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martes, 5 de agosto de 2008

2ª parte -- EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO -- DAVID SALINGER JEROME

2ª parte -- EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO -- DAVID SALINGER JEROME




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Capítulo 15
No debí dormir mucho porque eran como las diez cuando me desperté. En cuanto me fumé un cigarrillo sentí hambre. No había tomado nada desde las hamburguesas que había comido con Brossard y con Ackley cuando fuimos a Agerstown para ir al cine. Y desde entonces había pasado mucho tiempo. Como cincuenta años. Había un teléfono en la mesilla y estuve a punto de llamar para que me subieran el desayuno, pero de pronto se me ocurrió que a lo mejor me lo mandaban con el tal Maurice. Como no me seducía la idea de verle de nuevo, me quedé en la cama un rato más y fumé otro cigarrillo. Pensé en llamar a Jane para ver si estaba ya en casa, pero no me encontraba muy en vena.
Lo que hice en cambio fue llamar a Sally Hayes. Sabía que estaba de vacaciones porque iba al colegio Mary Woodruff y porque me lo había dicho en una carta. No es que me volviera loco, pero la conocía hacía años. Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años enteros darme cuenta de que lo era: Creo que lo hubiera sabido mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y metiéndonos mano. Lo malo que yo tengo es que siempre tengo que pensar que la chica a la que estoy besando es inteligente. Ya sé que no tiene nada que ver una cosa con otra, pero no puedo evitarlo. No hay manera.
Pero como les iba diciendo, al final me decidí a llamarla. Primero contestó la criada. Luego su padre. Al final se puso ella.
—¿Sally? —le dije.
—Sí. ¿Quién es? —preguntó. ¡Qué falsa era la tía! Sabía perfectamente que era yo porque acababa de decírselo su padre.
—Holden Caulfield. ¿Cómo estás?
—Hola, Holden. Muy bien, ¿y tú?
—Bien también. Pero, dime, ¿cómo te va? ¿Qué tal por el colegio?
—Muy bien —me dijo—. Como siempre, ya sabes...
—Estupendo. Oye, ¿tienes algo que hacer hoy? Es domingo, pero siempre habrá alguna función de teatro por la tarde. De esas benéficas, ya sabes. ¿Te gustaría que fuéramos?
—Muchísimo. Es una idea encantadora.
Encantadora. Si hay una palabra que odio, es ésa. Suena de lo más hipócrita. Se me pasó por la cabeza decirle que se olvidara del asunto, pero seguimos hablando un poco. Mejor dicho, siguió hablando ella. No había forma de encajar una palabra ni de canto. Primero me habló de un tipo de Harvard que, según ella, no la dejaba ni a sol ni a sombra. Seguro que era del primer curso, pero eso se lo calló, claro. Me dijo que la llamaba día y noche. ¡Día y noche! ¡Menuda cursilería! Luego me habló de otro, un cadete de West Point, que también estaba loco por ella. ¡El rollazo que me dio! Le dije que estaría debajo del reloj del Biltmore a las dos en punto y que no llegara tarde porque la función empezaría seguramente a las dos y media. Siempre llegaba con una hora de retraso. Luego colgué. La tal Sally me daba cien patadas pero había que reconocer que era muy guapa.
Después de hablar por teléfono, me levanté, me vestí y cerré la maleta. Antes de salir miré por la ventana a ver qué hacían los pervertidos, pero tenían todas las persianas echadas. Se ve que durante el día les daba por lo decente. Luego bajé al vestíbulo en ascensor y pagué la cuenta. El Maurice de marras había desaparecido el muy cerdo. Naturalmente tampoco me maté a buscarle.
Al salir del hotel cogí un taxi, aunque no tenía ni la más remota idea de adonde ir. La verdad es que no sabía qué hacer. Era domingo y no podía volver a casa hasta el miércoles, o, por lo menos, hasta el martes. No tenía ninguna gana de meterme en otro hotel a que ' me machacaran los sesos, así que le dije al taxista que me llevara a la estación Grand Central, que estaba muy cerca del Biltmore, donde había quedado con Sally. Pensé que lo mejor sería dejar las maletas en la consigna y después ir a desayunar. Estaba hambriento. En el taxi saqué la cartera y conté el dinero que me quedaba. No recuerdo cuánto era exactamente, pero, desde luego, no una fortuna. En dos semanas me había gastado un dineral. De verdad. Soy un manirroto horrible. Y lo que no gasto, lo pierdo. Muchísimas veces hasta me olvido de recoger el cambio en los restaurantes, y en las salas de fiestas, y sitios así. A mis padres les saca de quicio y con razón. Pero papá tiene mucho dinero. No sé cuánto gana —nunca me lo ha dicho—, pero me imagino que mucho. Es abogado de empresa y los tíos que se dedican a eso se forran. Además, debe tener bastante pasta porque siempre está interviniendo en obras de teatro de Broadway. Todas acaban en unos fracasos horribles y mi madre se lleva unos disgustos de miedo. Desde que murió Allie no anda muy bien de salud. Está siempre muy nerviosa. Por eso me preocupaba que me hubieran echado otra vez.
Después de dejar las maletas en la estación, entré en un bar a desayunar. En comparación con lo que suelo tomar por las mañanas, aquel día comí muchísimo: zumo de naranja, huevos con jamón, tostada y café. Por lo general sólo tomo un zumo. Como muy poco. De verdad. Por eso estoy tan delgado. El médico me había dicho que tenía que hacer un régimen especial de mucho carbohidrato y porquerías de esas para engordar, pero yo nunca le hacía caso. Cuando no como en casa, generalmente tomo a mediodía un sandwich de queso y un batido. No es mucho, ya sé, pero el batido tiene un montón de vitaminas. H. V. Caulfield, así deberían llamarme. Holden Vitaminas Caulfield.
Mientras me comía los huevos, entraron dos monjas y se sentaron en la barra a mi lado. Supongo que se mudaban de un convento a otro y estaban esperando el tren. No sabían dónde dejar sus maletas que eran de esas baratas como de cartón. Ya sé que no hay que dar importancia a esas cosas, pero no aguanto las maletas baratas. Reconozco que es horrible, pero puedo llegar a odiar a una persona sólo porque lleve una maleta de ésas. Una vez, cuando estaba en Elkton Hills, tuve por compañero de cuarto una temporada a un tal Dick Slagle. Tenía unas maletas horribles y las escondía debajo de la cama en vez de ponerlas encima de la red para que nadie las comparara con las mías. Aquello me deprimía tanto que hubiera preferido tirar mis maletas o hasta cambiarlas por las suyas. Me las había comprado mi madre en Mark Cross; eran de piel auténtica y supongo que le habían costado una fortuna. Pero la cosa tuvo gracia. No se imaginan lo que ocurrió. Un día las metí debajo de la cama para que no le dieran a Slagle complejo de inferioridad. Pues verán lo que hizo él. Al día siguiente las sacó y volvió a ponerlas en la red. Al final caí en la cuenta de que lo había hecho para que todos creyeran que eran las suyas. De verdad. Para todo ese tipo de cosas Slagle era un tipo rarísimo. Por ejemplo, siempre se estaba metiendo conmigo y diciéndome que tenía unas maletas muy burguesas. Esa era su palabra favorita. Se ve que la había oído o leído en algún sitio. Todo lo que yo tenía era burgués. Hasta la pluma estilográfica. Me la pedía prestada todo el tiempo, pero decía que era burguesa. Sólo fuimos compañeros de cuarto dos meses. Los dos pedimos que nos cambiaran. Y lo más gracioso es que cuando lo hicieron me arrepentí, porque Slagle tenía un sentido del humor estupendo y a veces lo pasábamos muy bien. Y no me sorprendería saber que él también me echó de menos. Al principio cuando me llamaba burgués y todas esas cosas se notaba que lo decía en broma y no me molestaba. Hasta lo encontraba gracioso. Pero después me di cuenta de que empezaba a decirlo en serio. Lo cierto es que resulta muy difícil compartir la habitación con un tío que tiene unas maletas mucho peores que las tuyas. Lo natural sería que a una persona inteligente y con sentido del humor le importaran un rábano ese tipo de cosas, pero resulta que no es así. Resulta que sí importa. Por eso prefería compartir el cuarto con un cabrón como Stradlater que al menos tenía unas maletas tan caras como las mías.
Pero, como les iba diciendo, las dos monjas se sentaron a desayunar en la barra y charlamos un rato. Llevaban unas cestas de paja como las que sacan en Navidad las mujeres del Ejército de Salvación cuando se ponen a pedir dinero por las esquinas y delante de los grandes almacenes, sobre todo por la Quinta Avenida. A la que estaba al lado mío se le cayó la cesta al suelo y yo me agaché a recogérsela. Le pregunté si iban pidiendo para los pobres o algo así. Me dijo que no, que es que no les habían cabido en la maleta cuando hicieron el equipaje y por eso tenían que llevarlas en la mano. Cuando te miraba sonreía con una expresión muy simpática. Tenía una nariz muy grande y llevaba unas gafas de esas con montura de metal que no favorecen nada, pero parecía la mar de amable.
—Se lo decía porque si estaban haciendo una colecta —le dije—, iba a hacer una pequeña contribución. Si quiere le doy el dinero y usted lo guarda hasta que lo necesiten.
—¡Qué amable es usted! —me dijo. La otra, su amiga, me miró. Leía un librito negro mientras se tomaba el café. Por las pastas parecía una Biblia, pero era más delgadito. Desde luego, debía ser un libro religioso. No tomaban más que un café y una tostada. Eso me deprimió muchísimo. No puedo comerme un par de huevos con jamón cuando a mi lado hay una persona que no puede tomar más que un café y una tostada. No querían aceptar los diez dólares que les di. Me preguntaron si estaba seguro de que podía deshacerme de tanto dinero. Les dije que llevaba muchísimo encima, pero me parece que no me creyeron. Al final lo cogieron. Me dieron las gracias tantas veces que me dio vergüenza. Para cambiar de conversación les pregunté adonde iban. Me dijeron que eran maestras, que acababan de llegar de Chicago y que iban a enseñar en un convento de la Calle 168 ó 186, no sé, una calle de esas que están en el quinto infierno. La que se había sentado a mi lado, la de las gafas de montura de metal, me dijo que ella daba Literatura y su amiga Historia. De pronto, como un imbécil que soy, se me ocurrió qué pensaría siendo monja de algunos de los libros que tendrían que leer en clase. No precisamente verdes, pero sí de esos que son de amor y de cosas de ésas. Me pregunté qué pensaría de Eustacia Vye, por ejemplo, la protagonista de La vuelta del indígena, de Thomas Hardy. No es que fuera un libro muy fuerte, pero sentí curiosidad por saber qué le parecería a una monja Eustacia Vye. Claro, no se lo pregunté. Sólo les dije que la literatura era lo que se me daba mejor.
—¿De verdad? ¡Cuánto me alegro! —dijo la de las gafas—. ¿Y qué han leído este curso? Me interesa mucho saberlo.
La verdad es que era muy simpática.
—Pues verá, hemos pasado casi todo el semestre con literatura medieval, Beowulf, y Grendel, y Lord Randal... todas esas cosas. Pero fuera de clase teníamos que leer otros libros para mejorar la nota. Yo he leído, por ejemplo, La vuelta del indígena, de Thomas Hardy, y Romeo y Julieta, y...
—¡Romeo y Julieta! ¡Qué bonito! ¿Verdad que es precioso? —la verdad es que no parecía una monja.
—Sí, claro. Me gustó muchísimo. Algunas cosas no me convencieron del todo, pero en general me emocionó mucho.
—¿Qué es lo que no le gustó? ¿Se acuerda?
La verdad es que me daba un poco de vergüenza hablar de Romeo y Julieta con ella. Hay partes en que la obra se pone un poco verde y, después de todo, era una monja, pero en fin, al fin y al cabo la que lo había preguntado era ella, así que hablamos de eso un rato.
—Verá, los que no me acaban de gustar son Romeo y Julieta —le dije—, bueno, me gustan, pero no sé... A veces se ponen un poco pesados. Me da mucha más pena cuando matan a Mercucio que cuando los matan a ellos. La verdad es que Romeo empezó a caerme mal desde que mata a Mercucio ese otro hombre, el primo de Julieta, ¿cómo se llama?
—Tibaldo.
—Eso, Tibaldo —siempre se me olvida ese nombre—. Se muere por culpa de Romeo. Mercucio es el que me cae mejor de toda la obra. No sé, todos esos Montescos y Capuletos son buena gente, sobre todo Julieta, pero Mercucio... no sé cómo explicárselo... Es listísimo y además muy gracioso. La verdad es que siempre me revienta que maten a alguien por culpa de otra persona, sobre todo cuando ese alguien es tan listo como él. Ya sé que también mueren al final Romeo y Julieta, pero en su caso fue por culpa suya. Sabían muy bien lo que se hacían.
—¿A qué colegio va? —me preguntó. Probablemente quería cambiar de tema.
Le conteste que a Pencey y me dijo que había oído hablar de él y que decían que era muy bueno. Yo lo dejé correr. De pronto, la otra, la que daba Historia, le dijo que tenían que darse prisa. Cogí el ticket para invitarlas, pero no me dejaron. La de las gafas me obligó a devolvérselo.
—Ha sido muy generoso con nosotras —me dijo—. Es usted muy amable.
Era una mujer simpatiquísima. Me recordaba un poco a la madre de Ernest Morrow, la que conocí en el tren. Sobre todo cuando sonreía.
—Hemos pasado un rato muy agradable —me dijo.
Le contesté que yo también lo había pasado muy bien y era verdad. Y lo habría pasado mucho mejor si no me hubiera estado temiendo todo el rato que de pronto me preguntaran si era católico. Los católicos siempre quieren enterarse de si los demás lo son también o no. A mí me lo preguntan todo el tiempo porque mi apellido es irlandés, y la mayoría de los americanos de origen irlandés son católicos. La verdad es que mi padre lo fue hasta que se casó con mi madre. Pero hay gente que te lo pregunta aunque no sepa siquiera cómo te llamas. Cuando estaba en el Colegio Whooton conocí a un chico que se llamaba Louis Gorman. Fue el primero con quien hablé allí. Estábamos sentados uno junto al otro en la puerta de la enfermería esperando para el reconocimiento médico y nos pusimos a hablar de tenis. Nos gustaba muchísimo a los dos. Me dijo que todos los veranos iba a ver los campeonatos nacionales de Forest Hills. Como yo también los veía siempre, nos pasamos un buen rato hablando de jugadores famosos. Para la edad que tenía sabía mucho de tenis. De pronto, en medio de la conversación, me preguntó:
—¿Sabes por casualidad dónde está la iglesia católica de este pueblo?
Por el tono de la pregunta se le notaba que lo que quería era averiguar si yo era católico o no. De verdad. No es que fuera un fanático ni nada, pero quería saberlo. Lo estaba pasando muy bien hablando de tenis, pero se le notaba que lo habría pasado mucho mejor si yo hubiera sido de la misma religión que él. Todo eso me fastidia muchísimo. Y no es que la pregunta acabara con la conversación, claro que no, pero tampoco contribuyó a animarla, desde luego. Por eso me alegré de que aquellas dos monjas no me hicieran lo mismo. No habría pasado nada, pero probablemente hubiera sido distinto. No crean que critico a los católicos. Estoy casi seguro de que si yo lo fuera haría exactamente lo mismo. En cierto modo, es como lo que les decía antes sobre las maletas baratas. Todo lo que quiero decir es que la pregunta de aquel chico no contribuyó precisamente a animar la charla. Y nada más.
Cuando las dos monjas se levantaron, hice una cosa muy estúpida que luego me dio mucha vergüenza. Como estaba fumando, cuando me despedí de ellas me hice un lío y les eché todo el humo en la cara. No fue a propósito, claro, pero el caso es que lo hice. Me disculpé muchas veces y ellas estuvieron simpatiquísimas, pero aun así no saben la vergüenza que pasé.
Cuando se fueron me dio pena no haberles dado más que diez dólares, pero había quedado en llevar a Sally al teatro y aún tenía que sacar las entradas y todo. De todos modos lo sentí. ¡Maldito dinero! Siempre acaba amargándole a uno la vida.

Capítulo 16
Cuando terminé de desayunar eran sólo las doce. Como no había quedado con Sally hasta las dos, me fui a dar un paseo. No se me iban de la cabeza aquellas dos monjas. No podía dejar de pensar en aquella cesta tan vieja con la que iban pidiendo por las calles cuando no estaban enseñando. Traté de imaginar a mi madre, o a mi tía, o a la madre de Sally Hayes —que está completamente loca— recogiendo dinero para los pobres a la puerta de unos grandes almacenes con una de aquellas cestas. Era casi imposible imaginárselo. Mi madre no tanto, pero lo que es las otras dos... Mi tía hace muchas obras de caridad —trabaja de voluntaria para la Cruz Roja y todo eso—, pero va siempre muy bien vestida,; y cuando tiene que ir a alguna cosa así se pone de punta en blanco y con un montón de maquillaje. No creo que quisiera pedir para una institución de caridad si tuviera que ponerse un traje negro y llevar la cara lavada. Y en cuanto a la madre de Sally, ¡Dios mío!, sólo saldría por ahí con una cesta si cada tío que hiciera una contribución se comprometiera a besarle primero los pies.
Si se limitaran a echar el dinero en la cesta y largarse sin decir palabra, no duraría ni un minuto. Se aburriría como una ostra. Le encajaría la cestita a otra y ella se iría a comer a un restaurante de moda. Eso es lo que me gustaba de esas monjas. Se veía que nunca iban a comer a un restaurante caro. De pronto me dio mucha pena pensar que jamás pisaban un sitio elegante. Ya sé que la cosa no es como para suicidarse, pero, aun así, me dio lástima.
Decidí ir hacia Broadway porque sí y porque hacía años que no pasaba por allí. Además quería ver si encontraba una tienda de discos abierta. Quería comprarle a Phoebe uno que se llamaba Litíle Shirley Beans. Era muy difícil de encontrar. Tenía una canción de una niña que no quiere salir de casa porque se le han caído dos dientes de delante y le da vergüenza que la vean. Lo había oído en Pencey. Lo tenía un compañero mío y quise comprárselo porque sabía que a mi hermana le gustaría muchísimo, pero el tío no quiso vendérmelo. Era una grabación formidable que había hecho hacía como veinte años esa cantante negra que se llamaba Estelle Fletcher. Lo cantaba con ritmo de jazz y un poco a lo puta. Cantado por una blanca habría resultado empalagosísimo, pero la tal Estelle Fletcher sabía muy bien lo que se hacía. Era uno de los mejores discos que había oído en mi vida. Decidí comprarlo en cualquier tienda que abriera los domingos y llevármelo después a Central Park. Phoebe suele ir a patinar al parque casi todos los días de fiesta y sabía más o menos dónde podía encontrarla.
No hacía tanto frío como el día anterior, pero seguía nublado y no apetecía mucho andar. Por suerte había una cosa agradable. Delante de mí iba una familia que se notaba que acaba de salir de la iglesia. Eran el padre, la madre, y un niño como de seis años. Se veía que no tenían mucho dinero. El padre llevaba un sombrero de esos color gris perla que se encasquetan los pobres cuando quieren dar el golpe. El y la mujer iban hablando mientras andaban sin hacer ni caso del niño. El crío era graciosísimo. Iba por la calzada en vez de por la acera, pero siguiendo el bordillo. Trataba de andar en línea recta como suelen hacer los niños, y tarareaba y cantaba todo el tiempo. Me acerqué a ver qué decía y era esa canción que va: «Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno.» Tenía una voz muy bonita y cantaba porque le salía del alma, se le notaba. Los coches pasaban rozándole a toda velocidad, los frenos chirriaban a su alrededor, pero sus padres seguían hablando como si tal cosa. Y él seguía caminando junto al bordillo y cantando: «Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno.» Aquel niño me hizo sentirme mucho mejor. Se me fue toda la depresión.
Broadway estaba atestado de gente y había una confusión horrorosa. Era domingo y sólo las doce del mediodía, pero ya estaba de bote en bote. Iban todos al cine, al Paramount, o al Strand, o al Capitol, a cualquiera de esos sitios absurdos. Se habían puesto de punta en blanco porque era domingo y eso lo hacía todo aún peor. Pero lo que ya no aguantaba es que se les notaba que estaban deseando llegar al cine. No podía ni mirarlos. Comprendo que alguien vaya al cine cuando no tiene nada mejor que hacer, pero cuando veo a la gente deseando ir y hasta andando más deprisa para llegar cuanto antes, me deprimo muchísimo. Sobre todo cuando hay millones y millones de personas haciendo colas larguísimas que dan la vuelta a toda la manzana, esperando con una paciencia infinita a que les den una butaca. ¡Jo! ¡No me di poca prisa en salir de Broadway! Tuve suerte. En la primera tienda que entré tenían el disco que buscaba. Me cobraron cinco dólares por él, porque era una grabación muy difícil de encontrar, pero no me importó. ¡Jo! ¡Qué contento me puse de repente! Estaba deseando llegar al parque para dárselo a Phoebe.
Cuando salí de la tienda de discos, pasé por delante de una cafetería. Se me ocurrió llamar a Jane para ver si había llegado ya a Nueva York, y entré a ver si tenían teléfono público. Lo malo es que contestó su madre y tuve que colgar. No quería tener que hablar con ella media hora. No me vuelve loco la idea de hablar con las madres de mis amigas, pero reconozco que debí preguntarle al menos si Jane estaba ya de vacaciones. No me habría pasado nada por eso, pero es que no tenía ganas. Para esas cosas hay que estar en vena.
Aún no había sacado las entradas, así que compré un periódico y me puse a leer la cartelera. Como era domingo sólo había tres teatros abiertos. Me decidí por una obra que se llamaba Conozco a mi amor y compré dos butacas. Era una función benéfica o algo así. Yo no tenía el menor interés en verla, pero como conocía a Sally y sabía que se moría por esas cosas, pensé que se derretiría cuando le dijera que íbamos a ver eso, sobre todo porque trabajaban los Lunt. Le encantan ese tipo de comedias irónicas y como muy finas. El tipo de obra que hacen siempre los Lunt. A mí no. Si quieren que les diga la verdad, para empezar no me gusta mucho el teatro. Lo prefiero al cine, desde luego, pero tampoco me vuelve loco. Los actores me revientan. Nunca actúan como gente de verdad, aunque ellos se creen que sí. Los buenos a veces parecen un poco personas reales, pero nunca lo pasa uno bien del todo mirándoles. En cuanto un actor es bueno, en seguida se le nota que lo sabe y eso lo estropea todo. Es lo que pasa con Sir Lawrence Olivier, por ejemplo. El año pasado D.B. nos llevó a Phoebe y a mí a que le viéramos en Hamlet. Nos invitó a comer y luego al cine. El había visto ya la película y, por lo que nos dijo durante la comida, se le notaba que estaba deseando volver a verla. Pero a mí no me gustó. Yo no encuentro a Lawrence Olivier tan maravilloso, de verdad. Reconozco que es muy guapo, que tiene una voz muy bonita y que da gusto verle cuando se bate con alguien o algo así, pero no se parecía en nada a Hamlet tal como D.B. me lo había descrito siempre. En vez de un loco melancólico parecía un general de división. Lo que más me gustó de toda la película fue cuando el hermano de Ofelia —el que al final se bate con Hamlet— va a irse, y su padre le da un montón de consejos mientras Ofelia se pone a hacer el payaso y a sacarle la daga de la funda mientras el pobre chico trata de concentrarse en las tontadas que le está diciendo su padre. Esa parte sí que está bien. Pero dura sólo un ratito. Lo que más le gustó a Phoebe es cuando Hamlet le da unas palmaditas al perro en la cabeza. Le pareció muy gracioso y tenía razón. Lo que tengo que hacer es leer Hamlet. Es un rollo tenerse que leer las obras uno mismo, pero es que en cuanto un actor empieza a representar, ya no puedo ni escucharlo. Me obsesiona la idea de que de pronto va a salir con un gesto falsísimo.
Después de sacar las entradas tomé un taxi hasta el parque. Debí coger el metro porque se me estaba acabando la pasta, pero quería salir de Broadway lo antes posible.
El parque estaba que daba asco. No es que hiciera mucho frío pero estaba muy nublado. No se veían más que plastas de perro, y escupitajos, y colillas que habían tirado los viejos. Los bancos estaban tan mojados que no se podía sentar uno en ellos. Era tan deprimente que de vez en cuando se le ponía a uno la carne de gallina. No parecía que Navidad estuviera tan cerca. En realidad no parecía que estuviera cerca nada. Pero seguí andando en dirección al Mall porque allí es donde suele ir Phoebe los domingos. Le gusta patinar cerca del quiosco de la música. Tiene gracia porque allí era también donde me gustaba patinar a mí cuando era chico.
Pero cuando llegué, no la vi por ninguna parte. Había unos cuantos críos patinando y otros dos jugando a la pelota, pero de Phoebe ni rastro. En un banco vi a una niña de su edad ajustándose los patines. Pensé que a lo mejor la conocía y podía decirme dónde estaba, así que me senté a su lado y le pregunté:
—¿Conoces a Phoebe Caulfield?
—¿A quién? —dijo. Llevaba unos pantalones vaqueros y como veinte jerseys. Se notaba que se los había hecho su madre porque estaban todos llenos de bollos y con el punto desigual.
—Phoebe Caulfield. Vive en la calle 71. Está en el cuarto grado...
—¿Tú la conoces?
—Soy su hermano. ¿Sabes dónde está?
—Es de la clase de la señorita Calloun, ¿verdad?
—No lo sé. Sí, creo que sí.
—Entonces debe estar en el museo. Nosotros fuimos el sábado pasado.
—¿Qué museo?
Se encogió de hombros
—No lo sé —dijo—. El museo.
—Pero, ¿el museo de cuadros o el museo donde están los indios?
—El de los indios.
—Gracias —le dije. Me levanté y estaba a punto de irme cuando recordé que era domingo.
—Es domingo —le dije a la niña.
Me miró y me dijo:
—Es verdad. Entonces no.
No podía ajustarse el patín. No llevaba guantes ni nada y tenía las manos rojas y heladas. La ayudé. ¡Jo! Hacía años que no cogía una llave de ajustar patines. No saben lo que sudé. Si hace algo así como un siglo me hubieran puesto un cacharro de esos en la mano en medio de la oscuridad, habría sabido perfectamente qué hacer con él. Cuando acabé de ajustárselo me dio las gracias. Era una niña muy mona y muy bien educada. Da gusto ayudar a una niña así. Y la mayoría son como ella. De verdad. Le pregunté si quería tomar una taza de chocolate conmigo y me dijo que no. Que muchas gracias, pero que había quedado con una amiga. Los críos siempre quedan a todas horas con sus amigos. Son un caso.
A pesar de la lluvia, y a pesar de que era domingo y sabía que no iba a encontrar a Phoebe allí, atravesé todo el parque para ir al Museo de Historia Natural. Sabía que era ése al que se refería la niña del patín. Me lo sabía de memoria. De pequeño había ido al mismo colegio que Phoebe y nos llevaban a verlo todo el tiempo. Teníamos una profesora que se llamaba la señorita Aigletinger y que nos hacía ir allí todos los sábados. Unas veces íbamos a ver los animales y otras las cosas que habían hecho los indios. Cacharros de cerámica, cestos y cosas así. Cuando me acuerdo de todo aquello me animo muchísimo. Después de visitar las salas, solíamos ver una película en el auditorio. Una de Colón. Siempre nos lo enseñaban descubriendo América y sudando tinta para convencer a la tal Isabel y al tal Fernando de que le prestaran la pasta para comprar los barcos. Luego venía lo de los marineros amotinándose y todo eso. A nadie le importaba un pito Colón, pero siempre llevábamos en los bolsillos un montón de caramelos y de chicles, y además dentro del auditorio olía muy bien. Olía siempre como si en la calle estuviera lloviendo y aquél fuera el único sitio seco y acogedor del mundo entero. ¡Cuánto me gustaba aquel museo! Para ir al auditorio había que atravesar la Sala India. Era muy, muy larga y allí había que hablar siempre en voz baja. La profesora entraba la primera y luego la clase entera. Íbamos en fila doble, cada uno con su compañero. Yo solía ir de pareja con una niña que se llamaba Gertrude Lavine. Se empeñaba en darle a uno la mano y siempre la tenía toda sudada o pegajosa. El suelo era de piedra y si llevabas canicas en la mano y las soltabas todas de golpe, botaban todas armando un escándalo horroroso. La profesora paraba entonces a toda la clase y se acercaba a ver qué pasaba. Pero la señorita Aigletinger nunca se enfadaba. Luego pasábamos junto a una canoa india que era tan larga como tres Cadillacs puestos uno detrás de otro, con sus veinte indios a bordo, unos remando y otros sólo de pie, con cara de muy pocos amigos toda llena de pinturas de guerra. Al final de la canoa había un tío con una máscara que daba la mar de miedo. Era el hechicero. Se me ponían los pelos de punta, pero aun así me gustaba. Si al pasar tocabas un remo o cualquier cosa, uno de los celadores te decía: «No toquéis, niños», pero muy amable, no como un policía ni nada. Luego venía una vitrina muy grande con unos indios dentro que estaban frotando palitos para hacer fuego y una squaw tejiendo una manta. La india estaba inclinada hacia adelante y se la veía el pecho. Todos mirábamos al pasar, hasta las chicas, porque éramos todos muy críos y ellas eran tan lisas como nosotros. Luego, justo antes de llegar al auditorio, había un esquimal. Estaba pescando en un lago a través de un agujero que había hecho en el hielo. Junto al agujero había dos peces que ya había pescado. ¡Jo! Ese museo estaba lleno de vitrinas. En el piso de arriba había muchas más, con ciervos que bebían en charcas y pájaros que emigraban al sur para pasar allí el invierno. Los que había más cerca del cristal estaban disecados y colgaban de alambres, y los de atrás estaban pintados en la pared, pero parecía que todos iban volando de verdad y si te agachabas y les mirabas desde abajo, creías que iban muy deprisa. Pero lo que más me gustaba de aquel museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. No cambiaba nada. Podías ir cien mil veces distintas y el esquimal seguía pescando, y los pájaros seguían volando hacia el sur, y los ciervos seguían bebiendo en las charcas con esas patas tan finas y tan bonitas que tenían, y la india del pecho al aire seguía tejiendo su manta. Nada cambiaba. Lo único que cambiaba era uno mismo. No es que fueras mucho mayor. No era exactamente eso. Sólo que eras diferente. Eso es todo. Llevabas un abrigo distinto, o tu compañera tenía escarlatina, o la señorita Aigletinger no había podido venir y nos llevaba una sustituta, o aquella mañana habías oído a tus padres pelearse en el baño, o acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos llenos del arco iris de la gasolina. Vamos, que siempre pasaba algo que te hacía diferente. No puedo explicar muy bien lo que quiero decir. Y aunque pudiera, creo que no querría.
Saqué la gorra de casa del bolsillo y me la puse. Sabía que no iba a encontrarme con nadie conocido y la humedad era terrible. Mientras seguía andando pensé que Phoebe iba a ese museo todos los sábados como había ido yo. Pensé que vería las mismas cosas que yo había visto, y que sería distinta cada vez que fuera. Y no es que la idea me deprimiera, pero tampoco me puso como unas castañuelas. Hay cosas que no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas de cristal y dejarlas allí tranquilas. Sé que es imposible, pero es una pena. En fin, eso es lo que pensaba mientras andaba.
Pasé por un rincón del parque en que había juegos para niños y me paré a mirar a un par de críos subidos en un balancín. Uno de ellos estaba muy gordo y puse la mano en el extremo donde estaba el delgado para equilibrar un poco el peso, pero como noté que no les hacía ninguna gracia, me fui y les dejé en paz.
Luego me pasó una cosa muy curiosa. Cuando llegué a la puerta del museo, de pronto sentí que no habría entrado allí ni por un millón de dólares. Después de haber atravesado todo el parque pensando en él, no me apetecía nada entrar. Probablemente lo habría hecho si hubiera estado seguro de que iba a encontrar a Phoebe dentro, pero sabía que no estaba. Así que tomé un taxi y me fui al Biltmore. La verdad es que no tenía ninguna gana de ir, pero como había hecho la estupidez de invitar a Sally, no me quedaba más remedio.

Capítulo 17
Era aún muy pronto cuando llegué, así que decidí sentarme debajo del reloj en uno de aquellos sillones de cuero que había en el vestíbulo. En muchos colegios estaban ya de vacaciones y había como un millón de chicas esperando a su pareja: chicas con las piernas cruzadas, chicas con las piernas sin cruzar, chicas con piernas preciosas, chicas con piernas horrorosas, chicas que parecían estupendas, y chicas que debían ser unas brujas si de verdad se las llegaba a conocer bien. Era un bonito panorama, pero no sé si me entenderán lo que quiero decir. Aunque por otra parte era también bastante deprimente porque uno no podía dejar de preguntarse qué sería de todas ellas. Me refiero a cuando salieran del colegio y la universidad. La mayoría se casarían con cretinos, tipos de esos que se pasan el día hablando de cuántos kilómetros pueden sacarle a un litro de gasolina, tipos que se enfadan como niños cuando pierden al golf o a algún juego tan estúpido como el ping-pong, tipos mala gente de verdad, tipos que en su vida han leído un libro, tipos aburridos... Pero con eso de los aburridos hay que tener mucho cuidado. Es mucho más complejo de lo que parece. De verdad. Cuando estaba en Elkton Hills tuve durante dos meses como compañero de cuarto a un chico que se llamaba Harris Macklin. Era muy inteligente, pero también el tío más plomo que he conocido en mi vida. Tenía una voz chillona y se pasaba el día hablando. No paraba, y lo peor era que nunca decía nada que pudiera interesarle a uno. Sólo sabía hacer una cosa. Silbaba estupendamente. Mientras hacía la cama o colgaba sus cosas en el armario —cosa que hacía continuamente—, si no hablaba como una máquina, siempre se ponía a silbar. A veces le daba por lo clásico, pero por lo general era algo de jazz. Cogía una canción como por ejemplo Tin Roof Blues y la silbaba tan bien y tan suavecito —mientras colgaba sus cosas en el armario—, que daba gusto oírle. Naturalmente nunca se lo dije. Uno no se acerca a un tío de sopetón para decirle, «silbas estupendamente». Pero si le aguanté como compañero de cuarto durante dos meses a pesar del latazo que era, fue porque silbaba tan bien, mejor que ninguna otra persona que haya conocido jamás. Así que hay que tener un poco de cuidado con eso. Quizá no haya que tener tanta lástima a las chicas que se casan con tipos aburridos. Por lo general no hacen daño a nadie y puede que hasta silben estupendamente. Quién sabe. Yo desde luego no.
Al fin vi a Sally que bajaba por las escaleras y me acerqué a recibirla. Estaba guapísima. De verdad. Llevaba un abrigo negro y una especie de boina del mismo color. No solía ponerse nunca sombrero pero aquella gorra le sentaba estupendamente. En el momento en que la vi me entraron ganas de casarme con ella. Estoy loco de remate. Ni siquiera me gustaba mucho, pero nada más verla me enamoré locamente. Les juro que estoy chiflado. Lo reconozco.
—¡Holden! —me dijo—. ¡Qué alegría! Hace siglos que no nos veíamos —tenía una de esas voces atipladas que le dan a uno mucha vergüenza. Podía permitírselo porque era muy guapa, pero aun así daba cien patadas.
—Yo también me alegro de verte —le dije. Y era verdad—. ¿Cómo estás?
—Maravillosamente. ¿Llego tarde?
Le dije que no, aunque la verdad es que se había retrasado diez minutos. Pero no me importaba. Todos esos chistes del Saturday Evening Post en que aparecen unos tíos esperando en las esquinas furiosos porque no llega su novia, son tonterías. Si la chica es guapa, ¿a quién le importa que llegue tarde? Cuando aparece se le olvida a uno en seguida.
—Tenemos que darnos prisa —le dije—. La función empieza a las dos cuarenta.
Bajamos en dirección a la parada de taxis.
—¿Qué vamos a ver? —me dijo.
—No sé. A los Lunt. No he podido conseguir entradas para otra cosa.
—¡Qué maravilla!
Ya les dije que se volvería loca cuando supiera que íbamos a ver a los Lunt.
En el taxi que nos llevaba al teatro nos besamos un poco. Al principio ella no quería porque llevaba los labios pintados, pero estuve tan seductor que al final no le quedó más remedio. Dos veces el imbécil del taxista frenó en seco en un semáforo y por poco me caigo del asiento. Podían fijarse un poco en lo que hacen, esos tíos. Luego —y eso les demostrará lo chiflado que estoy—, en el momento en que acabábamos de darnos un largo abrazo, le dije que la quería. Era mentira, desde luego, pero en aquel momento estaba convencido de que era verdad. Se lo juro.
—Yo también te quiero —me dijo ella. Y luego, sin interrupción—. Prométeme que te dejarás crecer el pelo. Al cepillo ya es hortera. Lo tienes tan bonito...
¿Bonito mi pelo? ¡Un cuerno!
La representación no estuvo tan mal como yo esperaba, pero tampoco fue ninguna maravilla. La comedia trataba de unos quinientos mil años en la vida de una pareja. Empieza cuando son jóvenes y los padres de la chica no quieren que se case con el chico, pero ella no les hace caso. Luego se van haciendo cada vez más mayores. El marido se va a la guerra y la mujer tiene un hermano que es un borracho. No lograba compenetrarme con ellos. Quiero decir que no sentía nada cuando se moría uno de la familia. Se notaba que eran sólo actores representando. El marido y la mujer eran bastante simpáticos —muy ingeniosos y eso—, pero no había forma de interesarse por ellos. En parte porque se pasaban la obra entera bebiendo té. Cada vez que salían a escena, venía un mayordomo y les plantaba la bandeja delante, o la mujer le servía una taza a alguien. Y a cada momento entraba o salía alguien en escena. Se mareaba uno de tanto ver a los actores sentarse y levantarse. Alfred Lunt y Lynn Fontanne eran el matrimonio y lo hacían muy bien, pero a mí no me gustaron. Aunque tengo que reconocer que no eran como los demás. No actuaban como actores ni como gente normal. Es difícil de explicar. Actuaban como si supieran que eran muy famosos. Vamos, que lo hacían demasiado bien. Cuando uno de ellos terminaba de decir una parrafada, el otro decía algo en seguida. Querían hacer como la gente normal, cuando se interrumpen unos a otros, pero les salía demasiado bien. Actuaban un poco como toca el piano Ernie en el Village. Cuando uno sabe hacer una cosa muy bien, si no se anda con cuidado empieza a pasarse, y entonces ya no es bueno. A pesar de todo tengo que reconocer que los Lunt eran los únicos en todo el reparto que demostraban tener algo de materia gris.
Al final del primer acto salimos con todos los cretinos del público a fumar un cigarrillo. ¡Vaya colección! En mi vida había visto tanto farsante junto, todos fumando como cosacos y comentando la obra en voz muy alta para que los que estaban a su alrededor se dieran cuenta de lo listos que eran. Al lado nuestro había un actor de cine. No sé cómo se llama, pero era ése que en las películas de guerra hace siempre del tío que en el momento del ataque final le entra e] canguelo. Estaba con una rubia muy llamativa y los dos se hacían los muy naturales, como si no supieran que la gente los miraba. Como si fueran muy modestos, vamos. No saben la risa que me dio. Sally se limitó a comentar lo maravillosos que eran los Lunt porque estaba ocupadísima demostrando lo guapa que era. De pronto vio al otro lado del vestíbulo a un chico que conocía, un tipo de esos con traje de franela gris oscuro y chaleco de cuadros. El uniforme de Harvard o de Yale. Cualquiera diría. Estaba junto a la pared fumando como una chimenea y con aspecto de estar aburridísimo. Sally decía cada dos minutos: «A ese chico lo conozco de algo.»
Siempre que la llevaba a algún sitio, resulta que conocía a alguien de algo, o por lo menos eso decía. Me lo repitió como mil veces hasta que al fin me harté y le dije: «Si le conoces tanto, ¿por qué no te acercas y le das un beso bien fuerte? Le encantará.» Cuando se lo dije se enfadó. Al final él la vio y se acercó a decirle hola. No se imaginan cómo se saludaron. Como si no se hubieran visto en veinte años. Cualquiera hubiera dicho que de niños se bañaban juntos en la misma bañera. Compañeritos del alma eran. Daba ganas de vomitar. Y lo más gracioso era que probablemente se habían visto sólo una vez en alguna fiesta. Luego, cuando terminó de caérseles la baba, Sally nos presentó. Se llamaba George algo —no me acuerdo—, y estudiaba en Andover. Tampoco era para tanto, vamos. No se imaginan cuando Sally le preguntó si le gustaba la obra... Era uno de esos tíos que para perorar necesitan unos cuantos metros cuadrados. Dio un paso hacia atrás y aterrizó en el pie de una señora que tenía a su espalda. Probablemente le rompió hasta el último dedo que tenía en el cuerpo. Dijo que la comedia en sí no era una obra maestra, pero que los Lunt eran unos perfectos ángeles. ¡Ángeles! ¿No te fastidia? Luego se pusieron a hablar de gente que conocían. La conversación más falsa que he oído en mi vida. Los dos pensaban en algún sitio a la mayor velocidad posible y cuando se les ocurría el nombre de alguien que vivía allí, lo soltaban. Cuando volvimos a sentarnos en nuestras butacas tenía unas náuseas horrorosas. De verdad. En el segundo entreacto continuaron la conversación. Siguieron pensando en más sitios y en más nombres. Lo peor era que aquel imbécil tenía una de esas voces típicas de Universidad del Este, como muy cansada, muy snob. Parecía una chica. Al muy cabrón le importaba un rábano que Sally fuera mi pareja. Cuando acabó la función creí que iba a meterse con nosotros en el taxi porque nos acompañó como dos manzanas, pero por suerte dijo que había quedado con unos amigos para ir a tomar unas copas. Me los imaginé a todos sentados en un bar con sus chalecos de cuadros hablando de teatro, libros y mujeres con esa voz de snob que sacan. Me revientan esos tipos.
Cuando entramos en el taxi, odiaba tanto a Sally después de haberla oído hablar diez horas con el imbécil de Andover, que estuve a punto de llevarla directamente a su casa, de verdad, pero de pronto me dijo:
—Tengo una idea maravillosa.
Siempre tenía unas ideas maravillosas.
—Oye, ¿a qué hora tienes que estar en casa? ¿Tienes que volver a una hora fija?
—¿Yo? No. Puedo volver cuando me dé la gana —le dije. ¡Jo! ¡En mi vida había dicho verdad mayor!—. ¿Por qué?
—Vamos a patinar a Radio City.
Ese tipo de cosas eran las que se le ocurrían siempre.
—¿A patinar a Radio City? ¿Ahora?
—Sólo una hora o así. ¿No quieres? Bueno, si no quieres...
—No he dicho que no quiera —le dije—. Si tienes muchas ganas, iremos.
—¿De verdad? Pero no quiero que lo hagas sólo porque yo quiero. No me importa no ir.
¡No le importaba! ¡Poco!
—Se pueden alquilar unas falditas preciosas para patinar —dijo Sally—. Jeanette Cultz alquiló una la semana pasada.
Claro, por eso estaba empeñada en ir. Quería verse con una de esas falditas que apenas tapan el trasero.
Así que fuimos a Radio City y después de recoger los patines alquilé para Sally una pizca de falda azul. La verdad es que estaba graciosísima con ella. Y Sally lo sabía. Echó a andar delante de mí para que no dejara de ver lo mona que estaba. Yo también estaba muy mono. Hay que reconocerlo.
Lo más gracioso es que éramos los peores patinadores de toda la pista. Los peores de verdad y eso que había algunos que batían el récord. A Sally se le torcían tanto los tobillos que daba con ellos en el hielo. No sólo hacía el ridículo, sino que además debían dolerle muchísimo. A mí desde luego me dolían. Y cómo. Debíamos hacer una pareja formidable. Y para colmo había como doscientos mirones que no tenían más que hacer que mirar a los que se rompían las narices contra el suelo.
—¿Quieres que nos sentemos a tomar algo dentro? —le pregunté.
—Es la idea más maravillosa que has tenido en todo el día.
Aquello era cruel. Se estaba matando y me dio pena. Nos quitamos los patines y entramos en ese bar donde se puede tomar algo en calcetines mientras se ve toda la pista. En cuanto nos sentamos, Sally se quitó los guantes y le ofrecí un cigarrillo. No parecía nada contenta. Vino el camarero y le pedí una Coca-Cola para ella —no bebía— y un whisky con soda para mí, pero el muy hijoputa se negó a traérmelo o sea que tuve que tomar Coca-Cola yo también. Luego me puse a encender cerillas una tras otra, que es una cosa que suelo hacer cuando estoy de un humor determinado. Las dejo arder hasta que casi me quemo los dedos y luego las echo en el cenicero. Es un tic nervioso que tengo.
De pronto, sin venir a cuento, me dijo Sally:
—Oye, tengo que saberlo. ¿Vas a venir a ayudarme a adornar el árbol de Navidad, o no? Necesito que me lo digas ya.
Estaba furiosa porque aún le dolían los tobillos.
—Ya te dije que iría. Me lo has preguntado como veinte veces. Claro que iré.
—Bueno. Es que necesitaba saberlo —dijo. Luego se puso a mirar a su alrededor.
De pronto dejé de encender cerillas y me incliné hacia ella por encima de la mesa. Estaba preocupado por unas cuantas cosas:
—Oye Sally —le dije.
—¿Qué?
Estaba mirando a una chica que había al otro lado del bar.
—¿Te has hartado alguna vez de todo? —le dije—. ¿Has pensado alguna vez que a menos que hicieras algo en seguida el mundo se te venía encima? ¿Te gusta el colegio?
—Es un aburrimiento mortal.
—Lo que quiero decir es si lo odias de verdad —le dije— Pero no es sólo el colegio. Es todo. Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...
—No grites, por favor —dijo Sally. Tuvo gracia porque yo ni siquiera gritaba.
—Los coches, por ejemplo —le dije en voz más baja—. La gente se vuelve loca por ellos. Se mueren si les hacen un arañazo en la carrocería y siempre están hablando de cuántos kilómetros hacen por litro de gasolina. No han acabado de comprarse uno y ya están pensando en cambiarlo por otro nuevo. A mí ni siquiera me gustan los viejos. No me interesan nada. Preferiría tener un caballo. Al menos un caballo es más humano. Con un caballo puedes...
—No entiendo una palabra de lo que dices —dijo Sally—. Pasas de un...
—¿Sabes una cosa? —continué—. Tú eres probablemente la única razón por la que estoy ahora en Nueva York. Si no fuera por ti no sé ni dónde estaría. Supongo que en algún bosque perdido o algo así. Tú eres lo único que me retiene aquí.
—Eres un encanto —me dijo, pero se le notaba que estaba deseando cambiar de conversación.
—Deberías ir a un colegio de chicos. Pruébalo alguna vez —le dije—. Están llenos de farsantes. Tienes que estudiar justo lo suficiente para poder comprarte un Cadillac algún día, tienes que fingir que te importa si gana o pierde el equipo del colegio, y tienes que hablar todo el día de chicas, alcohol y sexo. Todos forman grupitos cerrados en los que no puede entrar nadie. Los de el equipo de baloncesto por un lado, los católicos por otro, los cretinos de los intelectuales por otro, y los que juegan al bridge por otro. Hasta los socios del Libro del Mes tienen su grupito. El que trata de hacer algo con inteligencia...
—Oye, oye —dijo Sally—, hay muchos que ven más que eso en el colegio...
—De acuerdo. Habrá algunos que sí. Pero yo no, ¿comprendes? Eso es precisamente lo que quiero decir. Que yo nunca saco nada en limpio de ninguna parte. La verdad es que estoy en baja forma. En muy baja forma.
—Se te nota.
De pronto se me ocurrió una idea.
—Oye —le dije—. ¿Qué te parece si nos fuéramos de aquí? Te diré lo que se me ha ocurrido. Tengo un amigo en Grenwich Village que nos prestaría un coche un par de semanas, íbamos al mismo colegio y todavía me debe diez dólares. Mañana por la mañana podríamos ir a Massachusetts, y a Vermont, y todos esos sitios de por ahí. Es precioso, ya verás. De verdad.
Cuanto más lo pensaba, más me gustaba la idea. Me incliné hacia ella y le cogí la mano. ¡Qué manera de hacer el imbécil! No se imaginan.
—Tengo unos ciento ochenta dólares —le dije—. Puedo sacarlos del banco mañana en cuanto abran y luego ir a buscar el coche de ese tío. De verdad. Viviremos en cabañas y sitios así hasta que se nos acabe el dinero. Luego buscaré trabajo en alguna parte y viviremos cerca de un río. Nos casaremos y en el invierno yo cortaré la leña y todo eso. Ya verás. Lo pasaremos formidable. ¿Qué dices? Vamos, ¿qué dices? ¿Te vienes conmigo? ¡Por favor!
—No se puede hacer una cosa así sin pensarlo primero —dijo Sally. Parecía enfadadísima.
—¿Por qué no? A ver. Dime ¿por qué no?
—Deja de gritarme, por favor —me dijo. Lo cual fue una idiotez porque yo ni la gritaba.
—¿Por qué no se puede? A ver. ¿Por qué no?
—Porque no, eso es todo. En primer lugar porque somos prácticamente unos críos. ¿Qué harías si no encontraras trabajo cuando se te acabara el dinero? Nos moriríamos de hambre. Lo que dices es absurdo, ni siquiera...
—No es absurdo. Encontraré trabajo, no te preocupes. Por eso sí que no tienes que preocuparte. ¿Qué pasa? ¿Es que no quieres venir conmigo? Si no quieres, no tienes más que decírmelo.
—No es eso. Te equivocas de medio a medio —dijo Sally. Empezaba a odiarla vagamente—. Ya tendremos tiempo de hacer cosas así cuando salgas de la universidad si nos casamos y todo eso. Hay miles de sitios maravillosos adonde podemos ir. Estás...
—No. No es verdad. No habrá miles de sitios donde podamos ir porque entonces será diferente —le dije. Otra vez me estaba entrando una depresión horrorosa,
—¿Qué dices? —preguntó—. No te oigo. Primero gritas como un loco y luego, de pronto...
—He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas y de trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando un montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y trailers. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo que te digo.
—Quizá no. Pero a lo mejor eres tú el que no entiende nada —dijo Sally. Para entonces ya nos odiábamos cordialmente. Era inútil tratar de mantener con ella una conversación inteligente. Estaba arrepentidísimo de haber empezado siquiera.
—Vámonos de aquí —le dije—. Si quieres que te diga la verdad, me das cien patadas.
¡Jo! ¡Cómo se puso cuando le dije aquello! Sé que no debí decirlo y en circunstancias normales no lo habría hecho, pero es que estaba deprimidísimo. Por lo general nunca digo groserías a las chicas. ¡Jo! ¡Cómo se puso! Me disculpé como cincuenta mil veces, pero no quiso ni oírme. Hasta se echó a llorar, lo cual me asustó un poco porque me dio miedo que se fuera a su casa y se lo contara a su padre que era un hijo de puta de esos que no aguantan una palabra más alta que otra. Además yo le caía bastante mal. Una vez le dijo a Sally que siempre estaba escandalizando.
—Lo siento mucho, de verdad —le dije un montón de veces.
—¡Lo sientes, lo sientes! ¡Qué gracia! —me dijo. Seguía medio llorando y, de pronto, me di cuenta de que lo sentía de verdad.
—Vamos, te llevaré a casa. En serio.
—Puedo ir yo sólita, muchas gracias. Si crees que te voy a dejar que me acompañes, estás listo. Nadie me había dicho una cosa así en toda mi vida.
Como, dentro de todo, la cosa tenía bastante gracia, de pronto hice algo que no debí hacer. Me eché a reír. Fue una carcajada de lo más inoportuna. Si hubiera estado en el cine sentado detrás de mí mismo, probablemente me hubiera dicho que me callara. Sally se puso aún más furiosa.
Seguí diciéndole que me perdonara, pero no quiso hacerme caso. Me repitió mil veces que me largara y la dejara en paz, así que al final lo hice. Sé que no estuvo bien, pero es que no podía más.
Si quieren que les diga la verdad, lo cierto es que no sé siquiera por qué monté aquel numerito. Vamos, que no sé por qué tuve que decirle lo de Massachusetts y todo eso, porque muy probablemente, aunque ella hubiera querido venir conmigo, yo no la habría llevado. Habría sido una lata. Pero lo más terrible es que cuando se lo dije, lo hice con toda sinceridad. Eso es lo malo. Les juro que estoy como una regadera.

Capítulo 18
Cuando me fui de la pista de patinar sentí un poco de hambre, así que me metí en una cafetería y me tomé un sandwich de queso y un batido. Luego entré en una cabina telefónica. Pensaba llamar a Jane para ver si había llegado ya de vacaciones. No tenía nada que hacer aquella noche, o sea que se me ocurrió hablar con ella y llevarla a bailar a algún sitio por ahí. Desde que la conocía no había ido con ella a ninguna sala de fiestas. Pero una vez la vi bailar y me pareció que lo hacía muy bien. Fue en una de esas fiestas que daba el Club el día de la Independencia. Aún no la conocía bien y no me atreví a separarla de su pareja. Salía entonces con un imbécil que se llamaba Al Pike y estudiaba en Choate. Andaba siempre merodeando por la piscina. Llevaba un calzón de baño de esos elásticos de color blanco y se tiraba continuamente de lo más alto del trampolín. El muy plomo hacía el ángel todo el día. Era el único salto que sabía hacer y lo consideraba el no va más. El tío era todo músculo sin una pizca de cerebro. Pero, como les iba diciendo, Jane iba con él aquella noche. No podía entenderlo, se lo juro. Cuando empezamos a salir juntos, le pregunté cómo podía aguantar a un tío como Al Pike. Jane me dijo que no era un creído, que lo que le pasaba es que tenía complejo de inferioridad. En mi opinión eso no impide que uno pueda ser también un cabrón. Pero ya saben cómo son las chicas. Nunca se sabe por dónde van a salir. Una vez presenté a un amigo mío a la compañera de cuarto de una tal Roberta Walsh. Se llamaba Bob Robinson y ése sí que tenía complejo de inferioridad. Se le notaba que se avergonzaba de sus padres porque decían «haiga» y «oyes» y porque no tenían mucho dinero. Pero no era un cabrón. Era un buen chico. Pues a la compañera de cuarto de Roberta Walsh no le gustó nada. Le dijo a Roberta que era un creído, y sólo porque le había dicho que era capitán del equipo de debate. Nada más que por una tontería así. Lo malo de las chicas es que si un tío les gusta, por muy cabrón que sea te dicen que tiene complejo de inferioridad, y si no les gusta, ya puede ser buena persona y creerse lo peor del universo, que le consideran un creído. Hasta las más inteligentes, en eso son iguales.
Pero, como les iba diciendo, llamé a Jane, pero no cogió nadie el teléfono, así que colgué. Luego miré la agenda para ver con quién demonios podría salir esa noche. Lo malo es que sólo tengo apuntados tres números. El de Jane, el del señor Antolini, que fue profesor mío en Elkton Hills, y el de la oficina de mi padre. Siempre se me olvida apuntar los teléfonos de la gente. Así que al final llamé a Carl Luce. Se había graduado en el Colegio Whooton después que me echaron a mí. Era tres años mayor que yo y me caía muy bien. Tenía el índice de inteligencia más alto de todo el colegio y una cultura enorme. Se me ocurrió que podíamos cenar juntos y hablar de algo un poco intelectual. A veces era la mar de informativo. Así que le llamé. Estudiaba en Columbia y vivía en la Calle 65. Me imaginé que ya estaría de vacaciones. Cuando se puso al teléfono, me dijo que cenar le era imposible, pero que podíamos tomar una copa juntos a las diez en el Wicker Bar de la Calle 54. Creo que se sorprendió bastante de que le llamara. Una vez le había dicho que era un fantasma. Como aún tenía muchas horas que matar antes de las diez, me metí en el cine de Radio City. Era lo peor que podía hacer, pero me venía muy a mano y no se me ocurrió otra cosa. Entré cuando aún no había terminado el espectáculo que daban antes de la película. Las Rockettes pateaban al aire como posesas, todas puestas en fila y cogidas por la cintura. El público aplaudía como loco y un tío que tenía al lado no hacía más que decirle a su mujer: «¿Te das cuenta? ¡Eso es lo que yo llamo precisión!» ¡Menudo cretino! Cuando acabaron las Rockettes salió al escenario un tío con frac y se puso a patinar por debajo de unas mesitas muy bajas mientras decía miles de chistes uno tras otro. Lo hacía la mar de bien, pero no acababa de gustarme porque no podía dejar de imaginármelo practicando todo el tiempo para luego hacerlo en el escenario, y eso me pareció una estupidez. Se ve que no era mi día. Después hicieron eso que ponen todas las Navidades en Radio City, cuando empiezan a salir ángeles de cajas y de todas partes, y aparecen unos tíos que se pasean con cruces por todo el escenario y al final se ponen a cantar todos ellos, que son miles, el Adeste Fideles a voz en grito. No había quien lo aguantara. Ya sé que todo el mundo lo considera muy religioso y muy artístico, pero yo no veo nada de religioso ni de artístico en un montón de actores paseándose con cruces por un escenario. Hacia el final se les notaba que estaban deseando acabar para poder fumarse un cigarrillo. Lo había visto el año anterior con Sally Hayes, que no dejó de repetirme lo bonito que le parecía y lo preciosos que eran los vestidos. Le dije que estaba seguro de que Cristo habría vomitado si hubiera visto todos esos trajes tan elegantes. Sally me contestó que era un ateo sacrílego y probablemente tenía razón. Pero de verdad que creo que el que le habría gustado a Jesucristo habría sido el que tocaba los timbales en la orquesta. Siempre me ha gustado mirarle, desde que tenía ocho años. Cuando íbamos a Radio City con mis padres, mi hermano y yo nos cambiábamos de sitio para poder verle mejor. No he visto a nadie tocar los timbales como él. El pobre sólo puede atizarles un par de veces durante toda la sesión, pero mientras está mano sobre mano no parece que se aburra ni nada. Y cuando al final le toca el turno, lo hace tan bien, con tanto gusto y con una expresión tan decidida en la cara, que es un placer mirarle. Una vez que fuimos a Washington con mi padre, Allie le mandó una postal, pero estoy seguro de que no la recibió. No sabíamos a quién dirigirla.
Cuando acabó la cosa esa de Navidad, empezó una porquería de película. Era tan horrible que no podía apartar la vista de la pantalla. Trataba de un inglés que se llamaba Alec o algo así, y que había estado en la guerra y había perdido la memoria. Cuando sale del hospital, se patea todo Londres cojeando sin tener ni idea de quién es. La verdad es que es duque, pero no lo sabe. Luego conoce a una chica muy hogareña y muy buena que se está subiendo al autobús. El viento le vuela el sombrero y él se lo recoge. Luego va con ella a su casa y se ponen a hablar de Dickens. Es el autor que más les gusta a los dos. El lleva siempre un ejemplar de Oliver Twist en el bolsillo y ella también. Sólo oírlos hablar ya daba arcadas. Se enamoran en seguida y él la ayuda a administrar una editorial que tiene la chica y que va la mar de mal porque el hermano es un borracho y se gasta toda la pasta. Está muy amargado porque era cirujano antes de ir a la guerra y ahora no puede operar porque tiene los nervios hechos polvo, así que el tío le da a la botella que es un gusto, pero es la mar de ingenioso. El tal Alec escribe un libro y la chica lo publica y se vende como rosquillas. Van a casarse cuando aparece la otra, que se llama Marcia y era novia de Alec antes de que perdiera la memoria. Un día le ve en una librería firmando ejemplares y le reconoce. Le dice que es duque y todo eso, pero él no se lo cree y no quiere ir con ella a ver a su madre ni nada. La madre no ve ni gorda. Luego la otra chica, la buena, le obliga a ir. Es la mar de noble. Pero él no recobra la memoria ni cuando el perro danés se le tira encima a lamerle, ni cuando la madre le pasa los dedazos por toda la cara y le trae el osito de peluche que arrastraba él de pequeño por toda la casa. Al final unos niños que están jugando al crickett le atizan en la cabeza con una pelota. Recupera de golpe la memoria y entonces le da un beso a su madre en la frente y todas esas gilipolleces. Pero entonces empieza a hacer de duque de verdad y se olvida de la buena y de la editorial. Podría contarles el resto de la historia, pero no quiero hacerles vomitar. No crean que me lo callo por no estropearles la película. Sería imposible estropearla más. Pero, bueno, al final Alec y la buena se casan, el borracho se pone bien y opera a la madre de Alec que ve otra vez, y Marcia y él empiezan a gustarse. Terminan todos sentados a la mesa desternillándose de risa porque el perro danés entra con un montón de cachorros. Supongo que es que no sabían que era perra. Sólo les digo que si no quieren vomitar no vayan a verla.
Lo más gracioso es que tenía al lado a una señora que no dejó de llorar en todo el tiempo. Cuanto más cursi se ponía la película, más lagrimones echaba. Pensarán que lloraba porque era muy buena persona, pero yo estaba sentado al lado suyo y les digo que no. Iba con un niño que se pasó las dos horas diciendo que tenía que ir al baño, y ella no le hizo ni caso. Sólo se volvía para decirle que a ver si se callaba y se estaba quieto de una vez. Lo que es ésa, tenía el corazón de una hiena. Todos los que lloran como cosacos con esa imbecilidad de películas suelen ser luego unos cabrones de mucho cuidado. De verdad.
Cuando salí del cine me fui andando hacia el Wicker Bar donde iba a ver a Carl Luce y, mientras, me puse a pensar en la guerra. Siempre me pasa lo mismo cuando veo una película de esas. Yo creo que no podría ir a la guerra. No me importaría tanto si todo consistiera en que te sacaran a un patio y te largaran un disparo por las buenas, lo que no aguanto es que haya que estar tanto tiempo en el ejército. Eso es lo que no me gusta. Mi hermano D.B. se pasó en el servicio cuatro años enteros. Estuvo en el desembarco de Normandía y todo, pero creo que odiaba el ejército más que la guerra. Yo era un crío en aquel tiempo, pero recuerdo que cuando venía a casa de permiso, se pasaba el día entero tumbado en la cama. Apenas salía de su cuarto. Cuando le mandaron a Europa no le hirieron ni tuvo que matar a nadie. Estaba de chófer de un general que parecía un vaquero. No tenía que hacer más que pasearle todo el día en un coche blindado. Una vez le dijo a Allie que si le obligaran a matar a alguien no sabría adonde disparar. Le dijo también que en el ejército aliado había tantos cabrones como en el nazi. Recuerdo que Allie le preguntó si no le venía bien ir a la guerra siendo escritor porque de eso podía sacar un montón de temas. D.B. le dijo que se fuera a buscar su guante de béisbol y le preguntó quién escribía mejores poemas bélicos, si Rupert Brooke o Emily Dickinson. Allie dijo que Emily Dickinson. Yo entiendo bastante poco de todo eso porque no leo mucha poesía, pero sé que me volvería loco de atar si tuviera que estar en el ejército con tipos como Ackley y Stradlater y Maurice, marchando con ellos todo el tiempo. Una vez pasé con los Boy Scouts una semana y no pude aguantarlo. Todo el tiempo te decían que tenías que mirar fijo al cogote del tío que llevabas delante. Les juro que si hay otra guerra, prefiero que me saquen a un patio y que me pongan frente a un pelotón de ejecución. No protestaría nada. Lo que no comprendo es por qué D.B. me hizo leer Adiós a las armas si odiaba tanto la guerra. Decía que era una novela estupenda. Es la historia de un tal teniente Harry que todo el mundo considera un tío fenómeno. No entiendo cómo D.B. podía odiar la guerra y decir que ese libro era buenísimo al mismo tiempo. Tampoco comprendo cómo a una misma persona le pueden gustar Adiós a las armas y El gran Gatsby D.B. se enfadó mucho cuando se lo dije y me contestó que era demasiado pequeño para juzgar libros como ésos. Le dije que a mí me gustaban Ring Lardner y El gran Gatsby. Y es verdad. Me encantan. ¡Qué tío ese Gatsby! ¡Qué bárbaro! Me chifla la novela. Pero, como les decía, me alegro muchísimo de que hayan inventado la bomba atómica. Si hay otra guerra me sentaré justo encima de ella. Me presentaré voluntario, se lo juro.

Capítulo 19
Por si no viven en Nueva York, les diré que el Wicker Bar está en un hotel muy elegante, el Seton. Antes me gustaba mucho, pero poco a poco fui dejando de ir. Es uno de esos sitios que se consideran muy finos y donde se ven farsantes a patadas. Había dos chicas francesas, Tina y Janine, que actuaban tres veces por noche. Una de ellas tocaba el piano —lo asesinaba—, y la otra cantaba, siempre unas canciones o muy verdes o en francés. La tal Janine se ponía delante del micrófono y antes de empezar la actuación, decía como susurrando: «Y ahoja les pjesentamos nuestja vejsión de Vulé vú fjansé. Es la histojia de una fjansesita que llega a una gjan siudad como Nueva Yojk y se enamoja de un muchachito de Bjooklyn. Espejo que les guste.»
Cuando acababa de susurrar y de demostrar lo graciosa que era, cantaba medio en francés medio en inglés una canción tontísima que volvía locos a todos los imbéciles del bar. Si te pasabas allí un buen rato oyendo aplaudir a ese hatajo de idiotas, acababas odiando a todo el mundo. De verdad. El barman era también insoportable, un snob de muchísimo cuidado. No hablaba a nadie a menos que fuera un tío muy importante o un artista famoso o algo así, y cuando lo hacía era horroroso. Se acercaba a quien fuera con una sonrisa amabilísima, como si fuera una persona estupenda, y le decía: «¿Qué tal por Connecticut?», o «¿Qué tal por Florida?». Era un sitio horrible, de verdad. Como les digo, poco a poco fui dejando de ir.
Cuando llegué aún era muy temprano. Estaba llenísimo. Me acerqué a la barra y pedí un par de whiskis con soda. Los pedí de pie para que vieran que era alto y no me tomaran por menor de edad. Luego me puse a mirar a todos los cretinos que había por allí. A mi lado tenía a un tío metiéndole un montón de cuentos a la chica con que estaba. Le decía por ejemplo que tenía unas manos muy aristocráticas. ¡Menudo imbécil! El otro extremo de la barra estaba lleno de maricas. No es que hicieran alarde de ello —no llevaban el pelo largo ni nada—, pero aun así se les notaba. Al final apareció mi amigo.
¡Bueno era el tal Luce! Se las traía. Cuando estaba en Whooton era mi consejero de estudios. Lo único que hacía era que por las noches, cuando se reunían unos cuantos chicos en su habitación, se ponía a hablarnos de cuestiones sexuales. Sabía un montón de todo eso, sobre todo de pervertidos. Siempre nos hablaba de esos tíos que se lían con ovejas, o de esos otros que van por ahí con unas bragas de mujer cosidas al forro del sombrero. Y de maricones y lesbianas. Sabía quien lo era y quien no en todo Estados Unidos. No tenías más que mencionar a una persona cualquiera, y Luce te decía en seguida si era invertida o no. A veces costaba trabajo creer que fueran maricas o lesbianas los que él decía que eran, actores de cine o cosas así. Algunos hasta estaban casados. Le preguntábamos, por ejemplo: «¿Dices que Joe Blow es marica? ¿Joe Blow? ¿Ese tío tan grande y tan bárbaro que hace siempre de gángster o de vaquero?» Y Luce contestaba: «En efecto.» Siempre decía «en efecto». Según él no importaba que un tío estuviera casado o no. Aseguraba que la mitad de los casados del mundo eran maricas y ni siquiera lo sabían. Decía que si habías nacido así, podías volverte maricón en cualquier momento, de la noche a la mañana. Nos metía un miedo horroroso. Yo llegué a convencerme de que el día menos pensado me pasaría a la acera de enfrente. Lo gracioso es que en el fondo siempre tuve la sensación de que el tal Luce era un poco amariconado. Todo el tiempo nos decía: «¡A ver cómo encajas ésta!», mientras nos daba una palmada en el trasero. Y cuando iba al baño dejaba la puerta abierta y seguía hablando contigo mientras te lavabas los dientes o lo que fuera. Todo eso es de marica. De verdad. Había conocido ya a varios y siempre hacían cosas así. Por eso tenía yo mis sospechas. Pero era muy inteligente, eso sí.
Jamás te saludaba al llegar. Aquella noche lo primero que hizo en cuanto se sentó fue decir que sólo podía quedarse un par de minutos. Que tenía una cita. Luego pidió un Martini. Le dijo al barman que se lo sirviera muy seco y sin aceituna.
—Oye, te he buscado un maricón. Está al final de la barra. No mires. Te lo he estado reservando.
—Muy gracioso —contestó—, ya veo que no has cambiado. ¿Cuándo vas a crecer?
Le aburría a muerte. De verdad. Pero él a mí me divertía mucho.
—¿Cómo va tu vida sexual? —le dije. Le ponía negro que le preguntaran cosas así.
—Tranquilo —me dijo—. Cálmate, por favor.
—Ya estoy tranquilo —le contesté—. Oye, ¿qué tal por Columbia? ¿Cómo te va? ¿Te gusta?
—En efecto, me gusta. Si no me gustara no estudiaría allí.
A veces se ponía insoportable.
—¿En qué vas a especializarte? —le pregunté—. ¿En pervertidos?
Tenía ganas de broma.
—¿Qué quieres? ¿Hacerte el gracioso?
—Te lo decía en broma —le dije—. Luce, tú que eres la mar de intelectual, necesito un consejo. Me he metido en un lío terrible...
Me soltó un bufido:
—Escucha Caulfield. Si quieres que nos sentemos a charlar tranquilamente y a tomar una copa...
—Está bien. Está bien. No te excites.
Se le veía que no tenía ninguna gana de hablar de nada serio conmigo. Eso es lo malo de los intelectuales. Sólo quieren hablar de cosas serias cuando a ellos les apetece.
—De verdad, ¿qué tal tu vida sexual? ¿Sigues saliendo con la chica que veías cuando estabas en Whooton? La que tenía esas enormes...
—¡No, por Dios! —me dijo.
—¿Por qué? ¿Qué ha sido de ella?
—No tengo ni la más ligera idea. Pero ya que lo preguntas, probablemente por estas fechas será la puta más grande de todo New Hampshire.
—No está bien que digas eso. Si fue lo bastante decente como para dejarte que la metieras mano, al menos podías hablar de ella de otra manera.
—¡Dios mío! —dijo Luce—. Dime si va a ser una de tus conversaciones típicas. Prefiero saberlo cuanto antes.
—No —le contesté—, pero sigo creyendo que no está bien. Si fue contigo lo bastante...
—¿Hemos de seguir necesariamente esa línea de pensamiento?
Me callé. Temí que se levantara y se largara de pronto si seguía por ese camino. Pedí otra copa. Tenía ganas de coger una buena curda.
—¿Con quién sales ahora? —le pregunté—. ¿No quieres decírmelo?
—Con nadie que tú conozcas.
—¿Quién es? A lo mejor sí la conozco.
—Vive en el Village. Es escultora. Ahora ya lo sabes.
—¿Sí? ¿De verdad? ¿Cuántos años tiene?
—Nunca se lo he preguntado.
—Pero, ¿como cuántos más o menos?
—Debe andar por los cuarenta —dijo Luce.
—¿Por los cuarenta? ¿En serio? ¿Y te gusta? —le pregunté—. ¿Te gustan tan mayores? —se lo dije porque de verdad sabía muchísimo sobre sexo y cosas de esas. Era uno de los pocos tíos que he conocido que de verdad sabían lo que se decían. Había dejado de ser virgen a los catorce años, en Nantucket. Y no era cuento.
—Me gustan las mujeres maduras, si es eso a lo que te refieres.
—¿De verdad? ¿Por qué? Dime, ¿es que hacen el amor mejor o qué?
—Oye, antes de proseguir vamos a poner las cosas en claro. Esta noche me niego a responder a tus preguntas habituales. ¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?
Durante un buen rato no dije nada. Luego Luce pidió otro Martini y le insistió al camarero en que se lo hiciera aún más seco.
—Oye, ¿cuánto tiempo hace que sales con esa escultora? —le pregunté. El tema me interesaba de verdad—. ¿La conocías ya cuando estabas en Whooton?
—¿Cómo iba a conocerla? Acaba de llegar a este país hace pocos meses.
—¿Sí? ¿De dónde es?
—Se da la circunstancia de que ha nacido en Shangai.
—¡No me digas! ¿Es china?
—Evidentemente.
—¡No me digas! ¿Y te gusta eso? ¿Que sea china?
—Evidentemente.
—¿Por qué? Dímelo. De verdad me gustaría saberlo.
—Porque se da la circunstancia de que la filosofía oriental me resulta más satisfactoria que la occidental.
—¿Sí? ¿Qué quieres decir cuando dices «filosofía»? ¿La cosa del sexo? ¿Acostarte con ella? ¿Quieres decir que lo hacen mejor en China? ¿Es eso?
—No necesariamente en China. He dicho Oriente. ¿Tenemos que proseguir con esta conversación inane?
—Oye, de verdad, Te lo pregunto en serio —le dije—. ¿Por qué es mejor en Oriente?
—Es demasiado complejo para explicártelo ahora. Sencillamente consideran el acto sexual una experiencia tanto física como espiritual. Pero si crees que...
—¡Yo también! Yo también lo considero lo que has dicho, una experiencia física y espiritual y todo eso. De verdad. Pero depende muchísimo de con quién estoy. Si estoy con una chica a quien ni siquiera...
—No grites, Caulfield, por Dios. Si no sabes hablar en voz baja, será mejor que dejemos...
—Sí, sí, pero oye —le dije. Estaba nerviosísimo y es verdad que hablaba muy fuerte. A veces cuando me excito levanto mucho la voz—. Ya sé que debe ser una experiencia física, y espiritual, y artística y todo eso, pero lo que quiero decir es si puedes conseguir que sea así con cualquier chica, sea como sea. ¿Puedes?
—Cambiemos de conversación, ¿te importa?
—Sólo una cosa más. Escucha. Por ejemplo, tú y esa señora, ¿qué hacéis para que os salga tan bien?
—Ya vale, te he dicho.
Me estaba metiendo en sus asuntos personales. Lo reconozco. Pero eso era una de las cosas que más me molestaban de Luce. Cuando estábamos en el colegio te obligaba a que le contaras las cosas más íntimas, pero en cuanto le hacías a él una pregunta personal, se enfadaba. A esos tipos tan intelectuales no les gusta mantener una conversación a menos que sean ellos los que lleven la batuta. Siempre quieren que te calles cuando ellos se callan y que vuelvas a tu habitación cuando ellos quieren volver a su habitación. Cuando estábamos en Whooton, a Luce le reventaba —se le notaba— que cuando él acababa de echarnos una conferencia, nosotros siguiéramos hablando por nuestra cuenta. Le ponía negro. Lo que quería era que cada uno volviera a su habitación y se callara en el momento en que él acababa de perorar. Creo que en el fondo tenía miedo de que alguien dijera algo más inteligente. Me divertía mucho.
—Puede que me vaya a China. Tengo una vida sexual asquerosa —le dije.
—Naturalmente. Tu cerebro aún no ha madurado.
—Sí. Tienes razón. Lo sé. ¿Sabes lo que me pasa? —le dije—. Que nunca puedo excitarme de verdad, vamos, del todo, con una chica que no acaba de gustarme. Tiene que gustarme muchísimo. Si no, no hay manera. ¡Jo! ¡No sabes cómo me fastidia eso! Mi vida sexual es un asco.
—Pues claro. La última vez que nos vimos ya te dije lo que te hacía falta.
—¿Te refieres a lo del sicoanálisis? —le dije. Eso era lo que me había aconsejado. Su padre era siquiatra.
—Tú eres quien tiene que decidir. Lo que hagas con tu vida no es asunto mío.
Durante unos momentos no dije nada porque estaba pensando.
—Supongamos que fuera a ver a tu padre y que me sicoanalizara y todo eso —le dije—. ¿Qué me pasaría? ¿Qué me haría?
—Nada. Absolutamente nada. ¡Mira que eres pesado! Sólo hablaría contigo y tú le hablarías a él. Para empezar te ayudaría a reconocer tus esquemas mentales.
—¿Qué?
—Tus esquemas mentales. La mente humana está... Oye, no creas que voy a darte aquí un curso elemental de sicoanálisis. Si te interesa verle, llámale y pide hora. Si no, olvídate del asunto. Francamente, no puede importarme menos.
Le puse la mano en el hombro. ¡Jo! ¡Cómo me divertía!
—¡Eres un cabrón de lo más simpático! —le dije—. ¿Lo sabías?
Estaba mirando la hora.
—Tengo que largarme —dijo, y se levantó—. Me alegro de haberte visto.
Llamó al barman y le dijo que le cobrara lo suyo.
—Oye -—le dije antes de que se fuera—. Tu padre, ¿te ha sicoanalizado a ti alguna vez?
—¿A mí? ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Di, ¿te ha sicoanalizado?
—No exactamente. Me ha ayudado hasta cierto punto a adaptarme, pero no ha considerado necesario llevar a cabo un análisis en profundidad. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Sólo por curiosidad.
—Bueno. Que te diviertas —dijo. Estaba dejando la propina y se disponía a marcharse.
—Toma una copa más —le dije—. Por favor. Tengo una depresión horrible. Me siento muy solo, de verdad.
Me contestó que no podía quedarse porque era muy tarde, y se fue. ¡Qué tío el tal Luce! No había quien le aguantara, pero la verdad es que se expresaba estupendamente. Cuando estábamos en Whooton él era el que tenía mejor vocabulario de todo el colegio. De verdad. Nos hicieron un examen y todo.

Capítulo 20
Me quedé sentado en la barra emborrachándome y esperando a ver si salían Tina y Janine a hacer sus tontadas, pero ya no trabajaban allí. Salieron en cambio un tipo con el pelo ondulado y pinta de maricón que tocaba el piano, y una chica nueva que se llamaba Valencia y que cantaba. No es que fuera una diva, pero lo hacía mejor que Janine y por lo menos había elegido unas canciones muy bonitas. El piano estaba junto a la barra y yo tenía a Valencia prácticamente a mi lado. Le eché unas cuantas miradas insinuantes, pero no me hizo ni caso. En circunstancias normales no me habría atrevido a hacerlo, pero aquella noche me estaba emborrachando a base de bien. Cuando acabó, se largó a tal velocidad que no me dio tiempo siquiera a invitarla, así que llamé al camarero y le dije que le preguntara si quería tomar una copa conmigo. Me dijo que bueno, pero estoy seguro de que no le dio el recado. La gente nunca da recados a nadie.
¡Jo! Seguí sentado en aquella barra al menos hasta la una, emborrachándome como un imbécil. Apenas veía nada. Me anduve con mucho cuidado, eso sí, de no meterme con nadie. No quería que el barman se fijara en mí y se le ocurriera preguntarme qué edad tenía. Pero, ¡jo!, de verdad que no veía nada. Cuando me emborraché del todo empecé otra vez a hacer el indio, como si me hubieran encajado un disparo. Era el único tío en todo el bar que tenía una bala alojada en el estómago. Me puse una mano bajo la chaqueta para impedir que la sangre cayera por el suelo. No quería que nadie se diera cuenta de que estaba herido. Quería ocultar que era un pobre diablo destinado a morir. Al final me entraron ganas de llamar a Jane para ver si estaba en casa, así que pagué y me fui adonde estaban los teléfonos. Seguía con la mano puesta debajo de la chaqueta para retener la sangre. ¡Jo! ¡Vaya tranca que llevaba encima!
No sé qué pasó, pero en cuanto entré en la cabina se me pasaron las ganas de llamar a Jane. Supongo que estaba demasiado borracho. Así que decidí llamar a Sally Hayes. Tuve que marcar como veinte veces para acertar con el número. ¡Jo! ¡No veía nada!
—Oiga —dije cuando contestaron al teléfono. Creo que hablaba a gritos de lo borracho que estaba.
—¿Quién es? —dijo una voz de mujer en un tono la mar de frío.
—Soy Holden Caulfield. Quiero hablar con Sally, por favor.
—Sally está durmiendo. Soy su abuela. ¿Por qué llamas a estas horas, Holden? ¿Tienes idea de lo tarde que es?
—Sí, pero quiero hablar con Sally. Es muy importante. Dígale que se ponga.
—Sally está durmiendo, jovencito. Llámala mañana. Buenas noches.
—Despiértela. Despiértela. Ande, sea buena.
Luego sonó una voz diferente.
—Hola, Holden —era Sally—. ¿Qué te ha dado?
—¿Sally? ¿Eres tú?
—Sí. Y deja de gritar. ¿Estás borracho?
—Sí. Escucha. Iré en Nochebuena, ¿me oyes? Te ayudaré a adornar el árbol, ¿de acuerdo? ¿De acuerdo, Sally?
—Sí. Estás borracho. Ahora vete a la cama. ¿Dónde estás? No estarás solo, ¿no?
—Sally, iré a ayudarte a poner el árbol, ¿de acuerdo?
—Sí. Ahora vete a la cama. ¿Dónde estás? ¿Estás con alguien?
—No, estoy solo.
¡Jo! ¡Qué borrachera tenía! Seguía sujetándome el estómago.
—Me han herido. Han sido los de la banda de Rock, ¿sabes? Sally, ¿me oyes?
—No te oigo. Vete a la cama. Tengo que dejarte. Llámame mañana.
—Oye Sally, ¿quieres que te ayude a adornar el árbol? ¿Quieres, o no?
—Sí. Ahora, buenas noches. Vete a casa y métete en la cama.
Y me colgó.
—Buenas noches. Buenas noches, Sally, cariño, amor mío— le dije. ¿Se dan cuenta de lo borracho que estaba? Colgué yo también. Me imaginé que había salido con algún tío y acababa de volver a casa. Me la imaginé con los Lunt y ese cretino de Andover, nadando todos ellos en una tetera, diciendo unas cosas ingeniosísimas, y actuando todos de una manera falsísima. Ojalá no la hubiera llamado. Cuando me emborracho no sé ni lo que hago.
Me quedé un buen rato en aquella cabina. Seguía aferrado al teléfono para no caer al suelo. Si quieren que les diga la verdad no me sentía muy bien. Al final me fui dando traspiés hasta el servicio. Llené uno de los lavabos y hundí en él la cabeza hasta las orejas. Cuando la saqué no me molesté siquiera en secarme el agua. Dejé que la muy puñetera me chorreara por el cuello. Luego me acerqué a un radiador que había junto a la ventana y me senté. Estaba calentito. Me vino muy bien porque yo tiritaba como un condenado. Tiene gracia, cada vez que me emborracho me da por tiritar.
Como no tenía nada mejor que hacer, me quedé sentado en el radiador contando las baldosas blancas del suelo. Estaba empapado. El agua me chorreaba a litros por el cuello mojándome la camisa y la corbata, pero no me importaba. Estaba tan borracho que me daba igual. Al poco rato entró el tío que tocaba el piano, el maricón de las ondas. Mientras se peinaba sus rizos dorados, hablamos un poco, pero no estuvo muy amable que digamos.
—Oiga, ¿va a ver a Valencia cuando vuelva al bar? —le dije.
—Es altamente probable —me contestó. Era la mar de ingenioso. Siempre me tengo que tropezar con tíos así.
—Dígale que me ha gustado mucho. Y pregúntele si el imbécil del camarero le ha dado mi recado, ¿quiere?
—¿Por qué no se va a casita, amigo? ¿Cuántos años tiene?
—Ochenta y seis. Oiga, no se olvide de decirle que me gusta mucho, ¿eh?
—¿Por qué no se va a casa?
—Porque no. ¡Jo! ¡Qué bien toca usted el piano! —le dije. Era pura coba porque la verdad es que lo aporreaba—. Debería tocar en la radio. Un tío tan guapo como usted... con esos bucles de oro. ¿No necesita un agente?
—Váyase a casa, amigo, como un niño bueno. Váyase a casa y métase en la cama.
—No tengo adonde ir. Se lo digo en serio, ¿necesita un agente?
No me contestó. Acabó de acicalarse y se fue. Como Stradlater. Todos esos tíos guapos son iguales. En cuanto acaban de peinarse sus rizos se van y te dejan en la estacada.
Cuando al final me levanté para ir al guardarropa, estaba llorando. No sé por qué. Supongo que porque me sentía muy solo y muy deprimido. Cuando llegué al guardarropa no pude encontrar mi ficha, pero la empleada estuvo muy simpática y me dio mi abrigo y mi disco de Litile Shirley Beans que aún llevaba conmigo. Le di un dólar por ser tan amable, pero no quiso aceptarlo. Me dijo que me fuera a casa y me metiera en la cama. Quise esperarla hasta que saliera de trabajar, pero no me dejó. Me aseguró que tenía edad suficiente para ser mi madre. Le enseñé todo el pelo gris que tengo en el lado derecho de la cabeza y le dije que tenía cuarenta y dos años. Naturalmente era todo en broma, pero ella estuvo muy amable. Luego le mostré la gorra de caza roja y le gustó mucho. Me obligó a ponérmela antes de salir porque tenía todavía el pelo empapado. Parecía muy buena persona.
Cuando salí me despejé un poco, pero hacía mucho frío y empecé a tiritar. No podía parar. Me fui hasta Madison Avenue y me puse a esperar el autobús porque me quedaba muy poco dinero y quería empezar a economizar. Pero de pronto me di cuenta de que no quería ir en autobús. Además, no sabía hacia dónde tirar. Al final eché a andar en dirección al parque. Se me ocurrió acercarme al lago para ver si los patos seguían allí o no. Aún no había podido averiguarlo, así que como no estaba muy lejos y no tenía adonde ir, decidí darme una vuelta por ese lugar. Ni siquiera sabía dónde iba a dormir. No estaba cansado ni nada. Sólo estaba muy deprimido.
Al entrar en el parque me pasó una cosa horrible. Se me cayó al suelo el disco de Phoebe y se hizo mil pedazos. Estaba dentro de su funda, pero se rompió igual. Me dio tanta pena que estuve a punto de echarme a llorar. Recogí todos los pedazos y me los metí en el bolsillo del abrigo. Ya no servían para nada pero no quise tirarlos. Luego entré en el parque. ¡Jo! ¡Qué oscuro estaba!
He vivido en Nueva York toda mi vida y me conozco el Central Park como la palma de la mano porque de pequeño iba allí todos los días a patinar y a montar en bicicleta, pero aquella noche me costó un trabajo horrible dar con el lago. Sabía perfectamente dónde estaba —muy cerca de Central Park South—, pero no acertaba a encontrarlo. Debía estar más borracho de lo que pensaba. Seguí andando sin parar. Cada vez se iba poniendo más oscuro y cada vez me daba más miedo. En todo el tiempo que estuve en el parque no vi ni un alma. Por suerte, porque les confieso que si me hubiera topado con alguien, habría corrido como una milla entera sin parar. Al final encontré el lago. Estaba helado sólo a medias, pero no vi ningún pato. Di toda la vuelta alrededor —por cierto casi me caigo al agua—, pero de patos ni uno. A lo mejor, pensé, estaban durmiendo en la hierba al borde del agua. Por eso casi me caigo adentro, por mirar. Pero, como les digo, no vi ni uno.
Al final me senté en un banco en un sitio donde no estaba tan oscuro. ¡Jo! Seguía tiritando como un imbécil y, a pesar de la gorra de caza, tenía el pelo lleno de trozos de hielo. Aquello me preocupó. Probablemente cogería una pulmonía y me moriría. Empecé a imaginarme muerto y a todos los millones de cretinos que acudirían a mi entierro. Vendrían mi abuelo, el que vive en Detroit y va leyendo en voz alta los nombres de todas las calles cuando vas con él en el autobús, y mis tías —tengo como cincuenta—, y los idiotas de mis primos. Cuando murió Allie vinieron todos y había que ver qué hatajo de imbéciles eran. Según me contó D.B., una de mis tías, la que tiene una halitosis que tira de espaldas, se pasó todo el tiempo diciendo que daba gusto la paz que respiraba el cuerpo de Allie. Yo no fui. Estaba en el hospital por eso que les conté de lo que me había hecho en la mano. Pero, volviendo a lo del parque, me pasé un buen rato sentado en aquel banco preocupado por los trocitos de hielo y pensando que iba a morirme. Lo sentía muchísimo por mis padres, sobre todo por mi madre, que aún no se ha recuperado de la muerte de Allie. Me la imaginé sin saber qué hacer con mi ropa, y mi equipo de deporte, y todas mis cosas. Lo único que me consolaba es que no dejarían a Phoebe venir a mi entierro porque aún era una cría. Esa fue la única cosa que me animó. Después me los imaginé metiéndome en una tumba horrible con mi nombre escrito en la lápida y todo. Me dejarían allí rodeado de muertos. ¡Jo! ¡Buena te la hacen cuando te mueres! Espero que cuando me llegue el momento, alguien tendrá el sentido suficiente como para tirarme al río o algo así. Cualquier cosa menos que me dejen en un cementerio. Eso de que vengan todos los domingos a ponerte ramos de flores en el estómago y todas esas puñetas... ¿Quién necesita flores cuando ya se ha muerto? Nadie.
Cuando hace buen tiempo, mis padres suelen ir a dejar flores en la tumba de Allie. Yo fui con ellos unas cuantas veces pero después no quise volver más. No me gusta verle en el cementerio rodeado de muertos y de losas. Cuando hace sol aún lo aguanto, pero dos veces empezó a llover mientras estábamos allí. Fue horrible. El agua empezó a caer sobre su tumba empapando la hierba que tiene sobre el estómago. Llovía muchísimo y la gente que había en el cementerio empezó a correr hacia los coches. Aquello fue lo que más me reventó. Todos podían meterse en su automóvil, y poner la radio, y después irse a cenar a un restaurante menos Allie. No pude soportarlo. Ya sé que lo que está en el cementerio es sólo su cuerpo y que su espíritu está en el Cielo y todo eso, pero no pude aguantarlo. Daría cualquier cosa porque no estuviera allí. Claro, ustedes no le conocían. Si le hubieran conocido entenderían lo que quiero decir. Cuando hace sol puede pasar, pero el sol no sale más que cuando le da la gana.
Al cabo de un rato, para dejar de pensar en pulmonías y cosas de esas, saqué el dinero que me quedaba y me puse a contarlo a la poca luz que daba la farola. No me quedaban más que tres billetes de un dólar, cinco monedas de veinticinco centavos, y una de cinco. ¡Jo! Desde que había salido de Pencey había gastado una verdadera fortuna. Me acerqué al lago y tiré las monedas en la parte que no estaba helada. No sé por qué lo hice. Supongo que para dejar de pensar en que me iba a morir. Pero no me sirvió de nada.
De pronto se me ocurrió qué haría la pobre Phoebe si me diera una pulmonía y la diñara. Era una tontería, pero no podía sacármelo de la cabeza. Supongo que se llevaría un disgusto terrible. Me quiere mucho. De verdad. No podía dejar de pensar en ello, así que decidí colarme en casa sin que nadie me viera y verla por si acaso luego me moría. Tenía la llave de la puerta. Podía entrar a escondidas y hablar un rato con ella. Lo único que me preocupaba era que la puerta principal chirría como loca. Es una casa de pisos bastante vieja. El administrador es un vago y todo cruje y rechina que es un gusto. Pero aun así, me decidí a intentarlo.
Salí del parque y me fui a casa. Anduve todo el camino. No estaba muy lejos y además no me sentía ni cansado ni borracho. Sólo hacía un frío terrible y no se veía un alma.

Capítulo 21
Hacía años que no tenía tanta suerte. Cuando llegué a casa, Pete, el ascensorista, no estaba. Le sustituía un tipo nuevo que no me conocía de nada, así que, si no me tropezaba con mis padres, podría ver a Phoebe sin que nadie se enterara siquiera de mi visita. La verdad es que fue una suerte tremenda. Y para que todo me saliera redondo, el ascensorista era más bien estúpido. Le dije con una voz de lo más natural que me subiera al piso de los Dickstein, que son los vecinos de enfrente de mis padres. Luego me quité la gorra de caza para no parecer sospechoso y me metí corriendo en el ascensor como si tuviera una prisa horrorosa. El ascensorista había cerrado ya las puertas, cuando de pronto se volvió y me dijo:
—No están. Han subido a una fiesta en el piso catorce.
—No importa —le contesté. Me han dicho que les espere. Soy su sobrino.
Me lanzó una mirada de duda.
—Mejor será que espere en el vestíbulo, amigo.
—No me importaría —le dije—. Pero estoy mal de una pierna y tengo que tenerla siempre en cierta posición. Me sentaré en la silla que tienen al lado de la puerta.
No entendió una sola palabra de lo que le dije, así que se limitó a contestar: «¡Ah!», y me subió. ¡Vaya tío listo que soy! La verdad es que no hay nada como decir algo que nadie entienda para que todos hagan lo que te dé la gana.
Salí del ascensor cojeando como un condenado y eché a andar hacia el piso de los Dickstein. Luego, cuando oí que se cerraba el ascensor, me volví hacia nuestra puerta. Por ahora todo iba bien. Hasta se me había pasado la borrachera. Saqué la llave y abrí con muchísimo cuidado de no hacer ruido. Entré muy despacito y volví a cerrar. Debería dedicarme a ladrón.
El recibidor estaba en tinieblas y, naturalmente, no podía dar la luz. Tuve que andar con mucho cuidado para no tropezar con nada y armar un escándalo. Inmediatamente supe que estaba en casa. Nuestro recibidor huele como ninguna otra parte del mundo. No sé a qué. No es ni a coliflor ni a perfume, pero se nota en seguida que uno está en casa. Empecé a quitarme el abrigo para colgarlo en el armario, pero luego me acordé de que las perchas hacían un ruido terrible y me lo dejé puesto. Eché a andar muy despacito hacia el cuarto de Phoebe. Sabía que la criada no me sentiría porque no oye muy bien. Una vez me contó que de pequeña un hermano suyo le había metido una paja por un oído. La verdad es que estaba bastante sorda. Pero lo que es mis padres, especialmente mi madre, tienen un oído de tísico, así que tuve mucho cuidado al pasar por delante de la puerta de su cuarto. Hasta contuve el aliento. A mi padre, cuando duerme, se le puede partir una silla en la cabeza y ni se entera, pero basta con que alguien tosa en Siberia para que mi madre se despierte. Es nerviosísima. Se pasa la mitad de la noche levantada fumando un cigarrillo tras otro.
Tardé como una hora en llegar hasta el cuarto de Phoebe, pero cuando abrí la puerta no la vi. Se me había olvidado que cuando D.B. está en Hollywood, ella se va a dormir a su habitación. Le gusta porque es la más grande de toda la casa y porque tiene un escritorio inmenso que le compró mi hermano a una alcohólica de Filadelfia, y una cama que no sé de dónde habrá sacado pero que mide como diez millas de larga por otras diez de ancha. Pero, como les iba diciendo, a Phoebe le encanta dormir en el cuarto de D.B. cuando está fuera y él la deja. No se la imaginan haciendo sus tareas en ese escritorio que es como una plaza de toros. Ni se la ve. Pero ése es el tipo de cosas que a ella le vuelven loca. Dice que su cuarto no le gusta porque es muy pequeño, que necesita expandirse. Me hace una gracia horrorosa. ¿Qué tendría que expandir Phoebe? Nada.
Pero, como les decía, entré en el cuarto de D.B. y encendí la luz sin despertar a Phoebe. La miré un buen rato. Estaba dormida con la cabeza apoyada en la almohada y tenía la boca abierta. Tiene gracia. Los mayores resultan horribles cuando duermen así, pero los niños no. A los niños da gusto verlos dormidos. Aunque tengan la almohada llena de saliva no importa nada.
Me paseé por la habitación sin hacer ruido, mirándolo todo. Al fin me sentía completamente a gusto. Ya no pensaba siquiera en que iba a morirme de pulmonía. Simplemente me encontraba bien. En una silla que había al lado de la cama estaba la ropa de Phoebe. Para ser tan cría es la mar de cuidadosa. No se parece nada a esos niños que dejan todas sus cosas desparramadas por ahí. Ella es muy ordenada. En el respaldo había colgado la chaqueta de un traje marrón que le había comprado mi madre en Canadá. Sobre el asiento había puesto la blusa y el resto de sus cosas. Debajo, muy colocaditos el uno junto al otro, estaban sus zapatos con los calcetines dentro. Era la primera vez que los veía. Debían ser nuevos. Eran unos mocasines, muy parecidos a los que yo tengo, que iban perfectamente con el traje marrón. Mi madre la viste muy bien. De verdad. Para algunas cosas tiene un gusto estupendo. No sabe comprar patines ni nada por el estilo, pero para eso de los vestidos es estupenda. Phoebe lleva siempre unos modelos que te dejan bizco. La mayoría de las crías de su edad, por mucho dinero que tengan sus padres, van por lo general hechas unos adefesios. En cambio, no se imaginan cómo iba Phoebe con ese traje que le había traído mi madre de Canadá. En serio.
Me senté en el escritorio de D.B. y me puse a mirar Jo que había encima. Eran las cosas de Phoebe del colegio. Sobre todo libros. El que estaba encima de todo el montón se llamaba, La aritmética es divertida. Lo abrí y miré la primera página donde Phoebe había escrito:
Phoebe Weatherfield Caulfield 4 B-l
Aquello me hizo muchísima gracia. ¡Qué trasto de niña! Se llama Phoebe Josephine, no Phoebe Weatherfield. Pero a ella eso del Josephine no le gusta nada. Cada vez que la veo se ha inventado un nombre nuevo. El libro que había debajo del de matemática era el de geografía, y el tercero el de ortografía. Para la ortografía es un genio. Se le dan bien todas las asignaturas, pero sobre todo ésa. Debajo de los libros había un cuaderno. Tiene como cinco mil. Lo abrí y miré la primera página. Había escrito:
Bernice, habla conmigo en el recreo. Tengo algo muy importante que decirte.
Eso es todo lo que había en la primera página. En la segunda decía:
¿Por qué hay tantas fábricas de conservas en el sureste de Alaska?
Porque hay mucho salmón.
¿Por qué hay allí unos bosques tan extensos y valiosos?
Porque tiene el clima adecuado para ellos.
¿Qué ha hecho nuestro gobierno para ayudar al esquimal de Alaska?
Averiguarlo para mañana.

Phoebe Weatherfield Caulfield
Phoebe Weatherfield Caulfield
Phoebe Weatherfield Caulfield
Phoebe W. Caulfield
Sr. D. Phoebe Weatherfield Caulfield

¡Por favor, pásale esto a Shirley!
Shirley, dijiste que eras sagitario, pero no eres más que tauro. Tráete los patines cuando vengas a casa.
Me leí el cuaderno entero sin levantarme del escritorio de D.B. No me llevó mucho tiempo y además puedo pasarme horas y horas leyendo cuadernos de críos, de Phoebe o de cualquier otro. Me encantan. Luego encendí un cigarrillo, el último que me quedaba. Debía haberme fumado ese día como tres cartones. Al final la desperté. No podía seguir sentado en aquel escritorio el resto de mi vida y además me entró miedo de que me descubrieran mis padres sin que me hubiera dado tiempo a decirle hola siquiera. Así que la desperté.
No me costó ningún trabajo. A Phoebe no hace falta gritarle ni nada por el estilo. Basta con sentarse en su cama y decirle «Despierta, Phoebe», y ¡zas!, ya se ha despertado.
—¡Holden! —dijo enseguida, y me echó los brazos al cuello. Para la edad que tiene es muy cariñosa. A veces hasta demasiado. Le dí un beso mientras me decía:
—¿Cuándo has llegado a casa? —estaba contentísima de verme. Se le notaba.
—No grites. Ahora mismo. ¿Cómo estás?
—Muy bien. ¿Has recibido mi carta? Te escribí cinco páginas...
—Sí. Oye, baja la voz. Gracias.
Es cierto que me había escrito una carta que yo no había podido contestar. En ella me contaba que iban a hacer una función en el colegio y me pedía que no quedara con nadie para ese viernes porque quería que fuera a verla.
—¿Qué tal va la función? —le pregunté—. ¿Cómo dijiste que se llamaba?
—Cuadro navideño para americanos. Es malísima, pero yo hago de Benedict Arnold. Es casi el papel más importante.
¡Jo! Tenía los ojos abiertos de par en par. Cuando le cuenta a uno cosas de ésas se pone nerviosísima.
—Empieza cuando yo me estoy muriendo una Nochebuena y viene un fantasma y me pregunta si no me da vergüenza. Ya sabes, haber traicionado a mi país y todo eso. ¿Vas a venir? —estaba sentada en la cama—. Por eso te escribí. ¿Vendrás?
—Claro que sí. No me lo perderé.
—Papá no puede. Tiene que ir a California —me dijo.
¡Jo! ¡No estaba poco despierta! En dos segundos se le pasa todo el sueño. Estaba medio sentada medio arrodillada en la cama, y me había cogido una mano.
—Oye, mamá dijo que no llegarías hasta el miércoles.
—Pero me dejaron salir antes. Y no grites tanto. Vas a despertar a todo el mundo.
—¿Qué hora es? Dijeron que no volverían hasta muy tarde. Han ido a Norwalk a una fiesta. ¡Adivina lo que he hecho esta tarde! ¿A que no sabes qué película he visto? ¡Adivina!
—No lo sé. Oye, ¿no dijeron a qué hora...?
—Se llamaba El doctor —siguió Phoebe—, y era una película especial que ponían en la Fundación Lister. Sólo hoy. Es la historia de un médico de Kentucky que asfixia con una manta a un niño que está paralítico y no puede andar. Luego le meten en la cárcel y todo. Es estupenda.
—Escucha un momento. ¿No dijeron a qué hora...?
—Al médico le da mucha pena y por eso le mata. Luego le condenan a cadena perpetua, pero el niño se le aparece todo el tiempo para darle las gracias por lo que ha hecho. Había matado por piedad, pero él sabe que merece ir a la cárcel porque un médico no debe quitar la vida que es un don de Dios. Nos llevó la madre de una niña de mi clase, Alice Holmborg. Es mi mejor amiga. La única del mundo entero que...
—Para el carro, ¿quieres? —le dije—. Te estoy haciendo una pregunta. ¿Dijeron a qué hora volverían, o no?
—No, sólo que sería tarde. Se fueron en el coche para no tener que preocuparse por los trenes. Le han puesto una radio, pero mamá dice que no se oye por el tráfico.
Aquello me tranquilizó un poco. Por otra parte empezó a dejar de preocuparme que me encontraran en casa o no. Pensé que, después de todo, daba igual. Si me pillaban, asunto concluido.
No se imaginan lo graciosa que estaba Phoebe. Llevaba un pijama azul con elefantes rojos en el cuello. Los elefantes le vuelven loca.
—Así que la película era buena, ¿eh?
—Muy buena, sólo que Alice estaba un poco acatarrada y su madre no hacía más que preguntarle cómo se encontraba. En lo mejor de la película se te echaba encima para ver si tenía fiebre. Le ponía a una nerviosa.
Luego le dije:
—Oye, te había comprado un disco, pero se me ha roto al venir para acá.
Saqué los trozos del bolsillo y se los enseñé,
—Estaba borracho —le dije.
—Dame los pedazos. Los guardaré.
Me los quitó de la mano y los metió en el cajón de la mesilla de noche. Es divertidísima.
—¿Va a venir D.B. para Navidad? —le pregunté.
—Mamá ha dicho que no sabe. Que depende. A lo mejor tiene que quedarse en Hollywood para escribir un guión sobre Annapolis.
—¿Sobre Annapolis? ¡No me digas!
—Es una historia de amor. Y ¿sabes quiénes van a ser los protagonistas? ¿Qué artistas de cine? Adivina.
—No me importa. Nada menos que sobre Annapolis. Pero, ¿qué sabe D.B. sobre la Academia Naval? ¿Qué tiene que ver eso con el tipo de cuentos que él escribe? —le dije. ¡Jo! Esas cosas me sacan de quicio. ¡Maldito Hollywood!— ¿Qué te has hecho en el brazo? —le pregunté. El pijama era de esos sin mangas y vi que llevaba una tirita de esparadrapo.
—Un chico de mi clase, Curtis Weintraub, me empujó cuando bajábamos la escalinata del parque —me dijo—. ¿Quieres verlo?
Empezó a despegarse la tirita.
—Déjalo. ¿Por qué te empujó?
—No sé. Creo que me odia —dijo Phoebe—. Selma Atterbury y yo siempre le estamos manchando el anorak con tinta y cosas así.
—Eso no está bien. Ya no tienes edad de hacer tonterías.
—Ya sé, pero cada vez que voy al parque me sigue por todas partes. No me deja en paz. Me pone nerviosa.
—Probablemente porque le gustas. Además, esa no es razón para mancharle...
—No quiero gustarle —me dijo. Luego empezó a mirarme con una expresión muy rara—. Holden, ¿cómo es que has vuelto antes del miércoles?
—¿Qué?
¡Jo! ¡El cuidado que había que tener con ella! No se imaginan lo lista que es.
—¿Cómo es que has venido antes del miércoles? —volvió a preguntarme—. No te habrán echado, ¿verdad?
—Ya te he dicho que nos dejaron salir antes. Decidieron...
—¡Te han echado! ¡Te han echado! —dijo Phoebe. Me pegó un puñetazo en la pierna. Cuando le da la ventolera te atiza unos puñetazos de miedo—. ¡Te han echado! ¡Holden! —se había llevado la mano a la boca y todo. Es de lo más sensible. Lo juro.
—¿Quién dice que me hayan echado? Yo no he...
—Te han echado. Te han echado.
Luego me largó otro puñetazo. No saben cómo dolían.
—Papá va a matarte —dijo. Se tiró de bruces sobre la cama y se tapó la cabeza con la almohada. Es una cosa que hace bastante a menudo. A veces se pone como loca.
—Ya vale —le dije—. No va a pasar nada. Papá no va a... Vamos, Phoebe, quítate eso de la cara. Nadie va a matarme.
Pero no quiso destaparse. Cuando se empeña en una cosa, no hay quien pueda con ella. Siguió repitiendo:
—Papá va a matarte. Papá va a matarte —apenas se le entendía con la almohada sobre la cabeza.
—No va a matarme. Piensa un poco. Para empezar voy a largarme de aquí una temporada. Buscaré trabajo en el Oeste. La abuela de un amigo mío tiene un rancho en Colorado. Le pediré un empleo —le dije—. Si voy, te escribiré desde allí. Venga, quítate esa almohada de la cara. ¡Vamos, Phoebe! Por favor. ¿Quieres quitártela?
No me hizo caso. Traté de arrancársela pero no pude porque tiene muchísima fuerza. Se cansa uno de forcejear con ella. ¡Jo! ¡Qué tía! Cuando se le mete una cosa en la cabeza...
—Phoebe, por favor, sal de ahí —le dije—. Vamos. ¡Eh, Weatherfield! ¡Sal de ahí!
Pero como si nada. A veces no hay modo de razonar con ella. Al final fui al salón, cogí unos cigarrillos de la caja que había sobre la mesa, y me los metí en el bolsillo. Se me habían terminado.

Capítulo 22
Cuando volví, Phoebe se había quitado la almohada de la cabeza —sabía que al final lo haría—, pero, aunque ahora estaba echada boca arriba, todavía se negaba a mirarme. Cuando me acerqué y me senté en su cama volvió la cara hacia el otro lado. Me hacía el vacío total. Como el equipo de esgrima de Pencey cuando se me olvidaron los floretes en el metro.
—¿Cómo está Hazel Weatherfield? —le pregunté—. ¿Has escrito algún cuento más sobre ella? Tengo en la maleta el que me mandaste. Está en la estación. Es muy bueno.
—Papá te matará.
¡Jo! ¡Qué terca es la tía!
—No, no me matará. A lo más me echará una buena regañina y me mandará a una de esas escuelas militares que no hay quien aguante. Ya lo verás. Además, para empezar no voy a estar en casa. Me iré a Colorado, al rancho que te he dicho.
—¡No me hagas reír! Pero si ni siquiera sabes montar a caballo.
—¿Cómo que no? Claro que sí. Además eso se aprende en dos minutos. Es facilísimo —le dije—. Déjate eso.
Se estaba hurgando la tira de esparadrapo.
—¿Quién te ha cortado el pelo? —acababa de darme cuenta de que le habían hecho un corte de pelo horrible. Se lo habían dejado demasiado corto.
—¡A ti que te importa!
A veces se pone la mar de grosera.
—Supongo que te habrán suspendido otra vez en todas las asignaturas —continuó de lo más descarada. A veces tiene gracia. Más que una niña parece una maestra de escuela.
—No es verdad —le dije—. Me han aprobado en Lengua y Literatura.
Luego, por jugar un poco, le di un pellizco en el trasero que se le había quedado al aire. Apenas tenía nada. Quiso pegarme en la mano, pero no acertó.
De pronto, me dijo:
—¿Por qué lo has hecho? —se refería a que me hubieran expulsado. Pero me lo preguntó de un modo que me dio pena.
—¡Por Dios, Phoebe! No me digas eso. Estoy harto de que me lo pregunte todo el mundo —le dije—. Por miles de razones. Es uno de los colegios peores que he conocido. Estaba lleno de unos tíos falsísimos. En mi vida he visto peor gente. Por ejemplo, si había un grupo reunido en una habitación y quería entrar uno, a lo mejor no le dejaban sólo porque era un rollazo o porque tenía granos. En cuanto querías entrar a algún cuarto te cerraban la puerta en las narices. Tenían una sociedad secreta en la que ingresé sólo por miedo, pero había un chico que se llamaba Robert Ackley y que quería pertenecer a ella. Pues no le dejaron porque era pesadísimo y tenía acné. No quiero ni acordarme de todo eso. Era un colegio asqueroso. Créeme.
Phoebe no dijo nada, pero me escuchaba muy atenta. Se le notaba en la nuca. Da gusto porque siempre presta atención cuando uno le habla. Y lo más gracioso es que casi siempre entiende perfectamente lo que uno quiere decir. De verdad.
Seguí hablándole de Pencey. De pronto me apetecía.
—Hasta los profesores más pasables del colegio eran también falsísimos. Había uno, un vejete que se llamaba Spencer. Su mujer nos daba siempre chocolate y de verdad que eran muy buena gente. Pues no te imaginas un día que Thurmer, el director, entró en la clase de historia y se sentó en la fila de atrás. Siempre iba a todas las clases y se sentaba detrás de todo, como si fuera de incógnito o algo así. Pues aquel día vino y al rato empezó a interrumpir al profesor con unos chistes malísimos. Spencer hacía como si se partiera de risa y luego no hacía más que sonreírle como si Thurmer fuera una especie de dios del Olimpo o algo así.
—No digas palabrotas.
—Daban ganas de vomitar, de verdad —le dije—. Y luego el día de los Antiguos. En Pencey hay un día en que los antiguos alumnos, los que salieron del colegio en 1776 o por ahí, vienen y se pasean por todo el edificio con sus mujeres y sus hijos y todo el familión. No te imaginas lo que es eso. Un tío como de cincuenta años llamó a la puerta de nuestra habitación y nos preguntó si podía pasar al baño. Estaba al final del pasillo, o sea que no sé por qué tuvo que pedirnos permiso a nosotros. ¿Sabes lo que nos dijo? Que quería ver si aún estaban sus iniciales en la puerta de uno de los retretes. Las había grabado hacía como veinte años y quería ver si seguían allí. Así que mi compañero de cuarto y yo tuvimos que acompañarle y esperar de pie a que revisara la dichosa puerta de arriba a abajo. Mientras tanto nos dijo cincuenta veces que los días que había pasado en Pencey habían sido los más felices de toda su vida y no paró de darnos consejos para el futuro y todo eso. ¡Jo! ¡Cómo me deprimió aquel tío! No es que fuera mala persona, de verdad. Pero es que no hace falta ser mala persona para destrozarle a uno. Puedes ser una persona estupenda y dejar a un tío deshecho; No tienes más que darle un montón de consejos mientras buscas tus iniciales en la puerta de un retrete. Eso es todo. No sé, a lo mejor no me habría deprimido tanto si hubiera jadeado un poco menos. Pero se había quedado sin aliento al subir las escaleras y todo el rato que estuvo buscando sus iniciales se lo pasó jadeando sin parar. Las aletas de la nariz se le movían de una manera tristísima mientras nos decía a Stradlater y a mí que aprendiéramos en el colegio todo lo que pudiéramos. ¡Dios mío, Phoebe! ¡No puedo explicártelo! No aguantaba Pencey, pero no puedo explicarte por qué.
Phoebe dijo algo pero no pude entenderla. Tenía media boca aplastada contra la almohada y no la oía.
—¿Qué? —le dije—. Saca la boca de ahí. No te entiendo.
—Que a ti nunca te gusta nada.
Aquello me deprimió aún más.
—Hay cosas que me gustan. Claro que sí. No digas eso. ¿Por qué lo dices?
—Porque es verdad. No te gusta ningún colegio, no te gusta nada de nada. Nada.
—¿Cómo que no? Ahí es donde te equivocas. Ahí es precisamente donde te equivocas. ¿Por qué tienes que decir eso? —le dije. ¡Jo! ¡Cómo me estaba deprimiendo!
—Porque es la verdad. Di una sola cosa que te guste.
—¿Una sola cosa? Bueno.
Lo que me pasaba es que no podía concentrarme. A veces cuesta muchísimo trabajo.
—¿Una cosa que me guste mucho? —le pregunté.
No me contestó. Estaba hecha un ovillo al otro lado de la cama, como a mil millas de distancia.
—Vamos, contéstame —le dije—. ¿Tiene que ser una cosa que guste mucho, o basta con algo que me guste un poco?
—Una cosa que te guste mucho.
—Bien —le dije. Pero no podía concentrarme. Lo único que se me ocurría eran aquellas dos monjas que iban por ahí pidiendo con sus cestas. Sobre todo la de las gafas de montura de metal. Y un chico que había conocido en Elkton Hills. Se llamaba James Castle y se negó a retirar lo que había dicho de un tío insoportable, un tal Phil Stabile. Un día había comentado con otros chicos que era un creído, y uno de los amigos de Stabile le fue corriendo con el cuento. Phil Stabile se presentó con otros seis hijoputas en su cuarto, cerraron la puerta con llave y trataron de obligarle a que retirara lo dicho, pero Castle se negó. Le dieron una paliza tremenda. No les diré lo que le hicieron porque es demasiado repugnante, pero el caso es que Castle siguió sin retractarse. Era un tío delgadísimo y muy débil, con unas muñecas que parecían lápices. Al final, antes de desdecirse, prefirió tirarse por la ventana. Yo estaba en la ducha y oí el ruido que hizo al caer, pero creí que había sido una radio, o un pupitre, o una cosa así, no una persona. Luego oí carreras por el pasillo y tíos corriendo por las escaleras, así que me puse la bata, bajé, y, tendido sobre la escalinata de la entrada, vi a James Castle. Estaba muerto. Todo alrededor había desparramados dientes y manchas de sangre y todo eso, y nadie se atrevía a acercarse siquiera. Llevaba puesto un jersey de cuello alto que yo le había prestado. A los chicos que le habían pegado no hicieron más que expulsarles. Ni siquiera los metieron en la cárcel.
Pues no se me ocurría nada más. Sólo las dos monjas con las que había hablado durante el desayuno y ese chico que había conocido en Elkton Hills. Lo más curioso es que a James Castle le había conocido poquísimo. Era un tío muy callado. Estábamos en la misma clase de matemáticas, pero se sentaba siempre al final de todo y nunca se levantaba ni para decir la lección, ni para ir a la pizarra, ni nada. Creo que sólo hablé con él el día que vino a preguntarme si le prestaba el jersey. Me quedé tan asombrado que por poco me caí sentado. Recuerdo que estaba lavándome los dientes. El se acercó y me dijo que iba a venir a verle un primo suyo para llevarle a dar un paseo en coche. No sé siquiera ni cómo sabía que yo tenía un jersey de cuello alto. Lo conocía porque iba delante de mí en la lista: Cabel, R.; Cable, W.; Castle, J.; Caulfield. Todavía me acuerdo. Si quieren que les diga la verdad, estuve a punto de no prestárselo. Sólo porque apenas le conocía.
—¿Qué dices? —le pregunté a Phoebe. Me había dicho algo, pero no la había entendido.
—¿Ves como no hay una sola cosa que te guste?
—Sí hay. Claro que sí.
—¿Cuál?
—Me gusta Allie, y me gusta hacer lo que estoy haciendo ahora. Hablar aquí contigo, y pensar en cosas, y...
—Allie está muerto. No vale. Si una persona está muerta y en el Cielo, no vale...
—Ya lo sé que está muerto. ¿Te crees que no lo sé? Pero puedo quererle, ¿no? No sé por qué hay que dejar de querer a una persona sólo porque se haya muerto. Sobre todo si era cien veces mejor que los que siguen viviendo.
Phoebe no contestó. Cuando no se le ocurre nada que decir, se cierra como una almeja.
—Además, ya te digo que también me gusta esto. Estar aquí sentado contigo perdiendo el tiempo...
—Pero esto no es nada.
—Claro que sí. Claro que es algo. ¿Por qué no? La gente nunca le da importancia a las cosas. ¡Maldita sea! Estoy harto.
—Deja de jurar y dime otra cosa. Dime por ejemplo qué te gustaría ser. Científico o abogado o qué.
—Científico no. Para las ciencias soy un desastre.
—Entonces abogado como papá.
—Supongo que eso no estaría mal, pero no me gusta. Me gustaría si los abogados fueran por ahí salvando de verdad vidas de tipos inocentes, pero eso nunca lo hacen. Lo que hacen es ganar un montón de pasta, jugar al golf y al bridge, comprarse coches, beber martinis secos y darse mucha importancia. Además, si de verdad te. pones a defender a tíos inocentes, ¿cómo sabes que lo haces porque quieres salvarles la vida, o porque quieres que todos te consideren un abogado estupendo y te den palmaditas en la espalda y te feliciten los periodistas cuando acaba el juicio como pasa en toda esa imbecilidad de películas? ¡Cómo sabes tú mismo que no te estás mintiendo? Eso es lo malo, que nunca llegas a saberlo.
No sé si Phoebe entendía o no lo que quería decir porque es aún muy cría para eso, pero al menos me escuchaba. Da gusto que le escuchen a uno.
—Papá va a matarte. Va a matarte —me dijo.
Pero no la oí. Estaba pensando en otra cosa. En una cosa absurda.
—¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir?
—¿Qué?
—¿Te acuerdas de esa canción que dice, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...»? Me gustaría...
—Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno» —dijo Phoebe—. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.
—Ya sé que es un poema de Robert Burns.
Tenía razón. Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno», pero entonces no lo sabía.
—Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo» —le dije—, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.
Phoebe se quedó callada mucho tiempo. Luego, cuando al fin habló, sólo dijo:
—Papá va a matarte.
—Por mí que lo haga —le dije. Me levanté de la cama porque quería llamar al que había sido profesor mío de literatura en Elkton Hills, el señor Antolini. Ahora vivía en Nueva York. Había dejado el colegio para ir a enseñar a la Universidad—. Tengo que hacer una llamada —le dije a Phoebe—. Enseguida vuelvo. No te duermas.
No quería que se durmiera mientras yo estaba en el salón. Sabía que no lo haría, pero aun así se lo dije para asegurarme.
Mientras iba hacia la puerta, Phoebe me llamó:
—¡Holden!
Me volví. Se había sentado en la cama. Estaba guapísima.
—Una amiga mía, Phillis Margulis, me ha enseñado a eructarme —dijo—. Escucha.
Escuché y oí algo, pero nada espectacular.
—Lo haces muy bien —le dije, y luego me fui al salón a llamar al señor Antolini.

Capítulo 23
Hablé muy poco rato porque tenía miedo de que llegaran mis padres y me pescaran con las manos en la masa. Pero tuve suerte. El señor Antolini estuvo muy amable. Me dijo que si quería, vendría a buscarme inmediatamente. Creo que les desperté a él y a su mujer porque tardaron muchísimo en coger el teléfono. Lo primero que me preguntó fue que si me pasaba algo grave y yo le contesté que no. Pero le dije que me habían echado de Pencey. Pensé que era mejor que lo supiera cuanto antes. Me dijo: «¡Vaya por Dios! ¡Buena la hemos hecho!». La verdad es que tenía bastante sentido del humor. Me dijo también que si quería podía ir para allá en seguida.
El señor Antolini es el mejor profesor que he tenido nunca. Es bastante joven, un poco mayor que mi hermano D.B., y se puede bromear con él sin perderle el respeto ni nada. El fue quien recogió el cuerpo de James Castle cuando se tiró por la ventana. El señor Antolini se le acercó, le tomó el pulso, se quitó el abrigo, cubrió el cadáver con él y lo llevó a la enfermería. No le importó nada que el abrigo se le manchara todo de sangre.
Cuando volví a la habitación de D.B., Phoebe había puesto la radio. Daban música de baile. Había bajado mucho el volumen para que no lo oyera la criada. No se imaginan lo mona que estaba. Se había sentado sobre la colcha en medio de la cama con las piernas cruzadas como si estuviera haciendo yoga. Escuchaba la música. Me hizo una gracia horrorosa.
—Vamos —le dije—, ¿quieres bailar?
La enseñé cuando era pequeña y baila estupendamente. De mí no aprendió más que unos cuantos pasos, el resto lo aprendió ella sola. Bailar es una de esas cosas que se .lleva en la sangre.
—Pero llevas zapatos.
—Me los quitaré. Vamos.
Bajó de un salto de la cama, esperó a que me descalzara, y luego bailamos un rato. Lo hace maravillosamente. Por lo general me revienta cuando los mayores bailan con niños chicos, por ejemplo cuando va uno a un restaurante y ve a un señor sacar a bailar a una niña. La cría no sabe dar un paso y el señor le levanta todo él vestido por atrás, y resulta horrible. Por eso Phoebe y yo nunca bailamos en público. Sólo hacemos un poco el indio en casa. Además con ella es distinto porque sí sabe bailar. Te sigue hagas lo que hagas. Si la aprieto bien fuerte, no importa que yo tenga las piernas mucho más largas que ella. Y puedes hacer lo que quieras, dar unos pasos bien difíciles, o inclinarte a un lado de pronto, o saltar como si fuera una polka, lo mismo da, ella te sigue. Hasta puede con el tango.
Bailamos cuatro piezas. En los descansos me hace . muchísima gracia. Se queda quieta en posición, esperando sin hablar ni nada. A mí me obliga a hacer lo mismo hasta que la orquesta empieza a tocar otra vez. Está divertidísima, pero no le deja a uno ni reírse ni nada.
Bueno, como les iba diciendo, bailamos cuatro piezas y luego Phoebe quitó la radio. Volvió a subir a la cama de un salto y se metió entre las sábanas.
—Estoy mejorando, ¿verdad? —me preguntó.
—Muchísimo —le dije. Volví a sentarme en la cama a su lado. Estaba jadeando. De tanto fumar no podía ya ni respirar. Ella en cambio seguía como si nada.
—Tócame la frente —dijo de pronto.
—¿Para qué?
—Tócamela. Sólo una vez.
Lo hice, pero no noté nada.
—¿No te parece que tengo fiebre?
—No. ¿Es que tienes?
—Sí. La estoy provocando. Tócamela otra vez.
Volví a ponerle la mano en la frente y tampoco sentí nada, pero le dije:
—Creo que ya empieza a subir —no quería que le entrara complejo de inferioridad.
Asintió.
—Puedo hacer que suba muchísimo el ternómetro.
—Se dice «termómetro». ¿Quién te ha enseñado?
—Alice Homberg. Sólo tienes que cruzar las piernas, contener el aliento y concentrarte en algo muy caliente como un radiador o algo así. Te arde tanto la frente que hasta puedes quemarle la mano a alguien.
¡Qué risa! Retiré la mano corriendo como si me diera un miedo terrible.
—Gracias por avisarme —le dije.
—A ti no te habría quemado. Habría parado antes. ¡Chist!
Se sentó en la cama a toda velocidad. Me dio un susto de muerte.
—¡La puerta! —me dijo en un susurro—. Son ellos.
De un salto me acerqué al escritorio y apagué la luz. Aplasté la punta del cigarrillo contra la suela de un zapato y me metí la colilla en el bolsillo. Luego agité la mano en el aire para disipar un poco el humo. No debía haber fumado. Cogí los zapatos, me metí en el armario y cerré la puerta. ¡Jo! El corazón me latía como un condenado.
Sentí a mi madre entrar en la habitación.
—¿Phoebe? —dijo—. No te hagas la dormida. He visto la luz, señorita.
—Hola —dijo Phoebe—. No podía dormir. ¿Os habéis divertido?
—Muchísimo —dijo mi madre, pero se le notaba que no era verdad. No le gustan mucho las fiestas—. Y ¿por qué estás despierta, señorita, si es que puede saberse? ¿Tenías frío?
—No tenía frío. Es que no podía dormir.
—Phoebe, ¿has estado fumando? Dime la verdad.
—¿Qué? —dijo Phoebe.
—Ya me has oído.
—Encendí un cigarrillo un segundo. Sólo le di una pitada. Luego lo tiré por la ventana.
—Y ¿puedes decirme por qué?
—No podía dormir.
—No me gusta que hagas eso, Phoebe. No me gusta nada —dijo mi madre—. ¿Quieres que te ponga otra manta?
—No, gracias. Buenas noches —dijo Phoebe. Se le notaba que estaba deseando que se fuera.
—¿Qué tal la película? —le preguntó mi madre.
—Estupenda. Sólo que la madre de Alice se pasó todo el rato preguntándole que si tenía fiebre. Volvimos en taxi.
—Déjame que te toque la frente.
—Estoy bien. Alice no tenía nada. Es que su madre es una pesada.
—Bueno, ahora a dormir. ¿Qué tal la cena?
—Asquerosa —dijo Phoebe.
—Tu padre te ha dicho mil veces que no digas esas cosas. ¿Por qué asquerosa? Era una chuleta de cordero estupenda. Fui hasta Lexington sólo para...
—No era la chuleta. Es que Charlene te echa el alientazo encima cada vez que te sirve algo. Echa toda la respiración encima de la comida.
—Bueno. A dormir. Dame un beso. ¿Has rezado tus oraciones?
—Sí. En el baño. Buenas noches.
—Buenas noches. Que te duermas pronto. Tengo un dolor de cabeza tremendo —dijo mi madre. Suele tener unas jaquecas terribles, de verdad.
—Tómate unas cuantas aspirinas —dijo Phoebe—. Holden vuelve el miércoles, ¿verdad?
—Eso parece. Métete bien dentro, anda. Hasta abajo.
Oí a mi madre salir y cerrar la puerta. Esperé un par de minutos y salí del armario. Me di de narices con Phoebe que había saltado de la cama en medio de la oscuridad para avisarme.
—¿Te he hecho daño? —le pregunté. Ahora que estaban en casa, teníamos que hablar en voz muy baja.
—Tengo que irme —le dije. Encontré a tientas el borde de la cama, me senté en él y empecé a ponerme los zapatos. Estaba muy nervioso, lo confieso.
—No te vayas aún —dijo Phoebe—. Espera a que se duerman.
—No. Ahora es el mejor momento. Mamá estará en el baño y papá oyendo las noticias. Es mi oportunidad.
A duras penas podía abrocharme los zapatos de nervioso que estaba. No es que me hubieran matado de haberme encontrado en casa, pero sí habría sido bastante desagradable.
—¿Dónde te has metido? —le dije a Phoebe. Estaba tan oscuro que no se veía nada.
—Aquí.
Resulta que estaba allí a dos pasos y ni la veía.
-—Tengo las maletas en la estación —le dije—. Oye, ¿tienes algo de dinero? Estoy casi sin blanca.
—Tengo el que he ahorrado para Navidad. Para los regalos. Pero aún no he gastado nada.
No me gustaba la idea de llevarme la pasta que había ido guardando para eso.
—¿Quieres que te lo preste?
—No quiero dejarte sin dinero para Navidad.
—Puedo dejarte una parte —me dijo. Luego la oí acercarse al escritorio de D.B., abrir un millón de cajones, y tantear con la mano. El cuarto estaba en tinieblas.
—Si te vas no me verás en la función —dijo. La voz le sonaba un poco rara.
—Sí, claro que te veré. No me iré hasta después. ¿Crees que voy a perdérmela? —le dije—. Probablemente me quedaré en casa del señor Antolini hasta el martes por la noche y luego vendré a casa. Si puedo te telefonearé.
—Toma —dijo Phoebe. Trataba de darme la pasta en medio de aquella oscuridad, pero no me encontraba.
—¿Dónde estás?
Me puso el dinero en la mano.
—Oye, no necesito tanto —le dije—. Préstame sólo dos dólares. De verdad. Toma.
Traté de darle el resto, pero no me dejó.
—Puedes llevártelo todo. Ya me lo devolverás. Tráelo cuando vengas a la función.
—Pero, ¿cuánto me das?
—Ocho dólares con ochenta y cinco centavos. No, sesenta y cinco. Me he gastado un poco.
De pronto me eché a llorar. No pude evitarlo. Lloré bajito para que no me oyeran, pero lloré. Phoebe se asustó muchísimo. Se acercó a mí y trató de calmarme, pero cuando uno empieza no puede pararse de golpe y porrazo. Seguía sentado al borde de la cama. Phoebe me echó los brazos al cuello y yo le rodeé los hombros con un brazo, pero aun así no pude dejar de llorar. Creí que me ahogaba. ¡Jo! ¡Qué susto le di a la pobre! Noté que tiritaba porque sólo llevaba el pijama y estaba abierta la ventana. Traté de obligarla a que volviera a la cama pero no quiso. Al final me calmé, pero después de mucho mucho rato. Acabé de abrocharme el abrigo y le dije que me pondría en contacto con ella en cuanto pudiera. Me dijo que podía dormir en su cama si quería, pero yo le contesté que no, que era mejor que me fuera porque el señor Antolini estaba esperándome y todo. Luego saqué del bolsillo la gorra de caza y se la di. Le gustan mucho esas cosas. Al principio no quiso quedársela, pero yo la obligué. Estoy seguro de que durmió con ella puesta. Le encantan ese tipo de gorras. Le dije que la llamaría en cuanto pudiera y me fui. Resultó mucho más fácil salir de casa que entrar. Creo que sobre todo porque de pronto ya no me importaba que me cogieran. De verdad. Si me pillaban, me pillaban. En cierto modo, creo que hasta me hubiera alegrado.
Bajé por la escalera de servicio en vez de tomar el ascensor. Casi me rompo la crisma porque tropecé con unos diez mil cubos de basura, pero al final llegué al vestíbulo. El ascensorista ni siquiera me vio. Probablemente se cree que sigo en casa de los Dickstein.

Capítulo 24
El señor Antolini y su mujer tenían un apartamento muy elegante en Sutton Place con bar y dos escalones para bajar al salón y todo. Yo había estado allí muchas veces porque cuando me echaron de Elkton Hills el señor Antolini venía a mi casa con mucha frecuencia a cenar y a ver cómo seguía. Entonces aún estaba soltero. Luego, cuando se casó, solíamos jugar al tenis los tres en el West Side Tennis Club de Forest Hills al que pertenecía su mujer. La señora Antolini estaba podrida de dinero. Era como sesenta años mayor que su marido, pero, al parecer, se llevaban muy bien. Los dos eran muy intelectuales, sobre todo él, sólo que cuando hablaba conmigo era más ingenioso que intelectual, lo mismo que D.B. La señora Antolini tiraba más a lo serio. Tenía bastante asma. Los dos leían todos los cuentos de mi hermano —ella también—, y cuando D.B. se marchó a Hollywood el señor Antolini le llamó para decirle que no fuera, que un tío que escribía tan bien como él no tenía nada que hacer en el cine. Prácticamente lo mismo que le dije yo. Pero D.B. no le hizo caso.
Debí haber ido a su casa andando porque no quería gastar el dinero que me había dado Phoebe si no era en algo absolutamente indispensable, pero cuando salí a la calle sentí una sensación rara, como de mareo, así que tomé un taxi. De verdad que no quería, pero no tuve más remedio. No saben lo que me costó encontrar uno a esa hora.
Cuando llamé al timbre de la puerta —una vez que el ascensorista, el muy cerdo, se decidió a subirme—, salió a abrir el señor Antolini. Iba en batín y zapatillas y llevaba un vaso en la mano. Era un tío con mucho mundo y le daba bien al alcohol.
—¡Holden, muchacho! —me dijo—. ¡Dios mío! Ya has crecido como veinte pulgadas más. ¡Cuánto me alegro de verte!
—¿Cómo está usted, señor Antolini? ¿Cómo está la señora Antolini?
—Muy bien los dos. Venga, dame ese abrigo.
Me lo quitó de la mano y lo colgó.
—Esperaba verte llegar con un recién nacido en los brazos. Nadie a quien recurrir, lágrimas, copos de nieve en las pestañas...
Cuando quiere es un tío muy ingenioso. Luego se volvió y gritó, en dirección a la cocina:
—¡Lillian! ¿Cómo va ese café? —Lillian era el nombre de su mujer.
—Ya está listo —contestó ella también a gritos—. ¿Ha llegado Holden? ¡Hola, Holden!
—Hola señora Antolini.
Se hablaban todo el tiempo a berridos. Supongo que era porque nunca estaban juntos en la misma habitación. Tenía gracia.
—Siéntate, Holden —dijo el señor Antolini. Se le notaba que estaba un poco curda. En el salón había por todas partes copas y platitos llenos de cacahuetes y cosas así, como si hubiera habido una fiesta.
—No te fijes en este desorden —me dijo—. Hemos tenido que invitar a unos amigos de mi mujer. Unos tipos de Buffalo. Más bien diría que unos búfalos.
Me reí. La señora Antolini me gritó algo desde la cocina, pero no pude entenderla.
—¿Qué ha dicho? —le pregunté a su marido.
—Que no se te ocurra mirarla cuando entre. Acaba de levantarse de la cama. Coge un cigarrillo. ¿Sigues fumando?
—Gracias —le dije. Tomé uno de la caja que me ofrecía abierta—. A veces. Fumo con moderación.
—No lo dudo —me dijo. Me acercó un encendedor que había sobre la mesa—. Así que Pencey y tú habéis dejado de ser uno.
Siempre decía cosas así. Unas veces me hacía gracia y otras no. Creo que se le iba un poco la mano, aunque con eso no quiero decir que no fuera ingenioso. Lo era, pero a veces le pone a uno nervioso que le digan cosas de ese estilo todo el tiempo. D.B. hace lo mismo.
—¿Qué pasó? —dijo el señor Antolini—. ¿Qué tal saliste en Lengua? Ahora mismo te pongo de patitas en la calle si me dices que te han suspendido a ti, el mejor escritor de composiciones que haya visto este país.
—No, en Lengua me han aprobado, aunque era casi todo literatura. Sólo he escrito dos composiciones en todo el semestre —le dije—. Lo que sí he suspendido es Expresión Oral. Era una asignatura obligatoria. En ésa me han cateado.
—¿Por qué?
—No lo sé.
La verdad es que no tenía ganas de contárselo. Aún me sentía un poco mareado y de pronto me había entrado un dolor de cabeza terrible. De verdad. Pero como se le notaba que estaba muy interesado en el asunto, le expliqué un poco en qué consistía esa clase.
—Es un curso en que cada chico tiene que levantarse y dar una especie de charla. Ya sabe. Muy espontánea y todo eso. En cuanto el que habla se sale del tema los demás tienen que gritarle, «Digresión». Me ponía malo. Me suspendieron.
—¿Por qué?
—No lo sé. Eso de tener que gritar «Digresión» me ponía los nervios de punta. No puedo decirle por qué. Creo que lo que pasa es que cuando lo paso mejor es precisamente cuando alguien empieza a divagar. Es mucho más interesante.
—¿No te gusta que la gente se atenga al tema?
—Sí, claro que me gusta que se atengan al tema, pero no demasiado. No sé. Me aburro cuando no divagan nada en absoluto. Los chicos que sacaban las mejores notas en Expresión Oral eran los que hablaban con más precisión, lo reconozco. Pero había uno que se llamaba Richard Kinsella y que siempre se iba por las nubes. Le gritaban «Digresión» todo el tiempo. Me daba muchísima pena porque, para empezar, era un tío muy nervioso, pero mucho, de esos que en cuanto les toca hablar empiezan a temblarles los labios. Si uno estaba sentado un poco atrás, ni siquiera le oía. Para mi gusto era el mejor de la clase, pero por poco le suspenden también. Le dieron un aprobado pelado sólo porque los otros le gritaban «Digresión» todo el tiempo. Por ejemplo, un día habló de una finca que había comprado su padre en Vermont. Bueno, pues el profesor, el señor Vinson, le puso un suspenso porque no dijo qué clase de animales y de verduras y de frutas producía. Lo que pasó es que Kinsella empezó hablando de todo eso, pero de pronto se puso a contarnos la historia de un tío suyo que había cogido la polio cuando tenía cuarenta y dos años y no quería que nadie fuera a visitarle al hospital para que no le vieran paralítico. Reconozco que no tenía nada que ver con la finca, pero era muy bonito. Me gusta mucho más que un chico me hable de su tío. Sobre todo cuando empieza hablando de una finca y de repente se pone a hablar de una persona. Es un crimen gritarle a un tío «Digresión» cuando está en medio de... No sé. Es difícil de explicar.
Tenía un dolor de cabeza horrible y estaba deseando que apareciera la señora Antolini con el café. Si hay una cosa que me molesta es cuando alguien te dice que algo está listo y resulta que no es verdad.
—Holden, una breve pregunta de tipo pedagógico y ligeramente cargante. ¿No crees que hay un momento y un lugar apropiados para cada cosa? ¿No crees que si alguien empieza a hablarte de la finca de su padre debe atenerse al tema primero y después hablarte, si quiere, de la parálisis de su tío? Por otra parte, si esa parálisis le parece tan fascinante, ¿por qué no la elige como tema para la charla en vez de la finca?
No tenía ganas de contestarle a todo eso. Me encontraba muy mal. Hasta empezaba a dolerme el estómago.
—Sí. Supongo que sí. Supongo que debía haber elegido como tema a su tío si es que le interesaba tanto. Pero es que hay quien no sabe lo que le interesa hasta que empieza a hablar de algo que le aburre. A veces es inevitable. Por eso creo que es mejor que le dejen a uno en paz si lo pasa muy bien con lo que dice. Es bonito que la gente se emocione con algo. Lo que pasa es que usted no conoce al señor Vinson. Le volvía a uno loco. Continuamente nos repetía que había que unificar y simplificar. No veo cómo se puede unificar y simplificar así por las buenas, sólo porque a uno le dé la gana. Usted no conoce a ese Vinson. A lo mejor era muy inteligente, pero a mí me parece que no tenía más seso que un mosquito.
—Caballeros, el café al fin.
La señora Antolini entró en el salón llevando una bandeja con dos tazas de café y un plato de pasteles.
—Holden, no se te ocurra ni mirarme. Voy hecha un cuadro.
—¿Cómo está usted, señora Antolini?
Empecé a levantarme, pero el señor Antolini me tiró de la chaqueta y me obligó a sentarme. Su mujer tenía la cabeza llena de rulos. No llevaba maquillaje ni nada y la verdad es que estaba bastante fea. De pronto parecía mucho más vieja.
—Bueno, os dejo esto aquí. Servios lo que queráis —dijo mientras ponía la bandeja sobre la mesa empujando hacia un lado todos los vasos—. ¿Cómo está tu madre, Holden?
—Muy bien, gracias. Hace bastante que no la veo, pero la última vez...
—Si Holden necesita algo, está todo en el ropero. En el estante de arriba. Yo me voy a acostar. Estoy muerta —dijo la señora Antolini. Se le notaba—. ¿Sabréis hacer la cama en el sofá vosotros solos?
—Ya nos las arreglaremos. Tú vete a dormir —dijo el señor Antolini. Se dieron un beso y luego ella me dijo adiós y se fue a su cuarto. Siempre se estaban besuqueando en público.
Tomé un poco de café y medio pastel que, por cierto, estaba más duro que una piedra. El señor Antolini se tomó otro cocktail. Los hace bastante fuertes, se le nota. Si no se anda con ojo acabará alcoholizado.
—Comí con tu padre hace un par de semanas —me dijo de repente—. ¿Te lo ha dicho?
—No. No sabía nada.
—Está muy preocupado por ti.
—Sí. Ya lo sé.
—Al parecer, cuando me telefoneó acababa de recibir una carta del director de Pencey en que le decía que ibas muy mal, que hacías novillos, que no estudiabas, que, en general...
—No hacía novillos. Allí era imposible. Falté un par de veces a la clase de Expresión Oral, pero eso no es hacer novillos.
No tenía ganas de hablar del asunto. El café me había sentado un poco el estómago, pero seguía teniendo un dolor de cabeza terrible.
El señor Antolini encendió otro cigarrillo. Fumaba como un energúmeno. Luego dijo:
—Francamente, no sé qué decirte, Holden.
—Lo sé. Es muy difícil hablar conmigo. Me doy cuenta.
—Me da la sensación de que avanzas hacia un fin terrible. Pero, sinceramente, no sé qué clase de... ¿Me escuchas?
—Sí.
Se le notaba que estaba tratando de concentrarse.
—Puede que a los treinta años te encuentres un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen «Ves a verla». O puede que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo sé. Pero entiendes adonde voy a parar, ¿verdad?
—Sí, claro —le dije. Y era verdad. Pero se equivocaba en eso de que acabaré odiando a los que hayan jugado al fútbol en la universidad. En serio. No odio a casi nadie. Es posible que alguien me reviente durante una temporada, como me pasaba con Stradlater o Robert Ackley. Los odio unas cuantas horas o unos cuantos días, pero después se me pasa. Hasta es posible que si luego no vienen a mi habitación o no los veo en el comedor, les eche un poco de menos.
El señor Antolini se quedó un rato callado. Luego se levantó, se sirvió otro cubito de hielo, y volvió a sentarse. Se le notaba que estaba pensando. Habría dado cualquier cosa porque hubiera continuado la conversación a la mañana siguiente, pero no había manera de pararle. La gente siempre se empeña en hablar cuando el otro no tiene la menor gana de hacerlo.
—Está bien. Puede que no me exprese de forma memorable en este momento. Dentro de un par de días te escribiré una carta y lo entenderás todo, pero ahora escúchame de todos modos —me dijo. Volvió a concentrarse. Luego continuó—. Esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en que al que cae no se le permite llegar nunca al fondo. Sigue cayendo y cayendo indefinidamente. Es la clase de caída que acecha a los hombres que en algún momento de su vida han buscado en su entorno algo que éste no podía proporcionarles, o al menos así lo creyeron ellos. En todo caso dejaron de buscar. De hecho, abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera. ¿Me sigues?
—Sí, señor.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Se levantó y se sirvió otra copa. Luego volvió a sentarse. Nos pasamos un buen rato en silencio.
—No quiero asustarte —continuó—, pero te imagino con toda facilidad muriendo noblemente de un modo o de otro por una causa totalmente inane.
Me miró de una forma muy rara y dijo:
—Si escribo una cosa, ¿la leerás con atención?
—Claro que sí —le dije. Y así lo hice. Aún tengo el papel que me dio. Se acercó a un escritorio que había al otro lado de la habitación y, sin sentarse, escribió algo en una hoja de papel. Volvió con ella en la mano y se instaló a mi lado.
—Por raro que te parezca, esto no lo ha escrito un poeta. Lo dijo un sicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que... ¿Me sigues?
—Sí, claro que sí.
—Esto es lo que dijo: «Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansia morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella.»
Se inclinó hacia mí y me dio el papel. Lo leí y me lo metí en el bolsillo. Le agradecí mucho que se molestara, de verdad. Lo que pasaba es que no podía concentrarme. ¡Jo! ¡Qué agotado me sentía de repente!
Pero se notaba que el señor Antolini no estaba nada cansado. Curda, en cambio, estaba un rato.
—Creo que un día de estos —dijo—, averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que aplicarte a ello inmediatamente. No podrás perder ni un solo minuto. Eso sería un lujo que no podrás permitirte.
Asentí porque no me quitaba ojo de encima, pero la verdad es que no le entendí muy bien lo que quería decir. Creo que sabía vagamente a qué se refería, pero en aquel momento no acababa de entenderlo. Estaba demasiado cansado.
—Y sé que esto no va a gustarte nada —continuó—, pero en cuanto descubras qué es lo que quieres, lo primero que tendrás que hacer será tomarte en serio el colegio. No te quedará otro remedio. Te guste o no, lo cierto es que eres estudiante. Amas el conocimiento. Y creo que una vez que hayas dejado atrás las clases de Expresión Oral y a todos esos Vicens...
—Vinson —le dije. Se había equivocado de nombre, pero no debí interrumpirle.
—Bueno, lo mismo da. Una vez que los dejes atrás, comenzarás a acercarte —si ése es tu deseo y tu esperanza— a un tipo de conocimiento muy querido de tu corazón. Entre otras cosas, verás que no eres la primera persona a quien la conducta humana ha confundido, asustado, y hasta asqueado. Te alegrará y te animará saber que no estás solo en ese sentido. Son muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía.
Se detuvo y dio un largo sorbo a su bebida. Luego volvió a la carga. ¡Jo! ¡Se había disparado! No traté de pararle ni nada.
—Con esto no quiero decir que sólo los hombres cultivados puedan hacer una contribución significativa a la historia de la humanidad. No es así. Lo que sí afirmo, es que si esos hombres cultos tienen además genio creador, lo que desgraciadamente se da en muy pocos casos, dejan una huella mucho más profunda que los que poseen simplemente un talento innato. Tienden a expresarse con mayor claridad y a llevar su línea de pensamiento hasta las últimas consecuencias. Y lo que es más importante, el noventa por ciento de las veces tienen mayor humildad que el hombre no cultivado. ¿Me entiendes lo que quiero decir?
—Sí, señor.
Permaneció un largo rato en silencio. No sé si les habrá pasado alguna vez, pero es muy difícil estar esperando a que alguien termine de pensar y diga algo. Dificilísimo. Hice esfuerzos por no bostezar. No es que estuviera aburrido —no lo estaba—, pero de repente me había entrado un sueño tremendo.
—La educación académica te proporcionará algo más. Si la sigues con constancia, al cabo de un tiempo comenzará a darte una idea de la medida de tu inteligencia. De qué puede abarcar y qué no puede abarcar. Poco a poco comenzarás a discernir qué tipo de pensamiento halla cabida más cómodamente en tu mente. Y con ello ahorrarás tiempo porque ya no tratarás de adoptar ideas que no te van, o que no se avienen a tu inteligencia. Sabrás cuáles son exactamente tus medidas intelectuales y vestirás a tu mente de acuerdo con ellas.
De pronto, sin previo aviso, bostecé. Sé que fue una grosería, pero no pude evitarlo.
El señor Antolini se rió:
—Vamos —dijo mientras se levantaba—. Haremos la cama en el sofá.
Le seguí. Se acercó al armario y trató de bajar sábanas, mantas, y otras cosas así del estante de arriba, pero no pudo porque aún tenía el vaso en la mano. Se echó al coleto el poco líquido que quedaba dentro, lo dejó en el suelo, y luego bajó las cosas. Le ayudé a llevarlas hasta el sofá e hicimos la cama juntos. La verdad es que a él no se le daba muy bien. No estiraba las sábanas ni nada, pero me dio igual. Estaba tan cansado que podía haber dormido de pie.
—¿Qué tal tus muchas mujeres?
—Bien.
Reconozco que mi conversación no era muy brillante, pero no tenía ganas de hablar.
—¿Cómo está Sally?
Conocía a Sally Hayes. Se la había presentado una vez.
—Está bien. He salido con ella esta tarde.
¡Jo! ¡Parecía que habían pasado como veinte años desde entonces!
—Ya no tenemos mucho en común —le dije.
—Pero era una chica muy guapa. ¿Y la otra? Aquélla de que me hablaste. La que conociste en Maine.
—¿Jane Gallaher? Está bien. Probablemente la llamaré mañana.
Terminamos de hacer la cama.
—Es toda tuya —dijo el señor Antolini—. Pero no sé dónde vas a meter esas piernas que tienes.
—No se preocupe. Estoy acostumbrado a camas cortas —le dije—. Y muchas gracias. Usted y la señora Antolini me han salvado la vida esta noche.
—Ya sabes dónde está el baño. Si quieres algo, dame un grito. Aún estaré en la cocina un buen rato. ¿Te molestará la luz?
—No, claro que no. Muchas gracias.
—De nada. Buenas noches, guapetón.
—Buenas noches. Y muchas gracias.
Se fue a la cocina y yo me metí en el baño a desnudarme. No pude lavarme los dientes porque no había traído cepillo. Tampoco tenía pijama y el señor Antolini se había olvidado de prestarme uno de los suyos. Así que volví al salón, apagué la lámpara, y me acosté en calzoncillos. El sofá era cortísimo, pero aquella noche habría dormido de pie sin un solo parpadeo. Estuve pensando un par de segundos en lo que me había dicho el señor Antolini, en eso de que uno aprendía a calcular el tamaño de su inteligencia. La verdad es que era un tío muy listo. Pero no podía mantener los ojos abiertos y me dormí.
De pronto ocurrió algo. No quiero ni hablar de ello. No sé qué hora sería, pero el caso es que me desperté. Sentí algo en la cabeza. Era la mano de un tío. ¡Jo! ¡Vaya susto que me pegué! Era la mano del señor Antolini. Se había sentado en el suelo junto al sofá en medio de la oscuridad y estaba como acariciándome o dándome palmaditas en la cabeza. ¡Jo! ¡Les aseguro que pegué un salto hasta el techo!
—¿Qué está haciendo?
—Nada. Estaba sentado aquí admirando...
—Pero, ¿qué hace? —le pregunté de nuevo. No sabía ni qué decir. Estaba desconcertadísimo.
—¿Y si bajaras la voz? Ya te digo que estaba sentado aquí...
—Bueno, tengo que irme —le dije. ¡Jo! ¡Qué nervios! Empecé a ponerme los pantalones sin dar la luz ni nada. Pero estaba tan nervioso que no acertaba. En todos los colegios a los que he ido he conocido a un montón de pervertidos, más de los que se pueden imaginar, y siempre les da por montar el numerito cuando estoy delante.
—¿Que tienes que irte? ¿Adonde? —dijo el señor Antolini.
Trataba de hacerse el muy natural, como si todo fuera de lo más normal, pero de eso nada. Se lo digo yo.
—He dejado las maletas en la estación. Creo que será mejor que vaya a recogerlas. Tengo allí todas mis cosas.
—No tengas miedo que no va a llevárselas nadie. Vuelve a la cama. Yo voy a acostarme también. Pero, ¿qué te pasa?
—No me pasa nada. Es que tengo el dinero y todas mis cosas en esas maletas. Volveré enseguida. Tomaré un taxi y volveré inmediatamente.
¡Jo! No daba pie con bola en medio de aquella oscuridad.
—Es que el dinero no es mío. Es de mi madre.
—No digas tonterías. Holden. Vuelve a la cama. Yo me voy a dormir. El dinero seguirá allí por la mañana.
—No, de verdad. Tengo que irme. En serio.
Había terminado de vestirme, pero no encontraba la corbata. No me acordaba de dónde la había puesto. Dejé de buscarla y me puse la chaqueta sin más. El señor Antolini se había sentado ahora en un sillón que había a poca distancia del sofá. Estaba muy oscuro y no se veía muy bien, pero supe que me miraba. Seguía bebiendo como un cosaco porque llevaba su fiel compañero en la mano.
—Eres un chico muy raro.
—Lo sé —le dije.
Me cansé de buscar la corbata y decidí irme sin ella.
—Adiós —le dije—. Muchas gracias por todo. De verdad.
Me siguió hasta la puerta y se me quedó mirando desde el umbral mientras yo llamaba al ascensor. No me dijo nada, sólo repetía para sí eso de que era «un chico muy raro». ¡De raro, nada! Siguió allí de pie sin quitarme ojo de encima. En mi vida he esperado tanto tiempo a un ascensor. Se lo juro.
Como no se me ocurría de qué hablar y él seguía clavado sin moverse, al final le dije:
—Voy a empezar a leer libros buenos. De verdad.
Algo tenía que decir. Era una situación de lo más desairada.
—Recoge tus maletas y vuelve aquí inmediatamente. Dejaré la puerta abierta.
—Muchas gracias —le dije—. Adiós.
Por fin llegó el ascensor. Entré en él y bajé hasta el vestíbulo. ¡Jo! Iba temblando como un condenado. Cosas así me han pasado ya como veinte veces desde muy pequeño. No lo aguanto.

Capítulo 25
Cuando salí estaba empezando a amanecer. Hacía mucho frío pero me vino bien porque estaba sudando. No tenía ni idea de dónde meterme. No quería ir a un hotel y gastarme todo el dinero que me había dado Phoebe, así que me fui andando hasta Lexington y allí tomé el metro a la estación de Grand Central. Tenía las maletas en esa consigna y pensé que podría dormir un poco en esa horrible sala de espera donde hay un montón de bancos. Y eso es lo que hice. Al principio no estuvo tan mal porque como no había mucha gente pude echarme todo lo largo que era en un banco. Pero prefiero no hablarles de aquello. No fue nada agradable. No se les ocurra intentarlo nunca, de verdad. No saben lo deprimente que es.
Dormí sólo hasta las nueve porque a esa hora empezaron a entrar miles de personas y tuve que poner los pies en el suelo. Como así no podía seguir durmiendo, acabé sentándome. Me seguía doliendo la cabeza y ahora mucho más fuerte. Creo que nunca en mi vida me había sentido tan deprimido.
Sin querer empecé a pensar en el señor Antolini y en qué le diría a su mujer cuando ella le preguntara por qué no había dormido allí. No me preocupé mucho porque sabía que era un tío inteligente y se le ocurriría alguna explicación. Le diría que me había ido a mi casa o algo así. Eso no era problema. Lo que sí me preocupaba era haberme despertado y haberme encontrado al señor Antolini acariciándome la cabeza. Me pregunté si me habría equivocado al pensar que era marica. A lo mejor simplemente le gustaba acariciar cabezas de tíos dormidos. ¿Cómo se puede saber esas cosas con seguridad? Es imposible. Hasta llegué a pensar que a lo mejor debía haber recogido las maletas y haber vuelto a su casa como le había dicho. Pensé que aunque fuera marica de verdad, lo cierto es que se había portado muy bien conmigo. No le había importado nada que le hubiera llamado a media noche y hasta me había dicho que fuera inmediatamente si quería. Pensé que se había molestado en darme todas esas explicaciones acerca de cómo averiguar qué tamaño tienes de inteligencia, y pensé también que fue el único que se acercó a James Castle cuando estaba muerto. Pensé en todas estas cosas, y cuanto más pensaba, más me deprimía. Quizá debía haber vuelto a su casa. Quizá me había acariciado la cabeza sólo porque le apetecía. Pero cuantas más vueltas • le daba en la cabeza a todo aquel asunto, peor me sentía. Me dolían muchísimo los ojos. Me escocían de no dormir. Y para colmo estaba cogiendo un catarro y no llevaba pañuelo. Tenía unos cuantos en la maleta, pero no me apetecía abrirla en medio de toda aquella gente. Alguien se había dejado una revista en el banco de al lado, así que me puse a ojearla a ver si con eso dejaba de pensar en el señor Antolini y en muchas otras cosas. Pero el artículo que empecé a leer me deprimió aún más. Hablaba de hormonas. Te decía cómo tenías que tener la cara y los ojos y todo lo demás cuando las hormonas te funcionaban bien, y yo no respondía para nada a la descripción. Era igualito, en cambio, al tipo que según el artículo tenía unas hormonas horribles, así que de pronto empecé a preocuparme por las dichosas hormonas. Luego me puse a leer otro artículo sobre cómo descubrir si tienes cáncer. Decía que si te sale una pupa en los labios y tarda mucho en curarse es probablemente señal de que lo tienes. Precisamente hacía dos semanas que tenía una calentura que no se secaba, así que inmediatamente me imaginé que tenía cáncer. Aquella revistita era como para levantarle la moral a cualquiera. Dejé de leer y salí a dar un paseo. Estaba seguro de que me quedaban como dos meses de vida. De verdad. Completamente seguro de ello. Y la idea no me produjo precisamente una alegría desbordante.
Parecía como si fuera a empezar a llover de un momento a otro, pero aun así me fui a dar un paseo. Iría a desayunar. No tenía mucha hambre, pero pensé que tenía que comer algo que tuviera unas cuantas vitaminas. Así que crucé la Quinta Avenida y eché a andar hacia donde están los restaurantes baratos porque no quería gastar mucho dinero.
Mientras caminaba pasé junto a dos tíos que descargaban de un camión un enorme árbol de Navidad. Uno le gritaba al otro: «¡Cuidado! ¡Que se cae el muy hijoputa! ¡Agárralo bien!»
¡Vaya manera de hablar de un árbol de Navidad! Como, a pesar de todo, tenía gracia, solté la carcajada. No pude hacer nada peor porque en el momento en que me eché a reír me entraron unas ganas horribles de vomitar. De verdad. Hasta devolví un poco, pero luego se me pasó. No entiendo por qué fue. No había comido nada que hubiera podido sentarme mal y además tengo un estómago bastante fuerte. Pero, como les decía, se me pasó y decidí tomar algo. Entré en un bar con pinta de barato y pedí un café y un par de donuts, pero no pude con ellos. Cuando uno está muy deprimido le resulta dificilísimo tragar. Pero por suerte el camarero era un tipo muy amable y se los volvió a llevar sin cobrármelos ni nada. Me tomé el café bebido y luego volví a la Quinta Avenida.
Era lunes, faltaban muy pocos días para Navidad y todas las tiendas estaban abiertas. Daba gusto pasear por allí. Había un ambiente muy navideño con todos esos Santa Claus tan cochambrosos que te encontrabas en todas las esquinas y las mujeres del Ejército de Salvación, esas que no se pintan ni nada, todos tocando campanillas. Miré a ver si encontraba a las monjas que había conocido el día anterior, pero no las vi. Ya me lo imaginaba porque me habían dicho que venían a Nueva York a enseñar, así que dejé de buscarlas. Pero, como les decía, se notaba mucho que era época de Navidad. Había millones de niños subiendo y bajando de autobuses y entrando y saliendo de tiendas con sus madres. Eché de menos a Phoebe. Ya no es tan pequeña como para volverse loca en el departamento de juguetes, pero le gusta pasear por ahí y ver a la gente. Dos años antes la había llevado de compras conmigo por esas fechas y lo pasamos estupendamente. Creo que fuimos a Bloomingdale's. Entramos en el departamento de zapatería e hicimos como si ella —¡qué Phoebe ésa!— hubiera querido comprarse unas botas de las que tienen miles de agujeros para pasar los cordones. Volvimos loco al dependiente. Phoebe se probó como veinte pares y el pobre hombre tuvo que abrochárselas todas. Le hicimos una buena faena, pero Phoebe se divirtió como loca. Al final compramos un par de mocasines y lo cargamos a la cuenta de mamá. El empleado estuvo muy amable. Creo que se dio cuenta de que estábamos tomándole el pelo, porque Phoebe acaba siempre soltando el trapo.
Pero, como les decía, me recorrí toda la Quinta Avenida sin corbata ni nada. De pronto empezó a pasarme una cosa horrible. Cada vez que iba a cruzar una calle y bajaba el bordillo de la acera, me entraba la sensación de que no iba a llegar al otro lado. Me parecía que iba a hundirme, a hundirme, y que nadie volvería a verme jamás. ¡Jo! ¡No me asusté poco! No se imaginan. Empecé a sudar como un condenado hasta que se me empapó toda la camisa y la ropa interior y todo.
Luego me pasó otra cosa. Cuando llegaba al final de cada manzana me ponía a hablar con mi hermano muerto y le decía: «Allie, no me dejes desaparecer., No dejes que desaparezca. Por favor, Allie.» Y cuando acababa de cruzar la calle, le daba las gracias. Cuando llegaba a la esquina siguiente, volvía a hacer lo mismo. Pero seguí andando. Creo que tenía miedo de detenerme, pero si quieren que les diga la verdad, no me acuerdo muy bien. Sé que no paré hasta que llegué a la calle sesenta y tantos, pasado el Zoo y todo. Allí me senté en un banco. Apenas podía respirar y sudaba como un loco. Me pasé sin moverme como una hora, y al final decidí irme de Nueva. York. Decidí no volver jamás a casa ni a ningún otro colegio. Decidí despedirme de Phoebe, decirle adiós, devolverle el dinero que me había prestado, y marcharme al Oeste haciendo autostop. Iría al túnel Holland, pararía un coche, y luego a otro, y a otro, y a otro, y en pocos días llegaría a un lugar donde haría sol y mucho calor y nadie me conocería. Buscaría un empleo. Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz. Yo les llenaría los depósitos de gasolina, ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque quería ver el sol todo el tiempo. Me haría la comida, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica guapísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo como todo el mundo. Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte. Compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos.
Pensando en todo aquello me puse contentísimo. De verdad. Sabía que eso de hacerme pasar por sordomudo era imposible, pero aun así, me gustaba imaginármelo. Lo que sí decidí con toda seguridad fue lo de irme al Oeste. Pero antes tenía que despedirme de Phoebe. Crucé la calle a todo correr —por poco me atropellan—, entré en una papelería y compré un bloc y un lápiz. Pensé que le escribiría una nota diciéndole dónde podíamos encontrarnos para despedirnos y para que yo pudiera devolverle el dinero que me había prestado. Llevaría la nota al colegio y se la daría a alguien de la oficina para que se la entregaran. Estaba demasiado nervioso para escribirla en la tienda, así que me guardé el bloc y el lápiz en el bolsillo y empecé a andar a toda prisa hacia el colegio. Fui casi corriendo porque quería que recibiera el recado antes de que se fuera a comer a casa. No me quedaba mucho tiempo.
Naturalmente sabía dónde estaba el colegio porque había ido de pequeño. Cuando entré sentí una sensación rara. Creí que no iba a recordar cómo era por dentro, pero me acordaba perfectamente. Estaba exactamente igual que cuando yo estudiaba allí. El mismo patio interior, bastante oscuro, con una especie de jaulas alrededor de las farolas para que no se rompieran las bombillas si les daban con la pelota. Los mismos círculos blancos pintados en el suelo para juegos y cosas así, y las mismas cestas de baloncesto sin la red, sólo los maderos y los aros.
No había nadie, probablemente porque estaban todos en clase y aún no era la hora de comer. No vi más que a un niño negro. Del bolsillo trasero del pantalón le asomaba uno de esos pases de madera que llevábamos también nosotros y que demostraban que tenía uno permiso para ir al baño.
Seguía sudando, pero no tanto como antes. Me acerqué a las escaleras, me senté en el primer escalón y saqué el bloc y el lápiz que había comprado. Olía igual que cuando yo era pequeño, como si alguien acabara de mearse allí. Las escaleras de los colegios siempre huelen así. Pero, como les decía, me senté y escribí una nota:
Querida Phoebe,
no puedo esperar hasta el miércoles, así que me voy esta tarde al Oeste en auto-stop. Ven si puedes a la puerta del museo de arte a las doce y cuarto. Te devolveré tu dinero de Navidad. No he gastado mucho. Con mucho cariño,
Holden
El colegio estaba muy cerca del museo y Phoebe tenía que pasar por delante para ir a casa, así que estaba seguro de que la vería.
Cuando acabé, me fui a la oficina del director para ver si alguien podía llevarle la nota a su clase. La doblé como diez veces para que no la leyeran. En un colegio no se puede fiar uno de nadie. Pensé que se la darían porque era su hermano.
Mientras subía las escaleras creí que iba a vomitar otra vez, pero no. Me senté un segundo y me recuperé bastante. Pero mientras estaba sentado vi una cosa que me puso negro. Alguien había escrito J... en la pared. Me puse furiosísimo. Pensé en Phoebe y en los otros niños de su edad que lo verían y se preguntarían qué quería decir aquello. Siempre habría alguno que se lo explicaría de la peor manera posible, claro, y todos pensarían en eso y hasta se preocuparían durante un par de días. Me entraron ganas de matar al que lo había escrito. Tenía que haber sido un pervertido que había entrado por la noche en el colegio a mear o algo así, y lo había escrito en la pared. Me imaginé que le pillaba con las manos en la masa y que le aplastaba la cabeza contra los peldaños de piedra hasta dejarle muerto todo ensangrentado. Pero sabía que no tenía valor para hacer una cosa así. Lo sabía y eso me deprimió aún más. La verdad es que ni siquiera tenía valor para borrarlo con la mano. Me dio miedo de que me sorprendiera un profesor y se creyera que lo había escrito yo. Al final lo borré y luego subí a las oficinas. El director no estaba, pero sentada a la máquina de escribir había una viejecita que debía tener como cien años. Le expliqué que era hermano de Phoebe Caulfield de la 4B-1 y le dije que por favor le entregara la nota, que era muy importante porque mi madre estaba enferma y me había encargado que llevara a Phoebe a comer a una cafetería. La viejecita estuvo muy amable. Llamó a otra ancianita de la oficina de al lado y le dio la nota para que se la llevara a mi hermana. Luego la que tenía como cien años y yo hablamos un buen rato. Era muy simpática. Cuando le dije que había estudiado allí me preguntó que adonde iba ahora y le contesté que a Pencey. Me dijo que era muy buen colegio. Aunque hubiera querido hacerlo, no habría tenido fuerzas suficientes para abrirle los ojos. Además si quería creer que Pencey era muy buen colegio que lo creyera. De todos modos es dificilísimo hacer cambiar de opinión a una ancianita que tiene ya como un siglo. Les gusta seguir pensando las mismas cosas de antes. Al cabo de un buen rato me fui. Tuvo gracia. Al salir la viejecita me gritó «Buena suerte» con el mismo tono con que me lo había dicho Spencer cuando me largué de Pencey. ¡Dios mío! ¡Cómo me fastidia que me digan «Buena suerte» cuando me voy de alguna parte! Es de lo más deprimente.
Bajé por una escalera diferente y vi otro J... en la pared. Quise borrarlo con la mano también, pero en este caso lo habían grabado con una navaja o algo así. No había forma de quitarlo. De todos modos, aunque dedicara uno a eso un millón de años, nunca sería capaz de borrar todos los J... del mundo. Sería imposible.
Miré el reloj del patio. Eran las doce menos veinte. Aún me quedaba mucho tiempo por matar antes de ver a Phoebe, pero, como no tenía otro sitio adonde ir, me fui al museo de todos modos. Pensé parar en una cabina de teléfonos para llamar a Jane Gallaher antes de salir para el Oeste, pero no estaba en vena.
Mientras esperaba a Phoebe dentro del vestíbulo del museo, se me acercaron dos niños a preguntarme si sabía dónde estaban las momias. El más pequeño, el que me había hablado, llevaba la bragueta abierta. Cuando se lo dije se la abrochó sin moverse de donde estaba. No se molestó ni en esconderse detrás de una columna ni nada. Me hizo muchísima gracia. Me habría reído, pero tuve miedo de vomitar otra vez, así que me contuve.
—¿Dónde están las momias, oiga? —repitió el niño—. ¿Lo sabe?
Me dio por tomarles el pelo un rato.
—¿Las momias? ¿Qué es eso? —le pregunté.
—Ya sabe, las momias. Esos tíos que están muertos. Los que meten en tundas y todo eso.
¡Qué risa! Quería decir tumbas.
—¿Cómo es que no estáis en el colegio? —le pregunté.
—Hoy no hay colegio —dijo el que hablaba siempre. Estoy seguro de que mentía descaradamente, el muy sinvergüenza. Como no tenía nada que hacer hasta que llegara Phoebe, les ayudé a buscar las momias. ¡Jo! Antes sabía exactamente dónde estaban, pero hacía años que no entraba en aquel museo.
—¿Os interesan mucho las momias? —les dije.
—Sí.
—¿No sabe hablar tu amigo?
—No es mi amigo. Es mi hermano.
—¿No sabe hablar? —miré al que estaba callado—. ¿No sabes?
—Sí —me dijo—, pero no tengo ganas.
Al final averiguamos dónde estaban las momias.
—¿Sabéis cómo enterraban los egipcios a los muertos? —pregunté a uno de los niños.
—No.
Pues deberíais saberlo porque es muy importante. Los envolvían en una especie de vendas empapadas en un líquido secreto. Así es como podían pasarse miles de años en sus tumbas sin que se les pudriera la cara ni nada. Nadie sabe qué líquido era ése. Ni siquiera los científicos modernos.
Para llegar adonde estaban las momias había que pasar por una especie de pasadizo. Una de las paredes estaba hecha con piedras que habían traído de la tumba de un faraón. La verdad es que daba bastante miedo y aquellos dos valientes no las tenían todas consigo. Se arrimaban a mí lo más que podían y el que no despegaba los labios iba prácticamente colgado de mi manga.
—Vámonos de aquí —le dijo de pronto a su hermano—. Yo ya las he visto. Venga, vámonos.
Se volvió y salió corriendo.
—Es de un cobarde que no vea —dijo el otro—. Adiós.
Y se fue corriendo también. Me quedé solo en la tumba. En cierto modo me gustó. Se estaba allí la mar de tranquilo. De pronto no se imaginan lo que vi en la pared. Otro J... Estaba escrito con una especie de lápiz rojo justo debajo del cristal que cubría las piedras del faraón.
Eso es lo malo. Que no hay forma de dar con un sitio tranquilo porque no existe. Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un J... en la pared. De verdad les digo que cuando me muera y me entierren en un cementerio y me pongan encima una lápida que diga Holden Caulfield y los años de mi nacimiento y de mi muerte, debajo alguien escribirá la dichosa palabrita.
Cuando salí de donde estaban las momias, tuve que ir al baño. Tenía diarrea. Aquello no me importó mucho, pero ocurrió algo más. Cuando ya me iba, poco antes de llegar a la puerta, no me desmayé de milagro. Tuve suerte porque podía haber dado con la cabeza en el suelo y haberme matado, pero caí de costado. Me salvé por un pelo. Al rato me sentí mejor. De verdad. Me dolía un poco el brazo de la caída, pero ya no estaba tan mareado.
Eran como las doce y diez, así que volví a la puerta a esperar a Phoebe. Pensé que quizá fuera aquélla la última vez que la veía. A Phoebe o a cualquiera de mi familia. Supongo que volvería a verles algún día, pero dentro de muchos años. Regresaría a casa cuando tuviera como treinta y cinco o así. Alguien se pondría enfermo y querría verme antes de morir. Eso sería lo único que podría hacerme abandonar mi cabaña. Me imaginé cómo sería mi vuelta. Sabía que mi madre se pondría muy nerviosa y empezaría a llorar y a suplicarme que no me fuera, pero yo no la haría caso. Estaría de lo más sereno. Primero la tranquilizaría y luego me acercaría a la mesita que hay al fondo del salón donde están los cigarrillos, sacaría uno y lo encendería así como muy frío y despegado. Les diría que podían ir a visitarme, pero no insistiría mucho. A Phoebe sí la dejaría venir a verme en verano, en Navidad, en Pascua. D.B. podría venir también si necesitaba un sitio bonito y tranquilo donde trabajar, pero en mi cabaña no le dejaría escribir guiones de cine. Sólo cuentos y libros. A todos los que vinieran a visitarme les pondría una condición. No hacer nada que no fuera sincero. Si no, tendrían que irse a otra parte. De pronto miré el reloj que había en el guardarropa y vi que era la una menos veinticinco. Empecé a temer que la viejecita del colegio no le hubiera dado la nota a Phoebe. Quizá la otra la había dicho que la quemara o algo así. No saben el susto que me llevé. Quería ver a Phoebe antes de echarme al camino. Tenía que devolverle su dinero y despedirme y todo eso.
Al final la vi venir a través de los cristales de la puerta. Era imposible no reconocerla porque llevaba mi gorra de caza puesta. Salí y bajé la escalinata de piedra para salirle al encuentro. Lo que no podía entender era por qué llevaba una maleta. Cruzaba la Quinta Avenida arrastrándola porque apenas podía con ella.
Cuando me acerqué me di cuenta de que era una mía vieja que usaba cuando estudiaba en Whooton. No comprendía qué hacía allí con ella.
—Hola —me dijo cuando llegó a mi lado. Jadeaba de haber ido arrastrando aquel trasto.
—Creí que no venías —le contesté—. ¿Qué diablos llevas ahí? No necesito nada. Voy a irme con lo puesto. No pienso recoger ni lo que tengo en la estación. ¿Qué has metido ahí dentro?
Dejó la maleta en el suelo.
—Mi ropa —dijo—. Voy contigo. ¿Puedo? ¿Verdad que me dejas?
—¿Qué? —le dije. Casi me caí al suelo cuando me lo dijo. Se lo juro. Me dio tal mareo que creí que iba a desmayarme otra vez.
—Bajé en el ascensor de servicio para que Charlene no me viera. No pesa nada. Sólo llevo dos vestidos, y mis mocasines y unas cuantas cosas de ésas. Mira. No pesa, de verdad. Cógela, ya verás... ¿Puedo ir contigo, Holden? ¿Puedo? ¡Por favor!
—No. ¡Y cállate!
Creía que iba a desmayarme. No quería decirle que se callara, pero es que de verdad pensé que me iba al suelo.
—¿Por qué no? Holden por favor, no te molestaré nada, sólo iré contigo. Si no quieres no llevaré ni la ropa. Cogeré sólo...
—No cogerás nada porque no vas a venir. Voy a ir solo, así que cállate de una vez.
—Por favor, Holden. Por favor, déjame ir. No notarás siquiera que...
—No vas. Y a callar. Dame esa maleta —le dije. Se la quité de la mano y estuve a punto de darle una bofetada. Empezó a llorar—. Creí que querías salir en la función del colegio. Creía que querías ser Benedict Arnold —le dije de muy malos modos—. ¿Qué quieres? ¿No salir en la función?
Phoebe lloró más fuerte. De pronto quise hacerla llorar hasta que se le secaran las lágrimas. Casi la odiaba. Creo que, sobre todo, porque si se venía conmigo no saldría en esa representación.
—Vamos —le dije. Subí otra vez la escalinata del museo.
Dejaría aquella absurda maleta en el guardarropa y ella podría recogerla cuando saliera a las tres del colegio. No podía ir a la clase cargada con ella.
—Venga, vámonos.
No quiso subir las escaleras. Se negaba a ir conmigo. Subí solo, dejé la maleta y volví a bajar. Estaba esperándome en la acera, pero me volvió la espalda cuando me acerqué a ella. A veces es capaz de hacer cosas así.
—No me voy a ninguna parte. He cambiado de opinión, así que deja de llorar —le dije. Lo gracioso es que Phoebe ya no lloraba pero se lo grité igual—. Vamos, te acompañaré al colegio. Venga. Vas a negar tarde.
No me contestó siquiera. Quise darle la mano, pero no me dejó. Seguía sin mirarme.
—¿Tomaste algo? —le pregunté. ¿Has comido ya?
No despegó los labios. Se quitó la gorra de caza —la que yo le había dado—, y me la tiró a la cara. Luego me volvió la espalda otra vez. Yo no dije nada. Recogí la gorra y me la metí en el bolsillo.
—Vamos. Te llevaré al colegio. —No pienso volver al colegio.
Cuando me dijo aquello no supe qué contestarle. Me quedé sin saber qué decir unos minutos, parado en medio de la calle.
—Tienes que volver. ¿Quieres salir en esa función, o no? ¿Quieres ser Benedict Arnold, o no?
—No.
—Claro que sí. Claro que quieres. Venga, vámonos de aquí —le dije—. En primer lugar no me voy a ninguna parte, ya te lo he dicho. En cuanto te deje en el colegio voy a volver a casa. Primero me acercaré a la estación y de allí me iré directamente...
—He dicho que no vuelvo al colegio. Tú puedes hacer lo que te dé la gana, pero yo no vuelvo allí. Así que cállate ya.
Era la primera vez que me decía que me callara. Dicho por ella sonaba horrible. ¡Dios mío! Peor que una palabrota. Seguía sin mirarme y cada vez que le ponía la mano en el hombro o algo así, se apartaba.
—Oye, ¿quieres que vayamos a dar un paseo? —le pregunté—. ¿Quieres que vayamos hasta el zoológico? Si te dejo no ir al colegio y dar en cambio un paseo conmigo, ¿no harás más tonterías?
No quiso contestarme, así que volví a decírselo:
—Si te dejo no ir a clase esta tarde, ¿no harás tonterías? ¿Irás mañana al colegio como una buena chica?
—No lo sé —me dijo. Luego echó a correr y cruzó la calle sin mirar siquiera si venía algún coche. A veces se pone como loca.
No corrí tras ella. Sabía que me seguiría, así que eché a andar por la acera del parque mientras ella iba por la de enfrente. Se notaba que me miraba con el rabillo del ojo y sin volver la cabeza para ver por dónde iba. Así fuimos hasta el zoológico. Lo único que me preocupaba es que a veces pasaba un autobús de dos pisos que me tapaba el lado opuesto de la calle y no me dejaba ver a Phoebe. Pero cuando llegamos, grité:
—¡Voy a entrar al zoológico! ¡Ven!
No volvió la cabeza, pero sabía que me había oído, y cuando empecé a bajar los escalones me volví y vi que estaba cruzando la calle para seguirme.
El zoológico estaba bastante desanimado porque hacía un día muy malo, pero en torno al estanque de las focas se habían reunido unas cuantas personas. Pasaba por allí sin detenerme cuando vi a Phoebe que fingía mirar cómo daban de comer a los animales —había un tío echándoles pescado—, así que volví atrás. Pensé que aquélla era buena ocasión para alcanzarla. Me acerqué, me paré detrás de ella y le puse las manos en los hombros, pero Phoebe dobló un poco las rodillas y se hizo a un lado. Ya les he dicho que cuando le da por ahí, se pone bastante descarada. Se quedó mirando cómo daban de comer a las focas y yo de pie tras ella. No volví a tocarla porque sabía que si lo hacía se marcharía. Los críos tienen sus cosas. Hay que andarse con mucho cuidado cuando uno trata con ellos.
Cuando se cansó del estanque de las focas, echó a andar si no a mi lado, tampoco muy lejos de mí. Íbamos más o menos uno por cada extremo de la acera. No era la situación ideal, pero era mejor que caminar a una milla de distancia como antes. Subimos la colinita del zoológico y nos paramos en lo alto, donde están los osos. Pero allí no había mucho que ver. Sólo estaba fuera uno de ellos, el polar. El otro, el marrón, estaba metido en su cuevecita dichosa y no le daba la gana de salir. No se le veía más que el trasero. A mi lado había un crío de pie con un sombrero de vaquero que le tapaba hasta las orejas. No hacía más que decir a su padre: «¡Hazle salir, papá! ¡Hazle salir!» Miré a Phoebe pero no quiso reírse. A los niños se les nota en seguida cuándo están enfadados en que no quieren reírse.
Dejamos de mirar a los osos, salimos del zoológico, cruzamos la callecita del parque, y nos metimos en uno de esos túneles que siempre huelen a pis. Era el camino del tiovivo. Phoebe seguía sin querer hablarme, pero por lo menos ahora iba a mi lado. La cogí por el cinturón del abrigo, pero me dijo:
—Las manos en los bolsillos, si no te importa.
Aún estaba enfadada, pero no tanto como antes. Habíamos llegado muy cerca del tiovivo y ya se oía esa musiquilla que toca siempre. En ese momento sonaba «¡Oh, Marie!», la misma canción que cuando yo era pequeño, como cincuenta años antes. Eso es lo bonito que tienen los tiovivos, que siempre tocan la misma música.
—Creí que lo cerraban en invierno —me dijo Phoebe. Era la primera vez que abría la boca. Probablemente se le había olvidado que estaba enfadada conmigo.
—A lo mejor lo han abierto porque es Navidad —le dije.
No me contestó. Debía haberse acordado del enfado.
—¿Quieres subir? —le dije. Pensé que le gustaría. Cuando era muy pequeñita y venía al parque con Allie y conmigo, le volvía loca montar en el tiovivo. No había forma de bajarla de allí.
—Ya soy muy mayor —dijo. Pensé que no iba a decir nada, pero me contestó.
—No es verdad. ¡Venga! Te esperaré. ¡Anda! —le dije. Habíamos llegado. Subidos en el tiovivo había unos cuantos niños, la mayoría muy chicos, mientras que en los bancos de alrededor esperaban unos cuantos padres. Me acerqué a la ventanilla donde vendían los tickets y compré uno para Phoebe. Luego se lo di. Estaba de pie justo a mi lado.
—Toma —le dije—. Espera un momento. Aquí tienes el resto de tu dinero.
Quise darle lo que me quedaba, pero ella no me dejó.
—No, guárdalo tú. Guárdamelo —me dijo. Luego añadió—, por favor.
Me da mucha pena cuando alguien me dice «por favor», quiero decir alguien como Phoebe. Me deprimió muchísimo. Volví a meterme el dinero en el bolsillo.
—¿No vas a montar tú también? —me preguntó. Me miraba con una expresión bastante rara. Se le notaba que ya no estaba enfadada conmigo.
—Quizá a la próxima. Esta te miraré —le dije—. ¿Tienes tu ticket?
—Sí.
—Entonces, ve. Yo te espero en ese banco. Te estaré mirando.
Me senté y ella subió al tiovivo. Dio la vuelta a toda la plataforma y al final se montó en un caballo marrón muy grande y bastante tronado. Luego el tiovivo se puso en marcha y la vi girar y girar. En esa vuelta habían subido sólo como cinco o seis niños y la música era «Smoke Gets in Your Eyes». El soniquete del aparato ese le daba a la canción un aire muy gracioso, como de jazz. Todos los críos trataban de estirar los brazos para tocar la anilla dorada del premio y Phoebe también. Me dio miedo que se cayera del caballo, pero no le dije nada. A los niños hay que tratarles así. Cuando se empeñan en hacer una cosa, es mejor dejarles. Si se caen que se caigan, pero no es bueno decirles nada.
Cuando el tiovivo paró se bajó del caballo y vino a decirme:
—Esta vez te toca a ti.
—No. Prefiero verte montar —le dije. Le di más dinero—. Toma, saca unos cuantos tickets.
Lo cogió.
—Ya no estoy enfadada contigo —dijo.
—Lo sé. Date prisa. Va a empezar otra vez.
De pronto, sin previo aviso, me dio un beso. Extendió la mano y me dijo:
—Llueve. Está empezando a chispear.
—Lo sé.
Luego hizo una cosa que me hizo mucha gracia. Me metió la mano en el bolsillo del abrigo, sacó la gorra de caza, y me la puso.
—¿No la quieres tú? —le dije.
—Te la presto un rato.
—Bueno. Ahora date prisa. Vas a perderte esta vuelta. Te quitarán tu caballo.
Pero no se movió.
—¿Es cierto lo que dijiste antes? ¿Que ya no vas a ninguna parte? ¿Irás a casa desde aquí? —me preguntó.
—Sí —le dije. Y era verdad. No mentía. Pensaba ir desde allí—. Pero date prisa. Ya empieza a moverse.
Salió corriendo, compró su ticket y subió al tiovivo justo a tiempo. Luego dio la vuelta otra vez a toda la plataforma hasta que llegó a su caballo. Se subió a él, me saludó con la mano, y yo le devolví el saludo. ¡Jo! ¡De pronto empezó a llover a cántaros! Un diluvio, se lo juro. Todos los padres y madres se refugiaron bajo el alero del tiovivo para no calarse hasta los huesos, pero yo aún me quedé sentado en el banco un buen rato. Me empapé bien, sobre todo el cuello y los pantalones. En cierto modo la gorra de caza me protegía bastante, pero aun así me mojé. No me importó. De pronto me sentía feliz viendo a Phoebe girar y girar. Si quieren que les diga la verdad, me sentí tan contento que estuve a punto de gritar. No sé por qué. Sólo porque estaba tan guapa con su abrigo azul dando vueltas y vueltas sin parar. ¡Cuánto me habría gustado que la hubieran visto así!

Capítulo 26
Esto es todo lo que voy a contarles. Podría decirles lo que pasó cuando volví a casa y cuando me puse enfermo, y a qué colegio voy a ir el próximo otoño cuando salga de aquí, pero no tengo ganas. De verdad. En este momento no me importa nada de eso.
Mucha gente, especialmente el siquiatra que tienen aquí, me pregunta si voy a aplicarme cuando vuelva a estudiar en septiembre. Es una pregunta estúpida. ¿Cómo sabe uno lo que va a hacer hasta que llega el momento? Es imposible. Yo creo que sí, pero, ¿cómo puedo saberlo con seguridad? Vamos, que es una estupidez.
D.B. no es tan latoso como los demás, pero también me hace siempre un montón de preguntas. Vino a verme el sábado pasado con una chica inglesa que va a salir en la película que está escribiendo. Era la mar de afectada pero muy guapa. En un momento en que se fue al baño, que está al fondo de la otra ala del edificio, D.B. me preguntó qué pensaba de todo lo que les he contado. No supe qué contestarle. Si quieren que les diga la verdad, no lo sé. Siento habérselo dicho a tanta gente. De lo que estoy seguro es de que echo de menos en cierto modo a todas las personas de quienes les he hablado, incluso Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta al cerdo de Maurice le extraño un poco. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.

FIN

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