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sábado, 16 de agosto de 2008

LA ULTIMA PREGUNTA -- ISAAC ASIMOV -- SCIFI *HORROR

La Última Pregunta
Isaac Asimov

___
La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de
2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en
luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha
entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:
Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac.
Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del
rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso -kilómetros y kilómetros de
rostro- de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan
general de circuitos y retransmirores que desde hacía mucho tiempo habían
superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.
Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera
humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la
eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante
sólo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo
cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas
a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y
todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.
Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que
permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso,
los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se
necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra
explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia había una cantidad limitada de
ambos.
Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a las
preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que
hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.
La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el
planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda
la Tierra se conectó con una pequeña estación -de un kilómetro y medio de
diámetro- que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para
funcionar con rayos invisibles de energía solar.
Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell
y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse
donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde
se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa,
clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había
ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían
intención de perturbarla.
Se habían llevado una botella, y su única preocupación en ese momento era
relajarse y disfrutar de la bebida.
- Es asombroso, cuando uno lo piensa -dijo Adell. En su rostro ancho se veían
huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio,
observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior. - Toda la energía
que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si
quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una
enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada.
Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.
Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo
que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que
llevar el hielo y los vasos.
- No para siempre -dijo.
- Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.
- Entonces no es para siempre.
- Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal
vez. ¿Estás satisfecho?
Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse de que
todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.
- Veinte mil millones de años no es 'para siempre'.
- Bien, pero superará nuestra época ¿verdad?
- También la superarán el carbón y el uranio.
- De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente
con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin
que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con
carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.
- No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé. - Entonces deja de quitarle méritos a
lo que Multivac ha hecho por nosotros -dijo Adell, malhumorado-. Se portó muy
bien.
- ¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente.
Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años, pero ¿y
luego? -Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro. - Y no me digas que nos
conectaremos con otro Sol.
Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios sólo de vez en
cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.
De pronto Lupov abrió los ojos.
- Piensas que nos conectaremos con otro Sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?
- No estoy pensando nada.
- Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ése es tu problema. Eres
como ese tipo del cuento a quien lo soprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en
un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando
un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.
- Entiendo -dijo Adell-, no grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán
muerto también.
- Por supuesto -murmuró Lupov-. Todo comenzó con la explosión cósmica original,
fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan.
Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, los gigantes no durarán cien
millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas
durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años
estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.
- Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía -dijo Adell, tocado en su amor
propio.
- ¡Qué vas a saber!
- Sé tanto como tú.
- Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.
- Muy bien. ¿Quién dice que no?
- Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la energía que necesitábamos,
para siempre. Dijiste 'para siempre'.
Esa vez le tocó a Adell oponerse.
- Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.
- Nunca.
- ¿Por qué no? Algún día.
- Nunca.
- Pregúntale a Multivac.
- Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco dólares a que no es
posible.
Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo y lo suficientemente
sobrio como para traducir los símbolos y operaciones necesarias para formular la
pregunta que, en palabras, podría haber correspondido a esto: ¿Podrá la
humanidad algún día, sin el gasto neto de energía, devolver al Sol toda su
juventud aún después que haya muerto de viejo?
O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como ésta: ¿Cómo puede
disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del universo?
Multivac enmudeció. Los lentos resplandores oscuros cesaron, los clicks distantes
de los transmisores terminaron.
Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya no podían contener más
el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró vida repentinamente.
Aparecieron cinco palabras impresas:
DATOS INSUFICIENTES PARA
RESPUESTA ESCLARECEDORA.

- No hay apuesta -murmuró Lupov. Salieron apresuradamente.
A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la boca pastosa, habían
olvidado el incidente.
Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la imagen estrellada en el
visiplato mientras completaban el pasaje por el hiperespacio en un lapso fuera de
las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme de polvo de estrellas dio
paso al predominio de un único disco de mármol, brillante, centrado.
- Es X-23 - dijo Jerrodd con confianza. Sus manos delgadas se entrelazaron con
fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron blancos.
Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían experimentado el pasaje por el
hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron
locamente alrededor de la madre, gritando:
- Hemos llegado a X-23... hemos llegado a X-23... hemos llegado a X-23... hemos
llegado...
- Tranquilas, niñas -dijo rápidamente Jerrodine-. ¿Estás seguro, Jerrodd?
- ¿De qué hay que estar seguro? -preguntó Jerrodd, echando una mirada al tubo
de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitación y
desaparecía a través de la pared en cada extremo. Tenía la misma longitud que la
nave.
Jerrodd sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal excepto que se llamaba
Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que aunque uno no se las
hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir la nave hacia un
destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de las diversas
estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones para los saltos
hiperespaciales.
Jerrodd y su familia no tenían otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los
cómodos sectores residenciales de la nave.
Cierta vez alguien le había dicho a Jerrodd, que el 'ac' al final de 'Microvac' quería
decir 'computadora análoga' en inglés antiguo, pero estaba a punto de olvidar
incluso eso.
Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró el visiplato.
- No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la Tierra.
- ¿Por qué, caramba? -preguntó Jerrodd-. No teníamos nada allí. En X-23
tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un millón de
personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que buscar nuevos
mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado. -Luego agregó,
despues de una pausa reflexiva: - Te aseguro que es una suerte que las
computadoras hayan desarrollado viajes interestelares, considerando el ritmo al
que aumenta la raza.
- Lo sé, lo sé -respondió Jerrodine con tristeza.
Jerrodette I dijo de inmediato:
- Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.
- Eso creo yo también -repuso Jerrodd, desordenándole el pelo.
Era realmente una sensación muy agradable tener una Microvac propia y Jerrodd
estaba contento de ser parte de su generación y no de otra. En la juventud de su
padre las únicas computadoras eran unas enormes máquinas que ocupaban un
espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Sólo había una por planeta. Se
llamaban ACs Planetarias. Durante mil años habían crecido constantemente en
tamaño y luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo
válvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía
colocarse en una nave espacial y ocupar sólo la mitad del espacio disponible.
Jerrodd se sentía eufórico siempre que pensaba que su propia Microvac personal
era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera
vez había domado al Sol, y casi tan complicada como una AC Planetaria de la
Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el problema del viaje
hiperespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas. - Tantas estrellas, tantos
planetas -suspiró Jerrodine, inmersa en sus propios pensamientos-. Supongo que
las familias seguirán emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos
nosotros ahora.
- No siempre -respondió Jerrodd, con una sonrisa-. Todo esto terminará algún día,
pero no antes de que pasen billones de años. Muchos billones. Hasta las estrellas
se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la entropía.
- ¿Qué es la entropía, papá? -preguntó Jerrodette II con voz aguda.
- Entropía, querida, es sólo una palabra que significa la cantidad de desgaste del
universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo tu pequeño robot walkietalkie,
¿recuerdas?
- ¿No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi robot?
- Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez que se extinguen, ya no
hay más unidades de energía.
Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.
- No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se extingan.
- Mira lo que has hecho -susurró Jerrodine, exasperada. - ¿Cómo podía saber que
iba a asustarla? -respondió Jerrodd también en un susurro.
- Pregúntale a la Microvac -gimió Jerrodette I-. Pregúntale cómo volver a encender
las estrellas.
- Vamos -dijo Jerrodine-. Con eso se tranquilizarán. -(Jerrodette II ya se estaba
echando a llorar, también).
Jerrodd se encogió de hombros.
- Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo
dirá.
Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:
- Imprimir la respuesta.
Jerrodd retiró la delgada cinta de celufilm y dijo alegremente: - Miren, la Microvac
dice que se ocupará de todo cuando llegue el momento, y que no se preocupen.
Jerrodine dijo:
- Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en nuestro nuevo hogar.
Jerrodd leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes de destruirlo:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
Se encogió de hombros y miró el visiplato. El X-23 estaba cerca.
VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa tridimensional en
pequeña escala de la Galaxia y dijo:
- ¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestión?
MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.
- Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco años con el actual ritmo
de expansión.
Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos eran altos y de
formas perfectas.
- Sin embargo, dijo VJ-23X- me resisto a presentar un informe pesimista al
Consejo Galáctico.
- Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe. Tenemos que
inquietarlos un poco. No hay otro remedio.
VJ-23X suspiró.
- El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles.
- Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos infinito. ¡Piénsalo! Hace
veinte mil años, la humanidad resolvió por primera vez el problema de utilizar
energía estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes
interestelares. A la humanidad le llevó un millón de años llenar un pequeño mundo
y luego sólo quince mil años llenar el resto de la Galaxia. Ahora la población se
duplica cada diez años...
VJ-23X lo interrumpió.
- Eso debemos agradecérselo a la inmnortalidad.
- Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla. Admito que esta
inmortalidad tiene su lado complicado. La galáctica AC nos ha solucionado
muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y la muerte,
anuló todas las otras cuestiones.
- Sin embargo no creo que desees abandonar la vida.
- En absoluto -saltó MQ-17J, y luego se suavizó de inmediato-. No todavía. No soy
tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?
- Doscientos veintitrés. ¿Y tú?
- Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que decía. La población se
duplica cada diez años. Una vez que se llene esta galaxia, habremos llenado otra
en diez años. Diez años más y habremos llenado dos más. Otra década, cuatro
más. En cien años, habremos llenado mil galaxias; en mil años, un millón de
galaxias. En diez mil años, todo el universo conocido. Y entonces, ¿qué?
VJ-23X dijo:
- Como problema paralelo, está el del transporte. Me pregunto cuántas unidades
de energía solar se necesitarán para trasladar galaxias de individuos de una
galaxia a la siguiente.
- Muy buena observación. La humanidad ya consume dos unidades de energía
solar por año.
- La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y al cabo, nuestra propia
galaxia sola gasta mil unidades de energía solar por año, y nosotros solamente
usamos dos de ellas.
- De acuerdo, pero aún con una eficiencia de un cien por ciento, sólo podemos
postergar el final. Nuestras necesidades energéticas crecen en progresión
geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos quedaremos sin
energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena observación. Muy, muy
buena observación.
- Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con gas interestelar.
- ¿O con calor disipado? -preguntó MQ-17J, con tono sarcástico.
- Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos que preguntárselo a
la Galáctica AC.
VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su contacto AC del
bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.
- No me faltan ganas -dijo-. Es algo que la raza humana tendrá que enfrentar
algún día.
Miró sombríamente su pequeño contacto AC. Era un objeto de apenas cinco
centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a través del
hiperespacio con la gran Galáctica AC que servía a toda la humanidad y, a su vez
era parte integral suya.
MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su vida inmortal, llegaría
a ver la Galáctica AC. Era un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de
energía que contenía la materia dentro de la cual las oleadas de los planos medios
ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas válvulas moleculares. Sin embargo, a
pesar de esos funcionamientos subetéreos, se sabía que la Galáctica AC tenía mil
diez metros de ancho.
Repentinamente, MQ-17J preguntó a su contacto AC:
- ¿Es posible revertir la entropía?
VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:
- Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que preguntar eso.
- ¿Por qué no?
- Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No puedes volver a
convertir el humo y las cenizas en un árbol.
- ¿Hay árboles en tu mundo? -preguntó MQ-17J.
El sonido de la Galáctica AC los sobresaltó y les hizo guardar silencio. Se oyó su
voz fina y hermosa en el contacto AC en el escritorio. Dijo:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
VJ-23X dijo:
- ¡Ves!
Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenían que
hacer para el Consejo Galáctico.
La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve interés en los
incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había visto eso antes.
¿Alguna vez las vería todas? Tantas estrellas, cada una con su carga de
humanidad... una carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera
esencia del hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.
¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los
planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a una actividad
material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos nacían para
unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero, ¿qué importaba? Había poco
lugar en el universo para nuevos individuos.
Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los sutiles manojos de
otra mente.
- Soy Zee Prime. ¿Y tú?
- Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?
- Sólo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?
- Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia
a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?
- Porque todas las galaxias son iguales.
- No todas. En una galaxia en particular debe de haberse originado la raza
humana. Eso la hace diferente.
Zee Prime dijo:
- ¿En cuál?
- No sabría decirte. La Universal AC debe estar enterada.
- ¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo.
Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se
encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso, sobre un fondo
mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus
seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que
vagaban libremente por el espacio. Y sin embargo una de ellas era única entre
todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado vago y distante,
un período en que había sido la única galaxia poblada por el hombre.
Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y gritó:
- ¡Universal AC! ¿En qué galaxia se originó el hombre?
La Universal AC oyó, porque en todos los mundos tenía listos sus receptores, y
cada receptor conducía por el hiperespacio a algún punto desconocido donde la
Universal AC se mantenía independiente.
ee Prime sólo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a
distancia sensible de la Universal AC, y sólo informó sobre un globo brillante, de
sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.
- ¿Pero cómo puede ser eso toda la Universal AC? -había preguntado Zee Prime.
La mayor parte -fue la respuesta- está en el hiperespacio. No puedo imaginarme
en qué forma está allí.
Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había pasado el día- y eso Zee
Prime lo sabía- en que algún hombre tuvo parte en construir la Universal AC. Cada
Universal AC diseñaba y construía a su sucesora. Cada una, durante su existencia
de un millón de años o más, acumulaba la información necesaria como para
construir una sucesora mejor, más intrincada, más capaz en la cual dejar
sumergido y almacenado su propio acopio de información e individualidad.
La Universal AC interrumpió los pensamientos erráticos de Zee Prime, no con
palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un
difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en
estrellas.
Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro.
ÉSTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE.
Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopló de
desilusión.
Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo de pronto:
- ¿Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre?
La Universal AC respondió:
LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA
ENANA BLANCA.

- ¿Los hombres que la habitaban murieron? -preguntó Zee Prime, sobresaltado y
sin pensar.
La Universal AC respondió:
COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS
CUERPOS FÍSICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO.
- Sí, por supuesto -dijo Zee Prime, pero aún así lo invadió una sensación de
pérdida. Su mente dejó de centrarse en la Galaxia original del hombre, y le
permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos. No quería volver a
verla.
Dee Sub Wun dijo:
- ¿Qué sucede?
- Las estrellas están muriendo. La estrella original ha muerto.
- Todas deben morir. ¿Por qué no?
- Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente
morirán, y tú y yo con ellos.
- Llevará billones de años.
- No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de años. ¡Universal AC!
¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?
Dee Sub Wun dijo, divertido:
- Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de la entropía.
Y la Universal AC respondió:
TODAVÍA HAY DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.

Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejó de pensar en
Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una galaxia a un trillón de
años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba.
Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno interestelar con el
cual construir una pequeña estrella propia. Si las estrellas debían morir alguna
vez, al menos podrían construirse algunas.
El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado por un trillón de
trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando,
tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente
incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente
entre sí, sin distinción.
El Hombre dijo:
- El universo está muriendo.
El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más oscuras. Las estrellas
gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato, habían vuelto a lo más oscuro
de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas,
que finalmente se desvanecían.
Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había entre ellas, algunas por
procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y también se estaban apagando.
Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas, y de las poderosas fuerzas así
liberadas se construirían nuevas estrellas, pero una sola estrella por cada mil
estrellas enanas blancas destruidas, y también éstas llegarían a su fin.
El Hombre dijo:
- Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la Cósmica AC, la energía
que todavía queda en todo el universo, puede durar billones de años. Pero aún así
eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la administre, por más que
se la racione, la energía gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropía
aumenta continuamente.
El Hombre dijo:
- ¿Es posible no revertir la entropía? Preguntémosle a la Cósmica AC.
La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el
espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de algo que no era materia ni energía.
La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza ya no tenía sentido comprensible
para el Hombre.
- Cósmica AC -dijo el Hombre- ¿cómo puede revertirse la entropía?
La Cósmica AC dijo:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.

El Hombre ordenó: - Recoge datos adicionales.
La Cósmica AC dijo:
LO HARÉ. HACE CIENTOS DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS
PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA
PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO
INSUFICIENTES.
- ¿Llegará el momento -preguntó el Hombre- en que los datos sean suficientes o el
problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles?
La Cósmica AC respondió:
NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS
CONCEBIBLES.

El Hombre preguntó:
- ¿Cuándo tendrás suficientes datos como para responder a la pregunta?
La Cósmica AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.

- ¿Seguirás trabajando en eso? -preguntó el Hombre.
La Cósmica AC respondió:
- SÍ. El Hombre dijo:
- Esperaremos.
Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en polvo, y el espacio se
volvió negro después de tres trillones de años de desgaste.
Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo físico perdió su
identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia.
La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusión, contemplando un
espacio que sólo incluía la borra de la última estrella oscura y nada aparte de esa
materia increíblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se
gastaba, asintóticamente, hasta llegar al cero absoluto.
El Hombre dijo:
- AC, ¿es éste el final? ¿Este caos no puede ser revertido al universo una vez
más? ¿Esto no puede hacerse?
AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA
ESCLARECEDORA.
La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en el hiperespacio.
La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC
existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde
la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones
de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho
menos de lo que para un hombre el Hombre.
Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta que esa última
pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su conciencia.
Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No quedaba nada para recoger.
Pero toda la información reunida todavía tenía que ser completamente
correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.
Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.
Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la entropía.
Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar una respuesta a la última
pregunta. No había materia. La respuesta -por demostración- se ocuparía de eso
también.
Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor forma de hacerlo.
Cuidadosamente, AC organizó el programa.
La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había sido un universo y
pensó en lo que en ese momento era el caos.
Paso a paso, había que hacerlo.
Y AC dijo:
¡HÁGASE LA LUZ!
Y la luz se hizo...

jueves, 31 de julio de 2008

PHILIP K. DICK -- LA NAVE HUMANA

LA NAVE HUMANA

Philip K. Dick


_
Kramer se reclinó en su asiento.

- Ya te he expuesto la situación. ¿Cómo controlaremos un factor semejante? La variable perfecta.

- ¿Perfecta? Todavía es posible formular una predicción. Un ser vivo actúa según la necesidad, al igual que la materia inanimada, pero la cadena causa-efecto es más sutil; entran más factores en juego. Creo que la diferencia es cuantitativa. La reacción del organismo vivo es paralela a la causalidad natural, pero implica una mayor complejidad.

Gross y Kramer levantaron la vista hacia las pantallas colgadas de la pared; las imágenes cobraban forma. Kramer señaló con su lápiz.

- ¿Ves eso? Es un seudópodo. Están vivos y, de momento, son armas imbatibles. Ningún sistema mecánico, sencillo o complicado, puede hacerles la competencia. Tendremos que descartar el control Johnson y encontrar otra cosa.

- Y entretanto la guerra continuará como siempre. Estancada, en perpetuo jaque mate. Ellos no pueden alcanzarnos, y nosotros no podemos atravesar su campo de minas viviente.

- Una defensa perfecta - asintió Kramer -, pero quizá exista todavía posibilidad.

- ¿Cuál?

- Espera un momento. - Kramer se volvió hacia su experto en cohetes, que estaba enfrascado en sus mapas e informes -. El crucero que llegó esta semana no fue dañado, ¿verdad? Pasó cerca, pero no hubo contacto.

- Exacto. La mina se hallaba a unos treinta y cinco kilómetros de distancia. El crucero surcaba el espacio en dirección a Próxima, y utilizaba el control Johnson, por supuesto. Se había desviado quince minutos por razones desconocidas. Luego modificó su ruta, momento en el que fue detectado.

- Aceleró - dijo Kramer -, pero no lo suficiente. La mina le venía siguiendo los pasos, pero me pregunto por qué no hubo contacto.

- Les contaré nuestra teoría - explicó el experto -. Hemos buscado el contacto, el gatillo del seudópodo. Sin embargo, parece que nos enfrentamos a un fenómeno psicológico, a una decisión carente de motivaciones físicas. Esperamos algo que no existe. La mina decide estallar. Ve nuestra nave, se acerca, y después decide.

- Gracias. - Kramer volvió su atención a Gross -. Bien, esto confirma lo que te decía. ¿Cómo es posible que una nave guiada por mandos automáticos escape a una mina que decide estallar? Toda la teoría acerca de la penetración del campo de minas descansa sobre la base de que debe evitarse apretar el gatillo, pero, en el caso que nos ocupa, el gatillo es el estado mental de una forma de vida evolucionada y compleja.

- El anillo tiene una profundidad de setenta y cinco mil kilómetros - añadió Gross -. Además, tienen resuelto el problema de la reparación y el mantenimiento. Los malditos bichos se reproducen, cubren los huecos reproduciéndose entre sí. Me gustaría saber de qué se alimentan.

- Probablemente de los restos de nuestra primera línea. Los grandes cruceros deben de ser un manjar delicado. Es una pugna de inteligencia entre una criatura viviente y una nave gobernada por mandos automáticos. La nave pierde siempre. - Kramer abrió una carpeta -. Te resumiré nuestra sugerencia.

- Vamos, adelante - dijo Gross -. Hoy ya he oído diez sugerencias. ¿Cuál es la tuya?

- Es muy sencilla. Estas criaturas son superiores a cualquier sistema mecánico, pero únicamente porque están vivas. Casi cualquier otra forma de vida podría competir con ellas, cualquier forma de vida superior. Si los yuks pueden diseminar minas vivientes para proteger sus planetas, deberíamos ser capaces de hacer lo mismo con alguna de nuestras formas de vida. Devolvámosles el golpe.

- ¿Y qué forma de vida propones?

- Creo que el cerebro humano es la forma de vida más ágil que conocemos. ¿Sabes de otra mejor?

- Ningún ser humano sobreviviría a un viaje al espacio exterior. Un piloto humano moriría de un ataque al corazón mucho antes de que la nave se acercara a Próxima.

- Pero no necesitamos todo el cuerpo - arguyó Kramer -. Nos basta con el cerebro.

- ¿Qué?

- El problema consiste en encontrar a una persona dotada de gran inteligencia que acepte cooperar de la misma manera que obedecen ojos y brazos.

- Pero un cerebro...

- Técnicamente, es posible. Se han hecho varios trasplantes de cerebro cuando el deterioro del cuerpo lo exigía. Claro que implantarlo en una nave espacial, en un crucero, es algo nuevo.

En la habitación se hizo el silencio.

- Una idea muy original - dijo Gross. Dibujó una mueca en su rotunda cara cuadrada -, pero aun suponiendo que funcionara, la pregunta esencial es ¿a quién pertenecerá ese cerebro?



Todo era muy confuso: las causas de la guerra, la naturaleza del enemigo. Los yucconae habían sido localizados en uno de los planetas exteriores de Próxima Centauro. Al acercarse una nave terrestre, fue disparado sin previo aviso un haz de rayos. El primer encuentro real se produjo entre tres de los proyectiles yuk y una nave de exploración de la Tierra. No hubo supervivientes. Luego se declaró una guerra sin cuartel.

Ambos bandos construyeron febrilmente anillos defensivos alrededor de sus sistemas. El mejor resultó ser el de los yucconae. El anillo que rodeaba Próxima era un anillo viviente, superior a todo lo que la Tierra podía emplear en atravesarlo. El equipo habitual utilizado por las naves terrestres para guiarse en el espacio exterior, el control Johnson, no era adecuado. Se necesitaba algo más. Los mandos automáticos quedaban en franca desventaja.

«No sirven para nada», se dijo Kramer mientras observaba los trabajos que se llevaban a cabo al pie de la colina. Un viento cálido mecía la hierba y la maleza. En el fondo del valle, los mecánicos casi habían terminado de desmontar el sistema reflejo de la nave y se preparaban a embalarlo.

Ya sólo faltaba reemplazar el sistema mecánico por el nuevo elemento esencial, el nuevo corazón de la nave. Un cerebro humano, el cerebro de un ser humano inteligente y astuto. ¿Estaría de acuerdo el ser humano? Ése era el problema.

Kramer se volvió. Dos personas se aproximaban por el camino, un hombre y una mujer. El hombre era Gross, inexpresivo, corpulento, caminando con dignidad. La mujer era... Abrió los ojos de par en par, sorprendido e irritado. Era Dolores, su esposa. La había visto muy poco desde la separación...

- Kramer - dijo Gross -, mira a quién me he encontrado. Bajó con nosotros. Nos vamos a la ciudad.

- Hola, Phil - saludó Dolores -. Bueno, ¿no te alegras de verme?

- ¿Cómo te va? Tienes buen aspecto.

El uniforme gris azulado de Seguridad Interna, la organización de Gross, no conseguía ocultar su belleza.

- Gracias - sonrió -. Parece que tampoco te va mal a ti. El comandante Gross me ha dicho que eres el responsable de este proyecto, la Operación Cabeza, como la llamáis. ¿Ya sabéis de quién será la cabeza?

- He ahí el problema. - Kramer encendió un cigarrillo -. Esta nave irá equipada con un cerebro humano en lugar del sistema Johnson. Hemos construido conductos especiales para regar el cerebro, relés electrónicos para recoger los impulsos y amplificarlos y un tubo de alimentación que proporciona a las células continuamente todo lo que necesitan, pero...

- Pero aún no hemos conseguido el cerebro - concluyó Gross. Se pusieron en camino hacia el coche -. En cuanto lo tengamos, empezaremos las pruebas.

- ¿Sobrevivirá el cerebro? - preguntó Dolores -. ¿Podrá funcionar como parte integrante de una nave?

- Estará vivo, pero no consciente. Hay muy poca vida consciente. Los animales, los árboles, los insectos son rápidos en sus respuestas, pero no conscientes. En el proceso que estamos llevando a cabo, la personalidad individual, el ego, quedará en suspenso. Sólo necesitamos la capacidad de respuesta, nada más.

- ¡Qué horror! - se estremeció Dolores.

- La guerra nos empuja a intentarlo todo - dijo Kramer con aire ausente -. Valdrá la pena sacrificar una vida a cambio de terminar la guerra. Esta nave puede ser la clave. Otras dos y ya no habrá más guerras.



Montaron en el coche. Mientras circulaban por la carretera, Gross dijo:

- ¿Has pensado en alguien?

- No es asunto mío - Kramer sacudió la cabeza.

- ¿Qué quieres decir?

- Soy ingeniero. No es mi departamento.

- Pero la idea fue tuya.

- Mi trabajo acaba aquí.

Gross le miró con extrañeza. Kramer se agitó, inquieto.

- ¿Y quién se supone que lo va a hacer? - se quejó Gross -. Mi organización está preparada para efectuar exámenes de todo tipo, pruebas de aptitud...

- Oye, Phil - le interrumpió Dolores.

- ¿Qué?

- Tengo una idea. ¿Te acuerdas de aquel profesor de la universidad? Michael Thomas.

Kramer asintió con la cabeza.

- Me pregunto si aún vivirá. - Dolores frunció el entrecejo -. Será terriblemente viejo.

- ¿Por qué lo dices, Dolores? - preguntó Gross.

- Tal vez una persona que no fuera a vivir mucho tiempo, pero con un cerebro lúcido y perspicaz...

- El profesor Thomas. - Kramer se frotó la barbilla -. Ya lo creo que era un tío inteligente. Habría que averiguar si sigue vivo. Rondará los setenta.

- No cuesta nada intentarlo - dijo Gross -. Ordenaré una investigación rutinaria.

- ¿Qué opinas? - preguntó Dolores -. Si hay una mente humana capaz de superar a las de esas criaturas...

- No me gusta la idea - contestó Kramer.

En su mente se había formado la imagen de un anciano sentado detrás de un pupitre que paseaba sus ojos brillantes y bondadosos por el aula. El anciano se inclinaba hacia adelante, levantaba una mano delgada...

- Dejémosle fuera de esto - dijo Kramer.

- ¿Por qué? - Gross le miró intrigado.

- Sólo porque yo lo sugerí - insinuó Dolores.

- No - Kramer movió la cabeza -, no es por eso. No me esperaba algo parecido, un conocido, un antiguo profesor mío. Le recuerdo muy bien. Tenía una personalidad muy notable.

- Bien - dijo Gross -, me parece perfecto.

- No podemos hacerlo. ¡Significa su muerte!

- Es la guerra - dijo Gross -, y la guerra no atiende a necesidades individuales. Tú mismo lo has dicho. Seguro que aceptará de buen grado; míralo desde este ángulo.

- Es posible que ya esté muerto - murmuró Dolores.

- Lo averiguaremos - dijo Gross, y aumentó la velocidad.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.



Los dos hombres permanecieron mucho rato examinando la casita de madera, cubierta de enredadera y enclavada en un claro, detrás de un enorme roble. El pueblo estaba silencioso y dormido; de vez en cuando, un coche se deslizaba perezosamente por la autopista.

- Éste es el lugar - dijo Gross, cruzándose de brazos -. Una casita muy hermosa.

Kramer no dijo nada. Los dos agentes de seguridad que tenía a su espalda no mostraban la menor expresión.

- Vamos. - Gross empezó a caminar hacia el portalón -. Según el informe, aún vive, pero está muy enfermo. Sin embargo, conserva la mente ágil. Nunca sale de casa. Una mujer se ocupa de las faenas domésticas. El viejo está muy débil.

Recorrieron el sendero de piedra y llegaron al porche. Gross tocó el timbre. Aguardaron. Al poco rato oyeron unos pasos lentos. La puerta se abrió. Una mujer de edad avanzada, envuelta en una bata, les observó con indiferencia.

- Seguridad. - Gross exhibió sus credenciales -. Deseamos ver al profesor Thomas.

- ¿Para qué?

- Asuntos del gobierno - miró de reojo a Kramer.

- Fui alumno del profesor - dijo Kramer, dando un paso adelante -. Estoy seguro de que no tendrá el menor inconveniente en recibirnos

La mujer vaciló. Gross traspasó el umbral.

- Tranquila, mamá. Estamos en guerra. No podemos esperar.

Los dos agentes de seguridad le siguieron, y Kramer les imitó a regañadientes. Cerró la puerta. Gross atravesó el vestíbulo hasta llegar frente a una puerta abierta. Se asomó al interior. Kramer vislumbró la esquina blanca de una cama, una columna de madera y el borde de una cómoda.

Se reunió con Gross.

Un anciano yacía a oscuras, apoyado sobre innumerables almohadas. Daba la impresión de estar dormido, inmóvil, sin la menor señal de vida, pero, al cabo de un rato, Kramer observó con un ligero sobresalto que el anciano tenía los ojos bien abiertos y clavados en ellos, sin parpadear apenas.

- ¿Profesor Thomas? - dijo Gross -. Soy el comandante Gross, de Seguridad. Quizá se acuerde del hombre que me acompaña...

Los ojos descoloridos se fijaron en Kramer.

- Le conozco. Philip Kramer... Has engordado, hijo. - La voz era débil, como el rescoldo de las cenizas -. ¿Es verdad que te casaste?

- Sí, con Dolores French. Seguro que se acuerda de ella. - Kramer se acercó a la cama -. Ahora estamos separados. No funcionó muy bien. Nuestras carreras...

- Profesor, hemos venido para... - empezó Gross, pero Kramer le interrumpió con un gesto perentorio.

- Déjame hablar. ¿Puedes salir afuera con tus hombres para que podamos charlar tranquilamente?

- De acuerdo, Kramer - suspiró Gross.

Hizo una señal a los dos hombres. Los tres salieron de la habitación y cerraron la puerta.

El anciano contempló a Kramer en silencio.

- No me gustan los tipos como ése. ¿Qué es lo que quiere?

- Nada, sólo me acompañó. ¿Puedo sentarme? - Kramer se instaló en una silla de respaldo duro, junto a la cama -. Si le molesto...

- No. Me alegro de verte, Philip. Hace tanto tiempo. Lamento que tu matrimonio fracasara.

- ¿Cómo le ha ido?

- He estado muy enfermo. Temo que mi paso por el gran teatro del mundo esté llegando a su fin. - Los cansados ojos examinaron a Kramer pensativamente -. No parece que te haya ido mal. Nunca me equivoqué en mis apreciaciones. Has llegado a la cumbre de esta sociedad.

Kramer sonrió. Después compuso una expresión de seriedad.

- Profesor, quiero hablarle de un proyecto en el que estamos trabajando. Es el primer rayo de esperanza que vislumbramos desde que empezó la guerra. Si prospera, romperemos las defensas yuk e introduciremos algunas naves en su sistema. En este caso, habría muchas posibilidades de terminar la guerra.

- Sigue. Cuéntamelo, si quieres.

- Es un proyecto muy ambicioso. Es posible que sea un rotundo fracaso, pero debemos intentarlo.

- Resulta obvio que es la causa de tu presencia aquí - murmuró el profesor Thomas -. Has despertado mi curiosidad. Sigue.

Cuando Kramer cesó de hablar, el anciano acostado en la cama no dijo una palabra. Por fin, suspiró.

- Comprendo. Una mente humana, extraída de un cuerpo humano. - Se incorporó a medias y miró a Kramer -. Supongo que estás pensando en mí.

Kramer no dijo nada.

- Antes de tomar una decisión, quiero examinar toda la documentación, la teoría y los principios generales del proyecto. No estoy seguro de que me guste... por motivos personales. Pero quiero echar un vistazo al material. Si lo haces...

- Desde luego. - Kramer se levantó y fue hacia la puerta. Gross y los dos agentes de seguridad esperaban afuera, algo nerviosos -. Gross, entra.

Ambos volvieron a la habitación.

- Dale al profesor los documentos - dijo Kramer -. Quiere estudiarlos antes de decidir.

Gross sacó del bolsillo de su chaqueta un sobre de papel manila y se lo ofreció al anciano.

- Tome, profesor. Me complace que los examine. Dénos su respuesta lo antes posible. Nos urge empezar a poner en marcha la operación.

- Le daré mi respuesta cuando haya decidido. - El anciano cogió el sobre con una mano pálida y temblorosa -. Mi decisión depende de lo que saque en claro de estos papeles. Si no me gusta lo que averiguo, me desinteresaré de este asunto por completo. - Abrió el sobre con manos trémulas -. Busco una cosa.

- ¿Cuál? - preguntó Gross.

- Eso es asunto mío. Déme un número de teléfono para poder localizarle cuando haya decidido.

Gross, en silencio, dejó su tarjeta sobre la cómoda. Cuando salían, el profesor Thomas ya había empezado a leer el primer documento, los principios generales de la teoría.



Kramer tomó asiento frente a Dale Winter, su ayudante.

- ¿Cómo ha ido? - preguntó Winter.

- Se pondrá en contacto con nosotros. - Kramer trazó garabatos con un tiralíneas sobre un papel -. No sé qué pensar.

- ¿Qué quieres decir?

El rostro bondadoso de Winter se contrajo de asombro.

- Fue profesor mío en la universidad. - Kramer se puso en pie y paseó arriba y abajo, con las manos en los bolsillos del uniforme -. Le respetaba como hombre tanto como profesor. Era algo más que una voz, un libro parlante. Era una persona, una persona tranquila y amable a la que podía respetar. Siempre quise llegar a ser como él. Mírame ahora.

- No te entiendo.

- ¿No caes en la cuenta de lo que le estoy pidiendo? Le estoy pidiendo su vida, como si se tratara de un cobaya encerrado en una jaula, no un hombre, un profesor.

- ¿Crees que lo hará?

- No lo sé. - Kramer fue hacia la ventana y miró afuera -. Por una parte, espero que no.

- Pero si él no lo hace...

- Tendremos que buscar a otro, lo sé. Tiene que haber otro. ¿Por qué tuvo Dolores que...?

El videófono zumbó. Kramer apretó el botón.

- Soy Gross. - Sus facciones enérgicas se materializaron en la pantalla -. El viejo me llamó. El profesor Thomas.

- ¿Qué dijo?

Lo sabía; bastaba con escuchar el tono de voz de Gross.

- Dijo que lo hará. Me sorprendió un poco, pero me parece que va en serio. Ya lo hemos preparado todo para su ingreso en el hospital. Su abogado está redactando el documento de aceptación bajo su plena responsabilidad.

Kramer apenas le prestaba atención. Asintió cansadamente.

- Estupendo. Me alegro. Supongo que podemos seguir adelante con el plan.

- No pareces muy contento.

- Me pregunto por qué habrá aceptado.

- Estaba muy seguro - declaró Gross con satisfacción -. Me llamó muy temprano; aún estaba en la cama. - Esto merece una celebración.

- Claro - dijo Kramer -, por supuesto.



Mediado agosto, el proyecto se acercó a su culminación. Estaban de pie bajo el ardiente sol y contemplaban los bruñidos flancos metálicos de la nave.

Gross golpeó la plancha de metal con la mano.

- Bien, ya falta poco. Podemos iniciar los ensayos cuando queramos.

- Dénos más información - pidió un oficial que llevaba galones dorados -. Se trata de un concepto muy poco habitual.

- ¿Es cierto que hay un cerebro humano en el interior de la nave? - preguntó un dignatario, un hombre bajo, vestido con un traje arrugado -. ¿Y que el cerebro está vivo?

- Caballeros, esta nave va guiada por un cerebro viviente en lugar del típico sistema de control automático Johnson. Sin embargo, el cerebro no está consciente. Funcionará sólo por reflejos. La diferencia práctica con el sistema Johnson consiste en que un cerebro humano es mucho más complicado que cualquier otra estructura creada por el hombre, y su habilidad para adaptarse a una situación, para reaccionar ante un peligro, supera la de cualquier mecanismo artificial.

Gross hizo una pausa y aguzó el oído. Las turbinas de la nave empezaban a retumbar y sacudían el suelo con una profunda vibración. Kramer se mantenía a cierta distancia de los demás, con los brazos cruzados, observando en silencio. Al percibir el sonido de las turbinas se dirigió rápidamente hacia el otro lado de la nave. Algunos obreros despejaban el terreno de andamios y cables. Levantaron la vista al notar su presencia y aceleraron el trabajo. Kramer subió por la rampa y entró en la cabina de control de la nave. Winter estaba sentado ante los mandos junto a un piloto de Transportes Espaciales.

- ¿Cómo va todo? - preguntó Kramer.

- Muy bien. - Winter se levantó -. Me ha dicho el piloto que tal vez sería preferible despegar manualmente. Los controles robóticos... - Winter vaciló -, o sea, los controles incorporados pueden hacerse cargo después, en el espacio.

- Exacto - asintió el piloto -. Es la costumbre con el sistema Johnson, y en este caso también podríamos...

- ¿Quiere hacer alguna indicación? - preguntó Kramer.

- No. He efectuado una revisión completa, y todo parece estar en orden. Me gustaría hacerle una pregunta. - Posó las manos sobre el tablero de mando -. Hay algunos cambios que no entiendo.

- ¿Cambios?

- Alteraciones del plan original. No sé con qué propósito.

Kramer extrajo de su chaqueta una colección de bosquejos.

- Déjeme ver.

Giró las páginas. El piloto miraba por encima de su hombro.

- Los cambios no están indicados en su copia - señaló el piloto -. Me pregunto...

Se interrumpió. El comandante Gross había entrado en la cabina de control.

- Gross, ¿quién autorizó las alteraciones? - preguntó Kramer -. Algunas instalaciones han sido cambiadas.

- Pues tu viejo amigo.

Gross indicó con el dedo la torre del campo, visible a través de la ventana.

- ¿Mi viejo amigo?

- El profesor. Se tomó mucho interés. - Gross se volvió hacia el piloto -. Vamos a empezar. Me han dicho que debemos abandonar la gravedad para el ensayo. Bueno, quizá sea conveniente. ¿Está preparado?

- Desde luego. - El piloto se sentó y manipuló algunos controles -. Cuando quieran.

- Adelante, pues - dijo Gross.

- El profesor... - empezó Kramer, pero en ese momento se produjo un tremendo estruendo y la nave brincó bajo sus pies.

Se agarró a una de las manijas de la pared y resistió como pudo. El rugido de las turbinas de reacción hacía vibrar enérgicamente toda la cabina.

La nave se elevó. Kramer cerró los ojos y contuvo el aliento. Viajaban al espacio y ganaban velocidad a cada segundo.

- Bien, ¿qué opinas? - preguntó Winter, nervioso -. ¿Ya es hora?

- Todavía falta un poco - contestó Kramer.

Estaba sentado en el piso de la cabina, inspeccionando la instalación electrónica de control. Había quitado la tapa de metal y dejado al descubierto el complicado laberinto de cables. Lo estudiaba y comparaba con el de los diagramas.

- ¿Qué pasa? - preguntó Gross.

- Estos cambios. No consigo entender para qué sirven. Lo único que se me ocurre es que por alguna razón...

- Déjeme echar una ojeada - pidió el piloto. Se acuclilló junto a Kramer -. ¿Qué decía?

- ¿Ve este plomo? En el proyecto original estaba controlado por un conmutador. Se abría y cerraba automáticamente, según los cambios de temperatura. Ahora está conectado de manera que lo opera el sistema de control central. Lo mismo sucede con los otros. Gran parte de la instalación era mecánica, operada por el aumento de la temperatura y de la presión. Ahora todo está controlado desde el núcleo central.

- ¿El cerebro? - inquirió Gross -. ¿Quieres decir que ha sido alterado para que el cerebro lo manipule?

- Quizá el profesor Thomas no confiaba en los controles mecánicos - sugirió Kramer -. Quizá pensó que los acontecimientos se precipitarían. Algunos de los controles podrían cerrarse en una fracción de segundo. Los cohetes de frenado podrían activarse con tanta rapidez como...

- Oye - advirtió Winter desde la butaca de control -, nos acercamos a las estaciones lunares. ¿Qué debo hacer?

Miraron por la tronera. La desgastada superficie de la Luna brillaba bajo ellos, un espectáculo enfermizo y desagradable. Se aproximaban a gran velocidad.

- Tomaré los mandos - dijo el piloto.

Apartó a Winter de su camino y ocupó su lugar. La nave empezó a alejarse de la Luna en cuanto movió los controles. Divisaron las estaciones de observación diseminadas por la superficie y los diminutos cuadrados que eran la entrada a las fábricas y hangares subterráneos. Un destello rojo parpadeó en dirección a ellos. Los dedos del piloto transmitieron la respuesta desde el tablero de mandos.

- Hemos dejado atrás la Luna - dijo el piloto al cabo de un rato. Bien, sigamos con el plan.

Kramer no respondió.

- Señor Kramer, podemos proceder cuando quiera.

- Lo siento, estaba pensando. De acuerdo, gracias.

Frunció el ceño, sumido en sus reflexiones.

- ¿Qué ocurre? - preguntó Gross.

- Los cambios en la instalación. ¿Entendías los motivos cuando diste la autorización a los trabajadores?

Gross enrojeció.

- Ya sabes que no entiendo nada de material técnico. Soy de Seguridad.

- Debiste consultarme.

- ¿Cuál es el problema? - se impacientó Gross -. Más pronto o más tarde tendremos que depositar nuestra confianza en el viejo.

El piloto se alejó del tablero con el rostro pálido y desencajado.

- Bueno, ya está.

- ¿El qué? - preguntó Kramer.

- He cambiado al automático. Al cerebro. Se lo he entregado... al viejo. - El piloto encendió un cigarrillo y expulsó el humo nerviosamente -. Crucemos los dedos.



La nave se deslizaba en manos de un piloto invisible. En las profundidades de la nave, protegido y acorazado, un frágil cerebro humano reposaba en un tanque de líquido, donde recibía mil descargas eléctricas por minuto en su superficie. Las descargas eran recogidas y amplificadas, introducidas en sistemas de relés, aceleradas y enviadas a toda la nave...

Gross se secó el sudor de la frente, nervioso.

- Así que ya está funcionando. Ojalá sepa lo que hace.

- Creo que sí lo sabe - afirmó Kramer enigmáticamente.

- ¿Qué quieres decir?

- Nada. - Kramer se acercó a la tronera -. Veo que todavía nos desplazamos en línea recta. - Cogió el micrófono -. Podemos dar instrucciones al cerebro de viva voz.

Sopló en el micrófono para probarlo.

- Adelante - dijo Winter.

- Haga dar media vuelta a la nave - ordenó Kramer -. Reduzca la velocidad.

Esperaron. Pasó el tiempo. Gross miró a Kramer.

- No cambia. No pasa nada.

- Espera.

Poco a poco, la nave comenzaba a girar. Las turbinas aminoraron su rítmico golpeteo. La nave emprendió su nueva ruta. Desechos espaciales pasaron en dirección contraria a toda velocidad y se incineraron al entrar en contacto con los chorros de los cohetes.

- Hasta ahora, todo va bien - dijo Gross.

Respiraron con más tranquilidad. El piloto invisible había tomado el control lenta y suavemente. La nave se hallaba en buenas manos. Kramer pronunció algunas palabras más ante el micrófono y volvieron a girar retrocediendo por el camino de ida hacia la Luna.

- A ver lo que hace cuando entremos en el campo de atracción lunar - dijo Kramer -. El viejo era un buen matemático. Resolvía cualquier tipo de problemas.

La nave cambió de rumbo y se alejó de la Luna. El gran globo de torturada superficie se hundió detrás de ellos.

Gross exhaló un suspiro de alivio.

- Funciona a la perfección.

- Una cosa más - dijo Kramer por el micrófono -. Vuelva a la Luna y pose la nave en la primera pista de aterrizaje.

- Santo Dios - murmuró Winter -. ¿Por qué...?

- Tranquilo.

Kramer escuchó. Las turbinas jadearon y rugieron cuando la nave viró en redondo y aceleró. Retrocedían, retrocedían hacia la Luna. La nave cayó en picado hacia el globo.

- Vamos demasiado rápido - indicó el piloto -. No entiendo cómo podrá aterrizar a esta velocidad.



El globo llenaba la tronera. El piloto se precipitó sobre el tablero de control. La nave experimentó una sacudida al instante. La proa se alzó y la nave se zambulló en el espacio, lejos de la Luna, dibujando un ángulo oblicuo. Los hombres cayeron al suelo a causa del brusco cambio de dirección. Se incorporaron, estupefactos, mirándose entre sí.

- ¡No fui yo! - gritó el piloto -. No llegué a tocar nada.

La nave ganaba velocidad a cada momento. Kramer titubeó.

- Tal vez sería mejor conectar el control manual.

El piloto cortó el automático. Aferró los controles de navegación y los movió.

- Nada. Nada. No responde.

Nadie habló.

- No es difícil entender lo que ha sucedido - dijo Kramer con tranquilidad -. El viejo no piensa dejar el control. Me lo temí cuando advertí los cambios. Todo en la nave está centralizado, incluso el sistema de refrigeración, las esclusas y la eliminación de desperdicios. Estamos a su merced.

- Tonterías.

Gross se precipitó hacia el tablero de mandos. Aferró el timón y lo giró. La nave continuó su curso, cada vez más lejos de la Luna.

- ¡Abandone! - dijo Kramer en el micrófono -. ¡Deje los controles! Nosotros nos encargaremos. ¡Abandone!

- No funciona nada - dijo el piloto -. El timón está muerto, completamente muerto.

- Y seguimos adelante - señaló Winter, con una sonrisa estúpida pintada en el semblante -. Atravesaremos la primera línea de defensa dentro de pocos minutos. Si no nos derriban...

- Pediremos auxilio por radio - dijo el piloto mientras la conectaba -. Me pondré en contacto con las bases principales y una de las estaciones de observación.

- Será mejor que lo haga con el cinturón defensivo, teniendo en cuenta la velocidad a la que vamos. Llegaremos dentro de un minuto.

- Y después nos adentraremos en el espacio exterior - explicó Kramer -. Está acelerando. ¿Va equipada la nave con baños?

- ¿Baños? - exclamó Gross.

- Tanques de sueño, para viajes espaciales. Es posible que los necesitemos si la velocidad continúa en aumento.

- Por el amor de Dios, ¿adónde vamos? - masculló Gross -. ¿Adónde..., adónde nos lleva?



El piloto consiguió establecer contacto.

- Soy Dwight, desde la nave. Vamos a entrar en la zona de defensa a gran velocidad. No disparen.

- Vuelvan - les conminó una voz impersonal -. No permitimos la entrada en la zona de defensa.

- No podemos. Hemos perdido el control.

- ¿Que han perdido el control?

- Esta es una nave experimental.

Gross se apoderó del micrófono.

- Soy el comandante Gross, de Seguridad. Somos arrastrados hacia el espacio exterior. No podemos hacer nada. ¿Hay alguna posibilidad de que nos rescaten?

Un instante de vacilación.

- Tenemos algunas naves rápidas de persecución que podrían recogerles si se atreven a saltar. Hay bastantes posibilidades de que les encuentren. ¿Tienen bengalas espaciales?

- Sí - dijo el piloto -. Vamos a probarlo.

- ¿Abandonar la nave? - se extrañó Kramer -. Si la dejamos, nunca la volveremos a ver.

- ¿Y qué otra cosa podemos hacer? La velocidad aumenta sin cesar. ¿Propone que nos quedemos?

- No. - Kramer agitó la cabeza -. Maldita sea, tiene que haber otra solución.

- ¿Puedes comunicarte con él? - preguntó Winter -. Con el viejo. Trata de razonar con él.

- Vale la pena probarlo - dijo Gross -. Hazlo.

- De acuerdo. - Kramer cogió el micrófono y dudó un momento -. ¡Escuche! ¿Me oye? Soy Phil Kramer. ¿Me oye, profesor? ¿Me oye? Quiero que abandone los controles.

Silencio.

- Soy Kramer, profesor. ¿Me oye? ¿Se acuerda de mí? ¿Sabe quién soy?

El altavoz situado sobre el panel de control emitió un sonido de estática. Todos levantaron la vista.

- ¿Me oye, profesor? Soy Philip Kramer. Quiero que nos devuelva la nave. ¡Si me oye, abandone los controles! ¡Suéltelos, profesor, suéltelos!

Estática. Un sonido silbante, como el viento. Se miraron entre sí. Hubo un momento de silencio.

- Estamos perdiendo el tiempo - dijo Gross.

- No..., ¡escucha!

Se produjo un chisporroteo. Luego, mezclada, casi perdida en el chisporroteo, llegó una voz mate, sin modular, una voz mecánica y desprovista de vida.

...¿Eres tú, Phil? No te veo. Oscuridad... ¿Quién está ahí? Contigo...

- Soy yo, Kramer. - Sus dedos se cerraron sobre el mango del micrófono -. Debe abandonar los controles, profesor. Tenemos que volver a la Tierra. Hágalo.

Silencio. Después, la débil y vacilante voz habló de nuevo, algo más nítida que antes.

- Kramer. Todo es tan extraño. Yo tenía razón, a pesar de todo. La conciencia es el resultado del pensamiento. Un resultado necesario. Cogito ergo sum: Conserva la capacidad conceptual. ¿Me oyes?

- Sí, profesor...

- Alteré las conexiones. El control. Estaba absolutamente seguro. Me pregunto si puedo hacerlo. Tratar de...

De repente, el aire acondicionado se puso a funcionar. Cesó bruscamente. Una puerta golpeó al otro extremo del pasillo. Algo cayó al suelo. Los hombres estaban atentos al menor de los sonidos. que llegaban de todas partes. Los interruptores se abrían y cerraban. Las luces parpadearon; se quedaron a oscuras. Las luces volvieron y, al mismo tiempo, los calefactores se apagaron.

- ¡Santo Dios! - dijo Winter.

El sistema contra incendios se disparó y un chorro de agua cayó sobre ellos. Una de las esclusas de emergencia se abrió y el aire escapó hacia el espacio con un bramido ensordecedor.

La esclusa se cerró con estrépito. El silencio se apoderó de la nave. Los calefactores funcionaron. La fantástica exhibición terminó tan repentinamente como había empezado.

- Puedo hacerlo... todo. - Habló la monótona e inexpresiva voz desde el altavoz -. Lo controlo todo. Kramer, me gustaría hablar contigo. He estado..., he estado pensando. Hace muchos años que no te veo. Tenemos tantas cosas de qué hablar. Has cambiado, muchacho. Hay mucho que discutir. Tu esposa...

El piloto asió a Kramer por el brazo.

- Una nave se mantiene paralela a nuestro rumbo. Mire.



Corrieron hacia la tronera. Un esbelto y ceniciento vehículo espacial navegaba en su misma dirección, emitiendo señales luminosas.

- Una nave de persecución de la Tierra - dijo el piloto - Saltemos. Nos recogerán. Los trajes...

Corrió al depósito de suministros y giró la manecilla. La puerta se abrió. El piloto tiró los trajes al suelo.

- De prisa - dijo Gross.

El pánico se apoderó de ellos. Se vistieron frenéticamente los pesados trajes. Winter se tambaleó hacia la esclusa de emergencia y se detuvo para esperar a los demás. Se agruparon de uno en uno.

- ¡Vamos! - ordenó Gross -. Abra la esclusa.

Winter tiró con fuerza de la esclusa.

- Ayúdeme todos.

No sucedió nada. La esclusa no cedió, pese al esfuerzo conjunto de todos.

- Traiga una palanca - pidió el piloto.

- ¿Alguien tiene un desintegrador? - Gross rebuscó a su alrededor como un poseso -. ¡Maldita sea, vuélenla!

- Tiremos - masculló Kramer -, tiremos todos a la vez.

- ¿Están en la esclusa? - La voz monótona se arrastró y circuló por los pasillos de la nave. Levantaron la vista, desconcertados -. Percibo que algo se aproxima en el exterior. ¿Una nave? ¿Se marchan todos? ¿Tú también, Kramer? Qué pena. Confiaba en que podríamos hablar. Tal vez en otra ocasión te convenza para que te quedes.

- ¡Abra la esclusa! - gritó Gross con los ojos clavados en las paredes impersonales de la nave -. ¡Por el amor de Dios, ábrala!

Hubo un silencio, una pausa interminable. Luego, muy despacio, la esclusa se abrió. El aire huyó hacia el espacio con un bramido agudo.

Saltaron uno tras otro, propulsados por el material repelente de los trajes. Fueron rescatados por la nave de persecución unos minutos más tarde. Cuando el último atravesaba la compuerta, su nave se lanzó adelante a tremenda velocidad. Desapareció.

Kramer se quitó el casco y jadeó. Dos soldados le envolvieron en mantas. Gross, tembloroso, bebió una taza de café.

- Se ha ido - murmuró Kramer.

- Enviaré un aviso - dijo Gross.

- ¿Qué le ha sucedido a su nave? - preguntó uno de los tripulantes con curiosidad -. Se fue a toda prisa. ¿Quién va en ella?

- Habrá que destruirla - continuó Gross, con el rostro contraído por la cólera -. Debe ser destruida. No hay forma de saber lo que..., lo que él tiene en mente. - Gross se dejó caer en un banco de metal -. Menuda advertencia. Fue una locura confiar en él.

«Me pregunto lo que estará planeando - se dijo Kramer -. No tiene sentido. No lo entiendo.»



Mientras la nave regresaba a la base lunar, se sentaron alrededor de una mesa en el comedor. Bebieron café caliente y reflexionaron, sin hablar demasiado.

- Escucha - rompió el silencio Gross -, ¿qué clase de hombre era el profesor Thomas? ¿Cómo le recuerdas?

Kramer posó su taza sobre la mesa.

- Han pasado diez años. No me acuerdo muy bien.

Su mente retrocedió en el tiempo. Dolores y él habían ido juntos a la Universidad de Hunt, donde cursaron las especialidades de física y ciencias sociales. La universidad era pequeña y estaba bastante distanciada de lo que sucedía en el mundo exterior. La había elegido porque era la de su ciudad natal, y porque su padre también se formó en ella.

El profesor Thomas llevaba tanto tiempo en la universidad que nadie recordaba su fecha de ingreso. Era un viejecito extraño y reservado. Desaprobaba muchas cosas, pero no solía mencionarlas.

- ¿Recuerdas algo que nos pueda ayudar? - preguntó Gross -. ¿Algo que nos dé la clave para comprender lo que está sucediendo?

- Recuerdo algo... - asintió lentamente Kramer.

Un día, él y el profesor se habían sentado en la capilla de la universidad para charlar con tranquilidad.

- Bueno, pronto te marcharás de la universidad - había dicho el profesor -. ¿Qué vas a hacer?

- ¿Hacer? Trabajar en alguno de los proyectos de investigación del gobierno, supongo.

- ¿Y luego? ¿A qué aspiras?

- La pregunta es poco científica - había sonreído Kramer -. Presupone algo así como metas definitivas

- Entonces, supón lo siguiente: no hay guerra ni proyecto de investigación del gobierno. ¿Qué harías en ese caso?

- No lo sé, pero me resulta difícil imaginar esa situación hipotética. Hay guerra desde que tuve uso de razón. Nos educan para la guerra: Ignoro lo que haría. Supongo que terminaría por adaptarme.

El profesor le había mirado fijamente.

- Ah, crees que te acostumbrarías. ¿eh? Bien, me complace. ¿Y piensas que encontrarías otra cosa?

Gross escuchaba con suma atención.

- ¿Cuáles son tus conclusiones, Kramer?

- Muy pocas, excepto que era contrario a la guerra.

- Todos somos contrarios a la guerra - puntualizó Gross.

- Es cierto, pero él era un solitario, se mantenía al margen de todo. Vivía con mucha sencillez, se hacía la comida él solo. Su mujer había muerto muchos años antes. Él había nacido en Europa, en Italia. Se cambió el nombre cuando llegó a Estados Unidos. Leía con frecuencia a Dante y a Milton. Hasta tenía una Biblia.

- Muy anticuado, ¿no?

- Sí, estaba muy anclado en el pasado. Compró un fonógrafo y discos, y escuchaba música antigua. Ya viste lo muy clásica que era su casa.

- ¿Estaba fichado? - preguntó Winter a Gross.

- ¿Por Seguridad? No, en absoluto. Según nuestros informes, nunca se mezcló en política ni se afilió a ningún partido; de hecho, parece que carecía de fuertes convicciones políticas.

- En efecto - añadió Kramer -, lo único que le gustaba era pasear por las colinas. Le gustaba la naturaleza.

- La naturaleza es imprescindible para los científicos - dijo Gross -. La ciencia no existiría sin ella.

- Kramer, después de apoderarse de la nave y esfumarse, ¿cuál crees que es su plan? - preguntó Winter.

- Quizá le volvió loco el trasplante - insinuó el piloto -. Quizá no tenga planes, ni ideas.

- Pero modificó las instalaciones de la nave y se aseguró de que conservaría la conciencia y la memoria antes de dar su consentimiento a la operación. Tuvo que hacer planes desde el principio. La pregunta es ¿cuáles?

- Es posible que sólo quisiera vivir más tiempo - dijo Kramer -. Estaba enfermo, a punto de morir. O...

- ¿O qué?.

- Nada. - Kramer se levantó -. Tan pronto como lleguemos a la base lunar llamaré por videófono a la Tierra. Quiero comentar este asunto con alguien.

- ¿Con quién? - preguntó Gross

- Con Dolores. Tal vez recuerde algo.

- Es una buena idea - aprobó Gross.



- ¿Desde dónde llamas? - preguntó Dolores cuando Kramer consiguió localizarla.

- Desde una base lunar.

- Se han esparcido toda clase de rumores. ¿Por qué no regresó la nave? ¿Qué sucedió?

- Me temo que se escapó con ella.

- ¿Quién?

- El viejo. El profesor Thomas.

Kramer explicó los últimos acontecimientos.

- Qué raro. ¿Crees que lo planeó todo desde el principio?

- Estoy seguro. Lo primero que hizo fue estudiar los planos y los principios teóricos.

- Pero ¿para qué? ¿Por qué?

- No lo sé. Oye, Dolores, ¿qué recuerdas de él? ¿Hay algo que nos pueda proporcionar una pista?

- ¿Como qué?

- No lo sé. Ése es el problema.

Vio en la pantalla cómo Dolores arqueaba una ceja.

- Recuerdo que criaba pollos en un corral, y que una vez tuvo una cabra. ¿Te acuerdas cuando la cabra se soltó y estuvo paseando por la calle principal de la ciudad? Todo el mundo se preguntaba de dónde había salido.

- ¿Algo más?

- No - intentó recordar -. Quería comprar una granja.

- De acuerdo, gracias. Cuando vuelva a la Tierra pasaré a verte.

- Tenme al corriente.

Kramer cortó la comunicación. La imagen se difuminó. Regresó a la mesa donde aguardaban Gross y algunos militares.

- ¿Hubo suerte? - preguntó Gross.

- No. Todo lo que recuerda es que tenía una cabra.

- Ven a mirar este radar. - Gross le arrastró a su lado -. ¡Mira!

Kramer vio aletas moviéndose furiosamente y puntitos blancos que corrían atrás y adelante.

- ¿Qué ocurre? - preguntó.

- Un escuadrón situado más allá de la zona defensiva ha conseguido establecer contacto con la nave. Ahora está tomando posiciones. Mira.

Los puntos blancos se disponían a rodear un ala blanca que atravesaba en línea recta la pantalla, alejándose de la posición central. Los puntos blancos fueron cerrando filas.

- Están preparados para abrir fuego - dijo un técnico -. Comandante, ¿cuáles son las órdenes?

- Odio ser el que tome la decisión - vaciló Gross -. Cuando lo tengan a tiro...

- No es una nave - interrumpió Kramer -. Es un hombre, un ser vivo. Una persona que cruza el espacio. Ojalá supiéramos...

- Es necesario dar la orden. No nos podemos arriesgar. Imagina por un momento que se pase a los yuks.

Kramer abrió la boca de asombro.

- Por Dios, nunca haría eso.

- ¿Estás seguro? ¿Sabes cuáles son sus propósitos?

- Nunca haría eso.

- Dígales que sigan adelante - ordenó Gross al técnico.

- Lo siento, señor, pero la nave ha huido. Observe la pantalla.

Gross y Kramer bajaron la vista al mismo tiempo. El punto blanco se había deslizado entre los negros con una brusca maniobra. Los puntos blancos, desorientados, se movían dispersos.

- Un estratega poco común - comentó uno de los oficiales. Recorrió con el dedo la trayectoria -. Se trata de un viejo truco prusiano, pero ha funcionado.

Los puntos blancos volvían a su base.

- Demasiadas naves yuks por esa zona - dijo Gross -. Bien, esto es lo que ocurre cuando no se actúa con la suficiente rapidez. - Miró fríamente a Kramer - Tuvimos que hacerlo en cuanto se puso a tiro. ¡Mira cómo escapa! - Indicó con el dedo el veloz punto negro que, al llegar al límite de la pantalla, se detuvo -. ¿Lo ves?

«¿Y ahora qué?», pensó Kramer. Así que el viejo había burlado a los cruceros. No descuidaba la vigilancia, de acuerdo; su mente funcionaba al ciento por ciento. Controlaba con suma habilidad su nuevo cuerpo.

Cuerpo... La nave era su nuevo cuerpo. Había cambiado su viejo y agonizante cuerpo, marchito y frágil, por un armazón de plástico y metal, turbinas y cohetes propulsores. Ahora era fuerte. Fuerte y grande. El nuevo cuerpo era más poderoso que el de un millar de cuerpos humanos. ¿Cuánto tiempo duraría? La vida media de un crucero no sobrepasaba los diez años. Alcanzaría los veinte siempre que fuera tratado con delicadeza, hasta que fallara alguna pieza esencial y no hubiera forma de repararlo.

¿Y después? ¿Qué haría cuando algo dejara de funcionar y nadie pudiera arreglarlo? Sería el fin. La nave, silenciosa e inerte, en la fría oscuridad del espacio, iría disminuyendo de velocidad hasta agotar su último impulso de energía en la eternidad sin límites del espacio exterior, o tal vez se estrellaría contra un cinturón de asteroides y estallaría en un millón de fragmentos.

Sólo era cuestión de tiempo.

- ¿No recordó nada tu esposa? - preguntó Gross.

- Ya te lo dije. Sólo que una vez tuvo una cabra.

- Una gran ayuda.

- No es culpa mía.

Kramer se encogió de hombros.

- Me pregunto si le volveremos a ver. - Gross contempló el ala blanca, parada en el extremo de la pantalla -. Me pregunto si alguna vez regresará.

- Yo también - asintió Kramer.



Kramer se revolvió en la cama toda la noche, insomne. No estaba acostumbrado a la escasa gravedad lunar que, incluso aumentada artificialmente, le resultaba incómoda. Un millar de pensamientos vagaban por su mente.

¿Cuál era el misterio? ¿Qué planeaba el profesor? Quizá nunca lo sabrían. Quizá era mejor que la nave y el profesor hubieran desaparecido para siempre en la oscuridad del espacio exterior. Nunca sabrían por qué lo había hecho, qué propósito, en caso de existir, le animaba.

Kramer se incorporó en la cama, abrió la luz y encendió un cigarrillo. La habitación, de paredes metálicas, formaba parte de la base lunar.

El viejo había querido hablar con él. Quería discutir, entablar una conversación, pero su único deseo, en medio de la histeria y la confusión, había sido el de huir. La nave les arrastraba hacia el espacio exterior. Kramer se frotó la mejilla. ¿Alguien podía culparles por haber saltado? No tenían ni idea de adónde iban, ni por qué. Estaban indefensos, atrapados en su propia nave; su única oportunidad era la nave que había ido a rescatarles. Media hora más y habría sido demasiado tarde.

Pero ¿qué había querido decirle el viejo? ¿Qué había tratado de comunicarle en aquellos primeros momentos de confusión, cuando toda la nave había cobrado vida, cada cable y cada plancha de metal, como el cuerpo de un animal, como un gigantesco organismo metálico?

Fue siniestro, aterrador. Ni aun ahora podía olvidarlo. Paseó la mirada por la pequeña habitación, inquieto. ¿Qué significaba la resurrección del metal y el plástico? De repente, se habían encontrado en el interior de una criatura viviente, en su estómago, como Jonás dentro de la ballena.

Estaba viva y les había hablado, con calma, racionalmente, mientras se zambullía a velocidad progresiva en el espacio exterior. El altavoz y el circuito habían hecho las veces de cuerdas vocales y de boca, los cables, la espina dorsal y los nervios, y las esclusas. los relés y los interruptores automáticos, los músculos.

Habían quedado a su merced, completamente a su merced. Les había arrebatado en un segundo la posesión de la nave, dejándoles indefensos, desnudos. Una situación muy perturbadora. Toda su vida había controlado las máquinas: había doblegado a la naturaleza y a las fuerzas de la naturaleza para que sirvieran a las necesidades del hombre. La raza humana había evolucionado poco a poco hasta lograr aprender a manipular las cosas. Y de repente la habían empujado escalera abajo, a los pies de un poder ante el que no eran más que niños.

Kramer saltó de la cama. Se puso la bata y buscó un cigarrillo. El videófono zumbó.

- ¿Sí?

- Una llamada de la Tierra, señor Kramer - anunció el monitor -. Una llamada de emergencia.

- ¿Una llamada de emergencia? ¿Para mí? Póngame.

Kramer se quitó el pelo de tos ojos, despierto y alarmado.

- ¿Philip Kramer? ¿Es usted Kramer? - preguntó una voz desconocida.

- Sí, diga.

- Le llamo desde el Hospital General de Nueva York, en la Tierra. Señor Kramer, su esposa está aquí. Ha sufrido graves heridas en un accidente. Me dieron su nombre para que le informara. Si le es posible...

- ¿Cuál es su estado? - Kramer aferró el aparato -. ¿Es grave?

- Sí, es grave, señor Kramer. ¿Puede venir? Cuanto antes, mejor.

- Sí - asintió Kramer - Iré. Gracias.

La comunicación se cortó. Kramer esperó un momento. Apretó el botón y la pantalla se iluminó de nuevo.

- A sus órdenes, señor - dijo el monitor.

- Necesito ir a la Tierra cuanto antes. ¿Hay alguna nave disponible? Se trata de una emergencia. Mi esposa...

- La próxima nave despegará dentro de ocho horas. Tendrá que esperar.

- ¿Hay alguna otra posibilidad?

- Transmitiremos un mensaje a todas las naves que circulen por las inmediaciones. Algunos cruceros que van camino de la Tierra se detienen aquí para efectuar reparaciones.

- Hágalo, por favor. Bajaré a la pista.

- Sí, señor, pero es posible que tarde en aparecer alguna nave. Es cuestión de suerte.

La pantalla se apagó.

Kramer se vistió a toda prisa. Se puso la chaqueta y corrió al ascensor. Un momento después cruzaba el vestíbulo principal, dejando atrás filas de escritorios vacíos y mesas de conferencia. Los centinelas de la puerta se apartaron y bajó por los enormes peldaños de hormigón.

La cara de la Luna estaba en sombras. La pista, una extensión negra, infinita, sin forma, se hallaba por completo a oscuras. Descendió los escalones con grandes precauciones y siguió por la rampa hasta la torre de control. Una hilera de lucecillas rojas le guió.

Dos soldados, agazapados al pie de la torre y con los fusiles dispuestos, le dieron el alto.

- ¿Kramer?

- Sí

Una linterna iluminó su rostro.

- Su mensaje ya ha sido enviado.

- ¿Ha habido suerte?

- Se acerca un crucero con el que hemos comunicado. Lleva un motor averiado y se mueve a poca velocidad hacia la Tierra, lejos de la línea defensiva.

- Bien - aprobó Kramer, algo más aliviado.

Encendió un cigarrillo y ofreció el paquete a los soldados. Ambos aceptaron.

- Señor - preguntó uno -, ¿es cierto lo que cuentan de la nave experimental?

- ¿Por ejemplo?

- Que cobró vida y salió huyendo.

- No, no exactamente. Utilizamos un nuevo sistema de control, en lugar del equipo Johnson. No se hicieron suficientes comprobaciones.

- Pero, señor, un amigo mío que estaba a bordo de uno de los cruceros que fue tras ella, me contó que la nave se comportó de una manera extraña. Nunca había visto nada parecido. Le recordó una vez que estuvo pescando en la Tierra, en el estado de Washington. Pescaba percas. Eran muy listas, y se movían de un lado a otro...

- ¡Mire! - indicó el otro soldado -. Ahí está su crucero.

Una enorme sombra imprecisa descendía lentamente sobre la pista. Sólo se distinguía una corta fila de luces verdes.

- Apresúrese, señor - dijo un soldado -, no se van a quedar mucho rato.

- Gracias.

Kramer cruzó la pista en dirección a la forma negra que se cernía sobre su cabeza y que ocupaba todo el ancho de la pista. Se sujetó a la rampa que había bajado desde un costado del crucero. La rampa se elevó, y un momento después se hallaba a bordo de la nave. La compuerta se cerró tras él.

Mientras subía la escalerilla que llevaba al puente de mando, las turbinas rugieron y el vehículo abandonó la Luna, rumbo al espacio.

Kramer abrió la puerta del puente de mando. Se detuvo en el umbral, atónito, y sorprendido. No había nadie a la vista. La nave estaba vacía.

- Santo Dios - murmuró al comprender la realidad. Se sentó en un banco con la cabeza hundida entre las manos - Santo Dios.

La nave se adentró en el espacio, alejándose cada vez más de la Luna y de la Tierra.

Y no podía hacer nada por evitarlo.



- Así que fue usted quien efectuó la llamada - dijo por fin -. Fue usted quien me llamó por videófono, no un hospital de la Tierra. Todo formaba parte del plan. - Paseó la vista en torno suyo -. Y Dolores no...

- Tu esposa está bien - dijo el altavoz - Fue una trampa. Lamento haberte engañado de esa manera, Philip, pero no se me ocurrió otra cosa. Un día más y habrías vuelto a la Tierra. No quiero permanecer en esta zona más de lo estrictamente necesario. Estaban tan seguros de que me hallaba en las profundidades del espacio que no me costó nada merodear por las cercanías sin exponerme a ningún peligro. Claro que hasta la carta robada fue descubierta.

Kramer fumó su cigarrillo con nerviosismo.

- ¿Qué piensa hacer ahora? ¿Adónde vamos?

- En primer lugar, quiero hablar contigo. Tenemos muchas cosas de qué discutir. Me disgustó mucho que te marcharas con los demás. Confiaba en que te quedarías. - La voz monótona rió entre dientes -. ¿Te acuerdas de nuestras conversaciones, en los viejos días? Ha pasado mucho tiempo.

La nave ganaba velocidad. Atravesó como un rayo el límite de la zona defensiva y se hundió en el espacio. Kramer se dobló en dos, a punto de vomitar.

Cuando se recuperó, la voz continuó hablando:

- Siento que vayamos tan rápidos, pero todavía estamos en peligro. Dentro de unos momentos iremos más despacio.

- ¿Y las naves yuk? ¿Andan por aquí?

- Me he escabullido de algunas. Despierto su curiosidad.

- ¿Curiosidad?

- Intuyen que soy diferente, mucho más que sus minas orgánicas. Eso no les gusta. Creo que pronto abandonarán esta zona. Parece que no desean problemas conmigo. Es una raza extraña, Philip. Me hubiera gustado estudiarles más de cerca, obtener todo tipo de información. Sostengo la opinión de que no utilizan materiales inertes. Todo su equipo e instrumental, de una u otra forma, están vivos. No construyen ni fabrican nada. Son ideas ajenas a su estructura mental. Utilizan formas de vida. Incluso sus naves...

- ¿Adónde vamos? - preguntó Kramer -. Quiero saber adónde me lleva.

- Francamente, no estoy seguro.

- ¿Que no está seguro?

- Me faltan por perfilar algunos detalles. Todavía hay ciertas deficiencias en mi programa, pero no tardaré en subsanarlas.

- ¿En qué consiste su programa?

- En realidad, es muy sencillo. Será mejor que entres en la sala de control y tomes asiento. Las butacas son mucho más cómodas que los bancos metálicos.

Kramer obedeció y se sentó frente al tablero de control. Contemplar aquel instrumental inutilizado le causaba una sensación extraña.

- ¿Qué te ocurre? - chirrió el altavoz que colgaba de la pared.

- Me siento impotente. - Kramer hizo un gesto vago -. No puedo hacer nada, y no me gusta. ¿Me lo reprocha?

- No, no te lo reprocho. Pronto recuperarás el control, no te preocupes. El hecho de mantenerte al margen es una situación meramente provisional. Ni siquiera me la había planteado. Olvidé que habían dado orden de disparar sobre mí en cuanto apareciera.

- Fue idea de Gross.

- No lo dudo. Se me ocurrió el plan tan pronto como me describiste el proyecto, aquel día en mi casa. En seguida comprendí que estabais equivocados; ignoráis todo acerca de la mente. Me di cuenta de que trasplantar un cerebro humano de un cuerpo orgánico a una compleja nave artificial no implica la pérdida de las facultades intelectuales de la mente. Cuando un hombre piensa, existe.

»Una vez llegado a esta conclusión, vi la posibilidad de hacer realidad un viejo sueño. Yo era ya muy viejo cuando me conociste, Philip. Mi vida estaba tocando a su fin. La única perspectiva que se abría ante mí era la muerte, la extinción de mis ideas. No había dejado huella en el mundo, ninguna en absoluto. Mis estudiantes, uno por uno, pasaban de mis manos al mundo externo, y entraban a trabajar en el gran Programa de Investigación, dirigido a inventar armas mejores y más poderosas para continuar la guerra.

»El mundo no ha cesado de guerrear durante mucho tiempo, primero consigo, después con los marcianos, luego con estos seres de Próxima Centauro de los que apenas sabemos nada. La sociedad humana ha consagrado la guerra como una institución cultural, al igual que la astronomía o las matemáticas. La guerra es parte de nuestras vidas, una carrera, una vocación respetable. Jóvenes de ambos sexos que poseen un gran talento se suben a esa rueda imparable, como en los tiempos de Nabucodonosor. Siempre ha sido así.

»¿Es algo innato en la humanidad? No lo creo. Ningún hábito social es innato. Hay muchos grupos humanos que no guerrean; los esquimales jamás lo hicieron, y los indios americanos nunca acogieron la idea con agrado.

»Pero estos disidentes fueron borrados del mapa, y se establecieron nuevos modelos culturales que se extendieron por todo el planeta, hasta impregnarnos por completo.

»Sin embargo, si en algún punto de la evolución se han producido discrepancias, si se han establecido costumbres diferentes a la concentración de hombres y material para...

- ¿Cuál es su plan? - interrumpió Kramer -. Conozco la teoría. Formaba parte de una de sus asignaturas.

- Sí, disfrazada en la asignatura de selección de cultivos, según creo recordar. Cuando me hiciste esta proposición, comprendí que tal vez podría llevar mi idea a la práctica, después de todo. Si mi teoría de que la guerra es un simple hábito y no un instinto es correcta, una sociedad establecida fuera de la Tierra, con una mínima base cultural, debería evolucionar de manera diferente. Si se apartara de nuestro punto de vista, si partiera de otros presupuestos, se desviaría del punto en el que nos hemos estancado: un callejón sin salida, una sucesión de guerras que finalizará con la ruina y la destrucción del planeta.

»Al principio, un Vigilante debería guiar el experimento, por supuesto. No tardaría en desencadenarse una crisis, quizá en la segunda generación. Caín surgiría casi al instante.

»Por lo tanto, Kramer, considero que si reposo la mayor parte del tiempo en algún pequeño planeta o satélite, podré seguir funcionando durante casi cien años, tiempo suficiente para observar la evolución de la nueva colonia. Después... Bien, después la colonia debería valerse por sus propios medios.

»La única solución válida, por supuesto. Un día u otro, el hombre ha de llevar sus propias riendas. Cien años más y controlará su destino. Quizá me equivoque, quizá la guerra sea algo más que un hábito. Quizá la supervivencia mediante la violencia sea una ley del universo.

»Con todo, seguiré adelante, asumiré el riesgo de que sea un simple hábito, de que estoy en lo cierto, de que la guerra es algo a lo que estamos tan acostumbrados que no comprendemos su monstruosidad. ¡Hay que encontrar un lugar! Aún no lo tengo claro. Sin embargo, es imprescindible hacerlo.

»Y eso es lo que estoy haciendo ahora. Tú y yo vamos a inspeccionar algunos sistemas fuera de las rutas habituales, planetas con pocas perspectivas para desarrollar el comercio y, por tanto, despreciados por las expediciones terrestres. Conozco uno que podría ser un buen sitio. Consta en el manuscrito original de la expedición Fairchild. Miraremos en ése, para empezar.

La nave quedó en silencio.



Kramer estuvo sentado un rato con la vista fija en el piso de metal, que vibraba lentamente al compás de las turbinas. Al fin, levantó los ojos.

- Tal vez esté en lo cierto. Quizá nuestro punto de vista sea sólo un hábito. - Kramer se puso de pie -. Pero es posible que no haya considerado un detalle.

- ¿Cuál?

- Si se trata de un hábito integrado profundamente en nuestro comportamiento desde hace miles de años, ¿cómo va a conseguir que sus colonizadores efectúen la ruptura, abandonen la Tierra y las costumbres terrestres? ¿Qué ocurrirá con esta generación, los primeros, los que funden la colonia? Creo que es correcto afirmar que la siguiente generación se vería libre de esta maldición, en el caso de que hubiera un... - sonrió - ...un viejo en lo alto que les enseñara otras cosas.

»¿Cómo conseguirá que la gente marche de la Tierra con usted si, según su teoría, esta generación está perdida, si todo empezará en la próxima?

El altavoz permaneció en silencio. Luego se oyó una débil risita.

- Me sorprendes, Philip. Buscaremos los colonizadores. No necesitamos demasiados, sólo unos cuantos. - El altavoz rió de nuevo -. Te explicaré mi solución.

Una puerta se abrió al otro lado del pasillo. Se produjo un sonido, un sonido vacilante. Kramer se volvió.

- ¡Dolores!

Dolores Kramer se quedó donde estaba, insegura, mirando la sala de control. Parpadeó de asombro.

- ¡Phil! ¿Qué haces aquí? ¿Qué sucede?

Intercambiaron una mirada.

- ¿Qué ocurre? - preguntó Dolores -. Me dijeron por videófono que habías resultado herido en una explosión lunar...

El altavoz volvió a la vida.

- Como ves, Philip, el problema ya está resuelto. No necesitamos mucha gente; bastará con una pareja.

- Comprendo - murmuró Kramer - Sólo una pareja: un hombre y una mujer.

- Podrían hacerlo muy bien, si hubiera alguien que velara para que el proceso no se desviara de su meta. No te podré ayudar mucho, Phil, muy poco, pero creo que saldremos adelante.

- Podría ayudarnos a dar nombre a los animales - ironizó Phil Kramer -. Entiendo que es el primer paso.

- Lo haré con gusto - dijo la voz monótona e impersonal -. Si no recuerdo mal, mi trabajo consiste en traértelos uno por uno. Luego te encargarás de ponerles nombre.

- No comprendo nada - balbuceó Dolores -. ¿De qué está hablando, Phil? Dar nombre a los animales. ¿Qué animales? ¿Adónde vamos?

Kramer caminó lentamente hacia la tronera y miró afuera en silencio con los brazos cruzados. Miríadas de chispas de luz destellaban en la lejanía, innumerables brasas resplandeciendo en el oscuro vacío. Estrellas, soles, sistemas. Infinitos, incalculables. Un universo de mundos. Una infinidad de planetas que les aguardaban, fulgurando y parpadeando en la oscuridad.

Se apartó de la tronera.

- ¿Adónde vamos? - Sonrió a su esposa, que le contemplaba de pie, nerviosa y asustada, con la inquietud reflejada en sus grandes ojos -. No sé adónde vamos, pero eso no parece importante ahora... Empiezo a comprender el punto de vista del profesor; el resultado es lo que cuenta.

Y por primera vez en muchos meses rodeó con su brazo a Dolores.

Ella se puso rígida, al principio, aterrada y nerviosa todavía, pero se apretó contra él y las lágrimas humedecieron sus mejillas.

- Phil..., ¿crees de veras que podemos volver a empezar...?

Él la besó con ternura, y después con pasión.

Y la nave surcó a toda velocidad la infinita y desconocida del vacío...





FIN

-

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