras de los condenados. Una parte de mí todavía se ríe de esa idea,
pero entonces sabíamos que debíamos entablar conversación y que sin ella la mayoría de los
hombres que tenían que sentarse en la silla acababan volviéndose locos.
Apunté la sugerencia de hablar con John Coffey -o al menos intentarlo- al pie del informe
de Bruto, y luego leí una nota de Curtis Anderson, el ayudante del alcaide. Decía que muy
pronto llegaría la FDE de Edward Delacroix (Anderson se equivocaba: el nombre del
condenado era Eduard Delacroix). Las siglas FDE significaban «fecha de ejecución» y, según
aquella nota, el pequeño francés recorrería el pasillo de la muerte antes de Haloween.
Anderson calculaba que el 27 de octubre, y sus cálculos casi siempre eran exactos. Pero antes
de aquello recibiríamos a un nuevo residente, llamado William Wharton. «Es lo que llamarías
un chico travieso -había escrito Curtis con su letra inclinada hacia la izquierda y algo
remilgada-. Salvaje y orgulloso de serlo. Ha vagado por todo el estado durante el último año y
por fin la ha hecho gorda: mató a tres personas en un atraco a mano armada (una de ellas una
mujer embarazada) y a una cuarta mientras huía (un agente del estado). Lo único que le faltó
fue cargarse a una monja y a un ciego.» Sonreí al leer eso último. «Wharton tiene diecinueve
años y lleva tatuado “Billy el Niño” en el antebrazo izquierdo. Creo, o mejor dicho estoy
seguro de que tendrás que azotarlo un par de veces, pero ten cuidado al hacerlo. Al tipo no le
importa nada.» Había subrayado la última frase y por fin concluía: «Además, es probable que
consiga un indulto. Ha interpuesto una apelación y tiene a su favor que es menor de edad.»
De modo que un muchacho salvaje que esperaba una apelación iba a pasar una temporada
con nosotros. Genial. De repente el día me pareció más caluroso y no pude seguir postergando
la visita al alcaide Moores.
Durante mis años de carcelero en Cold Mountain estuve a las órdenes de tres alcaides, y
Hal Moores fue el mejor. Con mucho. Honrado, directo, carecía del rudimentario ingenio de
Curtis Anderson, pero tenía la suficiente habilidad política para mantener su cargo durante
aquellos años nefastos y la integridad necesaria para no dejarse seducir por los trapicheos. No
ascendería de rango, pero no parecía importarle. En aquel entonces tendría cincuenta y ocho o
cincuenta y nueve años y una cara de sabueso llena de arrugas con la que Bobo Marchant
seguramente se habría sentido familiarizado. Tenía el cabello blanco y las manos temblorosas
como si hubiera sufrido alguna clase de parálisis, pero era un tipo fuerte. Un año antes, cuando
un recluso lo había atacado con una astilla arrancada de una caja, Moores había mantenido la
calma, había cogido al rebelde por la muñeca y se la había retorcido con tal fuerza que los
huesos crujieron como unas ramitas que crepitan en el fuego. El recluso se había arrodillado y
había empezado a llamar a su madre.
-No soy tu madre -le había dicho Moores-, pero silo fuera, me recogería la falda, te
mostraria el agujero por donde te parí y te mearía encima.
Cuando entré en su despacho, hizo ademán de levantarse, pero le indiqué con un gesto que
siguiera sentado. Tomé asiento frente a él y lo primero que hice fue preguntarle por su esposa.
Aunque en nuestra tierra, esas cosas se preguntan de otro modo:
-¿Cómo está su preciosa chica? -dije, como si Melinda tuviera diecisiete veranos en lugar
de sesenta y dos o sesenta y tres.
Mi preocupación era sincera, pues su esposa era la clase de mujer a la que podría haber
amado y con la que podría haberme casado si nuestros caminos se hubieran cruzado, pero
tampoco me importaba distraerlo del verdadero motivo de mi visita.
Moores suspiró.
-No muy bien, Paul. No muy bien.
-¿Más dolores de cabeza?
-Esta semana sólo ha padecido uno, pero fue el peor de su vida. La tuvo en cama casi todo
el día. Y ahora siente una extraña debilidad en la mano derecha. -Levantó su propia diestra,
salpicada de manchas seniles. Ambos la miramos temblar unos segundos sobre el escritorio;
luego la bajó.
Sé que habría dado cualquier cosa por no tener que contarme aquello, y yo habría dado
cualquier cosa por no tener que oírlo. Los dolores de cabeza de Melinda habían empezado en
la primavera y durante todo el verano el médico había insistido en que eran «migrañas
nerviosas», quizá provocadas por el inminente retiro de Hal. Pero lo cierto era que ambos
esperaban con impaciencia la jubilación de Moores y mi esposa me había dicho que las
migrañas eran un trastorno propio de los jóvenes y que con la edad no solían empeorar sino
mejorar. Y ahora esa debilidad en la mano. A mí no me parecía que aquello tuviese que ver
con los nervios. Más bien tenía la impresión de que se trataba de una maldita apoplejía.
-El doctor Haverstrom quiere ingresarla en el hospital dc Indianola -continuó Moores-.
Para hacerle algunas pruebas. Radiografías de la cabeza y vaya a saber qué más. Está
aterrorizada. -Hizo una pausa y añadió-: Para serte franco, yo también.
-Ya, pero encárguese de que lo haga –dije-. No espere. Si es algo que puede ver en la
radiografía, tal vez también puedan curarlo.
-Sí -asintió, y luego, sólo por un instante (el único que recuerdo en nuestra conversación)
nuestras miradas se encontraron y se produjo esa clase de perfecto entendimiento que no
necesita palabras.
Podía ser una apoplejía, es cierto, pero también un cáncer de cerebro, y en tal caso los
médicos de Indianola no podrían hacer prácticamente nada. Recordad que todo esto sucedió en
1932, cuando algo tan sencillo como una infección de orina se trataba con sulfamidas o había
que resignarse a sufrir y esperar.
-Agradezco tu interés, Paul. Pero ahora hablemos de Percy Wetmore.
Gruñí y me cubrí los ojos con las manos.
-Esta mañana recibí una llamada de la capital del estado -prosiguió el alcaide con
serenidad-. Como imaginarás, estaban furiosos. Paul, el gobernador está tan casado con su
esposa que es como si no tuviese voluntad propia... No sé si me explico. Su mujer tiene un
hermano que a su vez tiene un hijo. Y ese hijo es Percy Wetmore. Anoche Percy llamó a su
padre y su padre llamó a su hermana. ¿Tengo que contarte el resto?
-No –dije-. Percy se chivó. Igual que el mariquita de la clase que le cuenta a la maestra
que vio a un niño y una niña morreándose en el lavabo.
-Sí -respondió Moores-. Algo así.
-¿Recuerda lo que pasó cuando ingresó Delacroix? -pregunté-. Percy y su maldita porra de
madera.
-Sí, pero...
-Y sabe bien que de vez en cuando la mete entre los barrotes, sólo por diversión. Es cruel
y estúpido. No sé cuánto tiempo más podré soportarlo. Lo digo de verdad.
Nos conocíamos desde hacía cinco años, un tiempo más que suficiente para dos hombres
que se llevan bien, sobre todo cuando su trabajo consiste en hacer un trueque entre la vida y la
muerte. Con esto quiero decir que Moores me entendía. No es que fuera a dejar mi puesto,
sobre todo entonces que la Depresión merodeaba alrededor de los muros de la cárcel como un
criminal peligroso, como un delincuente que no podíamos enjaular junto con los demás.
Hombres mejores que yo estaban en la calle o haciendo chapuzas. Yo tenía suerte y lo sabía.
Hacía dos años que me había desembarazado de mis hijos, ya mayores, y de la losa de
doscientos pavos mensuales de la hipoteca. Pero un hombre necesita comer y su esposa
también. Además, estábamos acostumbrados a enviar a nuestra hija y a nuestro yerno veinte
pavos siempre que podíamos permitírnoslo (y a veces, si las cartas de Jane parecían
desesperadas, también cuando no podíamos). Mi hija era una profesora de instituto en paro y
en aquellos días eso era motiyo más que suficiente para estar desesperada. Por lo tanto, uno no
dejaba un empleo fijo como el mío, por lo menos si sabía mantener la sangre fría. Pero aquel
otoño yo no tenía sangre fría. La temperatura era totalmente inadecuada para la época del año
y la infección que asolaba mis entrañas había subido aún más el termostato. Y cuando un
hombre se encuentra en una situación semejante... bueno, siempre cabe la posibilidad de que
sus puños piensen por él. Pero sí uno le daba un puñetazo a un tipo como Percy Wetmore, más
valía seguir golpeando, porque no había forma de rectificar.
-Aguanta -dijo Moores en voz baja-. Te he llamado principalmente para decirte eso. Sé de
buena fuente, de hecho por la misma persona que me telefoneó esta mañana, que Percy ha
presentado una solicitud para que lo admitan en Briar. Y lo aceptaran.
-Briar -repetí. Se refería a Briar Ridge, uno de los dos hospitales del estado, ambos nidos
de víboras-. ¿Cómo se las arregla ese tío? ¿Piensa pasear-se por todas las instituciones del
estado?
-Es un trabajo administrativo. Tendrá un sueldo mejor y trabajará con papeles, en lugar de
tener que levantar camas en un día caluroso. -Moores sonrió con malicia-. ¿Sabes, Paul?
Podrías haberte librado de él si no lo hubieras mandado a la sala de los interruptores con Van
Hay cuando indultaron al Cacique.
Sus palabras me sonaron tan extrañas que no entendí adónde quería llegar. Quizá no
quisiera entenderlo.
-¿Dónde quería que lo mandase? -pregunté-. ¡Demonios! El tipo no sabe qué hacer en el
bloque. Integrarlo en la plantilla de ejecuciones... -Me detuve a mitad de la frase. No podía
terminar. Las posibilidades de que fastidiara aún más las cosas parecían infinitas.
-De todos modos, harás bien en mandarlo allí para la ejecución de Delacroix. Eso si
quieres librarte de él, claro está.
Lo miré boquiabierto. Por fin comprendí adónde quería ir a parar y logré articular:
-¿Qué dice usted? ¿Que quiere estar lo bastan. te cerca para oler cómo se fríen los huevos
del tipo?
Moores se encogió de hombros. Sus ojos, que parecían tan dulces cuando hablaba de su
esposa, cobraron una expresión cruel.
-Los huevos de Delacroix se freirán tanto si Wetmore está en la plantilla como si no -dijo-
¿No es así?
-Sí, pero podría fastidiarla. De hecho, Hal, es muy probable que la fastidie. Y delante de
treinta testigos, un montón de periodistas venidos de Louisiana...
-Tú y Brutus Howell os aseguraréis de que no la cague -dijo Moores-. Y silo hace,
aparecerá en su informe y seguirá allí mucho después de que pierda sus contactos políticos.
¿Lo entiendes?
Lo entendía. La idea me aterraba y me producía náuseas, pero lo entendía.
-Quizá quiera estar presente en la ejecución de Coffey -añadió Moores-, pero si la suerte
nos sonríe tendrá suficiente con la de Delacroix. Asegúrate de que esté presente.
Había planeado poner a Percy en la sala de los interruptores otra vez y luego mandarlo a
vigilar la camilla que llevaría a Delacroix al furgón fúnebre, al otro lado de la calle de la
prisión, pero cambié de planes sin pensármelo dos veces. Asentí con un gesto. Tenía la
impresión de que estaba corriendo un riesgo importante, pero no me importaba. Con tal de
librarme de Percy era capaz de desafiar al mismísimo diablo. Lo dejaría participar en la ejecución,
ponerle el casquete al condenado e indicarle a Van Hay que le diera al interruptor;
podría contemplar al pequeño francés sufriendo la descarga que él mismo, Percy Wetmore,
había preparado en persona. Que tuviera su asquerosa diversión, si eso era lo que significaba
para él un asesinato impuesto por el estado. Y que luego se marchara a Briar Ridge, donde
tendría su propio despacho y un ventilador para refrescarse. Y si su tío perdía su cargo en las
próximas elecciones y Percy debía descubrir qué significaba trabajar en el mundo exterior,
donde no todos los tipos malos son encerrados detrás de los barrotes de una celda y donde de
vez en cuando hay que agachar la cabeza, tanto mejor.
-De acuerdo -dije al tiempo que me ponía de pie-. Lo dejaré a cargo de la ejecución de
Delacroix y mientras tanto intentaré mantener la paz.
-Bien -respondió Hal, y también se incorporó-. A propósito, ¿cómo va tu problema?
-añadió señalando mi entrepierna con delicadeza.
-Un poco mejor.
-Me alegro. -Me acompañó hasta la puerta-. ¿Y qué me dices de Coffey? ¿Crees que nos
dará problemas?
-No lo creo –respondí-. Hasta el momento ha permanecido más quieto que un gallo
muerto. Es raro, tiene unos ojos extraños, pero parece tranquilo. No se preocupe por él.
-Naturalmente, estarás al corriente de lo que hizo.
-Por supuesto.
Ya estábamos en la oficina contigua, donde la vieja Miss Hannah aporreaba la máquina de
escrrbir, como venía haciendo desde el final de la era glacial. Me alegré de irme. Después de
todo, la había sacado barata. Y era agradable saber que tenía posibilidades de sobrevivir a
Percy.
-Déle recuerdos a Melinda –dije-. Y no se coma el coco. Es muy probable que no tenga
nada mas que migrañas.
Ojalá -dijo y sus labios esbozaron una sonrisa que me dirigía una mirada temerosa. La
combinación de las dos expresiones resultaba truculenta.
Regresé al bloque E a comenzar una nueva jornada. Había que leer y escribir papeles,
limpiar suelos, servir comidas, preparar las actividades para la semana siguiente... organizar
centenares de cosas. Pero sobre todo había que esperar. En las prisiones ésa es la actividad
fundamental. Esperar a que Eduard Delacroix recorriera el pasillo de la muerte, esperar la
llegada de William Wharton con su mueca de odio y su tatuaje de «Billy el Niño» y,
especialmente, esperar a que Percy Wetmore desapareciera de mi vida.
7
El ratón de Delacroix era uno de los grandes misterios de la vida.
Antes de aquel verano,
nunca había visto ninguno en el bloque E y jamás volví a ver uno después de aquel otoño,
cuando Delacroix abandonó el mundo en una cálida y tormentosa noche de octubre. Lo hizo
de una forma tan indescriptible que casi no me atrevo a recordar la escena. Delacroix afirmaba
que había amaestrado a su ratón -que comenzó su vida entre nosotros como « WiIIie, el del
barco de vapor »- pero yo creo que era al revés. Dean Stanton y Bruto estaban de acuerdo
conmigo. Ambos se encontraban allí la noche en que apareció ei ratón y, como decía Bruto:
«Ese bicho ya estaba medio domesticado y era mucho más listo que el francés que se creía su
dueño.»
Dean y yo nos hallábamos en mi despacho revisando el archivo dél año anterior y
preparándonos para escribir cartas de seguimiento a los testigos de cinco ejecuciones y luego
cartas de seguimiento a las cartas de seguimiento, hasta sumar un total de veintinueve. Lo que
queríamos saber, fundamentalmente, era si estaban satisfechos con el servicio. Sé que suena
morboso, pero era un punto importante. En su calidad de contribuyentes, eran nuestros
clientes, al margen de las características peculiares del servicio. Un hombre o una mujer que
acuden a una ejecución a medianoche tienen que tener una razón importante para estar allí,
una necesidad especial, y para que la ejecución sirva de algo esa necesidad debe ser satisfecha.
Habían vivido una pesadilla, y el objeto de la ejecución era demostrarles que la pesadilla había
terminado. Quizá diese resultado; al menos en ciertos casos.
-¡Eh! -gritó Bruto desde el otro lado de la puerta, sentado tras el escritorio de guardia-. ¡Eh,
vosotros! ¡Venid aquí!
Dean y yo nos miramos con idéntica expresión de alarma, pensando que tal vez les hubiera
ocurrido algo al indio de Oklahoma (se llamaba Arlen Bitterbuck, pero nosotros lo
llamábamos el Cacique, y Harry Terwilliger Jefe Queso de Cabra, porque aseguraba que olía a
algo semejante) o al tipo que llamábamos el Presidente. Pero de repente Bruto se echó a reír y
los dos corrimos a ver qué pasaba. Reírse en el bloque E era casi tan irreverente como reír en
misa.
El viejo Tuu-Tuu, el preso de confianza que en aquel entonces llevaba el carrito de la
comida, había pasado con su surtido de delicias y Bruto había acumulado provisiones para la
noche: tres bocadillos, dos gaseosas y un par de empanadillas.
También había una ensalada de patatas, indudablemente robada de la cocina de la prisión, a la
que se suponía que Tuu no tenía acceso. El registro del día estaba abierto sobre la mesa y era
un milagro que Bruto todavía no lo hubiese manchado. Claro que acababa de empezar a
comer.
-¿Qué? -preguntó Dean-. ¿Qué pasa?
-Parece que este año el estado no repara en gastos y ha contratado a un nuevo carcelero
-dijo Bruto sin dejar de reír-. Mirad eso.
Señaló el ratón. Yo también reí, y Dean me imitó. Era inevitable, porque aquel ratón tenía
exactamente ci mismo aspecto de un guardia que hace su ronda cada quince minutos: un
diminuto guardia peludo que se aseguraba de que nadie intentara escapar o suicidarse. Corría
por el pasillo de la muerte en dirección a nosotros, se detenía por un instante y volvía la
cabeza a uno y otro lado como si controlase las celdas. Luego avanzaba otro trecho y repetía la
operación. Los ronquidos de los presos, que dormían profundamente a pesar de nuestras
carcajadas, hacían que la situación pareciera aún más cómica.
Era un ratoncillo marrón perfectamente vulgar, excepto por su forma de vigilar las celdas.
Incluso se escabulló dentro de un par de ellas con una habilidad que seguramente envidiarían
los condenados pasados y presentes. Claro que a los presidiarios les interesaría salir, en lugar
de entrar.
El ratón no entró en ninguna de las dos celdas ocupadas, sólo en las vacías, y por fin llegó
muy cerca de nosotros. Yo esperaba que se volviera, pero no lo hizo. No parecía tememos en
absoluto.
-No es normal que un ratón se acerque a la gente de ese modo -observó Dean con cierto
nerviosismo-. Quizá tenga la rabia.
-¡Vaya! -exclamó Bruto masticando un bocadillo de carne enlatada-. El gran experto en
ratones. El Maestro de los Ratones. ¿Acaso ves que le salga espuma de la boca?
-Ni siquiera le veo la boca -respondió Dean, y volvimos a reir.
Yo tampoco podía verle la boca, pero sí las pequeñas cuentas oscuras de los ojos, que no
parecían enajenados ni rabiosos. De hecho, el ratón tenía una mirada curiosa e inteligente. He
acompañado a la muerte a hombres que, a pesar de su alma supuestamente inmortal, eran más
tontos que aquel ratón.
El ratón avanzó por el pasillo y se detuvo a menos de un metro de distancia del escritorio
de guardia, que no era un mueble bonito, como quizá imagináis, sino una mesa similar a las
que usaban los profesores del instituto local. Al llegar a aquel punto se sentó con la cola
enroscada entre las patas, tan elegante como una anciana que se acomoda la falda.
De repente dejé de reír y sentí que un frío extraño me calaba los huesos. Me gustaría decir
que no sé por qué tuve esa sensación -a nadie le gusta explicar algo que hace que se sienta o
parezca ridículo-, pero lo sé, y si estoy dispuesto a contar la verdad sobre el resto de los
acontecimientos supongo que también puedo confesar esto. Por un instante imaginé que era
ese ratón, no un guardia sino un vulgar convicto del pasillo de la muerte, convicto y
condenado pero aun así capaz de mirar con valentía el escritorio que parecía estar a kilómetros
de distancia (como sin duda veremos el trono de Dios en el momento del juicio final) y a los
gigantes de voces graves y uniforme azul sentados al otro lado. Gigantes que disparaban a los
de su especie con pistolas, les pegaban escobazos o les tendían trampas para romperles el
pescuezo mientras ellos trepaban cuidadosamente a mordisquear el queso dejado como
señuelo sobre la pequeña placa de cobre.
Junto al escritorio de recepción no había ninguna escoba, pero sí un cubo y un mocho. Yo
me había ocupado de fregar el suelo verde de linóleo y las seis celdas antes de sentarme con
Dean delante de los archivos. Noté que Dean estaba a punto de echar mano del mocho y le
cogí la muneca Justo cuando sus dedos rozaban el delgado mango de madera.
-Déjalo en paz -dije.
Dean se encogió de hombros y retiró la mano. Tuve la sensación de que tenía tan pocas
ganas de espantar al ratón como yo.
Bruto partió un trozo pequeño de su bocadillo de carne, lo cogió delicadamente entre dos
dedos y lo tendió delante del escritorio. El ratón miró hacia arriba con mayor interés, como si
supiera exactamente de qué se trataba. Quizá lo supiera, pues lo vi mover los bigotes y arrugar
el hocico.
-¡No, Bruto! -exclamó Dean y se volvió hacia mí-. No dejes que haga eso, Paul. Si
alimenta a ese maldito bicho acabaremos tendiéndole una alfombra a cualquier ser de cuatro
patas.
-Sólo quiero ver qué hace -explicó Bruto-. Simple interés científico.
Me miró. Después de todo yo era el jefe, incluso cuando se trataba de resolver pequeñas
desviaciones de la rutina como aquélla. Reflexioné por un instante y me encogí de hombros,
como si me diera igual una cosa que otra. La verdad es que yo también sentía cierta curiosidad
por ver qué hacía el ratón.
Desde luego, se lo comió. Después de todo, estábamos en los tiempos de la Depresión.
Pero la forma en que lo hizo fue lo que más nos llamó la atención. Se aproximó al trozo de
bocadillo, lo olfateó y luego se levantó en dos patas igual que un perro amaestrado, lo cogió y
separó el pan para comerse la carne. Todo con los modales pausados y precisos de un hombre
que da cuenta de un buen plato de carne asada en su restaurante favorito. Pero no nos quitó la
vista de encima mientras comia.
-O es muy listo o está muerto de hambre -dijo una voz nueva. Era Bitterbuck. Había
despertado y estaba junto a los barrotes de la celda, vestido únicamente con un par de
calzoncillos anchos.
Tenía un cigarrillo en la mano derecha, entre los nudillos de los dedos índice y corazón, y
el pelo gris acerado le caía sobre los hombros -antaño quizá musculosos, pero ahora bastante
flácidos- en un par de trenzas.
-¿Conoces algún sabio proverbio indio sobre los ratones, Cacique? -preguntó Bruto
mirando comer al ratón.
Todos estábamos fascinados por la forma en que el animalito sostenía el trozo de carne
enlatada entre las patas delanteras. De vez en cuando lo hacía girar o se detenía a contemplarlo
como si lo admirase.
-No -respondió Bitterbuck-. Una vez conocí a un guerrero con un par de guantes que según
él eran de piel de ratón, pero no me lo creí. -Rió, como si hubiera contado un chiste, y se
apartó de los barrotes. Oímos el crujido de la cama cuando volvió a tenderse.
Aquel sonido fue como una señal para que el ratón se marchara. Terminó de comer el
trozo de carne que tenía entre las patas, olfateó lo que quedaba (en su mayor parte pan
empapado en mostaza) y volvió a mirarnos, como si quisiera recordar nuestras caras por si
volvía a topar con nosotros. Luego dio media vuelta y corrió por donde había venido, esta vez
sin detenerse a controlar las celdas. Su prisa me recordó al conejo blanco de Alicia en el país
de las maravillas, y sonreí. No se detuvo en la puerta de la celda de seguridad, pero desapareció
por debajo de ella. La celda de seguridad tenía paredes acolchadas para la gente con la
sesera blanda. Cuando no la usábamos, guardábamos allí los utensilios de limpieza y algunos
libros (casi todas novelas del Oeste de Clarence Mulford, pero también una historieta ilustrada
de Popeye -que sólo cogíamos en ocasiones especiales- donde el propio Popeye, Bruto, e
incluso Cocoliso, el fanático de las hamburguesas, se turnaban para besuquear a Olivia).
También había material de artesanía, incluidos los lápices de cera que más tarde usaría
Delacroix. No es que entonces el tipo fuese un problema; recordad que todo esto sucedió
antes.
Además, en la celda de seguridad había una camisa que nadie quería usar: blanca,
confeccionada en lona blanca reforzada y con botones, presillas y hebillas en la espalda.
Todos sabíamos cómo inmovilizar en un santiamén con aquella camisa a un muchacho
travieso. Nuestros muchachos descarriados no solían ponerse violentos, pero cuando lo hacían,
no esperábamos que la situación mejorara por sí sola.
Bruto abrió el cajón del escritorio y sacó el libro encuadernado en cuero con la palabra
«VISITAS» grabada en letras doradas en la tapa. Por lo general, aquel libro permanecía meses
enteros dentro del cajón. Cuando un prisionero tenía visita -a menos que fuera su abogado o el
sacerdote- se lo llevaba a una sala reservada para ese uso. La llamábamos la Galería, aunque
no sé por qué.
-¿Qué demonios haces? -preguntó Dean Stanton, mirando por encima de sus gafas cómo
Bruto abría el libro y lo hojeaba, pasando las visitas de presos que ya habían muerto.
-Cumplir con la ordenanza número diecinueve -respondió Bruto, buscando la página
correspondiente a la fecha del día.
Cogió un lápiz, chupó la punta -una desagradable costumbre que se resistía a abandonar- y se
preparó para escribir. La ordenanza diecinueve decía exactamente: «Todo visitante del bloque
E debe llevar un pase y su presencia debe quedar registrada sin excepciones.»
-Se ha vuelto loco -dijo Dean volviéndose hacia mi.
-No nos enseñó el pase, pero por esta vez lo dejaré pasar -dijo Bruto. Volvió a chupar la
punta del lápiz y escribió 21.49 en la columna correspondiente a «Hora de entrada».
-Desde luego –dije-. Seguro que los jefes hacen una excepción con los ratones.
-Claro que sí -asintió Bruto-. No tiene bolsillos donde abrocharse el pase.
Se volvió para mirar el reloj colgado en la pared, detrás del escritorio, y apuntó 22.10 en la
columna de «Hora de salida». La casilla más grande entre los dos números rezaba «Nombre
del visitante». Después de un instante de reflexión -quizá dedicado a resolver sus problemas
con la ortografía, pues estoy seguro de que ya sabía qué debía escribir- Brutus Howel escribió
«Willie, el del barco de vapor», que era el mote que todo el mundo daba a Mickey Mouse en
aquellos días. Quizá se debiera al primer dibujo animado hablado del ratón, donde el anímalito
hacía girar los ojos, balanceaba las caderas y tiraba del cordón de la sirena en la timonera de
un barco de vapor.
-Ya está -dijo Bruto cerrando el libro y guardándolo luego en el cajón-. Todo arreglado.
Yo reí, pero Dean, que se tomaba con seriedad incluso las bromas más evidentes, se
limpiaba las gafas con nerviosismo y expresión ceñuda.
-Si alguien ve eso, tendrás problemas. -Vaciló y añadió-: Sobre todo si lo ve la persona
equivocada. -Volvió a vacilar, mirando alrededor como si temiera que las paredes tuvieran
oídos, y concluyó-: Alguien como Percy Lameculos Wetmore.
-Bah -dijo Bruto-. El día que Percy Wetmore ponga sus asquerosas garras sobre esta mesa,
dimitire.
-No tendrás necesidad de hacerlo -señaló Dean-. Te echarán por hacer bromas en el libro
de visitas en cuanto Percy se lo cuente a la persona indicada. Y lo hará. Sabes que lo hará.
Bruto lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Supuse que esa misma noche borraría
lo que había escrito. Y si no lo hacía él, lo haría yo.
La noche siguiente, después de acompañar a Bitterbuck y al Presidente al bloque D, donde
duchábamos a nuestro grupo después de encerrar a los reclusos normales, Bruto me preguntó
si debíamos buscar a Willie en la celda de seguridad.
-Creo que sí -dije.
La noche anterior nos habíamos divertido con el ratón, pero sabía que si Bruto y yo lo
encontrábamos en la celda -sobre todo si descubríamos que había comenzado a abrir una
ratonera en una de las paredes acolchadas- lo mataríamos. Mejor matar al pionero, por
divertido que éste fuera, que tener que lidiar luego con sus seguidores. Y no necesito deciros
que ninguno de los dos tendría demasiados escrúpulos a la hora de asesinar a un ratón. Al fin y
al cabo, el gobierno nos pagaba para que matáramos ratas.
Pero aquella noche no encontramos a Willie, el del barco de vapor -más tarde conocido
como Cascabel- ni en las paredes acolchadas ni detrás de ninguno de los trastos que sacamos
al pasillo. De hecho, allí dentro había mucha más basura de la que yo esperaba, quizá porque
hacía tiempo que no usábamos la celda. Eso cambiaría con la llegada de William Wharton,
pero, naturalmente, entonces aún no lo sabíamos. Por suerte.
-¿Dónde se habrá metido? -preguntó Bruto al fin, secándose el sudor de la nuca con un
pañuelo azul-. No hay agujeros, ni grietas... Está eso, por supuesto, pero... -Señaló una rejilla
en el suelo por donde podría haberse escabullido, pero debajo había una finísima tela metálica
que no hubiera permitido el paso de una mosca-. ¿Cómo entró? Y ¿cómo salió?
-Ni idea -respondí.
-Porque entró aquí, ¿verdad? Los tres lo vimos.
-Sí, pasó por debajo de la puerta. Habrá tenido que encogerse un poco, pero lo hizo.
-¡Por el Altísimo! -exclamó Bruto, una expresión que sonaba extrana viniendo de un tipo
tan alto como él-. Es una suerte que los presos no puedan encogerse de ese modo, ¿verdad?
-Ya lo creo -respondí, echando un último vistazo a las paredes acolchadas con la
esperanza de encontrar un agujero, una grieta o algo por el estilo. No había nada semejante-.
Bueno, vámonos.
Willie, el del barco de vapor, reapareció tres noches después, cuando Harry Terwilliger
estaba en la mesa de guardia. Percy también se encontraba de guardia y persiguió al ratón por
todo el pasillo con el mismo mocho que Dean había tenido intención de usar. El roedor lo
esquivó con facilidad y se escabullé victorioso debajo de la puerta de la celda de seguridad.
Maldiciendo a voz en cuello, Percy abrió la puerta y volvió a sacar todos los trastos. Según
dijo Harry, fue una escena aterradora y graciosa al mismo tiempo. Percy juraba que iba a
coger al maldito ratón y a arrancarle de cuajo la asquerosa cabeza, pero no lo hizo, desde luego.
Media hora más tarde volvió a la mesa de guardia, sudoroso y desaliñado, con la camisa
del uniforme fuera de los pantalones. Se apartó el pelo de los ojos y le dijo a Harry -que
durante todo el incidente había permanecido leyendo tranquilamente- que iba a poner un
burlete de goma debajo de la puerta para solucionar el problema.
-Lo que te parezca mejor, Percy -respondió Harry, pasando la página de la novela que
estaba leyendo. Supuso que Percy se olvidaría de cerrar el intersticio de debajo de la puerta, y
tenía razón.
8
A finales del invierno, mucho después de estos episodios, Bruto vino a buscarme una
noche en que estábamos los dos solos.
El bloque E se hallaba temporalmente vacío y los
demás guardias habían sido asignados a otras tareas. Percy ya se había marchado a Briar
Ridge.
-Ven aquí -dijo Bruto con una voz tan chillona y graciosa que hizo que levantase la cabeza
de inmediato. Aquella noche caía una fina cellizca y yo, que acababa de llegar de la calle,
estaba sacudiendo mi chaqueta antes de colgarla.
-¿Algún problema? -pregunté.
-No –dijo-, pero he descubierto por dónde entraba y salía Cascabel. Me refiero al sitio por
donde entró la primera vez, antes de que Delacroix lo adoptara. ¿Quieres verlo?
Por supuesto que quería. Lo seguí por el pasillo de la muerte hasta la celda de seguridad.
Todos los trastos que guardábamos allí estaban en el pasillo. Era obvio que Bruto había
aprovechado la ausencia de huéspedes para hacer limpieza general. La puerta estaba abierta y
vi el cubo y el mocho dentro. El suelo, del mismo y nauseabundo color verdoso del pasillo, se
secaba por franjas. En medio de la habitación estaba la escalera que solíamos guardar en el
almacén, que también era la última parada de los condenados. En el peldaño superior de la
escalera había un tablón de madera, como el que usan los obreros para apoyar las herramientas
o el bote de pintura mientras trabajan. En este caso, encima del tablón había una linterna, y
Bruto me la paso.
-Sube. Eres más bajo que yo, así que tendrás que llegar casi arriba del todo, pero yo te
sujetaré las piernas.
-Tengo las piernas algo enclenques -dije mientras comenzaba a subir-. Sobre todo las
rodillas.
-Lo tendré en cuenta.
-Bien -dije-, porque romperme una cadera sería un precio demasiado alto para descubrir la
madriguera de un ratón.
-¿Qué?
-Olvídalo. -Mi cabeza rozaba la lámpara colgada en el centro del techo y sentía la escalera
balancearse precariamente bajo mi peso. También oía rugir ci viento invernal en el exterior del
edificio-. No me sueltes.
-No te preocupes, te tengo. -Agarró mis pantorrillas con fuerza y subí otro escalón. Ahora
mi cabeza estaba a menos de treinta centímetros del techo y veía las telarañas que un par de
arañas laboriosas habían tejido en las juntas de las vigas. Apunté con la linterna, pero no vi
nada que mereciera el riesgo que estaba corriendo.
-No, jefe -dijo Bruto-. Estás mirando demasiado lejos. Mira a la izquierda, en la unión de
esas dos vigas. ¿La ves? Una está algo descolorida.
-Las veo.
-Apunta la luz a la junta.
Lo hice y de inmediato descubrí a qué se refería. Las vigas estaban sujetas con media
docena de tarugos y faltaba uno, dejando un agujero negro y circular del tamaño de una
moneda de veinticinco centavos. Lo miré y luego me volví hacia Bruto con cuidado.
-El ratón era pequeño –dijo-, ¿pero tanto? Hombre, no lo creo.
-Se fue por ahí -dijo Bruto-. Está más claro que el agua.
-Yo no lo veo tan claro.
-Acércate y huele. No te preocupes, te tengo bien sujeto.
Obedecí. Me cogí de una de las vigas con la mano izquierda y me sentí mejor al hacerlo.
El viento soplaba otra vez en el exterior y sentía una ráfaga de aire procedente del agujero.
Podía oler el característico aroma de una noche de invierno en el sur... pero también algo más.
Olía a menta.
Recordé la voz quebrada de Delacroix diciendo «No deje que le pase nada a Cascabel».
Aún podía oírla y sentir el calor del cuerpo del ratón mientras el francés me lo entregaba. Era
sólo un ratón, más listo que la mayor parte de los miembros de su especie, pero un ratón de
cabo a rabo. «No deje que ese maldito cerdo le haga daño a mi ratón», había dicho, y yo le
había prometido que no lo permitiría, como siempre prometía a los condenados lo que querían
cuando recorrer los pasillos de la muerte dejaba de ser un mito o una hipótesis para convertirse
en una realidad ineludible. ¿Me pedían que enviara una carta a un hermano que no habían visto
en veinte años? Lo prometía. ¿Me pedían que rezara quince avemarías por su alma? Lo
prometía. ¿Me pedían que los dejara morir con el nombre espiritual y que grabara ese mismo
nombre en sus tumbas? Lo prometía. Era la forma de que aceptaran recorrer el pasillo sin
causar problemas, la forma de sentarlos en la silla situada al fondo sin que perdieran la razón.
Naturalmente, no podía cumplir con todas las promesas, pero sí cumplí con la que le hice a
Delacroix. El pobre había pagado su crimen con creces. El maldito cerdo no había vuelto a
hacerle daño al ratón, pero se había desquitado a gusto con Delacroix. Sé muy bien lo que había
hecho el francés, pero nadie merece lo que le pasó a Eduard Delacroix cuando se sentó en
el feroz regazo de la Freidora.
En aquel agujero olía a menta. A menta y a algo más.
Extraje una pluma del bolsillo de mi chaqueta con la mano derecha, sin dejar de sujetarme a la
viga con la izquierda y olvidando las cosquillas que Bruto me hacía involuntariamente en mis
sensibles rodillas. Le quité el capuchón a la pluma con una sola mano, luego metí la punta en
el orificio y saqué algo. Era una pequeña astilla de madera pintada de color amarillo chillón.
Entonces volví a oír la voz de Delacroix, esta vez con tanta claridad como si el francés
estuviera con nosotros en la celda, la misma celda donde William Wharton había pasado tanto
tiempo.
«¡Eh, muchachos! -dijo en esta ocasión la voz, la voz risueña y asombrada de un hombre
que ha olvidado, al menos por un momento, dónde estaba y lo que le aguardaba-. Vengan a
ver lo que es capaz de hacer Cascabel. »
-Cielos -murmuré. Me había quedado sin aliento.
-Has encontrado otra, ¿verdad? -pregunto Bruto-. Yo encontré tres o cuatro.
Bajé y proyecté la luz de la linterna sobre la mano grande y abierta del guardia. Me
mostraba varias astillas de colores que parecían un juego de palitos chinos para enanos. Dos
eran amarillas, como la que había encontrado yo, una verde y otra roja. No estaban pintadas
sino coloreadas con lápices de cera.
-¡Vaya, chico! -dije en voz baja y temblorosa-. ¿Qué hacían allí arriba?
-Cuando yo era pequeño, no era corpulento como ahora -dijo Bruto-. Crecí sobre todo
entre los quince y los diecisiete años. Hasta entonces era un renacuajo. Y la primera vez que
fui a la escuela me sentí pequeño como... bueno, como un ratón. Estaba asustadísimo. ¿Y
sabes lo que hice?
Sacudí la cabeza. Fuera sopló otra racha de aire y en los ángulos formados por las vigas las
telarañas se movieron suavemente, como si fueran hilos de encaje podrido. Nunca había
estado en un sitio tan lúgubre, y en aquel momento, mirando las astillas del carrete que tantos
problemas había causado, mi cabeza comprendió lo que el corazón me decía desde que John
Coffey había recorrido el pasillo de la muerte: no podría seguir mucho tiempo en aquel
empleo. Con Depresión o sin ella, no podría ver a muchos más hombres dirigirse desde mi
despacho hacia la muerte.
-Le pedí un pañuelo a mi madre -continuo Bruto-. Así, cuando me sentía pequeño y
asustado podía oler su perfume para no sentirme tan mal.
-¿Crees que ese ratón arrancó algunas astillas del carrete para recordar a Delacroix?
¿Acaso piensas que un raton...?
Alzó la vista y por un instante me pareció ver lágrimas en sus ojos, aunque quizá fuese una
ilusión óptica.
-No digo nada, Paul, pero las encontré allí arriba y olí a menta, igual que tú. Y no puedo
seguir haciendo esto. No pienso seguir haciéndolo. Si veo a un solo hombre más en esa silla,
me moriré. El lunes voy a pedir el traslado al correccional de menores. Si lo consigo, bien; si
no, dimitiré y volveré a dedicarme a la agricultura.
-¿Alguna vez cultivaste algo más que piedras?
-No me importa.
-Ya lo sé -dije-: Creo que haré lo mismo que tu.
Me miró fijamente para asegurarse de que no le tomaba el pelo, y luego hizo un gesto
afirmativo con la cabeza, como si la cuestión hubiera quedado zanjada. El viento volvió a
soplar, esta vez con suficiente fuerza para hacer crujir las vigas, y ambos miramos con
inquietud las paredes acolchadas. Creo que por un instante ambos pudimos oír a William
Wharton -no Billy el Niño, sino el Salvaje Bill, como lo habíamos llamado desde el día en que
entró en el bloque- gritando y riendo, diciéndonos que nos alegraríamos de librarnos de él, que
nunca lo olvidaríamos. Y tenía razón.
Bruto y yo respetamos el acuerdo al que llegamos aquella noche en la celda de seguridad.
Fue como un juramento solemne sobre las pequeñas astillas de colores. Ninguno de los dos
volvió a participar en una ejecución. La de John Coffey fue la última.
CONTINUARÁ...

2ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHEN KING


2ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHEN KING
_
STEPHEN
KING
El pasillo de la muerte
2º parte
( Un ratón en el pasillo )
Titulo original : The Green Mile II. The Mouse on the Mile
_
1
La residencia donde cruzo mi último ramillete de tes y punteo mis últimas y enrevesadas íes,
se llama Georgia Pines.
Está a unos setenta y cinco kilómetros de Atlanta y a unos doscientos años
luz de la vida tal como la vive la mayoría de la gente; es decir, la gente que aún no ha cumplido los
ochenta. Quienes leáis esto tendréis que tomar precauciones para que no haya un sitio así
esperándoos en el futuro. No es un lugar sórdido, al menos en líneas generales -hay televisión por
cable y la comida es buena, aunque uno ya no pueda masticar gran cosa-, pero, a su manera, es una
antesala de la muerte, igual que el bloque E de Cold Mountain.
Incluso hay un tipo que me recuerda a Percy Wetmore, que consiguió un puesto en el pasillo
de la muerte sólo porque estaba emparentado con el gobernador del estado. Dudo que este tipo
tenga parientes importantes, aunque se comporta como silos tuviera. Se llama Brad Dolan.Siempre
está peinándose, igual que Percy, e invariablemente lleva algo para leer en el bolsillo trasero del
pantalón. Percy leía revistas como Argosy y Men's Adventure; Brad lee libros de bolsillo con títulos
como Chistes verdes o Chistes morbosos. Se pasa todo el tiempo preguntándole a la gente por qué el
francés cruzó la calle, cuántos polacos se necesitan para cambiar una bombilla o cuántos
empleados de pompas fúnebres hay en un funeral en Harlem. Al igual que Percy, Brad es un idiota
incapaz de encontrarle la gracia a algo que no sea mezquino.
El otro día, Brad dijo algo muy cierto, aunque yo no le doy demasiado crédito por ello.
Como dice el proverbio, hasta un reloj parado tiene razón dos veces al día.
-Es una suerte que no tengas el mal de Alzheimer, Paulie -me dijo.
Detesto que me llame Paulie, pero él insiste y ya he dejado de pedirle que no lo haga. Hay un
par de dichos, no exactamente proverbios, que pueden aplicarse a Brad Dolan: uno es «puedes
llevar a un caballo al agua, pero no puedes obligarlo a beber, y otro, «puedes vestirlo de gala, pero
no por ello conseguirás que salga de fiesta». En su terquedad, Brad es igual que Percy.
Cuando hizo ese comentario estaba fregando el suelo de la terraza, donde he estado
corrigiendo las páginas que ya he escrito. Son muchas y creo que habrá muchas más.
-¿Sabes qué es en realidad el mal de Alzheimer?
-No -respondí-, pero estoy seguro de que me lo dirás, Brad.
-Es el sida de los viejos -dijo, y soltó una carcajada, «Ja ja ja», como siempre que cuenta uno
de sus estúpidos chistes.
Yo no reí, porque lo que dijo me tocó en lo más hondo. No es que tenga el mal de
Alzheimer. Aunque en la hermosa Georgia Pines veo muchos casos, sólo sufro de las lagunas de
memoria típicas de los viejos. El problema parece afectar más al cuándo que al qué. Releyendo lo
que he escrito, se me ocurre que recuerdo todo lo que sucedió en 1932; es el orden de los
acontecimientos lo que se confunde en mi cabeza. Sin embargo, con un poco de cuidado creo que
puedo resolver incluso ese problema, al menos hasta cierto punto.
John Coffey llegó al bloque E, el pasillo de la muerte, en octubre de aquel año, condenado
por la muerte de unas gemelas de nueve años de apellido Detterick. Ése es el acontecimiento
fundamental, y si lo mantengo presente, me las apañaré bastante bien. William Wharton, o el
Salvaje Bill, entró después de Coffey, y Delacroix, antes. Y antes aún vino el ratón, a quien Brutus
Howell -Bruto para los amigos- llamaba Willie, el del barco de vapor, y Delacroix bautizó con el
nombre de Cascabel.
Comoquiera que se llamara, lo cierto es que el ratón apareció antes, incluso antes que Del.
Todavía era verano cuando se dejó caer allí, y por entonces teníamos otros dos prisioneros en el
pasillo de la muerte: el Cacique, Arlen Bitterbuck, y el Presi, Arthur Flanders.
El ratón; el maldito ratón. Delacroix lo adoraba, pero Percy Wetmore no. Percy lo odió desde
el principio.
2
El ratón volvió unos tres días después de que Percy lo persiguiera por el pasillo de la muerte
por primera vez. Dean Stanton y Bill Dodge discutían de política... lo que en aquellos días
significaba que hablaban de Roosevelt y Hoover (Herbert, no J. Edgar).
Comían galletas Ritz de
una caja que Dean había comprado a Tuu Tuu una hora antes. Percy los escuchaba desde la puerta
del despacho, mientras hacía prácticas con la porra que tanto le gustaba. La sacaba de aquella
ridícula funda hecha a mano que vaya a saber dónde había conseguido, la arrojaba y la atajaba en
el aire (al menos lo intentaba: de no ser por el lazo que la mantenía sujeta a su mano, la mayor
parte de las veces habría acabado en el suelo) y volvía a enfundarla. Aquella noche yo no estaba de
servicio, pero Dean me lo contó todo al día siguiente.
El ratón apareció en el pasillo de la muerte como había hecho antes: avanzaba dando
pequeños saltitos, se detenía y se volvía como si inspeccionase las celdas vacías. A1 cabo de un
rato, seguía avanzando, incansable, como si supiera que le esperaba un largo recorrido y estuviese
dispuesto a hacerlo.
Esta vez el Presidente estaba despierto, de pie junto a la puerta de su celda. Aquel tipo era
demasiado: se las apañaba para parecer elegante incluso con el uniforme azul de presidiario. Todos
sabíamos que con esa pinta no podía acabar en la Freidora, y teníamos razón, porque menos de una
semana después de que el ratón apareciese por segunda vez, la sentencia se conmutó por cadena
perpetua, y el Presi fue a reunirse con los presos corrientes.
-¡Eh! -llamó-. ¡Aquí hay un ratón! ¿Qué clase de pocilga es ésta?
Aunque reía, Dean dijo que parecía indignado, como si una sentencia de muerte no fuera
suficiente para acallar al miembro del club Kiwani1 que llevaba en su interior. Había sido
coordinador regional de una organización llamada Asociación Inmobiliaria del Sur y se había
creído lo bastante listo para salir impune después de arrojar al viejo chocho de su padre desde un
tercer piso y cobrar una póliza vitalicia en concepto de indemnización. Se había equivocado,
aunque no por mucho.
-Calla, capugante -dijo Percy, aunque calificar así a la gente ya era un acto reflejo en él.
En realidad, estaba pendiente del ratón. Había enfundado la porra y sacado una de sus
revistas, pero arrojó ésta sobre la mesa de entrada, volvió a desenfundar la porra y comenzó a
golpearla contra los nudillos de su mano izquierda.
-Hijo de puta -dijo Bill Dodge-. Nunca había visto un ratón por aquí.
-Es bastante simpático -señaló Dean-. Y no tiene miedo a nadie.
-¿Cómo lo sabes?
-Estuvo aquí la otra noche. Percy también lo vio. Bruto lo llama Willie, el del barco de vapor.
Percy dejó escapar una risita burlona, pero no dijo nada. Golpeaba la porra con más fuerza
contra la palma de la mano.
-Miradlo -añadió Dean-. El otro día llegó hasta el escritorio. Quiero ver si lo hace otra vez.
Lo hizo, apartándose del Presi al pasar, como si no le gustara cómo olía nuestro interno
parricida. Inspeccionó dos de las celdas desocupadas, trepó incluso a dos de los camastros vacíos y
sin colchón para olfatearlos, y volvió al pasillo de la muerte. Y todo el tiempo Percy siguió allí,
dando golpes con la porra, callado para variar, ansioso por hacer que el ratón se arrepintiera de
haber regresado. Impaciente por enseñarle una lección.
-Es una suerte que no tengáis que sentarlo en la Freidora, muchachos -dijo Bill, interesado a
su pesar-. Lo tendríais muy mal para abrocharle el casquete.
Percy permaneció callado, pero cogió la porra entre los dedos muy lentamente, como si se
tratara de un cigarro.
El ratón se detuvo en el mismo sitio que la vez anterior, a menos de un metro de la mesa de
entrada, y alzó la vista hacia Dean como un prisionero ante el juez. Miró a Bill por un instante y
luego volvió a concentrar su atención en Dean. A Percy no pareció hacerle el menor caso.
1. Prestigioso club internacional de profesionales. (N. de la T )
-Hay que reconocer que el cabroncete es valiente -dijo Bill, y alzó un poco la voz-: ¡Eh, tú,
Willie, el del barco de vapor!
El ratón se encogió un poco y movió las orejas, pero no huyó; ni siquiera demostró que
tuviera intención de hacerlo.
-Ahora mirad esto -dijo Dean, recordando que Bruto le había dado un trozo de su bocadillo
de carne-. No sé si volverá a hacerlo, pero...
Partió la galleta y arrojó un trozo al ratón. Por un par de segundos el animalito contempló el
fragmento anaranjado con sus ojos negros e intensos, mientras lo olfateaba a distancia moviendo
sus finísimos bigotes. Luego se acercó, cogió el trozo de galleta entre las patas delanteras, se sentó
y comenzó a comer.
-¡Que me aspen! -exclamó Bill-. Come con los mismos modales que un párroco en la casa
parroquial el sábado por la noche.
-A mí me recuerda más a un negro comiendo sandía -señaló Percy, aunque ninguno de los
dos guardias le prestó atención. En realidad, el Cacique y el Presi tampoco lo hicieron.
El ratón terminó la galleta, pero siguió sentado, aparentemente equilibrado sobre la
ingeniosa espiral de su rabo, mirando a los gigantes vestidos de azul.
-Dejadme probar -dijo Bill. Rompió otro trozo de galleta, se inclinó por encima del escritorio
y lo dejó caer con cuidado. El ratón lo olfateó, pero no lo tocó.
Vaya -dijo Bill-. Debe de estar lleno.
-No -intervino Dean-. Sabe que eres uno de los guardias temporeros, eso es todo.
-Temporero yo? ¡Vaya! ¡Llevo tanto tiempo aquí como Harry Terwilliger! ¡O quizá más!
-Tranquilízate, veterano, tranquilízate -dijo Dean con una sonrisa-. Pero mira y comprobarás
que tengo razón.
Arrojó otro trozo de galleta por el costado y el ratón comenzó a comer otra vez, sin hacer el
menor caso a lo que Bill Dodge le había ofrecido. Sin embargo, antes de que pudiera dar el
segundo bocado, Percy le arrojó la porra como si fuese una lanza.
El ratón era una diana pequeña y, para reconocer el mérito del cabrón de Percy, el tiro había
sido lo suficientemente bueno para arrancarle la cabeza, de no ser porque Willie tenía unos reflejos
perfectos. Esquivó el golpe -sí, como lo habría hecho una persona- y arrojó el trozo de galleta al
suelo. La pesada porra de nogal pasó lo bastante cerca de su cabeza y su lomo para erizarle los
pelos (al menos eso es lo que dijo Dean, y yo lo transmito textualmente, aunque no acabe de
creérmelo). Luego corrió por el suelo de linóleo verde y rebotó contra los barrotes de una celda
vacía. El ratón no esperó a comprobar si se trataba de un error; como si de repente hubiera
recordado un compromiso previo, se volvió y corrió por el pasillo hacia la celda de
seguridad.Percy, consciente de lo cerca que había estado de matarlo, rugió de frustración y lo
persiguió. Bill Dodge lo cogió del brazo, quizá maquinalmente, pero Percy se soltó. Sin embargo,
según dijo Dean, es probable que aquel hecho salvara la vida de Willie, el del barco de vapor.
Percy no quería matar al ratón; quería aplastarlo, de modo que corrió dando grandes y cómicas
zancadas, como si fuera un ciervo, pisando con fuerza con sus pesadas botas negras de trabajo. El
ratón escapó por milagro a los últimos dos saltos con un movimiento zigzagueante. Se metió por
debajo de la puerta agitando su largo rabo rosado y desapareció.
-¡Mierda! -exclamó Percy, dando un puñetazo contra la puerta. Luego comenzó a buscar las
llaves, resuelto a entrar en la celda de seguridad y continuar la persecución.
Dean lo siguió por el pasillo, caminando lentamente para controlar sus emociones. Según me
dijo, una parte de él quería burlarse de Percy, pero otra parte quería cogerlo, obligarlo a volverse,
inmovilizarlo contra la puerta de la celda y romperle la cara. La falta principal de Percy había sido
agitar los ánimos. Nuestro trabajo en el bloque E consistía en limitar al mínimo los follones, y
follón parecía ser el segundo nombre depila de Percy Wetmore. Trabajar con él era como intentar
desactivar una bomba mientras alguien a tu espalda toca los platillos de vez en cuando. En una
palabra, exasperante. Dean dijo que notó esa exasperación en los ojos de Arlen Bitterbuck e
incluso en los del Presidente, aunque aquel caballero solía ser más frío que el hielo.
Pero había algo más. En el fondo de su corazón, Dean comenzaba a aceptar al ratón como...
bueno, si no como un amigo, al menos como parte de la vida del bloque. Eso convertía lo que
Percy había hecho, y lo que intentaba hacer, en algo incorrecto, aunque lo hiciera contra un ratón.
Y el hecho de que Percy fuese incapaz de entender qué tenía de malo, era un ejemplo perfecto de
su incompetencia para el trabajo que desempeñaba.
Cuando Dean llegó al fondo del pasillo, había conseguido recuperar la compostura e intuía
cómo debía manejar la cuestión. Todos sabíamos que si algo no podía soportar Percy, era pasar por
estúpido.
Vaya, te ha engañado otra vez -dijo con una sonrisa burlona.
Percy le dedicó una mirada fulminante y se apartó el cabello de la frente.
-Cuida tus palabras, Cuatro Ojos. Estoy furioso, así que no eches más leña al fuego.
-¿Conque es día de limpieza otra vez? -dijo Dean sin sonreír con la boca, pero sí con los
ojos-. Bueno, si no te importa, después de sacar los trastos fuera, friega el suelo.
Percy miró la puerta y las llaves. Consideró la idea de otra larga, sofocante e infructífera
inspección a la celda de paredes acolchadas mientras todos, incluidos el Cacique y el Presi, lo
miraban, y dijo:
-Yo no le veo la maldita gracia. No necesitamos ratones en el bloque. Ya hay suficientes
gusanos, para tener que vérnoslas también con roedores.
-Lo que tú digas, Percy -respondió Dean levantando las manos. Al día siguiente me confesó
que por un instante temió que Percy quisiera desahogarse con él.
Entonces se acercó Bill Dodge y calmó los ánimos.
-Creo que se te ha caído esto -dijo a Percy pasándole la porra-. Un centímetro más abajo y le
habrías roto el pescuezo a ese cabroncete.
Al oír ese comentario, Percy se encogió de hombros.
-Sí, no fue un mal tiro -dijo guardando la porra en su ridícula funda-. En el instituto jugaba
de lanzador. En dos partidos no dejé que el equipo contrario hiciera un solo tanto.
-¡Vaya! ¿De veras? -dijo Bill y su tono respetuoso (aunque cuando Percy se volvió, le guiñó
un ojo a Dean) bastó para acabar de zanjar la cuestión.
-Sí -respondió Percy. Uno fue en Knoxville. Esos chicos de ciudad no sabían qué les había
caído encima. Hicimos dos carreras completas. Habría sido un partido perfecto si el árbitro no
hubiera sido un capugante.
Dean podría haber dejado las cosas así, pero era un veterano al lado de Percy y parte del
trabajo de los veteranos consiste en instruir a los más nuevos. En aquel momento, antes de la
llegada de Coffey y de Delacroix, aún creía que Percy era capaz de aprender algo. De modo que
lo cogió por la muñeca y le dijo:
-Deberías pensar un poco en lo que acabas de hacer.
Según me dijo, intentó que su tono fuera serio, pero no reprobador. O al menos no
demasiado reprobador.
Pero con Percy esas tácticas no funcionaban. Él no aprendería nada... pero nosotros sí.
-¿Qué dices, Cuatro Ojos? Sé perfectamente lo que he hecho: perseguir un ratón. ¿O estás
ciego?
-También nos asustaste a Bill, a mí y a ellos -dijo Dean, señalando a Bitterbuck y Flanders.
-¿Y qué? -preguntó Percy haciéndose el gallito-. Por si no lo has notado, no están en el
parvulario. Aunque vosotros los tratáis como si lo estuvieran.
-Bueno, no me gusta que me asusten -rugió Bill-, y por si no lo has notado, trabajo aquí. No
soy- uno de tus capugantes.
Percy entornó los ojos y lo miró con aire dubitativo.
-No tiene sentido asustarlos más de lo necesario, porque están bajo una gran presión -dijo
Dean manteniendo la voz baja-. Y los hombres que están bajo una gran presión pueden estallar,
hacerse daño o hacer daño a otros. Incluso pueden causarnos problemas. -Al oír esa palabra, Percy
hizo una mueca. La idea de que surgieran «problemas» no le gustaba. Crearlos no tenía nada de
malo, pero verse implicado en ellos, sí-. Nuestro trabajo no es gritar sino hablar -continuó
ordenanza: yo. El jefe. No había un ápice de simpatía entre Percy Wetmore y Paul Edgecombe, y
recordad que aún estábamos en verano, mucho antes de que empezara el auténtico circo.
-Sería conveniente que vieras este sitio como la sala de cuidados intensivos de un hospital.
Es mejor guardar silencio...
-Lo veo como un cubo lleno de orina donde se ahogan las ratas -dijo Percy- y eso es todo.
Ahora suéltame.
Se liberó de la mano de Dean, pasó entre él y Bill, y caminó por el pasillo con la cabeza
gacha. Pasó demasiado cerca de la celda del Presidente, tanto que Flanders podría haber sacado los
brazos, cogerlo y darle en la cabeza con su propia porra. Eso si Flandres hubiese sido de los
agresivos, cosa que no era; aunque el Cacique tal vez lo fuese. Si hubiera tenido ocasión, el
Cacique podría haberle dado una paliza para enseñarle la lección. Lo que Dean me dijo la noche
siguiente, mientras rememoraba los hechos, me quedó grabado porque resultó ser una especie de
profecía.
-Wetmore no entiende que no tiene ningún poder sobre ellos -dijo-. Que nada de lo que haga
va a complicarles más las cosas, porque sólo pueden electrocutarlos una vez. Hasta que se meta esa
idea en la cabeza, será un peligro para él mismo y para todos nosotros.
Percy entró en mi despacho y cerró dando un portazo.
-Vaya, vaya -dijo Bill Dodge-. Es un cojón hinchado e infectado.
-Y eso que todavía no lo conoces bien.
Vamos, míralo desde el punto de vista positivo -dijo Bill, que siempre estaba aconsejándole
a la gente que se tomara las cosas con optimismo; tanto que a uno le daban ganas de darle un
puñetazo en la nariz cada vez que lo sugería-. El ratón amaestrado escapó.
-Sí, pero no volveremos a verlo -replicó Dean-. Creo que esta vez el maldito Percy lo ha
ahuyentado para siempre.
3
Aunque la predicción parecía lógica, era equivocada
. El ratón volvió al atardecer del día
siguiente, que por casualidad era también la primera de las dos tardes libres de Percy antes de que
pasara al turno de medianoche.
Willie, el del barco de vapor, llegó a eso de las siete. Dean y yo fuimos testigos de su
reaparición. También estaba Harry Terwilliger, sentado a la mesa de entrada. Técnicamente, yo me
encontraba fuera de servicio, pero me había quedado a pasar un rato extra con el Cacique, cuya
hora se acercaba: Bitterbuck mantenía una actitud aparentemente estoica, siguiendo la tradición de
su tribu, pero yo era capaz de ver el miedo a la muerte creciendo en su interior como una planta
venenosa. De modo que hablamos. Uno podía hablar con ellos durante el día, pero no era lo mismo
con los gritos y charlas (por no mencionar las ocasionales peleas) procedentes del patio de
ejercicios, el traqueteo delas máquinas del taller de grabado, el eventual chillido de un guardia
ordenando que alguien dejara un pico y cogiese un azadón o sencillamente que moviera el culo y
se acercara a él. Después de las cuatro, la cosa se tranquilizaba un poco, y a partir de las seis estaba
aún mejor. De las seis a las ocho era el momento óptimo. Después de esa hora, uno podía ver que
los pensamientos lúgubres volvían a filtrarse en sus mentes -se reflejaban en sus ojos, corno las
sombras de la tarde- y era mejor parar. Todavía oían lo que uno les decía, pero no le encontraban
sentido. A partir de las ocho, se preparaban para la guardia nocturna e imaginaban qué sentirían
cuando les ajustaran el casquete a la cabeza y cómo olería dentro del saco negro que cubriría sus
caras sudorosas.
Pero cogí al Cacique en un buen momento. Me habló de su primera esposa; me contó que se
habían construido una cabaña en Montana. Dijo que aquellos habían sido los mejores años de su
vida. El agua era tan pura y fría que al beber sentía que le cortaba la garganta.
-Eh, señor Edgecombe dijo-, ¿no cree que si un hombre se arrepiente de sus culpas, puede
volver al tiempo en que fue más feliz y vivir allí para siempre? ¿No cree que es probable que el
cielo sea así?
-Eso es exactamente lo que creo -dije; una mentira de la que nunca me he arrepentido.
Yo había aprendido las leyes de la eternidad sobre el cómodo regazo de mi madre, y creía
firmemente en lo que dice la Biblia acerca de los asesinos: que no hay vida eterna para ellos.
Supongo que van directamente al infierno, donde arden angustiosamente hasta que Dios autoriza al
arcángel Gabriel a tocar la trompeta del Juicio Final. Cuando lo hace, desaparecen... sin duda
contentos de hacerlo. Nunca mencioné aquellas creencias a Bitterbuck ni a ningún otro, aunque
creo que en el fondo de su corazón lo sabían. «¿Dónde está tu hermano? Su sangre llora desde el
suelo», le dijo Dios a Caín, y dudo que esas palabras hayan sorprendido a aquel joven descarriado.
Apuesto a que él también oía la voz de Abel gimiendo desde la tierra a cada paso que daba.
Cuando me marché, el Cacique sonreía, quizá pensando en su cabaña de Montana y en su
mujer con los pechos desnudos tendida junto al fuego. Pronto se abrasaría en un fuego más
caliente, no me cabía duda.
Volví al pasillo y Dean me contó el incidente de la noche anterior con Percy. Supuse que me
había esperado para hacerlo, de modo que lo escuché con atención. Siempre escuchaba con
atención todo lo referente a Percy, porque estaba completamente de acuerdo con Dean: sabía que
Percy era la clase de hombre capaz de crear problemas, tanto para los demás como para sí.
Cuando Dean terminaba su relato, apareció el viejo Tuu Tuu con su carrito de tentempiés adornado
con citas manuscritas de la Biblia («Arrepentíos porque Dios juzgará a su pueblo», Deuteronomio,
32, 37; «Yo pediré cuenta de vuestra propia sangre, o sea de vuestra vida», Génesis, 9, 5, y otras
sentencias alegres y alentadoras) y nos vendió unpar de bocadillos y refrescos. Mientras Dean
buscaba algo suelto en el bolsillo, decía que no volvería a ver a Willie, el del barco de vapor,
porque el cabrón de Percy lo había ahuyentado para siempre.
Justo en ese momento, Tuu Tuu dijo:
-¿Qué es eso?
Miramos y allí estaba el mismísimo ratón en persona, saltando en medio de la Milla Verde.
Avanzaba un trecho, se detenía, miraba alrededor con sus ojitos pequeños y brillantes como gotas
de aceite y luego seguía su camino.
-¡Eh, ratón! -gritó el Cacique, y el animalito se detuvo y lo miró moviendo los bigotes. Os
aseguro que fue como si el maldito bicho supiera que lo había llamado-. ¿Eres un guía espiritual?
Bitterbuck le arrojó un trozo de queso de su cena, que aterrizó justo delante del ratón, pero
éste ni siquiera lo miró y continuó su recorrido por el pasillo, mirando las celdas vacías.
-¡Jefe Edgecombe! -llamó el Presidente-. ¿Cree que el pequeño cabrón sabe que Wetmore no
está de guardia? Demonios, yo creo que sí.
Yo tenía la misma impresión, pero no estaba dispuesto a reconocerlo en voz alta.
Harry apareció en el pasillo, levantándose los pantalones como hacía siempre que pasaba
unos minutos en el retrete, y lo miró con los ojos muy abiertos. Tuu Tuu también lo miraba con
una sonrisa que no sentaba nada bien a su barbilla flácida y su boca desdentada.
El ratón se detuvo en lo que empezaba a convertirse en su sitio habitual, enroscó el rabo
alrededor de las patas, y volvió a mirarnos. Otra vez recordé las fotografías que había visto de los
jueces dictando sentencia a los desafortunados reclusos. Sin embargo, ¿habría habido alguna vez
un recluso tan pequeño y valiente como aquél? Claro que no era un recluso, puesto que podía ir y
venir cuando le diera la gana, pero la idea no se apartaba de mi cabeza y nuevamente se me ocurrió
pensar que todos nos sentiríamos así de pequeños al acercarnos al trono de Dios después de la
muerte, aunque pocos demostraríamos tanto valor.
-Que me aspen -dijo el viejo Tuu Tuu-. Miradlo ahí sentado, tan ancho.
-Todavía no has visto nada, Tuu elijo Harry-. Mira esto.
Se llevó la mano al bolsillo de la camisa y sacó una manzana asada con canela envuelta en
papel encerado. Partió un trozo y lo arrojó al suelo. Estaba seco y duro y pensé que iba a caer
demasiado lejos del ratón, pero el animalito levantó una pata, como un hombre que se espanta las
moscas para pasar el rato, y lo aplastó en el suelo. Todos reímos con admiración y sorpresa, y el
estallido de carcajadas debería haber espantado al ratón, pero éste ni se movió. Cogió la manzana
seca entre las patas delanteras, la lamió un par de veces y volvió a dejarla caer, mirándonos como
si dijera: «No está mal, pero ¿qué más tenéis?»
Tuu Tuu abrió la tapadera del carrito, sacó un bocadillo, lo desenvolvió y cortó un trozo de
salchichón.
-No te molestes -dijo Dean.
-¿Por qué? -preguntó Tuu-. Ningún ratón en su sano juicio desaprovecharía la oportunidad
de comer un trozo de salchichón. ¡Estás loco!
Pero yo sabía que Dean tenía razón y la expresión de Harry demostraba que él también lo
sabía. Había guardias temporeros y guardias fijos, y por alguna razón misteriosa el ratón era capaz
de notar la diferencia. Una locura, pero era así.
El viejo Tuu Tuu arrojó el trozo de salchichón al suelo y, tal como esperábamos, el ratón no
hizo el menor caso; lo olfateó una vez y luego retrocedió un paso.
-Maldito hijo de puta -exclamó Tuu Tuu, ofendido.
-Dame otro trozo -dije extendiendo la mano.
-¿Del mismo bocadillo?
-Del mismo. Lo pagaré yo.
Tuu Tuu me pasó el bocadillo. Yo levanté la rebanada superior de pan, corté otro trozo de
salchichón y lo arrojé delante de la mesa de entrada. El ratón se acercó de inmediato, lo cogió entre
las patas y empezó a comer. El salchichón desapareció antes de que nadie pudiera decir esta boca
es mía.
-¡Maldita sea! -exclamó Tuu Tuu-. Demonios, dame eso.
Cogió el bocadillo otra vez, cortó un trozo de salchichón mucho más grande -en realidad, era
prácticamente una loncha- y lo arrojó tan cerca del ratón que casi se lo puso de sombrero. El
animal volvió a retroceder, olfateó (sin duda ningún ratón había tenido tanta suerte en la época de
la Depresión; al menos en nuestro estado) y alzó la vista para mirarnos.
-Vamos, come -dijo Tuu Tuu, más ofendido que antes-. ¿Qué demonios te pasa?
Dean cogió el bocadillo y arrojó otro trozo de embutido. A esas alturas, aquello parecía una
extraña ceremonia de comunión. El ratón cogió el salchichón de inmediato y se lo comió. Luego
dio media vuelta y caminó por el pasillo hasta la celda de seguridad, haciendo varias pausas en el
camino para echar un vistazo rápido a un par de celdas y registrar una tercera. Una vez más, tuve la
impresión de que buscaba a alguien, pero en esta ocasión no me apresuré a desechar la idea.
-No pienso mencionar esto -dijo Harry con un tono entre burlón y serio-. En primer lugar, a
nadie le importa, y en segundo lugar, nadie me creería.
-Sólo ha comido lo que le disteis vosotros, muchachos -dijo Tuu Tuu sacudiendo la cabeza
con incredulidad. Luego se agachó con esfuerzo, recogió lo que el ratón había despreciado y se lo
metió en la boca desdentada, donde comenzó a desmenuzarlo con las encías-. ¿Por qué haría una
cosa así?
-Yo tengo una pregunta mejor -dijo Harry-. ¿Cómo sabía que Percy no estaba de servicio?
-No lo sabía -respondí-. El que apareciera esta noche ha sido simple coincidencia.
Sin embargo, esa teoría se volvió poco creíble a medida que pasaban los días y el ratón
aparecía sólo cuando Percy se encontraba en otra parte de
la prisión o tenía otro turno. Harry, Dean, Bruto y yo llegamos a la conclusión de que
conocía la voz o el olor de Percy.
Evitamos hablar del ratón. Hubo una especie de acuerdo tácito entre todos, como si al hablar
de ello pudiéramos estropear algo especial... y también hermoso, debido a su peculiaridad y
delicadeza. Al fin y al cabo, Willie nos había elegido por alguna razón que ni siquiera alcanzo a
entender ahora. Quizá Harry estaba en lo cierto al decir que no valía la pena contárselo a nadie, no
sólo porque no nos creerían, sino porque no les importaría.
4
Era el momento de la ejecución de Arlen Bitterbuck, que en realidad no era jefe sino primer
consejero de la tribu de la reserva washita y miembro del Consejo de Ancianos Cherokee
. Había
matado a un hombre estando borracho; de hecho, los dos lo estaban. El Cacique había aplastado la
cabeza del desafortunado contra un bloque de cemento. La disputa había comenzado por un par de
botas. De modo que mi consejo de ancianos decidió poner fin a su vida el 17 de julio de aquel
lluvioso verano.
Para la mayoría de los presos de Cold Mountain las horas de visita eran tan inflexibles como
vigas de acero, pero aquello no contaba para los muchachos del bloque E. Así que el día 16
Bitterbuck entró en la larga estancia contigua a la cafetería: la Galería. La sala estaba dividida en el
centro por una tela metálica. Allí, el Cacique se encontraría con su segunda esposa y los hijos que
aún mantenían algún trato con él. Era la hora de la despedida.
Lo acompañaron Bill Dodge y dos temporeros. Los demás teníamos trabajo: una hora para
hacer dos ensayos; tres, si alcanzábamos.
Percy no se quejó de que para la ejecución de Bitterbuck lo asignáramos al cuarto de los
interruptores con Jack van Hay. Todavía estaba demasiado verde para saber si aquél era un buen
puesto o no. Lo que sí sabía era que podría contemplar la escena a través de una ventana
rectangular con rejilla, y aunque quizá no le entusiasmase mirar el respaldo de la silla en lugar de
la parte delantera, estaría lo bastante cerca para ver saltar las chispas.
Al otro lado de aquella ventana había un teléfono negro sin manivela ni disco. El teléfono
sólo podía recibir llamadas y exclusivamente de un lugar: el despacho del gobernador. He visto
muchas películas de prisiones donde el teléfono suena en el momento preciso en que está a punto
de accionar el interruptor para cargarse a un pobre inocente, pero en todos los años que pasé en el
bloque E, el nuestro no sonó una sola vez. En las películas, la salvación resulta barata, y la
inocencia también. Uno paga veinticinco centavos y consigue algo que vale exactamente eso. En la
vida real, todo cuesta más y las respuestas son diferentes.
En la despensa había un maniquí de sastre que utilizábamos en los ensayos; para el resto,
teníamos a Tuu Tuu. Con el tiempo, Tuu se había convertido en una especie de doble de los
condenados, tan tradicional a su manera como el pavo de Navidad que todos comemos nos guste o
no. A la mayoría de los carceleros les caía bien, les divertía su acento -también francés, pero de
Canadá-, suavizado; por sus años de cárcel en el sur. Hasta Bruto se divertía con el viejo Tuu; pero
yo no. A mí me parecía una versión más vieja y suavizada de Percy Wetmore, un hombre
demasiado cobarde para cazar y cocinar su propia presa, pero a quien de todos modos le encantaba
el olor a barbacoa.
Estábamos todos reunidos para el ensayo, como lo estaríamos para el gran acontecimiento.
Brutus Howell se hallaba «fuera», como solíamos decir, lo que significaba que pondría el casquete
al condenado, controlaría el teléfono del gobernador, llamaría al médico en caso de que fuese
necesario y daría la orden de accionar el interruptor en el momento indicado. Si todo iba bien,
nadie obtendría el menor crédito por su trabajo. Pero si algo salía mal, los testigos culparían a
Bruto y el alcaide me culparía a mí. Ninguno de los dos se quejaba de ello; no habría servido de
nada. El mundo gira y así son las cosas. Uno puede resignarse y girar con él o levantarse para
protestar y seguir girando de todos modos.
Dean, Harry Terwilliger y yo nos dirigimos a la celda del Cacique apenas tres minutos
después de que Bill y sus hombres escoltaran a Bitterbuck hasta la Galería. La puerta de la celda
estaba abierta y el viejo Tuu Tuu aguardaba sentado en el camastro del Cacique, con el fino pelo
blanco alborotado.
-Hay manchas de leche por toda la sábana -señaló Tuu Tuu-. Debe de querer ordeñar hasta la
última gota antes de que se la friáis -añadió con una risita.
-Calla, Tuu -dijo Dean-. Hagamos esto en serio.
-De acuerdo -replicó Tuu Tuu, poniendo cara de lúgubre seriedad. Sin embargo, le brillaban
los ojos. El viejo Tuu nunca parecía tan vivo como cuando interpretaba el papel de futuro muerto.
-Arlen Bitterbuck -dije dando un paso al frente-, como funcionario de la corte y del estado de
bla, bla, tengo una orden de bla, bla. La ejecución se llevará a cabo a las doce en bla, bla. ¿Quiere
ponerse de pie?
Tuu Tuu se levantó de la cama.
-Me pongo de pie, me pongo de pie, me pongo de pie -dijo.
Vuélvase -lijo Dean, y cuando Tuu Tuu obedeció, le examinó el casposo cuero cabelludo.
A la noche siguiente, la coronilla del Cacique estaría afeitada, y el registro de Dean tendría la
finalidad de comprobar que no necesitaba un retoque. Los pelos podían obstaculizar la
conductividad de la corriente y complicar las cosas. La práctica de aquel día estaba destinada a
simplificar las cosas.
-De acuerdo, Arlen, vamos -dije a Tuu Tuu, y salimos de la celda.
-Camino por el pasillo, camino por el pasillo, camino por el pasillo -dijo Tuu Tuu. Yo iba a
su izquierda y Dean a su derecha. Harry iba detrás.
Al final del pasillo, torcimos a la derecha, lejos de la vida tal como se vivía en el patio de
ejercicios, en dirección a la muerte que se moría en el almacén. Entramos en mi oficina y Tuu se
arrodilló sin que nadie se lo pidiera. Era evidente que conocía el guión mejor que cualquiera de
nosotros. Dios bien sabía que llevaba más tiempo allí que ninguno.
-Estoy rezando, estoy rezando, estoy rezando -dijo Tuu Tuu, entrelazando las manos
huesudas, en una actitud similar a la de la célebre estampa religiosa. Seguro que sabéis a cuál me
refiero: El señor es mi pastor, etcétera, etcétera.
-¿Quién vendrá a atender a Bitterbuck? -preguntó Harry-. No aparecerá un hechicero
cherokee y lo bendecirá agitando la polla, ¿verdad?
-En realidad...
-Sigo rezando, sigo rezando, reconciliándome con Jesús -prosiguió Tuu Tuu.
-Cierra el pico, zoquete.
-Estoy rezando.
-Pues reza en voz baja.
-¿Por qué tardáis tanto, muchachos? -gritó Bruto desde el almacén, que también había sido
vaciado para el ensayo. Estábamos otra vez en la zona de la muerte y prácticamente olía a cadáver.
-Aguanta un poco -respondió Harry con otro grito-. No seas tan impaciente.
-Estoy rezando -dijo Tuu con su desdentada sonrisa de satisfacción-. Rezando por paciencia,
un poco de maldita paciencia.
-En realidad, Bitterbuck dice que es cristiano -expliqué-, y está conforme con que lo asista el
bautista que vino a ver a Tillman Clark. Se llama Schuster. .A mí también me gusta. Es rápido y no
los pone nerviosos. Levántate, Tuu. Ya has rezado bastante por hoy.
-Camino -dijo Tuu-, camino otra vez, camino otra vez; sí señor, camino por el pasillo de la
muerte.
A pesar de lo bajo que era, tuvo que agacharse un poco para pasar por la puerta del despacho,
y nosotros tuvimos que agacharnos aún más. Aquél era un momento crítico para el auténtico
prisionero. Cuando miré al otro lado de la plataforma donde aguardaba la Freidora y vi a Bruto con
la pistola desenfundada, hice un gesto de satisfacción. Perfecto.
Tuu Tuu bajó los escalones y se detuvo. Las sillas plegables de madera, unas cuarenta en
total, estaban en su sitio. Bitterbuck cruzaría hacia la plataforma en un ángulo que lo mantendría
alejado de los espectadores, aunque habría media docena de guardias apostados para reforzar las
medidas de seguridad. Bill Dodge estaría al mando. Hasta el momento, y a pesar de la precariedad
del escenario, ninguno de los condenados había intentado agredir a un testigo, y yo debía
asegurarme de que las cosas siguieran igual.
-¿Listos, muchachos? -preguntó Tuu cuando volvimos a colocarnos en nuestro sitio, al pie de
la escalera. Asentí con un gesto y nos dirigimos hacia la plataforma. A menudo pensaba que
parecíamos un cuerpo de escolta que había perdido la bandera.
-¿Qué se supone que tengo que hacer? -preguntó Percy al otro lado de la tela metálica que
separaba el almacén del cuarto de los interruptores.
-Mira y aprende -respondí.
-Y no te toques la salchicha -murmuró Harry, aunque Tuu Tuu lo oyó y rió.
Lo escoltamos hasta la plataforma y Tuu se volvió sin necesidad de que le dijésemos nada; el
viejo veterano en acción.
-Me siento -dijo-, me siento, me siento en el regazo de la Freidora.
Flexioné la rodilla derecha junto a la izquierda de él. En ese momento éramos totalmente
vulnerables al ataque físico, en caso de que el condenado enloqueciera, cosa que ocurría de vez en
cuando. Ambos doblamos la rodilla ligeramente hacia adentro para protegernos la entrepierna,
agachamos la cara para protegernos el cuello y, naturalmente, nos apresuramos a amarrar los
tobillos para neutralizar el peligro lo antes posible. En el momento de la ejecución el Cacique
llevaría zapatillas, pero la idea de que «la cosa podría haber sido peor» no es un gran consuelo para
un hombre con la laringe rota. Tampoco lo es revolcarse en el suelo con los huevos hinchados del
tamaño de botes de conserva, mientras unos cuarenta espectadores -la mayoría periodistasobservan
la escena sentados en sillas plegables.
Amarramos los tobillos de Tuu Tuu. La correa del lado de Dean era un poco más grande
porque transmitía la corriente. Cuando Bitterbuck se sentara allí la noche siguiente, tendría la
pantorrilla izquierda afeitada. Los indios no suelen tener vello en el cuerpo, pero no podíamos
correr riesgos.
Mientras amarrábamos los tobillos de Tuu Tuu, Bruto le aseguró la muñeca derecha. Luego
Harry dio un paso al frente y le ató la izquierda. Cuando terminaron, Harry hizo una señal a Bruto,
que gritó a Van Hay:
-Primera descarga.
Escuché que Percy le preguntaba a Jack van Hay qué significaba aquello (era increíble lo
poco que sabía, lo poco que había aprendido durante su estancia en el bloque E) y luego oí a Van
Hay susurrar la respuesta. Aquel día, «primera descarga» no significaba nada, pero cuando Bruto
lo dijera la noche siguiente, Van Hay le daría a la palanca que activaba el generador de la prisión,
situado detrás del bloque B. Los testigos oirían un zumbido persistente y las luces de la prisión se
volverían más brillantes. En las celdas de los demás bloques, los prisioneros verían aquellas luces
y creerían que ya estaba, que la ejecución había terminado, cuando en realidad acababa de
empezar.
Bruto hizo girar un poco la silla para que Tuu pudiera verlo.
-Arlen Bitterbuck, ha sido condenado a morir en la silla eléctrica por un jurado de
conciudadanos y por la sentencia de un juez del estado. Que Dios proteja al pueblo de este estado.
¿Tiene algo que decir antes de que se cumpla la sentencia?
-Sí -respondió Tuu con los ojos brillantes y una sonrisa alegre que fruncía los labios-. Quiero
pollo frito y patatas con salsa para cenar, quiero cagarme en tu cabeza y quiero que Mae West se
siente en mi cara, porque estoy cachondo.
Bruto intentó mantenerse serio, pero no lo consiguió. Echó la cabeza hacia atrás y soltó una
carcajada. Dean cayó junto a la plataforma como si le hubieran disparado, aullando como un
coyote y cogiéndose la frente con una mano, como si quisiera mantener los sesos en su sitio. Harry
se golpeaba la cabeza contra la pared y repetía «ju ju ju» como si se hubiera atragantado con un
trozo de comida. Incluso Jack van Hay, que no era precisamente foso por su sentido del humor,
reía. Naturalmente, yo también estaba tentado, pero logré contenerme. La noche siguiente aquella
escena sería real y un hombre moriría en la silla donde Tuu
Tuu estaba sentado.
-Cierra el pico, Bruto -dije-. Y vosotros tam%ién, Dean, Harry. Y tú, Tuu, la próxima vez
que hagas un comentario semejante, será el último que salga de tu boca. Haré que Van Hay le dé al
interruptor de verdad.
Tuu sonrió como diciendo «buen chiste, jefe Edgecombe, buen chiste», pero al ver que yo no
respondía me miró con perplejidad.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-No tiene gracia -respondí-, eso es lo que pasa. Y si no eres capaz de entenderlo, será mejor
que mantengas la bocaza cerrada.
Sin embargo, creo que lo que de verdad me enfurecía era que la cosa tenía gracia. Miré
alrededor y advertí que Bruto me observaba fijamente, todavía sonriente.
-Mierda -dije-. Estoy volviéndome demasiado viejo para este trabajo.
-No -dijo Bruto-, estás en la flor de la vida, Paul.
Pero no era cierto. Él tampoco lo estaba, al menos en lo que se refería a aquel maldito trabajo, y
ambos lo sabíamos. Lo importante era que elataque de risa había pasado. Eso me alegraba, porque
lo último que deseaba era que alguien recordase el comentario de Tuu la noche siguiente y volviera
a tentarse. Cualquiera diría que era imposible que pasara algo así, que un guardia se desternillara
de risa mientras escoltaba a un condenado a la silla delante de un montón de testigos, pero cuando
los hombres están bajo tensión, puede pasar cualquier cosa. Y un incidente semejante daría que
hablar durante veinte años.
-¿Te callarás la boca, Tuu? -pregunté.
-Sí -respondió con una expresión que le hacía parecer el niño más viejo y enfurruñado del
mundo.
Hice una señal a Bruto para que siguiera adelante con el ensayo. Cogió un saco del gancho
de bronce situado en el respaldo de la silla y lo colocó sobre la cabeza de Tuu, ajustándolo debajo
de la barbilla, de modo que el agujero en la parte superior se extendió al máximo. Entonces Bruto
se inclinó, cogió el círculo mojado de esponja del cubo, apretó un dedo contra él y se lamió la
punta del dedo. Acto seguido, volvió a introducir la esponja en el cubo. Al día siguiente, no lo
haría así, sino que metería la esponja dentro del casquete colgado en el respaldo de la silla. Sin
embargo, aquel día no había necesidad de mojarle la cabeza al viejo Tuu.
El casquete era de acero, y las tiras que colgaban a los lados hacían que pareciese el casco de
un soldado de infantería. Bruto lo colocó sobre la cabeza del viejo Tuu Tuu, ajustándolo sobre el
agujero de la funda negra.
-Me ponen el casco, me ponen el casco, me ponen el casco -dijo Tuu, y ahora su voz sonaba
ahogada además de amortiguada por la tela. Las correas prácticamente lo obligaban a mantener las
mandíbulas apretadas y yo sospechaba que Bruto las había ajustado un poco más de lo
estrictamente necesario para el ensayo. Retrocedió un par de pasos, se volvió hacia las sillas vacías
y dijo:
-Arlen Bitterbuck, se le someterá a una descarga eléctrica hasta que muera, tal como
determina la ley del estado. Que Dios se apiade de su alma. -Se volvió hacia el rectángulo cubierto
de tela metálica-. Descarga dos.
El viejo Tuu, quizá intentando recuperar su . vena cómica, comenzó a sacudirse y agitarse
espasmódicamente en la silla, cosa que nunca había hecho ningún cliente auténtico de la Freidora.
-Me estoy friendo, me estoy friendo -gritó-. ¡Ahhhhh! Soy un pavo asado.
Entonces noté que Harry y Dean no prestaban la menor atención a la escena. Se habían
vuelto de espaldas a la Freidora y miraban hacia la puerta que conducía a mi despacho.
-¡Demonios! -exclamó Harry-. Uno de los testigos ha llegado con un día de antelación.
Sentado en el umbral, con la cola elegantemente enroscada entre las patas, estaba el ratón,
contemplándonos con sus ojos brillantes como gotas de aceite.
5
La ejecución fue bien. Si podía hablarse de una «buena ejecución», cosa que dudo mucho, la
de Arlen Bitterbuck, primer consejero de la reserva cherokee washita, fue una de ellas.
Le
temblaban tanto las manos que no había conseguido hacerse bien las trenzas, de modo que
permitieron que su hija mayor, una mujer de treinta y tantos años, las rehiciera con elegancia.
Quería adornar los extremos con plumas de halcón, el pájaro favorito de Arlen, pero no pude
permitirlo, pues las plumas podrían incendiarse. Naturalmente, no se lo dije a la hija, a quien
sencillamente expliqué que aquello iba en contra de las ordenanzas. La mujer no discutió; se limitó
a inclinar la cabeza y a tocarse las sienes en señal de decepción y desaprobación. Aquella mujer se
comportaba con enorme dignidad, lo que era casi una garantía de que su padre haría otro tanto.
Cuando llegó el momento, el Cacique dejó la celda sin protestas ni vacilaciones. A veces
teníamos que soltar los dedos de los presos de los barrotes -rompí uno o dos en mis años de
carcelero y aún no he podido olvidar aquel chasquido seco-, pero, gracias a Dios, el Cacique no era
de ésos. Caminó con la cabeza alta por el pasillo de la muerte hasta mi despacho y allí cayó de
rodillas para rezar con el hermano Schuster, que había venido desde la Iglesia Bautista de la Luz
Divina en la vieja cafetera que tenía por coche. Schuster leyó varios salmos y el Cacique se echó a
llorar al oír aquel que habla de descansar junto a las aguas tranquilas. Sin embargo, no se puso
histérico ni nada por el estilo. Intuí que el hombre pensaba en un agua tranquila, tan pura y fría que
cortaba la garganta al beberla.
En honor a la verdad, me gustaba verlos llorar un poco. Cuando no lo hacían, me
preocupaba.
Muchos hombres son incapaces de volver a levantarse sin ayuda, pero el Cacique no tuvo
problemas. A1 principio se tambaleó ligeramente, como si estuviera borracho, y Dean le tendió
una mano para ayudarlo, pero Bitterbuck había recuperado el equilibrio solo y siguió adelante.
Casi todas las sillas estaban ocupadas y la gente murmuraba, como suele hacerse mientras se
espera que comience un funeral o una boda. Aquél fue el único momento en que a Bitterbuck le
fallaron las fuerzas. No sé si le preocupaba alguna persona en particular, o todas ellas a la vez, pero
oí nacer un sollozo en su garganta y el brazo que sujetaba mostró una tensión que no estaba allí
antes. Vi con rabillo del ojo que Harry Terwilliger se acomodaba para cortar el paso del Cacique
en caso de que irte decidiera ponerse difícil y retroceder.
Agarré la mano sobre su codo y golpeé el interior de su brazo con un dedo.
Tranquilo, Cacique -dije prácticamente sin mover los labios-. Lo que la gente recordará de ti
es cómo te marchaste, de modo que ofréceles algo bueno; demuéstrales cómo se comporta un
washita.
Me miró e hizo un pequeño gesto de asentimiento. Luego cogió una de las trenzas que le
había hecho su hija y la besó. Miré a Bruto, que estaba de pie detrás de la silla, estupendo en su
mejor uniforme azul con todos los botones de la chaqueta resplandecientes y el sombrero
perfectamente colocado sobre su cabeza grande. Le hice una pequeña señal y de inmediato dio un
paso al frente para ayudar a Bitterbuck a subir a la plataforma en caso de que necesitase ayuda.
Aunque no la necesitó.
Pasó menos de un minuto desde que Bitterbuck se sentó en la silla y el momento en que
Bruto volvió la cabeza y dijo suavemente: «Interruptor dos.» Las luces bajaron otra vez, pero sólo
un poco; nadie lo habría notado de no estar esperándolo. Eso significaba que Van Hay había
accionado el interruptor que algún listo había apodado «el secador de Mabel». Se oyó un leve
zumbido en el casquete y Bitterbuck se echó hacia adelante, contra las amarras y el cinturón de
seguridad que le cruzaba el pecho.
El médico de la prisión contemplaba la escena con expresión imperturbable, apretando los
labios hasta que su boca pareció una costura blanca. No hubo espasmos ni sacudidas, como en el
ensayo con el viejo Tuu Tuu, sólo una fuerte caída hacia adelante, como cuando un hombre se
dobla desde las caderas durante un orgasmo particularmente intenso.
También olía. No era un olor desagradable por sí mismo, pero sí por las asociaciones que
despertaba. Nunca he sido capaz de bajar al sótano de mi bisnieta cuando me llevan allí, aunque
ahí es donde su pequeño tiene montado su tren eléctrico y le encantaría enseñárselo a su bisabuelo.
Como imaginaréis, no me molestan los trenes; es el transformador lo que no puedo soportar. Su
zumbido y su olor cuando se calienta. Incluso después de tantos años, ese olor me recuerda a Cold
Mountain.
Van Hay esperó treinta segundos y luego apagó el interruptor. El médico se adelantó y
auscultó al Cacique con el estetoscopio. Los testigos habían dejado de murmurar. El médico se
incorporó y miró a través de la tela metálica.
-Sigue vivo -dijo, e hizo un movimiento circular con un dedo.
Había oído unos cuantos latidos breves en el pecho de Bitterbuck, probablemente tan poco
significativos como los últimos espasmos de una gallina decapitada, pero era mejor no correr
riesgos. No queríamos que en mitad del túnel se sentara de repente en la camilla gritando que se
sentía como si ardiera por dentro.
Van Hay le dio al interruptor por tercera vez y el Cacique volvió a caer hacia adelante,
moviéndose ligeramente hacia los lados debido a la corriente. El médico volvió a auscultarlo y en
esta ocasión hizo un gesto afirmativo. Una vez más, habíamos triunfado en la destrucción de
aquello que no podíamos crear. Algunos de los testigos comenzaron .a murmurar de nuevo, pero la
mayoría permanecieron sentados con la cabeza gacha, como si estuvieran paralizados. O quizá
avergonzados.
Harry y Dean entraron con la camilla. En realidad, era Percy quien tenía que coger uno de
los extremos, pero él no lo sabía y nadie se molestó en decírselo. Bruto y yo colocamos en la
camilla al Cacique, que aún tenía la capucha puesta, y lo llevamos hacia la puerta que conducía al
túnel lo más rápido posible sin llegar a correr. Desde el orificio superior del saco salía humo
demasiado humo- y el olor era insoportable.
-¡Joder! -exclamó Percy con voz temblorosa-. ¿Qué es ese olor?
-Apártate y no vuelvas a ponerte en mi camino -dijo Bruto mientras se dirigía a la pared
donde había un extintor. Era un modelo antiguo, de esos que hay que bombear para que salga el
producto químico.
Entretanto, Dean le había quitado la capucha. El espectáculo no era tan horrible como nos
temíamos, pero la trenza izquierda de Bitterbuck humeaba como un montón de hojas húmedas.
-Olvida eso -le dije a Bruto. No quería tener que limpiar aquel producto químico de la cara
del muerto antes de ponerlo en la parte trasera de la
furgoneta de los fiambres. Asesté unos cuantos golpes a la cabeza del Cacique (mientras
Percy me miraba todo el tiempo con los ojos muy abiertos) hasta que dejó de salir humo. Luego
bajamos los doce escalones de madera que conducían al túnel. Estaba frío y húmedo como una
mazmorra y se oía el sonido sordo y constante del agua al gotear. Las luces cubiertas con
rudimentarias pantallas de lata (hechas en el taller de la prisión) alumbraban un túnel de ladrillo
que se extendía unos diez metros por debajo de la autopista y tenía un techo abovedado y húmedo.
Cada vez que bajaba allí, me sentía como un personaje de Edgar Allan Poe.
Había una camilla con ruedas esperando. Subimos el cuerpo de Bitterbuck y eché un último
vistazo para asegurarme de que el pelo ya no ardía. La trenza estaba chamuscada y lamenté ver que
el pequeño y elegante lazo de ese mismo lado se había reducido a un simple bulto negro cubierto
de hollín.
Percy abofeteó la cara del muerto y el sonido sordo de su mano nos sobresaltó a todos. Miró
alrededor con una sonrisa burlona y los ojos brillantes.
-Adiós, Cacique -dijo-. Espero que en el infierno haga suficiente calor para ti.
-No hagas eso -dijo Bruto, y su voz resonó grave y solemne en el túnel húmedo-. Ya ha
pagado su deuda y está en paz con el mundo. No vuelvas a tocarlo.
-Vamos, no fastidies -replicó Percy, pero retrocedió con nerviosismo cuando Bruto se acercó
a él y su sombra comenzó a crecer a su espalda, como la sombra del mono en el cuento de la calle
Morgue.
Sin embargo, en lugar de coger a Percy, Bruto cogió el extremo de la camilla y empezó a
empujar a Arlen Bitterbuck despacio hacia el fondo del túnel, donde le aguardaba su último
vehículo, aparcado en la cuesta de la autopista. Las ruedas de goma de la camilla hacían crujir el
suelo de madera y su sombra se agrandaba y achicaba contra los muros de ladrillo. Dean y Harry
cogieron la sábana doblada a los pies y cubrieron la cara del Cacique, que comenzaba a adquirir el
aspecto ceroso e inexpresivo de todas las caras muertas, ya pertenecieran a inocentes o a culpables.
6
Cuando yo tenía dieciocho años, mi tío Paul -a quien debo el honor de mi nombre- murió de
un ataque al corazón.
Mi madre y mi padre me llevaron a Chicago para asistir al funeral y visitar a
unos cuantos parientes paternos a quienes aún no conocía. Estuvimos fuera casi un mes. En cierto
modo, fue un viaje agradable, necesario y entretenido, pero por otra parte fue horrible. Yo estaba
profundamente enamorado de la mujer con quien me casaría dos semanas después de cumplir los
diecinueve. Una noche, cuando mi añoranza por ella era como un fuego descontrolado en mi
corazón y en mi cabeza (de acuerdo, de acuerdo, también en mis cojones) le escribí una carta que
parecía interminable. Volqué todo mi corazón en ella, sin releer los párrafos ya escritos por temor
a que la cobardía me impidiera seguir. Pero no me detuve, y cuando una voz en mi cabeza me dijo
que sería una locura enviar una carta semejante, que estaba poniendo mi indefenso corazón en sus
manos, me negué a oírla con la imprudente indiferencia de un niño por las consecuencias de sus
actos. A menudo me pregunté si Janice habría guardado aquella carta, pero nunca me atreví a
interrogarla al respecto. Lo único que sé es que no la encontré cuando registré sus pertenencias
después del funeral, aunque, naturalmente, eso no significaba nada. Supongo que si nunca se lo
pregunté es porque temía que aquella carta ardiente significara menos para ella que para mí.
Tenía cuatro páginas y creí que nunca escribiría nada tan largo en mi vida; pero ahora, mirad
esto. Con todo lo que llevo escrito, el final aún no está a la vista. Si hubiera sabido que la historia
se prolongaría tanto, no habría empezado. No tenía idea de la cantidad de puertas que puede abrir
el simple acto de escribir, como si la vieja pluma de mi padre no fuera una pluma sino una extraña
variedad de llave maestra. Quizá el mejor testimonio de lo que digo sea el ratón: Willie, el del
barco de vapor, Cascabel, la mascota del pasillo de la muerte. Hasta que empecé a escribir esta
historia, no me di cuenta de lo importante que era él (sí, él). La forma en que parecía buscar a
Delacroix antes de que éste llegara, por ejemplo. Creo que la idea no se me cruzó por la cabeza, al
menos conscientemente, antes de empezar a escribir y recordar.
Lo que quiero decir es que no me di cuenta de lo lejos que debía remontarme para hablar de
John Coffey, o de cuánto tiempo tendría que dejar en su celda a un hombre tan grande que sus pies
no sólo sobresalían de la cama, sino que colgaban hasta llegar al suelo. No quiero que lo olvidéis
¿de acuerdo? Quiero que lo veáis allí, mirando el techo de su celda, llorando en silencio y
cubriéndose la cara con las manos. Quiero que oigáis sus suspiros que temblaban como sollozos,
sus ocasionales gruñidos desgarrados. No eran los sonidos de angustia y arrepentimiento que a
menudo oíamos en el bloque E, gritos agudos con vestigios de remordímiento; al igual que sus
ojos húmedos, parecían ajenos a la clase de dolor con que estábamos acostumbrados a tratar. Soy
consciente de que lo que voy a decir parecerá ridículo, pero no tiene sentido escribir una historia
tan larga si uno no va a atreverse a contar la verdad oculta en lo más profundo del corazón. Bien,
en cierto modo, era como si John Coffey sintiera pena por todo el mundo, como si experimentase
un sentimiento demasiado grande para calmarlo. A veces me sentaba a su lado y le hablaba, como
hacía con todos los demás. Creo que ya he dicho que hablar era nuestra función más importante, de
modo que a menudo conversaba con John Coffey e intentaba consolarlo. Creo que nunca lo
conseguí, y una parte de mí se alegraba de que sufriera, ¿sabéis? Creía que merecía sufrir. Incluso
estuve tentado de llamar al gobernador (o pedirle a Percy que lo hiciera; al fin y al cabo era su
maldito tío, no el mío) y solicitar un aplazamiento en la ejecución. «Todavía no deberíamos freírlo
-me decía-. El crimen aún lo hace sufrir demasiado, le remuerde la conciencia, se remueve en sus
entrañas como un palo filoso. Déle otros noventa días, señor. Permita que se castigue a sí mismo
como nosotros jamás podremos hacerlo.»
Es a ese John Coffey a quien quiero que mantengáis en un rincón de vuestra mente mientras
continúo la historia donde la dejé, a ese John Coffey tendido en el camastro, al hombre que tenía
miedo de la oscuridad, y quizá con razón, porque ¿acaso no le acecharían allí dos figuras con rizos
rubios, ya no niñas pequeñas, sino ángeles vengadores? Ese John Coffey de cuyos ojos siempre
manaban lágrimas, como sangre de una herida que no cicatrizará jamás.
7
De modo que el Cacique se frió y el Presidente se marchó... al menos al bloque C, que era el
hogar de la mayoría de los ciento cincuenta condenados a cadena perpetua de Cold Mountain.
En
el caso del Presi, su cadena perpetua sólo duró doce años, pues en 1944 lo ahogaron en la
lavandería de la prisión. Claro que no fue en la lavandería de Cold Mountain, pues nuestra
penitenciaría se cerró en 1933. Supongo que a los internos no les importaba demasiado. Como
dicen ellos, una pared es igual a otra, y la Freidora era tan mortífera en su nuevo cubículo de la
muerte como lo había sido en el almacén de Cold Mountain.
Volviendo al Presi, alguien lo empujó de cabeza en una tina de líquido para limpieza en seco
y lo sostuvo ahí. Cuando los guardias lo rescataron, prácticamente no quedaban rastros de su cara.
Para identificarlo tuvieron que tomarle las huellas digitales. Quizá le hubiese convenido terminar
en la Freidora, aunque entonces no habría tenido esos doce años de gracia, ¿verdad? Sin embargo,
dudo que haya pensado en ellos durante su último minuto de vida, mientras sus pulmones
intentaban aprender a respirar hexitol y lejía.
Nunca cogieron al que lo mató. Para entonces, yo estaba en el correccional de menores, pero
Harry Terwilliger me escribió: «Le conmutaron la pena sobre todo porque era blanco; pero al final
obtuvo su merecido. Yo lo veo como un largo aplazamiento de la ejecución que finalmente
caducó.»
Cuando el Presi se marchó, tuvimos una época tranquila en el bloque E. Harry y Dean fueron
asignados temporalmente a otros puestos y por un breve período en el pasillo de la muerte
quedamos Bruto, Percy y yo; lo que era como si Bruto y yo estuviésemos solos, porque Percy se
mantenía a distancia. Os aseguro que aquel tipo era un genio para eludir cualquier clase de
responsabilidad. De vez en cuando (sólo cuando Percy no estaba por allí), los muchachos venían
en busca de lo que Harry llamaba «una buena charla». Muchas de esas veces, también aparecía el
ratón. Le dábamos de comer y él se sentaba allí, solemne como Salomón, mirándonos con sus
ojitos brillantes como gotas de aceite.
Fueron unas semanas agradables, tranquilas y sin complicaciones a pesar de las frecuentes
quejas de Percy. Pero todo lo bueno se acaba, y un lunes lluvioso de finales de julio -¿he dicho ya
que aquel verano fue húmedo y desapacible?- me senté en elcamastro de una celda a esperar la
llegada de Eduard Delacroix.
Llegó con inesperado estrépito. La puerta que conducía al patio de ejercicios se abrió con
violencia, dejando entrar una ráfaga de luz, se oyó un ruido de cadenas, una voz balbuceando en
una mezcla de inglés y francés cajún (una jerga que los reclusos de Cold Mountain solían llamar
da bayou) y los gritos de Bruto:
-¡Eh, basta! ¡Por todos los demonios, déjalo, Percy!
Yo estaba medio dormido en el camastro que luego pertenecería a Delacroix, pero me
levanté deprisa, con el corazón desbocado. Esa clase de ruidos no solían oírse en el bloque E hasta
la llegada de Percy; él los trajo consigo como un mal olor.
-¡Camina, maldito maricón francés! -gritó Percy sin hacer caso de la advertencia de Bruto,
mientras tiraba de un tipo no mucho más grande que un bolo.
En la otra mano tenía la porra. Mostraba los dientes en una sonrisa truculenta y su cara tenía
un intenso color rojo. Sin embargo, no parecía del todo amargado. Delacroix se esforzaba por
seguirle el paso, pero tenía grilletes en los pies y por mucha prisa que se diera Percy tiraba más
rápido. Salí de la celda justo para sostenerlo cuando cayó al suelo, y así fue como nos conocimos
Del y yo.
Percy se acercó con la porra en alto, pero yo lo atajé con un brazo. Bruto nos alcanzó
jadeando, tan escandalizado y sorprendido como yo por aquella escena.
-No deje que me pegue, m'sieu -gimió Delacroix-. S'il vous plait, s'il vous plait!
-Dejádmelo a mí, dejádmelo a mí -gritó Percy al tiempo que se lanzaba hacia adelante y
comenzaba a golpearlo en los hombros con la porra.
Delacroix levantó las manos, gritando, y la porra chocó con un ruido sordo contra las mangas
del uniforme azul. Aquella noche lo vi sin la camisa, y el pobre estaba hecho un mapa de
hematomas. Al verlo me sentí fatal. Era un asesino, no una dulce criatura, pero en el bloque E no
hacíamos esas cosas. A1 menos hasta que llegó Percy.
-¡Eh! ¡Eh! -exclamé-. ¡Basta! ¿A qué viene todo esto?
Intentaba interponerme entre Delacroix y Percy, pero no lo conseguía. Percy seguía
sacudiendo la porra a un lado de mi cuerpo y luego al otro. Tarde o temprano me daría un porrazo
en lugar de a su presa, y entonces estallaría una buena, fueran quienes fuesen sus malditos
parientes. No sería capaz de contenerme y era muy probable que Bruto se uniera a mí. A veces
pienso que ojalá lo hubiéramos hecho. Eso habría cambiado algunas cosas que pasaron después.
-¡Maldito maricón! Te enseñaré a no tocarme, asqueroso cabrón.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Delacroix gritaba y le sangraba una oreja. Dejé de intentar escudarlo, lo
cogí por un hombro y lo empujé dentro de la celda, donde cayó sobre el camastro. Percy me
esquivó y le dio un último golpe en el culo, algo así como la guinda del pastel. Entonces Bruto lo
cogió de los hombros -me refiero a Percy- y lo arrastró por el pasillo.
Cerré la puerta de la celda y eché el cerrojo. Luego me volví hacia Percy, debatiéndome
entre la incredulidad y la furia. Percy ya llevaba varios meses con nosotros, el tiempo suficiente
para que todos hubiéramos aprendido a detestarlo, pero aquélla fue la primera vez que me di
cuenta de que estaba totalmente fuera de control.
Se quedó mirándome, no sin cierto temor -en el fondo era un cobarde, nunca tuve la menor
duda al respecto-, pero confiado en que sus relaciones lo protegerían. Y en eso tenía razón.
Supongo que habrá gente que no entienda cómo era posible después de todo lo que he dicho de él,
pero esa gente conocerá la Gran Depresión sólo por los libros de historia. Aquello era mucho más
que una frase de libro, y cuando uno tenía un empleo fijo, hermano, era capaz de hacer cualquier
cosa para conservarlo.
Para entonces, Percy había palidecido bastante, pero sus mejillas seguían teñidas de rubor y
el pelo, habitualmente peinado hacia atrás con brillantina, le caía sobre la frente.
-¡Demonios! ¿A qué viene todo esto? -pregunté-. Nunca se ha pegado a un prisionero en mi
bloque.
-El maldito maricón intentó tocarme la polla cuando bajábamos del furgón -dijo Percy-. Se lo
merecía y volvería a hacerlo.
Lo miré, demasiado asombrado para hablar. No podía imaginar ni siquiera al homosexual
más degenerado de este mundo de Dios intentando hacer lo que Percy acababa de decir. El traslado
a una celda del pasillo de la muerte no solía poner cachondos ni a los reclusos más pervertidos.
Volví a mirar a Delacroix, que estaba acurrucado en el camastro y se cubría la cara con las
manos para protegerse. Tenía esposas en las muñecas y una cadena entre las piernas. Luego me
volví hacia Percy.
-Vete de aquí -dije-. Hablaré contigo más tarde.
-¿Piensa escribir un informe sobre esto? -preguntó con voz truculenta-. Porque si lo hace,
puedo redactar mi propio informe, ¿sabe?
No quería escribir ningún informe; sólo quería que desapareciera de mi vista, y se lo dije.
-El asunto está cerrado -concluí. Vi que Bruto me miraba con desaprobación, pero no hice
caso-. Ahora vete de aquí. Ve a la administración y diles que estás allí para leer cartas y ayudar a
clasificar paquetes.
-De acuerdo.
Había recuperado la compostura, o la tercera arrogancia que en su caso hacía las veces de
compostura. Se apartó el cabello de la frente con las manos blandas, blancas y pequeñas (las
manos de una niña) y se acercó a la celda. Delacroix lo vio y se encogió aún más en el camastro,
balbuceando en una mezcla de inglés y francés macarrónico.
-Todavía no he terminado contigo, Pierre -dijo. Entonces una de las enormes manazas de
Bruto cayó sobre su hombro y Percy dio un salto.
-Sí que has terminado -le espetó Bruto-. Ahora vete. Esfúmate.
-No me das miedo, ¿sabes? -dijo Percy-. Niun poco. -Volvió la mirada hacia mí-. Ninguno
de los dos me asusta.
Pero lo hacíamos. Se notaba en sus ojos, tan claro como la luz del día, y eso lo volvía aún
más peligroso. Un hombre como Percy nunca sabe qué va a hacer un minuto después, un segundo
después.
Lo que hizo entonces fue volverse y caminar por el pasillo con pasos largos y arrogantes.
Había demostrado al mundo lo que era capaz de hacer cuando un francés esquelético y medio
calvo se atrevía a tocarle la polla -¡por todos los santos!- y abandonaba victorioso el campo de
batalla.
Recité el discursillo de rigor: que oiríamos la radio -El salón de baile y La chica del
domingo- y que lo trataríamos bien si él hacía otro tanto. Aquella pequeña homilía no fue lo que
podríamos definir como uno de mis éxitos. Delacroix lloró todo el tiempo, acurrucado a los pies
del camastro, tan lejos de mí como era posible sin estamparse en el rincón. Cada vez que yo me
movía, él se encogía, y no creo que escuchase más que una palabra de cada seis. Aunque quizá
fuese mejor así. De todos modos, no creo que mi peculiar sermón tuviera mucho sentido.
Quince minutos más tarde volví a la mesa de entrada, donde Brutus Howell, con expresión
afligida, chupaba la punta del lápiz que guardábamos con el libro de visitas.
-¡Por el amor de Dios! -exclamé-. ¿Quieres parar antes de que te envenenes?
-Dios santísimo jesucristo -repuso él dejando el lápiz en la mesa-. No quiero volver a
presenciar jamás un recibimiento como éste a un preso del bloque.
-Mi padre solía decir que los problemas vienen en series de tres -dije.
-Entonces espero que tu padre no supiera una mierda de ese tema -respondió Bruto, pero no
fue así. Hubo una riña cuando llegó John Coffey y una auténtica tormenta cuando ingresó el
Salvaje Bill. Tiene gracia, pero es cierto que los problemas vienen en series de tres.
Es justo advertiros que pronto llegaré a la parte de cómo conocimos al Salvaje Bill y de
cómo intentó cometer un asesinato en cuanto entró en el pasillo de la muerte.
-¿Qué hay de cierto en eso de que Delacroix le tocó la polla? -pregunté.
-Tenía los tobillos encadenados y el bestia de Percy tiraba demasiado rápido de él -gruñó
Bruto-. Cuando bajó del furgón tropezó y estuvo a punto de caer al suelo. El pobre desgraciado
extendió las manos para contener el golpe y rozó la bragueta de los pantalones de Percy. Fue un
accidente.
-¿Crees que Percy se dio cuenta? -pregunté-. ¿Que lo usó como excusa sencillamente porque
le apetecía pegarle a Delacroix y demostrarle quién manda aquí?
Bruto asintió lentamente.
-Sí, creo que fue así.
-Entonces tendremos que vigilarlo -dije mientras me alisaba el pelo. Como si aquel trabajo
no fuera lo bastante difícil por sí solo-. Demonios, odio todo esto. Y odio a ese tipo.
-Yo también. ¿Y sabes otra cosa, Paul? No lo entiendo. Tiene contactos, eso sí que lo
entiendo, pero ¿por qué usarlos para conseguir un trabajo en el maldito pasillo de la muerte o en
cualquier prisión estatal? ¿Por qué no se buscó un puesto de ujier en el senado o de secretario del
ayudante del gobernador? Seguro que su familia le habría conseguido un empleo mejor si lo
hubiera pedido, así que ¿por qué ha acabado aquí?
Sacudí la cabeza. No lo sabía. En aquel entonces ignoraba muchas cosas. Supongo que era
ingenuo.
8
Después de aquel incidente, las cosas volvieron a la normalidad, al menos por un tiempo. En
los tribunales del condado, el estado se preparaba para llevar a juicio a John Coffey y el sheriff de
Trapingus, Homer Cribus, restaba importancia a la posibilidad de que una multitud vengadora se
tomara la justicia por sus manos y linchase al acusado.
No es que aquello nos importara; en el
bloque E, nadie prestaba demasiada atención a las noticias. En cierto modo, vivir en el pasillo de la
muerte era como hacerlo en una habitación insonorizada. De vez en cuando se oían rumores de que
en el mundo exterior se producían estallidos, pero eso era todo. No se darían prisa con el caso de
John Coffey; querrían asegurarse de juzgarlo como merecía.
Percy provocó a Delacroix un par de veces, y la segunda lo separé y le ordené que fuera a mi
despacho. No era la primera vez que discutía con Percy de su conducta, y tampoco sería la última,
pero creo que en el transcurso de la entrevista entendí claramente con qué clase de persona estaba
tratando. Tenía el corazón de un niño cruel que si va al zoológico no es para contemplar a los
animales sino para arrojar piedras a las jaulas.
-Apártate de él, ¿me oyes? -dije-. A menos que yo te indique lo contrario, mantente alejado
de él.
Percy se echó el pelo hacia atrás y luego lo alisó con sus pequeñas y suaves manos. A aquel
muchacho le encantaba tocarse el pelo.
-No le he hecho nada -dijo-. Sólo le preguntaba qué se siente al saber que uno ha quemado
vivos a unos cuantos niños. -Me miró con los ojos muy abiertos y una expresión inocente en el
rostro.
-Déjalo en paz o tendré que presentar un informe -lo amenacé. Percy rió.
-Escriba todos los informes que quiera. Después yo redactaré el mío, como ya le dije cuando
entró ese tipo. Veremos quién gana.
Me incliné, con las manos entrelazadas sobre el escritorio, e intenté hablar como un amigo
que hace una confidencia a otro.
-A Brutus Howell no le caes muy bien -dije-. Y cuando a Brutus no le gusta alguien, suele
presentar su propio informe. No es muy bueno con la pluma, y es incapaz de abandonar el hábito
de chupar la punta del lápiz, así que es probable que decida hacer el informe con los puños.
Supongo que entiendes qué quiero decir.
A Percy se le borró la sonrisa de la cara.
¿Qué pretende decir?
-No pretendo decir nada. Lo he dicho. Y si mencionas esta conversación a alguno de tus ...
amigos... diré que te lo has inventado todo. –Lo miré fijamente y con seriedad-. Además, intento
ser tu amigo, Percy. Dicen que a buen entendedor, pocas palabras. ¿Por qué quieres enemistarte
con Delacroix? No vale la pena.
La táctica funcionó durante un tiempo, y tuvimos paz. En un par de ocasiones, incluso envié
a Percy a acompañar a Delacroix a las duchas junto con Dean y Harry. Por las noches poníamos la
radio y Delacroix comenzó a relajarse un poco, adaptándose a la rutina del bloque E. Y tuvimos
paz.
Una noche, lo oí reír. Harry Terwilliger estaba en la mesa de entrada y pronto se echó a reír él
también. Me levanté y fui a la celda del francés a ver qué pasaba.
-Mire, jefe -dijo al verme-. ¡He domesticado un ratón!
Era Willie, el del barco de vapor, y estaba en la celda de Delacroix. Es más, estaba sentado
en un hombro del francés y nos miraba tranquilamente a través de los barrotes con sus ojos
pequeños como gotas de aceite. Tenía la cola enroscada entre las patas y parecía muy a gusto. En
cuanto a Delacroix, bueno, nadie hubiera dicho que era el mismo hombre que una semana antes
estaba acurrucado llorando a los pies de la cama. Tenía la misma expresión que mi hija la mañana
de Navidad, cuando bajaba al salón y veía sus regalos.
¡Mire esto! -exclamó Delacroix.
El ratón estaba sentado en su hombro derecho. El francés extendió el brazo izquierdo y el
roedor corrió por encima de su cabeza, usando su pelo (que al menos en al parte trasera era
bastante espeso) para trepar. Luego descendió por el otro lado y Delacroix rió al sentir en el cuello
el cosquilleo de su cola. El ratón recorrió todo el brazo hasta llegar a la muñeca, luego dio media
vuelta y regresó al hombro izquierdo, donde volvió a sentarse con la cola enroscada entre las patas.
-¡Que me aspen! -exclamó Harry.
-Le he enseñado a hacerlo -dijo Delacroix con orgullo. Yo pensé «y una mierda», pero
mantuve la boca cerrada-. Se llama Cascabel.
-No -replicó Harry con cordialidad-. Es Willie, el del barco de vapor, como el de los dibujos
animados. El jefe Howell lo bautizó.
-Es Cascabel -insistió Delacroix. En cualquier otro tema, habría admitido que blanco era
negro si uno lo hubiera querido, pero en lo referente al ratón era inflexible-. Me lo ha dicho al
oído. Jefe, ¿podría darme una caja para él? ¿Podría darme una caja para que el ratón duerma aquí
conmigo? -Su voz se volvió suplicante, con el mismo tono lloroso que había oído tantas veces
antes-. Lo pondré debajo de la cama y no causará ningún problema.
-Tu inglés mejora mucho cuando quieres algo -dije, intentando ganar tiempo.
-Ah, ah -murmuró Harry dándome un codazo-. Ahora tendremos problemas.
Pero aquella noche, Percy no parecía dispuesto a causar problemas. No se alisaba el pelo
con las manos ni jugaba con su porra, y hasta llevaba el primer botón de la camisa del uniforme
desabrochado. Era la primera vez que lo veía así, y resultaba increíble que un pequeño detalle
como aquél pudiera cambiarlo tanto. Sin embargo, lo que más me impresionó fue la expresión de
su cara. Sin llegar a ser serena -no creo que Percy Wetmore tuviera un ápice de serenidad en todo
el cuerpo-, era la expresión de alguien que ha descubierto que es capaz de esperar un tiempo por
aquello que desea. No tenía nada que ver con el joven a quien unos días antes yo había amenazado
con los puños de Bruto.
Pero Delacroix no notó el cambio y se acurrucó junto a la pared de la celda, flexionando las
rodillas contra el pecho. Sus ojos parecieron crecer hasta ocupar la mitad de su cara. El ratón corrió
a la coronilla calva y se sentó allí. No sé si recordaría que él también tenía motivos para desconfiar
de Percy, pero al menos eso parecía. Aunque quizá su reacción obedeciera a que había olido el
miedo del francés.
-Vaya, vaya -dijo Percy-. Parece que has encontrado un amigo, Eddie.
Delacroix quiso responder algo, adivino que una vana amenaza sobre lo que haría si Percy
hacía daño a su nuevo compañero, pero no consiguió pronunciar una sola palabra. Su labio inferior
tembló ligeramente y eso fue todo. Sin embargo, Cascabel no temblaba encima de su cabeza.
Estaba sentado perfectamente inmóvil con las patas traseras entre el pelo de Delacroix y las
delanteras extendidas sobre la calva, mirando a Percy con aire desafiante, como quien mira a un
antiguo enemigo.
-¿No es el mismo ratón que perseguí el otro día? -preguntó Percy-. ¿El que vive en la celda
de seguridad?
Asentí con un gesto. Tenía la impresión de que Percy no había vuelto a ver al recién
bautizado Cascabel desde aquella persecución y ahora no parecía tener ganas de cazarlo.
-Sí, es el mismo -dije-. Aunque Delacroix dice que no se llama Willie sino Cascabel.
Asegura que el ratón se lo ha dicho al oído.
-¿De veras? -dijo Percy-. Los milagros no se acaban nunca, ¿no es cierto?
Yo esperaba que desenfundara la porra y comenzase a golpear con ella los barrotes de la
celda, para recordarle a Delacroix quién mandaba allí, pero se limitó a mirarlo con las manos en las
caderas.
Entonces, sin ninguna razón aparente, añadí:
-Delacroix acababa de pedirnos una caja, Percy. Cree que el ratón dormirá en ella y que
podrá tenerlo consigo como si fuera una mascota. -Mi voz estaba cargada de escepticismo y más
que ver, sentí la mirada sorprendida de Harry-. ¿Tú qué opinas?
-Opino que una noche, mientras esté dormido, le cagará en la nariz y saldrá corriendo
-respondió Percy con tranquilidad-. Aunque supongo que eso es asunto del francés. La otra noche
vi una bonita caja de cigarros en el carro de Tuu Tuu. No sé si la habrá regalado. Tal vez pida
cinco centavos por ella, o incluso veinticinco.
Esta vez miré a Harry y vi que estaba boquiabierto. No era exactamente como el cambio que
había experimentado Ebenezer Scrooge la mañana de Navidad, después de que los fantasmas se
ocuparan de él, pero se parecía bastante.
Percy se acercó a la celda de Delacroix y metió la cabeza entre los barrotes. El francés se
encogió aún más. Juro que de haber podido se habría fundido con la pared.
-¿Tienes cinco centavos, o quizá veinticinco para comprar una caja de cigarros, capugante?
-preguntó.-Tengo cuatro centavos -respondió Delacroix-, y los pagaré por una caja si está en
buenas condiciones, s'il est bon.
-Haremos un trato -dijo Percy-. Si ese viejo chulo desdentado está dispuesto a venderte la
caja de Corona por cuatro centavos, robaré un poco de algodón de la enfermería para forrarla.
Haremos un auténtico Hilton para ratones. -Se volvió hacia mí-. Tengo que escribir un informe
sobre Bitterbucle, Paul -dijo-. ¿Hay plumas en su despacho?
-Sí, desde luego -respondí-. Y formularios también. En el primer cajón de la izquierda.
-Estupendo -dijo, y se marchó contoneándose.
Harry y yo nos miramos.
-¿Crees que está enfermo? -preguntó Harry-. Quizá ha ido al médico y ha descubierto que le
quedan tres meses de vida.
Contesté que no tenía la menor idea de qué le pasaba. En ese momento era cierto, y lo fue
durante un tiempo, pero al final lo descubrí. Unos añosmás tarde tuve una interesante conversación
de sobremesa con Hal Moores. Para entonces, él estaba retirado y yo en el correccional de
menores, de modo que podíamos hablar con libertad. Fue una de esas comidas en que uno bebe
demasiado y come poco, así que la lengua se suelta. Hal me contó que Percy había ido a quejarse
de mí y de la situación general en el pasillo de la muerte. Había sido poco después de que
Delacroix ingresara en el bloque y Bruto y yo evitáramos que lo matase a golpes. Al parecer, lo
que más había molestado a Percy fue que le dijera que desapareciese de mi vista. Creía que un
hombre emparentado con el gobernador no debía ser tratado con semejantes modales.
En fin, Moores me contó que intentó contener a Percy todo lo que pudo, pero que cuando
comprobó que el tipo estaba dispuesto a utilizar sus contactos para que me amonestaran y
trasladaran a otra parte de la prisión, lo llamó a su despacho y le dijo que si dejaba las cosas como
estaban, él mismo se ocuparía de que tuviese un papel protagónico en la ejecución de Delacroix.
Lo pondría junto a la silla. Yo estaría a cargo, como de costumbre, pero los testigos no se
enterarían. Para ellos, Percy Wetmore sería el maestro de ceremonias. Moores se había limitado a
prometerle lo que ya habíamos acordado antes, pero Percy no lo sabía. Aceptó cejar en sus
empeños para que me trasladaran y la atmósfera del bloque E mejoró. Aceptó incluso que
Delacroix conservase a su viejo enemigo como mascota. Es sorprendente la forma en que algunos
hombres cambian con el incentivo apropiado. En el caso de Percy, el alcaide Moores sólo tuvo que
prometerle que podría matar a un pequeño francés calvo.
9
A Tuu Tuu cuatro centavos le parecieron muy poco por una bonita caja de cigarros Corona, y
quizá tuviera razón. Las cajas de cigarros eran muy apreciadas en la prisión.
En ellas podían
guardarse miles de objetos pequeños, tenían un olor agradable y recordaban a los presos lo que era
la vida en libertad. Supongo que porque en la prisión se permitía fumar cigarrillos, pero no
cigarros.
Dean Stanton, que para entonces había regresado al bloque, contribuyó con un centavo y yo
con otro. A1 ver que Tuu Tuu todavía se mostraba reacio a vender, Bruto intentó convencerlo.
Primero le dijo que debería avergonzarse de ser tan mezquino, y luego le prometió que él, Brutus
Howell en persona, le devolvería la caja de cigarros una vez que Delacroix fuese ejecutado.
-Tal vez seis centavos no sean suficientes como precio de venta de una caja de cigarros.
Podríamos discutirlo largo y tendido -dijo Bruto-, pero tienes que reconocer que es un buen precio
por un alquiler. El francés recorrerá el pasillo de la muerte en un mes; seis semanas, como
máximo. Esa caja volverá a tu carrito antes de que te des cuenta de que no está allí.
-¿Y si le toca un juez de corazón blando y sigue aquí cuando nos entierren a todos? -dijo
Tuu, pero tanto él como Bruto sabían que no sería así. El viejo Tuu Tuu llevaba empujando aquel
maldito carro lleno de citas de la Biblia desde los días de las diligencias y tenía información de
buena fuente... Yo estaba seguro de que en eso nos superaba. Sabía que Delacroix no podía esperar
nada de un juez de corazón blando. Su única esperanza era el gobernador, que no solía ser
clemente con tipos capaces de asar vivos a media docena de sus votantes.
-Aunque no consiga un aplazamiento, ese ratón estará cagando en la caja hasta octubre,
quizá incluso hasta el día de Acción de Gracias -protestó Tuu, pero Bruto notó que se estaba
ablandando-. ¿Quién va a comprar una caja que ha servido de retrete a un ratón?
-Caramba, Tuu --dijo Bruto-. Ésa es la estupidez más grande que te he oído decir desde que
te conozco, de verdad. En primer lugar, Delacroix mantendrá la caja tan limpia como para comer
en ella. Quiere tanto a ese ratón que es capaz de limpiarla a lengüetazos si es necesario.
-No si es mierda -dijo Tuu arrugando la nariz.
-Y en segundo lugar -continuó Bruto-, la caca de ratón no es un problema. Sólo son unas
bolitas, como los perdigones que se usan para cazar pájaros. Sacudes la caja y no queda nada.
El viejo Tuu sabía que no tenía sentido seguir protestando. Llevaba el tiempo suficiente en
aquel sitio para reconocer cuándo podía enfrentarse con la brisa y cuándo le convenía rendirse a la
fuerza del huracán. Aquello no era exactamente un huracan, pero a los muchachos de uniforme
azul les caía bien el ratón y les gustaba la idea de que Delacroix se lo quedase, de modo que era,
como mínimo, una fuerte ventolera. Así que Delacroix consiguió su caja y Percy cumplió con su
palabra: dos días después, el recipiente estaba forrado con finas capas de algodón robado de la
enfermería. Percy se lo entregó personalmente y yo vi el miedo en los ojos del francés cuando sacó
la mano a través de los barrotes. Temía que Percy le cogiera la mano y le rompiera los dedos. Debo
confesar que yo también tenía un poco de miedo, pero no ocurrió nada semejante. Nunca estuve
tan cerca de apreciar a Percy como aquel día, aunque incluso entonces era imposible pasar por alto
la expresión divertida de sus ojos. Delacroix tenía una mascota y Percy otra. El francés la cuidaría
y la amaría tanto tiempo como pudiera; Percy esperaría con paciencia (tanta paciencia como podía
tener alguien como él) y luego la achicharraría viva.
-El Hilton para ratones abre sus puertas -dijo Harry-. La gran incógnita es si ese cabroncete
usará la caja.
La pregunta tuvo respuesta tan pronto como Delacroix cogió al ratón y lo colocó suavemente
en la caja. El animal se acomodó en el algodón blanco como si estuviera en el paraíso y aquél fue
su hogar hasta... Bueno, llegaré al final de la historia de Cascabel a su debido tiempo.
Pronto se demostró que la preocupación del viejo Tuu Tuu de que la caja de cigarros acabara
llena de mierda de ratón no tenía ningún fundamento. Jamás vi una sola cagarruta allí, y Delacroix
afirmaba que él tampoco. Ni allí, ni en ninguna otra parte de la celda. Mucho más adelante, en la
época en que Bruto me enseñó el agujero en la viga y encontramos las astillas de colores, saqué
una silla de un rincón de la celda de seguridad y me encontré con un montoncito de cagarrutas de
ratón. Por lo visto, siempre cagaba en el mismo sitio, lo más lejos posible de nosotros. Y hay algo
más: nunca lo vi mear, y eso que los ratones son incapaces de mantener el grifo cerrado más de dos
minutos seguidos, sobre todo cuando comen. Como ya he dicho, aquel maldito roedor era uno de
los misterios del buen Dios.
Una semana después de que Cascabel se instalara en la caja de cigarros, Delacroix nos
llamó a mí y a Bruto para enseñarnos algo. Lo hacía con tanta frecuencia que resultaba pesado
(para el pequeño francés, el solo hecho de que Cascabel diese una voltereta sobre la espalda con
las patas en alto era una maravilla de la naturaleza), pero esta vez lo que tenía que mostrarnos era
realmente divertido.
Después del juicio, el mundo entero parecía haber olvidado a Delacroix, pero el francés tenía
una parienta -una vieja tía soltera, según creo- que le escribía una vez por semana. La anciana
también le había enviado una bolsa enorme de caramelos de á menta, de esos que en la actualidad
se comercializan con el nombre de Canada Mints. Parecían grandes píldoras rosadas.
Naturalmente, no se le permitió quedarse con toda la bolsa de una vez, í pues pesaba más de dos
kilos y si se la hubiera comido de una sentada habría acabado en la enfermería. Como casi todos
los asesinos que tuvimos en el pasillo de la muerte, el francés no tenía idea de la mesura, de modo
que le entregábamos los caramelos por docenas y sólo si los pedía.
Cuando llegamos a la celda, Cascabel estaba sentado en el camastro junto a Delacroix.
Sostenía uno de aquellos caramelos rosados entre las patas y lo mordía con aire satisfecho.
Delacroix estaba rebosante de alegría, como un pianista que contempla a su hijo de cinco años
tocar sus primeras piezas clásicas. Pero lo cierto es que la cosa tenía auténtica gracia. El caramelo
era casi tan grande como Cascabel y el vientre peludo de éste ya estaba hinchado de tanto comer.
-¡Quítaselo, Eddie! -dijo Bruto entre divertido y horrorizado-. Por todos los santos, si sigue
comiendo va a reventar. Puedo oler a menta desde aquí. ¿Cuántos le has dado?
-Éste es el segundo -respondió Delacroix mirando la barriga del ratón con cierto
nerviosismo-. ¿De verdad cree que...? Bueno, ¿podrían estallarle las tripas?
-Es posible -contestó Bruto.
Eso fue suficiente para Delacroix, que cogió el
caramelo a medio comer. Yo esperaba que el ratón le diera un mordisco, pero lo cierto es que
entregó el caramelo -o lo que quedaba de él- con absoluta docilidad. Miré a Bruto y él sacudió la
cabeza como diciendo que no, que él tampoco lo entendía. Entonces Cascabel saltó a su caja y se
tumbó con aire cansado, haciéndonos reír a los tres. Después de aquel día, nos acostumbramos a
ver a Cascabel sentado junto a Delacroix, comiendo un caramelo con los modales exquisitos de
una señora en una merienda elegante, ambos rodeados del olor que más tarde aspiraría en el
agujero de la viga: el olor entre picante y dulce de la menta.
Antes de hablar de la llegada de William Wharton, el auténtico ciclón que azotó el bloque E,
quiero contaros algo más sobre Cascabel. Aproximadamente una semana después del incidente del
primer caramelo de menta, cuando habíamos llegado a la conclusión de que Delacroix no
permitiría que al ratón le estallaran las tripas, el francés me llamó a su celda. En aquel momento
Bruto había ido a buscar algo al economato y yo estaba solo, lo que significaba que, según las
ordenanzas, no debía acercarme a ningún prisionero. Sin embargo, quizá porque sabía que con un
simple puñetazo podía arrojar a Delacroix a veinte metros de distancia, decidí romper las reglas e
ir a ver qué quería.
-Mire esto, jefe Edgecombe -dijo-. ¡Ahora verá lo que es capaz de hacer Cascabel! -Metió la
mano detrás de la caja de cigarros y sacó un pequeño carrete de madera.
-¿De dónde has sacado eso? -pregunté, aunque creía saberlo. Sólo podía habérselo dado una
persona.
-Me lo dio el viejo Tuu Tuu -respondió-. Mire.
Yo ya miraba y veía a Cascabel dentro de la caja, con las pequeñas patas delanteras
levantadas y apoyadas sobre uno de los lados y los ojos negros fijos en el carrete que Delacroix
sostenía entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Un escalofrío me recorrió la espalda.
Nunca había visto a un simple ratón mirar algo con tanta atención, con tanta inteligencia. Jamás
creí que Cascabel fuera un ser sobrenatural, y si he dado esa impresión, lo lamento; pero tampoco
tengo ninguna duda de que dentro de su especie era un genio.
Delacroix se inclinó e hizo rodar el carrete por el suelo de la celda. Se deslizó suavemente,
como un par de ruedas conectadas mediante un eje. En un instante, el ratón saltó de la caja y corrió
detrás del carrete, igual que un perro que persigue un palo. Dejé escapar una exclamación de
sorpresa y Delacroix sonrió.
El carrete chocó contra la pared y volvió atrás. Cascabel lo rodeó y lo empujó hacia la cama,
corriendo de un extremo a otro cada vez que parecía que iba a desviarse de su rumbo. Empujó el
carrete hasta que éste topó con los pies de Delacroix. Luego alzó la vista, como para asegurarse de
que el francés no tenía otra tarea para él (quizá unos cuantos problemas aritméticos para resolver o
una frase en latín para analizar). Aparentemente satisfecho de su trabajo, Cascabel volvió a
acomodarse dentro de la caja de cigarros.
-Se lo has enseñado tú -dije.
-Sí, jefe Edgecombe -respondió Delacroix, incapaz de reprimir una sonrisa de satisfacción-.
Lo ha cogido todas las veces que se lo arrojé. Es más listo que el demonio, ¿verdad?
-¿Y el carrete? -pregunté-. ¿Cómo sabías que debías buscarle uno, Eddie?
-Me lo dijo al oído -respondió Delacroix con tranquilidad-. Igual que cuando me murmuró su
nombre.
Delacroix enseñó su truco a todos los muchachos; a todos, excepto a Percy. No parecía
importarle que Percy hubiera tenido la idea de la caja de cigarros ni que le hubiera dado algodón
para forrarla. El francés era como algunos perros; si se los patea una vez, no vuelven a confiar en
uno por agradable que se muestre en adelante.
Aún me parecía oír a Delacroix gritar:
-¡Muchachos! ¡Vengan a ver lo que es capaz de hacer Cascabel!
Y a continuación se formaba un tumulto de uniformes azules: Bruto, Harry, Dean, incluso
Bill Dodge. Todos se habían quedado atónitos con el truco, igual que yo.
Tres o cuatro días después de que Cascabel comenzara a hacer el truco del carrete, Harry
Terwilliger encontró unos lápices de cera entre los materiales de artesanía que guardábamos en la
celda de seguridad y se los llevó a Delacroix con una sonrisa tímida.
-He pensado que quizá te gustaría pintar el carrete de varios colores -dijo-. Entonces tu
amiguito sería como un ratón de circo, o algo por el estilo.
-¡Un ratón de circo! -exclamó Delacroix, rebosante de alegría. Creo que se sentía
auténticamente feliz, quizá por primera vez en su miserable vida-. ¡Eso es lo que es! Un ratón de
circo. Cuando salga de aquí, me haré rico con él. Ya lo verán.
Sin duda, Percy Wetmore habría recordado a Delacroix que cuando saliese de allí lo haría en
una ambulancia que no tendría necesidad de hacer sonar su sirena, pero Harry calló. Le dijo al
francés que pintara el carrete lo mejor posible en el mínimo de tiempo, pues tendría que devolver
los lápices de cera a su sitio después de cenar.
Del pintó el carrete, desde luego. Cuando terminó, un extremo era amarillo, el otro verde y
el centro rojo intenso. Nos acostumbramos a oír a Delacroix anunciar a voz en cuello:
-Maintenant, m'sieurs et mesdames! Le cirque présentement le mous' amusant et amazeant!
No era exactamente así, pero eso os dará una idea de su francés macarrónico. Luego emitía
un sonido gutural, que según creo pretendía imitar un tambor, y arrojaba el carrete. Cascabel lo
perseguía de inmediato y lo empujaba con el hocico o con las patas. En el segundo caso, el truco
parecía realmente digno de un circo. Delacroix, su ratón y el colorido carrete eran nuestro principal
entretenimiento en el momento en que pusieron a John Coffey bajo nuestra custodia, y continuaron
siéndolo durante un tiempo. Luego recrudeció mi infección urinaria, que había permanecido
tranquila durante un tiempo, y llegó William Wharton. Fue como si alguien abriera las puertas del
infierno.
10
Casi todas las fechas se han borrado de mi mente. Supongo que podría pedirle a mi nieta,
Danielle, que las buscara en los periódicos viejos, pero ¿para qué?
De todos modos, las más
importantes -como el día que entramos en la celda de Delacroix y encontramos al ratón sentado
sobre su hombro o el día que William Wharton llegó al bloque y estuvo a punto de matar a Dean
Stanton- no aparecerán en la prensa. Tal vez sea mejor que siga como hasta ahora. Al fin y al cabo,
supongo que las fechas no tienen mayor importancia si uno es capaz de recordar qué vio y en qué
orden lo hizo.
Sé que los hechos se precipitaron. Cuando me enviaron los papeles para la ejecución de
Delacroix desde el despacho de Curtis Anderson, me sorprendió ver que la fecha se había
adelantado, algo que rara vez sucedía, ni siquiera en aquellos días en que no era necesario remover
cielo y tierra para cargarse legalmente a un hombre. Según creo, sólo eran dos días, del 27 al 25 de
octubre. No me toméis la palabra, pero era algo así, pues recuerdo que pensé que Tuu iba a
recuperar su caja de cigarros incluso antes de lo previsto.
Wharton, por el contrario, llegó después de lo esperado. Para empezar, su juicio duró más de lo
que suponían los informadores habitualmente fiables de Anderson (en lo referente a Will Wharton,
uno no podía fiarse de nada, ni siquiera de nuestros métodos para controlar a los prisioneros que
hasta entonces parecían probados e infalibles). Luego, una vez que lo encontraron culpable -al
menos en ese punto siguieron el guión- lo llevaron al Hospital General de Indianápolis para hacerle
unas pruebas. Al parecer, durante el juicio había sufrido varios ataques lo bastante graves para que
se desplomara y agitara espasmódicamente, pataleando contra el suelo de madera. El abogado de
oficio alegó que Wharton padecía «ataques epilépticos» y que había cometido sus crímenes en
momentos de «enajenación mental», en tanto que el fiscal sostenía que las supuestas crisis no eran
más que la representación de un cobarde desesperado por salvar su vida. Después de observar de
cerca los aparentes ataques epilépticos, el jurado decidió que eran falsos. El juez estuvo de
acuerdo, pero de todos modos ordenó una serie de análisis antes de dictar sentencia. Sólo Dios
sabe por qué; quizá por simple curiosidad.
Fue un milagro que Wharton no escapara del hospital (tampoco nos pasó inadvertida la
ironía de que Melinda, la esposa de Moores, estuviera en el mismo hospital al mismo tiempo),
pero no lo hizo.
Supongo que lo tendrían rodeado de guardias y que el muchacho aún conservaría alguna
esperanza de que lo declararan incompetente a causa de la epilepsia, si padecía algo así.
Sin embargo, no fue así. Los médicos no encontraron nada anormal en su mente, al menos
desde el punto de vista físico, y William Billy El Niño Wharton fue enviado a Cold Mountain.
Debe de haber sido alrededor del 18, pues recuerdo que llegó dos semanas antes que John
Coffey y una semana después de que Delacroix recorriera el pasillo de la muerte.
El día de la llegada de nuestro nuevo psicópata fue especialmente memorable para mí.
Desperté a las cuatro de la madrugada con un latido en el vientre y el pene hinchado y ardiente.
Antes de poner los pies en el suelo, supe que mi infección urinaria no se había terminado de curar,
como yo había deseado. Había experimentado una breve mejoría, pero eso era todo.
Salí al retrete para descargar la vejiga -aquello sucedió al menos tres años antes de que
instaláramos el primer cuarto de baño dentro de la casa-, pero cuando llegué a la pila de leña
amontonada en un costado de la casa, comprendí que no podía aguantar más. Me bajé los
pantalones del pijama justo cuando comenzaba a salir la orina, y aquella meada estuvo
acompañada del dolor más intenso que he experimentado en toda mi vida. En 1956 tuve una piedra
en la vesícula, y sé que la gente dice que es peor, pero comparado con aquel ataque ese cálculo fue
como una leve indigestión.
Se me aflojaron las rodillas y caí pesadamente sobre ellas, rasgando el trasero de mi pijama
al abrir las piernas para mantener el equilibrio y evitar caer de cara en un charco de orina. Si no me
hubiera cogido de uno de los leños con la mano izquierda, allí habría acabado.
Sin embargo, todo aquello podría haber sucedido en Australia o en algún otro planeta. Lo
único que me preocupaba era el dolor; la parte inferior del vientre ardía como si se estuviera
incendiando y mi pene -un órgano que solía olvidar, excepto cuando me procuraba el mayor placer
que puede experimentar un hombre- parecía a punto de derretirse. Miré hacia abajo, esperando ver
salir sangre de la punta, pero en su lugar observé un chorro de orina aparentemente normal.
Me cogí del leño con una mano y me cubrí la boca con la otra, intentando mantener la boca
cerrada. No quería despertar a mi esposa con un grito. Tuve la impresión de que nunca terminaría
de mear, pero por fin el chorro cesó. Por un instante, quizá un minuto entero, fui incapaz de
levantarme. Luego el dolor comenzó a ceder y me incorporé con esfuerzo. Miré el charco de orina,
que ya se filtraba en la tierra, y me pregunté si Dios estaría cuerdo al crear un mundo donde un
poco de humedad como aquella podía producir un dolor tan terrible.
Decidí pedir la baja por enfermedad e ir a ver al doctor Sadler. No soportaba el olor de las
píldoras de sulfamida ni las náuseas que me provocaban, pero cualquier cosa sería mejor que estar
de rodillas junto a un montón de leña, intentando contener los gritos mientras parecía que alguien
me había rociado la polla con gasolina y había arrojado una cerilla.
Luego, mientras me tomaba una aspirina y oía los suaves ronquidos de Janice procedentes de
la habitación, recordé que aquél era el día de la llegada de Will Wharton al bloque E y que Bruto
no estaría allí. Según el orden del día, debía ir al otro lado de la prisión a ayudar a trasladar la
biblioteca y el resto del equipo de enfermería al nuevo edificio. A pesar del dolor, no me parecía
bien dejar a Dean y a Harry solos con Wharton. Eran funcionarios competentes, pero el informe de
Curtis Anderson había sugerido que William Wharton era excepcionalmente peligroso. «A ese
hombre no le importa nada», había escrito, subrayando la frase para darle énfasis.
Para entonces el dolor se había calmado un poco y yo ya podía pensar con claridad. Supuse
que lo mejor era salir pronto para la prisión. Podía llegar a las seis, la hora en que solía hacerlo el
alcaide Moores. Él enviaría a Brutus Howell de nuevo al bloque E con tiempo suficiente para
recibir a Wharton y yo cumpliría con mi postergada visita al médico. De hecho, Cold Mountain me
quedaba de camino.
Durante los treinta kilómetros de viaje a la penitenciaría, en dos ocasiones volví a sentir esa
necesidad urgente de orinar. Las dos veces pude detenerme y solucionar el problema sin ponerme
en evidencia (gracias al cielo, el tránsito a aquellas horas en las carreteras comarcales era casi
inexistente). Ninguna de las dos meadas fue tan dolorosa como la que me había arrojado al suelo
del camino al retrete, pero en ambas ocasiones tuve que sostenerme de la manija de la puerta del
acompañante de mi pequeño cupé Ford y sentí correr el sudor por mi cara ardiente. Estaba
enfermo, no cabía duda; muy enfermo.
Sin embargo, lo conseguí. Entré por la puerta sur, aparqué en el sitio habitual y fui
directamente a ver al alcaide. Eran cerca de las seis, la oficina de Miss Hannah estaba vacía (no
llegaría hasta las siete, una hora más civilizada) pero vi luz en el despacho de Moores a través del
cristal de la puerta. Llamé y abrí. Moores alzó la vista, sobresaltado al ver a alguien por allí a horas
tan intempestivas, y yo habría dado cualquier cosa por no haberlo sorprendido en aquel estado, con
expresión afligida e indefensa. Cuando entré, se tiraba con las dos manos del pelo blanco, por lo
general cuidadosamente peinado, que ahora estaba enmarañado y en punta. Tenía los ojos
enrojecidos y rodeados de bolsas. Pero lo peor era su palidez; tenía el aspecto de un hombre que
acaba de regresar de una larga caminata en una noche helada.
-Lo siento, Hal. Volveré... -empecé.
-No -dijo-. Pasa, Paul, por favor. Cierra la puerta y entra. Nunca en toda mi vida había
necesitado tanto ver a alguien. Cierra la puerta y entra.
Obedecí y olvidé mi propio dolor por primera vez desde que me había despertado aquella
mañana.
-Es un tumor en el cerebro -dijo Moores-. Sale en las radiografías. De hecho, los médicos
parecían muy satisfechos con ellas. Uno incluso ha dicho que eran las mejores que habían tomado
hasta el momento y que las publicarán en una célebre revista médica de Nueva Inglaterra. Dicen
que es del tamaño de un limón y que está muy adentro, donde no pueden operar. Suponen que
morirá antes de Navidad. No se lo he dicho, porque no sé cómo hacerlo. ¡Dios, no se me ocurre la
manera de decírselo!
Entonces se echó a llorar con unos sollozos largos y asmáticos que me llenaron de pena y
horror al mismo tiempo. Cuando un hombre tan discreto como Hal Moores pierde el control,
asusta verlo. Permanecí inmóvil por unos instantes, luego me acerqué y le rodeé los hombros con
un brazo. Se cogió a mí con las dos manos, como un hombre a punto de ahogarse, y comenzó a
sollozar contra mi estómago, olvidando la compostura. Más tarde, cuando consiguió controlarse,
me pidió perdón. Lo hizo sin mirarme a los ojos, como alguien que siente que se ha humillado
tanto que quizá nunca logre superarlo. Un hombre puede acabar odiando a otro que lo ha visto en
ese estado, y aunque supuse que el alcaide Moores no era de esos, no me atreví a mencionar el
verdadero motivo de mi visita. De modo que cuando salí del despacho de Moores, me dirigí al
bloque E en lugar de a mi coche. Para entonces, la aspirina comenzaba a hacer efecto y el dolor de
vientre se había convertido en una punzada sorda. Supuseque me las apañaría para pasar el día;
recibiría a Wharton, volvería a visitar a Hal Moores por la tarde y cogería la baja de enfermedad
para el día siguiente. Creía que ya había pasado lo peor, pero lo cierto es que lo peor de aquel día
ni siquiera había comenzado.
11
-Creímos que seguía sedado por las pruebas -dijo Dean a última hora de la tarde. Su voz era
grave, áspera, casi un ladrido, y tenía moratones negros en el cuello.
Noté que le costaba trabajo
hablar y pensé en decirle que no se esforzara, pero a veces duele más callar. Supuse que ésa era
una de aquellas veces y mantuve la boca cerrada-. Todos creímos que estaba sedado, ¿verdad?
Harry Terwilliger hizo un gesto de asentimiento. Incluso Percy, sentado a una distancia
prudencial de los demás, asintió en silencio.
Bruto me miró y por un instante nuestros ojos se cruzaron. Era obvio que pensábamos lo
mismo: que las cosas siempre sucedían de ese modo. Todo parecía ir bien y uno actuaba conforme
a las reglas de juego, pero entonces cometía un error y... ¡pum!, el cielo se desmoronaba. Habían
pensado que estaba dopado, lo cual era una suposición bastante razonable, pero a nadie se le
ocurrió preguntar si de verdad lo estaba. Me pareció ver algo más en los ojos de Bruto: Harry y
Dean aprenderían de su error, sobre todo Dean, que podía haber vuelto a casa en un ataúd. Percy
no aprendería nada; no quería, o quizá no podía. Lo único que podía hacer Percy era sentarse en un
rincón y refunfuñar porque volvía a estar metido hasta el cuello en la mierda.
En total, siete guardias se habían trasladado a Indianola para hacerse cargo de Salvaje Bill:
Harry, Dean, Percy, dos guardias atrás (no recuerdo sus nombres, aunque estoy seguro de que
entonces los sabía) y dos delante. Llevaron lo que entonces llamábamos la «diligencia»: una
furgoneta Ford supuestamente equipada con cristales antibalas, cuya carrocería acababa de ser
reforzada con planchas de acero. Parecía un híbrido entre el furgón del lechero y un coche
blindado.
Harry Terwilliger estaba oficialmente a cargo de la expedición. Le entregó los papeles al
sheriff del condado (no Homer Cribus, supongo, sino otro patán como él votado por el pueblo),
quien a su vez le entregó al señor William Wharton, un follonero extraordinaire, como habría
dicho Delacroix. Aunque habían enviado un uniforme con antelación, el sheriff y sus ayudantes no
se habían molestado en ponérselo. Dejaron 1a tarea para nuestros muchachos, que cuando vieron a
Wharton por primera vez en la segunda planta del Hospital General, lo encontraron vestido con
una bata y zapatillas baratas de felpa. Era un hombre delgado con cara pequeña y llena de granos y
una maraña de pelo largo y rubio. El culo, también pequeño y repleto de granos, quedaba al
descubierto por detrás de la bata. De hecho, fue lo primero de él que vieron Harry y los demás,
pues cuando entraron, Wharton miraba por la ventana hacia el aparcamiento. No se volvió. Se
limitó a permanecer inmóvil, sosteniendo las cortinas con una mano, mudo como un muñeco,
mientras Harry se quejaba al sheriff del condado de que no le hubieran puesto el uniforme y el
sheriff, a su vez, le daba una clase -como solían hacer todos los funcionarios del interior- sobre
cuáles eran sus obligaciones y cuáles no.
Cuando Harry se cansó (dudo que haya tardado mucho), ordenó a Wharton que se volviera, y
el muchacho obedeció. Según dijo Dean con su voz rasposa, tenía el mismo aspecto que cualquiera
de los miles de palurdos revoltosos que habían pasado por Cold Mountain en el transcurso de los
años. Les quitabas esa mirada feroz y lo único que quedaba era un estúpido con una vena
mezquina. A veces uno también les descubría una vena cobarde, sobre todo cuando se volvían de
espaldas a la pared, pero por lo general no había otra cosa en ellos que maldad y ganas de bronca,
más maldad y más ganas de bronca. Hay gente que ve algo noble en personajes como William
Wharton, pero yo no soy uno de ellos. Una rata también pelea si la arrinconan. Según dijo Dean, la
cara de aquel hombre parecía tener tanta personalidad como su culo lleno de acné. La mandíbula
caída, los ojos distantes, los hombros encorvados y las manos laxas. Daba la impresión de que le
habían inyectado una buena dosis de morfina y estaba tan aturdido como una persona drogada.
Al llegar a este punto, Percy hizo otro gesto de asentimiento.
-Ponte esto -dijo Harry señalando el uniforme que estaba a los pies de la cama. Lo habían
quitado del envoltorio marrón, pero aparte de eso nadie lo había tocado. Seguía doblado como
cuando estaba en la lavandería de la prisión: unos calzoncillos blancos asomaban por una manga, y
un par de calcetines del mismo color por la otra.
Wharton parecía dispuesto a obedecer, aunque era incapaz de hacerlo sin ayuda. Consiguió
ponerse los calzoncillos, pero cuando llegó a los pantalones, intentó poner las dos piernas en el
mismo agujero. Por fin, Dean decidió ayudarlo: le pasó los pies por el sitio indicado, subió los
pantalones y abrochó la bragueta. Wharton permaneció inmóvil, sin intentar cooperar. Miraba al
otro lado de la habitación con expresión ausente y las manos laxas, y a ninguno de los presentes se
le ocurrió que podía estar fingiendo. No es que tuviese la esperanza de escapar (al menos eso creo
yo), pero sí de organizar la mayor cantidad de problemas posibles en cuanto se presentara la
ocasión.
Se firmaron los papeles y William Wharton, que en el momento de su detención se había
convertido en propiedad del condado, pasó a ser propiedad del estado. Lo condujeron por la
escalera trasera, a través de la cocina del hospital, rodeado de uniformes azules. Wharton
caminaba con la cabeza gacha y las manos de largos dedos colgando a ambos lados del cuerpo. La
primera vez que se le cayó la gorra, Dean se la puso. La segunda vez, él mismo se la metió en el
bolsillo trasero del pantalón.
Tuvo otra oportunidad de crear problemas cuando lo metieron en la diligencia y lo
encadenaron, pero no lo hizo. Si esa idea se le cruzó por la cabeza (todavía hoy no estoy seguro de
que lo hiciera), debe de haber supuesto que el espacio era demasiado pequeño y el número de
contendientes demasiado alto para salir victorioso. De modo que le pusieron las cadenas, una entre
los tobillos y otra -demasiado larga, según se descubriría más tardeentre las muñecas.
El viaje hasta Cold Mountain duró una hora. En todo ese tiempo, Wharton permaneció
inmóvil en el asiento de la izquierda del furgón, con la cabeza gacha y las manos esposadas
colgando entre las rodillas. Harry dijo que de vez en cuando murmuraba algo y Percy salió un
instante de su enfurruñamiento para añadir que le caía la baba por encima del labio inferior, gota a
gota, hasta formar un charco a sus pies. Como un perro con la lengua fuera en un caluroso día de
verano.
Entraron en la penitenciaría por la puerta sur y se dirigieron al aparcamiento, supongo que
pasando junto a mi coche. El guardia de servicio abrió la enorme puerta que separaba el
aparcamiento del patio de ejercicios y la diligencia entró en el recinto. No había muchos presos en
el patio y la mayoría trabajaba en el jardín. Debía de ser época de plantar calabazas. Condujeron
directamente hacia el bloque E y se detuvieron. El conductor abrió la puerta, dijo a los guardias
que había sido un placer trabajar con ellos y comentó que llevaría el furgón al taller para cambiarle
el aceite. Los guardias de refuerzo siguieron en el vehículo y los dos que iban sentados atrás, ahora
con las puertas abiertas, se alejaron comiendo manzanas.
Así pues, Dean, Harry y Percy se quedaron solos con el prisionero encadenado. Debería
haber sido suficiente, de hecho lo habría sido si no se hubieran dejado engañar por el esquelético
muchacho con cadenas en las muñecas y los tobillos. Lo escoltaron durante la docena de pasos que
los separaban de la puerta del bloque E, en la misma formación que usábamos para conducir a los
prisioneros por el pasillo de la muerte. Harry iba a la izquierda, Dean a la derecha y Percy detrás
con la porra en la mano. Nadie me lo dijo, pero sé perfectamente que tenía la porra en la mano;
aquel imbécil adoraba su porra de madera.
Entretanto, yo esperaba sentado en el sitio que sería el hogar de Wharton hasta que llegase su
turno de freírle el culo en la silla: primera celda a la derecha del pasillo en dirección a la celda de
seguridad. Tenía la carpeta de registro en la mano y esperaba impaciente el momento de
pronunciar mi pequeño discurso y esfumarme de allí. El dolor recrudecía en mi vientre y quería
encerrarme en el despacho hasta que pasara.
Dean dio un paso al frente para abrir la .puerta. Escogió la llave indicada del llavero que
llevaba colgado a la cintura y la metió en la cerradura. Cuando Dean hacía girar la llave y tiraba de
la manija de la puerta, Wharton pareció cobrar vida. Soltó un aullido desgarrado, incoherente,
similar al grito de guerra de un rebelde, que paralizó temporalmente a Harry y dejó a Percy fuera
de combate. Yo oí el grito a través de la puerta entreabierta y al principio no lo asocié con un
sonido humano. Pensé que un perro se habría colado en el patio y lo habrían herido o que quizá
algún preso malhumorado le había dado con un pico.
Wharton levantó los brazos, pasó la cadena que unía sus muñecas por encima de la cabeza de
Dean, y comenzó a estrangularlo. Dean soltó un grito ahogado y se inclinó hacia adelante, bajo la
fresca luz eléctrica de nuestro pequeño mundo. Wharton se alegró de caer con él, hasta le dio un
empujón sin dejar de gritar, murmurar incoherencias e incluso reír. Tenía los brazos flexionados y
los puños pegados a las orejas de Dean, tensando al máximo la cadena y moviéndola de delante
atrás.
Harry se lanzó sobre la espalda de Wharton, le cogió el grasoso pelo rubio con una mano y le
asestó un puñetazo en la cara con la otra. Tenía una pistola y una porra, pero en la confusión del
momento no usó ninguna de las dos armas. Habíamos tenido problemas con algún prisionero antes,
pero hasta el momento ninguno nos había pillado por sorpresa como Wharton. La astucia de aquel
hombre superaba nuestra experiencia. Nunca había visto nada igual, y nunca lo vería.
Además, era fuerte. La aparente flojedad había desaparecido de sus miembros y, como luego
diría Harry, fue como saltar en un nido de alambres de espino que misteriosamente habían cobrado
vida. Wharton, que ya estaba dentro y cerca de la mesa de entrada, se volvió hacia la izquierda y se
deshizo de Harry, que chocó contra la mesa y cayó al suelo.
-¡Ehhh, muchachos! -gritaba Wharton-. ¿Qué me decís de esta fiesta?
Sin dejar de reír y gritar, Wharton volvió a sus intentos de estrangular a Dean con la cadena.
¿Por qué no? Wharton sabía lo que todos sabíamos: sólo podían freírlo una vez.
-¡Pégale Percy, pégale! -gritó Harry mientras se incorporaba. Pero Percy estaba paralizado,
con la porra en la mano y los ojos grandes como platos.
Cualquiera hubiera dicho que aquélla era la oportunidad que esperaba, la ocasión ideal para
hacer buen uso de su porra, pero estaba demasiado asustado y confuso para eso. No se encontraba
ante un pequeño francés aterrorizado ni ante un gigante negro que parecía ausente de su propio
cuerpo, sino ante el mismísimo demonio.
Arrojé la carpeta de registro al suelo, desenfundé mi 38 y salí de la celda de Wharton,
olvidando por completo la infección que ardía en mi vientre por segunda vez en el día. No es que
dude de la descripción de Wharton que hicieron los muchachos, lo de la expresión ida y los ojos
ausentes, pero ése no fue el tipo que yo vi. Yo vi la cara de un animal, no un animal inteligente,
sino uno lleno de astucia, maldad y... sí, alegría. Hacía lo que le correspondía hacer. El sitio y las
circunstancias no importaban. Otra cosa que vi fue la cara hinchada y enrojecida de Dean. A1
reparar en la pistola, Wharton hizo girar a Dean hacia ella, de modo que por fuerza tendría que
darle a uno para derribar al otro. Por encima del hombro de Dean, un ojo ardiente y azul me
desafiaba a disparar.
CONTINUARÁ...

3ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHEN KING

3ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHEN KING


_
STEPHEN
KING
El pasillo de la muerte
3ª parte
( Las manos de Coffey )
Titulo original : The Green Mile III. The Hand’s Coffey




_
1
Releyendo lo que he escrito, descubro que he calificado a Georgia Pines, el sitio donde vivo,
de «residencia geriátrica».
A la gente que dirige este centro no le gustaría leer algo así. Según los
folletos que tienen en el vestíbulo y que envían a los clientes potenciales, se trata de «una finca de
retiro para la tercera edad». Hasta tiene un «centro de esparcimiento», siempre según el folleto.
Quienes vivimos aquí (el folleto no nos define como «internos», pero yo a veces lo hago) lo
llamamos sencillamente la sala de la tele.
La gente cree que soy un tipo hosco porque no bajo a la sala de la tele varias veces al día,
pero no es la compañía lo que no puedo soportar, sino los programas. Oprah, Ricki Lake, Carnie
Wilson, Rolanda... El mundo se desmorona alrededor de nosotros, y ellos sólo hablan de líos
amorosos entre mujeres con minifalda y hombres con la camisa desabrochada. En fin, «no juzguéis
si no queréis ser juzgados», dice la Biblia, de modo que será mejor que me baje del púlpito. Es
sólo que si quisiera pasarme el tiempo viendo culebrones me mudaría al campamento de caravanas
Happy Wheels, tres kilómetros más al sur, donde las noches de los viernes y los sábados siempre
aparecen coches de la poli con las sirenas aullando y las luces parpadeando. Tengo una amiga
especial, Elaine Connelly, y está de acuerdo conmigo. Elaine es una mujer muy intefgente y
elegante; tiene ochenta años, es alta y delgada, todavía anda recta y posee una vista perfecta.
Camina despacio, porque tiene algún problema en las caderas y sé que la artritis en las manos la
hace sufrir mucho, pero tiene un cuello largo y hermoso, un cuello de cisne, y una cabellera larga y
bonita que le llega a los hombros cuando la deja suelta.
Lo mejor es que no le parezco hosco ni reservado. Elaine y yo pasamos mucho tiempo
juntos; supongo que si no tuviese una edad tan grotesca, diría que es mi chica. Sin embargo no está
mal que sólo sea una amiga especial; a veces es mejor que una novia. Nos ahorramos muchos de
los problemas que trae aparejados el noviazgo, y aunque sé que nadie por debajo de los cincuenta
me creerá, en ocasiones las cenizas son mejores que una auténtica fogata. Es extraño, pero cierto.
De modo que no miro la tele durante el día. A veces paseo, otras veces leo, aunque durante
los últimos meses he invertido la mayor parte del tiempo en escribir estas memorias entre las
plantas de la terraza. Creo que aquí hay más oxígeno y eso ayuda a preservar la memoria.
Pero en ocasiones, cuando no puedo dormir, bajo y enciendo la tele. En Georgia Pines no
tenemos vídeo comunitario ni nada similar -supongo que es un esparcimiento demasiado caro para
nuestro centro de esparcimiento-, pero sí los servicios normales de televisión por cable, y eso
significa que podemos disfrutar del canal de cine clásico. En caso de que vosotros no tengáis
televisión por cable, es el canal en que la mayor parte de las pelis son en blanco y negro y donde
las mujeres nunca se quitan la ropa. Para un viejo como yo, eso resulta reconfortante. Muchas
noches me he quedado dormido en el horrible sofá verde del salón, frente al televisor, mientras la
mula Francis saca la sartén de Donald O'Connor del fuego por enésima vez, John Wayne pone
orden en Dodge City o Jimmy Cagney llama «rata asquerosa» a alguien mientras desenfunda la
pistola. Algunas de esas películas las he visto con Janice (no sólo mi esposa, sino también mi
mejor amiga) y me tranquilizan. La ropa que llevan los actores, la forma en que hablan y caminan,
incluso la música de fondo me tranquiliza. Supongo que me recuerdan los tiempos en que aún
formaba parte del mundo, en lugar de ser una reliquia apolillada que espera su hora en un lugar
donde muchos de los residentes usan pañales o ropa interior de goma.
Sin embargo, no había nada tranquilizador en lo que vi esta mañana; nada en absoluto.
Elaine a menudo se une a mí para la matiné de las cuatro de la madrugada. Aunque no
menciona el tema, creo que su artritis la tortura y quelas medicinas que le dan no le sirven de
mucho.
Cuando apareció esta mañana, moviéndose como un fantasma en su albornoz blanco de
toalla, me encontró sentado en el sofá lleno de bultos, inclinado sobre los finos palitos que en otro
tiempo llamaba piernas, sosteniéndome las rodillas para intentar detener los temblores que me
sacudían como un árbol en una tormenta. Tenía frío en todo el cuerpo, excepto en el vientre, que
parecía arder con el espectro de la infección urinaria que tanto me fastidió en el otoño de 1932; el
otoño de John Coffey, Percy Wetmore y el ratón amaestrado.
También había sido el otoño de William Wharton.
-¡Paul! -gritó Elaine mientras corría hacia mí con toda la rapidez que le permitían los clavos
oxidados y los fragmentos de vidrio que tiene en las caderas-. ¿Qué ocurre, Paul?
-Ya pasará-dije, aunque mis palabras no sonaron convincentes, sino casi incomprensibles
debido a que me castañeteaban los dientes-. Dame un par de minutos y estaré como nuevo.
Se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con un brazo.
-Seguro que sí -dijo-. Pero ¿qué te pasa? ¡Caramba, Paul! Parece que hubieras visto un
fantasma.
Y lo había visto, aunque no me di cuenta de ello hasta que lo dije en voz alta y noté la mirada
de asombro de Elaine.
-En realidad no, Elaine -expliqué mientras le acariciaba la mano con extrema suavidad-, pero
por un instante... ¡Dios mío, Elaine!
-¿Tiene que ver con tus tiempos de carcelero en la prisión? -preguntó-. ¿La época sobre la
cual escribes en la terraza?
Asentí.
-Trabajé en el pasillo de la muerte...
-Lo sé...
-Aunque también lo llamábamos la Milla Verde por el suelo de linóleo. En el otoño del
treinta y dos, ingresó un tipo, un salvaje, llamado William Wharton. Le gustaba hacerse llamar
Billy el Niño; incluso llevaba ese nombre tatuado en un brazo. Era sólo un muchacho, pero muy
peligroso. Todavía recuerdo lo que escribió sobre él Curtis Anderson, el ayudante del alcaide: «Es
un salvaje y está orgulloso de serlo. Tiene diecinueve años y al tipo no le importa nada.» Había
subrayado esa última frase dos veces.
La mano que me había rodeado los hombros ahora me acariciaba la espalda. Comenzaba a
calmarme. En aquel momento sentí que amaba a Elaine Connelly; se lo dije y podría haberle dado
mil besos en la cara. Quizá debí hacerlo. A cualquier edad es horrible sentirse solo y asustado, pero
creo que es peor cuando uno es viejo. Sin embargo, tenía otra cosa en la cabeza, un asunto antiguo
e inconcluso.
-Tienes razón -dije-. He estado escribiendo sobre la llegada de Wharton al bloque, cuando
estuvo a punto de matar a Dean Stanton, uno de los muchachos que trabajaba conmigo en aquel
entonces.
-¿Cómo pudo hacerlo? -preguntó Elaine.
-Gracias a una mezcla de maldad e imprudencia -respondí con tono sombrío-. Wharton puso
la maldad, y los guardias que lo escoltaban la imprudencia. El mayor error fue la cadena que
Wharton llevaba entre las manos, que era demasiado larga. Cuando Dean abrió la puerta del bloque
E, Wharton estaba detrás de él. Había un guardia a cada lado, pero Anderson tenía razón: a aquel
tipo no le importaba nada. Le pasó la cadena por el cuello a Dean y empezó a estrangularlo con
ella. -Elaine se estremeció-. Bueno, la cuestión es que me puse a pensar en eso y no podía dormir,
así que bajé. Encendí la tele, pensando que tú podías venir y tendríamos una especie de cita...
Elaine rió y me besó en la frente, justo encima de la ceja. Cuando Janice me besaba así, solía
sentir un escalofrío en todo el cuerpo, y volví a sentirlo cuando Elaine lo hizo esta mañana.
Supongo que algunas cosas no cambian nunca.
-Estaban poniendo una vieja película de gángsters de los años cuarenta, El beso de la muerte.
-Sentí que empezaba a temblar otra vez e intenté controlarme-. Trabaja R.ichard Widmark -añadí-,
fue su primer papel importante. Nunca fui a verla con Jan, porque solíamos pasar de las pelis de
policías y ladrones, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Widmark había hecho una
interpretación estupenda en el papel de malo. Y es cierto. Está pálido... da la impresión de que en
lugar de caminar se desliza... y se la pasa llamando «basura» a la gente y hablando de los soplones;
de lo mucho que odia a los soplones. -A pesar de mis esfuerzos, comenzaba a temblar otra vez. No
podía evitarlo-. Tenía el cabello rubio -murmuré-, rubio y liso. Vi hasta la parte en que empuja a
una mujer en silla de ruedas por las escaleras y luego apagué el televisor.
-¿Te recordó a Wharton?
-Era Wharton -dije-. El mismo.
-Paul... -comenzó Elaine, pero enseguida se detuvo. Miró la pantalla negra de la tele (el
receptor de la televisión por cable seguía encendido en el número 10, el de la cadena AMC) y
luego volvió la cabeza hacia mí.
-¿Qué?, ¿qué pasa, Elaine? -pregunté convencido de que iba a decirme que tenía que dejar de
escribir; romper las páginas que ya había escrito y acabar con todo aquello.
Sin embargo, dijo:
-No dejes que esto te detenga. -La miré boquiabierto-. Cierra la boca, Paul, o te entrará una
mosca.
-Lo siento, es que... bueno...
-Pensaste que iba a decirte exactamente lo contrario, ¿verdad?
Cogió mis manos entre las suyas (suave, muy suavemente entre sus dedos largos y hermosos
a pesar de los nudillos deformes) y se inclinó, fijando sus ojos pardos -el izquierdo ligeramente
opaco a consecuencia de una catarata- en mis ojos azules.
-Es probable que sea demasiado vieja y frágil para vivir -dijo-, pero no para pensar. ¿Qué
importancia tienen unas cuantas noches en vela a
nuestra edad? ¿Qué. más da ver un fantasma en la tele? ¿Acaso vas a decirme que es el
primero?
Pensé en el alcaide Moores, en Harry Terwilliger y en Brutus Howell. Pensé en mi madre y
en jan, mi esposa, que murió en Alabama. Sin duda sabía bastante de fantasmas.
-No -respondí-, no ha sido el primero. Pero fue horrible, Elaine, porque de verdad era él.
Me besó otra vez y se levantó con un respingo de dolor, apretando el dorso de las manos
contra la parte superior de las caderas, como si temiese que éstas se escaparan de su piel si no tenía
cuidado.
-Creo que he cambiado de idea sobre la televisión -dijo-. Tengo una píldora de reserva que
he estado guardando para un día lluvioso. Creo que me la tomaré y volveré a la cama. Quizá tú
deberías hacer lo mismo.
-Sí -respondí-. Supongo que sí.
Por un instante pensé en sugerirle que volviéramos juntos, pero entonces vi el dolor en sus
ojos y deseché la idea por absurda. Porque si hubiera dicho que sí, lo habría hecho sólo por mí, y
eso no estaba bien.
Salimos juntos de la sala de la tele (no pienso dignificarla usando el otro nombre, ni siquiera
irónicamente) y yo intenté acompasar mis pasos a los suyos, lentos y dolorosamente cuidadosos. El
edificio estaba en silencio. Sólo oímos el gemido de un residente que tenía una pesadilla.
-¿Crees que podrás dormir? preguntó.
-Sí, creo que sí -respondí, pero, naturalmente, no lo conseguí.
Estuve despierto hasta el amanecer, pensando en El beso de la muerte. Veía a Richard
Widmark, riendo estúpidamente, atando a la anciana a la silla de ruedas y arrojándola por las
escaleras. «Esto es lo que hacemos con los soplones», le decía, y entonces su cara se fundía con la
de William Wharton el día que llegó al bloque E, al pasillo de la muerte. Wharton riendo como
Widmark, gritando: «¿Qué me decís de esta fiesta?» Después de aquello, ni siquiera pude
desayunar. Vine a la terraza y empecé a escribir.
¿Fantasmas? Sin duda. Lo sé todo sobre fantasmas.
2
-¡Eh, muchachos! -dijo Wharton con una risita- ¿Qué me decís de esta fiesta?

Sin dejar de reír y gritar, volvió a concentrarse en estrangular a Dean con la cadena. ¿Y por
qué no? Wharton sabía, tan bien como Dean, Harry y mi amigo Brutus Howell, que a un hombre
sólo se lo puede freír una vez.
-¡Pégale, Percy! -gritó Harry Terwilliger. Se había abalanzado contra Wharton, intentando
detener la pelea poco después de empezar, pero Wharton lo había arrojado al suelo y ahora
intentaba incorporarse-. ¡Pégale!
Pero Percy permaneció inmóvil, con la porra de madera en la mano y los ojos desorbitados.
Adoraba su porra de madera y cualquiera hubiera dicho que aquélla era la oportunidad de usarla
que había estado esperando desde su llegada a Cold Mountain... Sin embargo, cuando llegó la hora
tuvo demasiado miedo para hacerlo. No estaba ante un francés canijo como Delacroix ni ante un
gigante negro que parecía ausente de su propio cuerpo, como John Coffey. Estaba ante el
mismísimo demonio.
Arrojé la carpeta de registro al suelo, desenfundé mi 38 y salí de la celda de Wharton,
olvidando por completo la infección que ardía en mi vientre por segunda vez en el día. No es que
dude de la descripción de Wharton que hicieron los muchachos, lo de la expresión ida y los ojos
ausentes, pero ese no fue el tipo que yo vi. Yo no vi la cara de un animal inteligente, sino uno lleno
de astucia, maldad y... sí, alegría. Hacía lo que le correspondía hacer. El lugar y las circunstancias
no importaban. Otra cosa que vi fue la cara hinchada y enrojecida de Dean, que agonizaba ante mis
propios ojos. Al ver la pistola, Wharton hizo girar a Dean hacia ella, de modo que por fuerza
tendría que darle a uno para derribar al otro. Por encima del hombro de Dean, un ojo ardiente y
azul me desafiaba a disparar. El pelo de Dean ocultaba el otro ojo de Wharton. Detrás, estaba
Percy Wetmore, con actitud vacilante y la porra a medio levantar. Entonces se produjo un milagro:
Brutus Howell apareció en el hueco de la puerta del patio. Habían terminado de mudar el material
de la enfermería y venía a ver si queríamos café.
Howell actuó sin un instante de vacilación. Empujó a Percy a un lado con increíble
brusquedad, sacó su propia porra de la funda y la dejó caer sobre el cráneo de Wharton con toda la
fuerza de su enorme brazo derecho. Se oyó un chasquido sordo, un ruido hueco, como si no
hubiera cerebro debajo del cráneo de Wharton, y la cadena se aflojó alrededor del cuello de Dean.
Wharton se desplomó como un saco de trigo y Dean se apartó a gatas, con los ojos fuera de las
órbitas, tosiendo y cogiéndose el cuello con la mano.
Me arrodillé a su lado, pero sacudió la cabeza con violencia.
-Estoy bien -dijo con voz ahogada-. Ocupaos de... él. -Señaló a Wharton-. ¡Encerradlo en la
celda!
Teniendo en cuenta la fuerza con que Brutus le había pegado, supuse que, más que una
celda, Wharton necesitaba un ataúd. Sin embargo, no tuvimos tanta suerte. No estaba muerto sino
inconsciente. Se encontraba tendido de lado, con un brazo extendido de modo que sus dedos
tocaban el linóleo verde, los ojos cerrados, la respiración tranquila, pero regular. Hasta tenía una
sonrisa pacífica en el rostro, como si se hubiera dormido escuchando su nana favorita. Un pequeño
hilo de sangre salía de entre su pelo, manchando el cuello de la camisa nueva. Eso era todo.
-¡Percy! -exclamé-. ¡Ayúdame! -Pero Percy no se movió. Siguió inmóvil contra la pared,
mirándolo todo con expresión de asombro. Creo que ni siquiera sabía dónde estaba-. ¡Maldito seas,
Percy! ¡Cógelo!
Entonces se movió, y Harry lo ayudó. Entre los tres arrastramos al inconsciente Wharton a la
celda, mientras Bruto ayudaba a Dean a levantarse y lo sostenía con la dulzura de una madre. Dean
estaba inclinado, esforzándose por recuperar el aliento.
Nuestro nuevo chiquillo travieso no despertó en casi tres horas, pero cuando lo hizo, no
acusó ningún efecto secundario de la salvaje paliza de Bruto. Recuperó el conocimiento con la
misma rapidez con que se movía: de forma súbita y brusca. Estaba tendido en la cama como si
hubiera muerto y un segundo después lo vimos de pie junto a los barrotes, silencioso como un
gato, mirándome mientras yo escribía un informe sobre lo sucedido en la mesa de entrada. Cuando
noté que alguien me miraba y alcé la vista, sonrió exhibiendo una dentadura negra y deteriorada, a
la que ya le faltaban varias piezas.
-Eh, lameculos -dijo-, la próxima vez te tocará a ti, y no fallaré.
-Hola, Wharton -dije con toda la indiferencia de que fui capaz-. Dadas las circunstancias,
creo que puedo saltarme el discurso de bienvenida, ¿no te parece?
Su sonrisa se desdibujó. No era la respuesta que esperaba, y quizá yo no se la hubiese dado
de haber sido otra la situación. Sin embargo, durante el tiempo que permaneció inconsciente, había
ocurrido algo. En cierto modo he escrito todas estas páginas para hablar de ello, pero veremos si
me creéis.
3
Pasada la conmoción, Percy mantuvo la boca cerrada, excepto para gritarle una vez a
Delacroix.
Supongo que su reacción no obedecía tanto a un esfuerzo por actuar con tacto como a la
impresión que acababa de sufrir. Percy Wetmore sabía tanto de tacto como yo de tribus africanas,
pero aun así fue un alivio. Si hubiera empezado a protestar por la forma en que Bruto lo había
empujado contra la pared o preguntar por qué nadie le había advertido que en el bloque E de vez
en cuando ingresaban salvajes como Billy Wharton, lo habría matado. Entonces habría recorrido el
pasillo de la muerte de una forma completamente diferente. Si uno piensa en ello, la idea tiene
gracia. Perdí mi oportunidad de hacer lo mismo que James Cagney en Al rojo vivo.
Bueno; la cuestión es que cuando nos aseguramos de que Dean seguía respirando y no
moriría en el acto, Harry y Bruto lo acompañaron a la enfermería. Delacroix, que había
permanecido mudo durante toda la pelea (llevaba en la cárcel el tiempo suficiente para saber
cuándo le convenía mantener la boca cerrada y cuándo era prudente volver a abrirla), comenzó a
gritar en el instante mismo en que Bruto y Harry ayudaban a Dean a salir. Delacroix exigía saber
qué había pasado. Cualquiera hubiera dicho que habían violado sus derechos constitucionales.
-¡Cierra el pico, mariconcete! -le gritó Percy, tan furioso que tenía las venas del cuello
hinchadas.
Le toqué un brazo y lo sentí temblar debajo de la camisa. En parte era consecuencia del
susto, naturalmente (a menudo tenía que recordarme a mí mismo que el problema de Percy era que
tenía veintiún años, no muchos más que Wharton), pero creo que el temblor se debía sobre todo a
que estaba furioso. Detestaba a Delacroix. No sé por qué, pero lo odiaba a muerte.
-Ve a ver si el alcaide Moores sigue en la prisión -le dije a Percy-. Si es así, explícale lo
sucedido. Dile que tendrá un informe escrito mañana, si consigo terminarlo.
Estaba claro que Percy se sentía orgulloso de la responsabilidad que se depositaba en él; por
un instante terrible creí que iba a responder con un saludo militar.
-Sí, señor. Lo haré.
-Empieza por decirle que la situación en el bloque E es normal. Esto no es un cuento y el
alcaide no te agradecerá que alargues la historia para crear emoción.
-No lo haré.
-De acuerdo. Vete.
Comenzó a andar hacia la puerta, pero enseguida se volvió. Si algo podía esperar de Percy,
era que me contradijera. Yo deseaba imperiosamente que se marchara. Tenía la sensación de que
alguien había encendido fuego a mi entrepierna, y ahora Percy no parecía dispuesto a largarse.
-¿Se encuentra bien, Paul? -preguntó-. ¿Tiene fiebre? ¿Ha pillado la gripe? Porque su cara
está empapada de sudor.
-Es probable que tenga algo -dije-, pero en líneas generales estoy bien. Ahora va a explicarle
lo sucedido al alcaide, Percy.
Hizo un gesto de asentimiento y se marchó (debemos dar las gracias a Dios por sus pequeños
favores). En cuanto la puerta se hubo cerrado, me encerré en mi despacho. Las ordenanzas exigían
que siempre hubiera alguien en la mesa de entrada, pero en aquel momento no podía preocuparme
de esos detalles. El dolor era terrible, igual que por la mañana.
Conseguí llegar al pequeño retrete situado detrás del escritorio y bajarme los pantalones
antes de que comenzara a salir la orina, pero estuve a punto de mearme encima. Tuve que taparme
la boca con la mano para no gritar, mientras me cogía con la otra de la pila del lavabo. No estaba
en mi casa, donde podía caer de rodillas y dejar un charco junto a la leña. Si me arrodillaba,
mojaría todo el suelo.
Conseguí mantener el equilibrio y reprimir un grito, pero estuve a punto de perder ambas
batallas.
Tenía la impresión de que la orina estaba llena de pequeños fragmentos de cristal. El olor
procedente del inodoro era nauseabundo y veía pequeñas manchas blancas -probablemente pusflotando
en la superficie.
Cogí la toalla del toallero y me sequé la cara. No cabía duda de que sudaba; estaba empapado
en sudor. Miré al espejo metálico y vi el reflejo de un hombre que volaba de fiebre. ¿Treinta y
nueve grados, cuarenta tal vez? Mejor no saberlo. Dejé la toalla en su sitio, tiré de la cadena y
crucé lentamente mi despacho en dirección a las celdas. Temía que Bill Dodge o alguno de los
otros hubiera regresado y descubierto que no había nadie en la mesa, pero el pasillo estaba
desierto. Wharton seguía inconsciente en el camastro, Delacroix estaba callado y John Coffey no
había dado señales de vida en todo ese tiempo. Ni siquiera se había asomado a espiar, lo que en
cierto modo era preocupante.
Crucé el pasillo y eché un vistazo a la celda de Coffey, esperando que se hubiera suicidado
con uno de los dos métodos típicos del pasillo de la muerte: ahorcándose con los pantalones o
mordiéndose las venas de las muñecas. Pero no había sucedido nada semejante. Coffey, el hombre
más grande que había visto en mi vida, estaba sentado a los pies de la cama, con las manos sobre el
regazo. Me miró con sus extraños ojos húmedos.
-¿Jefe? -dijo.
-¿Qué pasa, grandullón?
-Necesito verlo.
-¿No me estás viendo, John Coffey?
No respondió, y continuó estudiándome con aquella mirada peculiar y vidriosa. Suspiré.
-Dentro de un segundo, grandullón.
Me volví hacia Delacroix, que estaba de pie junto a los barrotes de su celda. Cascabel, su
ratón domado (Delacroix decía que había adiestrado a su mascota, aunque todos los que
trabajábamos en el pasillo de la muerte estábamos convencidos de que así el animalito se había
adiestrado solo), corría de una de las manos del francés a la otra, como un acróbata que salta desde
plataformas situadas encima de una pista de circo. Tenía los ojos muy abiertos y las orejas echadas
hacia atrás sobre la cabeza gris. No cabía duda alguna de que el ratón reaccionaba con el
nerviosismo de Delacroix. Mientras yo lo observaba, bajó por los pantalones del francés, cruzó la
celda y se dirigió al colorido carrete que estaba contra la pared. Empujó el carrete hacia los pies de
Delacroix y alzó la vista con ansiedad, pero el pequeño francés no le hizo el menor caso, al menos
por el momento.
-¿Qué ha pasado, jefe? -preguntó-. ¿Han herido a alguien?
-Todo está arreglado -respondí-. El chico nuevo entró como un león, pero ahora duerme
como un cordero. Todo lo que acaba bien está bien.
-Todavía no ha terminado -dijo Delacroix mirando hacia la celda donde estaba encerrado
Wharton-. L'homme mauvais, c'est vrai!
-Bueno -dije-, no te preocupes por eso, Del. Nadie va a obligarte a saltar a la comba con él en
el patio.
Oí un crujido a mi espalda. Era Coffey que se levantaba de la cama.
-Señor Edgecombe -dijo, y esta vez parecía realmente impaciente-. Necesito hablar con
usted.
Me volví pensando que no había problema. Después de todo, hablar formaba parte de mi
trabajo. Intentaba no temblar, aunque el sudor de la fiebre se había vuelto frío, como sucede en
ocasiones. Sin embargo mi bajo vientre seguía ardiendo, como si lo hubieran abierto para
rellenarlo con brasas encendidas y luego hubieran vuelto a cerrarlo.
-Pues habla, John Coffey -dije intentando mantener la voz serena y despreocupada.
Por primera vez desde su llegada al bloque E, John Coffey parecía estar realmente presente
entre nosotros. El constante goteo de lágrimas había cesado y supe que esta vez veía lo que miraba
-a Paul Edgecombe, el jefe de los carceleros del bloque E-, y no el lugar al que habría deseado
regresar para deshacer el terrible crimen que había cometido.
-No -dijo-. Tiene que entrar aquí.
-Sabes que no puedo hacerlo -dije, siempre esforzándome por mentener el tono
despreocupado-. Al menos en este preciso momento. Estoy solo y tú pesas una tonelada y media
más que yo. Ya hemos tenido una pelea esta mañana y es suficiente. De modo que si no te importa
hablaremos a través de los barrotes.
-¡Por favor! -Apretaba los barrotes con tanta fuerza que tenía los nudillos pálidos y las uñas
blancas. Su cara era una máscara de angustia y sus extraños ojos reflejaban una necesidad
imperiosa que yo era incapaz de entender. Recuerdo que pensé que si no hubiera estado enfermo
quizá la habría entendido, y que hacerlo me habría permitido ayudarlo a superar aquel trance.
Cuando uno sabe qué necesita un hombre, también conoce al hombre-. ¡Por favor, jefe
Edgecombe, tiene que entrar!
Pensé que aquél era el pedido más absurdo que había oído jamás, pero entonces supe que iba
a hacer algo aún más absurdo: entrar. Tenía las llaves colgadas del cinturón y buscaba la de la
celda de Coffey. Habría podido tenderme sobre sus rodillas y partirme como si fuera una rama seca
incluso en un día en que me sintiera perfectamente, y no era ése el caso. Pero iba a hacerlo a pesar
de todo; solo, y después de una demostración elocuente de lo que podía ocurrir cuando uno se
comportaba con estupidez e imprudencia delante de un asesino convicto, iba a abrir la celda de
aquel gigante negro, entrar y sentarme a su lado. No era necesario que Coffey cometiese una
locura para que yo perdiese mi empleo, pero iba a hacerlo de todos modos.
«Para -me dije-. No lo hagas, Paul.» Pero no atendí ni mis propias razones. Abrí el cerrojo
superior, luego el inferior y empujé la puerta.
-Quizá no sea buena idea, jefe -dijo Delacroix con una voz tan nerviosa y remilgada que en
otras circunstancias me habría hecho reír.
-Tú ocúpate de tus asuntos que yo me ocuparé de los míos -respondí sin volverme. Tenía los
ojos fijos en John Coffey, tan fijos como si los hubiera clavado. Cualquiera habría dicho que me
tenía hipnotizado. Mi propia voz sonaba como un eco en medio de un extenso valle. Demonios,
quizá estuviera hipnotizado-. Túmbate en la cama y descansa un poco.
-¡Por Dios, éste es un sitio de locos! -dijo Delacroix con voz temblorosa-. Cascabel, espero
que me frían pronto para terminar de una vez.
Entré en la celda de John Coffey, quien retrocedía a medida que yo avanzaba. Cuando tocó el
camastro (era tan alto que le llegaba a las pantorrillas) se sentó en él. Luego dio una palmada sobre
el colchón, invitándome a sentarme, sin quitarme los ojos de encima. Me senté a su lado y me
rodeó los hombros con un brazo, como si yo fuese su novia y estuviéramos en el cine.
-¿Qué quieres, John Coffey? -pregunté, siempre mirándolo a los ojos... esos ojos tristes,
serenos.
-Ayudar -respondió.
Suspiró, como un hombre que se enfrenta a un trabajo que no desea hacer, y apoyó su mano
sobre mi entrepierna, justo encima del pene, en el hueso situado a unos treinta centímetros del
ombligo.
-¡Eh! -grité-. Quita tu maldita mano de ahí...
Pero entonces sentí un estremecimiento, una especie de sacudida indolora que me hizo saltar
sobre la cama e inclinarme, como el viejo Tuu cuando decía que se estaba friendo, que se estaba
asando como un pavo. No sentí calor ni electricidad, pero por un instante las cosas parecieron
perder el color, como si alguien hubiera estrujado el mundo hasta convertirlo en sudor. Podía ver
cada uno de los poros de la cara de John Coffey, cada venilla de sus ojos atormentados y una
minúscula cicatriz en su barbilla. Era consciente de que asía el aire con las manos y de que mis
pies pataleaban sobre el suelo de la celda.
Entonces, todo pasó, incluida mi infección urinaria. Tanto el calor como las dolorosas
punzadas desaparecieron de mi entrepierna y la fiebre se esfumó. Aún podía sentir y oler el sudor
que momentos antes me empapaba la piel, pero todo había acabado.
-¿Qué ocurre? -preguntó Delacroix con voz aguda. Sus palabras parecían venir de muy lejos,
pero cuando John Coffey se inclinó y dejó de mirarme a los ojos, la voz del francés se volvió
súbitamente clara. Fue como si alguien me hubiese quitado unos trozos de algodón o un par de
tapones de cera de los oídos-. ¿Qué le ha hecho?
No respondí. Coffey estaba inclinado, con la cara desfigurada y el cuello hinchado. Sus ojos
parecían a punto de saltar de las órbitas. Tenía el aspecto de un hombre que acaba de atragantarse
con un hueso de pollo.
-¡John! -exclamé, y le di una palmada en la espalda. No se me ocurría qué otra cosa hacer-.
¿Qué pasa, John?
Al sentir el contacto de mi mano, se estremeció y emitió un desagradable sonido gutural,
similar a una arcada. Abrió la boca como a menudo lo hacen los caballos para permitir que les
pongan el bocado: a regañadientes, con los labios separándose de los dientes en una especie de
mueca desesperada. Luego sus dientes también se separaron y exhaló una nube de pequeños
insectos negros similares a mosquitos. Al menos eso es lo que me parecieron en aquel momento.
Los insectos revolotearon furiosamente entre sus rodillas, se volvieron blancos y desaparecieron.
De repente, perdí toda la fuerza del vientre, como si los músculos se hubieran convertido en
agua. Choqué contra la pared de piedra de la celda de Coffey y recuerdo que pensé en el nombre
del salvador: Cristo, Cristo, Cristo... una y otra vez. Supuse que la fiebre me hacía delirar; eso fue
todo.
Entonces me di cuenta de que Delacroix gritaba pidiendo auxilio. Decía a voz en cuello que
John Coffey estaba matándome. Coffey se había inclinado sobre mí, es cierto, pero sólo para
comprobar que me encontraba bien.
-Calla, Del -dije mientras me incorporaba. Esperé que el dolor volviera a desgarrarme las
entrañas, pero no sucedió. Estaba mejor. Me sentí mareado por un instante, pero el mareo pasó
antes de que me cogiera de los barrotes de la celda para mantener el equilibrio-. Estoy
perfectamente.
-Será mejor que salga de ahí de inmediato -dijo con el tono de una anciana aprensiva que
ordena a un niño que baje de un manzano-. Se supone que no puede entrar en una celda cuando no
hay nadie más en el bloque.
Miré a John Coffey, que estaba sentado en el camastro con las manazas apoyadas sobre sus
rodillas gruesas como troncos. El gigante negro me devolvió la mirada. Tuvo que inclinar un poco
la cabeza, aunque no demasiado.
-¿Qué has hecho, grandullón? -pregunté en voz baja-. ¿Qué me has hecho?
-Ayudar -respondió-. Lo he aliviado, ¿verdad?
-Sí, pero ¿cómo? ¿Cómo lo has hecho?
Volvió la cabeza hacia la derecha, hacia la izquierda y de nuevo al centro. No sabía cómo me
había ayudado, cómo me había curado, y la expresión de serenidad de su rostro sugería que
tampoco le importaba, igual que a mí me importaban un pimiento las técnicas de atletismo cuando
corría los últimos cincuenta metros en el maratón del 4 de julio. Pensé en preguntarle cómo había
descubierto que estaba enfermo, aunque seguramente habría obtenido la misma respuesta. Una vez
leí una frase en algún sitio que nunca he podido olvidar, algo sobre «un enigma envuelto en un
misterio». Eso era John Coffey, y supongo que si conseguía dormir por las noches era porque no
buscaba motivos a las cosas. Percy lo llamaba «el tontaina», y aunque era una crueldad, no parecía
muy alejado de la verdad. El grandullón sabía su nombre, sabía que no se escribía igual que la
bebida, y eso era lo único que parecía importarle.
Como si quisiera confirmar esa idea, volvió a sacudir la cabeza muy lentamente y se tendió
en el camastro con las manos entrelazadas debajo de la mejilla izquierda, a modo de almohada, y la
cara vuelta hacia la pared. Las piernas le colgaban en el aire a la altura de las pantorrillas, pero al
parecer eso nunca le había molestado. Tenía la camisa levantada en la espalda y vi las cicatrices
que surcaban su piel.
Salí de la celda, eché los cerrojos y me volví hacia Delacroix, que me miraba con
impaciencia, tal vez incluso con miedo, cogido de los barrotes de la celda. Cascabel estaba sentado
sobre uno de sus hombros, moviendo los bigotes finos como filamentos.
-¿Qué le ha hecho ese negro? -preguntó Delacroix-. ¿Lo ha hechizado? -En su particular
acento cajún, «hechizado» sonaba como una palabra exótica.
-No sé de qué hablas, Del.
-¡Vaya si no! Mírese, jefe. Hasta camina de forma diferente.
Quizá fuese cierto. Tenía una maravillosa sensación de calma, una serenidad tan notable que
podría haberla definido como una forma de éxtasis. Cualquiera que haya padecido un dolor
insoportable y se haya recuperado de repente comprenderá a qué me refiero.
-Todo va bien, Del -insistí-. Coffey ha tenido una pesadilla. Eso es todo.
-¡Es un hechicero! -exclamó Delacroix con vehemencia. Tenía el labio superior perlado de
sudor. No había visto gran cosa; pero sí lo suficiente para estar aterrorizado-. Es un brujo vudú.
-¿Por qué dices eso?
Delacroix cogió el ratón en una mano, ahuecó la palma y acercó el animalito a su cara. Sacó
algo rosado del bolsillo de la camisa, uno de los caramelos de menta. Al principio, el ratón no hizo
el menor caso del dulce y estiró la cabeza hacia el cuello de su amo, oliéndole el aliento como una
persona que aspira la fragancia de un ramo de flores. Sus pequeños ojos como gotas de aceite
estaban entrecerrados en una expresión de éxtasis. Delacroix le besó el hocico y el ratón se dejó
besar. Luego cogió el caramelo que le ofrecía y comenzó a masticar. Delacroix siguió
observándolo por unos segundos y después volvió la mirada hacia mí. Entonces comprendí.
-Te lo ha dicho el ratón, ¿verdad?
-Oui.
-Como cuando te murmuró su nombre.
-Oui. Me lo dijo al oído.
-Túmbate, Del -dije-. Descansa un poco. Tanto murmullo tiene que haberte agotado.
Dijo algo más; supongo que me acusó de no creerle, pero su voz volvía a sonar lejana, y
cuando regresé a la mesa de entrada me pareció que no caminaba, sino que flotaba, o tal vez no me
moviese en absoluto. Las celdas se deslizaban a los lados como escenarios de película sobre
ruedas.
Comencé a sentarme normalmente, pero a mitad del proceso mis rodillas se aflojaron y caí
sentado sobre el cojín azul que Harry había traído de su casa un año antes. Si la silla no hubiera
estado allí, me habría desplomado en el suelo sin apenas darme cuenta.
Permanecí allí sentado, sintiendo el vacío en el bajo vientre donde diez minutos antes parecía
que se incendiaba un bosque. «Lo he aliviado, ¿verdad?», había preguntado John Coffey, y era
cierto, al menos en lo concerniente a mi cuerpo. Mi mente era otra historia. En cuanto a la
tranquilidad mental, no me había aliviado en absoluto.
Mis ojos se posaron en la pila de formularios situados en un extremo del escritorio, debajo de
un cenicero metálico. INFORMES DEL BLOQUE rezaba en la parte superior, y más abajo había
un espacio en blanco para «Incidencias imprevistas». En el informe de aquella noche usaría aquel
espacio para informar de la accidentada y emocionante llegada de Wharton. Pero ¿y si contaba lo
que me había ocurrido en la celda de John Coffey? Me imaginé a mí mismo cogiendo el lápiz
-aquel cuya punta Bruto siempre estaba lamiendo- y escribiendo una sola palabra en mayúsculas:
MILAGRO.
Aunque la cosa tenía cierta gracia, en lugar de sonreír me sentía al borde de las lágrimas. Me
llevé las manos a la cara y me cubrí la boca con las palmas para reprimir los sollozos, pues no
quería volver a asustar a Del, pero no hubo ningún sollozo. Tampoco lágrimas. Al cabo de unos
instantes apoyé las manos en el escritorio y entrelacé los dedos. No sabía qué me pasaba y todo lo
que podía pensar era que no deseaba que nadie volviese al bloque hasta que hubiera recuperado la
compostura. Aun así, tenía miedo de lo que pudiesen ver en mi cara.
Cogí un formulario. Esperaría hasta sentirme un poco mejor para describir cómo mi último
niño travieso había estado a punto de estrangular a Dean, pero entretanto podía rellenar los detalles
triviales. Aunque temía que la letra me saliese extraña, temblorosa, lo cierto es que tenía el aspecto
de siempre.
Unos cinco minutos después dejé el lápiz sobre la mesa y me dirigí al retrete de mi despacho.
No necesitaba orinar con urgencia, pero quería comprobar qué había ocurrido. Mientras esperaba
que saliera el chorro, llegué a la conclusión de que me dolería igual que por la mañana, como si
junto con el pis pasaran pequeños fragmentos de cristal. Después de todo, comprobaría que había
sido hipnotizado y eso sería un verdadero alivio, a pesar del dolor.
Pero no hubo dolor, y el líquido que cayó en la taza era transparente, sin rastro de pus. Me
abroché la bragueta, tiré de la cadena y regresé a la mesa de entrada.
Sabía qué había ocurrido; supongo que lo sabía incluso mientras intentaba convencerme de
que me habían hipnotizado. Había experimentado una sanación milagrosa, una auténtica
demostración del poder de jesús nuestro Señor. Durante mi niñez, cuando asistía regularmente a la
última Iglesia Bautista o de Pentecostés escogida por mi madre o sus hermanas, había oído muchas
historias de milagros de jesús nuestro Señor. Una de ellas era la de un hombre llamado Roy
Delfines, que cuando yo tenía doce años vivía con su familia a tres kilómetros de mi casa. Delfines
le había cortado accidentalmente el dedo meñique a su hijo cuando éste sostenía un tronco en el
patio para que su padre lo hachara. Roy Delfines afirmaba que durante el otoño y el invierno
siguientes prácticamente había gastado la alfombra con las rodillas y que en primavera el dedo del
niño había vuelto a crecer. Hasta había recuperado la uña. Yo creí a Roy Delfines cuando habló un
jueves por la noche, rebosante de alegría. Se expresaba con tanta sencillez y sinceridad, sin sacar
las manos de los bolsillos de su mono de trabajo, que era imposible no creerle. «Cuando el dedo
empezó a crecer le picaba tanto que pasó varias noches en vela -dijo Roy Delfines-. Pero él sabía
que el Señor así lo quería, y lo soportó.» Alabado sea Jesús. El Señor es todopoderoso.
La historia de Roy Delfines sólo era una entre tantas. Yo crecí en la tradición de milagros y
curaciones. También creía en los amuletos, en las virtudes del agua estancada para curar las
verrugas, en la necesidad de poner musgo debajo de la almohada para curar el dolor de una pérdida
amorosa y, naturalmente, en lo que solíamos llamar «encantamientos». Sin embargo, no creía que
John Coffey fuera un hechicero. Lo había mirado a los ojos y, lo que era más importante, había
sentido su contacto, y había sido como si me tocase un médico extraño y maravilloso.
«Lo he aliviado, ¿verdad?»
Aquella frase seguía resonando en mi cabeza, como una canción pegadiza o las palabras de
un hechizo: «Lo he aliviado, ¿verdad?»
Pero no había sido él, sino Dios. El uso de la primera persona de Coffey debía atribuirse a la
ignorancia más que al orgullo, pero gracias a las enseñanzas recibidas en aquellas iglesias tan
apreciadas por mi madre y mis tías veinteañeras, yo sabía, o al menos creía, que la curación no
dependía del curandero, sino de la voluntad divina. Es natural alegrarse de la mejoría de un
enfermo, pero la persona que se ha sanado tiene la obligación de preguntarse el porqué, de meditar
sobre la voluntad de Dios y las formas extraordinarias en que éste pone en práctica esa voluntad.
¿Qué quería Dios de mí en este caso? ¿Qué deseaba tanto como para conceder a un asesino
de niños la capacidad de curar? ¿Que permaneciera en el bloque en lugar de estar en casa,
temblando en la cama y sudando a causa de los comprimidos de sulfamida? Quizá. Tal vez debía
estar allí por si Bill Wharton decidía crear más problemas o para asegurarme de que Percy
Wetmore no hiciera ninguna tontería. Muy bien. Entonces me quedaría allí. Mantendría los ojos
bien abiertos y la boca cerrada... sobre todo en lo referente a curas milagrosas.
Dudaba que alguien me interrogara sobre mi mejoría. Había estado diciendo a todo el mundo
que me encontraba mejor y lo cierto es que hasta aquel día yo mismo lo creía. Incluso le había
dicho al alcaide Moores que todo había pasado. Delacroix había notado algo, pero supuse que
también mantendría la boca cerrada (quizá por temor a que John Coffey lo hechizase si no lo
hacía). En cuanto a Coffey, era muy probable que ya hubiera olvidado el incidente. Al fin y al
cabo, no era más que un canal, y ninguna alcantarilla del mundo recuerda el agua que ha pasado
por ella una vez que ha dejado de llover. De modo que resolví no mencionar el tema, sin saber que
muy pronto contaría la historia y a quién se la contaría.
Pero no podía dejar de reconocer que sentía curiosidad por aquel grandullón. Después de lo
ocurrido en su celda, sentía más curiosidad que nunca.
4
Aquella noche, antes de marcharme, hice arreglos para que Bruto me cubriera al día
siguiente si llegaba un poco más tarde de lo habitual. Por la mañana me levanté y salí rumbo a
Tefton, en el condado de Trapingus
.
-No me gusta esa obsesión que tienes por ese tal Coffey -dijo mi esposa mientras me
entregaba el almuerzo que me había preparado. Janice no confiaba en las hamburgueserías de la
carretera; decía que en todas ellas acechaba un dolor de estómago-. No es propio de ti, Paul.
-No estoy obsesionado por él -respondí-. Sólo siento curiosidad.
-Sé por experiencia que una cosa lleva a la otra -dijo Janice con amargura, y a continuación
me dio un gran beso en la boca-. Al menos tienes mejor aspecto. Me tenías preocupada. ¿Estás
mejor de la infección?
-Mucho mejor -respondí, y me marché cantando algo así como Come, Josephine, in my
flying machine y We're in the money para hacerme compañía.
Primero fui a las oficinas del Intelligencer, el periódico de Tefton, donde me dijeron que
Burt Hammersmith, el tipo que buscaba, debía de estar en los juzgados. En los juzgados me dijeron
que Hammersmith había estado allí, pero que se había marchado después de que tuvieran que
interrumpir un juicio debido a la rotura de un caño de agua. El juicio en cuestión era por violación
(en las páginas del Intelligencer se hablaría de «asalto a una mujer», que era como se definían
aquellos actos antes de que Ricki Lane y Carnie Wilson aparecieran en escena). Suponían que
habría vuelto a su casa. Me señalaron un camino de tierra tan estrecho y lleno de baches que casi
no me atreví a meterme allí con el Ford. Sin embargo, por fin encontré a Hammersmith, el hombre
que había escrito la mayor parte de los artículos sobre el juicio de Coffey, y gracias a él me enteré
de los detalles de la breve cacería que había precedido la detención del gigante negro. Por
supuesto, me refiero a los detalles que el Intelligencer consideró demasiado morbosos para
publicar.
La señora Hammersmith eta una mujer joven con cara cansada y bonita y las manos rojas por
la lejía. No me preguntó qué quería; sencillamente me guió por una casa pequeña, que olía a pastas
recién horneadas, hasta la galería trasera, donde su marido estaba sentado con un refresco en la
mano y un ejemplar de la revista Liberty en el regazo. Había un
pequeño jardín con una cuesta, a cuyos pies dos niños reían y discutían por un columpio.
Aunque desde la galería era imposible determinar el sexo de los críos, supuse que eran niño y niña.
Quizá fuesen gemelos, lo que daría cierto interés a la intervención de su padre en el caso Coffey,
por indirecta que ésta fuera. Más cerca, como una isla en medio de un trozo de tierra compacta,
desnuda y de aspecto descuidado, había una caseta de perro. Sin embargo, no había señales de
Fido. Era otro día insólitamente caluroso y supuse que estaría dentro, durmiendo.
-Burt, tienes compañía -dijo la señora Hammersmith.
-De acuerdo -respondió él.
Me miró, miró a su esposa y volvió a mirar a los niños, que eran sin duda quienes más le
preocupaban. Se trataba de un hombre delgado, casi patéticamente delgado, como si acabara de
recuperarse de una enfermedad grave, y su cabello comenzaba a ralear. Su mujer le tocó un
hombro con una mano roja, hinchada de lavar. Hammersmith no la miró ni la tocó, y al cabo de
unos segundos ella la retiró. Por un instante fugaz se me ocurrió pensar que parecían más hermano
y hermana que marido y mujer. Él tenía inteligencia y ella belleza, pero a pesar de todo guardaban
cierto parecido físico, ese ligero aire hereditario del que es imposible escapar. Más tarde, cuando
volvía a casa, comprendí que no se parecían en absoluto: lo que les daba un aspecto familiar era la
apariencia de agotamiento y tristeza. Es curioso cómo el sufrimiento marca nuestras caras y nos
hace semejantes.
-¿Le apetece algo fresco para beber, señor...? -preguntó la mujer.
-Edgecombe -dije-. Paul Edgecombe. Sí, gracias. Una bebida fría me vendría muy bien.
Entró en la casa. Estreché brevemente la mano de Hammersmith, que era larga y fría. No
dejó de mirar a los niños en ningún momento.
-Señor Hammersmith, soy el carcelero jefe del bloque E, en la prisión estatal de Cold
Mountain. Allí...
-Sé bien de qué me habla -dijo mirándome con mayor interés-. De modo que el gran jefe del
pasillo de la muerte está en mi patio trasero, en persona. ¿Cómo es que ha conducido setenta y
cinco kilómetros para hablar con el único reportero a tiempo completo del periódico local?
-Quiero hablar de John Coffey -dije.
Creo que esperaba alguna reacción notable (estaba algo sugestionado por la idea de que los
niños podían ser gemelos... y quizá también por la caseta del perro), pero Hammersmith se limitó a
arquear las cejas y beber un trago del refresco.
-Ahora Coffey es su problema, ¿verdad? -preguntó.
-En realidad, no es demasiado problema -dije-. No le gusta la oscuridad y pasa la mayor
parte del tiempo llorando, pero eso no nos crea dificultades en el trabajo. Estamos habituados a ver
cosas peores.
-Llora mucho, ¿eh?-preguntó Hammersmith-. Bueno, yo diría que le sobran motivos para
llorar, teniendo en cuenta lo que hizo. ¿Qué quiere saber de él?
-Cualquier cosa que pueda decirme. He leído sus artículos en el periódico, de modo que
quiero cualquier información que no haya aparecido en ellos.
Me miró con expresión hostil.
-¿Como qué aspecto tenían las niñas? ¿O qué les hizo exactamente? ¿Es ésa la clase de
información que anda buscando, señor Edgecombe?
-No -respondí manteniendo la voz serena-. No estoy interesado en las gemelas Detterick. Las
pobrecillas están muertas, pero Coffey no, por el momento, y siento curiosidad por él.
-De acuerdo -dijo-. Coja una silla y acérquese, señor Edgecombe. Tendrá que perdonarme si
le he hablado con brusquedad, pero mi trabajo me obliga a ver muchos buitres. ¡Demonios! Yo
mismo he sido acusado de ser uno de ellos en más de una ocasión. Sólo quería asegurarme de que
usted no lo fuera.
-¿Y ya está seguro?
-Creo que sí -respondió con tono casi de indiferencia.
La historia que me contó es básicamente la misma que relaté antes en estas páginas: la señora
Detterick encontró la galería vacía, con la puerta arrancada de sus goznes, las mantas arrojadas en
un rincón y sangre en los escalones; su hijo y su marido corrieron tras el secuestrador; la cuadrilla
los alcanzó poco después y finalmente capturó a John Coffey, que estaba sentado a la orilla del río,
llorando, con los cuerpos apretados como si fueran muñecas entre sus enormes brazos. El
esquelético periodista, vestido con una camisa blanca y pantalones grises, hablaba en voz baja e
inexpresiva... pero ni por un instante dejaba de mirar a los niños, que reían, discutían y se turnaban
para montarse en el columpio situado al pie de la cuesta del jardín. En medio de la historia, la
señora Hammersmith regresó con una botella de cerveza casera sin alcohol, fría, fuerte y deliciosa.
Escuchó durante unos instantes y luego llamó a los niños, anunciándoles que iba a sacar unas
galletas del horno.
-Ahora vamos, mamá -gritó la niña, y la mujer volvió a entrar en la casa.
Cuando Hammersmith hubo concluido la historia, dijo:
-¿Para qué quiere saber todo esto? Es la primera vez que me visita un carcelero de la prisión.
-Como le he dicho...
-Ya, curiosidad. La gente siente curiosidad, lo sé, incluso doy gracias a Dios por ello; sin esa
curiosidad no tendría el empleo que tengo y hasta es probable que me viese obligado a trabajar
para ganarme el pan. Pero setenta y cinco kilómetros es un largo trecho para recorrer por mera
curiosidad, sobre todo teniendo en cuenta que en los últimos treinta la carretera se encuentra en un
estado deplorable. De modo que ¿por qué no me cuenta la verdad, señor Edgecombe? Yo he
satisfecho su curiosidad; ahora satisfaga usted la mía.
Supongo que podría haber dicho algo así como: «Resulta que yo tenía una infección urinaria,
John Coffey me tocó y me la curó. El hombre que violó y asesinó a esas dos niñas hizo algo así, de
modo que me planteé un montón de interrogantes sobre él, como habría hecho cualquiera. Incluso
me pregunté si Homer Cribus y el agente Rob McGee no habrían cogido al hombre equivocado, a
pesar de todas las pruebas que había contra él. Porque uno no imagina que un hombre con
semejante poder en las manos sea capaz de violar y asesinar a unas niñas.»
Pero no; dudaba que Hammersmith fuera a creer en aquella versión de los hechos.
-Me pregunto dos cosas -dije=-. La primera es si había hecho algo así con anterioridad.
Hammersmith me miró con una súbita expresión de interés, y supe que era un tipo listo,
quizá incluso brillante.
-¿Por qué dice eso? -preguntó-. ¿Qué sabe, señor Edgecombe? ¿Qué le ha contado?
-Nada, pero un hombre que hace esa clase de cosas, puede haber cometido un delito similar
antes. Suelen cogerle el gusto.
-Sí -respondió-. Lo hacen. Claro que sí.
-Y se me ocurrió pensar que sería fácil seguirle los pasos y descubrir si era así. No debe de
ser difícil seguir el rastro de un hombre de su tamaño, sobre todo cuando, además, es negro.
-En eso se equivoca -dijo-. Al menos en el caso de Coffey no es tan fácil.
-¿Lo intentó?
-Sí y no encontré nada. Un par de empleados de ferrocarriles creyeron haberlo visto en
Knoxville dos días antes del asesinato de las gemelas Detterick. Nada sorprendente. Lo cogieron al
otro lado del río, a pocos metros de las vías del ferrocarril del sur, y seguramente habrá venido en
tren desde Tennessee. Recibí una carta de un hombre de Kentucky que dijo que a principios de la
primavera había contratado a un hombre grande y calvo para cargar fardos. Le envié una fotografía
de Coffey y lo identificó. Pero aparte de eso... -Hammersmith se encogió de hombros y sacudió la
cabeza.
-¿No le parece extraño?
-Me parece muy extraño, señor Edgecombe. Es como si hubiera caído del cielo. Y él no
puede ayudarnos. Es incapaz de recordar qué hizo la semana anterior.
-Así es -dije-. ¿Cómo lo explica?
-Estamos en la época de la Depresión -respondió-, así es como lo explico. La gente deambula
por todos los caminos del país. Los de Oklahoma quieren recoger melocotones en California, los
blancos pobres de los zarzales del norte quieren trabajar en las fábricas de coches de Detroit, los
negros de Misisipi quieren trasladarse a Nueva Inglaterra para buscar empleo en las fábricas de
calzado o en las hilanderías. Todos, negros y blancos por igual, piensan que la situación estará
mejor en otro sitio. Es el nuevo estilo de vida americano. Ni siquiera un gigante como Coffey
llama la atención... al menos hasta que decide asesinar a un par de criaturas. A un par de criaturas
blancas.
-¿De verdad cree eso? -pregunté con incredulidad.
Me miró con una expresión serena en su rostro esquelético.
-A veces sí -respondió.
Su esposa se asomó por la ventana de la cocina como el conductor de una locomotora y
gritó:
-¡Niños! Las galletas están listas. -Se volvió hacia mí-: ¿Le apetece una galleta de avena y
pasas, señor Edgecombe?
-Estoy seguro de que están deliciosas, señora, pero esta vez diré que no.
-De acuerdo -dijo ella, y metió la cabeza.
-¿Ha visto las cicatrices que tiene Coffey? -preguntó Hammersmith de repente, siempre
mirando a los niños, que se resistían a abandonar el columpio, incluso por unas galletas de avena y
pasas.
-Sí -respondí, aunque me sorprendió que él las hubiera visto.
Al ver mi reacción, rió.
-El golpe maestro del defensor fue hacer que Coffey se quitase la camisa y enseñara las
cicatrices al jurado. El fiscal, George Peterson, protestó indignado, pero el juez lo permitió. El
viejo George podría haberse ahorrado la saliva. Los jurados de esta zona del país no se dejan
convencer por la mierda psicológica de que la gente maltratada no puede controlar sus actos. Creen
que la gente hace lo que quiere. La verdad es que simpatizo bastante con ese punto de vista, pero
eso no quita que las cicatrices fueran horribles. ¿Ha notado algo acerca de ellas, Edgecombe?
Yo había visto a Coffey desnudo en la ducha, y naturalmente, me había fijado en las
cicatrices, de modo que sabía a qué se refería Hammersmith.
-Están rotas, como si fueran un enrejado.
-¿Y sabe qué significa eso?
-Que cuando era un niño alguien lo azotó brutalmente -contesté-. Antes de que creciera.
-Pero no consiguieron ahuyentar al demonio que llevaba dentro, ¿verdad, Edgecombe?
Deberían haberse ahorrado los latigazos y ahogarlo en el río como a un gatito perdido, ¿no cree?
Supongo que lo más correcto hubiera sido asentir y largarme de allí, pero no pude. Yo lo
había visto y había sentido su contacto. Había experimentado en mi propia carne lo que podían
hacer sus manos.
-Es un hombre extraño -dije-, pero no parece violento. Sé cómo lo encontraron y es difícil
conciliar esa imagen con lo que veo diariamente en el bloque. Conozco bien a los hombres
violentos, señor Hammersmith.
Por supuesto, pensaba en Wharton, estrangulando a Dean Stanton con la cadena y gritando:
«¡Eh, muchachos! ¿Qué me decís de esta fiesta?»
Hammersmith me miraba con atención y sonreía con una expresión de incredulidad que no
terminaba de gustarme.
-No ha venido hasta aquí sólo para saber si Coffey mató a alguna otra niña en otro sitio dijo-.
Creo que ha venido a ver si yo creía que realmente es culpable. ¿Me equivoco? Confiéselo,
Edgecombe.
Bebí el último sorbo de mi refresco, dejé la botella en la mesa y dije:
-Muy bien; ¿lo cree culpable?
-Le diré algo -empezó-, y será mejor que me escuche con atención, porque es probable que
sea justamente lo que necesita saber.
-Lo escucho.
-Teníamos un perro llamado Sir Galahad erijo señalando la caseta del perro-. Un perro
bueno. No era de raza, pero era cariñoso, tranquilo. Siempre dispuesto a lamernos la mano o a
correr detrás de una ramita. Hay muchos chuchos por el estilo, ¿no cree? -Me encogí de hombros y
asentí con un gesto. Él añadió-: En cierto sentido, un chucho bueno es igual que su negro. Uno se
familiariza con él y le coge cariño. No sirve para nada en particular, pero convive con nosotros
porque creemos que él también nos quiere. Si uno tiene suerte, nunca descubre lo contrario,
Edgecombe. Pero Cynthia y yo no tuvimos suerte.
Suspiró. Fue un sonido largo y casi espectral, como el rumor del viento entre las ojas secas.
Volvió a señalar la caseta del perro y me pregunté cómo no me había dado cuenta antes del aire de
abandono que tenía o de que muchos de los excrementos esparcidos alrededor de ella estaban
blanquecinos y polvorientos.
-Solía limpiar sus zurullos -continuó Hammersmith- y reparar el techo de la caseta para que
no entrara la lluvia. También en ese sentido Sir Galahad era como su negro, incapaz de hacer esas
cosas solo. Ahora ni toco la caseta. No me he acercado a ella desde el accidente... si es que puede
llamárselo así. Cogí el rifle y le disparé, pero no he hecho nada más desde entonces. No me atrevo.
Supongo que algún día tendré que reunir fuerzas para limpiar los zurullos y derribar la caseta.
De repente se aproximaron los niños y supe que no quería que lo hicieran. Era lo último que
deseaba. La niña estaba bien, pero el niño...
-Caleb -dijo Hammersmith-. Ven aquí un momento.
Los pequeños, sin duda gemelos, debían de tener unos cuatro años. La niña continuó hacia la
casa, pero el niño se acercó a su padre mirándose los pies. Sabía que era feo. Incluso a los cuatro
años, uno sabe si es feo o no. Hammersmith le cogió la barbilla con dos dedos e intentó levantarle
la cara. Al principio el niño se resistió, pero cuando el padre dijo «por favor, pequeño» con
dulzura, serenidad y afecto, obedeció.
Una cicatriz enorme y circular partía del cuero cabelludo, bajaba por la frente, cruzaba un
ojo ciego y torcido y llegaba a la comisura de una boca desfigurada, que parecía imitar la sonrisa
astuta de un jugador o, quizá, de un chulo. Una mejilla era tersa y bonita; la otra estaba arrugada
como un tronco marchito. Supuse que antes habría habido allí un agujero, pero al menos ahora
había cicatrizado.
-Le queda un ojo -dijo Hammersmith acariciando con dulzura la mejilla arrugada del
pequeño-. Supongo que ha tenido suerte de no quedar ciego. Todos los días damos gracias a Dios
por ello, ¿verdad, Caleb?
-Sí -dijo con timidez el niño, un niño que sería hostigado cruelmente por sus compañeros de
clase en el patio del colegio durante todos los años escolares, un niño a quien nadie invitaría a
jugar y que probablemente nunca se acostaría con una mujer (ni siquiera pagando por ella) cuando
alcanzara la edad y las necesidades de adulto, un niño que siempre quedaría fuera del círculo
cálido e iluminado de sus iguales, un niño que se miraría al espejo durante los siguientes sesenta o
setenta años de su vida y pensaría: «Eres feo, feo, feo.»
-Entra y coge tus galletas -dijo su padre, besando la boca desfigurada de su hijo.
-Sí, papá -respondió Caleb, y entró corriendo en la casa.
Hammersmith sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se limpió los ojos. Estaban
secos, pero supongo que se había acostumbrado a sentirlos húmedos.
-El perro ya estaba aquí cuando nacieron -explicó-. Cuando Cynthia trajo a los niños del
hospital lo llevé a la casa para que los oliese, y Sir Galahad les lamió las manos. Aquellas manitas
pequeñas. -Movió la cabeza de arriba abajo, como si confirmara las últimas palabras para sí-.
Jugaba con ellos; solía lamer la cara de la pequeña Arden hasta que la niña reía. Caleb le tiraba de
las orejas, y cuando empezó a andar, a veces recorría el patio cogido de la cola de Sir Galahad. El
perro ni siquiera les gruñía. A ninguno de los dos.
Ahora sí que lloraba. Hammersmith se secó las lágrimas automáticamente, con la naturalidad
de un hombre que tiene mucha práctica en hacerlo.
-No tuvo ningún motivo -continuó-. Caleb no le hizo daño, no le gritó, no le hizo nada. Lo sé
porque yo estaba delante. Si no hubiera estado allí, lo habría matado. No ocurrió nada,
Edgecombe. Sencillamente, el niño tenía la cara vuelta hacia el perro y a Sir Galahad se le cruzó
por la mente, si es que un perro tiene mente, que quería atacar y morder. Matar incluso, si era
posible. El niño estaba frente a él, y el perro mordió. Lo mismo ocurrió con Coffey. Estaba allí, vio
a las niñas en la galería, las cogió, las violó, las mató. Usted dice que debería haber algún indicio
de que hizo algo similar con anterioridad, y comprendo qué quiere decir, pero es posible que fuese
la primera vez. Tal vez si lo hubieran dejado en libertad no habría vuelto a hacerlo nunca. Es
probable que Sir Galahad no volviera a morder a nadie. Pero como se imaginará, ni siquiera me
hice esa pregunta. Fui a buscar el rifle, até al perro y le volé los sesos. -Respiraba con dificultad-.
Soy tan educado como cualquiera, señor Edgecombe. Fui a la Universidad de Bowling Green,
estudié historia además de periodismo, e incluso algo de filosofía. Me gusta pensar que soy un
hombre culto. Aunque dudo que mis compatriotas del Norte me vean así, soy un hombre culto. No
traficaría con esclavos ni por todo el té de China. Creo que debemos ser humanos y generosos y
esforzarnos para solucionar el problema racial. Sin embargo, debemos recordar que nuestros
negros morderán si les damos la oportunidad, igual que un chucho muerde si encuentra la ocasión
y se le cruza por la cabeza.
Quiere saber si el lloroso John Coffey, con todas esas cicatrices en la espalda, es culpable del
crimen, ¿verdad?
Asentí con un gesto.
-Pues sí -dijo Hammersmith-. No lo dude, y no le vuelva la espalda. Es probable que tenga
suerte una o cien veces... quizá mil... pero al final... -Levantó una mano frente a sus ojos, chasqueó
los dedos e imitó el movimiento de una boca al morder con la mano-. ¿Me entiende?
Volví a asentir.
-Las violó, las mató y después lo lamentó -prosiguió-, pero las niñas siguieron violadas y
muertas. Sin embargo, ustedes lo solucionarán, ¿verdad, Edgecombe? Dentro de unas semanas se
asegurarán de que no vuelva a hacer nada semejante.
Se levantó, se apoyó en la barandilla de la galería y miró con aire ausente la caseta del perro,
en el centro de la tierra pisoteada, en medio de un montón de excrementos antiguos.
-Espero que me disculpe -dijo por fin-. Como me he librado de pasar la tarde en los
tribunales, pensé que podría pasarla con mi familia. Nuestros hijos sólo son pequeños una vez.
-Por supuesto -dije. Sentía los labios entumecidos, como si no me pertenecieran-. Y muchas
gracias por su tiempo.
-De nada -dijo.
Conduje directamente de la casa de Hammersmith a la prisión. Fue un largo viaje, y esta vez
no fui capaz de acortarlo cantando. Era como si hubiera olvidado todas las canciones, al menos por
el momento. No dejaba de ver la cara desfigurada de aquel niño y la mano de Hammersmith, con
los dedos que subían y bajaban imitando una boca al morder.
5
Al día siguiente Bill Wharton el Salvaje visitó la celda de seguridad por primera vez.
Pasó la
mañana y la tarde tan tranquilo y silencioso como un cordero, un estado que, según descubriríamos
después, no era natural en él y significaba que se avecinaban problemas. Luego, aproximadamente
a las siete y media de la tarde, Harry Terwilliger sintió algo húmedo y caliente en el uniforme que
se había puesto limpio ese mismo día. Era orina. William Wharton estaba de pie en su celda,
exhibiendo sus dientes ennegrecidos con una gran sonrisa y meando los pantalones y los zapatos
de Harry.
-El maldito hijo de puta debe de haber estado preparando aquella escena todo el día -dijo
Harry más tarde, asqueado y furioso.
Bien. Había llegado el momento de enseñarle a William Wharton quién mandaba en el
bloque E. Harry nos avisó a mí y a Bruto y yo puse sobre aviso a Dean y a Percy, que también
estaban de servicio. Recordad que entonces teníamos tres prisioneros y eso significaba ocupación
plena. Mis hombres estaban de guardia de siete de la tarde a tres de la madrugada -el momento más
propicio para los problemas- y otros dos grupos se turnaban durante el resto del día. Aquellos
grupos estaban formados en su mayor parte por guardias temporeros, al mando de los cuales solía
estar Bill Dodge. No era un mal sistema y yo tenía la impresión de que en cuanto pudiera pasar a
Percy al turno de día, las cosas irían aún mejor. Sin embargo, nunca conseguí hacerlo. A veces me
pregunto si eso hubiera cambiado algo.
Había un depósito de agua en el almacén, al otro lado de la Freidora, y Dean y Percy le
acoplaron una manguera de incendios de lona. Luego se quedaron junto a la válvula, para abrirla
en caso de que fuese necesario.
Bruto y yo fuimos rápidamente a la celda de Wharton, donde éste seguía de pie, sonriente y
con la polla colgando fuera del pantalón. La noche anterior, antes de marcharme, yo había sacado
la camisa de fuerza de la celda de seguridad y la había arrojado sobre un estante de mi despacho,
pensando que podríamos necesitarla para nuestro nuevo inquilino. Ahora la llevaba en una mano,
con el dedo índice enganchado debajo de uno de los tirantes. Harry nos seguía, tirando de la
boquilla de la manguera que cruzaba mi oficina, bajaba los peldaños del almacén y se remontaba
hasta el tambor cilíndrico de donde Dean y Percy la desenrollaban con la mayor rapidez posible.
-¿Qué? ¿Os ha gustado? -preguntó el Salvaje Bill. Reía como un niño en carnaval, tan alto
que casi no podía hablar, y unas lágrimas enormes se deslizaban por sus mejillas-. Supongo que sí,
ya que os habéis dado tanta prisa en venir. Estoy cocinando unas boñigas como acompañamiento.
Bonitas y blandas. Mañana os las serviré.
Al ver que yo abría la puerta de su celda, entrecerró los ojos. Entonces advirtió que Bruto
tenía el revolver en una mano y la porra en la otra.
-Es probable que entréis aquí por vuestro propio pie -dijo-, pero Billy el Niño os asegura que
saldréis en camilla. -Sus ojos se posaron en mí-. Y si piensa que va a ponerme esa camisa para
locos, le espera una buena, viejo estúpido.
-Tú no das las órdenes aquí -repliqué-. Ya deberías saberlo, pero supongo que eres
demasiado idiota para aprenderlo sin que te lo enseñen.
Terminé de abrir los cerrojos y empujé la puerta. Wharton retrocedió hasta el camastro con la
polla colgando fuera de los pantalones, extendió las manos con las palmas hacia arriba y me llamó
con los dedos.
-Ven aquí, mamón -dijo-. Si quieres jugaremos al colegio, pero este chico es lo bastante
grande para ser la maestra. -Volvió la mirada y la negra sonrisa hacia Bruto-. Ven, grandullón.
Esta vez no podrás cogerme por la espalda. Deja esa pistola, que de todos modos no vas a usar, y
enfrentémonos cuerpo a cuerpo. Veamos quién es mejor...
Bruto entró en la celda, pero no se acercó a Wharton. Una vez al otro lado de la puerta, torció
a la izquierda y Wharton abrió desmesuradamente los ojos al ver la manguera apuntando hacia él.
-No lo harás -dijo-. No...
-¡Dean! -grité-. Abre. ¡A tope!
Wharton saltó hacia adelante, y Bruto le asestó un golpe con la porra. Un buen golpe en la
frente, justo encima de las cejas. Estoy seguro de que Percy soñaba con dar uno igual. Wharton,
que parecía pensar que nunca habíamos tenido problemas antes de conocerlo, cayó de rodillas, con
los ojos abiertos pero ciegos. Entonces comenzó a salir el agua. Harry se tambaleó ante su fuerza,
pero enseguida recuperó el equilibrio. Sostenía la boquilla firmemente entre las manos, apuntando
como si la manguera fuese un arma. El chorro dio directamente en el pecho de Wharton, lo hizo
girar y lo empujó debajo del camastro. En el otro extremo del pasillo Delacroix saltaba, reía con
nerviosismo y gritaba a Coffey, exigiéndole que le contara qué ocurría, quién ganaba y si al nuevo
grdn'fou le gustaba el tratamiento de agua. John no dijo nada, permaneció allí quieto, vestido con
sus calzoncillos y las zapatillas de la prisión. Apenas si lo miré, pero bastó para ver la expresión de
siempre en su cara, triste y serena al mismo tiempo. Era como si hubiera visto aquello antes, no
una vez o dos, sino miles.
-¡Cerrad el agua! -gritó Bruto por encima del hombro, y corrió hacia Wharton. Cogió al
chico por las axilas y lo sacó de debajo de la cama. Wharton, semiinconsciente, tosía y emitía
sonidos ahogados. Un hilo de sangre caía en sus ojos desde la frente, donde la porra de Bruto había
abierto la piel en una línea vertical.
Para Bruto y para mí, poner la camisa de fuerza era una especie de ciencia. Habíamos
practicado la técnica como un par de coristas que ensayan un nuevo número y de vez en cuando la
práctica daba sus frutos. Como en aquella ocasión. Bruto sentó a Wharton y le sostuvo los brazos,
igual que un niño que sostiene los brazos de una muñeca de trapo. La conciencia comenzaba a
regresar a los ojos de Wharton, como si éste supiera que si no se resistía entonces ya no podría
hacerlo, pero la comunicación entre su cerebro y sus músculos seguía interrumpida, y antes de que
pudiera restablecerla yo le pasé la camisa por los brazos y Bruto abrochó las presillas en la
espalda. Mientras lo hacía, tiré de los brazos de Wharton hacia atrás y le até las muñecas con una
tira de lona. Cuando terminé, el muchacho parecía abrazarse a sí mismo.
-¡Maldita sea, tontorrón, dime qué hacen! -gritó Delacroix. Oí que Cascabel emitía un
chillido, como si también él exigiera información.
Entonces llegó Percy, con la cara radiante y la camisa mojada pegada al cuerpo después de la
lucha con el depósito de agua. Dean venía detrás. La marca azulada que le rodeaba el cuello como
un collar hacía que tuviese un aspecto mucho menos entusiasta.
-Vamos, Salvaje Bill -dije levantando a Wharton-, ahora vamos a andar, pasito a pasito.
-¡No me llame así! -chilló Wharton. Creo que por primera vez vimos sus auténticos
sentimientos y no las técnicas de camuflaje de un animal astuto-. El Salvaje Bill Hickock nunca
fue un héroe. Nunca combatió ni empuñó un cuchillo. No era más que un guerrillero de los
confederados. El muy imbécil se sentó de espaldas a la puerta y se dejó matar por un borracho.
-¡Caramba, el chico está dándonos una lección de historia! -exclamó Bruto mientras
empujaba a Wharton fuera de la celda-. Uno nunca sabe con qué va a encontrarse cuando ficha en
este sitio, pero con tanta gente agradable como tú, supongo que es lógico, ¿verdad? ¿Sabes una
cosa? Muy pronto tú también serás historia, Salvaje Bill. Mientras tanto, camina. Tenemos una
habitación especial para ti. Una habitación para que te relajes.
Wharton soltó un grito furioso, incoherente, y se arrojó contra Bruto, aunque estaba
perfectamente embutido dentro de la camisa de fuerza y tenía las manos detrás. Percy hizo ademán
de desenfundar la porra -la solución Wetmore para todos los problemas de la vida-, pero Dean le
cogió la muñeca. Percy lo miró con una mezcla de perplejidad e indignación, como si quisiera
decir que después de lo que Wharton le había hecho, era la última persona en el mundo que debía
retenerlo.
Bruto empujó a Wharton hacia atrás, yo lo atajé y lo empujé hacia Harry, que a su vez lo
empujó por el pasillo de la muerte, más allá del atónito Delacroix y el imperturbable Coffey.
Wharton corrió para evitar caer de bruces, maldiciendo todo el tiempo, escupiendo juramentos
como un soldador escupe chispas. Lo metimos en la última celda de la derecha, mientras Dean,
Harry y Percy (que por una vez no se quejaba del exceso de trabajo) sacaban todos los trastos de la
celda de seguridad. Entretanto, mantuve una breve conversación con Wharton.
-Te crees duro -dije-, y quizá lo seas, pero aquí la dureza no cuenta. Tus días de estampidas
han terminado. Si facilitas las cosas, nosotros te las facilitaremos a ti. Si nos creas problemas,
morirás de todos modos, pero te aseguro que antes te meteremos en cintura.
-Os alegraréis de verme morir -dijo Wharton con voz ronca. Luchaba por quitarse la camisa
de fuerza, aunque sabía perfectamente que no lo conseguiría, y tenía la cara roja como un tomate-.
Pero antes de irme, os haré la vida imposible. -Me mostró los dientes como un mono furioso.
-Si lo que quieres es hacernos la vida imposible, ya puedes dejarlo porque lo has conseguido
-dijo Bruto-. Pero ten en cuenta que no nos importa si pasas todo el tiempo que te toque estar en el
pasillo de la muerte en la celda de las paredes acolchadas. Llevarás esa camisa de fuerza hasta que
los brazos se te gangrenen por falta de circulación y se te caigan. -Hizo una pausa y agregó-: Nadie
visita esta celda, ¿sabes? Y si crees que a alguien le importa lo que pueda pasarte, te equivocas.
Para el mundo, tu ya eres un criminal muerto.
Wharton miró a Bruto con atención y la furia comenzó a desvanecerse de su cara.
-Quitadme esto -dijo con voz conciliadora, una voz demasiado cuerda y serena para fiarse de
ella-. Me portaré bien. De veras.
Harry apareció en la puerta de la celda. El pasillo parecía un mercadillo de objetos de
segunda mano, pero habíamos conseguido organizarlo todo con bastante rapidez. Lo habíamos
hecho antes, de modo que teníamos práctica.
-Todo listo -dijo Harry.
Bruto cogió el bulto cubierto de lona que correspondía al codo derecho de Wharton y lo
levantó.
-Vamos, Salvaje Bill, e intenta mirar las cosas desde el punto de vista positivo. Tendrás al
menos veinticuatro horas para recordar que no debes sentarte de espaldas a la puerta y fiarte de una
mano de ases y ochos.
-Quitadme esto -dijo Wharton. Miró primero a Bruto, luego a Harry y por fin a mí. Su cara
volvía a ponerse roja-. Me portaré bien, he aprendido la lección, he... ayyyy...
De repente cayó al suelo, la mitad dentro de la celda y la otra mitad en el pasillo. Pataleaba y
movía el cuerpo espasmódicamente.
-¡Demonios! Le ha dado un ataque -murmuró Percy.
-Tan cierto como que mi hermana es la reina de Babilonia -dijo Bruto-. Baila la danza del
vientre para Moisés todas las noches envuelta en un tul blanco. -Se agachó y cogió a Wharton por
una de las axilas. Yo lo cogí por la otra. Wharton se sacudía entre los dos como un pez recién
pescado. Arrastrar aquel cuerpo que no dejaba de moverse, oír los gruñidos de wharton por un
extremo de su cuerpo y sus pedos por el otro, fue una de las peores experiencias de mi vida.
Alcé la vista y por un instante mis ojos se encontraron con los de John Coffey. Estaban rojos
y sus mejillas volvían a estar húmedas. Lloraba otra vez. Recordé a Hammersmith imitando la
boca de un perro con la mano y me estremecí. Luego volví a centrar mi atención en Wharton.
Lo arrojamos dentro de la celda de seguridad como si fuera un fardo y observamos cómo se
sacudía en el suelo, cerca de la rejilla que una vez habíamos inspeccionado buscando el ratón que
había comenzado su vida entre nosotros con el nombre de Willy, el del barco de vapor.
-Me da igual que se trague la lengua y se muera -dijo Harry con su voz ronca y áspera-, pero
pensad en el papeleo, muchachos. Será interminable.
-El papeleo es lo de menos -terció Harry con voz lúgubre-. Debemos pensar en la audiencia.
Perderemos nuestro maldito empleo y acabaremos recogiendo guisantes en Misisipi. Sabéis qué
quiere decir Misisipi en el idioma de los indios, ¿verdad? Quiere decir «culo».
-No se tragará la lengua ni se morirá -dijo Bruto-. Cuando abramos mañana la puerta, estará
perfectamente. Creedme.
Y así fue. El hombre que sacamos de la celda a las nueve de la noche del día siguiente estaba
tranquilo, pálido y aparentemente escarmentado. Caminaba con la cabeza gacha, no intentó atacar
a nadie cuando le quitamos la camisa de fuerza y se limitó a mirarme con aire ausente cuando le
dije que la próxima vez serían cuarenta y ocho horas y que debía decidir cuánto tiempo quería
pasarse meándose en los pantalones y comiendo papilla de bebé a cucharadas.
-Me portaré bien, jefe. He aprendido la lección -murmuró con voz sumisa cuando lo
devolvimos a su celda. Bruto me miró y me hizo un guiño.
A última hora del día siguiente, William Wharton -a quien le gustaba que lo llamaran Billy el
Niño y no como al vulgar guerrillero confederado John Law, el Salvaje Bill Hickok- le compró un
pastel de chocolate al viejo Tuu. Se le había prohibido expresamente comprar cualquier cosa, pero,
como he dicho antes, el turno de tarde estaba cubierto por guardias temporeros, de modo que lo
hizo. El propio Tuu estaba al corriente de la prohibición, pero para él el negocio era el negocio.
Aquella noche, cuando Bruto hacía la ronda de vigilancia, Wharton estaba junto a la puerta
de su celda. Esperó a que Bruto lo mirara, se golpeó las mejillas hinchadas con las palmas de las
manos y escupió un chorro asombrosamente largo de chocolate y saliva en la cara del guardia. Se
había metido el pastel entero en la boca, lo había mantenido allí hasta ablandarlo y luego lo había
usado como si fuera tabaco de mascar.
Wharton cayó sobre el camastro con la barbilla embadurnada de chocolate, pataleando y
riendo a voz en cuello mientras señalaba a Bruto, que tenía algo más que la barbilla cubierto de
chocolate.
-¡Ja, ja, ja! Mirad al cafre. ¿Cómo te va, negro? -Wharton reía cogiéndose el vientre-. Vaya,
cómo lamento no haber tenido un poco de mierda...
-Tú eres mierda -gruñó Bruto-. Y espero que tengas las maletas preparadas, porque vas a
volver a tu retrete favorito.
Una vez más le pusieron la camisa de fuerza y fue a parar a la celda de paredes acolchadas,
en esta ocasión por dos días. A veces lo oíamos maldecir, otras prometer que se portaría bien, que
había aprendido la lección, y de vez en cuando gritaba que se moría y que necesitaba un médico;
pero la mayor parte del tiempo permanecía callado. Así estaba cuando lo sacamos de la celda de
seguridad, callado, con la cabeza gacha y la mirada ausente. Ni siquiera respondió cuando Harry le
dijo:
-Recuerda que todo depende de ti.
Se portaría bien durante un tiempo y luego tramaría una nueva. No hacía nada que no
hubieran hecho otros antes (excepto, quizá, por lo del pastel de chocolate; hasta Bruto tuvo que
admitir que había sido bastante original) pero su persistencia resultaba aterradora. Yo tenía miedo
de que tarde o temprano alguien se distrajera y tuviésemos que pagarlo muy caro. Lo peor era que
la situación podía prolongarse bastante, ya que en algún sitio había un abogado moviendo cielo y
tierra por él, proclamando a los cuatro vientos que sería un error asesinar a alguien que era
prácticamente un niño y, por otra parte, tan blanco como John Brown. No tenía sentido quejarse.
Al fin y al cabo, el trabajo de su abogado consistía en intentar que Wharton no se sentara en la silla
eléctrica. Sin embargo, el nuestro era mantenerlo entre rejas, y sabíamos que más tarde o más
temprano, con abogado o sin él, la Freidora recibiría su presa.
6
Aquella misma semana Melinda Moores, la esposa del alcaide, volvió a casa desde
Indianola.
Los médicos habían acabado con ella; tomaron interesantes y flamantes fotografías de
su tumor cerebral, reunieron información sobre la debilidad de su mano derecha y los dolores
paralizantes que la torturaban casi todo el tiempo y acabaron con ella. Entregaron a su esposo un
montón de cápsulas de morfina y enviaron a Melinda a morir a casa. Hal Moores había acumulado
varios días de permiso por enfermedad -no muchos, pues en aquellos tiempos no correspondían
demasiados- y se los tomó para ayudarla a sobrellevar el trance.
Mi esposa y yo fuimos a visitarla tres días después de que regresase a casa. Telefoneé antes y
Hal dijo que podíamos ir. Melinda tenía un buen día y se alegraría de vernos.
-Detesto esta clase de visitas -le dije a Janice mientras conducíamos hacia la casa donde los
Moore habían vivido durante casi todos sus años de matrimonio.
-Como todo el mundo, cariño -dijo mi esposa acariciándome una mano-. Pero lo
soportaremos, y ella también.
-Eso espero.
Encontramos a Melinda en el salón, sentada al sol de un octubre mucho más cálido de lo
habitual, y mi primera impresión fue que la mujer había perdido cuarenta kilos. No era así, por
supuesto -si hubiera perdido tanto peso no habría quedado nada de ella-, pero ésa fue la reacción
inicial de mi cerebro ante lo que veían mis ojos. Su cara estaba tan demacrada que parecía enseñar
la calavera que había debajo, su piel tenía el color de un pergamino y debajo de sus ojos había
grandes ojeras negras. Además, era la primera vez que la veía sentada en la mecedora sin los trapos
de colores con que solía confeccionar alfombras. Estaba sentada sin hacer nada. Como una persona
que espera en una estación de trenes.
-Melinda -dijo mi esposa con afecto. Creo que estaba tan impresionada como yo, o quizá
más, pero lo disimuló maravillosamente, como sólo saben hacer las mujeres. Se acercó a Melinda,
se arrodilló al lado de la mecedora y le cogió una mano entre las suyas. Entretanto, mis ojos se
posaron casualmente en la alfombra azul que estaba junto a la chimenea y pensé que debería haber
sido verde como las limas viejas, pues aquella habitación se había convertido en otra versión del
pasillo de la muerte.
-Te he traído un poco de té -dijo Jan-. Del que preparo yo. Lo he dejado en la cocina.
-Muchas gracias, querida -dijo Melinda. Su voz sonaba vieja y cansada.
-¿Cómo te encuentras? -preguntó mi esposa.
-Mejor -respondió Melinda con voz ronca, áspera-. No como para ir a un baile, pero al
menos hoy no tengo dolores. Me dan pastillas para el dolor de cabeza, y a veces funcionan.
-Eso es bueno.
-Pero no puedo coger las cosas. Tengo algún problema en la mano derecha. -La levantó, la
miró como si no la hubiera visto antes y volvió a apoyarla en su regazo-. Bueno, tengo
problemas... en todas partes.
De repente, la mujer se echó a llorar en silencio y me recordó a John Coffey. Una vez más,
sus palabras resonaron en mi cabeza: «Lo he aliviado, ¿verdad?» Era como una letanía de la que
no podía deshacerme.
Entonces entró Hal y me rescató. No necesito deciros cuánto me alegré de ello. Fuimos a la
cocina y me sirvió medio vaso de whisky casero, recién salido de la destilería de algún campesino.
Chocamos los vasos y bebimos. El alcohol me pasó por el pescuezo como si fuera gasolina, pero al
llegar al estómago produjo un efecto paradisíaco. Sin embargo, cuando Moores levantó una vez
más la botella de cerámica invitándome a otra copa, la rechacé sacudiendo la cabeza. El Salvaje
Bill Wharton estaba en su celda, al menos por el momento, y no sería prudente acercarme a él con
la mente nublada por el alcohol. Ni siquiera al otro lado de los barrotes.
-No sé cuánto tiempo podré soportarlo, Paul -dijo en voz baja-. Por las mañanas viene una
chica a ayudarme, pero los médicos dicen que podría perder el control de esfínteres y... y... -Se
detuvo a mitad de la frase y tragó saliva, haciendo evidentes esfuerzos por no llorar.
-Hágalo lo mejor que pueda -dije. Extendí la mano por encima de la mesa y apreté la suya,
rígida, llena de manchas seniles-. Tómese las cosas con calma, día por día, y deje que Dios se
ocupe del resto. No puede hacer otra cosa, ¿verdad?
-Supongo que no. Pero es muy duro, Paul. Ojalá nunca tengas que pasar por algo similar.
-Hizo un esfuerzo y recuperó la compostura-. Ahora cuéntame las últimas noticias. ¿Cómo van las
cosas con William Wharton? Y ¿qué tal te llevas con Percy Wetmore?
Hablamos del trabajo durante un buen rato y la visita llegó a su fin. Ya en el coche, mi
esposa permaneció en silencio la mayor parte del trayecto de regreso a casa, llorosa y pensativa.
Entonces, las palabras de Coffey volvieron a mi mente una vez más: «Lo he aliviado, ¿verdad?»
-Es terrible -dijo Jan en cierto momento-. No podemos hacer nada por ayudarla.
Asentí en silencio y pensé: «Lo he aliviado, ¿verdad?» Pero era una idea absurda, y lo mejor
que podía hacer era quitármela de la cabeza.
Cuando giramos hacia nuestra casa, Jan habló por segunda vez, pero no de su vieja amiga,
Melinda, sino de mi infección urinaria. Quería saber si realmente estaba curada. Le dije que sí.
Que estaba curada.
-Estupendo -dijo, y me besó encima de la ceja, en mi punto débil-. Entonces quizá
debiéramos hacer algo... Claro que si tienes tiempo y ganas.
Puesto que tenía tiempo de sobra y ganas suficientes, la cogí de la mano y la llevé hacia el
dormitorio, donde ella se desnudó y acarició la parte de mí que se hinchaba y latía, aunque ya
había dejado de doler. Y mientras la penetraba lentamente, como le gustaba -como nos gustaba a
ambos-, pensé en John Coffey diciendo que me había aliviado, que me había aliviado, ¿verdad?
Como una letanía.
Más tarde, mientras conducía hacia la prisión, pensé que pronto tendríamos que empezar los
ensayos de la ejecución de Delacroix. Un pensamiento llevó a otro, recordé que Percy Wetmore
estaría junto a la silla y sentí un escalofrío de pánico. Me dije que quizá después de esa ejecución
nos libraríamos de Percy para siempre, pero el escalofrío no me abandonó, como si la infección
que había sufrido en lugar de curarse se hubiera limitado a cambiar de lugar: primero me quemaba
la entrepierna y ahora me helaba la espalda.
7
-Vamos -dijo Bruto a Delacroix la noche siguiente-. Tú, Cascabel, y yo vamos a dar un breve
paseo.
Delacroix lo miró con desconfianza, pero luego sacó el ratón de la caja de cigarros, lo colocó
sobre la palma de la mano y miró a Bruto con los ojos entrecerrados.
-¿Qué quiere decir? -preguntó.
-Es una gran noche para ti y para Cascabel dijo Dean, mientras él y Harry se unían a Bruto.
El collar de hematomas que le rodeaba el cuello había adquirido un desagradable tono amarillento,
pero al menos podía hablar sin parecer un perro ladrando a un gato. Se volvió hacia Bruto y
preguntó-: ¿Crees que deberíamos ponerle las esposas?
Bruto reflexionó por un instante.
-No -respondió por fin-. Se portará bien, ¿verdad, Del? Y el ratón también. Al fin y al cabo,
esta noche os correréis una buena juerga.
Percy y yo contemplábamos la escena desde la mesa de la entrada. Percy tenía los brazos
cruzados y una sonrisa desdeñosa en los labios. Al cabo de unos instantes, sacó su peine de concha
y comenzó a peinarse. John Coffey también miraba en silencio al otro lado de las rejas de su celda.
Wharton estaba tendido en su camastro, con la vista fija en el techo, completamente indiferente a
lo que ocurría. Seguía «portándose bien», aunque lo que él llamaba portarse bien era similar a lo
que los médicos de Briar Dodge habrían definido como un «estado catatónico».
Aquel día había otra persona en el bloque. Estaba en mi despacho, pero su delgada sombra se
proyectaba fuera de la puerta sobre el pasillo de la muerte.
-¿De qué va todo esto, gran fou? -preguntó Delacroix con recelo, poniendo los pies encima
del camastro mientras Bruto abría la doble cerradura de la celda. Sus ojos saltaban rápidamente de
un guardia a otro.
-Te lo explicaré -dijo Bruto-. El alcaide Moores está de baja por un tiempo. Como
probablemente sabrás, su mujer está enferma. De modo que ha quedado al mando el señor
Anderson, el señor Curtis Anderson.
-¿Sí? ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
-Bueno -dijo Harry-. El jefe Anderson ha oído hablar de tu ratón y quiere verlo actuar. Él y
otros seis funcionarios os están esperando en la administración. No son simples guardias de
uniforme azul, sino auténticos peces gordos. Segúntengo entendido, uno de ellos es un político que
ha venido desde la capital del estado.
Delacroix pareció sentirse orgulloso al oír aquello y la desconfianza desapareció de su rostro.
Era natural que aquellos hombres quisieran ver a Cascabel. ¿Quién no iba a querer verlo?
Buscó algo, primero debajo de la cama y después debajo de la almohada, y por fin encontró
uno de los caramelos de menta y el carrete de colores. Miró a Bruto con expresión inquisitiva y
Bruto hizo un gesto de asentimiento.
-Sí. Se mueren de ganas de ver el truco del carrete, pero supongo que la forma en que come
esos caramelos también tiene mucha gracia. Y no olvides la caja de cigarros. La necesitarás para
transportarlo, ¿verdad?
Delacroix cogió la caja de cigarros y metió dentro los utensilios del ratón, que ya se había
acomodado en uno de sus hombros. Luego salió de la celda, con el pecho henchido de orgullo, y
miró a Harry y a Dean.
-¿Vosotros también venís, muchachos?
-No -respondió Dean-. Tenemos otras cosas que hacer. Pero los dejarás boquiabiertos, Del.
Enséñales lo que es capaz de hacer un muchacho de Louisiana cuando se propone algo.
-Ya verán -dijo Delacroix, y su cara se iluminó con una sonrisa tan súbita e ingenua que me
conmovió, a pesar del terrible crimen que aquel hombre había cometido. ¡Qué mundo el nuestro!
¡Qué mundo!
Delacroix se volvió hacia John Coffey, con quien había entablado una especie de amistad
similar a las que yo había visto centenares de veces en aquella casa de la muerte.
-Los dejarás boquiabiertos, Del -dijo Coffey con seriedad-. Enséñales todos los trucos.
Delacroix asintió y se llevó una mano al hombro. Cascabel saltó como si se tratara de una
plataforma y extendió la pata hacia la celda de Coffey. El negro sacó uno de sus enormes dedos
entre los barrotes y el ratón estiró el cuello y le lamió la punta, igual que un perro amaestrado.
Vamos, Del -dijo Bruto-. Esos hombres están haciendo esperar una cena caliente en casa sólo
para ver los trucos de tu ratón.
Naturalmente, no era cierto. Anderson tenía que quedarse en su puesto hasta las ocho y los
guardias que había llevado allí para ver el «espectáculo», hasta las once o las doce, según sus
turnos. El político de la capital seguramente sería un conserje con una corbata prestada, pero
Delacroix no tenía forma de saberlo.
-Estoy listo -dijo Delacroix con la sencillez de una gran estrella que ha conseguido que no se
le suban los humos a la cabeza-. Vamos. -Y mientras Bruto lo guiaba por el pasillo de la muerte,
Del comenzó a ensayar-: Messieurs et mesdames! Bienvenue a cuque de mousie!
Sin embargo, pese a estar absorto en su mundo de fantasía, esquivó a Percy y lo miró con
desconfianza.
Harry y Dean se detuvieron junto a la celda vacía situada frente a la de Wharton (quien ni
siquiera se había movido). Bruto abrió los cerrojos de la puerta que daba al patio de ejercicios y se
llevó a Delacroix a dar su espectáculo ante los peces gordos de la penitenciaría de Cold Mountain.
Esperamos que la puerta se cerrara y miramos hacia mi despacho. La sombra seguía en el suelo,
flaca como el hambre, y me alegré de que Delacroix estuviera demasiado emocionado para verla.
-Sal de ahí -dije-. Y démonos prisa, muchachos. Quiero hacer dos ensayos completos y no
tenemos mucho tiempo.
El viejo Tuu Tuu salió del despacho con los ojos brillantes y un aire más arrogante que de
costumbre. Se dirigió a la celda de Delacroix y entró.
-Me siento -dijo-. Me siento, me siento, me siento.
Cerré los ojos por un instante y pensé que aquél era el auténtico circo. Sí; aquél era el
auténtico circo y nosotros los ratones amaestrados. Luego aparté ese pensamiento de mi mente y
comenzamos el ensayo.
8
Los dos ensayos salieron bien.
Percy actuó con una eficacia que no habría imaginado ni en
mis fantasías más disparatadas. Por supuesto, eso no significaba que las cosas fueran a salir bien
cuando llegase el momento de que el francés recorriera el pasillo de la muerte, pero era un gran
paso en la dirección correcta. Supuse que la eficacia de Percy se debía a que por fin hacía algo que
realmente le interesaba. Esa idea me hizo despreciarlo aún más, pero no me recreé en ella. Al fin y
al cabo, ¿qué más daba? Le pondría el casquete a Delacroix, lo electrocutaría y ambos
desaparecerían de escena. ¿Acaso no sería un final feliz? Además, como había señalado el alcaide
Moores, los sesos de Delacroix se freirían de un modo u otro, independientemente de quién
estuviera a su lado.
Sin embargo, Percy había desempeñado su nuevo papel a la perfección, y lo sabía. Todos lo
sabíamos. En cuanto a mí, me sentía demasiado aliviado para odiarlo. Al parecer, las perspectivas
eran buenas. Me sentí aún más aliviado al advertir que Percy prestaba atención a nuestras
sugerencias sobre trucos que podían mejorar su actuación o, como mínimo, reducir el riesgo de
contratiempos. En honor a la verdad, nos entusiasmamos bastante al darle instrucciones; todos,
incluido Dean, que siempre que podía se mantenía física y mentalmente apartado de Percy.
Supongo que nuestro entusiasmo era natural; no hay nada más halagador para un veterano que el
hecho de que un joven tome en serio sus consejos, y en ese sentido no éramos diferentes. En
consecuencia, ninguno de nosotros se dio cuenta de que el Salvaje Bill Wharton había dejado de
mirar el techo. Yo tampoco le había prestado atención, pero sé que ya no lo hacía. Observaba
cómo nos jactábamos y aconsejábamos a Percy al lado de la mesa de entrada. ¡Lo aconsejábamos,
y él parecía escucharnos! La cosa tiene gracia, sobre todo cuando uno piensa en cómo salió todo al
final.
El ruido de una llave en la puerta del patio de ejercicios puso fin a nuestra conversación
sobre el ensayo.
-Ni una palabra ni una mirada equívoca -advirtió Dean a Percy-. No debe enterarse de lo que
hacíamos. No es bueno para ellos. Los pone nerviosos.
Percy asintió y se pasó un dedo por los labios como si quisiera decir que estaban sellados. El
gesto pretendía ser cómico, pero no lo fue. Se abrió la puerta del patio de ejercicios y entró
Delacroix, escoltado por Bruto, que llevaba la caja de cigarros con el carrete de colores, como el
ayudante de un mago al finalizar el espectáculo. Cascabel estaba sentado en el hombro del francés.
¿Y Delacroix? Os aseguro que Jenny Lind no habría tenido un aspecto más radiante después de
una actuación en la Casa Blanca.
-Cascabel los ha fascinado -proclamó Delacroix-. Rieron, lo ovacionaron y aplaudieron.
-Estupendo -dijo Percy con un tono indulgente y compasivo impropio de él-. Ahora vuelve a
tu celda, veterano.
Delacroix le dirigió una graciosa mirada de desconfianza y volvimos a ver al antiguo Percy.
Mostró los dientes en una sonrisa burlona e hizo un gesto como si fuera a coger a Delacroix. Era
una broma, por supuesto, pues Percy estaba de buen humor, pero Delacroix no lo sabía. Se apartó
bruscamente, con una expresión de miedo y desazón, y tropezó con los grandes pies de Bruto.
Cayó al suelo y se golpeó la nuca contra el linóleo verde. Cascabel saltó justo a tiempo para evitar
morir aplastado y corrió por el pasillo hacia la celda del francés.
Delacroix se levantó, dedicó una mirada de odio al sonriente Percy y corrió detrás de su
mascota, llamándola mientras se frotaba la nuca. Bruto, que ignoraba que Percy por fin había
hecho bien su trabajo, dirigió una mirada de desprecio al joven guardia y siguió al francés agitando
las llaves.
Creo que lo que ocurrió a continuación se debió a que Percy tenía intención de disculparse.
Sé que es difícil de creer, pero aquel día estaba de un humor insólito. Si eso es cierto, probaría lo
que dice un proverbio tan viejo como cínico que oí en una ocasión, algo así como que ninguna
buena acción queda sin castigo. Recuerdo haberos dicho que en una de las ocasiones en que
persiguió al ratón hasta la celda de seguridad, antes de que Delacroix ingresara en el bloque, Percy
se acercó demasiado a la celda del Presi. Acercarse a los convictos era peligroso, y por eso el
pasillo de la muerte era tan ancho. Si caminabas por el centro, los presos no podían alcanzarte. El
Presi no le hizo nada a Percy, pero entonces pensé que Arlen Bitterbuck podría haberlo hecho si el
guardia se hubiera acercado a él. Aunque sólo fuera para darle una lección.
Bien, el Presidente y el Cacique ya no estaban allí, pero Bill Wharton había ocupado su
lugar. Tenía peores modales que el Presi o el Cacique y había estado contemplando el espectáculo,
esperando una oportunidad para entrar en escena. Y Percy Wetmore le sirvió esa oportunidad en
bandeja.
-¡Eh, Del! -gritó Percy riendo. Fue detrás de Bruto y del francés, y en el camino se acercó
demasiado a la celda de Wharton-. ¡Tonto! No pretendía ofenderte. ¿Te encuentras...?
Wharton se levantó del camastro y corrió hacia la puerta de la celda como un rayo. En todos
mis años de carcelero jamás vi a un tipo moverse con tanta rapidez, y eso incluye a los jóvenes
atletas con los que Bruto y yo trabajamos en el correccional de menores. Wharton sacó los brazos
entre los barrotes y cogió a Percy, primero por los hombros de la camisa del uniforme, luego del
cuello, y lo inmovilizó contra la puerta de la celda. Percy chilló como un cerdo en el matadero, y
sé por la expresión de sus ojos que creyó que iba a morir.
-Vaya, qué tierno eres -murmuró Wharton al tiempo que apartaba una mano del cuello de
Percy para acariciarle el cabello-. Suave como el pelo de una chica -añadió con una sonrisa-.
Preferiría tu culo al coño de tu hermana. -Y le besó una oreja.
Creo que Percy, que como recordaréis había golpeado a Delacroix por rozarle la entrepierna
accidentalmente, sabía muy bien qué estaba ocurriendo. Dudo que quisiera creerlo, pero lo sabía.
El color se había esfumado de su rostro y los granos de sus mejillas se destacaban como marcas de
nacimiento. Tenía los ojos húmedos y desorbitados. Un hilo de saliva se deslizaba por la comisura
de su boca torcida. Todo sucedió rápidamente; yo diría que empezó y terminó en unos diez
segundos.
Harry y yo nos acercamos con la porra en alto y Dean desenfundó la pistola, pero antes de
que la cosa pasara a mayores, Wharton soltó a Percy, retrocedió con las manos levantadas y una
sonrisa maliciosa en los ojos.
-Lo he soltado. Sólo era un juego -dijo-. No le he arrancado un solo pelo de su bonita
cabecita, así que no volváis a encerrarme en esa maldita celda acolchada.
Percy Wetmore cruzó el pasillo y se cogió delos barrotes de la celda vacía de enfrente,
respirando de manera tan agitada que parecía llorar. Por fin aprendería que debía andar por el
centro del pasillo, lejos de las garras y los dientes de los prisioneros. Tuve la impresión de que
recordaría aquella lección más que todos los consejos que le habíamos dado después del ensayo.
Su cara reflejaba una expresión de auténtico horror y por primera vez desde que lo conocía su
precioso cabello estaba enmarañado, con varios mechones en punta. Tenía el aspecto de quien
acaba de salvarse por milagro de una violación.
Siguió un momento de absoluta quietud, un silencio denso, roto únicamente por la
respiración entrecortada de Percy. Entonces sonó una risa senil, tan súbita y enajenada que
resultaba escalofriante. Pensé que era Wharton; pero no, era Delacroix, que estaba de pie en la
puerta de su celda señalando a Percy. El ratón volvía a estar sobre su hombro y el francés parecía
un brujo pequeño pero perverso, con diablillo incluido.
-¡Miradlo, se ha meado encima! -gritó Delacroix-. Mirad lo que ha hecho el gran hombre. Le
pega a los demás con su porra, mais out, mauvais homme, pero cuando alguien lo toca se mea
como un bebé.
Siguió señalando y riendo; todo el odio y el miedo que sentía por Percy salió en aquella risa
desdeñosa. Percy lo miró, aparentemente incapaz de moverse o hablar. Wharton se acercó a la
puerta de la celda y observó la mancha oscura en la delantera de los pantalones de Percy -era
pequeña, pero estaba allí, y no había duda de qué se trataba-, y sonrió.
-Alguien debería comprarle pañales al chico duro -dijo y volvió a su camastro, riendo.
Bruto se dirigió a la celda de Delacroix, pero el francés ya se había tendido en el camastro.
Me acerqué a Percy y lo cogí de un hombro.
-Percy... -comencé, pero él pareció revivir y apartó mi mano con brusquedad.
Se miró los pantalones, vio la mancha que se extendía hacia las piernas y su cara se tiñó de
rojo. Alzó la vista, me miró y luego miró a Harry y a Dean. Recuerdo que me alegré de que el
viejo Tuu Tuu se hubiera marchado. Si hubiese estado allí, la noticia se habría difundido por toda
la prisión en un solo día, y teniendo en cuenta el apellido de Percy, Wetmore1-en este caso, una
desgracia para él- la anécdota se habría contado con regocijo durante años.
-Si le contáis esto a alguien, estaréis en la cola del paro antes de que acabe la semana
-murmuró con furia. Era la clase de comentario estúpido que en otras circunstancias me habría
dado ganas de pegarle, pero en ese momento sólo podía compadecerlo. Creo que advirtió que me
compadecía de él, y eso hizo que se sintiese peor, como si le restregaran una herida con un manojo
de ortigas.
-Lo que ocurre aquí dentro no sale de aquí -dijo Dean con suavidad-. No tienes por qué
preocuparte.
Percy miró por encima del hombro hacia la celda de Delacroix. Bruto estaba cerrando la
puerta y desde el interior se oía claramente la risa del francés. La mirada de Percy era más negra
que el carbón. Pensé en decirle que en la vida uno cosecha lo que siembra, pero llegué a la
conclusión de que no era el mejor momento para un sermón.
-En cuanto a él... -empezó, pero se detuvo a mitad de la frase. Se marchó al almacén en
busca de un par de pantalones limpios.
-Es tan guapo -susurró Wharton con voz melosa.
Harry le dijo que cerrara el pico o acabaría en la celda de seguridad por una simple cuestión
de principios. Wharton se cruzó de brazos, cerró los ojos y fingió dormir.
1. Wetmore: literalmente, «más mojado». (N. de la T )
9
La noche anterior a la ejecución de Delacroix hizo más calor que nunca: veintisiete grados,
según comprobé en el termómetro colgado en la ventana de la administración, cuando fiché a las
seis.
Veintisiete grados en octubre, imaginaos, y los truenos resonando en el oeste como ocurre en
pleno mes de julio. Aquella tarde me encontré con un miembro de mi congregación, que me
preguntó con aparente seriedad si creía que un tiempo tan insólito podía ser señal de que se
acercaba el fin del mundo. Respondí que estaba seguro de que no, pero entonces se me cruzó por la
cabeza que sí lo era para Eduard Delacroix. Desde luego que sí.
Bill Dodge estaba junto a la puerta del patio de ejercicios, tomando café y fumando un
cigarrillo. Me miró y dijo:
-Vaya, a quién tenemos aquí. Paul Edgecombe en persona.
-¿Qué tal ha ido el día, Billy?
-Bien.
-¿Y Delacroix?
-Bien. Sabe que mañana es su día y al mismo tiempo no parece darse por enterado. Ya sabes
cómo se comportan casi todos cuando les llega el fin.
Asentí con un gesto.
-¿Y Wharton?
-¡Vaya comediante! -exclamó Bill con una risita-. Hace que Jack Benny parezca un cuáquero
a su lado. Le dijo a Rolfe Wettermark que comía mermelada de fresa del coño de su esposa.
-¿Y qué contestó Rolfe?
-Que no estaba casado. Le dijo que debía de estar pensando en su propia madre.
Reí con ganas. Aunque era una vulgaridad, tenía gracia y era un placer reír sin sentir que
alguien encendía cerillas en mi vientre. Bill rió conmigo, luego arrojó el resto del café al patio,
donde a esas horas sólo quedaban algunos presos de confianza que parecían llevar mil años allí.
Se oyó un trueno a lo lejos y un relámpago iluminó el cielo encapotado. Bill miró hacia
arriba con intranquilidad y dejó de reír.
-Te confieso que este tiempo no me gusta nada. Parece que fuera a pasar algo en cualquier
momento. Algo malo.
En eso tenía razón. Algo malo ocurrió aquella noche alrededor de las diez menos cuarto,
cuando Percy mató a Cascabel.
10
Todo parecía indicar que íbamos a tener una buena noche, a pesar del calor
. John Coffey
estaba tan tranquilo como de costumbre, el Salvaje Bill fingía ser el Bill el Bueno y Delacroix
estaba de bastante buen humor considerando que tenía una cita con la Freidora en menos de
veinticuatro horas.
Comprendía lo que iba a pasarle, al menos a un nivel muy básico. Había pedido tacos para su
última comida («como mínimo cuatro») y me había dado instrucciones especiales para la cocina:
-Dígales que les pongan salsa picante -dijo-. No de la suave, sino de esa verde que quema la
garganta. Esa salsa me da cagarrinas y me paso todo el día siguiente en el lavabo, pero esta vez eso
no será problema, n'est pas?
La mayoría de los condenados se preocupaban por su alma inmortal con una especie de
estúpida morbosidad, pero Delacroix no dio mayor importancia a mi pregunta sobre quién quería
que le diera consuelo espiritual en sus últimas horas. Si el Cacique Bitterbuck no había puesto
objeciones a Schuster, tampoco lo haría él. Lo que de verdad le preocupaba, como seguramente
habréis imaginado, era qué pasaría con Cascabel después de que él muriese. Yo estaba
acostumbrado a pasar muchas horas con los condenados la noche anterior a su ejecución, pero
aquélla era la primera vez que pasaba esas horas hablando del destino de un ratón.
Del imaginó una situación tras otra, estudiando pacientemente todas las posibilidades. Y
mientras pensaba en voz alta, planeando el futuro de su mascota como si se tratara de un hijo que
debía ir a la universidad, arrojaba el carrete una y otra vez contra la pared. Cascabel corría tras él,
lo atajaba y lo empujaba hacia los pies del francés. Al cabo de un rato, la escena empezó a
ponerme nervioso: primero el ruido del carrete al chocar contra la pared, luego el de las patitas del
ratón sobre el suelo. Aunque el truco era ingenioso, perdía por completo la gracia después de
noventa minutos seguidos de representación. Y Cascabel era incansable. De vez en cuando se
detenía para beber agua de un plato de café o mordisquear uno de los caramelos de menta, y luego
empezaba de nuevo con su número. En más de una ocasión estuve a punto de pedirle a Delacroix
que lo dejara descansar un rato, pero entonces me recordaba a mí mismo que sólo tenía aquella
noche y el día siguiente para jugar con Cascabel. Sin embargo, comenzaba a costarme mantenerme
fiel a mi promesa de dejarle hacer su santa voluntad. Ya sabéis cómo se siente uno cuando oye un
ruido una y otra vez; acaba por atacarte a los nervios. Cuando me decidí a hablar, vi a John Coffey
junto a la puerta de la celda, al otro lado del pasillo, moviendo la cabeza de un lado a otro
-derecha, izquierda y otra vez al centrocomo si me hubiera leído el pensamiento y me aconsejara
que lo pensase mejor.
Dije que me ocuparía de que llevaran a Cascabel con la tía soltera de Delacroix, aquella que
le había enviado el paquete de caramelos. Le enviaríamos también el carrete, e incluso la «casa».
Haríamos una colecta y conseguiríamos que Tuu Tuu renunciara a la caja de cigarros Corona. Pero
después de unos segundos de reflexión, durante los cuales arrojó el carrete contra la pared al
menos cinco veces y Cascabel se lo devolvió con el hocico o las patas, Delacroix dijo que no. La
tía Hermoine era demasiado vieja, no entendería el carácter juguetón de Cascabel. Además, ¿qué
pasaría si el ratón vivía más que ella? ¿Qué sería de él en ese caso? No; la tía Hermoine no era la
persona adecuada.
Le pregunté qué le parecería que uno de nosotros se ocupara de él. Así podría quedarse en el
bloque E. Delacroix me agradeció el detalle, certainement, pero dijo que Cascabel era un ratón que
necesitaba libertad. Él lo sabía porque, como ya habréis adivinado, el ratón se lo había dicho al
oído.
-De acuerdo -lije-, entonces uno de nosotros se lo llevará a casa. Quizá Dean. Estoy seguro
de que a su hijo le encantaría tener un ratón de mascota.
Delacroix palideció de horror ante aquella idea. ¿Un niño pequeño a cargo de un genio
roedor como Cascabel? ¿Cómo, en nombre del bon Dieu, esperaba que un crío pudiera continuar
con su entrenamiento y mucho menos enseñarle trucos nuevos? ¿Y si el pequeño perdía el interés y
se olvidaba de alimentarlo tres días seguidos? Delacroix, que había asado vivos a seis seres
humanos con el fin de encubrir su primer asesinato, se estremeció con la repulsión de un fanático
antiviviseccionista.
-De acuerdo, me lo llevaré yo mismo. -Cuarenta y ocho horas antes de la ejecución les
prometía cualquier cosa; cualquier cosa-. ¿Qué te parece?
-No, señor Edgecombe -dijo Del con tono de culpabilidad. Arrojó otra vez el carrete, que
rebotó contra la pared y giró. Cascabel corrió hacia él de inmediato y lo empujó de vuelta hacia
Delacroix-. Muchas gracias, merci beaucoup, pero usted vive en el bosque y Cascabel tendría
mucho miedo de vivir en bois. Lo sé porque...
-Creo que puedo adivinarlo, Del -dije.
Delacroix asintió con una sonrisa.
-Pero le aseguro que encontraremos dónde colocarlo. -Arrojó el carrete otra vez y Cascabel
corrió tras él. Intenté disimular mi- fastidio.
Al final, Bruto me salvó el día. Estaba en la mesa de entrada, mirando a Harry y a Dean, que
jugaban a las cartas. Percy también estaba allí y Bruto se cansó de intentar iniciar una conversación
y obtener gruñidos por respuesta. Se acercó al banco donde yo estaba sentado, junto a la celda de
Delacroix, y se detuvo allí a escuchar nuestra conversación, con los brazos cruzados.
-¿Qué me dices de Ratilandia? -preguntó Bruto, rompiendo el silencio que siguió cuando
Delacroix rechazó la hospitalidad de mi vieja casa en el bosque. Lo dijo con tono casual, como
quien propone una idea que acaba de cruzársele por la cabeza.
-¿Ratilandia? -repuso Delacroix con una mezcla de asombro e interés-. ¿Qué es eso?
-Es una atracción para turistas en Florida -respondió-. Creo que en Tallahassee. ¿Estoy en lo
cierto, Paul? ¿Es Tallahassee?
-Sí -contesté sin vacilar un instante, pensando «bendito sea Brutus Howell»-. Tallahassee. A
un paso de la universidad para perros.
Bruto hizo una mueca extraña con la boca y pensé que iba a estropear las cosas con una
carcajada, pero se contuvo y asintió. Supuse que ya hablaríamos más tarde de la universidad para.
perros.
Esta vez Del no arrojó el carrete, aunque Cascabel se encaramó a sus zapatillas con las patas
delanteras, claramente ansioso por repetir el truco. El francés paseó la vista de Bruto a mí y otra
vez a Bruto.
-¿Qué hacen en Ratilandia? -inquirió.
-¿Crees que cogerían a Cascabel? -preguntó Bruto, fingiendo no hacer caso a Delacroix,
pero con toda la intención de despertar su interés-. ¿Crees que tiene cualidades, Paul?
Simulé reflexionar por un momento.
-¿Sabes? -dije-. Cuanto más pienso en ello, más brillante me parece la idea. -Con el rabillo
del ojo, vi que Percy se acercaba por el pasillo de la muerte, manteniéndose bien alejado de la
celda de Wharton (ya nunca olvidaría la lección). Por fin se detuvo, apoyó un hombro en la puerta
de una celda vacía y escuchó nuestra conversación con una sonrisa desdeñosa en los labios.
-¿Qué es Ratilandia? -preguntó Del, ahora con impaciencia.
-Ya te lo he dicho; una atracción para turistas -repitió Bruto-. Allí habrá unos... no sé, quizá
cien ratones. ¿Verdad, Paul?
-Más de ciento cincuenta en la actualidad -dije-. Es un gran éxito. Tengo entendido que van a
abrir otro en Los Ángeles, que se llamará Ratilandia II. Parece que el negocio florece. Por lo visto,
los ratones amaestrados se han puesto de moda... aunque no entiendo por qué.
Delacroix nos miraba atónito, con el carrete de colores en las manos, olvidando
momentáneamente su propia situación.
-Sólo admiten a los ratones más listos -advirtió Bruto-, los que son capaces de hacer trucos.
Y no pueden ser blancos, porque los blancos se compran en cualquier tienda de mascotas.
-Ya -dijo Delacroix con vehemencia-. Yo detesto las tiendas de mascotas.
-También tienen una carpa -dijo Bruto con la mirada distante mientras imaginaba la escena-,
donde uno entra y...
-¡Sí, sí, como un cirque! -exclamó Del-. ¿Hay que pagar para entrar?
-¿Me tomas el pelo? Claro que hay que pagar para entrar. Cinco centavos por cabeza; dos en
el caso de los niños. Y es como una ciudad hecha de cajas de cartón y rollos de papel higiénico,
con ventanas de vidrio esmerilado para que uno pueda ver el interior.
-¡Sí! ¡Sí! -dijo Delacroix extasiado, y se volvió hacia mí-: ¿Qué es el vidrio esmerilado?
-El vidrio mate que usan en las puertas de los hornos.
-¡Ah! ¡Eso! -Hizo un ademán con la mano en dirección a Bruto, invitándolo a continuar, y
los ojos como gotas de aceite de Cascabel estuvieron a punto de salirse de las órbitas para no
perder de vista el carrete de colores. Fue muy gracioso. Percy se acercó un poco más, como para
ver mejor la escena, y advertí que John Coffey fruncía el entrecejo. Sin embargo, estaba demasiado
abstraído en la historia de Bruto para prestarle atención. Aquel relato daba un nuevo sentido a
nuestra obligación de contarle al condenado lo que quería oír, y os aseguro que yo estaba
fascinado.
-Bien -continuó Bruto-, está la ciudad de los ratones, pero lo que más les gusta a los niños es
el Circo de las Estrellas de Ratilandia, donde los ratones se columpian en trapecios, empujan
pequeños barriles o apilan monedas...
-¡Sí! ¡Ése es el sitio ideal para Cascabel! -dijo Delacroix con los ojos brillantes y las mejillas
rojas. En ese momento, Brutus Howell me parecía una especie de santo-. Por fin serás un ratón de
circo, Cascabel. Vivirás en Florida, en una ciudad para ratones. ¡Con ventanas de vidrio
esmerilado! ¡Hurra!
Arrojó el carrete con tanta fuerza que éste golpeó contra la pared, rebotó y salió al pasillo
entre los barrotes de la celda. Cascabel corrió tras él y Percy vio su oportunidad.
-¡No, imbécil! -gritó Bruto, pero Percy no le hizo el menor caso.
En el preciso instante en que Cascabel alcanzaba el carrete, demasiado concentrado en su
número para advertir la proximidad de su antiguo enemigo, Percy le asestó un puntapié con la
gruesa suela de una de sus botas de trabajo. El espinazo del animal se partió con un crujido
audible, y de su boca comenzó a manar sangre. Los ojitos pequeños y oscuros parecieron saltar de
sus órbitas, y en ellos vi una expresión de angustia y sorpresa demasiado humana para un simple
ratón.
Delacroix soltó un grito de horror y pena. Se lanzó contra la puerta de la celda, sacó los
brazos entre los barrotes y comenzó a repetir el nombre del ratón una y otra vez.
Percy se volvió hacia él con una sonrisa en los labios. De hecho, se volvió hacia nosotros
tres.
-Ya está -dijo-. Sabía que tarde o temprano lo cogería. Sólo era cuestión de tiempo.
Dio media vuelta y caminó sobre sus pasos por el pasillo de la muerte, sin prisas, dejando a
Cascabel tendido sobre el linóleo verde en medio de un charco de sangre.
CONTINUARÁ...

4ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHENT KING

4ªparte -- EL PASILLO DE LA MUERTE -- STEPHENT KING
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STEPHEN
KING
El pasillo de la muerte
4º parte
( Una ejecución espeluznante)
Titulo original : The Green Mile IV. The Bad Death of Edward
_

1
Aparte de escribir estas páginas, desde que vine a vivir a Georgia Pines llevo un pequeño
diario -poca cosa, cada día escribo un par de párrafos, sobre todo acerca de la climatología- y
anoche estuve hojeándolo.
Quería saber cuánto tiempo había pasado desde que mis nietos,
Christopher y Lisette, me habían traído aquí, prácticamente obligado.
-Es por tu bien, abuelo -dijeron.
Es natural. ¿No es lo que dice la gente cuando por fin encuentra la forma de librarse de un
problema que habla y camina?
Ha pasado poco más de un año. Lo curioso es que no sé si me parece un año, o más, o
menos. Mi sentido del tiempo parece estar fundiéndose, como un muñeco de nieve después de una
helada de enero. Es como si el tiempo hubiera perdido el significado que tenía: la hora oficial del
Este, la hora de verano, la hora de invierno. Aquí sólo existe la hora de Georgia Pines; es decir, la
hora de los viejos, la hora de las viejas, la hora de mearse en la cama. Lo demás ha desaparecido.
Desaparecido.
Éste es un lugar peligroso. Al principio uno no se da cuenta, cree que es sólo un lugar
aburrido, tan inofensivo como una guardería a la hora de la siesta, pero es peligroso, creedme.
Desde mi llegada he visto a mucha gente deslizarse hacia la senilidad, y a veces hacen algo más
que deslizarse: se sumergen en ella con la vertiginosa velocidad de un submarino. Llegan aquí
bastante bien -con la mirada ausente, atados a un bastón o incluso con incontinencia urinaria, pero
bien- y de repente les ocurre algo. Un mes más tarde están sentados en la sala de la tele, mirando a
Oprah Winfrey con la boca entreabierta y un olvidado vaso de zumo de naranja inclinado y
goteando en una mano. Al cabo de otro mes, hay que recordarles los nombres de sus hijos cuando
éstos vienen a visitarlos. Y un mes después, es preciso recordarles sus propios nombres. Algo les
pasa, no cabe duda. Es el tiempo de Georgia Pines. Aquí el tiempo es como un ácido diluido que
primero borra la memoria y después el deseo de seguir viviendo.
Hay que resistir. Es lo que siempre le digo a Elaine Connelly, mi amiga especial. Para mí las
cosas han mejorado desde que comencé a escribir lo que me ocurrió en 1932, el año en que John
Coffey llegó al pasillo de la muerte. Cientos de recuerdos son horribles, pero siento que aguzan mi
mente y mi conciencia, como una cuchilla que saca punta a un lápiz, y eso le da sentido al dolor.
Sin embargo, no basta con escribir y recordar. También tengo un cuerpo, por gastado y grotesco
que sea, y lo ejercito todo lo que puedo. Al principio me costó -los viejos como yo no somos
buenos haciendo ejercicio por la mera necesidad de hacerlo-, pero ahora que mis caminatas tienen
un propósito se ha vuelto más sencillo.
Salgo después del desayuno, casi siempre en cuanto aclara. Esta mañana llovía, y aunque la
humedad me da dolor de huesos, cogí un chubasquero del perchero situado al lado de la puerta de
la cocina y salí de todos modos. Si un hombre tiene una obligación, debe cumplirla por mucho que
le cueste. Además, hay algunas compensaciones. La principal es mantener el sentido del tiempo
real, diferenciarlo del tiempo de Georgia Pines. Y con dolor o sin él, la lluvia me gusta. Sobre todo
por la mañana temprano, cuando el día es joven y parece lleno de promesas, incluso para un viejo
acabado como yo.
Pasé por la cocina, me detuve a pedir un par de tostadas a uno de los cocineros de ojos
soñolientos, y salí. Crucé el campo de cróquet y luego el pequeño jardín cubierto de malezas. Más
allá hay una arboleda, atravesada por un sendero estrecho y serpenteante, y un par de cobertizos
abandonados, que se desmoronan lentamente. Caminé despacio por el sendero, oyendo el suave y
espectral tamborileo de la lluvia sobre los pinos, masticando una tostada con los pocos dientes que
me quedan. Me dolían las piernas, pero era un dolor leve, tolerable. En líneas generales, me sentía
bastante bien. Aspiré el aire gris y húmedo tan profundamente como pude, absorbiéndolo como si
fuera un alimento.
Cuando llegué al segundo cobertizo, entré por un instante y me ocupé del asunto que me
había llevado allí.
Veinte minutos más tarde, mientras volvía sobre mis pasos, sentí el gusanillo del hambre en
el estómago y pensé que no me vendría mal comer algo más sustancial que una tostada. Un cuenco
de avena con leche o incluso unos huevos revueltos con una salchicha. Las salchichas me
encantan, siempre me han gustado, pero en los últimos tiempos si como más de una me dan
cagarrinas. Sin embargo, una sola no me haría ningún daño. Luego, con el estómago lleno y la
mente todavía fresca gracias al aire húmedo (eso esperaba), iría a la terraza y a escribir sobre la
ejecución de Eduard Delacroix. Lo haría lo antes posible, antes de perder el valor.
Mientras cruzaba el campo de cróquet en dirección a la puerta de la cocina, pensaba en
Cascabel, en la forma en que Percy Wetmore le había roto el espinazo de una patada y en los gritos
de Delacroix al darse cuenta de lo que había hecho su enemigo; de modo que no vi a Brad Dolan,
semioculto por el contenedor, hasta que me cogió de la muñeca.
-¿Has salido a dar un pequeño paseo, Paulie?
Di un respingo y aparté la mano. Me había sobresaltado -todo el mundo se aparta cuando se
asusta-, pero eso no era todo. Recordad que estaba pensando en Percy Wetmore, y Brad me
recuerda a él. En parte porque siempre lleva un libro en el bolsillo (Percy solía llevar una revista de
aventuras; Brad una edición en rústica de chistes que sólo causan gracia a la gente mezquina como
él), y en parte porque se comporta como el rey de la Montaña de Mierda, pero sobre todo porque es
un hipócrita que disfruta haciendo daño al prójimo.
Noté que acababa de entrar a trabajar; aún no se había puesto el uniforme blanco. Llevaba
unos tejanos y una horrible camisa de estilo vaquero. En una mano tenía los restos de un pastelillo
que había robado de la cocina y lo comía debajo del alero para no mojarse y, estoy seguro, para
vigilarme. También estoy seguro de que tengo que tener cuidado con Brad Dolan. No le caigo
bien, no sé por qué, del mismo modo que nunca supe por qué a Percy Wetmore le disgustaba
Delacroix. En realidad, disgustar es una expresión demasiado suave: Percy odió a Delacroix con
toda el alma desde el momento en que el pequeño francés llegó al pasillo de la muerte.
-¿Qué haces con ese chubasquero, Paulie? preguntó tocando el cuello de la prenda-. No es
tuyo.
-Lo cogí del vestíbulo -respondí. Detesto que me llame Paulie, y creo que él lo sabe, pero no
quiero darle la satisfacción de demostrárselo-. Hay muchos, y no voy a estropearlo. Después de
todo, es para la lluvia, ¿verdad?
-Pero no para ti, Paulie -dijo tocándolo otra vez-. Ésa es la cuestión. Los chubasqueros no
son para los residentes, sino para los empleados.
-Aun así no veo qué tiene de malo el que lo use.
Esbozó una sonrisa.
-No se trata de que hagas algo malo, sino de que cumplas con las reglas. ¿Cómo sería la vida
sin reglas? -Sacudió la cabeza, como si mi sola visión le hiciera sentir pena por estar vivo-. Quizá
creas que un viejo como tú no tiene que preocuparse por las reglas, pero no es así, Paulie.
Sonreía con desprecio, como si me odiara. ¿Por qué? No lo sé. A veces no hay una razón, y
eso es lo más terrible.
-Bueno, lamento haber violado las reglas -dije con voz aguda, casi plañidera, y me detesté a
mí mismo por hablar de aquel modo, pero soy viejo y los viejos solemos hablar con tono
quejumbroso. Lo cierto es que nos asustamos con facilidad-. No lo sé -añadí.
Sólo quería deshacerme de él. Cuanto más lo escuchaba hablar, mayor era el parecido que le
encontraba con Percy. William Wharton, el loco que ingresó en el pasillo de la muerte en el otoño
de 1932 en una ocasión cogió a Percy y lo asustó tanto que el guardia se meó en los pantalones.
«Si comentáis esto con alguien -nos dijo Percy- estaréis en la cola del paro antes de una semana.»
Ahora, tantos años después, me parece oír a Brad Dolan pronunciando las mismas palabras con
idéntico tono de voz. Es como si al escribir sobre aquellos tiempos hubiera abierto una puerta
secreta que conecta el pasado con el presente: Percy Wetmore con Brad Dolan, Janice Edgecombe
con Elaine Connelly, la prisión de Cold Mountain con la residencia geriátrica Georgia Pines. Y si
esa idea no me impide dormir esta noche, nada lo hará.
Hice ademán de seguir hacia la cocina, pero Brad volvió a cogerme de la muñeca. No sé si la
primera vez lo había hecho adrede, pero esta vez sí; me apretaba tanto que me hacía daño.
Mientras tanto, miraba a un lado y a otro para asegurarse de que no hubiese nadie bajo la lluvia, de
que nadie viera que estaba maltratando a uno de los viejos que debía cuidar.
-¿Qué haces en ese sendero? -preguntó-. Sé que no vas a follarte a nadie. Esos tiempos han
pasado para ti, así que dime, ¿qué haces?
-Nada -respondí, diciéndome que debía mantener la calma y no demostrarle que me hacía
daño, recordándome que no había mencionado el cobertizo sino únicamente el sendero-. Camino
para refrescarme la mente.
-Ya es demasiado tarde, Paulie. Tu mente no recuperará la lucidez. -Volvió a apretarme la
delgada muñeca de viejo, presionando los huesos frágiles, sin dejar de mirar a un lado y a otro para
comprobar que nadie lo veía. Brad no tenía miedo de romper las reglas sino de que lo pillaran
haciéndolo. En ese sentido también se parecía a Percy Wetmore, que en ningún momento nos
permitía olvidar que era pariente del gobernador-. A tu edad, es un milagro que puedas recordar
quién eres. Eres demasiado viejo, incluso para un museo como éste. Me das grima, Paulie.
-Suéltame -dije, intentando que mi voz no sonara suplicante. No se trataba sólo de orgullo.
Pensé que si suplicaba, lo envalentonaría, como el olor a miedo suele envalentonar a un perro
furioso y animarlo a morder cuando en otras circunstancias se habría limitado a ladrar. Eso me
recordó al periodista que había escrito sobre el juicio de Coffey. Era un temerario llamado
Hammersmith, y lo más temible de él era que no era consciente de su temeridad.
En lugar de soltarme, Dolan volvió a apretarme la muñeca, y gemí. No quería hacerlo, pero
fui incapaz de evitarlo. Me dolían hasta los tobillos.
-¿Qué haces allí, Paulie? Dímelo.
-Nada -repetí. No lloraba, pero temía empezar a hacerlo si seguía apretándome de ese modo-.
Nada. Sólo camino. Me gusta andar. ¡Suéltame!
Lo hizo, pero apenas el tiempo suficiente para cogerme de la otra mano, que estaba cerrada.
-Abre -dijo-. Deja que papá vea qué llevas ahí.
Obedecí y Dolan gruñó disgustado al ver lo que llevaba: los restos de la segunda tostada. La
había apretado en mi mano derecha cuando me cogió la muñeca izquierda y tenía los dedos
embadurnados con mantequilla, mejor dicho, margarina; como es lógico, aquí no hay mantequilla.
-Entra y lávate las malditas manos -dijo retrocediendo y dando otro bocado al pastelillo-.
Caramba.
Subí por la escalerilla. Me temblaban las piernas y el corazón me latía como una máquina
con las válvulas flojas y los pistones viejos. Cuando cogí el pomo que me permitiría entrar en la
cocina y librarme del peligro, Dolan dijo:
-Si le cuentas a alguien que te he apretado la muñeca, Paulie, diré que sufres alucinaciones.
El principio de una demencia senil. Sabes que me creerán. Si tienes un hematoma, pensarán que te
lo has hecho solo.
Sí. Tenía razón. Y una vez más, podría haber sido Percy Wetmore quien pronunciaba
aquellas palabras, un Percy que había conseguido mantenerse joven y mezquino mientras yo me
había vuelto viejo e indefenso.
-No diré nada a nadie -murmuré-. No tengo nada que decir.
-Eso está muy bien, cariño. -Su voz era suave y burlona, la voz de un capugante (para usar la
expresión favorita de Percy) que creía que iba a ser joven eternamente-. Y pienso descubrir en qué
andas. Me ocuparé de ello, ¿sabes?
Claro que lo sabía, pero no iba a darle la satisfacción de reconocerlo. Entré, crucé la cocina
(olía a huevos y salchichas, pero yo había perdido el apetito) y colgué el chubasquero en su sitio.
Luego subí a mi habitación, descansando en cada escalón, dando tiempo a mi corazón para que se
calmara, y cogí las cosas para escribir.
Salí a la galería y en el preciso instante en que me sentaba ante la pequeña mesa junto a la
ventana, se asomó mi amiga Elaine. Parecía cansada, incluso enferma. Se había peinado, pero aún
llevaba la bata. Los viejos no nos fijamos mucho en nuestro aspecto; no podemos darnos ese lujo.
-No quiero molestarte -dijo-. Si ibas a empezar a escribir...
-No seas tonta -respondí-. Me sobra más tiempo que a Bayer aspirinas. Ven.
Entró en la galería, pero se detuvo al lado de la puerta.
-Es que no podía dormir, y estaba mirando por la ventana cuando vi...
-A Dolan y a mí manteniendo una agradable charla -dije. Esperaba que sólo nos hubiera
visto, que la ventana estuviese cerrada y no me hubiera oído suplicar a Dolan que me dejase
marchar.
-No parecía agradable ni amistosa -dijo-. Paul, ese Dolan ha estado haciendo preguntas sobre
ti. La semana pasada me interrogó. Entonces no le di importancia, pensé que era un cotilla, pero
ahora me pregunto qué sucede.
-Conque ha estado haciendo preguntas sobre mí... -dije intentando disimular mi ansiedad-.
¿Qué clase de preguntas?
-Adónde vas cuando sales a caminar, por ejemplo, y por qué lo haces.
Solté una risita forzada.
-Ahí tienes un hombre que no cree en las virtudes del ejercicio físico.
-Piensa que escondes algo. -Hizo una pausa-. Y yo también.
Abrí la boca, aunque no sé qué iba a decir, pero antes de que pudiera articular palabra Elaine
me detuvo con un ademán de sus manos deformes, aunque curiosamente bellas.
-Si lo haces, no quiero saber de qué se trata, Paul. Tus asuntos sólo te incumben a ti. Me
educaron en esa creencia, aunque no todo el mundo la comparte. Sólo quería decirte que tuvieras
cuidado. Y ahora te dejo trabajar.
Se volvió para marcharse, pero antes de que franqueara el umbral la llamé. Se volvió y me
miró con expresión inquisitiva.
-Cuando termine lo que estoy escribiendo... -comencé, pero me detuve a mitad de la frase y
sacudí la cabeza-. Si termino lo que estoy escribiendo -rectifiqué-, ¿querrás leerlo?
Reflexionó por un instante y luego esbozó una sonrisa capaz de enamorar a cualquier
hombre, incluso a uno viejo como yo.
-Será un placer.
-Antes de decir eso deberías esperar a leerlo -observé pensando en la ejecución de Delacroix.
-De todos modos, lo leeré de principio a fin -respondió-. Lo prometo. Aunque antes tendrás
que terminar.
Me dejó para que lo hiciese, pero pasó un buen rato antes de que empezara a escribir. Estuve
mirando por la ventana durante casi una hora, tamborileando con el lápiz sobre la mesa,
observando cómo el día se aclaraba poco a poco, pensando en Brad Dolan, que me llama Paulie y
nunca se cansa de sus chistes sobre chinos, vietnamitas, hispanos e irlandeses, rumiando las
palabras de Elaine Connelly: «Cree que escondes algo, y yo también.»
Es probable que sea así. Sí; quizá lo haga. Y, naturalmente, Brad Dolan quiere saber qué es.
No porque piense que se trata de algo importante (supongo que lo es sólo para mí), sino porque no
le parece bien que un viejo tenga secretos. Nada de coger chubasqueros del perchero que está al
lado de la puerta de la cocina, y nada de secretos. De lo contrario, es probable que los tipos como
yo creamos que seguimos siendo humanos. ¿Por qué es inadmisible que pensemos algo así? Dolan
no lo sabe, y en eso también se parece a Percy.
Así fue como mis pensamientos, al igual que un río que gira en un meandro, me llevaron del
momento en que Dolan apareció debajo del alero de la cocina y me cogió de la muñeca, hasta
Percy, el mezquino Percy Wetmore y la forma en que se vengó del hombre que se había reído de
él.
Delacroix había estado arrojando el carrete para que Cascabel fuera tras él, y aquél rebotó en
la pared de la celda, saliendo al pasillo. Eso fue todo. Entonces Percy tuvo su gran oportunidad.
2
-¡No, imbécil! -gritó Bruto, pero Percy no le hizo el menor caso.
En el preciso instante en que Cascabel alcanzaba el carrete, demasiado concentrado en su
número para advertir la proximidad de su antiguo enemigo, Percy le asestó un puntapié con la
gruesa suela de una de sus botas de trabajo. El espinazo del animal se partió con un crujido
audible, y de su boca comenzó a manar sangre. Los ojitos pequeños y oscuros parecieron saltar de
sus órbitas, y en ellos vi una expresión de angustia y sorpresa demasiado humana para tratarse de
un ratón.
Delacroix soltó un grito de horror y pena. Se lanzó contra la puerta de la celda, sacó los
brazos entre los barrotes y comenzó a repetir el nombre del ratón una y otra vez.
Percy se volvió hacia él con una sonrisa en los labios. De hecho, se volvió también hacia
Bruto y hacia mí.
-Ya está -dijo-. Sabía que tarde o temprano lo cogería. Sólo era cuestión de tiempo.
Dio media vuelta y caminó sobre sus pasos, dejando a Cascabel tendido en el linóleo verde,
en medio de un creciente charco de sangre.
Dean se levantó de la mesa de entrada, golpeándose la rodilla con ella y arrojando el tablero
de juego al suelo. Las fichas se esparcieron en todas las direcciones.
-¿Qué has hecho esta vez? -le gritó a Percy-. ¿Qué demonios has hecho esta vez, imbécil?
Percy no respondió. Pasó junto a la mesa sin decir palabra, alisándose el pelo con los dedos.
Cruzó mi despacho hacia el almacén. William Wharton contestó por él:
-¿Jefe Dean? Creo que lo que ha hecho es enseñar al francés que nadie se ríe de él. -Y luego
soltó una carcajada sincera, una risa franca y alegre, como la de un hombre de campo.
En aquel tiempo conocí a personas (casi siempre aterradoras) que sólo parecían normales
cuando reían. Will Wharton el Salvaje, era uno de ellos.
Volví a mirar al ratón, atónito. Todavía respiraba, pero había pequeñas gotas de sangre entre
sus finísimos bigotes y sus ojos, poco antes brillantes como gotas de aceite, se habían vuelto
opacos. Bruto recogió el carrete de colores, lo miró y luego me miró a mí. Parecía tan aturdido
como yo. Detrás de nosotros, Delacroix seguía gritando con angustia y horror. Naturalmente, no
era sólo por el ratón. Percy había abierto una grieta en las defensas de Delacroix y todo el miedo
acumulado salía por allí. Sin embargo, Cascabel era el centro de todos esos sentimientos
reprimidos, y escucharlo era terrible.
-¡No, no! -repetía una y otra vez, entre gritos de desesperación e inconexas plegarias
en.francés-. ¡No, no, no! ¡Pobre Cascabel!
-Dádmelo.
Alcé la vista, sorprendido por aquella voz grave que al principio no reconocí. Era John
Coffey. Al igual que Delacroix, había sacado los brazos entre los barrotes de la celda, aunque sólo
hasta la mitad del antebrazo; el resto era demasiado grueso para pasar. Pero a diferencia de
Delacroix, no agitaba los brazos; sencillamente los mantenía extendidos con las palmas hacia
arriba en un ademán de impaciencia. Su voz reflejaba la misma urgencia, y supongo que por eso
me costó reconocerla. Parecía un hombre distinto del alma en pena que había ocupado la celda
durante las últimas semanas.
-¡Démelo, señor Edgecombe, antes de que sea demasiado tarde!
Entonces recordé lo que había hecho por mí y comprendí. Supuse que no podía hacer ningún
daño, aunque tampoco creía que pudiera ayudar. Cuando recogí el ratón, me sobresalté ante su
contacto: su lomo estaba tan atravesado por huesos rotos que parecía una almohadilla para alfileres
cubierta de piel. Aquello no era una infección urinaria. Sin embargo...
-¿Qué haces? -me preguntó Bruto mientras depositaba a Cascabel sobre la enorme mano
derecha de Coffey-. ¿Qué demonios haces?
Coffey metió el ratón en la celda. El animalito yacía inerte sobre la palma de su mano, con la
cola suspendida entre el pulgar y el índice, la punta sacudiéndose ligeramente en el aire. Entonces
Coffey cubrió su mano derecha con la izquierda, creando una especie de cúpula. Ya no podíamos
ver a Cascabel; sólo la cola permanecía a la vista, colgando y moviéndose como un péndulo
mortecino. Coffey se llevó las manos a la cara, abriendo los dedos de la derecha de modo que
formaba brechas semejantes a los barrotes de las celdas de la prisión. La cola del ratón caía ahora
hacia el lado de las manos que quedaba frente a nosotros.
Bruto se acercó a mí con el carrete de colores en la mano.
-¿Qué hace?
-Calla -dije.
Delacroix había dejado de llorar.
-Por favor, John -murmuró-. Por favor, Johnny, ayúdalo, s'il vous plait.
Dean y Harry se unieron a nosotros, éste con un mazo de cartas en la mano.
-¿Qué pasa? -preguntó Dean, pero yo me limité a sacudir la cabeza. Volvía a sentirme
hipnotizado. ¡Caray!; creo que lo estaba.
Coffey acercó la boca al resquicio entre dos de sus dedos e inspiró hondo. Por un instante el
tiempo pareció detenerse. Luego separó la cabeza de las manos y vi la cara de un hombre muy
enfermo o que sufre un dolor desesperante. Le brillaban los ojos, se mordía con fuerza el labio
inferior y la cara morena palideció hasta adquirir un color desagradable, como una mezcla de
ceniza y barro. Desde lo más profundo de su garganta surgió un sonido ahogado.
-¡Dios bendito! -murmuró Bruto. Sus ojos parecían a punto de saltar de las órbitas.
-¿Qué? -preguntó Harry como si ladrara-. ¿Qué pasa?
-¡La cola! ¿No la ves? ¡La cola!
La cola de Cascabel ya no era un péndulo mortecino; se movía con brusquedad de un lado a
otro, como la cola de un gato que intenta cazar un pájaro. Entonces, desde el hueco de las manos
de Coffey, se oyó un chillido familiar.
Coffey volvió a emitir ese sonido ahogado, gutural, y volvió la cabeza hacia un lado, como
alguien que quiere escupir la flema acumulada en la garganta. En lugar de eso, exhaló por la boca
y la nariz una nube de insectos negros. Creo que eran insectos, y los demás pensaron lo mismo,
aunque ya no estoy seguro de que lo fuesen. Volaron alrededor de él como una nube que oscureció
sus rasgos por un instante.
-¡Dios mío! ¿Qué es eso? preguntó Dean con voz aguda, horrorizado.
-Tranquilo -me oí decir-. No os asustéis. Desaparecerán dentro de unos segundos.
Igual que cuando Coffey me había curado la infección urinaria, los «bichos» se volvieron
blancos y poco después se esfumaron.
-¡Mierda! -susurró Harry.
-¿Paul? -dijo Dean con voz vacilante-. ¿Paul?
Coffey parecía haberse recuperado, como alguien
que ha conseguido escupir el trozo de carne con que se había atragantado. Se agachó,
apoyó las manos en el suelo, y después de espiar entre los dedos, las abrió. Cascabel estaba
perfectamente -ni un solo bulto en su espinazo, ni una protuberancia debajo de la piel- y salió
corriendo. Se detuvo por un momento junto a los barrotes de la celda de Coffey y cruzó el pasillo
en dirección a la de Delacroix. Noté que aún tenía gotas de sangre en los bigotes.
Delacroix lo cogió, riendo y llorando al mismo tiempo, cubriendo al ratón con besos
ruidosos y desvergonzados. Dean, Harry y Bruto lo miraban con mudo estupor. Entonces Bruto dio
un paso al frente y pasó el carrete entre los barrotes. Al principio, Delacroix no lo vio, pues sólo
tenía ojos para el ratón, como un padre que acaba de recuperar a un hijo que había estado a punto
de ahogarse. Bruto le tocó el hombro con el carrete. Delacroix lo vio, lo cogió y volvió a
concentrarse en Cascabel, acariciándole la piel y devorándolo con los ojos, como si necesitara
cerciorarse de que el ratón se encontraba bien.
-Arrójalo -dijo Bruto-. Quiero verlo correr..
-Se encuentra bien, jefe Bowell. Gracias a Dios, está bien.
-Arrójalo -repitió Bruto-. Hazme caso.
Delacroix se inclinó de mala gana, claramente reacio a soltar a Cascabel, al menos por el
momento. Luego, con la mayor suavidad, arrojó el carrete, que rodó por el suelo de la celda, más
allá de la caja de cigarros Corona, y chocó contra la pared.
Cascabel lo persiguió, aunque no con la rapidez de costumbre. Parecía cojear un poco de la
pata posterior izquierda, y eso es lo que más me impresionó. Aquella ligera cojera daba visos de
realidad a lo ocurrido.
Sin embargo, alcanzó el carrete, y lo empujó con el hocico hacia Delacroix con el
entusiasmo de siempre. Me volví hacia John Coffey, que sonreía detrás de los barrotes de la celda.
Era una sonrisa cansada, no exactamente de felicidad, pero la urgencia que había visto en su rostro
mientras pedía que le entregáramos el ratón y la posterior expresión de dolor y miedo, como si se
ahogara, habían desaparecido. Era el John Coffey de siempre, con su aspecto ausente y la extraña
mirada distante.
-Lo has ayudado, ¿verdad, grandullón?
-Sí -respondió Coffey. La sonrisa se ensanchó un poco y por un instante reflejó felicidad-.
He ayudado al ratón de Delacroix, lo he ayudado. He ayudado a... -Guardó silencio, incapaz de
recordar el nombre del animal.
-Cascabel -dijo Dean mientras lo miraba con expresión cautelosa, inquisitiva, como si
esperase que en cualquier momento se incendiara o comenzase a flotar dentro de la celda.
-Eso -dijo Coffey-. Cascabel. Es un ratón de circo. Y va a vivir en una casa con cristal
esmerilado.
-Puedes estar seguro -dijo Harry, que también contemplaba a Coffey.
A nuestras espaldas, Delacroix estaba tendido en su camastro con Cascabel sobre el pecho.
Lo acunaba cantándole una canción francesa que parecía una nana.
Coffey miró hacia el extremo del pasillo donde estaba la mesa de entrada y la puerta de mi
despacho.
-El jefe Percy es malo -dijo-. Es muy malo. Aplastó al ratón de Del. A Cascabel.
Entonces, antes de que pudiéramos contestar -en el caso de que se nos hubiera ocurrido algo
que decir- regresó a su camastro, se tendió y volvió la cara hacia la pared.
3
Veinte minutos más tarde, cuando Bruto y yo entramos en el almacén, Percy estaba de
espaldas. Había encontrado una lata de cera para muebles en el estante situado encima del armario

donde dejábamos los uniformes sucios (y a veces nuestras ropas de paisano, puesto que en la
lavandería de la prisión les daba igual lavar una cosa que otra) y estaba encerando los brazos y las
patas de la silla eléctrica. Es probable que esto os parezca extraño, incluso macabro, pero para
Bruto y para mí era la cosa más normal que Percy había hecho en toda la noche. Al día siguiente la
Freidora se presentaría en público y, al menos en apariencia, Percy estaría a cargo del espectáculo.
-Percy -dije.
Se volvió. La canción que tarareaba se ahogó en su garganta. Al principio no vi la expresión
de miedo que esperaba, pero noté que Percy parecía mayor y pensé que John Coffey tenía razón.
Era malo. La experiencia me había demostrado que la maldad es como una droga, y creo que nadie
estaba en mejores condiciones que yo para llegar a esa conclusión. Percy se había convertido en un
adicto; había disfrutado con lo que le había hecho al ratón, y sobre todo con los gritos
desesperados de Delacroix.
-No me riñáis -dijo con un tono de voz casi afable-. Al fin y al cabo, no era más que un
ratón. Nunca debería haber estado aquí y vosotros lo sabéis.
-El ratón se encuentra bien -dije. Mi corazón latía desbocado, pero me esforcé por hablar con
suavidad, casi con indiferencia-. Perfectamente. Corre, chilla y persigue el carrete otra vez. Lo de
matar ratones se te da tan bien como cualquiera de las demás cosas que haces aquí.
Me miró con expresión de asombro e incredulidad.
-No esperaréis que me lo crea, ¿verdad? He reventado a ese maldito bicho. Oí el ruido. Así
que ya podéis...
-Cierra el pico.
Me miró con los ojos desorbitados.
-¿Qué has dicho?
Di un paso al frente. Sentía que me latía una vena en medio de la frente. No recordaba haber
estado tan furioso en mucho tiempo.
-¿No te alegras de que Cascabel se encuentre bien después de todas las conversaciones que
hemos tenido sobre nuestra obligación de mantener la calma entre los prisioneros, sobre todo
cuando se acerca el final? He pensado que te aliviaría saberlo, que te alegrarías incluso, teniendo
en cuenta que Delacroix será ejecutado mañana.
Percy me miró, luego miró a Bruto, y su aparente serenidad se trucó en inquietud.
-¿Qué clase de broma es ésta? -preguntó.
-No es ninguna broma, amigo dijo Bruto-. El que lo consideres así es... bueno, una de las
razones por las que es imposible confiar en ti. Si quieres que sea sincero contigo, te diré que creo
que eres un caso perdido.
-Cuida tus palabras -dijo Percy con aspereza. Comenzaba a acusar el miedo, miedo de lo que
pudiésemos hacerle, de lo que pudiéramos estar tramando. Me alegró detectar ese temor; nos
facilitaría las cosas-. Conozco a gente importante.
-Eso dices, pero como eres tan soñador... dijo Bruto, que parecía a punto de echarse a reír.
Percy dejó el trapo de encerar en el asiento de la silla, cuyas correas estaban sujetas a los
brazos y las patas.
-Maté a ese ratón -dijo con voz no demasiado firme.
-Si quieres compruébalo personalmente -dije-. Vivimos en un país libre.
-Lo haré -respondió-. Lo haré.
Pasó junto a nosotros, con los labios apretados y jugueteando con el peine entre sus manos
pequeñas (Wharton tenía razón: eran bonitas). Subió los peldaños y entró en mi despacho. Bruto y
yo permanecimos en silencio al lado de la Freidora, aguardando su regreso. No sé a Bruto, pero a
mí no se me ocurría nada que decir. Ni siquiera sabía qué pensar sobre lo que acabábamos de ver.
Unos tres minutos después, Bruto cogió el trapo de Percy y comenzó a encerar los gruesos
barrotes del respaldo de la silla. Tuvo tiempo de terminar con uno y empezar con otro antes de que
regresara Percy, que tropezó y estuvo a punto de caer por los peldaños que comunicaban mi
despacho con el almacén, y caminó hacia nosotros con paso vacilante y una expresión de
perplejidad e incredulidad en el rostro.
-Lo habéis cambiado -dijo con tono acusatorio-. Cabrones, habéis cambiado de ratón. Estáis
gastándome una broma y os aseguro que lo lamentaréis. Si no dejáis de burlaros de mí, acabaréis
en la cola del paro. ¿Quiénes os habéis creído que sois? -Hizo una pausa para recuperar el aliento,
con los puños apretados.
Te diré quiénes somos -dije-. Somos tus compañeros de trabajo... aunque no por mucho
tiempo. -Tendí los brazos y lo cogí de los hombros. No con demasiada fuerza, pero con la
suficiente para inmovilizarlo.
Percy intentó soltarse.
-Quita tus...
Bruto le cogió la mano derecha, pequeña y blanda, y la aprisionó en su puño bronceado.
-Cierra el pico, maldito cabroncete. Si sabes lo que te conviene, aprovecharás esta última
oportunidad para quitarte la cera de los oídos.
Lo hice girar, lo levanté sobre la plataforma y lo hice retroceder hasta que la parte posterior
de sus rodillas chocó contra el asiento de la silla eléctrica, obligándolo a sentarse. Su serenidad se
había esfumado, al igual que su malicia y su arrogancia. Aunque aquellas actitudes eran auténticas,
debéis recordar que Percy era muy joven y a su edad constituían una especie de coraza, como una
fina y desagradable capa de pintura. Todavía era posible hacer mella en ella, y supuse que Percy ya
estaba preparado para escucharnos.
-Quiero que me des tu palabra -dije.
-¿Sobre qué? -Todavía intentaba sonreír, pero en sus ojos había una expresión de horror.
Aunque la corriente eléctrica del cuarto de interruptores estaba desconectada, el asiento de madera
de la Freidora tenía su propio poder, y supe que Percy lo percibía.
-Tu palabra de que si mañana por la noche te dejamos a cargo de la ejecución, te irás a Briar
Ridge y nos dejarás en paz -dijo Bruto con una vehemencia que no había empleado antes-. De que
al día siguiente pedirás el traslado.
-¿Y si me niego? ¿Si llamo a ciertas personas y les cuento que me habéis acosado y
amenazado, que os habéis comportado como vulgares matones?
-Si tus contactos son tan buenos como crees, es probable que nos despidan -dije-. Pero antes
nos aseguraremos de que tú también lo pases muy mal, Percy.
-¿Por lo del ratón? ¡Vamos! ¿Creéis que a alguien le importará que haya aplastado al ratón
de un asesino? ¿Pensáis que eso puede preocuparle a alguien ajeno a este basurero?
-No. Pero tres hombres te vieron permanecer de brazos cruzados mientras Bill Wharton
intentaba estrangular a Dean Stanton con la cadena de las esposas. Y eso les importará. Te juro,
Percy, que el mismísimo gobernador se preocupará por eso.
Las mejillas y la frente de Percy se tiñeron de roj o.
-¿Pensáis que os creerán? -preguntó, pero su voz había perdido la fiereza. Era evidente que
sabía que nos creerían, y a Percy no le gustaban los problemas. No veía nada de malo en violar las
normas, pero que lo pillaran haciéndolo era otra cosa.
-Tengo fotos de los hematomas del cuello de Dean -añadió Bruto. No sé si era cierto o no,
pero sonaba bien-. ¿Sabes qué demuestran las fotos? Que Percy estuvo a punto de morir sin que
nadie lo ayudara, a pesar de que tú estabas ahí, detrás de Wharton. Tendrás que responder a
algunas preguntas difíciles, ¿no crees? Y una historia así podría perseguirte durante bastante
tiempo. Lo más probable es que la mancha siga en tu expediente mucho después de que tus
parientes dejen su cargo y vuelvan a su casa a beber julepe de menta en el jardín de su casa. El
expediente de un hombre puede ser muy interesante, y la gente tendrá ocasión de leerlo muchas
veces a lo largo de su vida.
Percy nos miró con expresión de incredulidad. Se llevó la mano izquierda a la cabeza y se
mesó el cabello. No dijo nada, pero supe que lo teníamos acorralado.
-Resolvamos este asunto de una buena vez -dije-. A ti te hace tanta gracia trabajar aquí como
a nosotros tenerte de compañero, ¿no es cierto?
-¡Detesto este lugar! -exclamó-. Detesto la forma en que me tratáis. Nunca me habéis dado
una oportunidad. -En eso último estaba muy equivocado, aunque pensé que no era el momento de
discutir acerca de ello-. Pero tampoco me gusta que me obliguen a hacer lo que no quiero. Mi
padre me enseñó que si te dejas intimidar una vez, la gente acaba haciéndolo siempre. -Le
brillaban los ojos, que eran casi tan bonitos como sus manos-. Y sobre todo, no me gusta que me
intimiden los grandullones como éste. -Miró a mi amigo y gruñó-: Bruto... al menos tienes el mote
que te corresponde.
-Tienes que entender algo, Percy -dije-. En nuestra opinión, eres tú quien ha estado
intimidándonos. No hacemos más que repetirte cómo debes hacer las cosas mientras tú insistes en
hacerlas a tu manera. Luego, si algo sale mal, te escudas en tus relaciones. Aplastar el ratón de
Delacroix... Bruto me miró y me retracté al instante-. Mejor dicho, intentar aplastar el ratón de
Delacroix es un ejemplo. Te empeñas en intimidar y nosotros no hacemos más que defendernos.
Pero escúchame: si haces las cosas bien, saldrás de aquí sin problemas, oliendo como una rosa,
como un joven prometedor que asciende en su carrera. Nadie se enterará de esta conversación.
¿Qué dices? Compórtate como un adulto y promete que te marcharás de aquí después de la
ejecución de Delacroix.
Pareció pensárselo, y al cabo de unos instantes sus ojos cobraron una expresión extraña, la
expresión de alguien que acaba de tener una buena idea. No me alegré mucho, pues lo que para
Percy era una buena idea no solía serlo para nosotros.
-Al menos piensa en lo agradable que será alejarte de un montón de mierda como Wharton
-dijo Bruto.
Percy asintió con la cabeza y dejé que se pusiera de pie. Se alisó la camisa del uniforme, la
metió dentro del pantalón y se peinó rápidamente.
-De acuerdo. Mañana me haré cargo de la ejecución de Delacroix y al día siguiente pediré el
traslado a Briar Ridge. Es un trato. ¿Os parece bien?
-Muy bien -dije. Aquella expresión continuaba en sus ojos, pero en ese momento me sentía
demasiado aliviado para preocuparme por ella.
Percy tendió la mano.
-¿Sellamos el trato?
Bruto y yo le estrechamos la mano. ¡Qué idiotas!
4
El día siguiente fue el más sofocante, aunque el último de calor de aquel extraño octubre.
Cuando llegué al trabajo los truenos retumbaban en el oeste y unas nubes oscuras comenzaban a
agolparse en el horizonte.
Al caer la noche comenzaron a acercarse, cruzadas por relámpagos
azules y blancos. A eso de las diez hubo un tornado en el condado de Trapingus -mató a cuatro
personas y arrancó el techo de las caballerizas de Tefton- y en Cold Mountain se desató una
tormenta eléctrica con fuertes vientos. Más tarde pensé que el propio cielo protestaba por la
horrible muerte de Eduard Delacroix.
Al principio, todo fue bastante bien. Del había pasado un día tranquilo en su celda, jugando a
ratos con Cascabel, pero la mayor parte del tiempo acariciándolo tendido en el camastro.
Wharton intentó crear problemas en más de una ocasión. En cierto momento le gritó a
Delacroix que en cuanto bajara los peldaños que lo llevarían al infierno, los demás comerían unas
riquísimas hamburguesas de ratón, pero Delacroix no contestó. Finalmente, Wharton pareció llegar
a la conclusión de que no valía la pena seguir y dejó de molestarlo.
A las diez menos cuarto se presentó el hermano Schuster. y nos alegró a todos diciendo que
rezaría con Del en francés. Parecía un buen presagio, pero nos equivocamos.
Alrededor de las once comenzaron a llegar los testigos, casi todos hablando en voz baja
sobre el tiempo y especulando sobre la posibilidad de que un corte de fluido eléctrico obligara a
posponer la ejecución. Era evidente que no sabían que la Freidora poseía su propio generador y
que la función tendría lugar a menos que le cayera un rayo directamente encima. Harry estaba en el
cuarto de los interruptores, de modo que Bill Dodge y Percy Wetmore se ocuparon de acomodar a
la gente en sus asientos y ofrecerles un vaso de agua fría. Entre el público había dos mujeres: la
hermana de la joven que Del había violado y asesinado, y la madre de una de las víctimas del
incendio. La segunda era corpulenta, pálida y decidida. Le dijo a Harry Terwilliger que esperaba
que el hombre que iban a ver se sintiese aterrorizado, que sabía que los fuegos del infierno estaban
preparados para él y que Satanás lo estaba esperando. Luego se echó a llorar y ocultó la cara tras
un pañuelo casi tan grande como la funda de una almohada.
Los truenos, apenas amortiguados por el techo metálico, retumbaban con fuerza. La gente
miraba hacia arriba con inquietud. Los hombres, aparentemente incómodos por tener que usar
corbata a esa hora de la noche, se enjugaban el sudor de las mejillas (en el almacén hacía un calor
sofocante) y, naturalmente, no apartaban la vista de la Freidora. Quizá durante la semana hubiesen
gastado bromas al respecto, pero a las once y media de la noche no había lugar para bromas.
Comencé esta historia diciendo que la situación no tenía ninguna gracia para aquellos que debían
sentarse en la silla de roble, pero lo cierto es que no sólo a los condenados se les borraba la sonrisa
de la cara cuando llegaba el momento. La silla se veía tan desnuda sobre la plataforma, con las
correas de las piernas a cada lado, como uno de esos aparatos que usaban los enfermos de polio.
Nadie hablaba, y cuando volvió a sonar un trueno con el crujido súbito e inesperado de un árbol
que se astilla, la hermana de la víctima de Delacroix dejó escapar un breve grito. El último en
sentarse en la sección de los testigos fue Curtis Anderson, en representación del alcaide Moores.
A las once y media me acerqué a la celda de Delacroix con Bruto y Dean detrás de mí. Del
estaba sentado en el camastro con Cascabel en el regazo. El ratón tenía el cuello estirado hacia la
cara del condenado y los ojos como gotas de aceite fijos en ella. Del le acariciaba la cabeza,
mientras grandes y silenciosas lágrimas se deslizaban por sus mejillas. El ratón parecía mirar esas
lágrimas. Al oír pisadas, el francés alzó la vista. Estaba muy pálido. A mi espalda, sentí más que vi
a John Coffey, de pie tras las rejas de su celda.
Del dio un respingo al oír el ruido de las llaves, pero mantuvo la compostura y continuó
acariciando la cabeza de Cascabel mientras yo abría la puerta.
-Hola, jefe Edgecombe -dijo-. Hola chicos. Saluda, Cascabel.
Pero el ratón siguió mirando con arrobamiento la cara del pequeño francés, como si se
preguntara por el motivo de las lágrimas. El carrete de colores estaba en la caja de cigarros Corona.
Pensé que Del lo había guardado allí por última vez y me embargó la emoción.
-Eduard Delacroix, como funcionario del tribunal...
-¿Jefe Edgecombe?
Iba a continuar con mi discurso, pero lo pensé mejor.
-¿Qué pasa, Del?
Me entregó el ratón.
-Aquí tiene. No deje que le pase nada a Cascabel.
-Del, no creo que venga conmigo. No...
-Mais out, ha dicho que sí. Dice que lo sabe todo sobre usted, jefe Edgecombe, y que usted
lo llevará a ese sitio de Florida donde los ratones hacen trucos. Dice que confía en usted. -Tendió
más la mano y, aunque parezca increíble, el ratón pasó de su palma a mi hombro. Era tan ligero
que no podía sentirlo a través de la chaqueta del uniforme, pero percibía su calor-. Otra cosa, jefe.
No permita que ese malvado vuelva a acercarse a él. No deje que le haga daño a mi ratón.
-No, Del, no lo permitiré. -Me preguntaba qué debía hacer con el animal en aquel momento.
No podía llevar a Delacroix ante los testigos con un ratón en el hombro.
-Yo lo cogeré, jefe dijo una voz detrás de mí. Era John Coffey, y me pareció un misterio que
hablara precisamente en aquel momento, como si me hubiera leído el pensamiento-. Sólo por un
rato. Y si a Del no le importa.
Delacroix asintió con la cabeza.
-Sí. Cógelo hasta que haya acabado esta locura... Bien! Y después de... Volvió la mirada
hacia Bruto y hacia mí-. ¿Van a llevarlo a Florida? ¿A ese lugar llamado Ratilandia?
-Sí. Lo más probable es que Paul y yo vayamos juntos -respondió Bruto mientras observaba
con expresión de inquietud y preocupación cómo Cascabel pasaba de mi hombro a la enorme
mano de Coffey. El ratón no protestó ni hizo ademán de escapar. De hecho, trepó a la mano de
Coffey con la misma tranquilidad con que había subido a mi hombro-. Cogeremos unos días de las
vacaciones que nos corresponden, ¿verdad, Paul?
Asentí con un gesto y Del me imitó, con los ojos brillantes y esbozando una sonrisa.
-La gente pagará cinco centavos para verlo. Dos, en el caso de los niños. ¿No es cierto, jefe
Howell?
-Exacto, Del.
-Usted es un buen hombre, jefe Howell dijo Delacroix-. Y usted también, jefe Edgecombe.
Es verdad que a veces me gritan, pero sólo cuando lo merezco. Todos son buenos, excepto ese
Percy.
Ojalá pudiera volver a verlos en otro sitio. Mauvais temps, mauvais chance.
-Tengo que decirte algo, Del -dije-. Lo mismo que debo decirle a todo el mundo antes de la
ejecución. No es gran cosa, pero forma parte de mi trabajo, ¿entiendes?
-Out, messieur -respondió y miró por última vez a Cascabel, sentado en el hombro de John
Coffey-. Au revoir, mon ami -dijo, echándose a llorar-. Je t'aime, mon petit. -Y le sopló un beso.
Aquel beso podría haber parecido gracioso, incluso grotesco, pero no lo fue.
Por un instante, mi mirada se cruzó con la de Dean, pero la desvié de inmediato. Dean miró
hacia la celda de seguridad y esbozó una sonrisa extraña. Creo que estaba a punto de llorar. En
cuanto a mí, dije lo que tenía que decir, y cuando terminé Delacroix salió por última vez de su
celda.
-Espera un momento -dijo Bruto, e inspeccionó la coronilla afeitada de Del, donde debía ir el
casquete. Hizo un gesto de asentimiento y dio una palmada en el hombro al francés.
-Perfecto. Vamos.
Así fue como Eduard Delacroix inició su último trayecto por el pasillo de la muerte, la cara
mojada con una mezcla de sudor y lágrimas y los truenos resonando en el exterior. Bruto caminaba
a la izquierda del condenado, yo a la derecha y Dean detrás de él.
Schuster estaba en mi despacho, donde montaban guardia Ringgold y Battle. Schuster miró a
Del, sonrió y le habló en francés. A mí me pareció un francés macarrónico, pero lo cierto es que
produjo un efecto maravilloso. Del también sonrió, se acercó a Schuster y lo abrazó. Ringgold y
Battle se pusieron tensos, pero yo alcé una mano y sacudí la cabeza.
Schuster escuchó el torrente de palabras en francés ahogadas por las lágrimas, asintió como
si entendiera perfectamente y dio a Delacroix una palmada en la espalda. Me miró por encima del
hombro del francés y dijo:
-Apenas si entiendo la mitad de lo que dice.
-No creo que importe -respondió Bruto.
-Yo tampoco, hijo -contestó Schuster con una sonrisa. Era el mejor de todos, y ahora me doy
cuenta de que nunca supe qué fue de él. Espero que haya conservado su fe.
Se puso de rodillas y entrelazó las manos. Delacroix lo imitó.
-Not' Pere, qui étes aux cieux -comenzó Schuster, y Delacroix lo siguió. Rezaron el
padrenuestro juntos en aquel francés gutural con acento cajún, hasta llegar a «mais déliverez-nous
du mal, ainsi soit-il». Para entonces, Del había dejado de llorar y parecía tranquilo.
Siguieron con unos salmos bíblicos (en inglés), sin olvidar la parábola de las aguas
tranquilas. Por fin Schuster hizo ademán de levantarse, pero Del lo cogió de la manga de la camisa
y dijo algo en francés. Schuster lo escuchó con atención y respondió. Del añadió algo más y lo
miró esperanzado.
Schuster se volvió hacia mí y dijo:
-Quiere decir algo más, Edgecombe. Una plegaria con la que no puedo ayudarlo porque no
pertenece a mi fe. ¿Está bien?
Miré al reloj de la pared y vi que faltaban diecisiete minutos para las doce.
-Sí -responde. Pero tendrá que darse prisa. Ya sabe que debemos cumplir con el horario
previsto.
-Sí, lo sé. -Se volvió hacia Delacroix e hizo un gesto de asentimiento.
Del cerró los ojos como para rezar, pero por un instante no dijo nada. Frunció el entrecejo y
tuve la impresión de que buscaba algo en lo más profundo de su memoria, como un hombre que
registra un desván en busca de un objeto que no ha usado o necesitado en mucho, mucho tiempo.
Volví a mirar el reloj y habría dicho algo si no hubiese sido porque Bruto me tiró de la manga y
sacudió la cabeza.
Entonces Del comenzó, hablando en voz baja pero rápido en ese francés cajún que era tan
suave y sensual como el pecho de una mujer:
-Marie! Je vous salue, Marie, oui, pleine de gráce; le Seigneur est avec vous; vous étes bénie
entre toutes les femmes et mon cher fésus, le fruit de vos entrailles, est béni. -Lloraba otra vez,
pero creo que ni él mismo lo sabía-. Sainte Marie, ma mére, Mére de Dieu, priez pour moi, priez
pour nous, pauv' pécheurs, maint ánt et a Pheure... le'heure de notre mort. L'heure de mon mort.
-Hizo una inspiración profunda, temblorosa-. Ainsi soit-il.
Mientras Delacroix se ponía de pie, un relámpago iluminó la habitación con un resplandor
blanco azulado. Todo el mundo se sobresaltó, excepto Del, que aún parecía abstraído en sus
oraciones. Tendió una mano, sin mirar hacia dónde. Bruto se la cogió y la apretó por un instante.
Delacroix lo miró y sonrió.
-Nous voyons... -comenzó, pero al instante volvió a hablar en inglés con un esfuerzo
evidente-. Ya podemos seguir, jefe Edgecombe. Estoy en paz con Dios.
-Muy bien -dije, preguntándome si seguiría sintiéndose en paz con Dios quince minutos más
tarde, cuando estuviera sentado al otro lado de los interruptores. Esperaba que sus plegarias
hubieran sido oídas y que la Madre María rezara por él con toda el alma, porque en aquel momento
necesitaba toda la protección posible. Fuera, un trueno volvió a sacudir el cielo-. Vamos, Del. Ya
queda poco.
-Bien, jefe, está bien, porque ya no tengo miedo. -Eso dijo, pero vi en sus ojos que mentía,
padrenuestro o no, avemaría o no. Cuando cruzan el último tramo de linóleo verde, todos tienen
miedo.
-Espera al fondo, Del -ordené, aunque no hubiera necesitado decírselo. En efecto, se detuvo
junto a los peldaños, o más bien se quedó paralizado al ver a Percy Wetmore en la plataforma, con
el cubo de la esponja a los pies y el teléfono que comunicaba con el gobernador apenas visible
detrás de su cadera derecha.
-Non -dijo Del en voz baja, horrorizado-. Non, non, él no.
-Sigue andando -dijo Bruto-. Míranos a mí y a Paul y olvida que él está ahí.
-Pero...
La gente se había vuelto a mirarnos, pero moviendo un poco el cuerpo yo aún podía coger el
codo izquierdo de Delacroix sin que me vieran.
-Tranquilo -dije tan bajo que sólo Del y Bruto podían oírme-. Lo único que la gente
recordará de ti es cómo te marchaste, así que dales un buen ejemplo.
En ese momento resonó el trueno más fuerte de la noche, lo bastante potente para hacer
vibrar el tejado metálico del almacén. Percy se sobresaltó como si alguien lo hubiera asustado y
Del dejó escapar una risita desdeñosa.
-Si suena un trueno más fuerte, volverá a mearse en los pantalones -dijo, e irguió los
hombros, aunque lo cierto es que no tenía mucho que erguir-. Vamos. Acabemos de una vez.
Nos acercamos a la plataforma. Delacroix echó una mirada fugaz y nerviosa a los testigos
-que en esta ocasión eran alrededor de veinticinco-, pero Bruto, Dean y yo mantuvimos la vista fija
en la silla. Todo parecía en orden. Levanté un pulgar y arqueé una ceja a Perey, que hizo una
mueca como si quisiera decir: «¿Qué pasa? Por supuesto que todo está en orden.»
Esperaba que tuviera razón.
Bruto y yo cogimos automáticamente a Delacroix de los codos para ayudarlo a subir a la
plataforma. Ésta apenas medía unos quince centímetros de altura, pero os sorprendería saber
cuántos condenados, incluso los más duros, necesitaban ayuda para subir el último peldaño de su
vida.
Sin embargo, Del lo hizo bien. Se detuvo por un instante frente a la silla (evitando mirar a
Percy) y aunque parezca mentira habló a la Freidora, como si quisiera presentarse:
-C'est mol -dijo.
Percy intentó cogerlo, pero Delacroix se volvió y se sentó solo. Me arrodillé a su izquierda y
Bruto a su derecha. Me protegí la entrepierna y el cuello de la forma que ya he descrito
anteriormente y manipulé la hebilla de manera que se cerrara como las fauces de un animal
alrededor del esquelético tobillo del francés. Se oyó otro trueno y di un respingo. Una gota de
sudor se me metió en el ojo y me escoció. Ratilandia. Por alguna razón no dejaba de pensar en
Ratilandia y en los cinco centavos de la entrada. Dos para los niños que contemplarían a Cascabel
a través de las ventanas de vidrio esmerilado.
La correa se resistía a cerrarse. Oía las inspiraciones profundas de Del. Los pulmones que
cuatro minutos después estarían achicharrados se esforzaban por mantener en funcionamiento el
corazón acelerado por el miedo. En aquel momento, el hecho de que hubiera matado a media
docena de personas no parecía importante. No digo esto con la intención de pronunciarme sobre el
bien y el mal; me limito a contar lo que sentí.
Dean se arrodilló a mi lado y susurró:
-¿Qué pasa, Paul?
-No puedo... -comencé, pero entonces la hebilla se cerró con un chasquido. Debió de haber
pellizcado la piel de Delacroix, porque el francés se estremeció y dejó escapar un pequeño gemido.
-Lo siento -dije.
-Está bien, jefe -respondió Del-. Sólo dolerá un minuto.
Del lado de Bruto estaba la correa con el electrodo, que siempre tardaba un poco más en
cerrar, de modo que los tres nos levantamos en el mismo momento. Dean cogió la correa
correspondiente a la muñeca izquierda y Percy la derecha. Yo estaba preparado para ayudar a
Percy en caso de que lo necesitara, pero se las apañó mejor con la correa de la muñeca que yo con
la del tobillo. Noté que Delacroix temblaba, como si ya le hubieran aplicado una corriente de baja
intensidad. También podía oler su sudor rancio y fuerte, que me recordó el vinagre en que se
conservan los encurtidos.
Dean hizo un gesto de asentimiento a Percy, que volvió la cabeza, dejando ver la herida que
se había hecho al afeitarse esa misma mañana y dijo:
-Descarga uno.
Se oyó un zumbido similar al ruido que hace una nevera vieja al conectarse y las luces del
almacén se volvieron más brillantes. Hubo unas cuantas exclamaciones y murmullos entre el
público. Del se agitó en la silla, cogiendo los brazos de roble con las manos con tanta fuerza que
sus nudillos palidecieron. Sus ojos se movieron con rapidez de lado a lado y su respiración se
aceleró aún más. Prácticamente jadeaba.
-Tranquilo -murmuró Bruto-. Tranquilo, Del.
Lo estás haciendo muy bien. Aguanta. Lo haces muy bien.
«Eh, muchachos -pensé-, venid a ver lo que hace Cascabel.» Y otro trueno resonó sobre
nuestras cabezas.
Percy se colocó con solemnidad enfrente de la silla eléctrica. Era su gran momento, se había
convertido en la estrella y todas las miradas estaban fijas en él... todas, excepto una. Delacroix
mantenía la vista en su regazo. Yo habría apostado cualquier cosa a que Percy se hacía un lío a la
hora de pronunciar su discurso, pero lo hizo sin vacilar, con voz misteriosamente serena.
-Eduard Delacroix, ha sido condenado a morir en la silla eléctrica por un jurado integrado
por sus conciudadanos y en virtud de una sentencia dictada por un juez de este estado. ¿Tiene algo
que decir antes de que se ejecute la sentencia?
Del intentó hablar y al principio sólo consiguió emitir un murmullo agónico. Las comisuras
de la boca de Percy dibujaron la sombra de una sonrisa desdeñosa y me habría gustado fusilarlo
allí mismo. Entonces, Del se lamió los labios y lo intentó otra vez:
-Lamento lo que he hecho -dijo-. Daría cualquier cosa por volver atrás, pero es imposible.
Así que ahora... -Un trueno estalló como un mortero aéreo sobre nuestras cabezas. Del se
sobresaltó en la silla hasta donde le permitieron las correas, y sus ojos parecieron querer salirse de
las órbitas-. Así que ahora debo pagar el precio de mis errores. Que Dios me perdone. -Volvió a
lamerse los labios y miró a Bruto-. No olviden su promesa sobre Cascabel -dijo en voz más baja,
sólo para nosotros.
-No lo olvidaremos, no te preocupes -respondí dándole una palmada en la mano fría como la
arcilla-. Irá a Ratilandia.
-Y una mierda dijo Percy mientras abrochaba la última correa sobre el pecho de Delacroix-.
Ese lugar no existe. Los muchachos te han contado un cuento de hadas para tranquilizarte. Creí
que lo sabías, maricón.
Un brillo extraño en los ojos de Del me indicó que una parte de él ya lo sabía, aunque se
resistía a aceptarlo. Miré a Percy, sorprendido y furioso, y él me devolvió la mirada, como si me
preguntara qué iba a hacer al respecto. Por supuesto, me tenía en sus manos. Yo no podía hacer
nada delante de los testigos, con Delacroix sentado en la frontera entre la vida y la muerte. Todo lo
que quedaba por hacer era acabar de una vez.
Percy cogió la capucha del gancho y la colocó sobre la cara del francés, ajustándola debajo
de la barbilla. El siguiente paso consistía en coger la esponja del cubo y colocarla en el casquete, y
ahí fue donde Percy se apartó de la rutina por primera vez: en lugar de inclinarse y sacar la
esponja, descolgó el casquete del respaldo de la silla y se agachó con él en la mano. En otras
palabras, en lugar de acercar la esponja al casquete -la forma corriente de hacerlo- acercó el
casquete a la esponja. Debí advertir que algo no iba bien, pero estaba demasiado nervioso. Fue la
única ejecución en que me sentí completamente fuera de control. En cuanto a Bruto, en ningún
momento miró a Percy, al menos mientras éste se inclinaba sobre el cubo (de tal forma que
ocultaba con su cuerpo lo que hacía) o cuando se incorporó y se volvió hacia Del con el círculo de
esponja marrón dentro del casquete. Bruto miraba la tela que cubría la cara del francés,
contemplaba la forma en que la seda se le pegaba, dibujando el círculo de la boca abierta de
Delacroix, y se separaba otra vez cuando el condenado exhalaba el aire. Gruesas gotas de sudor
caían por la frente y las sienes del guardia, justo debajo del cuero cabelludo. Era la primera
ejecución en que veía sudar a Bruto. Detrás de él, Dean parecía aturdido y enfermo, como si se
esforzara para no vomitar la cena. Ahora sé que todos intuíamos que algo iba mal, aunque no
pudiéramos determinar qué. En aquel momento nadie sabía que Percy había estado interrogando a
Jack van Hay. Le había hecho muchas preguntas, aunque en su mayor parte eran para disimular su
verdadera intención. Lo que Percy quería saber -lo único que quería saber- era el cometido que
cumplía la esponja. Por qué se la mojaba en solución salina... y qué podía ocurrir si no se hacía.
Qué podía ocurrir si la esponja estaba seca.
Percy colocó el casquete sobre la cabeza de Delacroix. El hombrecillo se sobresaltó y volvió
a gemir, esta vez más alto. Algunos testigos se movieron incómodos en sus asientos. Dean dio un
paso al frente con la intención de ayudar a sujetar la correa de la barbilla, pero Percy le hizo una
señal de que se alejara. Dean obedeció, encorvando ligeramente la espalda y dando un respingo
cuando otro trueno sacudió el almacén. Esta vez se oyeron las primeras gotas de lluvia sobre el
tejado. Sonaban fuertes, como si alguien arrojara puñados de cacahuetes contra una tabla de lavar.
Sin duda habréis oído la expresión «se me heló la sangre». Seguro. Todo el mundo la usa,
pero la única vez en mi vida que sentí que me ocurría algo parecido fue aquella temprana y
tormentosa madrugada de 1932, diez segundos después de medianoche. No fue la ponzoñosa
expresión de triunfo en la cara de Percy Wetmore mientras se apartaba de la figura encapuchada y
amarrada a la Freidora; fue lo que debería haber visto y no vi. Las mejillas de Delacroix no estaban
mojadas con el agua que debía caer del casquete. Entonces entendí.
-Eduard Delacroix -decía Percy-, de acuerdo con la ley del estado, ahora se le aplicará una
descarga eléctrica que pondrá fin a su vida.
Miré a Bruto con una angustia que reducía el dolor de mi infección urinaria a la categoría de
un simple golpe en el dedo.
«¡La esponja está seca!», articulé en silencio, moviendo los labios, pero Bruto no entendió,
sacudió la cabeza y volvió a mirar la capucha del francés, donde sus últimos esfuerzos por respirar
hacían que la seda se pegara a su cabeza y se separara de ella, alternativamente.
Cogí a Percy del codo, pero se apartó de mí con una mirada serena. Fue una mirada fugaz,
pero lo dijo todo. Más tarde contaría mentiras y verdades a medias que la gente importante creería,
pero yo sabía la verdad. Percy era un buen alumno cuando algo le interesaba (lo habíamos
descubierto en los ensayos) y escuchó con atención cuando Van Hay le explicó que la esponja
mojada en solución salina conducía la electricidad, convirtiendo la descarga en una especie de
proyectil que iba directamente al cerebro. Sí; Percy sabía muy bien lo que hacía. Supongo, que más
tarde le creí cuando dijo que no sabía lo lejos que llegaría, pero eso no cuenta, ¿verdad? Yo creo
que no. Sin embargo, no podía hacer nada, a menos que gritara delante del ayudante del alcaide y
de todos los testigos que no accionaran el interruptor. Creo que si me hubieran dado otros cinco
segundos lo habría hecho, pero Percy no me los concedió.
-Que Dios se apiade de su alma -dijo al hombrecillo jadeante y aterrorizado sentado en la
silla, luego miró hacia el rectángulo de tela metálica donde aguardaban Harry y Jack; este último
con la mano en el interruptor que rezaba «El secador de pelo de Mabel». El médico estaba de pie a
la derecha de la ventana, tan silencioso e inexpresivo como era habitual en él, con la mirada fija en
el maletín negro que tenía a sus pies.
-Descarga dos.
Al principio, todo fue como de costumbre: un zumbido un poco más alto que el primero,
aunque no demasiado, y la involuntaria sacudida hacia adelante del cuerpo de Delacroix debida a
los espasmos musculares.
Entonces las cosas se torcieron. El zumbido se volvió vacilante y siguió un chasquido, como
si alguien arrugara un trozo de celofán. Percibí un olor horrible, que no identifiqué como una
mezcla de esponja y pelo quemados hasta que vi los hilos azules de humo saliendo por los
costados del casquete. Más humo escapaba por el agujero situado en la parte superior del casquete
por donde entraba la electricidad; como el humo que sale de una tienda india.
Delacroix comenzó a sacudirse en la silla, moviendo de un lado a otro la cabeza cubierta por
la capucha, como expresando una negativa vehemente. Sus piernas comenzaron a dar pequeñas
patadas, detenidas por las correas que rodeaban sus tobillos. Otro trueno retumbó sobre nuestras
cabezas y la lluvia arreció con mayor fuerza.
Miré a Dean Stanton, que me devolvió la mirada con expresión confusa. Se oyó un estallido
debajo del casquete, como cuando una piña explota en el fuego, y esta vez también vi humo debajo
de la capucha, surgiendo en pequeñas espirales.
Me acerqué a la ventana de tela metálica que nos separaba del cuarto de los interruptores,
pero antes de que pudiera abrir la boca, Brutus Howell me cogió del codo y apretó con tanta fuerza
que me hizo hormiguear los nervios. Estaba blanco como la mantequilla, pero no parecía presa del
pánico.
-No ordenes que paren -dijo en voz baja-. No lo hagas. Ya es demasiado tarde.
Al principio, cuando Del empezó a gritar, los testigos no lo oyeron. La lluvia en el tejado de
metal se había convertido en un rugido y los truenos eran continuos. Pero los que estábamos en la
plataforma oímos bien los gemidos ahogados de dolor debajo de la capucha humeante, los
chillidos de un animal herido o mutilado por una enfardadora de heno.
El zumbido del casquete era entrecortado y fuerte, interrumpido por sonidos similares a las
interferencias de radio. Delacroix comenzó a moverse de atrás adelante, como un niño que tiene
una rabieta. La plataforma tembló y Del se convulsionaba casi con fuerza suficiente para romper la
correa del pecho. La corriente lo sacudía de lado a lado y oí el crujido de su hombro derecho al
dislocarse o romperse. Siguió un ruido parecido a un martillazo sobre un cajón de madera. La
entrepierna de los pantalones, apenas visible debido a las constantes contracciones de sus piernas,
se oscureció. Entonces el francés empezó a emitir unos chillidos horribles, agudos -como los de
una rata, audibles a pesar del intenso aguacero.
-¿Qué demonios le pasa? -gritó alguien.
-¿Resistirán las correas?
-¡Dios! ¡Qué olor!
-¿Es normal todo esto? -preguntó una de las mujeres.
Delacroix se movía hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás. Percy lo miraba
boquiabierto, horrorizado. Sin duda, había esperado que ocurriese algo, pero no aquello.
La capucha que cubría la cara de Delacroix se incendió y al olor a esponja y pelo
chamuscados se sumó el de carne asada. Bruto cogió el cubo donde había estado la esponja (ahora
vacío) y corrió hacia la pila situada en un extremo de la estancia.
-¿No debería cortar la electricidad, Paul? -preguntó Van Hay a través de la tela mecánica.
Parecía perplejo-. ¿No debería...?
-¡No! -respondí. Bruto lo había entendido antes y yo estaba de acuerdo: teníamos que
terminar. Lo que quiera que hiciéramos durante el resto de nuestras vidas era secundario: en aquel
momento debíamos acabar con Eduard Delacroix-. ¡Por el amor de Dios! Sigue dándole al
interruptor. Sigue.
Me volví hacia Bruto, vagamente consciente de los comentarios de la gente a nuestras
espaldas, algunos de pie, un par gritando.
-¡Deja eso! -grité-. ¡Nada de agua! ¡Nada de agua! ¿Estáis locos?
Bruto me miró y comprendió. Arrojar agua sobre un hombre que recibía una descarga
eléctrica era lo último que debía hacerse. Miró alrededor, vio el extintor colgado en la pared y fue
en su busca. Buen chico.
La capucha se había abierto lo suficiente para revelar una cara más negra que la de John
Coffey. Los ojos de Del, ahora globos blancos de gelatina transparente, habían saltado de sus
órbitas y caían sobre sus mejillas. Noté que las pestañas habían desaparecido y que los párpados
ardían. Salía humo del cuello entreabierto de la camisa, que también se incendió. Y el zumbido de
la electricidad continuaba, vibraba en mi cabeza. Creo que fue algo similar a lo que oyen los locos.
Dean dio un paso al frente, creyendo ingenuamente que podría apagar las llamas de la camisa
de Del con las manos, y tiré de él con tanta fuerza como para levantarlo en vilo. Tocar a Delacroix
en aquel momento era como meterse en la boca del lobo. En este caso, un lobo electrificado.
No me volví a mirar qué ocurría detrás de nosotros, pero parecía un infierno; sillas que caían,
gente chillando, una mujer que gritaba a voz en cuello: « ¡Paren, paren! ¿No ven que ya ha tenido
suficiente?» Curtis Anderson me cogió del hombro y preguntó qué demonios pasaba y por qué no
ordenaba a Jack que cerrara la corriente.
-Porque no puedo -respondí-. Hemos llegado demasiado lejos para parar ahora, ¿no lo ves?
De cualquier modo, todo acabará en unos segundos.
Pero pasaron al menos dos minutos antes de que acabara, los dos minutos más largos de mi
vida, y creo que Delacroix permaneció consciente todo el tiempo. Gritaba, temblaba, se sacudía.
Salía humo de sus orificios nasales y de su boca, que había adquirido el color morado de las
ciruelas maduras. La lengua humeaba como una plancha caliente y los botones de la camisa
estallaban o se derretían. La camiseta no se había incendiado, pero estaba achicharrada y
percibíamos claramente el olor a quemado del vello del pecho.
La gente corrió hacia la puerta como un rebaño en estampida, pero no pudo salir (al fin y al
cabo estábamos en una prisión), de modo que permaneció apiñada allí mientras Delacroix se asaba
vivo. «Me estoy friendo -había dicho el viejo Tuu en el ensayo de la ejecución de Arlen
Bitterbuck-. Soy un pavo asado.» Los truenos continuaban y la lluvia caía del cielo con justificada
furia.
En cierto momento recordé al médico y lo busqué con la mirada. Seguía allí, pero tendido en
el suelo al lado del maletín negro. Se había desmayado.
Bruto se acercó a mí con el extintor en la mano.
-Todavía no -dije.
-Ya lo sé.
Buscamos a Percy y lo encontramos detrás de la Freidora, paralizado, con los ojos muy
abiertos, mordiéndose los nudillos.
Por fin Delacroix cayó hacia atrás con la cara desfigurada inclinada sobre un hombro. Seguía
temblando, pero sabíamos por experiencia que era sólo por efecto de la corriente. El casquete había
caído ligeramente a un lado, pero cuando lo retiramos unos minutos después, la mayor parte del
cuero cabelludo y el pelo que quedaba se desprendieron con él, como pegados al metal por un
poderoso adhesivo.
-¡Corta! -grité a Jack tras unos treinta segundos en que el bulto carbonizado, deforme y
humeante sentado en la silla eléctrica sólo se movía con los espasmos de la electricidad. El
zumbido se cortó en el acto e hice un gesto de asentimiento a Bruto.
El guardia se volvió y arrojó el extintor en los brazos de Percy con tanta fuerza que estuvo a
punto de derribarlo de la plataforma.
-Hazlo tú -dijo Bruto-. Al fin y al cabo eres el maestro de ceremonias, ¿no es así?
Percy le dirigió una mirada entre desdeñosa y asesina, colocó el extintor en posición,
bombeó y lanzó una enorme nube de espuma blanca sobre el hombre de la silla. Noté que las
piernas de Delacroix se sacudían otra vez cuando el chorro le dio en la cara y pensé: « ¡Oh, no,
tendremos que empezar otra vez», pero no hubo más movimientos.
Anderson tranquilizaba a los testigos asustados, les decía que todo iba bien, que todo estaba
bajo control, que la tormenta eléctrica había producido una subida de tensión y que no había razón
para preocuparse. Sólo faltó que les dijera que lo que en realidad olían -una asquerosa mezcla de
pelo chamuscado, carne frita y mierda fresca- era Chanel n.° 5.
-Coge el estetoscopio del médico -dije a Dean cuando se agotó el contenido del extintor.
Delaeroix estaba cubierto de blanco y lo peor del hedor había sido reemplazado por un punzante
olor a producto químico.
-El médico... ¿Debería...?
-Olvídate del médico; limítate a coger su estetoscopio -dije-. Terminemos con esto y
saquémoslo de aquí.
Dean asintió. Le gustaba la idea de terminar y sacar a Delacroix de allí. Nos gustaba a
ambos. Abrió el maletín negro y comenzó a buscar. El médico empezaba a moverse, señal de que
no había sufrido una apoplejía o un ataque al corazón.
Eso era bueno. Aunque la forma en que Bruto miraba a Percy no lo era.
-Ve al túnel y espera junto a la camilla -dije.
Percy tragó saliva.
-Paul, yo no sabía...
-Cierra el pico. Ve al túnel y espera junto a la camilla. Ahora mismo.
Volvió a tragar saliva, hizo una mueca como si lo hubiera ofendido, y se dirigió hacia la
puerta que conducía a las escaleras y el túnel. Llevaba el extintor en los brazos como si fuera una
criatura. Dean pasó a su lado con el estetoscopio. Lo cogí y me lo puse en los oídos. Lo había
usado alguna vez cuando estaba en el ejército, y es como montar en bicicleta, no se olvida.
Limpié la espuma del pecho de Delacroix y estuve a punto de vomitar al ver que una parte de
su piel se desprendía de la carne como... bueno, como la piel de un pavo asado.
-¡Dios mío! -sollozó a mi espalda una voz que no reconocí-. ¿Siempre es así? ¿Por qué no
me avisaron? No habría venido.
«Demasiado tarde, amigo», pensé.
-Sacad a ese hombre de aquí -dije dirigiéndome a Bruto, a Dean o a quienquiera que me
oyese. Lo dije cuando estuve seguro de que no vomitaría sobre el regazo humeante de Delacroix-.
Llevarlos a todos hacia la puerta.
Me armé de valor y apoyé el disco del estetoscopio en el surco negro y rojo de carne viva
que había abierto en el pecho de Delacroix. Escuché, rezando para no oír nada, y así fue.
-Está muerto -dije a Bruto. -Gracias a Dios. -Sí. Gracias a Dios. Tú y Dean coged la camilla.
Desabrochemos las correas y saquémoslo de aquí lo antes posible.
5
Bajamos los doce escalones y descargamos el cuerpo en la camilla. Mi mayor terror era que
la carne chamuscada se desprendiera de los huesos mientras lo manipulábamos -no podía olvidar la
imagen del pavo asado-, pero no fue así.
Curtis Anderson permaneció arriba, tranquilizando a los testigos; o al menos intentándolo, y
fue una suerte para Bruto, porque no pudo verlo cuando se dirigió hacia la parte delantera de la
camilla y se precipitó sobre Percy, que parecía atónito. Lo cogí de un brazo y eso también fue una
suerte para ambos. Suerte para Percy porque Bruto iba a darle un golpe de muerte, y suerte para
Bruto porque de haberlo hecho habría perdido su empleo o incluso acabado en prisión.
-No -dije.
-¿Qué quieres decir? -preguntó con ira-. Has visto lo que ha hecho. ¿Vas a seguir
permitiendo que se escude en sus relaciones después de lo que ha hecho?
-Sí.
Bruto me miró boquiabierto y con una expresión de furia tal en los ojos que parecía a punto
de echarse a llorar.
-Escucha, Bruto, si le pegas todos perderemos el trabajo. Tú, Dean, yo y quizá el propio Jack
van Hay. Los demás ascenderán un puesto o dos, empezando por Bill Dodge, y la comisión
directiva contratará a tres o cuatro parados para cubrir el hueco. Quizá tú puedas permitírtelo,
pero... -señalé con un pulgar a Dean, que miraba el húmedo túnel de ladrillos con las gafas en la
mano y parecía tan aturdido como Percy- ¿qué me dices de Dean? Tiene dos hijos, uno en el
instituto y otro a punto de entrar.
-Entonces ¿qué hacemos? -preguntó Bruto-. ¿Permitir que salga impune?
-No sabía que hubiese que mojar la esponja -dijo Percy con voz débil, mecánica.
Naturalmente, era la versión que tenía preparada de antemano, cuando esperaba cometer una
simple picardía en lugar del cataclismo que acababa de presenciar-. Cuando ensayábamos no la
mojábamos.
-Maldito cabrón -dijo Bruto y se lanzó sobre Percy. Volví a atajarlo y lo empujé hacia atrás.
Entonces se oyeron pasos en los escalones. Me volví, temeroso de ver aparecer a Curtis Anderson,
pero era Harry Terwilliger. Tenía las mejillas blancas como el papel y los labios morados, como si
acabara de comer pastel de arándanos.
Volví a concentrarme en Bruto.
-Por el amor de Dios, Bruto. Delacroix está muerto y no podemos hacer nada al respecto.
Además, Percy no vale la pena.
¿Ya tenía yo el plan en mente o comenzaba a urdirlo? Os aseguro que desde entonces me lo
he preguntado muchas veces. Me lo he preguntado durante muchos años y jamás di con una
respuesta satisfactoria. Supongo que no tiene demasiada importancia. Son muchas las cosas que no
la tienen, aunque eso no impide que uno especule sobre ellas durante años.
-Habláis de mí como si fuera imbécil -dijo Percy. Aún parecía aturdido y asombrado, como
si alguien acabara de darle un puñetazo en el estómago, pero comenzaba a recuperarse.
-Y lo eres, Percy -dije.
-Eh, no podéis...
Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no pegarle. El agua goteaba entre los ladrillos del
túnel mientras nuestras sombras se movían, grandes y deformes sobre las paredes, como las del
relato de Poe sobre la calle Morgue. Los truenos seguían sonando, aunque allí abajo llegaban
amortiguados.
-Sólo quiero oírte decir una cosa, Percy, y es que repitas la promesa de pedir el traslado a
Briar Ridge mañana mismo.
-No os preocupéis por eso -dijo con evidente mal humor. Echó un vistazo a la figura cubierta
con una sábana que yacía en la camilla, desvió la vista, me miró por un segundo y volvió a desviar
la vista.
-Será lo mejor -dijo Harry-. De lo contrario, es probable que conozcas a Bill Wharton el
Salvaje mucho mejor de lo que deseas. -Hizo una pausa-. Yo lo arreglaría.
Percy nos tenía miedo, y probablemente temía lo que pudiésemos hacerle si seguía allí
cuando descubriéramos que había hablado con Jack van Hay acerca de la esponja y el motivo por
el que había que empaparla en solución salina, pero el comentario de Harry sobre Wharton
provocó una expresión de auténtico terror en sus ojos. Supe que recordaba cómo lo había
inmovilizado Wharton, acariciándole el pelo y hablándole con dulzura.
-No te atreverías -murmuró Percy.
-Claro que sí -respondió Harry con calma-. ¿Y sabes una cosa? Nadie me culparía, porque ya
has demostrado ser un imprudente con los prisioneros. Además de incompetente, por supuesto.
Percy cerró los puños y sus mejillas se tiñeron de rojo.
-No soy ningún...
-Sí que lo eres -dijo Dean uniéndose a nosotros. Formábamos un semicírculo alrededor de
Percy, a los pies de la escalera. No tenía escapatoria, pues detrás de él la camilla le bloqueaba la
salida con su carga de carne humeante oculta debajo de una sábana vieja-. Acabas de quemar vivo
a Delacroix. Si eso no es incompetencia, ya me dirás qué es.
Percy parpadeó. Había planeado protegerse fingiendo ignorancia y ahora descubría que había
caído en su propia trampa. No sé qué habríamos dicho a continuación, porque en ese preciso
momento Curtis Anderson bajó por las escaleras corriendo. Al oírlo, nos apartamos un poco de
Percy para que no pareciera que lo amenazábamos.
-¿Qué demonios ha sido eso? -rugió Anderson-. ¡Por todos los santos! Allí arriba el suelo
está cubierto de vómitos. ¡Y el olor! He ordenado a Magnusson y al viejo Tuu que abran las
ventanas, pero apuesto a que ese olor no desaparecerá en cinco años. Y el maldito Wharton está
cantando. Lo he oído.
-¿Acaso desafina, Curt? -preguntó Bruto. Ya sabéis que uno puede quemar el gas de un
escape con una chispa sin resultar herido, siempre, claro está, que lo haga antes de que la
concentración sea demasiado alta. Aquello fue igual. Miramos a Bruto por un instante y luego
estallamos en carcajadas. Nuestra risa sonora, histérica, retumbó en el túnel sombrío como el
aleteo de murciélagos. Nuestras sombras se inclinaron y temblaron en las paredes. Al final, incluso
Percy se unió a nosotros. Por fin la risa se desvaneció y todos nos sentimos un poco mejor.
Volvimos a sentirnos cuerdos.
-Muy bien, muchachos -dijo Anderson enjugándose las lágrimas con un pañuelo y todavía
soltando una risita ocasional-. ¿Qué demonios ha ocurrido?
-Fue una ejecución -dijo Bruto. Su tono sereno sorprendió a Anderson, pero no a mí, o al
menos no demasiado. Bruto siempre se las apañaba para quitar dramatismo a las cosas-. Y
efectiva.
-¿Cómo puedes calificar de efectivo un aborto eléctrico como ése? ¡Los testigos no dormirán
en un mes! ¡Qué digo!; ese gordo cabrón no dormirá en un año entero.
Bruto señaló la camilla y el bulto situado debajo de la sábana.
-Está muerto, ¿no es cierto? En cuanto a los testigos, mañana la mayoría le contará a sus
amigos que fue un acto de justicia divina: Del quemó vivas a varias personas y nosotros lo
quemamos vivo a él. Claro que no dirán que fuimos nosotros, sino la voluntad divina que se
manifestó a través de nosotros. Y quizá haya algo de cierto en ello. ¿Y sabes qué es lo mejor? ¿La
más pura verdad? La mayoría de sus amigos desearán haber estado aquí para verlo. -Al decir esto,
miró a Percy con una mezcla de repulsión e ironía.
-¿Y qué más da si se enfadan un poco? -preguntó Harry-. Vinieron por voluntad propia.
Nadie los obligó.
-Yo no sabía que la esponja debía estar mojada -repitió Percy como un robot-. En los
ensayos no la mojábamos.
Dean lo miró con disgusto.
-¿Cuántos años estuviste meándote sobre la tapa del water antes de que te dijeran que había
que levantarla? -se mofó.
Percy abrió la boca para responder, pero les dije que cerrara el pico y, milagrosamente, me
hizo caso. Entonces me volví hacia Anderson.
-Percy lo fastidió todo, Curtis, ésa es la pura verdad. -Lo miré, desafiándolo a que me
contradijera, pero no lo hizo, quizá porque leyó mis pensamientos: era mejor que Anderson
pensara que se trataba de un estúpido error y no de una fechoría deliberada.
Además, lo que se dijera en el túnel no tenía importancia. Lo que le importaba, lo único que
importa a los Percy Wetmore del mundo, es el informe que reciben oralmente o por escrito los
peces gordos.
Anderson nos miró a los cinco con perplejidad. Miró incluso a Del, aunque éste ya no podía
hablar.
-Supongo que podría haber sido peor -dijo.
-Es cierto -asentí-. Podría seguir vivo.
Curtis parpadeó. Era obvio que esa posibilidad no se le había cruzado por la cabeza.
-Quiero un informe completo de este asunto mañana -ordenó-. Y ninguno de vosotros
hablará con el alcaide Moores antes de que lo haga yo. ¿De acuerdo?
Sacudimos la cabeza con vehemencia. Si Curtis Anderson quería contárselo todo al alcaide
personalmente, no teníamos nada que objetar.
-Eso si los periodistas no lo publican en los periódicos... -añadió.
-No lo harán -dije-. Si lo hacen, los editores los matarán. Demasiado macabro para las
familias. Pero ni siquiera lo intentarán; los que vinieron esta noche eran todos veteranos. A veces
las cosas salen mal; eso es todo. Lo saben tan bien como nosotros.
Anderson reflexionó por un instante y luego asintió con la cabeza. Se volvió hacia Percy con
una expresión de asco en el rostro habitualmente sereno.
-Eres un imbécil y no me caes bien -dijo. Percy lo miraba atónito-. Pero si le cuentas a
alguno de tus amiguitos que he dicho esto, lo negaré. Y estos hombres me respaldarán. Te has
metido en una buena, chico.
Se volvió y empezó a subir por las escaleras. Cuando iba por el cuarto escalón, lo llamé:
-¿Curtis?
Se volvió con expresión inquisitiva, pero no dijo nada.
-No debes preocuparte por Percy -dije-. Pronto se trasladará a Briar Ridge. A un puesto
mejor y más importante. ¿No es verdad, Percy?
-En cuanto acepten el traslado -añadió Bruto.
-Y mientras tanto, pedirá la baja por enfermedad todas las noches -terció Dean.
Eso enfureció a Percy, que no había trabajado el tiempo suficiente en la prisión para
acumular días de baja pagados. Miró a Dean y dijo con tono de disgusto:
-Eso es lo que tú crees.
6
Volvimos al bloque alrededor de la una y cuarto (todos excepto Percy, a quien mandé a
limpiar el almacén) y me puse a escribir el informe. Decidí hacerlo en la mesa de entrada.
Si me
sentaba en la cómoda silla de mi despacho, había grandes posibilidades de que me quedase
dormido. Quizá os parezca extraño, considerando lo que había ocurrido una hora antes, pero tenía
la impresión que desde las once de la noche del día anterior había vivido tres vidas seguidas sin
dormir.
John Coffey estaba de pie junto a los barrotes de su celda, con lágrimas en sus ojos extraños
y distantes. Eran como sangre que manase de una herida incurable pero indolora. Más cerca de la
mesa, Wharton estaba sentado en el camastro, moviéndose de lado a lado y entonando una canción
que se había inventado y no completamente carente de sentido. Si no recuerdo mal, decía algo así:
¡Asémonos, tú y yo, oh, oh, oh! ¡Sangrantes y humeantes, oh, oh, oh! No fue Roy, no fue
Phylly, no fue Jackie, no fue Billy. ¡Fue un franchute apestoso, oh, oh, oh, llamado Delacroix, oh,
oh, oh!
-Calla, degenerado -dije.
Wharton sonrió mostrando los dientes podridos. Él no se estaba asando, al menos por el
momento. Estaba contento, feliz, y parecía que en cualquier momento iba a empezar a bailar
claque.
-Entra y hazme callar-dijo con tono jocoso, y enseguida empezó otra estrofa de la «canción
de la barbacoa», cuya letra no carecía de sentido. Algo pasaba aquella noche, no cabía duda.
Wharton demostraba un ingenio bilioso y repulsivo, pero brillante a su manera.
Me acerqué a John Coffey, que se enjugó las lágrimas con el dorso de las manos. Tenía los
ojos rojos e irritados y me pareció que también él estaba exhausto. No era lógico en el caso de un
hombre que apenas caminaba dos horas diarias por el patio de ejercicios y pasaba el resto del día
sentado, pero su cansancio era evidente.
-Pobre Del -dijo en voz baja y grave-. Pobre Del.
-Sí -dije-. Pobre Del. ¿Te encuentras bien, John?
-Del ya no sufre -dijo Coffey-. ¿Verdad, jefe?
-Sí, pero responde a mi pregunta, John: ¿te encuentras bien?
-Del ya no sufre. Ha tenido suerte. No importa cómo haya sido, ahora tiene más suerte que
ninguno.
Pensé que Delacroix tal vez no hubiese estado de acuerdo con ese punto de vista, pero no lo
dije. En su lugar, eché un vistazo a la celda de Coffey.
-¿Dónde está Cascabel?
-Corrió hacia allí -respondió señalando la celda de seguridad.
Asentí con la cabeza.
-Bueno, ya volverá.
Pero no lo hizo. Los días de Cascabel en el pasillo de la muerte habían terminado. El único
rastro de él fue lo que Bruto encontró ese invierno: unas cuantas astillas de madera de colores y el
olor a caramelo de menta que salía de la grieta de una viga.
Pensé en marcharme, pero no lo hice. Miré a John Coffey y él me devolvió la mirada como
si leyera mis pensamientos. Me dije que debía volver a la mesa de entrada a escribir el informe,
pero en su lugar pronuncié su nombre:
John Coffey.
-Sí, jefe -respondió de inmediato.
A veces un hombre necesita imperiosamente saber algo, y eso es lo que me ocurrió en aquel
momento. Me agaché y comencé a quitarme un zapato.
7
Cuando llegué a casa la lluvia había amainado y una luna tardía asomaba sobre las colinas
del norte. El sueño parecía haber desaparecido con las nubes.
Estaba totalmente despierto y tenía la
impresión de que llevaba conmigo el olor de Delacroix. Pensé que lo olería en mi piel -asémonos,
tú y yo, sangrantes y humeantes, oh, oh, oh- durante mucho tiempo.
Janice me esperaba levantada, como todas las noches en que había ejecución. No pensaba
contarle lo ocurrido, no veía el sentido de torturarla, pero cuando entré le bastó con mirarme a la
cara para intuir algo, y quiso saberlo todo. De modo que me senté, cogí sus manos cálidas entre las
mías frías (la calefacción de mi viejo Ford no funcionaba bien y la temperatura había bajado varios
grados después de la tormenta) y le conté lo que creí que deseaba oír. Sin embargo, en mitad de la
historia me eché a llorar. No lo esperaba, y me sentía algo avergonzado, aunque sólo un poco. Al
fin y al cabo, estaba con mi esposa, y ella nunca me reñía por desviarme del camino que creía que
debía seguir un hombre... bueno, que debía seguir yo. Un hombre con una buena esposa es la
criatura más afortunada del mundo, y supongo que el que no la tiene debe de ser el más
desgraciado. Su única bendición es que quizá no sea consciente de ello. Lloré con la cabeza
apretada a su pecho y cuando pasó mi pequeña tormenta me sentí mejor... al menos un poco mejor.
Creo que fue entonces cuando se me ocurrió la idea. No me refiero al zapato. El zapato guardaba
cierta relación, pero eso no era todo. La idea de la que hablo fue una especie de iluminación:
entonces tomé conciencia de que John Coffey y Melinda Moores, por distintos que fueran en
tamaño, color y raza, tenían exactamente la misma mirada: triste, distante, de aflicción. La mirada
de un moribundo.
-Ven a la cama -dijo mi esposa por fin-. Ven a la cama conmigo, Paul.
Le obedecí, hicimos el amor y cuando terminamos se durmió. Tendido allí, mirando la
sonrisa de la luna y escuchando las vibraciones de las paredes, que por fin dejaban paso al otoño
después de un largo verano, recordé a John Coffey diciendo que había ayudado al ratón. «He
ayudado al ratón de Del. A Cascabel. Es un ratón de circo.»
«Seguro», pensé. Y quizá todos fuésemos ratones de circo, yendo de aquí para allí, apenas
conscientes de que Dios y sus guardianes divinos nos miraban en nuestras casas de cartón a través
de ventanas de vidrio esmerilado.
Cuando el día empezó a aclarar, conseguí dormir un poco; tal vez dos o tres horas, aunque lo
hice como suelo dormir en la actualidad en Georgia Pines, intranquilo y a ratos. Antes de
dormirme pensé en las iglesias de mi juventud. Los nombres cambiaban de acuerdo con los
caprichos de mi madre y sus hermanas, pero eran todas iguales: las iglesias de Alabado sea jesús,
el Señor es Poderoso. A la sombra de aquellas torres romas y cuadrangulares, la idea de redención
nos llegaba con la misma regularidad que la campana que invitaba a los fieles a orar. Sólo Dios
podía perdonar los pecados, podía y lo hacía, lavándolos con la sangre agónica de su Hijo
crucificado, pero eso no excusaba a Sus hijos de eludir la responsabilidad de redimirse por esos
pecados (o incluso por menos errores de juicio) siempre que fuera posible. La redención era
poderosa; era la llave de la puerta que dejaba atrás el pasado.
Me dormí pensando en la redención, en Eduard Delacroix incendiándose bajo el rugido de
los truenos, en Melinda Moores y en el grandullón con los ojos siempre llorosos. Esos
pensamientos se convirtieron en un sueño. En él, Jóhn Coffey estaba sentado a la orilla de un río,
lanzando gritos incoherentes y desesperados al cielo del amanecer mientras en la orilla opuesta un
tren de mercancías corría vertiginosamente hacia el oxidado viaducto que cruzaba Trapingus. El
negro acunaba en sus brazos los cuerpos desnudos de dos niñas rubias. Sus puños, similares a
enormes rocas marrones, estaban crispados. Alrededor de él cantaban los grillos y revoloteaban los
mosquitos, mientras el día ardía de calor. En mi sueño yo me acercaba a él, me arrodillaba a su
lado y le cogía las manos. Entonces sus puños se abrían y revelaban sus secretos. En uno de ellos
había un carrete de color verde, rojo y amarillo; en el otro, el zapato de un guardia.
-No pude evitarlo -dijo John Coffey-. Lo intenté, pero era demasiado tarde.
Y esta vez, en mi sueño, le entendí.
8
A las nueve de la mañana siguiente, mientras tomaba la tercera taza de café (aunque mi
esposa no dijo nada, advertí la desaprobación en su cara cuando me la trajo) sonó el teléfono.
Entré
en el vestibulo y levanté el auricular. La telefonista me dijo que había alguien al otro lado. Luego
me deseó un buen día y colgó... al menos en apariencia. En aquellos tiempos, nunca sabías si
estaban escuchándote.
La voz de Hal Moores me impresionó. Sonaba grave y vacilante, como la de un octogenario.
Pensé que era una suerte que hubiéramos arreglado las cosas con Curtis Anderson en el túnel, que
era una suerte que estuviera de acuerdo con nosotros acerca de Percy, porque el hombre con quien
hablaba no volvería a trabajar en Cold Mountain.
-Paul. Tengo entendido que anoche hubo problemas. Y también sé que nuestro amigo Percy
Wetmore estuvo implicado.
-Hubo algún problema -admití, cogiendo el auricular con fuerza-, pero lo importante es que
el trabajo se hizo.
-Sí, claro.
-¿Puedo preguntarle quién se lo ha contado? -«Para atar cabos», pensé, aunque no lo dije.
-Puedes preguntármelo, pero como no es asunto tuyo, prefiero no contestarte. Sin embargo,
cuando telefoneé al despacho para ver si tenía algún recado o había algún asunto urgente, me
contaron algo interesante.
-¿Ah, sí?
-Sí. Parece que había una solicitud de traslado en mi escritorio. Percy Wetmore quiere
marcharse a Briar Ridge lo antes posible. Debe de haber rellenado la solicitud antes de que acabara
el turno de anoche, ¿no crees?
-Eso parece -asentí.
-En circunstancias normales, dejaría que Curtis se ocupara de ello, pero teniendo en cuenta la
atmósfera que se respira en el bloque E en los últimos tiempos, le he pedido a Hannah que me
traiga la solicitud a la hora de comer. Ella ha aceptado amablemente. Aprobaré la solicitud y la
enviaré a la capital esta misma tarde. Creo que Percy se marchará en un mes. Quizá antes incluso.
Esperaba que me alegrase con la noticia, y tenía razones para hacerlo. Robaría tiempo del
cuidado de su esposa para ocuparse de un asunto que en otro caso podría llevar seis meses, a pesar
de las relaciones de Percy. Sin embargo, sentí un vuelco en el corazón. ¡Un mes! Aunque quizá
diera igual. La llamada me libraba del deseo perfectamente natural de esperar antes de realizar un
acto arriesgado, y lo que pensaba en aquel momento era realmente arriesgado. En casos como ése,
a veces es mejor precipitarse antes de perder el valor. Si teníamos que vérnoslas con Percy (eso
suponiendo que los demás estuvieran de acuerdo con mi locura; es decir, suponiendo que pudiera
hablar en plural), mejor hacerlo aquella misma noche.
-¿Estás ahí, Paul? -susurró, como si hablara para sí-. Demonios, creo que se ha cortado la
comunicación.
-No. Estoy aquí, Hal. Es una gran noticia.
-Sí -asintió, y otra vez pensé que hablaba como un viejo, o al menos como una persona muy
frágil-. Ah, ya sé lo que piensas. -«No, alcaide», pensé. «Ni en un millón de años podría imaginar
lo que pienso»-. Piensas que nuestro amigo seguirá allí para la ejecución de Coffey. Es probable,
porque está prevista antes del día de Acción de Gracias, pero siempre puedes ponerlo en el cuarto
de los interruptores. Nadie protestará. Ni siquiera él, según creo.
-Lo haré -dije-. Y ¿cómo está Melinda?
Se produjo una larga pausa, tan larga que de no ser por el ruido de la respiración de Hal al
otro lado de la línea esta vez habría sido yo quien pensara que se había cortado la comunicación.
Cuando habló, lo hizo con voz mucho más baja:
-Se está hundiendo -dijo.
«Hundiendo.» La palabra que usaban en otros tiempos para evitar decir que alguien se moría,
aunque dando a entender que comenzaba a alejarse de la vida.
-Los dolores se han calmado un poco, al menos por el momento... pero no puede caminar sin
ayuda, no puede sostener las cosas, se hace pis en la cama... -Siguió otra pausa y Hal volvió a bajar
la voz para pronunciar algo que sonó como «dice».
-¿Qué dice, Hall -pregunté con el entrecejo fruncido. Mi esposa había entrado en el vestíbulo
y me miraba mientras se secaba las manos con un trapo de cocina.
-No dijo con una mezcla de rabia y tristeza-. Maldice.
-Ah. -Aún no entendía qué quería decir, pero no pregunté. No tuve necesidad de hacerlo.
-Está perfectamente normal, hablando de las flores del jardín, de un vestido que vio en un
catálogo o de lo que oyó decir a Roosevelt por la radio y de lo maravilloso que le parece y de
repente comienza a decir las cosas más horribles... las palabras más espantosas. No levanta la voz,
aunque quizá fuese mejor que lo hiciera, porque entonces uno entendería, entonces...
-Parecería otra persona.
-Exactamente -dijo, agradecido-. Pero oírla usar ese lenguaje horrible con la voz dulce de
siempre... Perdóname, Paul. -Su voz se quebró y oí que se aclaraba la garganta. Luego continuó,
un poco más alto pero con el mismo tono de angustia-. Quiere que venga el pastor Donaldson y sé
que sería un consuelo para ella, pero ¿cómo voy a pedírselo? Imagina que está leyendo las
escrituras con ella y lo insulta. Lo haría. Lo hizo conmigo anoche. Me dijo: «Pásame esa revista,
soplapollas.»
Paul, ¿de dónde ha sacado ese lenguaje? ¿Cómo es posible que conozca esas palabras?
-No lo sé, Hal. ¿Estarán en casa esta tarde?
Cuando se encontraba bien, cuando no lo torturaba el dolor o la preocupación, Hal Moores
tenía una vena sarcástica y cortante. Sus subordinados temían esa cualidad más que su furia o su
desdén. Su ironía, por lo general impaciente y brusca, podía herir como un ácido, y en aquel
momento me salpicó. Fue algo inesperado, pero me alegré de oírlo. Después de todo, parecía que
no había perdido las ganas de luchar.
-No -dijo-. Melinda y yo saldremos a bailar. Espalda contra espalda, giro a la izquierda, y
luego le diremos al violinista que es un cochino soplapollas.
Me cubrí la boca con la mano para reprimir la risa. Por suerte, la tentación pasó deprisa.
-Lo siento -dijo-. Últimamente no duermo bien y estoy de mal humor. Por supuesto que
estaremos en casa. ¿Por qué lo preguntas?
-No tiene importancia -respondí.
-No estarás pensando en venir a visitarnos, ¿verdad? Porque si anoche estabas de guardia,
hoy también. A menos que hayas cambiado el turno con alguien.
-No; no lo he cambiado -dije-. Esta noche estoy de guardia.
-De todos modos, tal como está Melinda, no sería buena idea.
-Quizá no. Gracias por la noticia.
-De nada. Y reza por Melinda, Paul.
Respondí que sí, pensando que tal vez hiciera algo más que rezar. Como dicen en la iglesia,
Dios ayuda a los que se ayudan. Colgué el auricular y miré a Janice.
-¿Cómo está Melly? -preguntó.
-No muy bien. -Le conté lo que me había dicho Hal, incluyendo la parte de los tacos, aunque
no mencioné la palabra «soplapollas». Terminé diciendo que según Hal se estaba «hundiendo» y
ella me miró con atención.
-¿Qué estás tramando? Porque estás tramando algo, y quizá no sea buena idea. Lo veo en tu
cara.
No podía mentirle, pues en nuestra relación nunca había habido cabida para las mentiras,
pero le dije que era mejor que no lo supiera, al menos por el momento.
-¿Es algo que podría crearte problemas? -En realidad, más que alarmada por la idea parecía
interesada, sencillamente. Era una de las cosas que más me gustaban de ella.
-Quizá.
-¿Es bueno?
-Quizá -repetí.
Seguía de pie, haciendo girar ociosamente la manivela del teléfono con una mano mientras
con los dedos de la otra apretaba la palanca de conexión.
-¿Quieres que te deje solo mientras usas el teléfono? -preguntó-. ¿Que sea una buena
mujercita y me largue a lavar los platos o a tejer?
Asentí con un gesto.
-Yo no lo diría de ese modo, pero...
-¿Tendremos algún invitado a comer, Paul?
-Eso espero -dije.
9
Hablé con Bruto y con Dean de inmediato, porque los dos tenían teléfono. Harry no tenía, al
menos en aquel entonces, pero llamé al vecino más cercano y me devolvió la llamada veinte
minutos más tarde, avergonzado por hacerlo a cobro revertido y prometiéndome que la pagaría
cuando llegase el recibo
. Le dije que hablaríamos de eso en su momento y lo invité a comer en
casa. Bruto y Dean estarían allí, y Janice había prometido preparar su famosa ensalada de col, por
no mencionar su aún más famoso pastel de manzanas.
-¿Una comida sin un motivo especial? -preguntó con escepticismo.
Admití que quería hablar con ellos de un asunto, pero que prefería no mencionarlo por
teléfono. Harry aceptó la invitación. Colgué el auricular, me acerqué a la ventana y miré a través
de ella con aire pensativo. No había despertado a Bruto ni a Dean, y lo cierto es que tampoco
parecía que Harry acabara de salir del reino de los sueños. Por lo visto, yo no era el único que
estaba perturbado por lo sucedido la noche anterior, y considerando la loca idea que tenía en la
cabeza, era mejor así.
Bruto, que vivía más cerca que los demás, llegó a las once y cuarto. Dean apareció quince
minutos más tarde y Harry (vestido ya para el trabajo) un cuarto de hora después. Janice nos sirvió
bocadillos de carne fría, ensalada de col y té helado. Comimos en la cocina; un día antes lo
habríamos hecho en el porche, disfrutando de la brisa, pero después de la tormenta la temperatura
había bajado unos siete grados y un viento fuerte soplaba desde las colinas.
-Puedes sentarte con nosotros -le dije a mi esposa.
Pero Janice sacudió la cabeza.
-Prefiero no enterarme de lo que tramáis; me preocuparé menos si no sé nada. Comeré algo
en el vestíbulo. Tengo una cita con Jane Austen y es muy buena compañía.
-¿Quién es Jane Austen? -preguntó Harry cuando mi esposa se hubo marchado-. ¿Una
pariente tuya o de Janice? ¿Una prima? ¿Es guapa?
-Es una escritora, tonto -dijo Bruto-. Murió antes de que Betsy Ross confeccionara la
primera bandera americana.
-Ah. -Harry parecía avergonzado-. No leo mucho. Sólo manuales de radio.
-¿En qué estás pensando, Paul? -preguntó Dean.
-En primer lugar, en John Coffey y en Casca-bel. -Su sorpresa no me extrañó. Creo que
estaban convencidos de que iba a hablarles de Delacroix o de Percy, o quizá de ambos. Miré a
Dean y a Harry-. Lo que ocurrió con Cascabel, lo que hizo Coffey... todo fue muy rápido. No sé si
llegasteis a tiempo para ver lo destrozado que estaba el ratón.
Dean negó con la cabeza.
-No. Pero vi la sangre en el suelo.
Me volví hacia Bruto, que dijo:
-Ese hijo de puta de Percy lo aplastó. Debería haber muerto, pero no lo hizo. Coffey lo salvó,
de algún modo lo curó. Sé que suena absurdo, pero lo vi con mis propios ojos.
-También me curó a mí, y yo hice algo más que verlo, lo sentí.
Les conté lo de mi infección urinaria, cómo había recrudecido, el sufrimiento que me había
causado (señalé por la ventana la pila de leños donde me había sostenido la mañana que había
caído de rodillas a causa del dolor), cómo había desaparecido por completo después de que Coffey
me tocara. Añadí que no había vuelto a aparecer.
No me llevó mucho tiempo contar mi historia, y cuando terminé todos reflexionaron en
silencio mientras comían los bocadillos.
-Le salen unas cosas negras de la boca -dijo Dean por fin-. Como mosquitos.
-Es verdad -asintió Harry-. Al principio eran negros, aunque luego se volvieron blancos y
desaparecieron. -Miró alrededor con aire pensativo-. Es como si hubiera olvidado todo hasta que tú
me lo recordaste, Paul. ¿No es extraño?
-No tiene nada de extraño -dijo Bruto-. Creo que es lo que suele hacer la gente cuando no
alcanza a entender algo, olvidarlo. No sienta bien recordar cosas que no se entienden. ¿Y qué pasó
contigo, Paul? ¿Había bichos cuando te curó?
-Sí. Creo que son la enfermedad... el dolor... el sufrimiento. Es como si absorbiese esas cosas
y luego las dejara salir al aire.
-Donde mueren -añadió Harry.
Me encogí de hombros. No sabía si morían o no, no estaba seguro, pero tampoco tenía
importancia.
-¿Aspiró tu enfermedad? -preguntó Bruto-. Ya sabes, cuando cogió al ratón parecía que
aspiraba el dolor... o la muerte.
-No -respondí-. Me tocó, sencillamente, y sentí una especie de corriente eléctrica, aunque no
fue dolorosa. Pero yo no estaba muriéndome. Sólo sufría.
Bruto asintió.
-El contacto y la respiración. Los predicadores siempre hablan de eso.
-Alabado sea jesús, el Señor es poderoso -apostillé.
-No sé si jesús tendrá algo que ver -dijo Bruto-, pero creo que John Coffey tiene poderes.
-De acuerdo -terció Dean-. Si decís que fue así, tendré que creeros. Los caminos del Señor
son inescrutables. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros?
Ésa era la gran pregunta. Respiré hondo y les conté lo que me proponía hacer. Me
escucharon atónitos. Hasta Bruto, que solía leer revistas sobre hombrecillos verdes procedentes del
espacio, parecía atónito. Esta vez se produjo un silencio más largo, y nadie continuó con los
bocadillos.
Finalmente, Brutus Howell habló con voz serena y sensata:
-Si nos pillan perderemos el empleo, Paul, y tendríamos suerte si eso fuera todo.
Probablemente acabaríamos en el bloque A como huéspedes del estado, haciendo billeteros y
duchándonos de a dos.
-Sí -dije-. Es probable.
-Entiendo cómo te sientes -continuó-. Conoces a Moores mejor que cualquiera de nosotros.
Además de nuestro jefe es nuestro amigo, y sé que aprecias mucho a su esposa...
-Es la mujer más encantadora del mundo -dije- y significa mucho para él.
-Pero no la conocemos tan bien como tú y Janice -dijo Bruto-. ¿Verdad, Paul?
-Si la conocierais os caería bien -dije-, al menos si la hubierais conocido antes de que
enfermara. Hace muchas cosas por la comunidad, es religiosa y una buena amiga. Además, es
divertida. O lo era. Podría haceros llorar de risa con sus historias. Pero ésa no es la razón por la que
quiero salvarla, si es que puede salvarse. Lo que le ocurre es una afrenta, maldita sea. Una afrenta
a los ojos, a los oídos y al corazón.
-Muy noble, pero dudo mucho que ése sea el motivo por el que se te ha ocurrido esta idea
-dijo Bruto-. Creo que tiene que ver con Del; que quieres equilibrar la balanza de algún modo.
Tenía razón; claro que sí. Conocía a Melinda Moores mejor que los demás, pero quizá no lo
suficiente para arriesgar nuestros empleos o incluso nuestra libertad. O mi propio trabajo y mi
libertad. Tenía dos hijos adultos y lo último que deseaba en el mundo era que Janice tuviese que
escribirles diciendo que su padre sería sometido a juicio por... ¿Por qué? No estaba seguro.
Probablemente por alentar o consentir un intento de fuga.
Pero la muerte de Delacroix había sido la experiencia más desagradable, más perversa de mi
vida -no de mi vida laboral, sino de toda mi vida- y yo había participado en ella. Todos lo
habíamos hecho al permitir que Percy Wetmore permaneciera en el bloque E cuando sabíamos que
no estaba en condiciones de trabajar en un sitio semejante. Le habíamos hecho el juego. Hasta el
alcaide Moores tenía parte de responsabilidad. «Sus sesos se freirán tanto si forma parte del equipo
como si no», había dicho, y quizá tuviera razón, teniendo en cuenta lo que había hecho el francés,
pero Percy'había hecho algo más que freírle los sesos: le había hecho saltar los ojos de las órbitas y
le había quemado la cara. ¿Y por qué? ¿Porque Delacroix había asesinado a media docena de
personas? No; porque Percy se había meado en los pantalones y el pequeño francés había tenido el
atrevimiento de reírse de él. Todos habíamos tenido arte y parte en un acto monstruoso, y Percy
iba a salir impune. Se iría a Briar Ridge, feliz como una almeja cuando sube la marea, y allí
encontraría un asilo lleno de lunáticos con los que ejercitar a gusto su crueldad. No podíamos hacer
nada al respecto, pero quizá no fuera demasiado tarde para lavarnos la mierda de las manos.
-En mi iglesia no hablaban de equilibrar la balanza, sino de redención -dije-, pero supongo
que es más o menos lo mismo.
-¿De verdad crees que Coffey podría salvarla? -preguntó Dean en voz baja, asombrado-.
¿Qué piensas que haría? ¿Aspirar el tumor de su cabeza como si fuera el hueso de un melocotón?
-Creo que podría. No estoy seguro, desde luego, pero después de lo que hizo conmigo... y
con Cascabel...
-Es cierto que el ratón estaba en las últimas -dijo Bruto.
-Pero ¿lo haría? -murmuró Harry-. ¿Lo haría?
-Si puede, lo hará -respondí.
-¿Por qué? Coffey ni siquiera la conoce.
-Porque es lo que hace. Es lo que Dios le ha mandado hacer.
Bruto nos recordó que olvidábamos algo.
-¿Y qué hay de Percy? -preguntó.
Entonces les conté lo que se me había ocurrido al respecto.
Cuando terminé, Harry y Dean me miraban asombrados, pero Bruto esbozaba una reticente
sonrisa de admiración.
-Muy audaz, hermano Paul -dijo-. Te juro que me has dejado sin habla