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lunes, 4 de enero de 2010

LA RUINA DE LONDRES

LA RUINA DE LONDRES

Robert Barr

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1. La arrogancia del siglo XX.

Confío en estar lo bastante agradecido porque se me haya hecho gracia de la vida hasta haber llegado a ver la época más brillante en la historia del mundo: mediados del siglo XX. Resultaría inútil que algún hombre menospreciase las enormes realizaciones de los cincuenta años últimos; y si me atrevo a llamar la atención acerca del hecho, ahora aparentemente olvidado, de que la gente del siglo XIX logró llevar a cabo muchas cosas notables, no se debe imaginar que pretendo con ello desestimar en medida alguna los inventos maravillosos de la era actual. Los hombres han tenido siempre cierta inclinación por considerar con cierta condescendencia a quienes vivieron cincuenta o cien años antes que ellos. Esta me parece la debilidad particular de la era actual; un sentimiento de arrogancia nacional, que, cuando existe, se debe, por lo menos mantener lo más subordinado que sea posible. Asombrará a muchos saber que tal era también el vicio de la gente del siglo XIX. Imaginaban vivir en una era de progreso; y si bien no soy tan tonto como para tratar de probar que hicieron alguna cosa digna de recordar, cabe que cualquier investigador objetivo admita que sus inventos fueron, por lo menos, escalones para llegar a los de hoy. Si bien el teléfono y el telégrafo, y todos los demás aparatos eléctricos, no se encuentran ya más que en los museos nacionales o en las colecciones privadas de aquellos pocos hombres que se interesan algo por las actividades del siglo pasado, de todas maneras el estudio de la ahora anticuada ciencia de la electricidad condujo al descubrimiento reciente del éter vibrátil, que se ocupa tan satisfactoriamente del manejo del mundo. Los del siglo XIX no eran tontos, y si bien tengo plena conciencia de que esta afirmación será recibida con desdén, si alguien llega a prestarle alguna atención, quién puede decir que el progreso en la próxima mitad del siglo no llegará a ser tan grande como el de la que acaba de terminar, y que la gente del siglo próximo no nos considerará con el mismo desdén que sentimos nosotros por quienes vivieron cincuenta años atrás.

Por viejo, soy tal vez un rezagado que habita el pasado más que el presente; de todas maneras, me parece que un artículo como el que apareció hace poco en Blackwood, salido de la pluma del talentoso profesor Mowberry, de la Universidad de Oxford, resulta absolutamente inexcusable. Procura, bajo el título de «¿Mereció su suerte la población de Londres?», demostrar que el eclipse simultáneo de millones de seres humanos fue un acontecimiento benéfico y cuyos buenos resultados seguimos disfrutando. Según él, los londinenses eran tan obtusos y estúpidos, tan incapaces de mejorar, estaban tan hundidos en el vicio de hacer dinero por hacerlo, que no cabía más que su extinción total, y la ruina de Londres había sido, en lugar de una catástrofe espantosa, sencillamente una bendición. Sostengo, a pesar de la aprobación unánime con que la prensa recibió este artículo, que tal declaración es inmerecida, y que se puede argumentar en favor del Londres del siglo XIX.

2. Por que Londres, advertida, estaba desprevenida.

La indignación que sentí al leer el artículo de referencia perdura en mí y me ha hecho escribir estas líneas para dar alguna razón de lo que debo seguir considerando, a pesar del escarnio a la era actual, el desastre más terrible que haya alcanzado alguna vez a una parte de la raza humana. No me empeñaré en poner ante los lectores una crónica de las realizaciones correspondientes a la época en cuestión. Aunque me gustaría decir algunas palabras acerca de la supuesta estupidez de la gente de Londres por no prepararse para un desastre respecto del cual habían tenido avisos constantes y reiterados. Se la ha comparado con los habitantes de Pompeya, que se divertían al pie de un volcán. En primer lugar, las nieblas eran tan comunes en Londres, en especial en invierno, que no se les prestaba mayor atención.

Se las consideraba sencillamente cosas fastidiosas que entorpecían el trámite y perjudicaban la salud; pero dudo que alguien haya considerado posible que una niebla se convirtiese en un enorme colchón asfixiante presionando sobre toda una metrópoli, extinguiendo la vida como si la ciudad entera padeciera de una hidrofobia incurable. He leído que era así cómo se hacía para acabar con sus sufrimientos a las víctimas de los perros rabiosos, aunque dudo mucho que se llegara a eso, a pesar de las acusaciones de barbarie salvaje que se hacen ahora contra la gente del siglo XIX.

Es probable que los habitantes de Pompeya estuviesen tan acostumbrados a las erupciones del Vesubio que no consideraran siquiera la posibilidad de que su ciudad fuese destruida por un temporal de cenizas y una inundación de lava. Llovía con frecuencia sobre Londres, y de haber continuado lo suficiente la lluvia con seguridad habría inundado la metrópoli, pero no se tomaban precauciones contra una inundación a partir de las nubes. Por qué cabría esperar entonces que la gente se preparase para una catástrofe a partir de la niebla, catástrofe tal que no hay experiencia de otra similar en toda la historia del mundo. La gente de Londres estaba lejos de constituir los bodoques perezosos que quieren presentarnos los escritores de hoy.

3. La coincidencia que acabó por presentarse.

Dado que se ha eliminado la niebla tanto en tierra como en el mar, y como son pocos los de esta generación que han visto una, puede no resultar fuera de lugar dedicar algunas líneas al tema de las nieblas en general y a las nieblas londinenses en particular, que, a raíz de peculiaridades locales, diferían de todas las demás. Niebla era simplemente vapor de agua que se levantaba de la superficie pantanoso de la tierra, o del mar, o que se condensaba en nube a partir de la atmósfera saturada. En mis tiempos las nieblas constituían un gran peligro en el mar, ya que entonces las personas viajaban en barcos a vapor que navegaban por la superficie.

Londres consumía a fines del siglo XIX cantidades enormes de un carbón bituminoso, con el propósito de calentar habitaciones y cocer alimentos. Miles de chimeneas liberaban por la mañana y durante el día nubes de humo negro. Al levantarse por la noche una masa de vapor blanco, aquellas nubes de humo caían sobre la niebla, la presionaban hacia abajo, se filtraban lentamente a través de ella y aumentaban su densidad. El sol hubiese absorbido la niebla de no ser por la capa de humo gruesa que yacía sobre el vapor e impedía que le llegaran los rayos de aquél. Una vez que prevalecía este estado de cosas, únicamente alguna brisa, proveniente de cualquier parte, podía limpiar Londres. La ciudad tenía con frecuencia nieblas de siete días, y a veces calmas de siete días, pero esas condiciones no llegaron a coincidir hasta el último año del siglo. La coincidencia significó, tal como lo sabe todo el mundo, muerte, muerte en tal escala que ninguna guerra conocida por la tierra llegó a dejar a su paso tal carnicería.

Para entender la situación no hay más que imaginar la niebla tomando el lugar de las cenizas de Pompeya y el humo de carbón como la lava que la cubrió. El resultado fue en ambos casos exactamente el mismo para los habitantes.

4. El norteamericano que quería hacer una venta.

Yo era por entonces secretario confidencial de una firma de Cannon Street, la casa Fulton, Brixton & Co. que comerciaba principalmente con productos químicos y aparatos para química. A Fulton no llegué a conocerlo; murió mucho antes de mi tiempo. Sir John Brixton, elevado a la nobleza por servicios prestados a su partido o por haber sido funcionario municipal durante algún desfile real a lo largo de ella, ya no recuerdo por cuál de las dos cosas, era mi jefe. Mi pequeña oficina estaba junto a la suya grande, y mi deber principal consistía en ocuparme de que nadie entrevistase a Sir John a menos que fuese una persona importante o llegara para tratar algo importante. Sir John era un hombre difícil de ver y un hombre difícil de tratar cuando se lo veía. Tenía escaso respeto por los sentimientos de la mayoría de los hombres y ninguno por los míos. Si permitía entrar a su oficina a un hombre que hubiese debido ser atendido por uno de los miembros menores de la compañía, Sir John no ponía empeño alguno en ocultar su opinión respecto de mí. Un día, en el otoño del último año del siglo, se hizo entrar en mi oficina a un norteamericano.

No quería saber de nada más que una entrevista con Sir John Brixton. Le dije que era imposible porque Sir John estaba extremadamente ocupado, pero que, si me planteaba el asunto que lo traía, yo lo expondría a Sir John en la primera oportunidad propicia. El norteamericano vaciló y terminó por aceptar lo inevitable. Dijo ser el inventor de una máquina que revolucionaría la vida en Londres, y que quería que FuIton, Brixton & Co. fuesen los concesionarios de la misma. La máquinas que tenía con él en una valijita y era de metal blanco, y estaba diseñada de manera tal que haciendo girar una aguja emitía diferentes volúmenes de oxígeno. Según entendí, el gas estaba almacenado en el interior en forma líquida, a gran presión, y duraría, si es que recuerdo bien, seis meses sin necesidad de recarga.

Había también un tubo de goma con una boquilla acoplada Y el norteamericano dijo que si un hombre aspiraba diariamente unas cuantas bocanadas experimentaría resultados benéficos. Ahora bien, yo sabía que no tenía sentido alguno mostrar la máquina a Sir John porque nosotros comerciábamos con aparatos británicos tradicionales y jamás con ningún inventor yanqui recién aparecido. Además, Sir John tenía prejuicios contra los norteamericanos, y yo estaba seguro de que el hombre aquel lo exasperaría, ya que era un espécimen en extremo cadavérico de la raza, de entonación en extremo nasal y pronunciación deplorable y muy dado a frases de tono lunfardos y mostraba además cierta conducta de familiaridad excitada respecto de las personas para las cuales era completamente desconocido. Me resultaba imposible permitir que un hombre así llegara a presencia de Sir John Brixton, y cuando regresó, algunos días después, le expliqué, confío que cortésmente, que el principal de la firma lamentaba mucho no poder considerar la propuesta respecto de la máquina. El ardor del norteamericano no pareció disminuir en nada ante el rechazo. Dijo que yo no podía haber explicado convenientemente a Sir John las posibilidades del aparato; lo calificó de gran invento, y dijo que significaba una fortuna para quien obtuviese la concesión del mismo. Sugirió que otras firmas londinenses famosas estaban impacientes por conseguirla, aunque él, por razones que no dio, prefería tratar con nosotros. Dejó algunos folletos referentes al invento, y dijo que regresaría.

5. El norteamericano ve a Sir John.

Son muchas las veces en que he pensado desde entonces en aquel norteamericano persistente, y me he preguntado si salió de Londres antes del desastre o fue uno de los miles sin identificar que se enterraron en tumbas sin nombres. No se le ocurrió para nada a Sir John, cuando lo expulsó con alguna aspereza de su presencia, que estaba rechazando una oferta de vida y que las palabras acaloradas que usaba eran en realidad una sentencia de muerte que pronunciaba contra sí mismo. En lo que mí concierne, lamento haber perdido la paciencia y haber dicho al norteamericano que su manera de tratar las cosas no me resultaba plausible. Tal vez esto no le llegó con toda su fuerza; por cierto que estoy seguro de que no, ya que, sin saberlo, me salvó la vida. Sea como fuere, no mostró ningún resentimiento, sino que me invitó inmediatamente a ir a tomar una copa con él, oferta que me vi obligado a rechazar. Pero estoy adelantándome en el relato. Por cierto que, falto del hábito de escribir, me resulta difícil exponer los acontecimientos en su justa secuencia. El norteamericano volvió a verme varias veces después de que le dije que nuestra firma no podía hacer negocio con él. Tomó la costumbre de llegar sin anunciarse, lo que no me gustó para nada, aunque no di órdenes respecto de sus intrusiones, porque no tenía idea de los extremos a los que estaba evidentemente preparado a llegar. Un día, mientras él estaba sentado leyendo un diario cerca de mi escritorio, fui requerido momentáneamente fuera de la oficina. Cuando regresé, pensé que se había ido, llevándose su máquina, pero un momento después me escandalizó oír su entonación nasal en la oficina de Sir John, alternando con la entonación profunda de la voz de mi jefe, la que aparentemente no ejercía tanto espanto sobre el norteamericano como para quienes estaban más habituados a ella. Entré inmediatamente en la oficina, y estaba a punto de explicar a Sir John que el norteamericano no estaba allí por mediación alguna por mi parte, cuando mi jefe me pidió que permaneciera en silencio Y, volviéndose hacia el visitante, le solicitó ásperamente que prosiguiese con su interesante relato. El inventor no necesitó una segunda invitación, sino que continuó con su charla fluida e informal, mientras Sir John fruncía cada vez más el ceño y la cara se le ponía más roja bajo la orla de pelo blanco. Cuando el norteamericano hubo terminado, Sir John le pidió secamente que se mandase mudar y se llevase con él su execrable máquina. Dijo que era un insulto que una persona con un pie en la tumba se presentara con un supuesto invento para la salud ante un hombre robusto que no había estado enfermo un solo día de su vida. No sé por qué escuchó tan largamente al norteamericano cuando estaba decidido desde el principio a no tratar con él, a menos que fuese para castigarme por haber permitido inadvertidamente que entrase un desconocido. La entrevista me angustió sobremanera, mientras permanecía allí impotente, sabiendo que Sir John se enfurecía más y más a cada palabra pronunciada por el desconocido; pero al fin conseguí llevarme al inventor y su obra a mi propia oficina y cerrar la puerta. Tuve la sincera esperanza de no volver a ver al norteamericano, y mi deseo fue concedido. Insistió en poner en marcha la máquina y dejarla en un estante de mi oficina. Me pidió que la metiese en la oficina de Sir John en algún día de niebla y observase el efecto. Dijo que regresaría, pero nunca lo hizo.

6. De cómo el humo contuvo la niebla.

Fue un viernes cuando la niebla cayó sobre nosotros. El tiempo estuvo excelente hasta mediados de noviembre durante aquel otoño. La niebla no parecía tener nada de insólito. Yo había visto muchas nieblas peores de lo que parecía serlo aquélla. Pero a medida que un día seguía al otro la atmósfera se fue haciendo más densa y más oscura, a causa supongo, del volumen en aumento de humo de carbón que se le añadía. Lo peculiar de aquellos siete días fue la calma intensa del aire. Estábamos, aunque no lo sabíamos, bajo un dosel a prueba de aire, y agotábamos lenta aunque seguramente el oxígeno vital que nos rodeaba y lo reemplazábamos con letal ácido carbónico. Los hombres de ciencia han demostrado desde entonces que un sencillo cálculo matemático Podría habernos dicho con exactitud cuándo se consumiría el último átomo de oxígeno, aunque resulta fácil hablar después que han sucedido las cosas. El cuerpo del matemático más grande de Inglaterra se encontró en el Strand. Llegó aquella mañana desde Cambridge. Había siempre durante una niebla un aumento señalado en la proporción de muertes, y en aquella ocasión el aumento no fue mayor que el habitual hasta el sexto día. Los diarios estaban llenos de estadísticas sorprendentes en la mañana del séptimo día, aunque no se advirtió en el momento de entrar en prensa el significado absoluto de las cifras alarmantes. Yo vivía entonces en Ealing, suburbio occidental de Londres, y llegaba todas las mañanas a Cannon Street con cierto tren. No había experimentado hasta el sexto día inconveniente alguno a causa de la niebla, y ello se debió, estoy convencido, al operar inadvertido de la máquina norteamericana. Sir John no vino a la ciudad el quinto y el sexto días, pero estaba en su oficina en el séptimo. La Puerta entre la suya y la mía estaba cerrada.

Poco después de las diez oí un grito en su oficina seguido por una pesada caída. Abrí la puerta y vi a Sir John boca abajo en el suelo. Cuando acudía presuroso hacia él, sentí por primera vez el efecto letal de la atmósfera desoxigenada, y antes de llegar caí, primero sobre una rodilla y después a lo largo. Me di cuenta de que mis sentidos me abandonaban, y me arrastré instintivamente de regreso a mi propia oficina, donde desapareció al momento la opresión y me puse otra vez en pie, boqueando. Cerré la puerta de la oficina de Sir John por creerla llena de emanaciones letales, como por cierto lo estaba. Grité muy alto pidiendo ayuda, pero no hubo respuesta. Al abrir la puerta que daba a la oficina principal me encontré otra vez con lo que pensé, que era el vapor nocivo. A pesar de la rapidez con que cerré la puerta, me impresionó el silencio intenso de la oficina habitualmente atareada, y vi que algunos de los empleados estaban inmóviles en el piso y otros con las cabezas sobre sus escritorios, como dormidos. Aun en aquel momento espantoso no me di cuenta de qué lo que veía era común a toda Londres y no, como lo imaginaba, un desastre local, provocado por la rotura de algunas damajuanas en nuestro sótano. (Estaba lleno con toda clase de productos químicos, de cuyas propiedades yo era ignorante, por ocuparme, como lo hacía, de la parte contable Y no de la científica de nuestro comercio.) Abrí la única ventana de mi oficina y grité otra vez pidiendo ayuda. La calle estaba callada y oscura en la ominosamente inmóvil niebla, y lo que me paralizó entonces de horror fue encontrar la misma atmósfera letal, asfixiante, de las oficinas. Al caer atraje conmigo la ventana y dejé afuera el aire ponzoñoso. Volví a reanimarme, y el estado real de las cosas empezó a aparecérseme. Estaba en un oasis de oxígeno. Conjeturé al punto que la máquina de mi estantería era responsable por la existencia de aquel oasis en un vasto desierto de gas letal. Tomé la máquina del norteamericano, temeroso al moverla de que pudiese dejar de funcionar. Apreté la boquilla entre los dientes y reingresé en la oficina de Sir John, esa vez sin sentir efectos perjudiciales. Mi pobre patrón estaba más allá del auxilio humano. Era evidente que en el edificio no había con vida nadie más que yo. Fuera, en la calle, estaba callado y oscuro. El gas se había apagado, pero aún ardían fantasmalmente aquí y allá en tiendas, las luces incandescentes, dependientes, como era el caso, de acumularse y no directamente de fuerza motriz. Me dirigí automáticamente hacia la estación de Cannon Street, por conocer el camino hasta allá aun con los ojos vendados; fui tropezando con cuerpos tendidos en el suelo, y al cruzar la calle choqué con un ómnibus espectral inmóvil en la niebla, con los caballos muertos yacentes al frente y sus riendas pendientes de la mano enervada de un conductor muerto. Los fantasmagóricos pasajeros, igualmente callados, estaban sentados muy rígidos o doblados en actitudes horriblemente grotescas sobre las barandas laterales.

7. El tren con su estela de muerte.

Si la facultad de raciocinio de un hombre estuviese alerta en una situación así (confieso que la mía estaba inactiva), sabría que no podía haber trenes en la estación de Cannon Street, ya que si no había en el aire oxígeno suficiente para mantener con vida a un hombre o una luz de gas, con seguridad que no la habría para que pudiese arder el fuego de una locomotora, aunque el maquinista conservara energías suficientes para atender a su tarea. El instinto es a veces mejor que la razón, y así fue en aquel caso. El ferrocarril llegaba en aquellos tiempos de Ealing por un profundo túnel bajo la ciudad. Cabría suponer que el ácido carbónico encontraría su primer refugio en ese pasaje subterráneo, a causa de su peso, pero no era ese el caso. Imagino que una corriente a lo largo del túnel traía desde los distritos suburbanos un suministro de aire relativamente puro que, durante algunos minutos después del desastre general, mantuvo la vida humana. Sea como fuere, los largos andenes de la estación subterránea de Cannon Street presentaban un espectáculo horrendo. Había un tren en el andén descendente. Las luces eléctricas ardían espasmódicamente. Aquel andén estaba atiborrado de hombres que luchaban entre sí como demonios, aparentemente sin razón, puesto que el tren estaba todo lo repleto que podía llegar a estarlo. Cientos yacían muertos, y cada tanto llegaba por el túnel una bocanada de aire viciado, con lo que cientos más abrían las manos crispadas y sucumbían. Los supervivientes luchaban sobre esos cuerpos, en filas que raleaban constantemente. Me pareció que la mayoría de los del tren estaban muertos. A veces un grupo de combatientes desesperados trepaba por sobre lo que yacían en montones, abrían a tirones la puerta de un vagón, sacaban de igual manera a los pasajeros que estaban dentro y ocupaban, boqueando, sus lugares. Los del tren no ofrecían resistencia y yacían inmóviles donde los arrojaban o rodaban impotentes bajo las ruedas. Me deslicé como pude a lo largo de la pared hasta la locomotora, preguntándome por qué no partía el tren. El maquinista yacía en el piso de su cabina y los fuegos estaban apagados.

El hábito es una cosa curiosa.

La turbamulta que se debatía, que luchaba salvajemente por lugares en los vagones, estaba tan acostumbrada a que los trenes llegasen Y partiesen que aparentemente no se le ocurría a nadie que el maquinista era humano y estaba sometido a las mismas condiciones atmosféricas que ellos. Puse la boquilla entre sus labios purpúreos y, conteniendo mi propio aliento como un hombre bajo el agua, logré reanimarlo. Dijo que si le daba la máquina llevaría el tren hasta donde lo permitiera el vapor que había aún en la caldera. Me negué a hacer eso, pero subí a la locomotora con él, y le dije que nos mantendría la vida a los dos hasta llegar a un aire mejor. Expresó su acuerdo de manera hosca y puso en marcha el tren, pero no jugó limpio. Se negó cada una de las veces a devolverme la máquina hasta que me encontraba en estado desfalleciente de contener el aliento y terminó por derribarme al piso de la cabina, imagino que la máquina rodó fuera del tren cuando caí y que él saltó tras ella. Lo notable es que ninguno de los dos la necesitaba, porque recuerdo que apenas nos pusimos en marcha advertí por el vano de la puerta de hierro abierta que el fuego de la locomotora se encendía súbitamente otra vez, aunque yo estaba por entonces en un estado de demasiado aturdimiento y espanto como para comprender lo que significaba. Había empezado a soplar una galerna del oeste: una hora demasiado tarde. Aun antes de dejar Cannon Street aquellos que todavía sobrevivían estaban relativamente a salvo, ya que se rescataron ciento sesenta y siete personas de aquel espantoso montón del andén, aunque muchas murieron un día o dos después y otras no recobraron nunca la razón. Cuando recobré el sentido después del golpe que me dio el maquinista, me encontré solo y con el tren corriendo a través del Támesis cerca de Kew. Traté de detener la locomotora, pero no lo logré. Sin embargo, al hacer el intento, conseguí hacer funcionar el freno neumático, que contuvo en alguna medida el tren, y disminuyó el impacto cuando se produjo el choque en la terminal de Richmond, salté al andén antes de que la locomotora alcanzase los amortiguadores de choque y vi pasar junto a mí como una pesadilla la horrible carga ferroviaria de muertos. La mayor parte de las puertas estaban abiertas y todos los compartimientos repletos, si bien, según me enteré más tarde, habían ido cayendo cuerpos todo a lo largo de la línea a cada curva o sacudida del tren. El choque en Richmond no estableció diferencia alguna para los pasajeros. Aparte de mí, se sacaron vivas del tren solamente dos personas, y una de éstas, con las ropas arrancadas por detrás en la lucha, fue enviada a un asilo, donde no llegó a decir quién era, y tampoco llegó a reclamarla nadie.

FIN

jueves, 31 de diciembre de 2009

La neurociencia del suicidio

La neurociencia del suicidio

Carol Ezzell

Nuevas investigaciones sobre la desgarradora pregunta que queda cuando alguien le pone fin su propia vida.

En 1994, a dos días de haber vuelto de unas felices vacaciones con la familia, mi madre, de 57 años, encañonó una pistola contra su pecho izquierdo y disparó. El impacto perforó limpia y letalmente su corazón y, metafóricamente, el de toda nuestra familia.

Era cerca de la medianoche de una noche de julio, mes en el que anualmente se registra el mayor número de suicidios en el Hemisferio Norte. Su esposo no oyó el disparo porque se estaba duchando en el otro extremo de la casa. Cuando volvió a la recámara, la encontró agonizante sobre la alfombra. Ella trató de decirle algo antes de morir, pero él no entendió nada. Los paramédicos llegaron para atender al paciente, pero no al que esperaban: mi padrastro por poco fallece también pues la hiperventilación causada por la impresión casi derrotó a sus debilitados pulmones, disminuidos ya por un enfisema.

Mientras tanto, yo dormía en mi apartamento, a 300 kilómetros de allí. A las 2 a.m. me avisaron de la portería que mi cuñada estaba en el vestíbulo del edificio y deseaba subir. Las primeras palabras que le dije al abrir la puerta fueron: “Se trata de mamá, ¿no es cierto?”

Anualmente, 30,000 estadounidenses se quitan la vida. ¿Por qué lo hacen? Mi madre, al igual que un estimado de 60 a 90 por ciento de los suicidas en los Estados Unidos, sufría de depresión maníaca, también llamada trastorno bipolar. A menos que estén tomando los medicamentos adecuados y respondiendo bien a ellos, los maníaco-depresivos oscilan entre abismos de desesperación y cumbres de alegría o agitación. La mayoría de quienes atentan contra su vida tienen un historial de depresión o depresión maníaca, pero las personas con depresión severa difieren en cuanto a su propensión a suicidarse.

Los científicos han comenzado a descubrir aspectos conductuales y a buscar diferencias anatómicas y químicas, así como sus causas, entre los cerebros de los suicidas y los de quienes mueren por otras causas. Si estas diferencias pudieran detectarse mediante análisis de sangre u otro tipo de estudios, algún día los médicos podrían identificar a las personas más propensas al suicidio para tratar de evitar la tragedia. Por desgracia, muchas personas con tendencia suicida acaban con sus vidas a pesar de los esfuerzos por impedirlo.

El legado de mi madre

Son pocos los días en que no me atormenta la obsesión por entender qué orilló a mi madre a suicidarse y me invade un abrumador sentimiento de culpa al pensar en lo que pude o debí haber hecho para detenerla. Pero lo más duro para mí es vivir con la certeza de que nunca sabré la respuesta.

Quizá en el futuro, algunas partes de la historia de mi madre sean menos misteriosas Al menos, la antigua interrogante sobre si la tendencia a suicidarse es innata o se debe a la acumulación de malas experiencias está más cerca de resolverse. Aunque en algunos círculos psiquiátricos aún se debate si es una o la otra, la mayoría de quienes estudian el tema adoptan una posición intermedia. “Hace falta que varias cosas vayan mal al mismo tiempo”, explica Victoria Arango del Instituto Psiquiátrico de Nueva York,. En su opinión, en el fenómeno intervienen tanto las experiencias de la vida y el estrés agudo como factores fisiológicos. Pero en el fondo del misterio está un sistema nervioso cuyas líneas de comunicación se han enredado en nudos insoportablemente dolorosos.

Arango y su colega en Columbia, J. John Mann, encabezan un esfuerzo por desentrañar esos nudos y aclarar la neuropatología del suicidio. Han reunido la mejor colección en los Estados Unidos de cerebros de víctimas de suicidio. Los investigadores están examinando esos cerebros —200 en total— en busca de alteraciones neuroanatómicas, químicas o genéticas que podrían ser características de quienes se pusieron fin a sus propias vidas. Cada uno de los cerebros viene acompañado de su “autopsia psicológica”, es decir, un compendio de entrevistas con los familiares y conocidos íntimos de la víctima que atestiguaron su estado mental y conducta en los últimos días previos a su acto final. Cada uno de los cerebros procedentes de suicidas se compara con el de una persona del mismo sexo, fallecida aproximadamente a la misma edad por causas distintas del suicidio pero que sufrió una depresión semejante.

En la masa gelatinosa del cerebro humano están las células y moléculas que estuvieron inseparablemente ligadas a lo que la persona alguna vez pensó y, por supuesto, a lo que fue. Parte de las investigaciones de Mann y Arango se centran en la corteza prefrontal, es decir, la parte del cerebro cercana al hueso de la frente. Ésta es la sede de las llamadas funciones ejecutivas del cerebro, entre ellas el censor interno que impide que las personas exploten y digan lo que realmente piensan en una situación difícil, o que obedezcan a impulsos potencialmente peligrosos.

Arango y Mann están especialmente interesados en esa función moderadora de impulsos que desempeña la corteza prefrontal. Durante décadas, los científicos han considerado la impulsividad como un factor muy importante. Aunque algunas personas planean cuidadosamente su muerte y dejan notas, testamentos e incluso planes funerarios, para muchos—entre ellos mi madre— el suicidio parece ser espontáneo: una muy mala decisión en un día muy aciago. Por ello, Arango y Mann escudriñan esos cerebros buscando pistas sobre la base biológica de la impulsividad. En particular, están interesados en las diferencias de disponibilidad de serotonina pues de acuerdo con los resultados de algunas investigaciones anteriores, la impulsividad está relacionada con una escasez de esa sustancia química cerebral.

La serotonina es un neurotransmisor, es decir, una de esas moléculas que cruzan las minúsculas brechas que hay entre las neuronas —llamadas sinapsis— para transmitir señales de una a otra. De cada una de las neuronas emisoras de señales, conocidas como presinápticas, surgen unas pequeñas burbujas membranosas, llamadas vesículas, que liberan serotonina hacia la sinapsis. Los receptores de las neuronas que reciben la señal, o postsinápticas, se unen al neurotransmisor y registran cambios bioquímicos en la célula, los cuales pueden alterar su capacidad para responder a otros estímulos o para activar y desactivar genes. Un instante después, las células presinápticas reabsorben la serotonina mediante unas esponjas moleculares denominadas transportadores de serotonina.

Se sabe que la serotonina tiene un efecto calmante sobre el cerebro. El Prozac y otros fármacos antidepresivos semejantes se unen a los transportadores de serotonina para evitar que las neuronas presinápticas la absorban demasiado rápido y ésta pueda permanecer un poco más en la sinapsis ejerciendo su influencia calmante.

Rastros del dolor

Durante más de dos décadas, la depresión, la conducta agresiva y la tendencia a la impulsividad se han asociado con niveles cerebrales bajos de serotonina. En el caso del suicidio, no se ha podido establecer dicha relación de manera concluyente pues los resultados son confusos. Algunos estudios han detectado niveles bajos serotonina en los cerebros de los suicidas, pero otros no. Algunos han observado carencia de serotonina en ciertas partes de los cerebros pero no en el resto. Otros más han descrito encontrado un incremento en la cantidad de receptores de serotonina o déficits en la cadena de eventos químicos que transmiten la señal de la serotonina desde los receptores hacia el interior de una neurona.

No obstante las incongruencias, la mayoría de las evidencias sugiere que en los cerebros de los suicidas hay un problema asociado con el sistema de la serotonina, hipótesis que se ha reforzado a la luz de los recientes hallazgos de Arango y Mann.

Los científicos dividen los cerebros en sus hemisferios izquierdo y derecho, y después seccionan cuidadosamente cada hemisferio, desde el frente hacia atrás, en un total de 10 a 12 bloques. Después de congelarlos, con una máquina llamada microtomo cortan cada bloque en unas 160 rebanadas cuyo grosor es menor al de un cabello humano. Las láminas de tejido congelado se coloca sobre portaobjetos y se derriten con el puro calor de las manos. El principal de esta técnica es que permite realizar varias pruebas bioquímicas distintas a la misma rebanada de cerebro y conocer la exacta ubicación anatómica de las variaciones que se vayan detectando. Al reubicar cada rebanada en la posición que ocupaba en el cerebro con ayuda de una computadora, Mann y Arango obtienen un modelo virtual que les permite analizar cómo podrían interactuar las anormalidades encontradas para generar alguna conducta compleja.

En la conferencia de la Sociedad de Neurociencias celebrada en noviembre de 2001, Arango reportó que los cerebros de las personas deprimidas que se habían suicidado contenían menos neuronas en la corteza prefrontal orbital, región del cerebro que se ubica justo encima de los ojos. Es más, en los cerebros de suicidas, esa área tenía sólo un tercio de los transportadores presinápticos de serotonina que la misma región de los cerebros del grupo control, pero aproximadamente 30 por ciento más receptores postsinápticos de serotonina.

Los resultados anteriores sugieren que los cerebros de los suicidas intentaban aprovechar al máximo cada una de sus moléculas de serotonina incrementando sus equipos moleculares para detectar al neurotransmisor y disminuyendo la cantidad de transportadores que la reabsorbían. “Creemos que hay una deficiencia en el sistema serotonérgico de las personas que se suicidan”, concluye Arango. Inhibir la reabsorción de la serotonina, como lo hace el Prozac, no siempre es suficiente para evitar el suicidio, como no lo fue para mi madre, quien murió a pesar de que tomaba diariamente 40 miligramos del fármaco.

Actualmente, Mann y sus colegas trabajan en el diseño de una prueba basada en la técnica de tomografía por emisión de positrones (TEP) que algún día pueda ayudar a los médicos a determinar quiénes, dentro de su grupo de pacientes con depresión, presentan mayores anomalías en el sistema serotonérgico y, por tanto, son más propensos al suicidio. Este tipo de tomografías retratan la actividad cerebral mediante el registro de las regiones del cerebro que absorben más glucosa de la sangre. La administración al paciente de sustancias que causan la liberación de serotonina, como la fenfluramina, podrían ayudar a los científicos a detectar con precisión las áreas activas del cerebro que utilizan serotonina.

En la edición de agosto de 2000 de Archives of General Psychiatry, Mann y sus colaboradores reportaron una relación entre la actividad en la corteza prefrontal de personas que habían intentado suicidarse y la peligrosidad potencial del intento. Quienes habían usado los medios más peligrosos —como tomar la mayor cantidad de pastillas o saltar desde el punto más alto— presentaban el menor grado de actividad relacionado con la serotonina en su corteza prefrontal. “Mientras más letal era el intento de suicidio, mayor era la anormalidad”, observa Mann.

Ghanshyam N. Pandey de la Universidad de Illinois conviene en que el sistema serotonérgico del cerebro es clave en la comprensión del suicidio. “Hay un cúmulo de evidencias que sugieren que hay deficiencias de serotonina en los casos de suicidio, pero éstas no se presentan de manera aislada sino en concierto con otros déficits”, dice. “Todo el sistema parece estar alterado.”

Sin embargo, la hipótesis de la serotonina no niega la importancia de las contribuciones de otros neurotransmisores. La serotonina es sólo una de las moléculas de la intrincada red bioquímica llamada eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), en el cual el hipotálamo y la pituitaria se comunican con las glándulas adrenales. El eje HPA es el responsable de la respuesta al estrés, caracterizada, entre otras cosas, por la aceleración del pulso y el sudor en las palmas de las manos. El factor liberador de corticotrofina, segregada por el hipotálamo en momentos de estrés, hace que la pituitaria anterior produzca la hormona adrenocorticotrópica, la cual a su vez hace que la corteza adrenal secrete glucocorticoides como el cortisol. El cortisol prepara al cuerpo para el estrés elevando la concentración de azúcar en la sangre, acelerando los latidos del corazón e inhibiendo una sobrerreacción del sistema inmune.

La serotonina se adapta al eje HPA porque modula el umbral de estimulación. Charles B. Nemeroff de la Escuela de Medicina de la Universidad Emory y sus colegas han descubierto que las experiencias adversas en etapas tempranas de la vida —como el abuso infantil— pueden desequilibrar el eje HPA. Este trastorno deja huellas bioquímicas en el cerebro, las cuales lo hacen reaccionar de manera exagerada al estrés, por lo que la persona se vuelve vulnerable a la depresión

En 1995, el grupo de Pandey reportó señales de que las anormalidades en los circuitos de la serotonina presentes en quienes tenían tendencia al suicidio podían detectarse mediante una prueba sanguínea relativamente sencilla. Cuando compararon la cantidad de receptores de serotonina en las plaquetas de la sangre de personas que habían considerado el suicidio con la de los individuos no suicidas, encontraron que era mucho mayor en los primeros. (En las plaquetas hay receptores de serotonina, aunque aún no se sabe por qué.)

Pandey comenta que su grupo concluyó que el marcado aumento de la cantidad de receptores reflejaba una respuesta similar en los cerebros de los posibles suicidas: un fútil intento de reunir la mayor cantidad posible de serotonina. Para comprobar su hipótesis, Pandey desearía determinar si dicha relación se cumple en las personas que acaban suicidándose. “Queremos saber si las plaquetas pueden usarse como marcadores para identificar a pacientes suicidas. Estamos avanzando, aunque lentamente”, comenta.

Maldición por generaciones

Mientras no se desarrollen pruebas para identificar a quienes tienen mayor propensión al suicidio, los médicos podrían dirigir sus esfuerzos hacia los parientes biológicos de los suicidas. En el número de septiembre de 2002 de Archives of General Psychiatry, Mann, David A. Brent del Instituto y Clínica Psiquiátrica Western de Pittsburgh y sus colegas reportaron que los hijos de quienes han intentado suicidarse tienen seis veces más propensas a la misma conducta que las personas cuyos padres nunca intentaron quitarse la vida. La correlación parece ser parcialmente genética, pero la tarea de descubrir al gen o grupo de genes responsable de la predisposición no es fácil. A principios de los noventa, A. Roy del Departamento del Centro Médico para Veteranos en Nueva Jersey observó que 13 por ciento de los gemelos idénticos de personas que se habían suicidado, también acababan haciéndolo, mientras que apenas el 0.7 por ciento de los gemelos fraternos repetían la acción de sus hermanos suicidas.

Las estadísticas anteriores son una advertencia para mí y para otras personas vinculadas biológicamente con el suicidio. En un frasquito conservo un cartucho de la misma caja que contenía el que mató a mi madre. La policía se llevó el arma tras su muerte, y yo misma tiré a la basura las demás balas cuando estaba limpiando su armario. Sin embargo, guardo ese único y helado trozo de metal para que me recuerde lo frágil que es la vida y que una acción impulsiva puede tener enormes consecuencias. Tal vez algún día la ciencia comprenda mejor las razones del suicidio y con ello libere del sufrimiento a familias como la mía.

Referencias

Night Falls Fast: Understanding Suicide. Kay Redfield Jamison. Vintage Books, 2000.

Reducing Suicide: A National Imperative. Institute of Medicine. Edited by Sarah K. Goldsmith, Terry C. Pellmar, Arthur M. Kleinman and William E. Bunney. National Academies Press, 2002.

Information and education materials on preventing suicide can be obtained from the National

Mental Health Association (www.nmha.org), the American Foundation for Suicide Prevention (www.afsp.org) and the American Association of Suicidology (www.suicidology.org). The group also have support materials for the survivors of loved ones who died by suicide.

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