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sábado, 4 de octubre de 2008

Al otro lado del umbral - AUGUST DERLETH

Al otro lado del umbral
August Derleth

I
En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto modo, sin embargo, pertenece a la
familia entera, y por encima de ella, al mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar
los terribles detalles de lo que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo
de los bosques del norte de Wisconsin.
Las raíces de la historia retrotraen a las brumas de los primeros tiempos, muchísimo
antes de los principios de la familia Alwyn, pero de esta parte no sabía yo nada en la
época de mi visita a Wisconsin en respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño
debilitamiento de nuestro abuelo. abuelo. Desde niño, había considerado siempre a
Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía cambiar a lo largo de los
años: era un anciano de pecho abombado, con una cara llena y carnosa, decorada con
un bigote muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su
mandíbula cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas
pobladas; llevaba el pelo largo, de suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino.
Aunque le vi poco mi juventud, dejó en mí una huella imborrable, durante los breves
visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa solariega, próxima a
Arkham, en Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del
mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas del
Pacífico.
Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta de mi primo Frolin, que
vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en el corazón de los bosques y
lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que pudieses ausentarte de Massachusetts los
suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha
soplado mucho viento también, desde la última vez que estuviste. Francamente, creo
que es muy importante que vengas. En las actuales circunstancias, no sé a quien
dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y necesito a alguien en quien poder
confiar.» No habría nada que fuese claramente apremiante en la carta, y, sin embargo,
daba una extraña sensación de perentoriedad; había algo entre líneas que inducía,
invisiblemente, intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin;
algo en la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y en
la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.
Pude pedir permiso en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de
Arkham, en el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa
convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en avión de
Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más profundos de la
región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural, no en lejos de las costas
del lago Superior, de suerte que era posible, en días de viento, escuchar el ruido del
agua.
Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los cuarenta años, pero
aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos ojos castaños, su boca suave y
sensitiva, aunque el siempre había oscilado entre la gravedad y una especie de rudeza
contagiosa: «La sangre irlandesa», como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré
directamente a los ojos al darnos la mano, tratando de descubrir alguna clave de su
misteriosa zozobra, pero sólo vi que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le
traicionaban, al igual que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo,
aunque tengan la superficie como el cristal.
-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé, mientras nos internábamos en la
región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! - me lanzó una mirada extraña, contenida-. Ya lo verás.
Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar -admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé
en ti un montón de veces antes de sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan impaciente; lo verás por ti mismo. Es
su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar, ante la idea de que el espíritu de
nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear; el pensamiento de que aquel cerebro
magnífico hubiera declinado era intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -
exclamé-. Frolin, ¿qué diablos ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese solamente el abuelo... Pero está la
música, y luego todas esas cosas, los ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y
desvió los ojos, casi con un esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba.
No me preguntes más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa
forzada-. Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a
veces, también... con razón.
No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una especie de enervante temor, y
durante un rato permanecí en silencio junto a él, pensando solamente que Frolin y el
viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella vieja casa, ignorando los pinos inmensos de
los alrededores y el sonido del viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el
aire arrastraba desde el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de
oscuros pinos, y aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la
oscuridad, desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista,
tomaba ya posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los
gritos de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una
magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido del
coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la casa de los
Alwyn.
-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino desgarrado, fulminado por un rayo
hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas raquíticas arqueadas como brazos
retorcidos hacia el camino: un viejo tocón hacia el que llamaron mi atención las
palabras de Frolin, recordándome que estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera que no le dijeses que te he
llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle que te encontrabas no lejos de aquí, y se
te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a bajar a la estación a esperarte.
Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había llamado por su salud, se
molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la petición de Frolin implicaba algo más,
más que el simple deseo de salvaguardar el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en
mí esa singular, intangible alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor.
La casa sur gió súbitamente en un claro entre los pinos. Había sido construida por un tío
de nuestro abuelo en tiempos de la colonización de Wisconsin, allá por la década de
1850: uno de los Alwyn marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la
costa de Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del
monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas
arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la arquitectura de 1850,
adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las construcciones de aquel entonces.
Poseía una amplia galería, uno de cuyos costados conducía directamente a los establos
donde antiguamente se guardaban caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se
albergaban dos coches, único rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de
haber sido restaurado desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media
sobre un sótano; probablemente - la oscuridad me impedía precisarlo con seguridadestaba
pintada todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía
de las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar la luz
eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de una linterna y
una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.
Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un poco de equipaje, abriendo la
marcha hacia la puerta de la entrada, una gran pieza de roble de gruesos entrepaños,
decorada con una enorme y ridícula aldaba de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras,
aunque de la puerta entreabierta del fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba
para iluminar espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.
-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo escaleras arriba con el paso
seguro del que frecuenta constantemente el lugar-. Hay una linterna en el pilar de la
escalera, en el descansillo -añadió-, por si la necesitas. Ya conoces al viejo.
Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo imprescindible, de modo que cuando
subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya junto a la puerta de mi habitación, la cual,
como observé, se encontraba directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto,
orientada al oeste, como la propia casa.
-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí arriba que dé al este del
vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se
ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún comentario, pero como seguí callado,
prosiguió- : Así que tengo la habitación contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de
la mía, en el extremo sudeste. A propósito, como habrás adivinado, Hough está
preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la habitación.
Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin ventanas, construida bajo las
explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo Leander, habitación que ocupaba casi
toda la parte trasera de la casa, más el lado noroeste completo, y todo el ancho del
costado oeste, salvo el pequeño ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz
había visto yo filtrarse en el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido
adentrándose en la ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía
ventanas; pero no había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber
abierto ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este,
efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del suelo al
techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura, ejecutada al parecer
por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi propio tío-bisabuelo- hubiese
tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de lo usual, semejante ostentación podría
haberse pasado por alto; pero no era así; se trataba de una representación prosaica por
demás de un paisaje del norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva
rocosa que se abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una
bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro tiempo
en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía una nube siniestra
perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor. Esta dudosa obra de arte
dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar de las estanterías de libros que
ocupaban casi todo el espacio disponible de las paredes de la habitación, y de la absurda
colección de rarezas diseminadas por todas partes: trozos de piedra y madera
curiosamente labrados, extraños recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo.
El despacho tenía toda la falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi
abuelo como algo vivo; hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él
entraba.
-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda olvidarla -dije con una
mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo que cuando llega el invierno
sólo aparece a la hora de la s comidas. Se ha llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo sinceramente que tiene trastornado
el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día encontró unos viejos papeles de
Leander, y desde entonces parece haber empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y
se encogió de hombros-. Vamos. Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás
ocasión de juzgar por ti mismo.
Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto a ver a un anciano
consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y tantos años, y no podía vivir
eternamente. Pero físicamente no había cambiado en absoluto, por lo que pude apreciar.
Allí estaba sentado para cenar: aún era el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no
eran blancos, sino de un gris acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara
igual de gruesa y colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo
con apetito un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la
boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.
-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una región inexplorada, distinta de
las africanas, asiáticas y árticas.
Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo para él; fueran cuales fuesen
las alusiones que nuestro abuelo había dejado escapar sobre sus actividades, no incluían
esta novedad.
Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena lo pasamos hablando de los
demás parientes. Observé que el anciano volvía insistentemente sobre los largamente
olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué había sido de ellos? ¿Les había visto alguna
vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo no sabía prácticamente nada de nuestros parientes
de Innsmouth, y abrigaba la firme convicción de que todos habían muerto durante la
extraña catástrofe en la que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad
desaparecieron en el mar, no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas
preguntas inocentes me desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la
Miskatonic University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de
Innsmouth, y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre
extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que hiciera
verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían ocurrido en dicha
ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún retrato de ellos, y cuando le dije
que no, se quedó manifiestamente decepcionado.
-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander, pero las gentes de Harmon
que le conocieron me contaron hace años que era un hombre muy casero, que su aspecto
les recordaba al de una rana. -Súbitamente pareció más animado, comenzó a charlar con
un poco más de vivacidad-. ¿Tienes idea de lo que eso significa, muchacho? No, por
supuesto. Sería esperar demasiado...
Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café, tamborileando sobre la mesa
con los dedos, y mirando fijamente al vacío con expresión singularmente preocupada,
hasta que, de pronto, se levantó y abandonó la habitación, invitándonos a que fuésemos
a su despacho cuando hubiéramos terminado.
-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas que estás aquí.
Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que recogieran la mesa Hough y
su esposa, quienes habían servido a mi abuelo durante veinte años en esta casa. El
despacho estaba intacto, aparte la adición de la vieja cama doble, arrimada contra la
pared que separaba esta habitación de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos,
evidentemente, o más bien esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar
críptico al primo Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente
conversación con mi abuelo.
-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.
Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este tema, juntamente con otras
leyendas indias de la región del Norte: consistía en la creencia en un ser sobrenatural y
monstruoso, de aspecto horrendo, que habitaba en las grandes soledades de los bosques.
Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir una relación entre esta
leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al contestar yo en sentido afirmativo, me
expresó su curiosidad por saber cómo había llegado a conocer la leyenda india,
tomándose el trabajo de explicarme que su pregunta no tenía nada que ver con el
Wendigo.
-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de tropezarme con un montón de cosas
raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de su butaca-. Entonces,
conoces indudablemente este libro.
Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título en letras de oro iba
estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others, de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en su extraño relato, La
sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y en seguida me vino a la
memoria: era un cuento fantástico de horribles seres acuáticos, progenie de Cthulhu,
bestia de origen primordial que vivía en las profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió en Innsmouth, ¿cómo
puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?
Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo interés. A continuación sacó
un voluminoso sobre que tenía pegados muchos sellos de tres centavos de 1869, tan
apreciados por los coleccionistas, y extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío
Leander había dejado con instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo,
empero, no se había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos.
Me tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces ojos
de mí.
Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga, escrita a mano y con las frases
más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de dichas frases carecían de sentido, y
la hoja que tenía yo delante estaba repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron
palabras tales como Ithaqua, Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi
abuelo, no se me ocurrió que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho
tiempo. Pero no dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander
escribía con innecesaria confusión.
Mi abuelo rió entre dientes.
-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy parecido a mi propia
reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está claro que todo esto está en
clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente adecuada. Todavía no he
terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el índice-. Parece que se refiere a esta
casa, y hay una advertencia, repetida más de una vez, sobre que hay que tener cuidado
de no traspasar el umbral, so pena de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y
recruzado cada uno de los umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias
de ningún género. Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he
cruzado aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no parece irle muy en zaga -dije.
La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a la superficie. Apartó los
papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los dos con la otra, y dio a entender
claramente que tanto Frolin como yo habíamos dejado de existir para él en ese instante.
Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la habitación.
En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir nada, contentándose con
fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto largo, antes de dar media vuelta
y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos retiramos cada uno a nuestra alcoba a
descansar.
II
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido siempre de hondo interés para
mí, ya que me parece que se abren oportunidades sin límite ante cada individuo que está
alerta. Muchas son las veces que me he ido a la cama agobiado por un problema, para
encontrarlo resuelto -en la medida en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las
otras actividades más tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que
esa noche me retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las
extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que me dormí
por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión.
Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas más tarde, supe
inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en el libro de H. P.
Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo lugar me di cuenta de que
alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz apagada:
-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A todo esto, Frolin había
entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba ligeramente, quizá de frío, pues la
brisa de la noche de setiembre que entraba por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterio r, venía al parecer una música espectralmente hermosa: «Son
flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi habitación y no está tocando. Incluso
te diré que tiene las pilas gastadas. Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música
por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente apagada, y no obstante,
se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una dirección definida: mientras al
principio parecía provenir del exterior, ahora daba la sensación de que brotaba de debajo
de la casa. Era como una rara melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad. Se me ocurrió que su poco
natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara él o no expresar con palabras esa
razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa. Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta posibilidad que había temido
admitir ante mí mismo y que debía afrontar. Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja la luz; podemos hallar el
camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa, sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces y a ranas y a habitantes de
lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su lugar penetraba rápidamente
un frío, derramándose en el vestíbulo como algo vivo la indefinible fragancia de la
nieve, la apagada humedad del aire cargado de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó Frolin.
Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo hasta la puerta del
despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una delgada raya de luz amarilla.
Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos, de que la música aumentaba de
volumen, aunque no se hacía más comprensible, y ahora, ante la puerta del despacho, se
hizo evidente que provenía de dentro, y que la extraña variedad de olores venía
igualmente de dentro. La oscuridad parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror
inminente y presagioso que nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que
Frolin temblaba a mi lado.
Alcé impulsivamente la mano y llamé.
No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en que sonó el golpe en la puerta,
la música se detuvo, y los extraños olores se desvanecieron en el aire!
-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.
No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego no lo que vi. El aspecto de
la habitación no había cambiado un ápice, quitando el hecho de que el abuelo se había
acostado y la lámpara seguía ardiendo. Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme
a creer el testimonio de mis ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba.
¿De dónde había surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del
aire? La confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme,
turbado ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:
-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la música también, ¿no? Había
empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más. Es mongólica, me parece. Hace
tres noches era claramente india, del Norte otra vez, de Canadá y de Alaska. Creo que
hay lugares donde Ithaqua es adorado todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas
notas tocadas en el Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano sobre el manuscrito que tenía
delante, las hojas escritas por mi tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es
la música de las esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró- : Casi lo tengo, creo. Sólo falta
determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero, al fin y al cabo. Pero ahora
me pregunto si no serían criaturas del aire: Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que
algunos indios llaman el Wendigo. Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus
víctimas consigo a los espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me
está olvidando todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.
Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a escuchar expectante lo que yo
tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo hablar del saber preternatural que
encerraban los textos prohibidos de la Miskatonic University, el espantoso Libro de
Eibon, los oscuros Manuscritos Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más
tenebroso de todos, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle
todas las cosas que se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi
abuelo, los recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los
Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en un
tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho más,
y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal, ahora sometidas,
y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en cortos períodos, de manera
horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi memoria no había sido lo bastante
clara, o los había rechazado con la fuerza de mis prejuicios inherentes, ahora evocaba
sus nombres terribles: Cthulhu, guía poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra;
Yog-Sothoth y Tsathoggua, moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e
Ithaqua, el Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos
ellos. Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que había
sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun interpretarse
de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y ahora deshabitada
ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno de estos seres. Y había
otro corolario al que él no había llegado, pero que se desprendía de algo que había dicho
por la tarde: que en algún lugar de la casa había un umbral que un hombre no debía
atreverse a trasponer, y que había un peligro acechando al otro lado de ese umbral que
no era sino la vía de retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con
los dioses primordiales que tío Leander había tenido.
Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las palabras de mi abuelo.
Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir, y más tarde no pude
culparme de no haber comprendido plenamente que las actividades de mi abuelo se
orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral secreto del que tío Leander hablaba
tan crípticamente en sus cartas... ¡y a cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me
encontraba, preocupado con la antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses
arquetípicos, no seguí los evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión,
posiblemente porque temía instintivamente llegar demasiado lejos.
Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que pude. El escuchó atentamente,
haciendo de cuando en cuando alguna pregunta concreta, palidecie ndo ligeramente ante
determinados detalles que no podía yo dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico
como yo había pensado. Esto era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por
descubrir sobre las actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di
cuenta inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la
razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación,
necesariamente breve.
A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó a sus ojos una expresión
que indicaba que su atención se había desviado de mí, de la habitación, a algo más allá;
se quedó en la actitud del que escucha, e impulsado por su gesto, me esforcé yo también
por averiguar qué era lo que oía.
«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado ahora un poco -pensé-. Va a
haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.
Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la ventana, me hizo señas de que le
siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin decir palabra, señaló hacia la oscuridad
que envolvía la casa. Tardé un momento en acostumbrar mis ojos a la noche, pero
después pude ver la línea de árboles recortada fuertemente contra el cielo limpio y
estrellado. Y entonces, instantáneamente, comprendí.
Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada turbaba la quietud de los
árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una copa, ni una ramita se mecía lo que
es el espesor de un cabello!
-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal como para borrar la visión de
mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana también-. Yo ya lo he oído
otras veces.
Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la sazón, el ruido del
viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de suerte que parecía como si la
vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y lanzada valle abajo. En efecto, hubo un
leve temblor en el mismo momento en que lo estaba pensando: una extraña vibración,
como si la casa se estremeciera, y los cuadros de las paredes se movieran ligeramente,
de manera casi furtiva, casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible.
Miré a Frolin, pero su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo
que comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación. El
ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de notas de
música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan perfectamente mezcladas
con la voz del viento que al principio no se distinguían. La música era semejante a la de
antes, como de flautas, y de cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora
mucho más violenta, resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de
abominable maldad. Al mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La
primera fue el ruido como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron
penetrar en la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se
produjeron dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que
denotaba su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.
La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el nórdico estado de
Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido razonablemente confortable. Ahora,
de pronto, coincidiendo con los pasos que se acercaban, la temperatura comenzó a
descender rápidamente, de modo que en poco tiempo el aire de la habitación se enfrió, y
tanto Frolin como yo tuvimos que ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo,
esto no parecía ser la culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba
Frolin: seguía de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de
tiempo en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No
sé el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de
producirse el final.
Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco susurro, exclamó:
-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado repentinamente y decrecía desde el
violento frenesí anterior ; ahora se transformó en una melodía de una dulzura casi
insoportable, con cierto matiz melancólico, y resultaba tan agradable como perversa
había sido la anterior; sin embargo, la nota de terror no había desaparecido
completamente. Al mismo tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron
progresivamente en una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa...,
como del despacho.
-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no, ese ser viene y canta para él -
sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante, antes de añadir amargamente en voz baja
e intensa- : ¡Si hubiese quemado esos malditos papeles de Leander, como debía haber
hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando atentamente.
Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído nunca; eran una especie de
berridos horribles y primitivos, como si alguna criatura bestial, dotada de media lengua,
aullase sílabas de insensato horror. Echamos a correr y abrimos la puerta;
inmediatamente, los sonidos parecieron más claros, de forma que lo que yo había
tomado por muchas voces era sólo una, capaz, no obstante, de producir la ilusión de
multiplicidad. Las palabras -o quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se
elevaban desde abajo como un aullido sobrecogedor:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-
Niggurath! ¡Ithaqua naflfhtagn!

Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada vez más terriblemente, hasta el
punto que pensé que la casa iba a salir despedida al vacío en cualquier momento, y
Frolin y yo de sus habitaciones, y que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos
desamparados. En la confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en
ese instante en mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a
Frolin, eché a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a
ponerme entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y
me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las manifestaciones:
como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que momentáneamente se hizo
aún más terrible.
Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo.
Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque ahora tenía los ojos
abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el enorme cuadro de la pared
este.
-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma, y entré un poco más en la
habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su cama, procurando que fijara su
atención en mí, pero siguió mirando el cuadro con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere, encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría satisfecho si no fuera así, muchacho
-replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la cama -prosiguió-. En cuanto a
lo que has oído, no sé cuánto has oído tú..., pero es algo por el momento inexplicable.
Pero quisiera llamar tu atención hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin embargo, ahí estaba el ruido del
viento, y todas esas voces del viento... tal como las he oído en Mongolia, en las grandes
regiones nevadas, en la lejana y secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho
adora a extraños dioses antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me
parecieron enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de
Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros, efectivamente,
el Wendigo, y sobre sus creencias de que El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta
sacrificios humanos y se lleva a sus víctimas a parajes apartados de la Tierra,
abandonándolas finalment e muertas? ¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy
extrañas... y algo más -se inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he
visto cosas..., cosas encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible
que existan en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me
despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su rostro-.
No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino, y espera tu final
a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente, echándose hacia atrás.
Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y no había forma de
ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al vestíbulo con Frolin, que
movía la cabeza lenta, negativamente.
-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con más fuerza, el frío es más
intenso, las voces y la música más claras... ¡y el ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un momento de vacilación, le
seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto saludable. En el momento de
entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough, evidentemente en respuesta a una
petición, pues el viejo criado se mantenía respetuosamente inclinado mientras oía decir
a mi abuelo que él y la señora Hough podían efectivamente tomarse una semana de
vacaciones a partir de este momento, si la salud de la señora Hough requería ir a
Wausau a visitar a un especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su
rostro había perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado,
aunque comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus
ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta necesidad que
les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de combatir las
manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche en la casa.
-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te ha ido el aspecto
macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado por ti. Supongo que
tampoco te sentirás tan escéptico como antes.
Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por desgracia, yo no pude
considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco, mirándole de cuando en cuando,
esperando a que empezara la explicación de los extraños sucesos de la noche anterior.
Como en seguida me di cuenta de que no tenía intención de explicarme nada, me vi
obligado a pedírselo expresamente, cosa que hice con toda la dignidad posible.
-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho es que ese umbral del
que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del despacho; anoche sentí la
absoluta certeza de que era así, antes de que irrumpieras en mi habitación por segunda
vez. Además, parece incuestionable que al menos un miembro de la familia tuvo
relaciones con alguno de aquellos seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis poderes, el alboroto que
oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua es signo de la progenie de
Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor, o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las
estrellas no están en la posición favorable para que sea Hastur -prosiguió-. Así que
debemos quedarnos con los otros dos. Son ellos, o uno de ellos, los que están
justamente al otro lado del umbral. Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si
puedo descubrirlo.
Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta indiferencia sobre estos seres
antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan alarmante como los acontecimientos de la
noche. La temporal sensación de seguridad que había sentido yo al verle desayunar
desapareció; empecé a tener conciencia nuevamente de ese creciente temor que había
experimentado cuando me aproximaba a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber
forzado mi interrogatorio.
Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando con el tono del profesor que
realiza una investigación científica para beneficio del auditorio que tiene delante. No
cabía duda, dijo, que existía una relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto
exterior no humano de Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth
originalmente por el culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado
de esa singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita
Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a los
investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera eso. En todo
caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia las regiones inexploradas
de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con alguno de los otros seres más
antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que decir, fuerzas elementales del mal. Al
parecer, Leander Alwyn era un hombre perverso.
-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces habría que hacer caso de la
advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado empeño en descubrir el umbral del
que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia; pero era evidente que no se
sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso seguirla. Al fin y al cabo,
Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con esos... seres -dije-. Tú no
tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios desconocidos, por así decir, sin tener en
cuenta los horrores que puedes encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también. Jamás en la vida pensé
que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y luego se levantó lentamente-. No;
me propongo descubrir el umbral de Leander. Y esta noche, oigáis lo que oigáis, no
tratéis de interrumpirme. Sería una lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a
retrasar vuestra impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y abandonó la habitación.
III
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil narrar los acontecimientos de
aquella noche catastrófica, por lo vívidamente que me vuelven a la memoria, a pesar del
prosaico ambie nte de la Miskatonic University, donde tantos y tan tremendos secretos
se ocultan en textos antiguos y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los
difundidos acontecimientos que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de
aquella noche.
Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los libros y papeles de mi abuelo,
con intención de comprobar ciertas leyendas a las que se había referido en sus
conversaciones, no sólo conmigo, sino con Frolin antes de mi llegada. A lo largo de
toda su obra aparecían infinidad de alusiones crípticas, pero no encontramos más que un
relato relacionado con nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente
de origen legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson,
Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la reaparición de
los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o moribundos, balbuciendo palabras
sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y sobre muchos lugares de la faz de la
Tierra, y portando consigo extraños objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se
había sabido que poseyeran en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba
claramente relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las
que se relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible
Necronomicón.
Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera palpable con nuestro
problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase la noche.
En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de Hough, mi abuelo se
comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para nada a su extraña aventura,
comentando solamente que ahora tenía la prueba concreta de que había sido Leander
quien había pintado ese poco atractivo paisaje de la pared este del despacho, y que
esperaba que pronto -dado que estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y
vaga carta de Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al
que se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de nuevo
solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle el mayor
disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió a salir ya nunca.
-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo Frolin, frunciendo levemente
el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar al final, y no hay nada que
podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...
Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos llamaba, sería demasiado
tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz alta.
Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con los acordes de aquella
música espectralmente hermosa, como de flautas, que brotaba de la oscuridad que
envolvía la casa. Después, al cabo de un rato, comenzó el viento, y el frío, y la voz
ululante. Y entonces, precedido por un aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba
en la habitación, sucedió algo más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo
estábamos a oscuras; yo no me había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que
ninguna luz podría revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana
y, cuando el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles,
pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del viento; pero
una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni una nube tampoco en
el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las constelaciones del verano descendían
hacia el borde occidental de la Tierra indicando el otoño en el firmamento. El ruido del
viento se había elevado invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un
ventarrón; y no obstante, ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que
la negrura del cielo.
Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante parpadeé en un esfuerzo por
convencerme de que un sueño había nublado mi visión-. en una amplia zona del
firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me puse de pie y pegué la cara contra el
cristal. Era como si hubiese surgido una nube de repente en el cielo, a la altura casi del
cenit; pero no era posible que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y
por encima, brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el
oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un animal inmenso,
una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el cielo lo que semejaba una
cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los ojos, resplandecían con un rojo
encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran estrellas? En ese mismo instante, los
ruidos de pasos que se aproximaban aumentaron hasta tal punto que la casa se
estremecía y temblaba con sus vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a
unas proporciones indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba
enloquecedor.
-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que me apretaba frenéticamente
el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no era una alucinación, ni un sueño, ese
ser gigantesco que se recortaba sobre las estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!
Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un instante después, la sombra
del cielo había desaparecido, y volvían a brillar las estrellas. El viento, no obstante, no
había disminuido un ápice en intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento
por momentos; la casa entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas
atronadoras sonaban y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue
intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en el aire:
era un frío como de los espacios exteriores.
Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda que contaban los papeles
de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya característica consistía en el frío y la nieve de
las lejanas regiones árticas. Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de
aullidos, cántico triunfal de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak vulgtumm vugtlagln
vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!

Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e inmediatamente después, la voz
de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un grito que se convirtió en un alarido de
mortal terror, de forma que los nombres que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se
perdieron, se ahogaron en su garganta bajo la fuerza del horror que se le había
manifestado.
Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron todos los demás fenómenos,
dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos envuelve como una nube de
fatalidad.
Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo, aunque no me quedé atrás. Se
cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a la luz de mi vela eléctrica, que había
cogido yo al salir, y juntos arremetimos contra la puerta del despacho, llamando al
anciano.
No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la puerta probaba que aún ardía la
luz de su lámpara.
La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue necesario derribarla para poder
entrar.
No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este, en cambio, se abría una
gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora tumbada en el suelo -una abertura
rocosa que conducía a las profundidades de la tierra-, y por encima de todo cuanto había
en la habitación se extendía la marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales
brillaban como un millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi
abuelo. Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera
sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!
Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el manuscrito de tío Leander,
pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio un grito repentino, y señaló el cuadro
que tío Leander había pintado, y luego el boquete que se abría ante nosotros.
-Estaba ahí... el umbral -dijo.
Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero demasiado tarde: ¡el cuadro
de tío Leander no era más que la representación del lugar donde se había construido la
casa para ocultar la cavernosa abertura de la ladera, el umbral secreto sobre el que
advertía el manuscrito de Leander, el umbral por el que mi abuelo había desaparecido!
Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más maldito de todos los hechos
extraños. La policía del condado practicó una inspección completa de la caverna,
auxiliada por algunos intrépidos aventureros de Harmon; descubrió que tenía varias
aberturas, y comprobó que cualquiera que quisiese llegar hasta la casa a través de la
caverna, habría tenido que entrar por una de las innumerables hendiduras descubiertas
en los montes de los alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó
revelada tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades
debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron en
libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo.
Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos hechos; hechos que, a la luz de
las alusiones de mi abuelo, juntamente con las horribles leyendas contenidas en los
libros raros que guardamos aparte aquí, en la biblioteca de la Miskatonic University, son
condenables y condenablemente incontrovertibles.
El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de pies encontradas en la tierra en
el lugar donde se alzó aquella noche la sombra que cubría las estrellas de los cielos, la
increíble anchura y profundidad que tenían, como si hubiese caminado por allí un
monstruo prehistórico, y los pasos de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá
de la casa y desaparecían en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un
rastro idéntico al descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos
desdichados viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la
Tierra.
El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi abuelo, junto con una
parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas cosas en una capa de hielo, en
el interior de los nevados bosques que hay más arriba de Saskatchewan, con todos los
indicios de haber caído desde una gran altura. La última anotación estaba fechada el día
de su desaparición, a finales de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de
abril del siguiente año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su
extraña aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella
horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho, traducción que
en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias contra el terror del otro
lado del umbral, había servido para invocar del exterior a una criatura tan horrible que
jamás ha intentado nadie describirla, ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos
relatos se hallan difundidos por toda la faz de la Tierra.
Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de todas: el descubrimiento,
siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en una pequeñísima isla del Pacífico,
no lejos de Singapur, al sudeste, y el singular informe que dieron de su estado:
perfectamente conservado, como en hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las
manos desnudas hasta los cinco días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el
hecho singular de que lo encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído
de un aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la leyenda
de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas de la Tierra en el
tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era innegable que mi abuelo había
estado vivo durante parte de ese viaje, y si abrigábamos alguna duda sobre ello, las
cosas encontradas en sus bolsillos, recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y
que nos enviaron a nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa
de oro, con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual llevaba
en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el doctor Backham de la
Miskatonic University identificó como procedente de alguna región situada más allá de
la memoria del hombre; el abominable libro escrito en birmano, que revelaba
horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta de Leng, tierra del terrible pueblo
Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y bestial miniatura, tallada en piedra, de una
monstruosidad infernal caminando sobre los vientos, por encima de la Tierra!

viernes, 8 de agosto de 2008

LA VENTANA EN LA BUHARDILLA -- H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH


H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
LA VENTANA EN LA BUHARDILLA


I
Me trasladé a casa de mi primo Wilbur cuando aún no había pasado un mes desde su inesperada muerte. Lo hice no sin cierto recelo, pues no me agradaba demasiado la soledad del valle entre montañas del Aylesbury Pike. Pero me parecía bastante lógico que esa propiedad de mi primo favorito hubiese recaído sobre mí. Cuando aún no era propiedad de los Wharton, la casa había estado sin habitar durante mucho tiempo. No había sido utilizada desde que el nieto del campesino que la había construido se marchó a la ciudad de Kingston, en la costa, y mi primo la compró a aquel heredero disgustado con el tipo de vida que llevaba en esa triste y agotada tierra. Fue algo imprevisto, como solían hacer las cosas los Akeley: impulsivamente.
Wilbur había sido estudiante de arqueología y antropología durante muchos años. Se había licenciado en la Universidad de Miskatonic, en Arkham, e inmediatamente después pasó tres años en Mongolia, Tíbet, Sinkiang, y otros tres en América del Sur, América Central y la parte suroeste de Estados Unidos. Había venido personalmente a dar la respuesta a una proposición que le hicieron para formar parte del profesorado de la Universidad de Miskatonic, pero en lugar de eso, se compró la vieja finca de los Wharton y se dedicó a repararla: tiró todas las alas con excepción de una, y dio a la estructura central una forma todavía más extraña que la que había adquirido a lo largo de las veinte décadas de su existencia. Pero ni siquiera yo tuve plena conciencia del alcance de estas reformas hasta que tomé posesión de la casa.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Wilbur sólo había dejado sin alterar uno de los laterales de la casa, había reconstruido por completo la fachada y la parte posterior, y había acondicionado una habitación en el desván del ala sur de la planta baja. La casa había sido en principio de una planta, con un enorme desván, que sirvió en su época para llenarse de todo tipo de bártulos de la vida rural de Nueva Inglaterra. En parte había sido construida con troncos; y ese tipo de construcción lo había dejado Wilbur tal cual, lo que demostraba el respeto de mi primo por la artesanía de nuestros antepasados de estas tierras: la familia Akeley llevaba en América cerca de doscientos años cuando Wilbur decidió dejar sus viajes y asentarse en su lugar de origen. El año, si mal no recuerdo, era 1921: no vivió allí más que tres años, de modo que fue en 1924 -el 16 de abril- cuando me trasladé a la casa para hacerme cargo de ella según disponía el testamento.
La casa estaba más o menos como la había dejado. No concordaba con el paisaje de Nueva Inglaterra, ya que a pesar de las huellas del pasado en sus cimientos de piedra y en los troncos, lo mismo que en la chimenea, había sido tan renovada que parecía fruto de varias generaciones. La mayor parte de estas reformas las había hecho Wilbur para su mayor comodidad, pero había un cambio que me causó extrañeza, y del que Wilbur nunca había dado ninguna explicación: era la instalación en la zona sur de la buhardilla, de una gran ventana redonda, con un curioso cristal opaco, del que simplemente había dicho que era una antigüedad muy valiosa, descubierta y adquirida durante su estancia en Asia. Se refirió a ella en una ocasión como «el cristal de Leng» y en otra habló de que «su origen posiblemente se deba a las Híadas». Ninguna de las dos referencias me aclaraba nada, pero, si he de ser sincero, tampoco estos caprichos de mi primo me interesaban lo suficiente como para averiguar más.
Pronto deseé, sin embargo, haberlo hecho. En seguida descubrí, una vez instalado en la casa, que toda la vida de mi primo parecía desenvolverse, no en las habitaciones centrales del piso de abajo, como sería de esperar, puesto que eran las más acondicionadas en cuanto a comodidades, sino en torno al cuarto abuhardillado. Aquí era donde tenía sus pipas, sus libros favoritos, sus discos, y los muebles más cómodos. Era también aquí donde trabajaba, donde estudiaba los manuscritos relacionados con su profesión y donde le sorprendió -mientras consultaba unos volúmenes de la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic- la enfermedad coronaria que acabó con su vida.
O adaptaba mi forma de vida a sus cosas, o adaptaba sus cosas a mi forma de vida. Decidí esto último. Como primera medida, tenía que restablecer la disposición adecuada de la casa y vivir de nuevo en las estancias de la planta baja, ya que, a decir verdad, sentí desde el principio que la buhardilla me repelía. En parte, cierto, porque me recordaba la presencia de mi primo muerto, quien nunca mas ocuparía su lugar favorito de la casa, pero también porque la habitación me resultaba totalmente extraña y fría. Me sentía rechazado como por una fuerza física que no podía comprender, aunque posiblemente aquel rechazo se correspondía con mi actitud hacia la habitación a la que no comprendía, como nunca pude comprender a mi primo Wilbur.
Las reformas que deseaba hacer no eran del todo fáciles. Pronto me di cuenta de que la vieja ‘guarida’ de mi primo imprimía carácter a toda la casa. Hay quien piensa que las casas asumen algo del carácter de sus dueños; si la vieja casa había adquirido algo del carácter de los Wharton, que habían vivido en ella durante tanto tiempo, sin duda mi primo lo había borrado con sus reformas, pues ahora parecía hablar fielmente de la presencia de Wilbur Akeley. No era tanto una sensación opresiva como la molesta convicción de no estar solo, de ser observado minuciosamente por algo que me era desconocido.
Quizá la responsable de estas fantasías era la propia soledad de la casa, pero me daba la impresión de que la habitación favorita de mi primo era algo vivo, que esperaba su regreso, como un animal que no se ha dado cuenta de que la muerte ha hecho acto de presencia y el dueño a quien espera no volverá jamás. Quizá debido a esta obsesión presté a aquel cuarto más atención que la que de hecho merecía. Había retirado de allí algunas cosas, como, por ejemplo, una cómoda silla; pero algo me impulsó a devolverla a su lugar, como una obligación emanada de convicciones diversas, y a menudo conflictivas: que esta silla, por ejemplo, pudiera estar hecha para alguien con diferente constitución a la mía, y por ello resultaba incómoda a mi persona, o que la luz no fuera tan buena abajo como arriba, por lo que también devolví a la buhardilla los libros que había retirado de sus estantes.
Sin lugar a dudas, las características de la habitación eran totalmente diferentes a las del resto de la casa. La casa de mi primo era en general bastante vulgar, si se exceptúa esa habitación. La planta baja estaba llena de comodidades, pero parecía haber sido poco utilizada, con excepción de la cocina. La habitación, en cambio, estaba bien amueblada, pero de un modo diferente, difícil de explicar. Era como si la habitación, sin duda un estudio construido por un hombre para su propio uso, hubiese sido utilizada por innumerables personas, cada una de las cuales hubiese dejado algo de sí misma dentro de esas paredes, pero sin ninguna huella identificadora. Sin embargo, yo sabía que mi primo había llevado una vida de ermitaño, con la excepción de sus salidas a la Universidad de Miskatonic de Arkham y a la Biblioteca Widener de Boston. No había viajado, ni recibía visitas. En las pocas ocasiones en que paré en su casa -por razones de trabajo muchas veces me encontraba en los alrededores-, aunque siempre se portó cortésmente, parecía estar deseando que me marchase. Y eso que nunca permanecí allí más de quince minutos.
A decir verdad, el ambiente que flotaba en la buhardilla me hizo olvidar el deseo de cambiarla. El piso de abajo era suficiente para mí; me proporcionaba un hogar agradable, y no me fue difícil prescindir de la buhardilla y de las reformas que pensaba hacer allí, hasta casi olvidarme de ello y considerarlo sin importancia. Además, con frecuencia pasaba fuera varios días y varias noches, y no tenía prisa alguna por reformar la casa. El testamento de mi primo había sido refrendado oficialmente, y la casa registrada a mi nombre, de modo que nada amenazaba mi propiedad.
Iodo habría ido bien, puesto que ya me había olvidado de los incumplidos planes para la buhardilla, de no haber sido por los pequeños incidentes que empezaron a turbarme. Al principio, sin ninguna consecuencia; eran cosas sin importancia que casi pasaron inadvertidas. Creo recordar que la primera de ellas sucedió al mes escaso de estar allí, y fue tan insignificante que, hasta pasadas varias semanas, no se me ocurrió relacionarla con acontecimientos posteriores. Escuché el ruido una noche, mientras leía cerca de la chimenea en la planta baja, y no era probablemente nada más que un gato o algún animal similar arañando la puerta para que le dejase entrar. Pero se oía con tanta claridad que me levanté a mirar en la puerta principal y en la puerta posterior, sin encontrar rastro de ningún gato. El animal había desaparecido en la noche. Le llamé varias veces, pero no obtuve respuesta ni escuché el menor ruido. No me había dado tiempo a sentarme, cuando empezó de nuevo a arañar la puerta. Lo intenté por lo menos media docena de veces, pero no logré ver al gato, hasta que me molestó tanto aquello que, de haberlo visto, probablemente lo habría matado.
Por sí solo, este incidente era trivial, y nadie pensaría dos veces en él. ¿Sería un gato que conocía a mi primo, y que al no conocerme a mí se había asustado? Pudiera ser. No pensé más en ello. Sin embargo, no había pasado una semana cuando ocurrió un incidente similar, pero con una acusada diferencia respecto al primero. Esta vez, en lugar de arañazos de gato, el sonido era algo que se deslizaba a tientas, y que me provocó un escalofrío, como si una serpiente gigante o la trompa de un elefante rozase en las ventanas y en las puertas. Tras el sonido, mi reacción fue idéntica a la vez anterior. Oí, pero no vi nada; escuchaba y no descubría nada, sólo los sonidos inaprensibles. ¿Un gato? ¿Una serpiente? ¿O qué?
Aparte del gato y de la serpiente, que no tardaron en volver, sucedieron otros nuevos incidentes. En ocasiones escuchaba lo que parecía el sonido de las pezuñas de una bestia, o las pisadas de un gigantesco animal, o los picotazos de pájaros en las ventanas, o el deslizamiento de un gran cuerpo, o el sonido aspirante de unos labios. ¿Qué podía deducir de todo esto? Consideré que eran alucinaciones mías y descarté que existiera una explicación, puesto que los sonidos aparecían en cualquier momento, a todas horas de la noche y del día. De haber habido algún animal de cualquier tamaño en la puerta o en la ventana, tendría que haberlo visto antes de que desapareciese en el bosque de las colinas que rodeaban la casa (lo que había sido campo se hallaba ahora cubierto de álamos, abedules y fresnos).
Este ciclo misterioso quizá no bahía sido interrumpido, de no ser porque una noche abrí la puerta de las escaleras que conducían a la buhardilla de mi primo, debido al calor que hacía en la planta baja; fue entonces cuando los arañazos del gato empezaron otra vez, y me di cuenta de que el ruido no venía de las puertas, sino de la misma ventana de la buhardilla. Subí escaleras arriba, sin dudarlo, sin pararme a pensar que tendría que tratarse de un gato muy especial para poder trepar hasta el segundo piso de la casa y llamar para que le dejasen entrar por la ventana redonda, única abertura al exterior de la habitación. Y puesto que la ventana no se abría, ni siquiera parcialmente, y como se trataba de un cristal opaco, no pude ver nada. Pero sí me quedé allí escuchando el ruido producido por los arañazos de un gato, tan cerca como si viniese del otro lado del cristal.
Bajé corriendo, cogí una potente linterna y salí a la calurosa noche de verano para iluminar la pared en que estaba la ventana. Pero ya había cesado todo ruido, y ya no había nada que ver excepto la pared de la casa y la ventana, tan negra por fuera como blanca y opaca por dentro. Pude haber seguido desconcertado durante el resto de mi vida y muchas veces pienso que indudablemente eso habría sido lo mejor, pero no fue así.
Por esta época recibí de una vieja tía un gato, llamado «Little Sam», que se había llevado un premio y que había sido mascota mía hacía cosa de dos años, cuando aún era pequeño. Mi tía había acogido con cierta alarma mis intenciones de vivir solo, y finalmente me había mandado uno de sus gatos para que me hiciese compañía. «Little Sam», ahora, desafiaba su nombre: tendría que haberse llamado «Big Sam». Había engordado mucho desde la última vez que lo vi, y se había convertido en un felino fiero y negro, todo un ejemplar de su especie. «Little Sam» me demostraba con arrumacos su afecto, pero mostraba una gran desconfianza hacia la casa. A veces dormía cómodamente a los pies de la chimenea; en otros momentos parecía un gato poseído: aullaba para que le dejara salir afuera. Y cuando sonaban aquellos extraños sonidos que parecían de animales que pretendían entrar en la casa, «Little Sam» se volvía loco de miedo y de furia, y tenía que dejarle salir de inmediato para que pudiera refugiarse en una vieja dependencia que no había sido afectada por las reformas de mi primo. Allí dentro se pasaba la noche -allí o en el bosque- y no volvía hasta el amanecer, cuando le entraba hambre. A lo que se negaba siempre rotundamente era a entrar en la buhardilla.
II
Fue el gato, en realidad, el que me impulsó a profundizar en los trabajos de mi primo. Las reacciones de «Little Sam» eran tan anómalas que no me quedó otro remedio que rebuscar entre los revueltos papeles que había dejado mi primo, a ver si encontraba alguna explicación al fenómeno ya habitual de la casa. Casi en seguida me tropecé con una carta sin terminar, en el cajón del escritorio de una habitación de la planta baja; estaba dirigida a mí, y parecía evidente que Wilbur era consciente de su enfermedad, puesto que la carta parecía contener instrucciones en caso de muerte. Pero lo más probable también era que Wilbur ignorase la inminencia de su muerte, pues la carta había sido empezada tan sólo un mes antes de que le sobreviniese aquélla y aguardaba a medio acabar en un cajón, como si mi primo hubiera pensado que le quedaba tiempo de sobra para terminarla.
«Querido Fred -había escrito-, los mejores médicos me dicen que me queda poco tiempo de vida, y como ya he dicho en mi testamento que serás mi heredero, quiero añadir a ese documento unas cuantas disposiciones últimas que te ruego recuerdes y lleves a cabo fielmente. Hay en especial tres cosas que debes hacer sin falta, y del modo que te indico:
l. Todos los papeles que están en los cajones A, B y C de mi armario deben ser destruidos.
2. Todos los libros de los estantes H, I, J y K han de ser devueltos a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic de Arkham.
3. La ventana redonda que está en el cuarto abuhardillado de arriba tiene que ser rota. No se trata de quitarla simplemente, debe ser hecha añicos.
Has de aceptar mi decisión sobre estos tres puntos y si no lo haces puedes ser responsable de enviar un terrible azote sobre el mundo. No quiero hablar más de esto. Hay otras cosas de las que quiero hablar mientras puedo hacerlo. Una de éstas es la cuestión... »
Aquí se interrumpió y dejó su carta.
¿Qué hacer con tan extrañas instrucciones? Comprendía que esos libros se devolviesen a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Yo no tenía ningún interés especial en ellos. Pero ¿por qué destruir los papeles? ¿Por qué no llevarlos también allí? Y respecto al cristal... Destruirlo era sin duda una tontería; tendría que comprar una ventana nueva, y esto representaría un gasto superfluo. Esta parte de la carta produjo el desgraciado efecto de despertar más y más mi curiosidad, y me propuse mirar entre sus cosas con mayor atención.
Esa misma noche fui a la habitación abuhardillada del piso de arriba y empecé con los libros de las estanterías indicadas. El interés de mi primo por los temas de arqueología y antropología se reflejaba claramente en la selección de sus libros: textos referentes a las civilizaciones polinesias, mongólicas y de varias tribus primitivas, y obras acerca de las migraciones de pueblos, el culto y los mitos de las religiones primitivas. Estos, sin embargo, sólo podían considerarse los primeros de los libros destinados a ser entregados a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Muchos de ellos parecían ser muy viejos, tan viejos que ni siquiera se indicaba fecha alguna, y a juzgar por su apariencia y su letra deduje que provenían de la Edad Media. Los más recientes -ninguno era posterior a 1850- habían sido recibidos de diversos lugares: algunos habían pertenecido al padre de mi primo, Henry Akeley, de Vermont, que se los había dejado a Wilbur ; otros llevaban el sello de la Biblioteca Nacional de París, lo que inducía a sospechar que Wilbur se los había llevado de allí.
Estos libros en varios idiomas llevaban títulos como: los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R’lyeh, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el Libro de Eibon, los Cánticos de Dhol, los Siete Libros Crípticos de Hsan, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, el Libro de Dzyan, una copia fotostática del Necronomicon, de un árabe llamado Abdul Alhazred, y muchos otros, algunos aparentemente en forma de manuscritos. Confieso que estos libros me sorprendieron, puesto que estaban llenos -aquellos que leí- de ciencias ocultas, de mitos y de leyendas relativos a las creencias antiguas y primitivas de las religiones de nuestra raza... Y si no había leído mal, también de razas desconocidas. Por supuesto, no podía enjuiciar debidamente los textos en latín, francés y alemán; ya era bastante difícil descifrar el inglés antiguo de algunos de sus manuscritos y libros. De cualquier forma, pronto se acabó la paciencia: los libros mantenían unos postulados tan extraños que sólo un antropólogo con gran vocación podía coleccionar tal cantidad de literatura de ese tipo.
Aquellas obras no carecían de interés, pero todas trataban más o menos del mismo tema. Era el viejo credo del poder de la luz contra el poder de las tinieblas, o por lo menos así lo interpreté yo. No importaba que se denominasen Dios y Demonio, o los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, el Bien y el Mal o nombres como los Nodens, el Señor de los Abismos, el único nombrado, el Dios Arquetípico, o éstos de los Primigenios: el dios idiota, Azathoth, amorfa plaga de la confusión de los mundos abismales que blasfema y parlotea en el centro del infinito; Yog-Sothoth, el todo en uno, el uno en todo, no sujeto ni a las leyes del tiempo ni del espacio, coexistente con el tiempo y co-aniquilante con el espacio; Nyarlathotep, el mensajero de los Primordiales: el Gran Cthulhu que, mantenido en un estado letárgico mágico, espera surgir otra vez de la cósmica R’lyeh, sumergida en las profundidades del océano; Hastur, señor del espacio interestelar; Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques y sus mil crías. Y así como las razas de los hombres que adoraban varios dioses conocidos llevaban nombres de sectas, así también ocurría con los adeptos de los Primordiales, que incluían a los Abominables Hombres de las Nieves del Himalaya y de otras regiones montañosas de Asia; los Profundos, que merodeaban en las profundidades del océano, bajo las órdenes de Dagon, para servir al Gran Cthulhu; los Shantaks; el Pueblo Tcho-Tcho; y otros muchos. Según constaba, algunos de ellos habían surgido de aquellos lugares a los cuales los Primordiales fueron desterrados -como Lucifer, que fue desterrado del Paraíso- después de su rebelión contra los Dioses Arquetípicos; eran lugares tales como las distantes estrellas de las Híadas, Kadath la Desconocida, la Meseta de Leng, o incluso la ciudad hundida de R’lyeh.
A través de esos textos, dos elementos preocupantes sugerían que mi primo se había tomado todo esto de las mitologías más en serio de lo que yo pensaba. Las repetidas referencias a las Híadas, por ejemplo, me recordaban que Wilbur me había hablado del cristal de la ventana y de que «su origen posiblemente se deba a las Híadas». Y más específicamente como «el cristal de Leng». Es cierto que estas referencias podían ser meras coincidencias, y me tranquilicé por un momento diciéndome a mí mismo que «Leng» podía ser algún comerciante chino en antigüedades, y la palabra «Híadas» podía provenir de una errónea interpretación. Pero esto era un mero pretexto por mi parte, pues todo indicaba que para Wilbur estas mitologías desconocidas habían significado algo más que un entretenimiento temporal. De no haber sido suficiente su colección de libros, sus anotaciones no habrían dejado lugar a dudas.
Las anotaciones contenían algo más que misteriosas referencias. Había dibujos toscos pero significativos que me causaron una extraña y desagradable impresión: alucinantes escenas y criaturas extrañas, seres que no hubiese podido imaginar en mis peores sueños. En su mayor parte estas criaturas eran imposibles de describir; eran aladas, semejantes a murciélagos del tamaño de un hombre; vastos y amorfos cuerpos, llenos de tentáculos, que parecían a primera vista pulpos, pero definitivamente más inteligentes que un pulpo; seres con garras, mitad hombres, mitad pájaros; cosas horribles, con cara de batracio, que caminaban erectas, con brazos escamosos y de un color verde claro, como el agua del mar. Había seres humanos más reconocibles, aunque distorsionados; hombres con rasgos orientales, atrofiados y enanos, que vivían en lugares fríos a juzgar por sus ropas, y había una raza nacida de repetidos cruces, con ciertos caracteres de batracios, aunque indiscutiblemente humanos. Nunca pensé que mi primo tuviese tanta imaginación; sabía que tío Henry admitía como ciertas las que no eran sino fantasías de su mente, pero nunca, que yo supiese, había demostrado Wilbur esta misma tendencia; veía ahora que había escamoteado lo esencial de su verdadera naturaleza, y este hallazgo me dejaba atónito.
Ciertamente, ningún ser vivo podía haber servido de modelo para estos dibujos, y no había tales ilustraciones en los manuscritos y libros que había dejado. Movido por la curiosidad, busqué más a fondo en sus anotaciones. Finalmente, separé aquellas de sus referencias crípticas que parecían, aunque muy remotamente, encerrar lo que buscaba, y las ordené cronológicamente, cosa fácil, pues estaban fechadas.
«15 de octubre,’21. Paisaje más claro. ¿Leng? Parece el suroeste de América. Cuevas llenas de bandadas de murciélagos -como una densa nube- que empiezan a salir justo antes del ocaso, y tapan el sol. Arbustos y árboles torcidos. Un lugar venteado. A lo lejos, hacia la derecha, montañas con nieve en las cimas, a la orilla de la región desértica.»
«21 de octubre,’21. Cuatro Shantaks en medio del paisaje. Estatura media mayor que la de un hombre. Peludos. Cuerpo similar al de los murciélagos, con alas que se extienden tres pies sobre la cabeza. Cara picuda, como de buitres. Por lo demás se parecen a un murciélago. Cruzaron el escenario en vuelo. Se pararon a descansar en un risco a mitad de camino. No enterados. ¿Iba alguien montado encima de uno de ellos? No puedo estar seguro.»
«7 de noviembre,’21. Noche. Océano. Una isla parecida a un arrecife, en primer plano. Profundos junto con humanos de origen parcialmente similar. blancos híbridos. Los Profundos, escamosos, caminan con movimiento semejante al de las ranas, un andar intermedio entre el salto y el paso, algo encogidos, también como casi todos los batracios. Otros parecían estar nadando hacia el arrecife. ¿Innsmouth? No se veía la costa, ni luces de un pueblo. Tampoco barcos. Salen del fondo, al lado del arrecife. ¿El Arrecife del Diablo? Incluso los híbridos no pueden nadar muy lejos sin pararse a descansar. Posiblemente la costa no se veía.»
«17 de noviembre,’21. Paisaje totalmente desconocido. No de la tierra, por lo que vi. Cielos negros, algunas estrellas, peñascos de pórfido o sustancia similar. En primer plano un profundo lago. ¿Hali? A los cinco minutos el agua empezó a burbujear en el lugar de donde algo acababa de surgir. Mirando hacia adentro. Un ser acuático gigantesco, con tentáculos. Pulpo, pero mucho más grande, diez, veinte veces más grande que el gigante Octopus apollyon de la costa oeste. El cuello medía fácilmente unas quince varas de diámetro. No podía arriesgarme a ver su cara y destruí la estrella.»
«4 de enero,’22. Un intervalo de nada. ¿El espacio? Acercamiento planetario, como si estuviese mirando a través de los ojos de algún ser acercándose a un objeto en el espacio. Cielo negro, pocas estrellas, pero la superficie del planeta cada vez más cercana. Al aproximarme vi parajes arrasados. Sin vegetación, como en la estrella negra. Un círculo de fieles alrededor de una torre de piedra. Sus gritos: ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!
«16 de enero,’22. Región bajo el mar. ¿Atlantis? Lo dudo. Un edificio grande y cavernoso semejante a un templo, destruido por cargas de profundidad. Piedras monumentales, similares a las de las pirámides. Escalones que descendían al negro fondo, Profundos al fondo de la escena. Movimiento en la oscuridad de las escaleras. Un enorme tentáculo empezó a subir. A gran distancia de éste, dos ojos líquidos, separado el uno del otro por muchas varas. ¿R’lyeh? Temeroso del acercamiento de la cosa de abajo. destruí la estrella.»
«24 de febrero,’22. Paisaje familiar. ¿La región de Wilbraham? Casas de campo destrozadas, familia encerrada en sí misma. En primer plano, un viejo escuchando. Hora: la noche. Chotacabras llamando muy alto. Una mujer se acerca con una réplica de la estrella de piedra. El viejo huye. Curioso. Debo buscar referencias.
«21 de marzo,’22. Experiencia enervante la de hoy. Debo tener más cuidado. Construí la estrella y pronuncié las palabras: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn. Se abrió inmediatamente con un enorme shantak en primer plano. Shantak enterado y en seguida se movió hacia adelante. Llegué incluso a oír sus garras. Pude romper la estrella a tiempo.
«7 de abril,’22. Ahora sé que lo atravesarán si no tengo cuidado. Hoy el paisaje tibetano, y los Abominables Hombres de las Nieves. Otro intento. ¿Pero y sus amos? Si los sirvientes intentan trascender el tiempo y el espacio ¿qué será del Gran Cthulhu, Hastur, Shub-Niggurath? Pretendo abstenerme por algún tiempo. Profundo shock.»
No volvió a abordar su extraño intento hasta primeros del otro año. O por lo menos eso indicaban sus notas. Una abstinencia en su obsesiva preocupación, seguida una vez más por un período de breve indulgencia. Su primera anotación era casi de un año después.
«7 de febrero,’23. No hay duda, están enterados ya de la existencia de la puerta. Muy arriesgado mirar dentro. Excepto cuando el paisaje está despejado. Y como uno nunca sabe sobre qué escena se posará la vista, el riesgo es aún más grave. Sin embargo, me resisto a cerrar la entrada. Construí la estrella, como de costumbre, dije las palabras, y esperé. Durante un rato sólo vi el paisaje familiar del suroeste americano al anochecer: murciélagos, búhos, ratas y gatos salvajes. Entonces salió de una cueva un Habitante de la Arena, de piel áspera, ojos grandes, orejas grandes; su rostro guardaba un horrible y distorsionado parecido con el oso koala, y el cuerpo tenía un aspecto consumido. Se arrastró hacia adelante, con evidente intención. ¿Es posible que la puerta abierta les permita ver este lado del mismo modo que me deja ver a mí el suyo? Cuando vi que se dirigía directamente a mí, destruí la estrella. Todo desapareció, como de costumbre. Pero después, la casa se lleno de murciélagos. ¡Veintisiete en total! ¡Y yo no creo en la mera coincidencia!»
Vino después otro paréntesis, durante el cual mi primo escribió notas crípticas sin referencia a sus visiones o a la misteriosa «estrella» de la que tanto había hablado. No me cabía duda de que fue víctima de alucinaciones, producto probablemente del intenso estudio del material de aquellos libros procedentes de todos los rincones del mundo. Estos párrafos eran como una especie de justificación de racionalizar lo que había «visto».
Todas aquellas notas estaban mezcladas con recortes de periódicos, que mi primo sin duda intentaba relacionar con las mitologías a las que era tan aficionado: relatos de extraños acontecimientos, objetos desconocidos en el cielo, desapariciones misteriosas en el espacio, revelaciones curiosas referentes a cultos desconocidos, y otras noticias por el estilo. Era dolorosamente patente que Wilbur había llegado a creer con intensidad en ciertas facetas de credos primitivos: en especial que había supervivientes contemporáneos de los endemoniados Primordiales y de sus adoradores y adeptos, y era esto, más que nada, lo que trataba de probar. Era como si hubiese tomado los escritos impresos en los viejos libros que poseía y, tras aceptarlos como verdades literales, intentase añadir a la evidencia del pasado el peso de la evidencia de su época. Cierto, había un elemento de similitud, que resultaba inquietante, entre aquellos relatos antiguos y muchos de los que mi primo había recortado, pero sin duda podía explicarse como simple coincidencia. Aun siendo convincentes, los envié a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic para la Colección Akeley, sin copiar ninguno. Pero los recuerdo vívidamente, tanto más por el desenlace inolvidable que siguió a mis investigaciones, un poco inciertas, respecto a lo que había obsesionado a mi primo.
III
Nunca habría sabido de la «estrella» de no haberme encontrado accidentalmente con ella. Mi primo había escrito repetidamente acerca de «hacer», «romper», «construir» y «destruir» la estrella, como algo necesario para sus visiones, pero esta referencia carecía de sentido para mí, y posiblemente continuaría sin sentido de no haber tenido oportunidad de fijarme en el suelo, a la tenue luz de la buhardilla de la ventana redonda: las marcas en el suelo formaban una estrella de cinco puntas. Esto no había sido visible previamente, ya que una gran alfombra cubría el suelo; pero la alfombra se había desplazado durante el traslado de libros y papeles a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, y por pura casualidad quedó el suelo al descubierto.
Incluso en aquel momento no caí en que aquellas marcas pudiesen representar una estrella. Hasta que acabé mi trabajo con los libros y papeles y moví del todo la alfombra, quedando al descubierto el centro de la habitación, no se me apareció el diseño entero. Vi entonces que era una estrella de cinco puntas, decorada con dibujos ornamentales, de un tamaño que permitía dibujarla desde el interior de la buhardilla. Me di cuenta en seguida de que ésta era la razón por la que había en el cuarto de mi primo una caja de tizas cuya utilidad no había comprendido antes. Empujé libros, papeles y todo lo demás a un lado. Fui a buscar una tiza y me puse a dibujar el contorno de la estrella y todas las ornamentaciones del interior. Se trataba sin duda de un diseño cabalístico, y no cabía otra opción, para quien lo dibujaba, que sentarse en su interior.
De modo que tras completar el dibujo, de acuerdo con las marcas dejadas por frecuentes reconstrucciones, me senté dentro. Muy posiblemente esperaba que algo ocurriese, aunque estaba confundido con las anotaciones de mi primo referentes a la destrucción del diseño cada vez que se veía amenazado. Recordaba que en los rituales cabalísticos era la destrucción de esos diseños la que traía el peligro de invasión física. Sin embargo, no ocurrió nada. Sólo pasados unos minutos recordé «las palabras». Las había copiado, y me levanté a buscarlas. Regresé y las pronuncié;
«Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.»
De repente se produjo un extraordinario fenómeno. Con la mirada fija en la ventana redonda de la pared sur, pude ver todo lo que pasó. El cristal opaco de la ventana se volvió transparente y me encontré, sorprendido, contemplando un paisaje bañado por el sol, aunque era de noche, algunos minutos después de las nueve de una noche de finales de verano en el Estado de Massachusetts. Pero el paisaje que apareció en el cristal no podía encontrarse en ningún sitio de Nueva Inglaterra: una tierra árida de piedras arenosas, de vegetación desértica, de cavernas y, en el fondo, montañas con nieve en las cimas. Ese mismo paisaje había sido descrito más de una vez en las notas crípticas de mi primo.
Dirigí mi vista fascinada hacia este paisaje, con la mente confusa. Parecía haber vida en el paisaje que yo miraba, y aprehendí uno a uno sus aspectos: la serpiente de cascabel que trepaba sinuosamente y el halcón de ojos rasgados que comenzaba a elevarse. Esto me permitió observar que no era mucho antes de la puesta del sol, ya que el reflejo de la luz en el pecho del halcón así lo indicaba. Todos los caracteres prosaicos -el monstruo del Gila, el correcaminos- del suroeste americano componían lo que estaba presenciando. ¿Dónde se desarrollaba, entonces, la escena? ¿En Arizona? ¿En Nuevo Méjico?
Pero continuaron produciéndose acontecimientos, sin ningún punto de referencia, en la desconocida tierra. La serpiente y el monstruo del Gila desaparecieron, el halcón cayó como un plomo y volvió a subir con una serpiente entre sus garras, el correcaminos se unió a otro. La luz del sol se iba, y la escena toda se convertía en un paisaje de gran belleza. Entonces, de la boca de una de las mayores cavernas emergieron los murciélagos, Venían volando desde la oscura cueva miles de murciélagos, en bandada, y me parecía oírles. No sé cuánto tiempo les llevó volar y volar hacia el crepúsculo. Acababan de desaparecer cuando surgió algo, una especie de ser humano, de ser humano de piel áspera, como si la arena del desierto se le hubiese incrustado en la superficie de su cuerpo, con los ojos y orejas anormalmente grandes. Tenía un aspecto escuálido, con las costillas marcadas a través de la piel, pero lo más repelente era su rostro, parecido al del osito australiano llamado koala. Y al verlo recordé que mi primo había llamado a esta gente -pues aparecieron otros detrás del primero, algunos de ellos hembras- los Habitantes de la Arena.
Procedían de la caverna. Guiñaban sus grandes ojos. Pronto aparecieron en mayor número, y se repartieron por todas partes detrás de los arbustos. Entonces, parsimoniosamente, un monstruo increíble hizo su aparición: primero un tentáculo, o algo así, luego otro, y ahora media docena de ellos que exploraban cautelosamente el exterior de la cueva. Y luego, desde la oscuridad del pozo de la caverna, emergió a medias una terrible cabeza. De pronto, al impulsarse hacia delante, casi grité de horror. La cara era una desfiguración monstruosa del mundo conocido: se elevaba de un cuerpo sin cuello que era una masa de carne gelatinosa -a la vista parecía goma-, y los tentáculos que la adornaban salían de una parte del cuerpo que podía ser la mandíbula inferior o un aparente cuello.
Además, aquella cosa tenía una percepción inteligente, pues desde el principio parecía haberse percatado de mi presencia. Arrastrándose desde la caverna, fijó sus ojos en mí, y empezó a moverse con increíble rapidez en dirección a la ventana sobre el cada vez más oscurecido paisaje. Supongo que no me estaba dando cuenta del verdadero peligro que corría, puesto que observaba absorto, y sólo cuando la cosa empezó a cubrir todo el paisaje, cuando uno de sus tentáculos alcanzaba la ventana -¡y la atravesaba!-, sólo entonces experimenté la parálisis del miedo.
¡La atravesaba! ¿Era ésta, entonces, la alucinación culminante?
Recuerdo haber roto la gelidez del miedo durante el tiempo suficiente para quitarme un zapato y lanzarlo con todas mis fuerzas hacia el cristal de la ventana. Al mismo tiempo, recordaba las frecuentes citas de mi primo relativas a la destrucción de la estrella. Me incliné hacia adelante y borré parte del diseño. Y mientras oía el ruido de los vidrios al romperse, me sumergí en una bendita oscuridad.
Sabía ahora lo que sabía mi primo.
Si no hubiera esperado tanto, podía haberme evitado el conocimiento de todo aquello, podía haber seguido pensando en ilusiones o alucinaciones. Pero ahora sé que la ventana redonda era una potente puerta hacia otras dimensiones, a un espacio y un tiempo desconocidos, una entrada a algún paisaje que Wilbur Akeley deseaba encontrar, la llave de esos lugares secretos de la tierra y del espacio, de las estrellas en que los súbditos de los Primordiales -¡y los propios Primigenios!- se esconden para siempre, esperando resurgir otra vez. El cristal de Leng -que quizá provenía de las Híadas, pues nunca supe de dónde lo había sacado mi primo- podía girar dentro de su marco; no estaba sujeto a las leyes físicas excepto en el hecho de que su dirección variaba al compás del movimiento de la tierra sobre su eje. Y de no haberlo roto, habría dejado caer sobre la tierra el azote de esas otras dimensiones, a causa de mi ignorancia y mi curiosidad.
Y ahora sé que los modelos de los dibujos hechos por mi primo, entre sus anotaciones, por muy toscos que fueran, representaban a seres que existían y no eran producto de su imaginación. La culminante prueba final lo demuestra. Los murciélagos que encontré en la casa cuando recuperé el conocimiento pudieron haber entrado por la ventana rota. Que el cristal opaco se hubiese vuelto translúcido podía explicarse como una ilusión óptica. Pero yo sabía algo más. Sé, sin lugar a dudas, que lo que vi allí no era producto de una fantasía, porque nada podría destruir esa prueba terrible que encontré cerca de los cristales rotos en el suelo de la buhardilla: un trozo de tentáculo, de diez pies de largo, que se había quedado atrapado entre las dimensiones cuando la puerta se cerró contra el monstruoso cuerpo al que pertenecía. ¡El tentáculo que ningún científico hubiese podido identificar como perteneciente a criatura conocida alguna, viva o muerta, en la superficie o en las profundidades subterráneas de la tierra!

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