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jueves, 16 de mayo de 2013

Charles Bukowski - Kid Stardust en el Matadero



Charles Bukowski




La suerte me había vuelto a abandonar y estaba demasiado nervioso por el exceso de bebida; desquiciado, débil; demasiado deprimido para encontrar uno de mis trabajos habituales como recadero o mozo de almacén con qué tapar agujeros y reponerme un poco. así que bajé al matadero y entré en la oficina.
¿No te he visto ya?, Preguntó el tipo.
No, mentí yo.
Había estado allí dos o tres años antes, había pasado por todo el papeleo, revisión médica y demás, y me habían llevado escaleras abajo, cuatro plantas, y cada vez hacía más frío y los suelos estaban cubiertos de un lustre de sangre, suelos verdes, paredes verdes. Me habían explicado mi trabajo, que era apretar un botón y luego por un agujero de la pared salía un ruido como un estruendo de defensas o elefantes desplomándose, y llegaba la cosa... Algo muerto, mucho, sangriento, y el tipo me dijo, lo coges y lo echas al camión y luego aprietas el timbre y ya llega otro, y después se largó. Cuando vi que se iba me quité la bata, el casco metálico, las botas (tres números menos que el que yo uso), subí otra vez la escalera y me largué de allí. Y ahora estaba de vuelta, tronado otra vez.
Pareces un poco viejo para el trabajo.
Quiero endurecerme. Necesito trabajo duro, muy duro, mentí.
¿y puedes aguantarlo?
Otra cosa no tendré, pero coraje si. Fui boxeador. Y bueno.
¿ah sí?
Si.
Vaya, se te nota en la cara. Debieron darte duro.
De lo de la cara no hagas caso. Yo tenía un juego de brazos magnífico. Todavía lo tengo. Lo de la cara es porque tuve que hacer algunos tongos y tenía que parecer verdad.
Sigo el boxeo. No recuerdo tu nombre.
Peleaba con otro nombre, kid stardust.
¿kid stardust? No recuerdo a ningún kid stardust.
Peleé en américa del sur, en africa, en europa, en las islas, en ciudades pequeñas. Por eso hay ese hueco en mi historial de trabajo no me gusta poner que fui boxeador porque la gente cree que hablo en broma o que miento. Lo dejo en blanco y se acabó.
Vale, vale, sube a que te hagan la revisión médica. Mañana a las nueve y medía te pondremos a trabajar. ¿dices que quieres trabajo duro?
Bueno, si tenéis otra cosa no, en este momento no. Sabes, aparentas cerca de cincuenta. No sé sí darte el trabajo no nos gusta la gente que nos hace perder el tiempo.
Yo no soy gente: soy kid stardust.
Vale, vale, dijo riendo, ¡te pondremos a trabajar!
No me gustó el tono.
Dos días después crucé la puerta y entré en el garito de madera y le enseñé a un viejo la tarjeta con mí nombre: henry charles bukowski, hijo, y el viejo me mandó al muelle de descarga: tenía que ver a thurman. Fui hasta allí. Había una fila de hombres sentados en un banco de madera y me miraron como si fuese un homosexual o una canasta de baloncesto.
Yo les miré con lo que supuse tranquilo desdén y mascullé con mi mejor acento golfo:
Dónde está thurman. Tengo que ver a ese tío.
Alguien señaló.
¿thurman?
¿sí?
Trabajo para tí.
¿sí?
Sí.
Me miró.
¿y las botas?
¿botas?
No tengo, dije.
Sacó un par de botas de debajo del banco y me las dió. Viejas, duras, tiesas. Me las puse. La historia de siempre: tres números menos. Me encogían y me espachurraban los dedos. Luego me dio una ensangrentada bata y un casco metálico. Allí me quedé de pie mientras él encendía un cigarrillo. Tiró la cerilla con un floreo tranquilo y varonil.
Vamos.
Eran todos negros y cuando me acerqué me miraron como si fueran musulmanes negros. Yo mido casi uno ochenta, pero todos eran más altos que yo, y, si no más altos, por lo menos dos o tres veces más anchos.
¡charley! Aulló thurman.
Charley, pensé. Charley, como yo. Qué bien.
Sudaba ya bajo el casco metálico.
¡¡dale trabajo!!
Dios mío oh dios mío. ¿qué había sido de las noches plácidas y dulces? ¿por qué no le pasa esto a walter winchey que cree en el sistema americano? ¿no era yo uno de los estudiantes de antropología más inteligentes de mi promoción? ¿qué pasó?
Charley me llevó hasta un camión vacío de media manzana de largo que había en el muelle.
Espera aquí.
Luego llegaron corriendo algunos de los musulmanes negros con carretillas pintadas de un blanco grumoso y sórdido, un blanco que parecía mezclado con mierda de pollo. Y cada carretilla estaba cargada con montañas de jamones que flotaban en sangre acuosa y fina. No, no flotaban en sangre, se asentaban en ella, como plomo, como balas de cañón, como muerte.
Uno de los tipos saltó al camión detrás de mí y el otro empezó a tirarme los jamones y yo los cogía y se los tiraba al que estaba detrás de mí que se volvía y echaba el jamón en la caja. Los jamones venían deprisa, deprisa, y pesaban, pesaban cada vez más. En cuanto lanzaba un jamón y me volvía, ya había otro de camino hacía mí por el aire. Comprendí que querían reventarme. Pronto sudaba y
Sudaba como si se hubiesen abierto grifos, y me dolía la espalda y me dolían las muñecas, y me dolían los brazos, me dolía todo y había agotado hasta el último gramo de energía. Apenas podía ver, apenas podía obligarme a agarrar un jamón más y lanzarlo, un jamón más y lanzarlo. Estaba embadurnado de sangre y seguía agarrando el suave muerto pesado flump con mis manos, el jamón cedía un poco, como un culo de mujer, y estaba demasiado débil para hablar y decir eh, qué demonios pasa, amigos... Los jamones seguían llegando y yo giraba, clavado, como un hombre clavado en una cruz bajo el casco metálico, y ellos seguían trayendo a toda prisa carretillas llenas de jamones jamones jamones y al fin todas se vaciaron, y yo me quedé allí tambaleante, respirando la amarillenta luz eléctrica. Era de noche en el infierno. Bueno, siempre me había gustado el trabajo nocturno.
¡vamos!
Me llevaron a otro local. Arriba en el aire en una gran compuerta elevada en la pared del extremo había media ternera, o quizá fuese una ternera entera, sí, eran terneras enteras ahora que lo pienso, las cuatro patas, y una de ellas salía del agujero sujeta en un gancho, recién asesinada, y se paró justo sobre mí, colgada allí justo sobre mi cabeza de aquel gancho.
Acaban de asesinarla, pensé, han asesinado a ese maldito bicho. ¿cómo pueden distinguir un hombre de una ternera? ¿cómo saben que yo no soy una ternera?
Venga... ¡meneala!
¿menéala?
Eso es: ¡baila con ella!
¿qué?
¡pero qué coño pasa! ¡george, ven aquí!
George se puso debajo de la ternera muerta. La agarró. Uno. Corrió hacia adelante.
Dos. Corrió hacia atrás. Tres. Corrió hacia delante mucho más. La ternera quedó casi paralela al suelo. Alguien apretó un botón y george quedó abrazado a ella.
Lista para las carnicerías del mundo. Lista para las bien descansadas chismosas y chifladas amas de casa del mundo a las dos en punto de la tarde con sus batas de casa, chupando cigarrillos manchados de carmín y sintiendo casi nada.
Me pusieron debajo de la ternera siguiente.
Uno.
Dos.
Tres.
La tenía. Sus huesos muertos contra mis huesos vivos. Su carne muerta contra mi carne viva, y el hueso y el peso me aplastaban; pensé en óperas de wagner, pensé en cerveza fría, pensé en un lindo chochito sentado frente a mí en un sofá con las piernas alzadas y cruzadas y yo tengo una copa en la mano y hablo lenta pausadamente abriéndome paso hacia ella y hacia la mente en blanco de su cuerpo
Y charley aulló ¡cuelgala del camion! Caminé hacia el camión. Por la aversión a la derrota que me inculcaron de muchacho en los patios escolares de norteamérica supe que no debía dejar que la ternera cayera al suelo, porque eso demostraría que era un cobarde, que no era un hombre y que, en consecuencia, nada merecía, sólo burlas y risas y golpes, en norteamérica tienes que ser un ganador, no hay otra salida, y tienes que aprender a luchar porque sí y se acabó, sin preguntas, y además sí soltaba la ternera quizá tuviera que volver a recogerla. Además se ensuciaría. Yo no quería que se ensuciase. O más bien... Ellos no querían que se ensuciase.
Llegué al camión.
¡cuelgala!
El gancho que pendía del techo estaba tan romo como un pulgar sin uña. Dejabas que el trasero de la ternera se deslizase hacia atrás e ibas a por lo de arriba, empujabas la parte de arriba contra el gancho una y otra vez pero el gancho no enganchaba. ¡¡madre mia!! Era todo cartílago y grasa, duro, duro.
¡vamos! ¡vamos!
Utilicé mi última reserva y el gancho enganchó, era una hermosa visión, un milagro. El gancho clavado, aquella ternera colgando allí sola completamente separada de mi hombro, colgando para el chismorreo bata de casa y carnicería.
¡muevete!
Un negro de unos ciento quince kilos, insolente, áspero, frío, criminal, entró, colgó su ternera tranquilamente y me miró de arriba abajo.
¡aquí trabajamos en cadena!
Vale, campeón.
Me puse delante de él. Otra ternera me esperaba. Cada una que agarraba estaba seguro de que sería la última que podría agarrar. Pero me decía.
Una más sólo una más luego
Lo dejo.
A la mierda.
Ellos estaban esperando que me rajara. Lo veía en sus ojos, en sus sonrisas cuando creían que no miraba. No quería darles el placer de la victoria. Agarré otra ternera. Como el campeón que hace el último esfuerzo, agarré otra ternera.
Pasaron dos horas y entonces alguien gritó descanso.
Lo había conseguido. Un descanso de diez minutos, un poco de café y ya no podrían derrotarme. Fui tras ellos hasta un carrito que alguien había traído. Vi elevarse el vapor del café en la noche; vi los bollos y los cigarrillos y las pastas y los emparedados bajo la luz eléctrica.
¡eh, tu!
Era charley. Charley, como yo.
¿sí, charley?
Antes de tomarte el descanso, lleva ese camión a la parada dieciocho.
Era el camión que acabábamos de cargar, el de media manzana de largo. La parada dieciocho quedaba al otro extremo del patio.
Conseguí abrir la puerta y subir a la cabina. Tenía un asiento blando de suave piel y era tan agradable que me di cuenta de que si me descuidaba caería dormido allí mismo, yo no era un camionero. Miré por abajo y vi como media docena de mandos, palancas, frenos, pedales y demás. Di vuelta a la llave y conseguí encender el motor. Fui probando pedales y palancas hasta que el camión empezó a rodar y entonces lo llevé hasta el fondo del patio, hasta la parada dieciocho, pensando constantemente: cuando vuelva, ya no estará el carrito. Era una tragedia para mí, una verdadera tragedia. Aparqué el camión, apagué el motor y quedé allí sentado unos instantes paladeando la suave delicia del asiento de piel. Luego abrí la puerta y salí. No acerté con el escalón o lo que fuese y caí al suelo con mi bata ensangrentada y mi maldito casco metálico como si me hubiesen pegado un tiro. No me hice daño, ni siquiera lo sentí. Me levanté justo a tiempo para ver cómo se alejaba el carrito y cruzaba la puerta camino de la calle.
Les vi dirigirse de nuevo al muelle riendo y encendiendo cigarrillos.
Me quité las botas, me quité la bata, me quité el casco metálico y fui hasta el garito del patio de entrada, tiré bata, casco y botas por encima del mostrador.
El viejo me miró:
Vaya, así que dejas esta buena colocación...
Diles que me manden por correo el cheque de mis dos horas de trabajo o si no que se lo metan en el culo ¡me da igual!
Salí. Crucé la calle hasta un bar mejicano y bebí una cerveza. Luego cogí el autobús y volví a casa. El patio escolar norteamericano me había derrotado otra vez.

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